Ha muerto, hoy domingo, Mario Benedetti. Nacido en 1920, tenía 88 años y una historia ya larga de padecimientos.
Y ahora mismo, muchas personas desentierran sus versos más famosos y le hacen pequeños homenajes por toda la red: durante décadas (quién sabe si seguirá pasando ahora, que la poesía está tan maltrecha), Benedetti perteneció a la extraña categoría de los escritores verdaderamente populares, y sus textos amorosos y políticos sirvieron a millones de jóvenes de habla española para articular y declarar sus afectos y aversiones o hasta para cantarlos, siguiendo las versiones de Nacha Guevara y otros numerosos intérpretes.
Esta fama dio a Bendetti, como a Jaime Sabines, la recompensa de ser un escritor que no necesitó de la validación de los críticos, pero también lo volvió sospechoso de excesiva complacencia, de sentimentalismo, de simplismo. Y fue culpable con una frecuencia alarmante. Peor aún, su obra poética, que se fue recogiendo en ediciones sucesivas llamadas siempre Inventario, deja ver cada vez menos poesía a medida que pasan los años y cada vez más fórmulas, más lugares comunes, más prédicas a admiradores ya convencidos. El padre espiritual de sus poemas pudo haber sido, entre otros, Bertolt Brecht, pero tiene entre sus hijos a Ricardo Arjona y otros todavía peores.
A esto se suma el desgaste de sus ideas políticas, que en su día también fueron popularísimas pero no sólo se atoraron en lo sentimental, sino también en lo dogmático, a medida que se diluían las luchas ideológicas que le inspiraron sus mejores trabajos.
Por otro lado, aun si la totalidad de su poesía termina por ser olvidada o reducida a los equivalentes actuales del cancionero (las cadenas de correo electrónico y los videos de cantautores aficionados en YouTube, tal vez), tarde o temprano habrá que volver, para darle su justo valor, a esa parte mejor de su obra, que está –sospecho– en la narrativa, y concretamente en un puñado de sus cuentos y en dos novelas: La tregua y Gracias por el fuego. La primera es una extensión más dolorosa y melancólica de los temas de su poesía amorosa, centrada en un hombre mayor y (además) lejos de la imagen idealizada del “hombre libre” que el propio Bendetti ayudó a construir en el ideario latinoamericano del siglo pasado. La segunda es su obra más arriesgada: la narración de la vida y la muerte de un uruguayo aplastado a la vez por el poder político que oprime a su país y por los conflictos, imposibles de resolver, con su padre. Una y otra pelea, con el telón de fondo de la crisis moral de un país que no supo oponerse al poder (el libro estuvo censurado en los años setenta, durante lo peor de las dictaduras sudamericanas), compiten en el texto y terminan, literalmente, por destruir al personaje que intenta librarlas y fracasa en las dos.
Tal vez el mejor homenaje que se le puede hacer a un escritor como Benedetti, que tantas veces se dejó llevar por lo simple y lo cursi, es recordar sus textos menos sentimentales y más difíciles. Los mejores momentos de Gracias por el fuego, por ejemplo, son los que muestran a los personajes abandonando su pose de víctimas inocentes y examinando su responsabilidad en los males (íntimos y sociales) que lamentan. La mayoría de nosotros no realiza nunca, en toda su vida, un acto de sinceridad semejante.

(Entre paréntesis: es muy fácil criticar a quien confunde saberse una canción de amor con tener conciencia política –o una verdadera idea del amor–, pero son peores quienes utilizan la canción para recordar sus “tiempos de rojillos” mientras practican todo lo contrario de lo que su autor favorito defendía.)
Caray, lo recordaré tan bonachón y despreocupado parrandeando en El lado oscuro del corazón.
Donde esté usted Mario, No se salve.
Hola, Neftalí. A mí no me gustó esa película, pero la imagen legendaria persistirá, supongo…, y estará bien. (Espero.)
Un saludo.
Mi querido Mario, sabrás (sin tener que contar) que siempre podrá usted contar conmigo… Y yo con sus poemas.
Un beso, donde quiera que esté.
Q.E.P.D.
La popularidad de Mario Benedetti fue, creo, su don y su purgatorio. Hay quienes saben decirle a la gente las cosas, con toda la cursilería y regodeo que quieren leer. Frases de esas que pueden citarse en los discursos o a la hora de hacerse los chidos en un brindis. Hablar, por ejemplo, de que en la calle codo a codo somos mucho más que dos, invitar a alguien a contar, hasta el uno o hasta el mil, o distinguir nuestras tácticas de nuestras estrategias.
Yo también sonrío cuando recuerdo a Benedetti como el ruquito borrachín que es casi escenario de las peripecias de Oliverio en aquella película, pero he de admitir (como quien reconoce abochornada que ha leído a Harry Potter, que ve telenovelas o que se emociona con lo profundas de las letras de Sin Bandera), que lloré como plañidera cuando leí, sorprendida, que Avellaneda había muerto. A alguien que me hace llorar así, no puedo sino desearle un buen descanso y toda mi gratitud.
Que en paz descanse.
P.D. (Ja, ja) mi blog es de esos miles que hoy le hacen pequeños homenajes
Aunque Benedetti no me gusta como poeta, si creo que debe defenderse al “poeta popular”. (Sabines si me gusta u Horacio y para el caso un montón de rockeros con algo de cerebro). Me parece una injusticia que se subestime a un poeta por su popularidad. De inicio ya hay una diferencia entre un Benedetti a un Paz; en cierto modo un poeta puede llevar a otro. Hay literatura para todos. Sumado a muchas cosas, esa “alta poesía” (como Eliot) y esas lecturas (la ciencia literaria) fomentan el elitismo y alejan a los escritores de un público que bien podría estarlos esperando.
Me enoja un poco
¡Un abrazo Alberto!
Se podrá cuestionar su estilo pero como tu lo dijiste, su fama no. Ya quisieran muchos poetas dedicarse a los versos y tener a los seguidores que tuvo Benedetti. Vivió larga vida así que suponemos que ahora descansa en paz…
Nota al margen: Según datos, nació en 1920, no 21…
Fernanda: reaccionar así (y más tremendo) es parte de nuestros derechos como lectores, así que no pasa nada.
Un abrazo, Fernando. Tienes razón: hay y debe (debería) haber para todos. Algo de todo eso del elitismo saldrá, espero, en una nota futura.
Ale, gracias por la corrección. (Ya está enmendado el error.)
Sucede que a ti Benedetti te leen detractores y benefactores y resulta con los años que críticos no criticables y escritores no leídos te llaman popular, como un término que explica el fracaso propio.
Que maldad, Mario, lograr que un mundo te lea, que no sabes que latinoamericanos somos? que sólo es grande el que muere en la miseria.
Para mí Benedetti fue un buen cuentista y un buen crítico/ensayista. Una excelente persona, sencilla y auténtica. Y sin duda, un hombre consecuente. Basta estudiar el papel que tuvo la Generación del 45 en el ambiente literario de Uruguay en aquel entonces, gente que renunció a premios, distinciones, bonificaciones del Estado porque no le ofrecían las garantías de rigor y calidad que ellos pretendían: aquí todo estaba lleno de poetas a sueldo que no servían para nada, el escritor era un “escuálido lujo social”, como lo definieron. Toda esta gente trajo un aire comprometido (en el buen sentido de la palabra), de seriedad en el oficio, de ética insobornable. Idea Vilariño, su amiga y colega, murió tres semanas antes, por cierto: ella sí que fue “perfil bajo” por elección, una excelente, impagable poeta.
Ahora, si después a Benedetti le llegó la fama, eso no fue buscado y, en todo caso, fue un beneficio colateral; no escribió según las modas imperantes o para ganar el Premio Planeta, sino abriendo paso hacia vetas antes poco accesibles. Practicamente inventó (junto con Onetti, adelantado de la Generación del 45, y sus otros integrantes) la montevideanidad, la literatura que ocurría en la ciudad cotidiana, sin seguirle el juego a los sonetos de corzas y gacelas de la época. Sus textos “bajaron a la tierra” y llegaron al ciudadano común, al oficinista, al obrero, al ama de casa, al empleado que no leía gran cosa y que se vio reflejado en ellos. Por algo tanta y tanta gente en todo el mundo hispano (y con los libros traducidos a 20 idiomas) se siente tan identificada, más allá de las fronteras de su país natal.
Es verdad que a casi todos los intelectuales nos parece muy simplote y poco innovador, pero ¡caray que innovó, en su tiempo y su contexto! A estas alturas, creo que señalar las limitaciones literarias de Benedetti es un lugar común en estos círculos. Cerca de 1990, la moda entre los jóvenes escritores de Uruguay era defenestrar a Benedetti, que no sabía por qué se habían ensañado así con él. Un parricidio a destiempo, contra un abuelo literario cuyo único pecado fue gozar del favor del lector “común y corriente”, ser famoso y reconocido, vivir de la literatura que creaba. Uno no juzga a los abuelos igual que a los padres, y menos igual que a los hermanos, a los pares. Hay que tener paciencia para acercarse a los abuelos y escuchar sus viejas historias pasadas de moda: tienen, de todos modos, mucho que aportar, a su manera.
Fue grande, un ícono. Lo dejé de leer a los 14 años, pero lloré igual el otro día, mucho.
Hace mucho que no leo algo de Benedetti, pero siempre hay alguna frase suya que sale a relucir cuando tengo que hablar de mi propia vida -quizás por obvia, quizás porque es fácil de memorizar, pero igual tal vez porque algo tiene de entrañable-, como ahora en que solo puedo decir que estoy “jodido y radiante… y también viceversa”.
Un saludo. Excelente texto.
Hola, Eduardo, y gracias.
Gabriela, que alguien sea popular no es intrínsecamente malo: nunca dije eso. Y sí dije en cambio que la obra de M. B. no carece de méritos. Por otra parte, el “parricidio” de los precursores es inevitable: un autor que empieza (y que no puede no aprovechar las lecciones de sus mayores, porque si las ignora está frito) tiene que llegar alguna vez a intentar decir algo propio, a hablar con su propia voz y no sólo a repetir lo que dijeron sus “padres” literarios: si no, ¿qué caso tenía que escribiera nada? Las grandes obras pueden volverse un poco más difíciles con el paso del tiempo, pero jamás se vuelven obsoletas.
Me da gusto, en cualquier caso, leerte por acá.
Saludos a todos.
De él he leído pocos poemas, pero recuerdo bien “Táctica y estrategia”. Y La tregua fue recomendación materna, con todo y el clásico regaño al haber deshojado accidentalmente el libro de tanto traerlo p’ arriba y abajo.
¡Triste que murió justo el día de mi cumpleaños!
Alberto:
Coincido contigo. Se puede rendir homenaje a un autor sin tener que estar de acuerdo con todo lo que escribió. Personalmente, no soporto al Benedetti poeta(por complaciente y facilón) ni concuerdo con sus ideas políticas (ingenuas hasta la indignación), pero rescato al Benedetti narrador y, específicamente, al cuentista. Un maestro del relato breve: textos concisos, afilados, elocuentes.
Saludos
Luis Bernardo Pérez
wow.
Coincido en que fue mejor la narrativa de Benedetti que su poesía (la mitad de la paja que se apunta en los talleres de creación poética en casi cualquier sitio del plantea, lo hace porque quieren escribir como Benedetti). Bien, supongo que esta muerte me duele menos que la Elizondo y quizá un poco más que la de Henestrosa, cosa de gustos; aBenedetti Q.E.P.D.o; y al las historias, un placer darme una vuelta desués de tanto tiempo…
Hola a todos.
Rafael, todavía debo una parte de las respuestas a aquellas preguntas tuyas. Ya de vuelta en la rutina la escribiré pronto.
Saludos…
mi viejo, mi maestro, justo ahora en vilo de madrugada,
leo tu “Vivir Adrede”, y pienso en el día en que sere nada, ojala la nada fuera una especie de cielo, así podria verte y platicar contigo.