Astillas

Esta historia fue contada por Valentina Kagievna Itevtegina, escritora, tejedora y narradora oral del pueblo chukchi (o chucoto), a Kira Van Deusen, quien la recogió en el libro Raven and the Rock. Storytelling in Chukotka (1999). Los chukchi habitan una parte del extremo oriente de lo que hoy es Rusia, al sur y muy cerca del Estrecho de Bering. El padre de Itevtegina fue cazador de morsas; pese a que la existencia de los chukchi cambió mucho durante el último siglo y buena parte de modo de vivir tradicional se ha perdido, estas narraciones siguen estando cerca de muchas personas en su pueblo. La traducción del inglés fue hecha por Raquel Castro y yo.
Nota: la yaranga era la tienda típica de los chukchi. Está hecha de piel de reno u otros materiales sobre una estructura de madera. (La palabra chukchi viene del nombre que ellos dan en su lengua a quienes crían renos: chauchu, que significa “ricos en renos”.)

Ilustración antigua de una yaranga chukchi. (fuente)

ASTILLAS
cuento popular chukchi

Hace mucho, mucho tiempo, había muy, muy poca gente viviendo en el cabo Uelen. Tan sólo un hombre viejo y una mujer vieja. No tenían hijos. De jóvenes, ellos no se habían sentido solos. Estaban ocupados, el hombre con su cacería y la mujer con su labor de coser la yaranga y las ropas. Durante toda su vida, cada uno hizo su trabajo. Ella cuidaba la yaranga como si fuera una hija. Ella lavaba, cosía, cocinaba y alimentaba al viejo. En el verano, ella recolectaba plantas en preparación para el invierno y él hacía correas y trineos, también preparándose para el invierno a su manera. Él se dedicaba a su cacería y trabajaba en su trineo.
      En Uelen, el viento se levanta. Si el viento del norte sopla, quiere decir que se acerca una gran tormenta. El mar avienta a la costa todo tipo de cosas. Y si se deja cualquier cosa en la orilla, el viento se la llevará. Cuando el clima se pone malo en Uelen, nadie de otras aldeas viene de visita.
      Los ancianos comenzaron a aburrirse. La anciana dijo:
      –¡Ay, si tan sólo alguien viniera de visita! Cómo me gustaría platicar con alguien. El otoño está por llegar y luego vendrá el invierno. Nadie va a venir y nos aburriremos tanto…
      –Sí –dijo el hombre–. Nos aburriremos.
      Y volvió a trabajar en su trineo. Trabajaba con un hacha y una pila de astillas de madera se formaba detrás de él.
      Cada tanto, la mujer salía de la yaranga y tomaba las astillas de madera para alimentar el fuego. A veces el clima se ponía feo, lluvioso, y las astillas se mojaban, así que ella prefería guardarlas dentro.
      Pues bien, un día el viento sopló muy fuerte. De nuevo nadie vendría de visita. Y había muchas, muchas astillas en la playa. De repente el hombre pensó: “¿Qué pasaría si aventara estas astillas sobre el mar y el viento se las llevara al otro lado? Apuesto a que alguien vive allá. Debe haber una costa, y tierra. ¡Las lanzaré!”
      Y el viento sopló más y más fuerte. El hombre lanzó todas las astillas de madera. Las lanzó y dijo:
      –Vayan al otro lado. ¡Conviértanse en gente! Así habrá gente por allá –y el viento se llevó las astillas. No quedó ninguna en su playa–. ¡Vaya, vayan al otro lado! Construyan yarangas y casas de tierra. Vivan ahí. ¡Y visítennos cada año! Ustedes serán nuestros huéspedes.
      El hombre volvió a casa contento, pero no le contó nada a la mujer. El verano pasó, y luego el otoño. El largo y duro invierno vino con sus fuertes vientos. Luego el cálido sol brilló y todo se descongeló. Luego el verano llegó de nuevo. Largas noches blancas. Y luego, por fin, comenzó a oscurecer de nuevo. Y el anciano estaba sentado en su playa, trabajando, preparándose de nuevo para el invierno.
      Y entonces se levantó y miró hacia el mar. Alcanzó a ver algo a la distancia. Miró y miró. Parecía que alguien se acercaba. Él se metió en la yaranga y dijo:
      –¡Vieja! ¡Viejita mía! Ven y mira. Parece que alguien se acerca.
      –¿Y quién va a venir? –dijo ella–. ¡Seguro estás viendo tus propias pestañas!
      Él salió de nuevo. Estaban cada vez más cerca. Pero tal vez era una morsa. Él volvió a su trabajo.
      Luego volvió a levantar la vista. Estaban más cerca. Otra vez corrió a la yaranga.
      –¡Sal! ¡Mira! Tenemos visitas.
      –¿Qué visitas?
      –¡Ven a ver!
      –Muy bien. Si me estás engañando, mañana tendré más trabajo.
      –Ven a ver. Si no es nada, puedes regresar de inmediato y volver a trabajar.
      –De acuerdo.
      Ella salió y miró. Los botes se acercaban más y más.
      –¿Quiénes son? ¿De dónde vienen? ¿Vinieron bordeando el cabo?
      –No, vienen derecho del otro lado del mar.
      –¿Qué clase de gente podrá ser?
      –Te dije que alguien venía. Vamos a recibirlos.
      Los viejos fueron hasta la playa. Los botes llegaron hasta ella y de los botes bajó gente. Los ancianos los escucharon con curiosidad, pero ¿qué era esto? Los recién llegados hablaban diferente, en un idioma distinto. El viejo preguntó:
      –¿Puedes entender lo que están hablando?
      –No, no entiendo ni una palabra –dijo ella–. ¿Quiénes serán?
      Pero los extraños trajeron regalos de sus botes. Rodearon a los ancianos con obsequios. Los ancianos se miraron uno a la otra sin entender nada.
      Aquella gente corría de allá para acá, trayendo cosas, entregando regalos.
      –Tenemos huéspedes –dijo el anciano–. ¿Por qué estamos aquí parados? Debemos invitarlos a entrar. Probablemente estén hambrientos.
      –Sí, huéspedes –dijo la mujer, y corrió a la yaranga y cocinó la mejor comida que tenían. Reno fresco, caldo sabroso.
      El anciano invitó a entrar a aquella gente. Ellos entraron en la yaranga y se sentaron ante el fuego y la mujer los alimentó a todos. Sacó los platos de madera y cortó la carne. Ellos comieron y platicaron y rieron alegremente. Los ancianos no entendían nada de lo que los extraños decían.
      Pero la anciana atendió a todos. Sacó las mejores pieles para que ellos pudieran recostarse. Todos descansaron sobre suaves pieles. Ellos se quedaron una noche, se quedaron dos. Entonces hubo buen clima. Estaba calmo y despejado. El más viejo de los visitantes habló en su lenguaje incomprensible. “Buen clima”, dijo. El anciano se dio cuenta de que iban a partir. Y entendió que ellos dijeron: “Ustedes nos han atendido bien. Ustedes son nuestros parientes, nuestros padres.”
      –Ellos dicen que son nuestros parientes, nuestros hijos. ¿Pero de dónde pueden haber salido estos hijos? –el anciano no comprendía.
      Los invitados reunieron todas sus cosas en la playa, se metieron en sus botes y partieron.
      Mientras lo hacían, le dijeron al anciano:
      –¿No te acuerdas de cómo nos mandaste a la otra orilla, de modo que hubiera gente allá? Hemos vuelto a ti. Vendremos cada año y les traeremos comida y ropas. Porque ustedes son nuestros parientes.
      El anciano pensó: “¿De dónde vinieron estos parientes? Nunca hemos estado allá ni oído nada al respecto.”
      Los otros se fueron.
      De pronto, el hombre recordó:
      –¡Ah! ¡Yo lancé aquellas astillas de madera para que hubiera gente del otro lado! ¿Cómo pude olvidarlo? ¿Por qué no les dije: “Cuando lleguen allá, no olviden nuestro idioma. Hablen en chukchi”? ¡Cómo pude olvidarlo!
      –¡Nos fuimos con un viento fuerte! –respondieron ellos—No hubo tiempo de hablar. Nos tomó un largo tiempo llegar allá. Pero las aves vinieron a nosotros: gaviotas, somorgujos. Nos hablaron y les entendimos. Y comenzamos a hablar el idioma de las aves del mar. Y ahora no podemos hablar con ustedes.
      –¡Ay, cómo olvidé decirles!
      Aquella gente regresó cada año y siempre trajo regalos. Traían ropa: chaquetas pequeñas, pantalones pequeños, botas pequeñas. Todas sus ropas eran pequeñas, porque ellos habían sido formados de astillas de madera.

El árbol que hablaba

Para terminar este año de cuentos, un cuento popular africano, de esas historias que se transmiten a lo largo de los siglos, de un oyente a otro. Rarísimo: lo encontré en un archivo digital en un CD que no recordaba que tenía, e ignoro su procedencia precisa y la edición original de la que proviene. Agradeceré cualquier información al respecto. (Y si les interesa algún otro cuento como éste, no dejen de avisar.)

Felices fiestas.

EL ÁRBOL QUE HABLABA
Anónimo

Había un lobo en la selva. Un día, cuando estaba fuera paseando, encontró a un árbol que tenía unas hojas que parecían caras de personas. Escuchó atentamente y pudo oír al árbol hablar.

El lobo se asustó y dijo: “Hasta el día de hoy nunca me había encontrado con algo tan raro como un árbol parlante”. Tan pronto como hubo dicho estas palabras alguna cosa que no pudo ver lo golpeó dejándole inconsciente. No sabía durante cuanto tiempo había estado allí tendido en el suelo, pero cuando despertó estaba demasiado asustado para hablar. Se levantó inmediatamente y empezó a correr.

El lobo estuvo pensando acerca de lo que le había ocurrido y se dio cuenta de que podía usar el árbol para su provecho. Se fue paseando de nuevo y se encontró a un antílope. Le contó lo del árbol que hablaba, pero el antílope no le creyó. “Ven y lo verás tu mismo”, dijo el lobo, “pero cuando llegues delante del árbol asegúrate de decir estas palabras: Hasta el día de hoy nunca me había encontrado con algo tan raro como un árbol parlante. Si no las dices, morirás.”

El lobo y el antílope se acercaron hasta el árbol que hablaba. El antílope dijo: “Has dicho la verdad, lobo, hasta el día de hoy nunca me había encontrado con algo tan raro como un árbol parlante.”

Tan pronto como dijo esto alguna cosa le golpeó y le dejó inconsciente. El lobo cargó con él a su espalda y se lo llevo a casa para comérselo. “Este árbol que habla solucionará todos mis problemas”, pensó el lobo. “Si soy inteligente nunca más volveré a pasar hambre.”

Al día siguiente el lobo estaba paseando como de costumbre. Al cabo de un rato se encontró con una tortuga. Le contó la misma historia que le había contado al antílope, y la llevó hasta el lugar. La tortuga se sorprendió cuando vio al árbol parlante.”No creía que esto fuera posible”, dijo, “hasta el día de hoy nunca me había encontrado con algo tan raro como un árbol parlante”. Inmediatamente fue golpeada por algo que no pudo ver y cayó inconsciente. El lobo la arrastró hasta su casa y la puso en una olla. Pensó en hacer una estupenda sopa.

El lobo estaba orgulloso de sí mismo. Después del antílope y la tortuga cazó un ave, un jabalí, y un ciervo. Nunca antes había comido mejor. Siempre usaba la misma estrategia. Contaba a sus presas que debían decir que nunca antes habían visto a un árbol hablar y que si no lo decían morirían. Todos ellos hicieron lo que el lobo les dijo y todos ellos quedaron inconscientes. Luego el lobo cargaba con ellos hasta su casa. Era un plan perfecto, él lo creía simple e infalible, y agradecía a las estrellas el hecho de haber encontrado a ese árbol. Esperaba comer como un rey durante el resto de su vida.

Un día, que se sentía con algo de hambre, el lobo fue a pasear de nuevo. Esta vez se encontró con una liebre. El lobo le dijo: “Hermana liebre, he visto algo que tú no has visto desde el tiempo de tus antepasados”.

“Hermano mayor, ¿qué puede ser?”, preguntó la liebre.

“He visto a un árbol que habla en la selva”, dijo el lobo. Contó la misma historia de siempre a la liebre y se ofreció para llevarla a ver al árbol parlante. Fueron juntos hasta el lugar. Cuando se acercaban al árbol el lobo le dijo, “no olvides lo que te he contado”.

“¿Qué me contaste?” preguntó la liebre.

“Lo que debes decir cuando llegues junto al árbol, o si no, morirás”, dijo el lobo.

“¡Oh, sí!”, dijo la liebre. Y empezó a hablar con el árbol. “¡Oh!, Árbol, ¡oh!, árbol”, dijo, ” Eres un árbol precioso”.

“No, eso no”, dijo el lobo.

“Perdona”, dijo la liebre. Entonces habló de nuevo. “Árbol, ¡oh!, Árbol nunca pensé que pudieras ser tan maravilloso”.

“¡No, no!”, dijo el lobo. “No un árbol precioso, un árbol parlante. Te dije que tenías que decir que nunca antes habías visto un árbol parlante.”

Tan pronto como hubo dicho estas palabras, el lobo cayó inconsciente. La liebre se fue andando y mirando hacia el árbol y el lobo. Luego sonrió. “Entonces, éste era el plan de señor Lobo”, se dijo. “Pensaba que este lugar era un comedero y yo su comida”.

La liebre se marchó y contó a todos los animales de la selva el secreto del árbol que hablaba. El plan del lobo fue descubierto, y el árbol, sin herir a nadie, continuó hablando solo.

La camisa mágica

Un cuento popular ruso, que traduje de la edición inglesa (1945) de la antología Cuentos rusos de hadas de Aleksandr Afanas’ev. Traducir una traducción (en este caso, la versión en inglés era de Norbert Guterman) siempre es arriesgado; espero no haber dado al traste con la belleza de la historia.
(Ah, y
kasha es un plato ruso: un pudín hecho a base de leche, trigo, avena y sémola, que se come –o se comía– en el desayuno.)

LA CAMISA MÁGICA
cuento popular ruso

Mientras estaba de servicio con su regimiento, un bravo soldado recibió cien rublos que le enviaba su familia. El sargento se enteró y le pidió el dinero prestado. Pero cuando llegó la hora de pagar, en vez de rublos, el sargento dio al soldado cien golpes en la espalda con un palo y le dijo: “Yo nunca vi tu dinero. ¡Estás inventando!” El soldado se enfureció y salió corriendo a un espeso bosque; iba tenderse bajo un árbol a descansar cuando vio a un dragón de seis cabezas que volaba hacia él. El dragón se detuvo junto al soldado, le preguntó sobre su vida y le dijo: “No te quedes a vagar en estos bosques. Mejor ven conmigo y sé mi empleado por tres años.” “Con mucho gusto”, dijo el soldado. “Sube entonces, que yo te llevaré”, dijo el dragón, y el soldado comenzó a ponerle encima todas sus pertenencias. “Oye, veterano, ¿te vas a traer toda esta basura?” “¿Cómo te atreves, dragón? A los soldados nos dan de latigazos si perdemos aunque sea un botón, ¡y tú quieres que yo tire todas mis cosas!”
El dragón llevó al soldado a su palacio y le ordenó: “¡Siéntate junto a la olla por tres años, mantén el fuego encendido y prepara mi kasha!” El propio dragón se fue de viaje por el mundo durante ese tiempo, pero el trabajo del soldado no era difícil: ponía madera bajo la olla, y se sentaba a un lado tomando vodka y comiendo bocadillos (y el vodka del dragón no era como el de nosotros, todo aguado, sino muy fuerte). Luego de tres años el dragón regresó volando. “Muy bien, veterano, ¿ya está listo el kasha?” “Debe estar, porque en estos tres años mi fuego no se apagó nunca.” El dragón se comió la olla entera de kasha en una sola sentada, alabó al soldado por su fiel servicio y le ofreció empleo por otros tres años.
Pasaron los tres años, el dragón se comió otra vez su kasha y dejó al soldado en su casa por tres años más. Durante los dos primeros el soldado cocinó el kasha, y hacia el fin del tercero pensó: “Aquí estoy, a punto de cumplir nueve años de vivir con el dragón, todo el tiempo cocinándole su kasha, y ni siquiera sé qué tal sabe. Lo voy a probar.” Levantó la tapa y se encontró a su sargento, sentado dentro de la olla. “Huy, amigo”, pensó el soldado, “ahora te voy dar una buena; te haré pagar los golpes que me diste.” Y llevó toda la madera que pudo conseguir, y la puso bajo la olla, e hizo un fuego tal que no sólo cocinó la carne del sargento sino hasta los huesos, que quedaron hechos pulpa. Regresó el dragón, comió el kasha y alabó al soldado: “Bueno, veterano, el kasha estaba bueno antes, pero esta vez estuvo aún mejor. Escoge lo que quieras como tu recompensa.” El soldado miró a su alrededor y eligió un fuerte corcel y una camisa de tela gruesa. La camisa no era ordinaria, sino mágica: quien la usaba se convertía en un poderoso campeón.
El soldado fue con un rey, lo ayudó en una guerra cruenta y se casó con su bella hija. Pero a la princesa le disgustaba estar casada con un simple soldado, de modo que intrigó con el príncipe de un reino vecino, y para saber de dónde venía el enorme poder del soldado, lo aduló y lo presionó. Tras descubrir lo que deseaba, esperó a que su esposo estuviese dormido para quitarle la camisa y dársela al príncipe. Éste se puso la camisa, tomó una espada, cortó al soldado en pedacitos, los puso todos en un costal de cáñamo y ordenó a los mozos de la cuadra: “tomen este costal, lo amarran a cualquier jamelgo y luego los echan al campo abierto”. Los mozos fueron a cumplir la orden, pero entretanto el fuerte corcel del soldado se transformó en jamelgo y se puso en el camino de los sirvientes. Éstos lo tomaron, le ataron el saco y lo echaron al campo abierto. El brioso caballo echó a correr más rápido que un ave, llegó al castillo del dragón, se detuvo allí, y por tres noches y tres días relinchó sin descanso.
El dragón dormía profundamente, pero al fin lo despertó el relinchar y el pisotear del corcel, y salió de su palacio. Miró el interior del saco ¡y vaya que resopló! Tomó los pedazos del soldado, los juntó y los lavó con agua de la muerte, y el cuerpo del soldado estuvo otra vez completo. Entonces lo roció con agua de la vida, y el soldado despertó. “¡Caray!”, dijo. “¡He dormido mucho tiempo!” “Hubieras dormido mucho más sin tu buen caballo!”, respondió el dragón, y enseñó al soldado la compleja ciencia de tomar diferentes formas. El soldado se transformó en una paloma, voló a donde el príncipe con quien vivía ahora su esposa infiel, y se posó en el pretil de la ventana de la cocina. La joven cocinera lo vio. “¡Ah!”, dijo, “qué bonita palomita.” Abrió la ventana y lo dejó entrar en la cocina. La paloma tocó el suelo y se convirtió en un joven hermoso. “Hazme un favor, hermosa doncella”, le dijo, “y me casaré contigo.” “¿Qué deseas que haga?” “Consigue la camisa de tela gruesa del príncipe.” “Pero él nunca se la quita, salvo cuando se baña en el mar.”
El soldado averiguó a qué horas se bañaba el príncipe, salió al camino y tomó la forma de una flor. Pronto aparecieron, con rumbo a la playa, el príncipe y la princesa, acompañados por la cocinera, que llevaba ropa limpia. El príncipe vio la flor y la admiró, pero la princesa adivinó al instante quién era: “¡Ah, debe ser ese maldito soldado!” Cortó la flor y empezó a aplastarla y arrancarle los pétalos, pero la flor se convirtió en una mosca pequeñita y sin que la vieran se escondió en el pecho de la cocinera. En cuanto el príncipe se desvistió y se metió en el agua, la mosca salió y se convirtió en un raudo halcón. El halcón tomó la camisa y se la llevó lejos, luego se convirtió en un joven hermoso y se la puso. Entonces el soldado tomó una espada, mató al amante y a la esposa traidora, y se casó con la joven y adorable cocinera.