La presente nota continúa con el tema de esta otra:
La idea de que un texto como «Sensible pérdid» de Pescetti pudiera ser un «límite» (y que no parece haber convencido a muchos de quienes dejaron comentarios, lo que de entrada es muy interesante) vino de pensar en el concepto de las influencias (literarias) que se ha vuelto tan popular en occidente a partir de la aparición de La angustia de las influencias (1973) del crítico estadounidense Harold Bloom, y más aún desde su libro verdaderamente famoso: El canon occidental (1994).

Harold Bloom

En éste, Bloom se aplica a la tarea de recomendar los grandes libros de la tradición, aquellos que deben leerse, a partir de sus reflexiones sobre la «prioridad» de quienes escribieron en el pasado sobre quienes escriben ahora, y de las carreras literarias como luchas contra esas figuras paternas. En una nuez, dice que la memoria del pasado vuelve imposible el eludir a los grandes precursores, pues sus logros, al ser parte de la historia de la que se nutren los sucesores, se vuelven imposibles de superar; esto, pese a todo, conduce a enormes esfuerzos para intentar, cuando menos, no estar del todo bajo sus sombras enormes. Con estos argumentos, Bloom pretende explicar por qué un puñado de grandes autores –Shakespeare por encima de todos– jamás podrán ser alcanzados: varios de ellos, dice, alcanzan auténticos límites de las posibilidades del lenguaje, más allá de los cuales nada puede decirse.
¿El texto de Pescetti podría ser un límite así? En el fondo no se trata exactamente de una cuestión de calidad literaria. Podríamos pensar que –suponiendo que el cuento fuese lo bastante famoso– cualquier persona que escribiese algo semejante y pretendiera publicarlo podría ser acusada de imitación o hasta de plagio. Pero el asunto no es tan claro como parece. Por ejemplo, se puede considerar el libro Las vocales malditas (1988) de Óscar de la Borbolla, una reunión de cinco cuentos, cada uno escrito con una sola vocal, como se ve en este fragmento:

Abraham amaba a Sara cada mañana clara: pasaba la manaza, arañaba la lana, arrancaba la bata, la abrazaba; clavaba las garras hasta matarla. Sara atarantada callaba harta, Abraham la cansaba. «Ya nada habrá –mascaba tras la sábana–, ama a la mala; ataca, aplasta, brama.» Abraham acababa, apartaba la cara, jamás apagaba la flama a Sara, gran dama avasallada; daba palmadas a la santa, la llamaba «alma»; mas jamas la agradaba. Fracasaba la casa blanca, la sagrada paz. Sara maltrataba a Abraham: «¿Habra raza más mala para la cama?», ladraba. Abraham agarraba la garganta a la casta casada, la arrastraba a la sala. Sara sacaba las palabras mas bravas, las dagas pasmaban la faz al papanatas. La batalla avanzaba hasta alarmar a Satanás. «¡Sarna! !Alacran fatal!» bramaba Abraham. «!Can! !Patán anal!» balaba Sara. Más avanzada la mañana, para hallar más armas arrasaban la casa, a la par lanzaban lamparas, tazas, navajas hasta sangrar (…)

No recuerdo quién, hace años, me recomendaba este libro –por lo demás sabrosísismo– como el camino a seguir, en tanto era una idea espectacular y absolutamente original. Pero resulta que tanto esos textos como los lipogramas en que se basa Pescetti y otros muchos son en realidad parte de una larga tradición de juegos literarios, que se remontan en algunos casos hasta la época clásica.
¿Será que la memoria del pasado no es tan inmutable? Tal vez la percepción de los otros –la aceptación, la fama– no lo sea tampoco, y de ella dependa más de lo que nos agrada (o a mí, por lo menos) admitir. ¿Qué opinan?