Un artículo publicado, hace ya unos meses, en la revista Complot:

1
Este caso célebre tuvo lugar en Londres en el siglo XVIII. Los primeros síntomas aparecieron en 1767, cuando el sujeto –un impresor de poca monta, considerado en general un excéntrico inofensivo– tenía apenas diez años. Al menos, él insistió siempre en que desde tal edad ya conversaba con el arcángel Gabriel, “monjes fantasmales”, la virgen María y personajes del pasado remoto.

The Ancient of Days (1794)

No recibió atención porque faltaba cerca de un siglo para que los especialistas inventaran los términos apropiados para describir su padecimiento (el concepto de dementia praecox, antecesor del de esquizofrenia, data de 1856) y sus alucinaciones se convirtieron en un delirio religioso que creció en complejidad a lo largo de varias décadas.
Todo está documentado por el propio sujeto, quien dedicó mucho de su tiempo a plasmar sus visiones en grabados y acuarelas y a glosar las imágenes con largos poemas y prosas –de ortografía más bien vacilante– que proponían una mitología caprichosa, alimentada por lecturas bíblicas y el reciclado arbitrario de otros personajes y símbolos tradicionales.
El sujeto se consideraba un visionario o un profeta; su misión: difundir entre los hombres la necesidad de que el alma luchara hasta librar sus energías naturales de la razón y las religiones organizadas. A su muerte, en 1827, fue enterrado en una tumba sin lápida y, en general, olvidado. Pero había reunido una cantidad enorme de páginas de su trabajo de “prédica” o de “reflexión”, más numerosas versiones de las imágenes, sin texto, realizadas con diversas técnicas; el conjunto, por supuesto, es demasiado vago para ser realmente la base de un cuerpo doctrinal, pero a la vez tan interesante en su rareza –y tan bello– como para que el caso fuera recordado y revalorado por generaciones posteriores. Hoy, varias de las ilustraciones del sujeto, cuyo nombre era William Blake, se exhiben en la colección permanente de la Tate Gallery de Londres; algunos de los poemas, y entre ellos uno titulado “El tigre”, están entre los más recordados e importantes del canon de occidente, y otro, “Jerusalem”, es la letra del himno más famoso de Inglaterra.

Detalle de uno de los alzados arquitectónicos de Rizzoli

2
En 1990, la galerista californiana Bonnie Grossman comenzó a promover a un artista: Achilles G. Rizzoli, quien hasta entonces sólo había montado exposiciones individuales en espacios muy exclusivos.
La propuesta de Rizzoli parecía simple: creaba planos y alzados arquitectónicos con fines expresivos y no utilitarios, pero al hacerlo proponía no sólo una re-significación de tales técnicas, sino varias ideas perturbadoras acerca del acto de representar. Perfectamente trabajados, con acotaciones y leyendas puestas claramente y en su sitio justos, todos los dibujos mostraban edificios imposibles, con nombres caprichosos y absurdos: justo lo opuesto de la “misión” del arquitecto…
Encima, el conjunto era interdisciplinario: textos agregados con caligrafía primorosa a cada dibujo lo convertían en parte de una ficción literaria, según la cual los edificios eran imágenes de amigos o familiares de Rizzoli luego de su muerte, renacidos de acuerdo con un plan divino.
La campaña para promover a Rizzoli tuvo éxito, y en poco tiempo se organizó una exhibición “retrospectiva” de su obra, que se presentó en varios museos de los Estados Unidos y ofreció al público una imagen cabal de sus mitos dibujados; luego éstos se repitieron en libros, se filmó un documental sobre la vida del artista…
Sólo falta decir que Grossman supo de Rizzoli cuando la familia de éste quiso venderle los dibujos en lote, tras haberlos tenido arrumbados en una cochera por casi diez años (desde la muerte Rizzoli en un asilo); que las exposiciones ya mencionadas fueron hechas en cuartos de la casa del artista, en los años cuarenta –él había nacido en 1896–, y a ellas acudieron sólo unos pocos amigos; que el hombre, quien fue tímido hasta el punto de no poder entablar nunca una sola relación de pareja ni sexual, creía sinceramente en su cosmogonía, compuesta a lo largo de muchas décadas, y que sus proyectos, pergeñados en las horas libres que le dejaban trabajos miserables, provenían de una obsesión enfermiza por su madre, vuelta catedral en su mundo inventado. (Rizzoli durmió a los pies de su cama, literalmente, incluso luego de la muerte de ésta en 1937.)

Art Brut - Nek Chand

3
Los dos fragmentos que anteceden son, desde luego, tramposos: la poesía de Blake es grande sin que importe su forma extraña, y la obra de Rizzoli sólo es famosa como art brut, hecho al margen de los “grandes circuitos” artísticos y culturales. De todos modos, en ambos se plantea el mismo problema: ¿cómo se distingue al “loco” del “artista”?
La reunión de las dos palabras no es casual ni es nueva. Las definiciones de uno y otro término, como sabemos al menos desde Freud y Jung, vacilan: se transforman con el tiempo, se comunican y, en sus ejemplos más notables y extraños (y, por supuesto, Blake y Rizzoli están en situaciones límite de la creación y la recepción de las artes), se enlazan además con un tercer término: “visionario”, sistemáticamente despojado de su sentido místico o trascendente desde el siglo XVIII pero que resurge, incluso en nuestra época de vaciamiento de lo sagrado y lo desconocido, precisamente en las visiones más perturbad(or)as de los artistas.
Ya “no es posible” creer que la conciencia puede comunicarse directamente con lo inefable, y por lo tanto ni Blake ni Rizzoli podrán ser nunca los profetas que podrían haber sido en un tiempo todavía más remoto. Pero lo inefable busca comunicarse con nosotros, trascender las barreras de nuestras seguridades y nuestra racionalidad. Piénsese en textos como las Memorias de un enfermo de nervios (1903) de Daniel Paul Schreber, un libro central de nuestra cultura por ser la base de los estudios de Freud sobre la paranoia, y que no es más que el intento de un demente –el famoso presidente Schreber, precisamente, dividido entre sus impulsos y una educación absolutamente inflexible– por articular y dar una explicación “racional” a las alucinaciones que padecía, y en las que el universo entero quedaba subordinado a su destino y a su sexo. Piénsese en la obra genial de escritores enfermos, desde Philip K. Dick hasta Leopoldo María Panero o Alejandra Pizarnik… No creo posible que podamos colocar, en ninguno de estos casos, una sola de las etiquetas que se han empleado para describirlos; por el contrario, siempre es posible seguir la línea de la locura, del impulso “divino” o por lo menos indescifrable de la creación artística, hasta los terrenos de la psiquiatría, o bien hacer el recorrido inverso: asomarnos a la expresión de la “locura” y reconocer su belleza, la singularidad y hasta la pertinencia de lo que está diciendo.
(No pocos han concluido que la creación artística es toda, en sí misma, locura: un síntoma de los desequilibrios de nuestra especie, por lo que un auténtico proceso civilizador, que erradicara las guerras y demás hábitos autodestructivos de la humanidad, tendría que acabar con el arte también, al volverlo inútil como válvula de escape de obsesiones y miedos. Semejantes reflexiones, por otro lado, concluyen siempre de manera melancólica: tal vez el amor por la belleza es otro de los síntomas.)

(Nota: en La materia no existe, uno de los blogs que antecedieron a éste, publiqué una nota distinta sobre Rizzoli. La he rescatado y se encuentra aquí.)