Eduardo Uribe, Infiernos particulares.
México, UNAM, 2008.

Una ilusión del presente es la de que todo puede ser inmediato: se insiste en que podemos “vivir” acontecimientos remotos, gozarlos o padecerlos como si nos ocurrieran directamente, por medio de las diferentes alternativas de la comunicación o el entretenimiento. La publicidad, que disfraza de acto supremo del espíritu humano a la compra más insignificante, se emparenta en esto con el grueso del cine y la televisión pero también, para el caso, con esa literatura que todo lo sacrifica a ser presuntamente visceral al referir acontecimientos presuntamente verídicos: el cuento o la novela como sucursales de los programas de videos “auténticos”, e igual de artificiosos y falsos.
Las historias de Infiernos particulares, primer libro de Eduardo Uribe, no creen necesario proponer esa ilusión de realidad, y en cambio optan por varias más extrañas, más arduas pero también más capaces de atraer a la lectura en tanto juego y ejercicio de la imaginación. Nunca olvidan que las palabras son una membrana que nos separa del mundo, ni que los errores e imprecisiones numerosos que pueden cometerse con ellas son los responsables de la belleza de lo literario. Sobre todo, los textos llaman la atención por la gran cantidad de intermediarios que proponen entre sus mundos y los ojos de sus lectores: algún cuento finge ser una traducción comentada y con glosas; otro, la reimpresión de una notas periodística con apéndices; hay epígrafes y atribuciones que mandan señales de lo más diverso, incluyendo referencias directas a Dante, Hawthorne y Pessoa; varios personajes se encuentran en tales estados del alma que lo que dicen tiene menos que ver con su entorno que con su interior, o bien ese interior sale y se convierte en la atmósfera de las narraciones; otros reaccionan a lo que sucede ante ellos de maneras muy poco verosímiles pero sumamente interesantes, como si representaran para nosotros la multiplicidad de los ecos y las interpretaciones de la historia en la que existen…
No se podría ser menos objetivo, menos ceñido a la “vida misma”, pero no debemos olvidar que esa vida está compuesta hoy en día de muchas pantallas y muy escasas observaciones que se alejen de ellas. El libro parece decir: si vamos a distraernos del puro experimentar las cosas –y sólo eso hemos estado haciendo, como especie, desde que existe el lenguaje–, bien podemos hacerlo de más de una forma, y atender mientras lo hacemos a otras maneras de la emoción o de la belleza.
Los cuentos, como adelanta el título, exploran diferentes formas del sufrimiento humano, pero no son una serie uniforme: hay crueldades deliberadas y complejas, hay alguna diatriba contra el mundo, hay dos o tres retratos de personajes inmóviles y carentes de cualquier esperanza, pero ninguno de estos recursos habituales domina al conjunto y ninguno de los textos se limita a ellos. La sobriedad y la exactitud de “Noticias de Brenda”, tal vez el cuento más descarnado de todos, se contrapone a la atmósfera de pesadilla de “El entierro de mamá”; el “Informe de la Escuela del Sufrimiento” va derivando hacia la profusión de lo fantástico, sin acabar de alcanzarlo, y “La abdicación” prolonga el juego y le da una vuelta más a la hora de reírse de nuestras propias manías y cegueras al leer y comprender lo que leemos; “El contrato”, que para mi gusto es la mejor historia del conjunto, resuelve un problema antiguo: colocar en el mundo de los vencidos, el pueblo llano con sus trabajos sin futuro, sus rutinas tristes, sus arrogancias y sus mentiras, una alegoría del silencio de Dios, de nuestra separación de lo divino…
Mucho de lo que dice esta nota, y de lo que los lectores verán en el resto del libro, podría remitir también a escritores como Borges, en los que la literatura tiene precedencia sobre las imágenes de la vida. Pero la palabra “Infierno”, después de todo, designa un lugar mítico, que tiene su origen en el lenguaje y sólo se puede asociar a nuestras vidas mediante un juego con el lenguaje. Llamar a nuestras vidas infiernos es siempre interpretarlas, convertirlas en metáforas, y además enlazarlas con una larga tradición. De semejantes falseos proviene el placer de la lectura, como se dijo antes, pero también el escaso consuelo que podamos hallar en comprender nuestra propia pequeñez.
Para volver de nuevo a donde comenzó esta nota: aquella adoración que mencioné de la “realidad” viene aparejada, en nuestro tiempo, a muchas declaraciones de disfunción inventiva, que a Tolstoi o a Cervantes les hubieran parecido ridículas pero por las cuales parecería que la única narrativa válida es la que trata de las poses del aburridísimo escritor en su aburridísimo entorno: el grado cero de la imaginación. En Infiernos particulares, como en muchos primeros libros, pueden verse las huellas de precursores, las encubiertas declaraciones de principios, pero puede verse también una confianza en el poder de la ficción que me parece deliciosa, muy lejos de esa moda de la impotencia y la caída, y con una determinación por contar e inventar que todo libro, sin importar qué tan pronto o tan tarde aparece en la carrera de un escritor, debería tener.