Este es un cuento de Iris García Cuevas (Acapulco, 1977), narradora mexicana reconocida por sus obras dentro de la narrativa policial y sus retratos, duros y penetrantes, de la violencia contemporánea. “Gatos pardos” apareció primero en el libro Ojos que no ven, corazón desierto (2009), y muestra no sólo una forma tristemente habitual del abuso del poder en el México actual, sino también el reverso del machismo nacional. Además, es el segundo cuento de la entrega especial con la que Las Historias quiere terminar este 2016. Habrá otras tres entregas más antes de fin de año.

GATOS PARDOS
Iris García Cuevas

Tanto pedo por otro pinche puto, piensa Jesús Palomino Alberto, alias Chucho el loco, comandante de la Policía Judicial del Estado, mientras sale del privado del jefe. Le duele la cabeza. Necesitaba dormir un par de horas más para librarse definitivamente de la cruda. Pero un reportero entrometido interrumpió la siesta.
      Dentro de la oficina, el licenciado Martín Flores Romero, director de averiguaciones previas de la Procuraduría, deposita el periódico parsimoniosamente en el cesto de basura. Él tampoco se ha recuperado de la cruda y no está de humor para contestar preguntas. Mira con desgano al reportero, se arrellana aún más en el sillón y reacomoda las piernas sobre el escritorio.
      Es el quinto insiste el periodista. Lo dejaron en una bolsa de basura en frente de su casa.
      Leí la nota, ¿qué no vio? la barbilla del licenciado Flores señala el basurero.
      ¿Entonces? inquiere el reportero sin lograr disimular su indignación por la actitud del director de averiguaciones previas y por el paradero de la historia que llevó su nombre a la primera plana.
      ¿Entonces qué? pregunta a su vez Flores sin inmutarse.
      ¿Qué están haciendo para aprehender a los degenerados?
      Flores advierte un matiz solidario oculto tras el calificativo. “Este también es puto”, piensa y se dispone a concluir la charla.
      Estamos investigando.
      No se nota.
      Todo a su tiempo responde Flores, llevándose las manos a la nuca. Nosotros sabemos lo que hacemos.
      ¿Eso es todo?
      Cuando tengamos algo nosotros le avisamos.
      El periodista sale. Flores se incorpora con la agilidad de una recién parida, observa Chucho el loco desde el quicio de la puerta. Flores abre el cajón del escritorio y saca una grapa. Limpia cuidadosamente la tierra dejada por sus botas. Tiende una línea. Aspira.
      Ya me estaba cagando la madre ese pendejo comenta el licenciado, ya con las pupilas dilatadas y el ánimo repuesto.
      Le van a meter un periodicazo, jefe, debe tener cuidado en cómo le contesta a un periodista.
      Al rato de hablo a Montes. Me quejo de su pinche reportero pendejo y le pregunto cuando viene a recoger su chayo. Verás cómo no saca nada.
      Yo nomás le digo, no hay que confiarse tanto.
      Chucho el loco se acerca al escritorio y se embute la línea dejada gentilmente por el licenciado.
      Vámonos al Arcelia, pinche Chucho, déjate de mamadas.
      Hoy es el operativo en los bares de jotos. Al procurador le urge encontrar un culpable. A él también lo están chingando los medios con esto de los muertos le recuerda al licenciado Flores, con la esperanza de ahorrarse la juerga de esta noche.
      Chucho el loco lleva una semana sin llegar a su casa, manteniéndose despierto a punta de rayas, para cuidarle el culo al director de averiguaciones previas.
      No vamos a ir con ellos, pero hazles un encargo a los muchachos: si descubren quién es el mata putos, que le den un abrazo de mi parte, por hacerle un favor a los machines ríe.
      A Chucho el loco no le hace gracia el chiste. No entiende cómo alguien puede hacerse pendejo de ese modo: Ir al Arcelia es hacerla de nana y alcahuete. Después del tercer trago, Flores lo manda por La Cony, un travesti moreno de pelo oxigenado que la hace de fichera en El Zarape. Él debe estar pendiente del hocico de todos los presentes, porque si alguien se atreve a señalarle al jefe que le gustan las viejas con regalo, termina con las tripas de fuera, por tacharlo de joto.
      Así le pasó al güey del Azuceno, mesero amanerado del Arcelia, que un día, en son de guasa, le dijo al licenciado: Quién me lo iba decir, se ve tan hombrecito y tiene sus requiebros. Fue lo último que dijo, antes que Flores le apretara los huevos, le estrellara la cara encima de la mesa y le enterrara una botella rota en el ombligo, ante el silencio de la orquesta y los gritos de La Cony.
      Después fue Chucho el loco quien se llevó al difunto, repartió billetes y amenazas para borrarles la memoria a los presentes, contrató a otros testigos para convencer a Fermín Regules, cliente asiduo y solitario del Arcelia, de que fue él quien se la armó de pedo al Azuceno, porque el mesero se lo quiso ligar cuando se dio cuenta que estaba hasta la madre. El tipo estuvo preso más o menos dos años, por más que juraba: Por mi madrecita santa muerta, no me acuerdo de nada. Esa es la bronca, que no te acuerdas, pero sí lo hiciste, le decía Chucho el loco cuando le llevaba cigarros a la cárcel, porque no por cabrón deja de tener uno conciencia. Lo iba a visitar casi cada semana, hasta que lo mataron en su celda. Chucho el loco no investigó el porqué, más bien se conformó con tener libres las tardes del domingo.
      Tanto pedo para cogerse un puto, piensa Chucho el loco. No lo dice en voz alta. No porque le tenga miedo a Flores, pobre pendejo que se las da de macho y le gusta la ñonga, sino por el aprecio y gratitud que le tiene, aunque se le haga agua la canoa después de cinco güisquis. Una vez una de las hijas del loco se moría de tifo en el seguro, Flores le dio el dinero para llevársela a un hospital privado. La chamaca está viva y soy agradecido, se dice cuando quiere mandarlo a la chingada. Además, fue Flores quien le consiguió la comandancia: pago por arreglarle el asunto del mesero del Arcelia que, según el licenciado, no recordaba ni por qué había matado.
      Chucho el loco respira profundo, para que los restos de la coca que hayan quedado en los pelos de la nariz le den ánimos para la desvelada que le espera. Debe conseguir fondos. Se acuerda del dueño de una disco acusado de abuso por una de sus empleadas. El hombre prometió 30 mil pesos si la actuación del emepé en su contra se pierde del despacho de Flores. Eso será mañana. La oficina está lejos. Habría que bajar a la costera. A esta hora debe estar hasta la madre. La opción es el Quelites. A él seguro lo encuentra en su taller mecánico. Y le queda de paso. Hoy se reportaron cinco coches robados. Él debe tener uno por lo menos. Con eso basta para sacarle un buen billete.
      Chucho el loco conduce. Después de la parada en Niños Héroes toma la Baja California y se mete por Ejido. Se estaciona en la puerta del Arcelia. Las Luces de Nueva York se escurren por debajo de la cortina azul junto con el humo de los cigarros: cualquiera pensaría que es hielo seco. Entran. Flores saluda al capitán de meseros. Los lleva a la mesa de pista que les tiene reservada de perpetuo. Cuando llega la primera botella de Old Parr Flores manda al loco ir por La Cony.
      Es muy temprano, jefe.
       ¡Que te vayas, carajo!
      Chucho el loco está más acostumbrado a la penumbra de cantinas y tugurios: le molesta la luz ámbar del alumbrado público. Quisiera entrar de nuevo, pero debe esperar que el jefe se acabe la primera botella y pida la segunda. Si no, cómo echarle la culpa a la peda de haberse confundido. Lo malo es que siempre se confunde y termina jodiendo con vestidas. Para equivocaciones, con La Cony van varias. ¿Qué le ve el licenciado a ese pinche marica? Trata de encontrarle una justificación a la preferencia de su jefe. Al final se le ocurre solo una: Cualquier hoyo es trinchera.
      Camina por las calles aledañas a los burdeles hasta la fonda de doña Lencha. Pide un socorrido. Se le ocurre: al licenciado también le gusta el huevo con chile pero no revuelto. Sonríe. Pero el jefe está solo, lo recuerda: se le acaba la risa. No le gusta dejarlo mucho rato porque termina haciendo pendejadas. Luego es él quien tiene que arreglarlas. Pide una cerveza para pasarse los bocados y la muina. Media hora después desanda el camino y se mete al Zarape.
      Cuando entra al tugurio, se pregunta por qué nunca ha logrado provocar un incendio, por más colillas de cigarro prendidas arrojadas al piso cubierto de aserrín, con la esperanza de llegarle al jefe con la buena nueva: La Cony se murió chamuscada. Pinche vieja con güevos, seguro le dio yerba al licenciado. Revisa el local. El ambiente es oscuro para que los clientes no se enteren cuando les meten gallo por gallina. Pero a nadie le importa. Todo es cuestión de gustos.
      Encuentra a La Cony en un privado haciéndole el servicio a un gordo bigotón con camisa de cuadros. La toma de los hombros. La separar de la bragueta. El fulano protesta. Se calla cuando al abrir los ojos se encuentra con la fusca frente a ellos.
      Te espera el jefe.
      Dile que se vaya a la chingada. La última vez me mordió el pito y casi me lo arranca. Quesque porque estorbaba, yo no sé para qué si lo que le gusta es meterla por el culo.
      La Cony se zafa. Al loco se le ocurre llevársela a la fuerza, pero el fulano ha tenido tiempo de reaccionar: ahora es él quien le apunta. También el padrote de La Cony lo tiene encañonado. El loco lo sabe: con una pistola no puede matar a dos al mismo tiempo. Se sale del lugar mentando madres, en voz baja como hombre precavido.
      En el Arcelia el licenciado Flores se cachondea con la Rocío. La fichera se deja manosear, por quince pesos, lo que dura una pieza tocada por la orquesta. La matrona le cuenta: Se metió al talón cuando nació su hija. La abandonó el marido y ella no tenía ni para comprar pañales. Flores ha escuchado esa historia muchas veces y sabe: la niña ya tiene diecisiete, ahora ayuda a su madre con la renta, es artista exclusiva de un table en la costera.
      El loco entra solo y compungido. Flores deja a Rocío en medio de la pista.
      ¿Y La Cony?
      No estaba, Jefe, la estuve esperando pero no llegó.
      Vámonos a la chingada dice flores en medio de su encabronamiento.
      Chucho el loco lamenta no haber podido complacer a su jefe. Mucho más engañarlo. Casi nunca le ha echado mentiras. Pero si le dice: La Cony no quiso venir, capaz se le trepa el diablo y se va echando tiros al Zarape. Lo malo no sería que matara a La Cony, sino que el padrote o el gordo bigotón dispararan primero y mataran a Flores. Eso no le conviene. Él es quien lo protege dentro de la procuraduría. Nomás por eso lo hago, se dice Chucho el loco. Ya después vendrá él solo a ajustarle las cuentas al puto y al mayate por ponérsele al tiro y despreciar al jefe.
      Pagan la cuenta. Salen del Arcelia. Flores se mete en el asiento trasero del coche. Chucho el loco ya sabe lo que sigue: Hacer de catador tocando las verijas de las putas, hasta encontrar una con huevos que le guste a su jefe. Es el arte de hacerse pendejo, piensa el loco, porque Flores, sobre todo borracho, tiene ojo clínico para detectar a las vestidas. El loco está allí para asegurarle al licenciado, contra las evidencias, que son hembras de veras.
      En la Condesa escogen. Chucho el loco se pone de acuerdo en la tarifa. La vestida se sube en la parte trasera con el jefe. Empieza a manosearlo. Chucho el loco siente un retorcijón en la barriga. Procura no ver por el retrovisor, porque si lo hace, tendrá ganas de madrearse al marica. Es por el pinche asco, se dice Chucho el loco. Da vuelta en la Diana. Para frente a un súper para comprar cervezas. Suben por farallón hasta llegar a los moteles de la Rancho Acapulco. Se meten al Edén. El empleado corre la cortina y extiende la mano por entre los pliegues para recibir el pago por dos horas. El licenciado Flores sube con su conquista. Chuco el loco espera en el coche. Fumando mariguana y tomando cervezas. Escucha los quejidos. Los gritos. Prende el radio y destapa otra chela para no imaginarse a su jefe cogiéndose al travesti.
      Muy poquito después, el licenciado Flores baja solo. Desnudo. Se sienta junto al loco.
      Era puto, pinche Chucho, ¿por qué no te fijaste?
      Las lágrimas escurren por el rostro de Flores y Chucho el loco siente algo parecido a la ternura.
      Lo traía bien escondido, licenciado asegura Chucho el loco limpiándole los mocos con una servilleta.
      Parecía vieja ¿verdad? pregunta, como niño asustado, necesita que su madre le diga: no has hecho nada malo.
      Sí, licenciado.
      Pero no tenía chichis, pinche Chucho, traía chichis postizas y peluca.
      No me fijé en eso, licenciado.
      ¿Y ahora? el licenciado Flores se deshace en pucheros.
      Usted no se preocupe, licenciado.
      ¿Verdad que no soy puto, pinche Chucho?
      Cómo cree, licenciado. De noche cualquiera se equivoca.
      Chucho el loco lo abraza, le pasa una cerveza para que se entretenga. Flores se tranquiliza. El loco sube al cuarto. Lo sabe: va encontrar al hombre con las manos de Flores marcadas en el cuello. Deberá recoger la ropa y cualquier cosa dejada por el jefe. Luego, meterá el cuerpo en la cajuela.
      Pinches putos, si se meten de putas, por lo menos que se inyecten las chichis. Flores puede pasar por alto los tanates, pero no le parece que le salgan sin tetas. Con éste ya son seis, en lo que va del año, metidos en bolsas de plástico nomás por no inyectarse. A éste no va a entregarlo a domicilio. Quiere uno ser amable y lo tachan de degenerado.
      El loco ayuda a Flores a vestirse. Lo sube al coche y le da otra cerveza. Salen del motel y se encaminan al baldío de la Suiza. En el trayecto el licenciado Flores se queda dormido en el hombro del loco, por eso, cuando llegan, el loco lo toma del rostro suavemente y lo acomoda poco a poco en el respaldo del asiento para no despertarlo. Procura hacer el menor ruido posible al abrir la cajuela y bajar el cadáver. Lo bueno de los putos que le gustan al jefe es que no pesan mucho. Bastante tiene ya la espalda del loco con cargar a Flores cada vez que se embriaga.
      Ya en casa del licenciado lo desviste, lo baña y lo mete en la cama.
      ¿Qué pasó con el puto? pregunta Flores con desasosiego.
      Le metí unos madrazos y lo mandé a su casa, licenciado.
      Flores acostumbra dormir con el aire acondicionado encendido. Chucho el loco lo arropa para evitar que se resfríe.
      Ya no puede uno confiar en nadie, pinche Chucho.
      En mi sí, licenciado afirma Chucho el loco antes de apagar la luz del cuarto y hacerse un lugarcito en el sofá para velar los sueños de su jefe. Chucho el loco es sincero.