Además de todo lo demás (un par de libros; textos por obligación y placer; anotaciones para esta bitácora y para la sufrida cuenta de Tuiter), estoy preparando un par de cursos: ambos serán de novela y se repartirán entre revisar textos de los asistentes y hablar de la teoría (si es que es posible: si hay una sola, o varias ideas que pudieran ensamblarse para parecer una sola) de la novela.
      Entre otras referencias, está la del pasaje siguiente, que proviene de Pietr el letón (1931), la primera de la larga serie de novelas del inspector Maigret escritas por Georges Simenon. Maigret está vigilando desde afuera, y en tiempo tormentoso y desagradable, la casa del sospechoso, y sus pensamientos vagan hacia estas ideas sobre el descubrimiento y la detección:

Era más bien una teoría propia y, aunque jamás la había desarrollado, permanecía imprecisa en su mente […]       En cualquier malhechor, en cualquier delincuente, hay un hombre. Pero también hay, y sobre todo, un jugador: un adversario que generalmente ataca, y éste es el que la policía intenta ver.
      ¿Se ha cometido un crimen o un delito cualquiera? La lucha se enzarza en torno a unos datos más o menos objetivos. Una o varias incógnitas, que la razón intenta resolver.
      Maigret actuaba como los demás. Como ellos, también utilizaba los extraordinarios instrumentos que los Bertillon, los Reiss, los Locard han puesto en manos de la policía y que constituyen una verdadera ciencia.
      Pero buscaba, esperaba, acechaba sobre todo la «fisura». En otras palabras, el momento en que, detrás del jugador, aparece el hombre.
      En el Majestic, había tenido ante sí al jugador.
      Aquí presentía otra cosa. La casa apacible y ordenada no formaba parte de los accesorios de la lucha entablada por Pietr el Letón. La mujer, sobre todo, y los niños entrevistos u oídos pertenecían a otro orden material y moral.
      Y por ese motivo esperaba, aunque de mal humor, pues le gustaba demasiado su gran estufa de hierro colado y su despacho, con las cervezas espumeantes sobre la mesa, como para no sentirse desdichado bajo esta pegajosa tormenta.

Puede que la «teoría» no suene muy interesante tal como está planteada, pero su práctica, a lo largo de muchos episodios de la serie de Maigret, es extraordinaria: Simenon nos muestra cómo su personaje descubre, una y otra vez, la fisura en el comportamiento de sus adversarios que le permite no atraparlos (no necesariamente) pero sí comprenderlos: encontrar lo que faltaba por ver de su carácter y sus motivaciones, de modo que su imagen se complete y revele profundidades imprevistas, sorpresas, a veces detalles conmovedores o terribles.
      ¿No es éste el modo en el que se explora, también, la creación de un personaje novelesco? Por muchos planes previos que se hagan, por copiosas que sean las biografías y escaletas que se redacten (y que pueden ser muy útiles, sí), en los personajes siempre hay un fondo secreto, un último reducto de ideas y motivos y pasiones que jamás se revela a la primera. Uno es también explorador en lo que escribe y en quienes escribe: preguntarse por lo que hacen es lícito porque su creación nunca está completamente bajo nuestro control; cuando menos, algo pasa invariablemente –algo se pierde o se gana– en el proceso por el que las ideas se verbalizan, se ordenan y luego se traspasan a signos escritos.
      Los críticos de Simenon le cuestionan las tosquedades de acción y de estilo, la falta de pulimento. Pero en las reflexiones de Maigret y su búsqueda de fisuras, por descuidadas que puedan parecer, con mucha frecuencia me parece entrever esto: tal vez el escritor no trabajaba con un plan previo, tal vez improvisaba sobre la marcha, pero siempre acertaba. Siempre: sus personajes son invariablemente creíbles, humanos, complejos. Esto bien puede ser parte del famoso «oficio» del escritor: conocer a la humanidad y a la gramática lo bastante como para que aquélla se manifieste sin esfuerzo por medio de ésta.
      (Un elogio típico que se da a los grandes dibujantes es decir que pueden hacer una figura sin bosquejarla primero: que su dominio del trazo les ha costado tanto que parece que no les cuesta nada.)

Simenon