La Chata Sofía y el ave negra

Este mes aparecerán tres cuentos. El segundo es de Carmen Leñero (México, 1959), escritora, cantante y académica mexicana. Doctora en Letras por la UNAM, ha publicado además poesía, ensayo y narrativa (como el libro de cuentos Monstruos mexicanos). Esta version de “La Chata Sofía y el ave negra”, una viñeta breve muy cerca del poema en prosa y (a la vez) de la narrativa de horror, fue publicada en el número de diciembre de 1990 de la Revista de la Universidad.

LA CHATA SOFÍA Y EL AVE NEGRA
Carmen Leñero

La Chata Sofía era una anciana muy rica, victima desde niña de un oscuro padecimiento: tarde o temprano sentía rencor por lo que amaba, y eso le provocaba en todo el cuerpo unos dolores insoportables. Muchas noches se despenaba llorando y daba vueltas y vueltas en la cama hasta el amanecer.
      Para no alimentar su mal se habla ido desprendiendo de los objetos que más le gustaban, se había alejado de sus seres queridos y procuraba complacerse lo menos posible en el espejo.
      Los médicos le aseguraron que su enfennedad no era mortal, pero no supieron dar con el remedio.
      “Este mal lo causa un ave negra prisionera en tu corazón”, le había dicho un curandero. “Si sale de ti estarás curada.”
      “¿Y cuándo sucederá?”, preguntó la anciana.
      “Cuando otra ave de la misma especie la invite a emigrar con ella.”
      Pasó largas tardes en su jardín esperando ver aparecer a aquella segunda ave entre las ramas de los naranjos. Meses después hospedó en su casa a un grupo de artistas a quienes pidió que figuraran la presencia y el canto de un pájaro negro “así de grande”, decía, mostrándoles el puño.
      Pronto los despidió a todos porque no lograban nada y ella comenzaba a encariñarse con el bullicio que hacían en el comedor durante el almuerzo. Uno de ellos le besó la mano al marcharse, y esa noche la pobre de Sofía, asqueada por el gesto del muchacho, sintió que le arrancaban a pedazos la médula espinal. Mandó llamar al curandero pero el hombre se negó a acudir. A partir de entonces Sofía vivió sin esperanza de aliviarse, con los ojos puestos en algún punto más allá de los naranjos.
      Una mañana ya no pudo levantarse de la cama. reunió a sus sirvientes y les dijo:
      “Soy ya muy vieja y afortunadamente voy a morir. A ninguno de ustedes amo pero todos han sido fieles servidores y quiero heredarles mis pertenencias.”
      La escuchaban con las manos atrás y cabizbajos, e inclusive sintieron pena de oír cómo se iba extinguiendo esa voz que habla guiado sus vidas.
      “Ahora retirense”, concluyó con sequedad.
      Mientras salían hizo una seña a su criado de más confianza y le susurró al oído:
      “Te encargarás de que me incineren. Júramelo, Fennfn.”
      ¿Incinerar? Al criado le pareció que eso no era cristiano pero asindb, y la Chata Sofía expiró serena.
      Durante los funerales la gente estuvo muy atareada en repartirse los muebles y los objetos de valor. Nadie hizo los trámites en el crematorio, y algún pariente lejano surgido a última hora mandó enterrar a Sofía en la cripta familiar.
      Apenas echaron los cerrojos de la cripta, el mismo dolor agudo, interminable, y un aleteo desenfrenado bajo el pecho. La muerta quiso abrir la boca para dejar acapar al ave, quiso ahuyentarla con las manos, estrangularla, pero ninguna parte de su cuerpo obedeció.

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