El cuento de este mes es una novedad: un inédito. Su autor es David Miklos (San Antonio, Texas, 1970), narrador mexicano, autor de las novelas La piel muerta, La gente extraña, La hermana falsa y La vida triestina. También compiló la antología Una ciudad mejor que ésta, dirigió la revista literaria Cuaderno Salmón y aparece con frecuencia en antologías y revistas.
Agradezco mucho a David que se haya animado a compartir su texto –que habla de la memoria, de los juguetes y de algo más oscuro que no diré– con los lectores de Las Historias.

David Miklos. Fuente: eluniversal.com.mx

HÁGALO USTED MISMO
David Miklos

a Papá, por supuesto, y para la niña que será Anna

–Arriba en nuestro cuarto hay uno igual, sube a verlo.
Antes de que mi padre acabara de hablar, el niño que fui ya había corrido escaleras arriba y buscaba, sin éxito, el juguete prometido: un pequeño títere de madera, su cuerpo y articulaciones recortadas de la contratapa del empaque de un apestoso queso francés y ligadas entre sí con hilo blanco.
Desanimado, bajé al comedor con un mohín de puchero en la cara.
–No lo encuentro –le dije a mi padre, quien insistió en que subiera de nueva cuenta a buscar al pequeño títere de madera, mientras él y mi madre seguían untando mantequilla y queso apestoso a sus rebanadas de pan baguette.
–Búscalo bien, allí está, junto a la cama.
Brioso, subí de nuevo a la recámara de mis padres y busqué el títere a ambos lados de su cama matrimonial, el amplio retrato de un bosque otoñal impreso en el muro, sobre la cabecera. Un bosque como para perderse entre sus árboles. Un bosque como el bosque de Hansel y Gretel.
–¡No hay nada aquí! –grité, el cuerpo del niño que fui asomado por el umbral del recinto en el que no fui concebido.
La voz risueña de mi padre me alcanzó, insistente.
–¡Busca bien!

*

Apenas llegaba la temporada navideña, mis padres se armaban de refuerzos y resistían con aplomo las incansables peticiones que mi hermana y yo les hacíamos, postrados los cuatro ante la vieja televisión de bulbos que mostraba coloridos y relucientes juguetes en un deslavado, tembloroso blanco y negro.
–¡Yo quiero ése! –vociferaba el niño que fui.
–¡Y yo ésa! –se sumaba a mi alarido aquél de la niña que fue mi hermana.
Sin más, mis padres intercambiaban una mirada lateral y guardaban silencio, ansiosos por que reiniciara el episodio de Señorita Cometa que veíamos los cuatro apoltronados en el sillón –un sofa camá plegado en realidad–, tal vez el capítulo aterrador en el que había una bruja en un bosque y una pelota roja que rebotaba, rodaba y luego se perdía entre el follaje reseco.
La hora de dormir llegaba y las peticiones de juguetes llegaban a su término. Mientras mi padre dormitaba ante el primer noticiero de la noche, mi madre nos arropaba y nos pedía que eligiéramos el cuarto en el que nos seguiría contando la historia iniciada alguno de los días anteriores. Casi siempre ganaba yo, y allí íbamos los tres a mi recámara, uno de sus muros vestido por un tapiz que mostraba a los personajes de El libro de la selva, Mowgli y compañía.
Pronto los niños que fuimos mi hermana y yo olvidábamos los juguetes que muchos niños sí recibirían el día de los Reyes Magos, embelesados por los cuentos casi surrealistas que mi madre se inventaba, venidos acaso de los delirios de su propia infancia.
La primera en caer dormida era mi hermana, tres años menor que yo, y apenas cerraba los ojos mi madre decía “Continuará”, me daba las buenas noches y salía de mi cuarto con mi hermana en brazos, no sin antes apagar, hábilmente, la luz con el codo de alguno de sus brazos.
Y allí me quedaba yo, sumido en el oscuro bosque de la noche, atento a los ruidos que la noche suburbana me traía, el sonido de canciones rancheras venido del radio de algún velador de las muchas casas que entonces se construían en el fraccionamiento en el que vivíamos, el ladrido solitario de algún perro, el motor del coche de algún esposo que llegaba tarde a casa, cuando los niños que fueron sus hijos ya se habían dormido y su esposa lo esperaba con la cena lista en el antecomedor, cosa que nunca sucedía en nuestro hogar.
Sólo entonces, solo, regresaban a mí las imágenes de los juguetes que nunca tendría, los cajones y el armario de mi cuarto repletos de bloques de madera y piezas de plástico, centenas de cubos y falsos ladrillos con los que, a la mañana siguiente, construiría ciudades y fortalezas, súper mercados y casas, estacionamientos y oficinas que rellenaría de habitantes y empleados de plastilina.
Poco antes de caer dormido, pensaba en recordar lo que en ese mismo momento pensaba, un reto que jamás fui capaz de superar: a la mañana siguiente, cuando el sol entraba de lleno al cuarto y yo me desperezaba para construir un nuevo reino de madera, plastilina y plástico, el pensamiento nocturno que había tenido un instante antes de abandonarme al sueño se fugaba de mí como una epifanía o una revelación siempre en potencia.
Así comenzaba el juego del día.

*

Sobre la mesa del comedor yacía, despanzurrado, el apestoso queso francés; como un cadáver a ser revivido, el pequeño títere desarmado me miraba, no sin ironía, desde la contratapa del empaque de lo que había sido la cena de esa noche, aunque yo sólo había comido pan baguette sopeado en leche con Choco Milk.
–¿Cuesta mucho trabajo armarlo? –le pregunté a mi padre.
–¿Para qué quieres armarlo si allá arriba en nuestro cuarto, junto a la cama, hay uno igual?
–No lo encuentro –repetí, casi como un mantra, mi cantaleta desesperada.
–Anda, sube de nuevo, búscalo bien: se parece mucho a ti.
Poseído por la energía inagotable del niño que fui, subí corriendo la escalera y emprendí una nueva búsqueda en pos del pequeño títere de madera en todos y cada uno de los intersticios del cuarto de mis padres.
Y fracasé de nuevo.
–¡No está aquí!

*

Quise tener una casa en un árbol, pero en el jardín de la casa no había árboles cuyas ramas se prestaran a mi impulso arquitectónico. Mi padre sugirió una alternativa.
–Puedes construir la casa en la azotea, allá arriba hay mucho espacio.
–Vamos por madera –el niño que fui le pidió a papá.
–Antes de eso, tienes que trazar un plano.
¿Qué tan difícil podía ser diseñar una casa, una casita, un refugio para ocultarme de todo, guardar mis cosas allí, invitar a mis amigos y planear ataques a mi hermana y sus amigas?
Pensé en un cubo: cuatro paredes, un techo, una puerta, el piso de la propia azotea como suelo; la altura del cubo tenía que superar mi propia altura.
El plano que tracé era sencillo. Cada pared de la casa necesitaba determinado número de tablones idénticos, lo mismo que el techo. El único muro distinto sería el de la entrada, en el que habría una abertura para colocar una puerta. Nada más que eso.
Mi padre pareció satisfecho con el plano y fuimos a una maderería ubicada en un amplio bodegón industrial. Ante los millares de tablas y tablones, pensé en un bosque otoñal talado, el reflejo negativo del bosque otoñal, amarillo y ocre, que adornaba el cuarto de mis padres. Como yo era el arquitecto y el maestro de obra, mi padre me cedió la palabra.
–Anda, pídele al señor lo que necesitas.
–Necesito este número de tablones de tantos por cuántos centímetros –el niño que fui le explicó al señor de la maderería y cerró el trato.
–Muy bien, joven. ¿A qué dirección se los llevamos?
Mi padre pagó los tablones y fuimos a conseguir un martillo y clavos, no se necesitaba más para ensamblar el cubo-casa que tan fácilmente había concebido.
Algunos días después, llegaron los tablones a la casa y los dependientes de la maderería nos hicieron el favor de subirlos a la azotea, mi territorio.
Para mi sorpresa, los tablones eran demasiado largos. Ayudado por un flexómetro, comprobé que doblaban en dimensiones a los tablones que yo le había solicitado al maderero.
–Estos tablones no sirven. Hay que cambiarlos.
La respuesta de mi padre fue material y silenciosa: un serrucho.
Un serrucho rebelde, que se resistía a la rigidez y se doblaba sobre sí mismo, sus dientes una amenaza.
Serruchar cada tablón me tomaba un par de tardes enteras.
Pronto me salieron ampollas en las manos.
Y sucedió lo inevitable.
Antes de rebanar todos los tablones, se me vino encima la temporada de lluvias.
Creo que conseguí armar uno solo de los muros de mi cubo-casa.
El resto de la madera terminó de pudrirse, bosque otoñal arruinado, bajo una lona precaria.
Mi refugio siguió siendo la oscuridad de la noche suburbana.

*

Mi padre viajaba mucho a Francia, el país de mi madre. Mi hermana y yo nos quedábamos con ella y esperábamos inquietos su regreso, las sorpresas siempre perfumadas que, apenas volviéramos a la casa luego de pasar por papá al aeropuerto, saldrían de sus maletas como Jack o Pandora salían de sus cajas.
Mi padre cruzaba el umbral de la aduana aún entre los vapores dulzones de la cabina del avión jumbo de Air France, un aroma difícil de olvidar, una amalgama invisible y olorosa de jabón, loción refrescante y aire encerrado, a la que se sumaba la peste de los quesos franceses y prohibidos que transgredían las reglas sanitarias del país, las joyas lácteas que mamá miraba como si fueran diamantes de Tiffany & Co cuando mi padre los extraía de algún guante o calcetín rebelde.
El ritual consistía en que mi hermana y yo subiéramos las pesadas maletas a la recámara de mis padres, ejercicio que nos agotaba y nos dejaba rendidos, aplacados por el cargo que papá nos había traído del terruño de mamá.
–¿No quieren cenar primero?
–¡No, queremos nuestros regalos! –rogábamos al unísono los niños que fuimos mi hermana y yo.
La envoltura de los regalos conseguía el cometido de anestesiarnos ante su contenido, casi siempre ropa o útiles escolares, además de algún juguete siempre para armar, siempre bajo la consigna de “Hágalo usted mismo”, como la casa-cubo o el pequeño títere de madera que, desarmado, pedía ser devuelto a la vida luego de que se acabara el queso apestoso al que vigilaba.
–Fíjate bien, está junto a la cama, del lado de mamá, encima del tocador.
Por tercera, quizá por cuarta, definitivamente por última vez subí al cuarto de mis padres en pos del pequeño títere de madera, sus brazos y piernas atados al cuerpo por hilo blanco, una cabeza de rostro sonriente pegada al torso.
No había títere alguno sobre el tocador.
–¡No lo encuentro! –grité por el cubo de la escalera, más desesperado que divertido.
La risueña voz de mi padre no se hizo esperar.
–¡Súbete a la cama, brinca y fíjate bien: es igualito a ti!
Hice lo que mi padre me ordenaba y comencé a brincar, pelota rediviva, sobre el colchón, pero el pequeño títere de madera nada más no aparecía.
–¡No lo veo! –grité, suplicante.
Mi padre insistió, risas aparte.
–¡Allí está, en el espejo! ¿Qué no lo ves?
Dejé de brincar apenas vi la imagen del niño que fui allí, rebotando como pelota roja sobre el colchón de la cama matrimonial del cuarto de mis padres, un bosque otoñal como escenario y telón de fondo, ocre y amarillo, un bosque en el que siempre me gustaba perderme. Rendido, me dejé caer de espaldas sobre los almohadones o sobre las hojas secas, los brazos y las piernas exangües de agotamiento, de pronto inanimado.

[NOTA DEL AUTOR: Este texto pertenece a un número aún inédito y dedicado a los juguetes de la revista Número 0, publicación afín al copyleft y a compartir la obra de sus colaboradores; mi agradecimiento a Pablo Raphael, su editor.]