Lost Girls

Alan Moore y Melinda Gebbie, Lost Girls.
3 tomos. Marietta, Top Shelf, 2006.

Este texto es una versión ampliada del que se publicó, sobre el mismo tema, en el último número de la revista Replicante. Agradezco a Chris Staros, de Top Shelf, por las imágenes, y advierto que todas las que siguen en esta nota son (como se dice en estos tiempos) “explícitas”; por lo tanto, invito a quien pudiera ofenderse al verlas a no seguir leyendo.

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Las historietas pornográficas –que tantos juzgan “lo peor que hay” pero en todas partes disponen de sus lectores culposos, agachones, fieles– ostentan las marcas vergonzosas de la vulgaridad. Censuradas con tiras negras o estrellitas blancas, a veces encerradas en bolsas de plástico, sus portadas acostumbran, encima, estar mal diseñadas y peor impresas y mostrar, como sus reclamos del deseo, una de estas posibilidades: imágenes claramente de archivo, o bien malos pastiches del hentai japonés o de cualquier otra tradición de pacotilla, o bien modelos que parecen más interesados en acabar pronto la sesión fotográfica que en cuidar sus cuerpos, asumir la pose o por lo menos fingir que hay algo de placer en lo que están haciendo. En gran parte del occidente –esa que todavía considera “avanzada” (o reprensible) la educación sexual– el porno se contagia del temor y la santurronería de sus detractores y, además de basto, parece querer ser feo: esto que está prohibido, parece decir, y que de todos modos estás haciendo y que te encanta, además es horrible; paga, avergüénzate, resígnate.

Lost Girls. Página de titulo del tomo 3

Lo que antecede implica, desde luego, una paradoja: la Real Academia (al igual que muchas personas) recuerda que la palabra pornografía contiene el término griego que significa “prostitución”, pero también propone una definición alterna a partir de su obscenidad, su capacidad de ofender el pudor y el recato, sin mencionar en absoluto el sexo. Y si los dos últimos siglos de la historia de las artes abundan en ejemplos de esa otra pornografía: de obras que han ofendido y escandalizado, muchas de ellas son obras maestras: La balsa de la ‘Medusa’ de Géricault y el Guernica de Picasso –terribles en sus visiones de la muerte y la violencia– son sólo dos ejemplos entre centenares.
¿Sería posible, entonces, que la pornografía sexual pudiera ser bella sin dejar de ser pornografía, sin asimilarse a la categoría menos problemática de lo erótico? Si la respuesta fuera afirmativa, entonces la representación del sexo podría mantener su carácter injurioso, subversivo, sin condescender a la fealdad que nace de la culpa. La distinción es tenue, como se ve, pero Alan Moore, el gran historietista británico, ha intentado dibujarla más claramente –crear “bella pornografía”– en su último libro: Las muchachas perdidas (Lost Girls, 2006).
Moore, conocido como escritor de varias de las “novelas gráficas” más relevantes del siglo XX –y por su crítica acerba de las versiones fílmicas de varias de ellas–, ha insistido en que este trabajo, hecho en colaboración con la pintora Melinda Gebbie, es efectivamente pornográfico, y durante los meses anteriores al lanzamiento del libro, publicado por la editora independiente Top Shelf Comix, sus declaraciones provocaron una controversia estimable en el medio de la historieta en inglés, que aún se distingue –pese a los esfuerzos de numerosos creadores– por su puritanismo. Es de celebrar que, en el contexto del retroceso de los políticos conservadores en Estados Unidos e Inglaterra, el asunto no haya desembocado en censura abierta, como la que tuvo lugar en varias editoriales estadounidenses tras los atentados terroristas del 11 de septiembre de 2001; si bien el libro no se convirtió en una cause célèbre, resulta más fácil leerlo sin atender a la publicidad y descubrir que, efectivamente, propone la belleza del sexo explícito –y literalmente en todas sus permutaciones– mediante una historia que gira alrededor de la propia sexualidad y de su relación con el arte y la historia humanos.

Lost Girls. El tornado, desde el punto de vista de Dorothy

Al igual que en las novelas de la serie La liga extraordinaria (The League of Extraordinary Gentlemen, comenzada en 1999), Moore recurre en Las muchachas perdidas a personajes literarios, cuyas aventuras continúa; pero en vez de aventuras a la Edgar Rice Burroughs o a la Sax Rohmer, las tres protagonistas de esta novela –nada menos que la Alicia de Lewis Carroll, la Wendy de J. M. Barrie y la Dorothy de L. Frank Baum– se hallan en un mundo a la vez más sereno y más tenso: reunidas en un hotel austriaco, en vísperas de la Primera Guerra Mundial, empiezan a contarse las vidas extraordinarias de sus libros, reinterpretándolas como historias de sus respectivos despertares sexuales y buscando en ellas un sentido para sus frustraciones, sus apetencias y sus vidas enteras.
Los encuentros sexuales, dibujados sin ninguna de las exageraciones de la pornografía vulgar, son también despojados de cualquier miedo y connotación vergonzosa: ninguna de semejantes censuras –afirma el libro una y otra vez– parece sensata mientras el mundo entero mira sin parpadear la llegada de una guerra espantosa.
Para insistir en su sentido libertario, el libro explora el presente amoroso de sus personajes –el hotel está pleno de encuentros, parejas, grupos, “tiernas actividades horizontales”– y la historia misma de la pornografía, que pasa por Beardsley y Schiele, por Wilde y Apollinaire, y señala una de las mayores contradicciones de la cultura que nos hemos construido: la hipocresía por la que negamos las expresiones corporales de la vida al tiempo que celebramos el poder y la violencia, como se puede ver en cualquier momento en nuestras artes y medios “aceptables”. Pero más aún que las implicaciones del texto, y del tapiz histórico que Moore crea a partir de sus heroínas inexistentes, el libro destaca por la belleza de sus imágenes, ajena por igual a la de la pornografía comúnmente aceptada y a la blanda y llamativa simplicidad de tanto cómic “decente”. Gebbie, quien ha trabajado exclusivamente en historietas underground y en unos pocos trabajos ancilares con Moore, es lo contrario del dibujante machetero y eficiente: Las muchachas perdidas tardó 16 años en completarse –a razón de tres días por cuadro, para incorporar en cada uno de ellos alrededor de diez capas distintas de pintura, lápices de colores y otros elementos–, y cada página, planeada en colaboración estrecha con el escritor, es una pequeña obra maestra de composición y diseño. El resultado incomodará a muchos: perfecto en su factura y a la vez visceral e inmediatamente comprensible, recordará a quien lo vea la simple belleza de los cuerpos, la alegría –sin temor, con placer– del contacto entre los cuerpos. ¿Cuántas personas no dirán que esta mera descripción es ya pornográfica?

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Una última nota sobre la recepción de la novela: incapaces de condenarla por su mera belleza, muchos comentaristas han negado que sea pornografía, devolviendo la discusión a su principio. A Moore y Gebbie debe parecerles irónico que el mismo Neil Gaiman, el discípulo más aventajado de Moore en el mundo del cómic, haya escrito en una reseña: “Si el libro falló en algo para mí, fue

[porque] no es de los que se leen con una sola mano. Es demasiado cerebral y extraño para apreciarlo o experimentarlo de modo visceral”. (Con todo su talento, Gaiman siempre ha sido el justo reverso de Moore en su actitud ante los tabúes y los límites de su arte.) Pero tal vez sea mejor que el destino de Las muchachas perdidas sea, por ahora, esa alabanza incómoda: mientras dure, señalará lo poco que hemos aprendido, como cultura(s), sobre nuestra propia sexualidad.

Una viñeta de Lost Girls

Las pornografías son los parques encantados donde las más ocultas y vulnerables de nuestras muchas identidades pueden jugar sin miedo. Son los palacios de lujo que todas las políticas y ejércitos del mundo exterior jamás podrán manchar ni reducir a escombros. Son nuestros jardines secretos, en los que rutas seductoras de palabras e imágenes nos llevan a la puerta húmeda y cegadora de nuestro placer, más allá de la cual las cosas sólo pueden expresarse en un lenguaje más allá de la literatura; más allá de las palabras.–Alan Moore