El mes pasado, tuve oportunidad de ver En casa con mis monstruos, la exposición de Guillermo del Toro en el Museo de las Artes de la Universidad de Guadalajara. Poco después publiqué algunas notas sobre ella en Twitter, que recojo aquí ahora. En especial, me interesa algo que se revela en la exposición: la presencia de la la imaginación fantástica mexicana.

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En casa con mis monstruos, por supuesto, es una maravilla. Todas las influencias del cineasta quedan al descubierto, y también la forma en que del Toro ha transformado esas influencias en su propia obra, por no hablar de su gran ojo de coleccionista. Ilustraciones, libros, diseños de producción y objetos de utilería, tanto de su obra como de muchas otras, se unen con objetos de otros archivos y colecciones locales.

Gracias a ellas, incluso las personas con menos conocimiento de la historia de las artes puede constatar que buena parte de las influencias de del Toro son de origen extranjero: desde Poe hasta Moebius, desde Lovecraft hasta el cine de la Universal. La tradición proverbial de los sueños y los monstruos de occidente, en fin, a la que del Toro ha hecho homenaje explícito en todas sus películas. El origen de la criatura de La forma del agua o del aparato mágico de Cronos, el entramado mitológico de los demonios de Hellboy, todo queda claro al ver la muestra.

Pero otra parte de En casa con mis monstruos es aún más importante, porque está dedicada a poner esas influencias en contexto con las mexicanas. A comparar las obras, historias y criaturas de otros lugares con las que han existido aquí, por lo menos, desde la Colonia. Arte sacro y caricatura política; ilustraciones de leyendas y consejas, parodias, caricaturas, pesadillas, historias de horror y desconcierto desde lo más “alto” hasta lo más “bajo” de la cultura nacional, todo está representado y queda claro que la formación del cineasta, como la de la mayor parte de los habitantes del país, estuvo expuesta a todas esas otras formas de la imaginación fantástica.

No es poca cosa, pues significa que la obra de Guillermo del Toro nunca ha existido en el vacío, ni siquiera en su propio país.

Lo anterior importa porque aquí en México ya ha pasado al menos un siglo de discusiones (sin llegar a nada) alrededor de un tema que desde fuera podría parecer absurdo: si la cultura mexicana es capaz o no de imaginar, si no es «por naturaleza» literal, imitativa, incapacitada para cualquier otra cosa. Algunos críticos y colegas parecen creerlo, y muchas personas sin vínculo con el cine o la literatura también.

Pero la verdad es que no es así. Es sólo que a veces nos hemos empeñado en creernos menos capaces de lo que somos. En no admitir que nuestra vida interior está en nuestras artes también: a la vista. No es una cuestión de corrientes, subgéneros, tendencias ni mercados culturales. La imaginación fantástica mexicana aparece lo mismo en Juan Rulfo que en Sor Juana Inés de la Cruz, en Amparo Dávila que en Julio Ruelas, en Remedios Varo que en Guillermo del Toro.

Nuestra relación problemática, represiva con esa imaginación la vuelve más afilada, estridente, caprichosa. Pero también la vuelve más necesaria, porque es una aptitud útil –indispensable, incluso– para la supervivencia de una comunidad.

Si no conocen esta imaginación, pueden verla en En casa con mis monstruos, en la obra de Guillermo del Toro, o en muchas otras películas, textos, obras plásticas y audiovisuales. Son los monstruos de nuestra propia casa, son obra nuestra, y existen para nosotros.

Ante un cuadro