[Este texto apareció el año pasado en la revista virtual Los noveles, como parte de una columna fija titulada "La materia no existe". Lo reproduzco ahora porque sí y porque, desde otro lado, tiene que ver con esa pregunta que anda flotando por Las Historias desde hace tiempo: ¿para qué se escribe? Mientras vienen más textos sobre aquel asunto, tal vez esto sirva de algo. Gracias a Salvador Luis.]
Ahora que está de moda disertar sobre el derrumbe; ahora que la indigestión causada por el fin del siglo XX se convirtió en la primera úlcera de mi generación, a su vez la primera en dejar atrás la juventud (tiemblen, púberes profesionales) en el XXI; ahora que la literatura, para ser bien modernota, debe contentarse con ser la pista de comentarios triviales en la película de desastres y tedios que ha resultado ser el Mundo:
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El título de esta nota es una variación de una fórmula que ya suena a vieja. Pero tal como están esas dos palabras, con esa apariencia ajada y ese olor a polvo, sirven de emblema a la historia entera de la literatura: la historia de lo que vuelve a escribirse, a pasar por el filtro del lenguaje –y de las lenguas cambiantes– para regresar al pensamiento y la memoria. Los textos sobreviven en la medida en que son leídos, y repetidos, más allá del lugar y el tiempo de su origen: no morirán mientras conserven la capacidad de decir.
Este proceso implica un problema doble para quien escribe. Si le interesa la tarea ingrata y solitaria, necesita contar de nuevo las historias, formular una y otra vez los mitos y las imágenes, a riesgo de que sus formas antiguas se vuelvan incomprensibles y dejen de propagarse en la memoria de las culturas. Pero no es sólo que cada intento de renovación debe enfrentar el peso del pasado, que nuestra época quisiera medir en el desgaste de toda obra tardía, es decir, última en recibir las influencias de todas las anteriores (y como enseña Harold Bloom, no hay de otras).
No: además, debe enfrentar la liviandad del futuro –la inasibilidad, la incertidumbre invencible del futuro– que se puede entrever si se considera en el hecho siguiente: no todos los lectores conocen todos los libros.
Un ejemplo. Alejandro Ariceaga (1949-2004) era un escritor de mi ciudad natal, Toluca, en la difusa provincia mexicana. Yo leí Ciudad tan bella como cualquiera, uno de sus libros de cuentos, poco después de que saliera, a mediados de los años ochenta, y en ese libro descubrí una parte apreciable de Julio Cortázar, a quien entonces no conocía: lo siniestro, la ruptura de lo real, los misterios ctónicos. Después leí Las armas secretas, los cronopios, todos los monumentos venerados durante los últimos cuarenta años, pero pensar en Ariceaga y Cortázar nunca será, para mí, como ver al precursor argentino y al sucesor mexicano, entusiasta pero (lo siento, Alejandro) menor. Al contrario: Alejandro es el precursor que le marcó el camino al otro, que le permitió llegar un poco más alto. Las cronologías no cuentan: la vida de todo lector es un proceso incomunicable, absolutamente personal, y construye su propio tiempo.
El ejemplo anterior, claro, es muy amable y optimista. ¿Qué pasa con quienes no se enteran de la existencia de Cortázar y sólo llega a saber de Ariceaga (o su equivalente peruano, boliviano, catalán)? ¿Y qué pasa con quienes no leen nunca al uno ni al otro, y en cambio tienen por único libro en su vida, digamos, Sabor a hiel de Ana Rosa Quintana, el de los extensos plagios de Danielle Steel y Ángeles Mastretta?
(Todos vivimos en el planeta particular de nuestra percepción y nuestras experiencias, sí, pero ni modo: el planeta Ana Rosa Quintana es mucho menos avanzado; su forma es vagamente cúbica; sus pasiones, superficiales; sus montañas, de gelatina.)
Trato de anunciar un enorme peligro: cada obra nueva que se escribe corre el riesgo de ser aplastada por sus precursores, hecha polvo antes de la llegada de su primer lector, pero si éste llega (hecho improbable) puede que se asome por primera vez a la vastedad de la tradición precisamente en esa versión momentánea y novísima.
Si quien escribe siente siquiera un poco de responsabilidad para con el lenguaje, tendrá al menos que hacer una pausa y considerar su sitio y sus posibilidades en relación con este movimiento, que es también del lenguaje y viene desde el tiempo más remoto pero a cada instante está a punto de rebasarnos.
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Ahora que está de moda criticar los textos fragmentarios; ahora que parece imposible escribirlos de otro modo, porque ni siquiera estamos partidos en pedazos sino que nunca fuimos uno solo, presentamos este móvil a la Calder, tembloroso, hecho principalmente de espacio vacío y piezas intangibles, conectadas entre sí por alambres más tenues que los átomos de Mercutio. De todas formas, la materia no existe:












Creo que una opción es quitar toda la farsa y dejar las cosas claras desde el inicio: siempre se escribe después de la escritura (Vila-Matas dixit), y eso implica revelar -directa o tangencialmente- el canon que conforma la propia. Esto a su vez presenta un problema, el cual no dudo que también presente dificultades: cómo hacer un mundo que no se derrumbe, bajo tanto peso intertextual, en dos días (K. Dick dixit); especialmente si las propias lecturas no tienen la coherencia que uno quisiera.
Luego está la opción de cerrar los ojos y decir que después de Flaubert nada se escribió. Así se controlaría la engorrosa manía por lo original; como también se evitaría la desilusión al descubrir que la novedosa trama/estructura/caracterización que tanto esfuerzo costó había sido ya puesta en acción por un oscuro escritor polaco hace un par de décadas. Escojo Flaubert arbitrariamente, pues igual podría intercambiarse por Shakespeare, o incluso remontarse más atrás hasta Homero, en caso de que toda lectura implique demasiado trabajo.
Existe una tercera vía, -como también estoy seguro de que existe una cuarta o una quinta, que aún desconozco- que supone jugar con los dos caminos anteriores. El primero es indispensable si queremos ser honestos, y el segundo lo es si queremos aventurarnos a descubrir lugares más escabrosos que el pie de página. Lo indispensable es un poco de malicia para mezclar la ingenuidad, que implica el mero hecho de presentar una historia contada ya 1001 veces (contadas ya las permutaciones de Vonnegut), con el ingenio y el coraje para encontrar nuevos caminos a partir de los ya trazados.
Y todo este choro para decir, buen texto…
Saludos
Estoy de acuerdo, Rafael: ingenio y coraje. Ojalá lo tengamos. Gracias.
Por allá en mis años escolares escuché una frase recurrente de un viejo profesor: “No hay nada nuevo bajo el sol… salvo lo que se olvida.”
Y humildemente creo que en una época donde el Qué ya está tan trascendido, es quizá el Cómo lo que determine la frescura de la nueva propuesta de presentar las cosas.
Definitivamente, creo que vertimos mucho de lo que leemos en lo que escribimos y en la manera de expresarnos, dejando una ventana abierta a esos mundos particulares que llevamos dentro de nuestras cabezas y dejándolos que se aderecen con nuestros recuerdos y experiencias propios.
Ha sido una grata sorpresa caer en este lugar. Felicidades y enhorabuena.
Gracias a ti por venir. Creo que tienes mucha razón en lo del Cómo, aunque el Qué (lo que se puede decir) está, creo, muy lejos de agotarse todavía. Pero ya lo platicaremos más por acá. Saludos y suerte.
Buen texto…
Dice lo que tiene que decir. Y deja a los demás las disgresiones.
Porque bien podríamos hablar de la idea borgeana de que todo escritor crea, por así decirlo, a su precursores…
Que en la inmensidad de letras, ahora existen mis padres…
Para la teoría etológica, para la sicología evolutiva, el arte es una especie de ejercicio social. Es, en esencia, el acto de copiar por excelencia.
No sé qué tanto sea cierto.
La verdad es que desde hace tiempo que soy poseedor de un humanismo pesimista.
Para todo lo demás, existe el suicidio.
Cuídense, gente.
Mucha suerte en la presentación del viernes, Alberto.
Gracias, Soma. Como ando cansado/nervioso, no citaré lo primero que se me ocurrió, que es un plagio en forma de haikú firmado por un poetoide famoso y que yo encontré en un pergamino de superación personal pegado en un muro de una papelería; ya es demasiada intertextualidad…
jejejej
Así nacen grandes textos.
Odio asistir a sepelios. Especialmente cuando a quien se está cafeteando es a la literatura de un siglo prominente. Sin embargo, y a pesar de mis congojas, no puede negarse que el día de hoy, los maestros del Siglo XX -incluyendo a aquellos que se destacaron en sus postrimerías- huelen ya a muy respetables referentes de una literatura hecha, pero no a una línea a seguir ni a promesa de la literatura venidera, sin embargo, algo de mi muy escueta formación en el pupitre de una secundaria, me hace recordar para las letras, una frasecita que para la materia me obligaron a aprenderme como merolica: “La literatura no se crea, ni se pierde, sólo se transforma”.
Una idea muy parecida a la de la triangulación entre Cortazar-Ariceaga y un tercer escritor que, sin saberlo, es influenciado por el primero a través de la lectura del segundo pudiendo, incluso, acercarse más al escritor original la leí en un ensayo de Umberto Eco, en el que los méritos del inspirador le eran atribuidos a Borges y los del influenciado al propio Eco. En pocas palabras sostiene que la literatura se va componiendo y actualizando sobre la base de ese juego de influencias y reinterpretaciones. Creo, entonces, que la literatura va agarrando forma sobre las mismas premisas y las nuevas generaciones están condenadas a convertirse en referentes para las venideras, sólo en función de lo que puedan aprehender (que no aprender) de los gigantes que los preceden.
Creo humildemente que el reto para la literatura del futuro (que desde luego es éste), antes de descubrir nuevas historias, es encontrar un asidero para reclutar nuevos lectores de entre la inmediatista generación del You Tube y, claro, resolver el problema de la ruta: ¿A dónde vamos? ¿Qué ha pasado con los ismos? ¿A quién hay que seguir ahora, que la cultura ya no descansa en Paz?
Hola, Fernanda. Gracias por comentar. Tu último párrafo resume varias preguntas importantísimas (y la de los lectores es crucial, incluso aunque escapa al menos en parte de la competencia de los escritores…, porque nadie se la plantea de veras). No sé cómo responderlas, pero estoy en eso. Alguien, sin duda, encontrará una respuesta. Saludos…