Este mes de Mundial de Futbol, un cuento de Machado de Assis (1839-1908), extraordinario autor brasileño. “A Igreja do Diabo” se publicó inicialmente en 1884, y es un raro ejemplo de las historias de imaginación fantástica del escritor. También es una historia atemporal: sus ideas sobre la virtud moral, la rebeldía y el carácter contradictorio del ser humano siguen vigentes. Agradezco a Sarai Robledo la transcripción del texto.

LA IGLESIA DEL DIABLO
Joaquim Maria Machado de Assis

I
De una idea magnífica

Cuenta un viejo manuscrito benedictino que el diablo, en cierto día, tuvo la idea de fundar una iglesia. Aunque sus ganancias fueran continuas y grandes, se sentía humillado con el papel aislado que ejercía desde hacía siglos, sin organización, sin normas, sin cánones ni ritual ni nada. Vivía, por así decirlo, de los sobrantes divinos, de los descuidos y obsequios humanos. Nada de fijo, nada regular. ¿Por qué no iba a tener él una iglesia? Una iglesia del Diablo era el medio más eficaz para combatir a las demás religiones y destruirlas de una vez.
      —Bueno, crearé una iglesia –concluyó—. Escritura contra Escritura, breviario contra breviario. Tendré mi misa, con vino y pan hasta el hartazgo, mis sermones, mis bulas, novenas y todo el aparato eclesiástico. Mi credo será el núcleo universal de los espíritus y mi iglesia una tienda de Abraham. Y luego, mientras que las otras religiones luchan entre sí y se dividen, mi iglesia se mantendrá unida; no tendré ante mí ni Mahoma ni Lutero. Hay muchas maneras de afirmar pero sólo una de negarlo todo.
      Y diciendo esto, el Diablo sacudió la cabeza y extendió los brazos, en un gesto magnífico y varonil. En seguida se acordó de ir con Dios para comunicarle su idea y desafiarlo; levantó los ojos, encendidos de odio, ásperos por la venganza y se dijo a sí mismo: “Vamos, es tiempo”. Y rápido, batiendo las alas, con tal estruendo que prendió a todas las provincias del abismo, salió de la sombra hacia el azul infinito.

II
Entre Dios y el Diablo

Dios estaba recibiendo a un anciano cuando el Diablo llegó al Cielo. Los serafines que enguirnaldaban al recién llegado se detuvieron inmediatamente y el Diablo se quedó en la entrada, con los ojos puestos en el Señor.
      —¿Qué es lo que quieres? —preguntó éste.
      —No vengo por tu siervo Fausto —respondió el Diablo, riéndose—, sino por todos los faustos del siglo y de los siglos.
      —Explícate.
      —Señor, la explicación es sencilla; pero permite que te diga: recoge primero a ese buen viejo; dale el mejor lugar, ordena que las más afinadas cítaras laúdes lo reciban con los más divinos coros…
      —¿Sabes lo que hizo él? —preguntó el señor, con los ojos llenos de dulzura,
      —No, pero probablemente es de los últimos que vendrán a estar con vosotros. No tardará mucho que el cielo quede parecido a una casa vacía, a causa del precio, que es elevado. Voy a construir un alojamiento barato; en dos palabras, voy a fundar una iglesia. Estoy cansado de mi desorganización, de mi reino azaroso y adventicio. Es tiempo de alcanzar la victoria final y completa. Y entonces he venido a contártelo, con lealtad, para que no me acuses de disimulo… Buena idea, ¿no te parece?
      —Viniste a contármela, no a legitimarla — advirtió el Señor.
      —Tienes razón —aceptó el Diablo—; pero al amor propio le gusta oír el aplauso de los maestros. Verdad es que en este caso sería el aplauso de un maestro vencido, y una tal exigencia… Señor, vuelvo a la tierra; voy a poner mi primera piedra.
      —Ve.
      —¿Quieres que venga a anunciarte la conclusión de la obra?
      —No es necesario; basta que me digas desde ahora por qué motivo, cansado de tu desorganización, sólo hasta ahora pensaste en fundar una iglesia.
      El Diablo sonrió con cierto aire de escarnio y triunfo. Tenía alguna idea cruel en mente, algún reparo picante en la alforja de la memoria, algo que en ese breve instante de la eternidad lo hacía creerse superior al propio Dios. Pero concluyó su sonrisa y dijo:
      —–Sólo ahora concluí una observación que comencé a hacer desde hace algunos siglos, y es que las virtudes, hijas del cielo, son en gran número comparables a reinas cuyo manto de terciopelo rematara en franjas de algodón. Ahora me propongo jalarles de esa franja y traerlas a todas ellas a mi Iglesia; tras ellas vendrán las de seda pura…
      —¡Viejo retórico! —murmuro el Señor.
      —Mira bien. Muchos cuerpos que se arrodillan ante vuestros pies, en los templos del mundo, llevan encima el ropaje de la sala y la calle, los rostros se tiñen con el mismo polvo, los pañuelos huelen a los mismos olores, las pupilas centellean de curiosidad y devoción entre el libro santo y la atracción del pecado. Mire el ardor –la indiferencia al menos– con que ese caballero anuncia al público los beneficios que liberalmente distribuyen, ya sean ropas o zapatos, monedas o cualesquiera de esas materias necesarias para la existencia…, pero no quiero parecer como que me detengo en cosas menudas; no hablo, por ejemplo, de la placidez con la que este jefe de hermandad, en las procesiones, carga piadosamente en el pecho vuestro amor y una manda… Voy a negocios más elevados…
      En esto los serafines agitaron las pesadas alas con hastío y sueño. Miguel y Gabriel contemplaron al señor con una mirada de súplica. Dios interrumpió al Diablo:
      —Tú eres vulgar, que es lo peor que le puede suceder a un espíritu de tu especie —replicó el Señor–. Todo lo que dices o que puedas decir ya ha sido dicho y redicho por los moralistas del mundo. Es un asunto superado; y si no tienes fuerza ni originalidad para renovar un asunto superado, mejor es que te calles y retires. Mira, todas mis legiones muestran en la cara las señales vivas del tedio que les provocas. Ese mismo anciano parece mareado; ¿sabes tú lo que hizo?
      —Ya te dije que no.
      —Después de una vida honesta, tuvo una muerte sublime. Atrapado en un naufragio, se iba a salvar en una tabla. Pero vio a unos recién casados, en la flor de la vida, que se debatían ya en la muerte: les cedió la tabla de salvación y se hundió en la eternidad. Sin ningún público, sólo el agua y cielo arriba de él. ¿Dónde encuentras la franja de algodón?
      —Señor, yo soy como tú sabes, el espíritu de la negación.
      —¿Niegas estas muerte?
      —Lo niego todo. La misantropía puede tomar la apariencia de caridad; dejarles la vida a los demás, para un misántropo, es realmente odiarlos…
      —¡Sutil retórico! —exclamó el Señor— Ve, ve y funda tu iglesia, llama a todas las virtudes, recoge todas las franjas, convoca a todos los hombres…, pero, ¡vete, vete ya!
      En vano el Diablo intentó proferir algo más. Dios le impuso silencio; los serafines, ante una seña divina, llenaron el cielo con armonía de sus cánticos. El Diablo sintió, de repente, que se hallaba en el aire; dobló las alas y, como rayo, cayó en la tierra.

III
La buena nueva a los hombres

Una vez en la tierra, el Diablo no perdió un minuto. Se apresuró a vestir la túnica benedictina, como hábito de buena fama, y se metió a divulgar una doctrina nueva y extraordinaria, con una voz que hacía retumbar las entrañas del mundo. Él prometía a sus discípulos y fieles las delicias de la tierra, todas las glorias los deleites más íntimos. Confesaba que era el Diablo; pero lo confesaba para corregir la noción que los hombres tenían de él y desmentir las historias que las viejas beatas contaban de él.
      —Sí, soy el Diablo —repetía él—; no el Diablo de las noches sulfúreas, de los cuentos para dormir, terror de los niños, sino el Diablo verdadero y único, el propio genio de la naturaleza, al que se le dio aquel nombre para arrancarlo del corazón de los hombres. Ved cómo soy gentil y cortés. Soy vuestro verdadero padre. Pero vamos, tomad ese nombre, inventado para mi descrédito, haced con ello un trofeo, un lábaro y yo os daré todo, todo, todo, todo, todo, todo…
      Era así como hablaba, al principio, para excitar el entusiasmo, avisar a los indiferentes, congregar, en suma, a las multitudes a sus pies. Y ellas vinieron; y después de que vinieron, el Diablo pasó a definir su doctrina. La doctrina era la única que podía estar en la boca de un espíritu de la negación. Eso en lo que toca a la sustancia, porque en lo referente a la forma, unas veces era sutil y otras cínica y pálida.
      Él clamaba que las virtudes aceptadas debían ser sustituidas por otras, que eran las naturales y legítimas. La soberbia, la lujuria, la pereza fueron rehabilitadas, y así también la avaricia, que declaró no ser sino la madre de la economía, con la diferencia que la madre era robusta y la hija una flaca. La ira encontraba su mejor defensa en la obra de Homero; sin el furor de Aquiles no hubiera habido la Ilíada: “Canta, oh musa, la cólera de Aquiles, hijo de Peleo”… Lo mismo dijo de la gula, que produjo las mejores páginas de Rabelais y muchos buenos versos del Hyssope; virtud tan superior que nadie recuerda las batallas de Lúculo sino sus cenas; fue la gula que realmente lo hizo inmortal. Pero aun haciendo a su lado las razones de orden literario o histórico, sólo para mostrar el valor intrínseco de aquella virtud, ¿quién podría negar que era mucho mejor sentir en la boca y el vientre los buenos manjares, en gran acopio, que los malos bocados, o la saliva del ayuno? Por su parte, el Diablo prometía sustituir la viña del Señor, expresión metafórica, por las viñas del Diablo, locución directa y verdadera, pues no iba a faltarles nunca a los suyos el fruto de las más bellas cepas del mundo. En lo referente a la envidia, pregonó fríamente que era la principal virtud, origen de prosperidades infinitas; preciosa virtud, que llegaría a suplir a todas las demás y hasta el mismo talento.
      Las turbas corrían detrás de él, entusiasmadas. El diablo les inculcaba, con los grandes golpes de elocuencia, todo el nuevo orden de las cosas, cambiando la noción de ellas, haciendo amar a las perversas y odiar a las sanas.
      Nada más curioso, por ejemplo, que la definición que él daba de fraude. Lo llamaba el brazo izquierdo el hombre; el brazo derecho era la fuerza, y concluía: muchos hombres son zurdos, eso es todo. Ahora bien, él no exigía que fueran todos zurdos, no era exclusivista. Que unos fueran zurdos y otros diestros; aceptaba a todos, menos a los que no fueran nada. Pero la demostración más rigurosa y profunda, fue la venalidad. Una casuista del tiempo llegó a confesar que era un monumento de lógica. La venalidad, dijo el Diablo, era el ejercicio de un derecho superior a todos los derechos. Si tú puedes vender tu casa, tu buey, tus zapatos, tu sombrero, cosas que son tuyas por una razón jurídica legal, pero que, en todo caso, están fuera de ti, ¿cómo es que no puede vender tu opinión, tu voto, tu palabra, tu fe, cosas que son más que tuyas porque son tu propia conciencia, esto es, tú mismo? Negarlo es caer en o absurdo y contradictorio. ¿Pues no hay mujeres que venden sus cabellos? ¿No puede un hombre vender parte de su sangre para transfundirla a otro hombre anémico? ¿Y la sangre y los cabellos, partes físicas, tendrán un privilegio que se le niega al carácter, a la parte moral del hombre?
      Demostrando así el principio, el Diablo no tardó en exponer las ventajas del orden temporal o pecuniario; después, enseño todavía que, en vista del perjuicio social, convenía disimular el ejercicio de un derecho tan legítimo, es decir, ejercer al mismo tiempo la venalidad y la hipocresía, esto es merecer doblemente. Y así por arriba y por abajo, examinaba todo, corregía todo. Claro está, combatió el perdón de las injurias y otras máximas de suavidad y cordialidad. No prohibió formalmente a la calumnia gratuita, sino que introdujo a ejercitarla mediante retribución, pecuniaria o de otra especie; pero en los casos en que fuera una imperiosa expansión de la fuerza de imaginación y nada más, prohibía aceptar compensación alguna, ya que ello equivalía a hacer pagar la inspiración. Todas las formas del respeto fueron condenadas por él, como posibles elementos de un cierto decoro social y personal, con la única excepción del interés. Pero esa misma excepción fue después eliminada, por considerar que el interés, que convierte al respeto en simple adulación, era el sentimiento aplicado y no aquél.
      Para rematar la obra, el Diablo pensó que le correspondía acabar con toda la solidaridad humana. En efecto, el amor al prójimo era un grave obstáculo para la nueva institución. Él demostró que esa norma era una simple invención de los parásitos y negociantes insolventes; no se debía dar al prójimo sino indiferencia; en algunos de los casos, odio o desprecio. Incluso llegó a demostrar que la noción de prójimo estaba equivocada, y citaba esta fase de un padre de Nápoles, aquel fino y letrado Galiani, que le escribía una de las marquesas del Antiguo Régimen: “¡Que se enoje el prójimo! ¡No hay prójimo!” La única hipótesis en la que él permitía amar al prójimo era cuando se trataba de amar a las mujeres ajenas, porque esa clase de amor tenía la particularidad de no ser otra cosa que el amor del individuo a sí mismo. Y como algunos discípulos encontraran que tal explicación, por metafísica, escapaba a la comprensión de la turba, el Diablo recurrió a un apólogo: “Cien personas adquieren acciones de un banco, para las operaciones comunes; pera coda accionista no cuida realmente sino de sus dividendos: es lo que sucede con los adúlteros. “Este apólogo fue incluido en su Libro de Sabiduría.

IV
Franjas y franjas

La perversión de Diablo se consumó. Todas las virtudes cuya capa de terciopelo remataba en franja de algodón, una vez jaladas de la franja, arrojaban la capa a las ortigas y venían a alistarse en una iglesia nueva. Detrás fueron llegando las demás, y el tiempo bendijo la institución. La iglesia se fundó; la doctrina se propagaba; no había una sola región en el globo que no la conociera, una lengua a la que no se tradujera, una raza que no la amara. El Diablo levantó gritos de triunfo.
      Pero un día, muchos años después, notó el Diablo que sus fieles, a escondidas, practicaban las antiguas virtudes. No las practicaban todas, ni íntegramente, sino más bien algunas y por partes y, como digo, a escondidas. Ciertos glotones se ocultaban a comer frugalmente tres o cuatro ocasiones por año, justamente en los días del precepto católico; muchos avaros daban limosas, en la noche, o en las calles semidesiertas; varios dilapidadores del erario restituían pequeñas cantidades; los fraudulentos, hacían cosas legales una que otra vez, con el corazón en las manos, pero con el mismo rostro de disimulo, para hacer creer que estaban embaucando a los demás.
      Este descubrimiento asombró al Diablo. Se metió a investigar más hondamente el mal, y vio cuan extendido se hallaba. Algunos casos eran hasta incomprensibles, como el de un farmacéutico del Levante que había envenenado a una generación completa, y con el producto de sus drogas socorría a los hijos de las víctimas. En el Cairo encontró a un perfecto ladón de camellos, que se cubría la cara para acudir a las mezquitas. El Diablo se encontró con él a la entrada, y lo increpó por su procedimiento; él lo negó, diciendo que iba allí a robarle el camello a un trujamán: lo robó en efecto, a la vista del Diablo y fue a ofrecérselo de presente a un muezín que oró por él a Alá. El manuscrito benedictino cita muchos otros descubrimientos extraordinarios, y entre ellos éste, que desorientó por completo al Diablo. Uno de sus mejores apóstoles era un calabrés, varón de cincuenta años, insigne falsificador de documentos, que poseía una hermosa casa en la compañía romana, telas, estatuas, biblioteca, etc. Era el fraude en persona; incluso había llegado a meterse en la cama para no confesar que estaba sano. Pues ese hombre no sólo robaba en el juego, sino que todavía daba gratificaciones a los criados. Habiéndose hecho amigo de un canónigo, iba todas las semanas a confesarse con él, en una capilla solitaria; y, aunque no le descubría ninguna de sus acciones secretas, se santiguaba dos veces, al arrodillarse y al levantar. El diablo apenas pudo creer tan grande alevosía. Pero no había forma de dudar; el caso era verdadero.
      No se detuvo un instante. El asombro no le dio tiempo para reflexionar, comparar y concluir que el espectáculo presente tenía algo de análogo con el pasado. Voló de nuevo al cielo, trémulo de rabia, ansioso por conocer la causa secreta de tan singular fenómeno. Dios lo escuchó con infinita complacencia; no lo interrumpió, no lo reprendió, no se vanaglorió, siquiera, de aquella agonía satánica. Puso sus ojos en él y le dijo:
      —¡Qué quieres tú, mi pobre Diablo! Las capas de algodón tienen ahora franjas de seda, como las de terciopelo tuvieron franjas de algodón. ¡Qué le vamos a hacer: es la eterna contradicción humana!