Si todo sale bien, este mes tendrá más de un cuento. El primero de los proyectados es éste, del mexicano Óscar Luviano, que trata acerca del cine y uno de sus iconos, la memoria y el deseo. El cuento se publicó por vez primera en el suplemento Guardagujas.

NORMA EN EL CINE, JUNTO A SU TÍA GRACE
Óscar Luviano

El viajero del tiempo entra en el cine californiano donde sabe que va a encontrarla: el momento está diseñado de esa manera y no de otra.
       Lleva bajo el brazo la carpeta con los recortes y las fotocopias. No ha dejado nada fuera: el ir y volver a hogares de acogida, el abuso del padrastro, el abuso del hijo de la tía Olive, la crueldad que va a encontrar en todos los espejos, el dramaturgo que la tomará como a un trofeo, su creencia en el amor del presidente mesiánico y su patético happy birthday cantado bajo una spotlight dura como un haz extraterrestre, como si esa luz supiese que no era ni será de este mundo; la que creyó su gran película y cuya única escena recordada será la sesión de raqueta-bola, sus tetas vibrando en close up como una gelatina obscena bajo el suéter blanco; el insomnio, los frascos de pastillas, el teléfono que apretará entre las manos cuando la policía al fin logreé irrumpir en el dormitorio… Todo en orden cronológico, con numerosas fotos para que la niña de nueve años no pueda reconocerse a pesar del tinte platinado y el minucioso alaciado.
      El viajero del tiempo la encuentra como está escrito, en la primera fila, sentada junto a su tía Grace. Norma Jeane se hunde en la butaca como si la luz del proyector, gris y revuelta de polvo, tuviera un peso terrible, y estuviera por decirle (en efecto) que no es de este mundo… Sin embargo, sonríe. Elige una butaca de la segunda fila, justo detrás de ella. El viajero del tiempo sabe que Norma Jeane sonríe cegada por el polvo, por Hollywood, por Clark Gable.
      Y no, se dice, y le dice en silencio (como ha dicho miles de veces a sus fotos): Tu padre no es Clark Gable; no importa cuantas veces lo repitas a los niños de la escuela, a las niñas que se ensañan con tu ropa barata; y esta mujer amorosa que te ha traído para que te deleites con tu padre imaginario y con el Sueño de la Pantalla, Norma Jeane, va a abandonarte en unas semanas; te mandará a un orfanato cuando se case con el hombre que abusará por primera vez de ti.
      En la pantalla, el periodista interpretado por Clark Gable, su bigote tan lustroso como el que Norma Jeane jura por todos los ángeles que ostenta su padre, se ofrece a llevar a la heredera, Claudette Colbert, en busca del esposo que su intolerante padre ha enviado a paradero desconocido. En su butaca, Norma Jeane se inclina y apoyar el rostro en las manos: sabe, como sabemos todos, que Gable y Colbert, a pesar del juramento que hacen, emprenden un camino va a conducirles puntualmente al uno en los brazos del otro. Lo sabe, pero la película no tendría sentido si no sufriera un poco por ellos, por la posibilidad de que no pase así.
      Hollywood ya había reducido al futuro, desde ese entonces, a un páramo sin sobresaltos. Y el viajero del tiempo está aquí para dar ese tiempo sin dolor a la única mujer que ha amado con piedad y con un deseo arrasado por la inocencia.
      Su plan es sencillo: va a colocar el dossier en la butaca vacía al lado de Norma Jeane, sin que la tía Grace se percate. El cataclismo sobrevendrá después, tal y como el viajero del tiempo ha descrito para sí en pizarrones llenos de largas fórmulas y tortuosas ecuaciones, en el piso con pentagramas trazados con sangre de palomas; en infinitos mapas de flujo que revelaron grietas en el continúo del espacio-tiempo. Y esto es lo que revelaron sus cálculos: Norma Jeane levantará la carpeta de sobre la butaca, cuando las luces enciendan y la tía Grace se tome un minuto en el tocador. Y reconocerá su rostro en los diarios y en los carteles, en las notas amarillistas y en la cruel fotos de la morgue; como quien se mira en un espejo dentado va a conocer en detalle, con maravilla y horror, el relato que no estará dispuesta a ejecutar por segunda vez.
      ¿Vamos? Gable abre la portezuela del taxi y Colbert duda un momento, en el instante elegido por el viajero del tiempo para colocar la carpeta en la butaca vacía junto a Norma Jeane. No la ha posado aún cuando la niña de 9 años le descubre. El viajero se congela, aterrado, con la carpeta hinchada de futuro entre los dedos sudorosos. Pero no la niña no se percata de los documentos, y le hace una pregunta entre las sombras. El viajero sigue con la mirada el dedo infantil (la mano amada, la mano perfilada en fotos amarillentas y películas rayadas, la manita como de luz esculpida). En la pantalla, Gable y Colbert se miran profundamente en el asiento trasero del taxi. Una mirada que lo dice todo, pero no tan claro, así que Norma Jeane pregunta de nuevo, llena de esperanza: Van a besarse, ¿verdad?
      Y el viajero del tiempo cree ver lo que no había visto, o entiende lo que había visto siempre en el rostro de Norma Jeane (incluso en aquellas fotos en que desnuda se tiende sobre la espantosa alfombra rosa chillón de Playboy), y la pregunta de la niña se convierte en esa súplica no formulada, pero que siempre estuvo ahí, en el fondo del cuerpo nunca tocado. Una súplica que a pesar de todo el amor del viajero del tiempo, Norma Jeane siempre se negó a realizar, presa en fotogramas, carteles y fotos mal pixeladas. La secreta súplica que yacía dentro de ella misma: Do i look happy?
      Y descubrirla en la mirada indefensa de esa niña, en esos ojos con un destello aceitunado que ni el dolor ni el odio a sí misma van a destruir, hace que el viajero del tiempo se recuerde renunciando a masturbarse una vez más con la película porno apócrifa; se recuerde murmurando “sólo una gota de Chanel” cuando perdió la puja por el vestido aterciopelado de la coreografía de los diamantes; se recuerda rebobinando el vídeo para volver a la caminata hacia las cataratas del Niágara, y contemplarla una vez más, majestuoso e invencible diamante de carne.
      El viajero del tiempo sonríe a Norma Jeane, y es incapaz de precisar el número de veces que tras cerrar la puerta, vencido, posó su mano en esa mejilla de pureza lunar, reproducida en blanco y negro en un poster que nunca se doblegó a la humedad que hinchaba la pared. Claro que van a besarse, le dice, y la niña sonríe luminosa. ¿Y sabes por qué lo sé?
      Norma Jeane niega con la melenita rizada. Sé que se van a besar porque vengo del futuro. Norma Jeane tuerce la boca, se golpea las rodillas, y ríe hasta que su tía le pide silencio. El viajero del tiempo se disculpa con una inclinación de sombrero, y se hunde en su butaca.
      Mientras Norma Jeane devuelve mirada y asombro al bigote de su padre en la pantalla, sin mayor ceremonia, el viajero del tiempo se guarda la carpeta bajo el brazo. La observa en silencio. ¿Qué iba a ser de los dos sin la espantosa, la terrible soledad que los aguarda?
      Su butaca cruje cada vez que salta, emocionada. Cuando Gable y Colbert finalmente se besan con una multitud neoyorquina por testigos, la tía Grace no tiene corazón para acallar sus grititos de dicha.
      El viajero del tiempo sale antes de que las luces enciendan. Sus zapatos chasquean en los pasillos pegajosos de cerveza de raíz. Es de noche sobre Los Angeles, pero las farolas y la luna llena carecen de polvo y de peso.

© Óscar Luviano