Astillas

Esta historia fue contada por Valentina Kagievna Itevtegina, escritora, tejedora y narradora oral del pueblo chukchi (o chucoto), a Kira Van Deusen, quien la recogió en el libro Raven and the Rock. Storytelling in Chukotka (1999). Los chukchi habitan una parte del extremo oriente de lo que hoy es Rusia, al sur y muy cerca del Estrecho de Bering. El padre de Itevtegina fue cazador de morsas; pese a que la existencia de los chukchi cambió mucho durante el último siglo y buena parte de modo de vivir tradicional se ha perdido, estas narraciones siguen estando cerca de muchas personas en su pueblo. La traducción del inglés fue hecha por Raquel Castro y yo.
Nota: la yaranga era la tienda típica de los chukchi. Está hecha de piel de reno u otros materiales sobre una estructura de madera. (La palabra chukchi viene del nombre que ellos dan en su lengua a quienes crían renos: chauchu, que significa “ricos en renos”.)

Ilustración antigua de una yaranga chukchi. (fuente)

ASTILLAS
cuento popular chukchi

Hace mucho, mucho tiempo, había muy, muy poca gente viviendo en el cabo Uelen. Tan sólo un hombre viejo y una mujer vieja. No tenían hijos. De jóvenes, ellos no se habían sentido solos. Estaban ocupados, el hombre con su cacería y la mujer con su labor de coser la yaranga y las ropas. Durante toda su vida, cada uno hizo su trabajo. Ella cuidaba la yaranga como si fuera una hija. Ella lavaba, cosía, cocinaba y alimentaba al viejo. En el verano, ella recolectaba plantas en preparación para el invierno y él hacía correas y trineos, también preparándose para el invierno a su manera. Él se dedicaba a su cacería y trabajaba en su trineo.
      En Uelen, el viento se levanta. Si el viento del norte sopla, quiere decir que se acerca una gran tormenta. El mar avienta a la costa todo tipo de cosas. Y si se deja cualquier cosa en la orilla, el viento se la llevará. Cuando el clima se pone malo en Uelen, nadie de otras aldeas viene de visita.
      Los ancianos comenzaron a aburrirse. La anciana dijo:
      –¡Ay, si tan sólo alguien viniera de visita! Cómo me gustaría platicar con alguien. El otoño está por llegar y luego vendrá el invierno. Nadie va a venir y nos aburriremos tanto…
      –Sí –dijo el hombre–. Nos aburriremos.
      Y volvió a trabajar en su trineo. Trabajaba con un hacha y una pila de astillas de madera se formaba detrás de él.
      Cada tanto, la mujer salía de la yaranga y tomaba las astillas de madera para alimentar el fuego. A veces el clima se ponía feo, lluvioso, y las astillas se mojaban, así que ella prefería guardarlas dentro.
      Pues bien, un día el viento sopló muy fuerte. De nuevo nadie vendría de visita. Y había muchas, muchas astillas en la playa. De repente el hombre pensó: “¿Qué pasaría si aventara estas astillas sobre el mar y el viento se las llevara al otro lado? Apuesto a que alguien vive allá. Debe haber una costa, y tierra. ¡Las lanzaré!”
      Y el viento sopló más y más fuerte. El hombre lanzó todas las astillas de madera. Las lanzó y dijo:
      –Vayan al otro lado. ¡Conviértanse en gente! Así habrá gente por allá –y el viento se llevó las astillas. No quedó ninguna en su playa–. ¡Vaya, vayan al otro lado! Construyan yarangas y casas de tierra. Vivan ahí. ¡Y visítennos cada año! Ustedes serán nuestros huéspedes.
      El hombre volvió a casa contento, pero no le contó nada a la mujer. El verano pasó, y luego el otoño. El largo y duro invierno vino con sus fuertes vientos. Luego el cálido sol brilló y todo se descongeló. Luego el verano llegó de nuevo. Largas noches blancas. Y luego, por fin, comenzó a oscurecer de nuevo. Y el anciano estaba sentado en su playa, trabajando, preparándose de nuevo para el invierno.
      Y entonces se levantó y miró hacia el mar. Alcanzó a ver algo a la distancia. Miró y miró. Parecía que alguien se acercaba. Él se metió en la yaranga y dijo:
      –¡Vieja! ¡Viejita mía! Ven y mira. Parece que alguien se acerca.
      –¿Y quién va a venir? –dijo ella–. ¡Seguro estás viendo tus propias pestañas!
      Él salió de nuevo. Estaban cada vez más cerca. Pero tal vez era una morsa. Él volvió a su trabajo.
      Luego volvió a levantar la vista. Estaban más cerca. Otra vez corrió a la yaranga.
      –¡Sal! ¡Mira! Tenemos visitas.
      –¿Qué visitas?
      –¡Ven a ver!
      –Muy bien. Si me estás engañando, mañana tendré más trabajo.
      –Ven a ver. Si no es nada, puedes regresar de inmediato y volver a trabajar.
      –De acuerdo.
      Ella salió y miró. Los botes se acercaban más y más.
      –¿Quiénes son? ¿De dónde vienen? ¿Vinieron bordeando el cabo?
      –No, vienen derecho del otro lado del mar.
      –¿Qué clase de gente podrá ser?
      –Te dije que alguien venía. Vamos a recibirlos.
      Los viejos fueron hasta la playa. Los botes llegaron hasta ella y de los botes bajó gente. Los ancianos los escucharon con curiosidad, pero ¿qué era esto? Los recién llegados hablaban diferente, en un idioma distinto. El viejo preguntó:
      –¿Puedes entender lo que están hablando?
      –No, no entiendo ni una palabra –dijo ella–. ¿Quiénes serán?
      Pero los extraños trajeron regalos de sus botes. Rodearon a los ancianos con obsequios. Los ancianos se miraron uno a la otra sin entender nada.
      Aquella gente corría de allá para acá, trayendo cosas, entregando regalos.
      –Tenemos huéspedes –dijo el anciano–. ¿Por qué estamos aquí parados? Debemos invitarlos a entrar. Probablemente estén hambrientos.
      –Sí, huéspedes –dijo la mujer, y corrió a la yaranga y cocinó la mejor comida que tenían. Reno fresco, caldo sabroso.
      El anciano invitó a entrar a aquella gente. Ellos entraron en la yaranga y se sentaron ante el fuego y la mujer los alimentó a todos. Sacó los platos de madera y cortó la carne. Ellos comieron y platicaron y rieron alegremente. Los ancianos no entendían nada de lo que los extraños decían.
      Pero la anciana atendió a todos. Sacó las mejores pieles para que ellos pudieran recostarse. Todos descansaron sobre suaves pieles. Ellos se quedaron una noche, se quedaron dos. Entonces hubo buen clima. Estaba calmo y despejado. El más viejo de los visitantes habló en su lenguaje incomprensible. “Buen clima”, dijo. El anciano se dio cuenta de que iban a partir. Y entendió que ellos dijeron: “Ustedes nos han atendido bien. Ustedes son nuestros parientes, nuestros padres.”
      –Ellos dicen que son nuestros parientes, nuestros hijos. ¿Pero de dónde pueden haber salido estos hijos? –el anciano no comprendía.
      Los invitados reunieron todas sus cosas en la playa, se metieron en sus botes y partieron.
      Mientras lo hacían, le dijeron al anciano:
      –¿No te acuerdas de cómo nos mandaste a la otra orilla, de modo que hubiera gente allá? Hemos vuelto a ti. Vendremos cada año y les traeremos comida y ropas. Porque ustedes son nuestros parientes.
      El anciano pensó: “¿De dónde vinieron estos parientes? Nunca hemos estado allá ni oído nada al respecto.”
      Los otros se fueron.
      De pronto, el hombre recordó:
      –¡Ah! ¡Yo lancé aquellas astillas de madera para que hubiera gente del otro lado! ¿Cómo pude olvidarlo? ¿Por qué no les dije: “Cuando lleguen allá, no olviden nuestro idioma. Hablen en chukchi”? ¡Cómo pude olvidarlo!
      –¡Nos fuimos con un viento fuerte! –respondieron ellos—No hubo tiempo de hablar. Nos tomó un largo tiempo llegar allá. Pero las aves vinieron a nosotros: gaviotas, somorgujos. Nos hablaron y les entendimos. Y comenzamos a hablar el idioma de las aves del mar. Y ahora no podemos hablar con ustedes.
      –¡Ay, cómo olvidé decirles!
      Aquella gente regresó cada año y siempre trajo regalos. Traían ropa: chaquetas pequeñas, pantalones pequeños, botas pequeñas. Todas sus ropas eran pequeñas, porque ellos habían sido formados de astillas de madera.

Ni nos dimos cuenta

Este es un cuento de Mack Reynolds (1917-1983), quien no es el escritor más famoso de su país, los Estados Unidos, pero tuvo una carrera de lo más interesante: nacido en una familia de izquierda, y afiliado durante décadas al Partido Socialista del Trabajo (Socialist Labor Party, o SLP, que al parecer sigue existiendo aunque siempre fue una organización marginal), fue un escritor “comercial” pero en muchas de sus narraciones incluyó temas de crítica social que pocos tocaban como él en la ficción popular, que en aquel tiempo era creada por una mayoría de autores de derecha. Esta es uno de sus narraciones más conocidas: una historia amarga sobre el abuso del poder y, finalmente, sobre el racismo, que por desgracia cobra fuerza, hoy, por todas partes.
      El cuento de Reynolds, en su versión original, apareció en la revista Startling Stories en 1950 y tiene por título “Down the River” (Río abajo), recordando la frase hecha en inglés “sell down the river”: literalmente, “vender río abajo”, pero más precisamente “aprovecharse de la ignorancia o la confianza de alguien para realizar alguna acción que le resulte perjudicial”. En español de por aquí se podría decir que los extraterrestres que aparecen en este cuento perjudican a los seres humanos sin que éstos se den cuenta. De ahí el título que he elegido para esta traducción y también el verbo con el que se completa la frase, más o menos a la mitad del texto, y que sólo existe en español mexicano pero cuyas implicaciones me parecen de lo más apropiado. Ésta es una de varias modificaciones que hice a la versión del cuento que apareció, en los años ochenta, en la traducción española de la antología Imperios galácticos de Brian W. Aldiss, publicada por la desaparecida editorial Bruguera, y que (la verdad) es mucho menos buena de lo que recordaba.
      “Charlie Fort”, a quien se menciona en algún momento, es de hecho Charles Fort, un autor del temprano siglo XX, antecesor de los actuales “investigadores de lo paranormal”.

Mack Reynolds. (fuente)

NI NOS DIMOS CUENTA
Mack Reynolds

La nave espacial fue detectada por el radar del Ejército poco después de que entrara en la atmósfera sobre Norteamérica. Descendió bastante lentamente, y en el tiempo que tardó en detenerse sobre Connecticut mil aviones de combate estaban en el aire.
      Los telegramas chirriaron histéricamente entre capitanes de la Policía del Estado y coroneles de la Guardia Nacional, entre generales del Ejército y miembros del gabinete, entre almirantes y asesores de la Casa Blanca. Pero antes de que nada pudiera decidirse sobre la forma de atacar al intruso o de defenderse contra él, la nave del espacio se había asentado gentilmente en un campo vacío de Connecticut.
      Una vez que hubo aterrizado todo pensamiento de atacar dejó las mentes de todos los que estaban ocupados con la defensa de Norteamérica. La aeronave se alzaba cerca de un kilómetro y daba la inquietante impresión de ser capaz de derrotar a todas las fuerzas armadas de Estados Unidos sí lo deseaba, aunque al parecer no era así. De hecho, no mostró ningún signo de vida, por lo menos en las primeras horas de su visita.
      El gobernador llegó cerca del mediodía, ganando al representante del Departamento de Estado por quince minutos y a los delegados de las Naciones Unidas por tres horas. Vaciló sólo brevemente en el cordón que la Policía del Estado y los Guardias Nacionales habían establecido todo alrededor del campo, y decidió que cualquier riesgo que pudiera estar corriendo tendría más valor en cuanto a la publicidad se refiere, al ser el primero en recibir a los visitantes del espacio.
      Además, la televisión y las cámaras de los noticieros cinematográficos estaban ya emplazadas y apuntaban hacia él. El Honesto Harry Smith se sintió animado cuando las vio. Ordenó al chofer que se acercara a la nave.
      Mientras el coche se iba acercando, escoltado cautelosamente por dos motociclistas y los camiones de la televisión y de los noticieros, surgió el problema de cómo hacer saber a los visitantes la presencia de Su Excelencia. Parecía que no había indicios de entrada a la espectacular aeronave. Presentaba un suave efecto de madreperla que de tan hermoso quitaba la respiración; pero al mismo tiempo parecía frío e inasequible.
      Felizmente, el problema se resolvió cuando estaban a unos pocos metros de la nave. Lo que parecía una parte sólida de un lado de la nave se hundió hacia adentro y una figura salió levemente hacia la tierra.
      La primera gran impresión del gobernador Smith fue de que era un hombre con una extraña máscara y vestidos de carnaval. El alienígena, en otros aspectos humano y bastante guapo según nuestros cánones, tenía una tez de un ligero verde. Recogió la toga de estilo romano que llevaba puesta alrededor de su ágil figura y se aproximó al coche sonriendo. Su inglés sólo tenía un ligero acento. Gramaticalmente hablando era perfecto.
      —Mi nombre es Grannon Tyre Ochocientos Cincuenta y Dos K —dijo el alienígena—. Creo que usted es un oficial de esta… eh… nación. Los Estados?Unidos de Norteamérica, ¿no es así?
      El gobernador se sintió abatido. El había estado, en sus adentros, ensayando una pantomima de bienvenida, pensando en los hombres de la televisión y en los de las cámaras de los noticieros. Se había imaginado a sí mismo levantando su mano derecha en lo que él creía que era el gesto universal de paz, sonriendo abiertamente y a menudo y, en general, haciendo saber a los alienígenas que eran bienvenidos en la Tierra y en los Estados Unidos en general, y en especial en el estado de Connecticut. No había esperado que los visitantes hablaran inglés.
      De todas formas, se le había pedido muy pocas veces que hablara como para no aprovechar la ocasión.
      —Bienvenido a la Tierra —dijo con un floreo que esperó que los chicos de la televisión hubiesen captado—. Esta es una histórica ocasión. Sin duda alguna, las futuras generaciones de su pueblo y del mío mirarán hacia atrás hacia esta hora llena de felicidad…
      Grannon Tyre 1852K sonrió nuevamente.
      —Le pido disculpas, pero ¿era mi apreciación correcta? ¿Es usted un oficial del gobierno?
      —¿Eh? Este.. eh… sí, por supuesto. Soy el gobernador Harry Smith, de Connecticut, este próspero y feliz estado en el que han aterrizado. Para proseguir…
      El alienígena dijo:
      —Si no le molesta, tengo un mensaje del Graff Marin Sidonn Cuarenta y Ocho L. El Graff me ha encomendado que les diga que sería un placer para él que ustedes informaran a todas las naciones, razas y tribus sobre la Tierra de que él cita a sus representantes, exactamente dentro de uno de sus meses terráqueos a partir de hoy. Tiene un importante mensaje que dirigirles.
      El gobernador se recompuso y quiso tomar el control de la situación.
      —¿Quién? —preguntó dolorosamente—¿Qué tipo de mensaje?
      Grannon Tyre 1852K aún sonreía, pero lo hacía con la paciente sonrisa que uno utiliza con los inferiores o con los niños recalcitrantes. Su voz era un poco más firme, y tenía un leve toque de orden.
      —El Graff les pide que informen a todas las naciones del mundo para que reúnan a sus representantes dentro de un mes a partir de ahora para recibir el mensaje. ¿Está claro?
      —Sí. Creo que sí. ¿Quién…?
      —Entonces eso es todo, por el momento. Buenos días.
      El verde alienígena se volvió y caminó hacia la nave del espacio. La puerta se cerró detrás de él silenciosamente.
      Nunca antes había habido nada como el siguiente mes. Fue un período de júbilo y de miedo, de anticipación, y de presagios, de esperanza y de desesperación. Mientras que los delegados de toda la Tierra se reunían para oír el mensaje del visitante del espacio, la tensión creció a lo largo y a lo ancho de todo el mundo.
      Científicos y salvajes, políticos y revolucionarios, banqueros y vagabundos, esperaban lo que estaban seguros que cambiaría el curso de sus vidas. Y cada uno deseaba una cosa y temía otra.
      Los columnistas de los diarios, los comentaristas de radio y los opinadores de todas clases especulaban interminablemente sobre las posibilidades del mensaje. Aunque había algunos que lo esperaban llenos de alarma, el conjunto en su totalidad creía que los alienígenas abrirían una nueva era para la Tierra.
      Se esperaba que fueran revelados secretos científicos que estaban más allá de los sueños de los hombres. Las enfermedades serían barridas de la Tierra en una noche. El Hombre tomaría su lugar al lado de estas otras inteligencias para ayudar a gobernar el universo.
      Se hicieron los preparativos para que los delegados se encontraran en el Madison Square Garden en Nueva York. Se había visto, en un primer momento, que los edificios de las Naciones Unidas serían inadecuados. Venían representantes de todas las razas, tribus y países que nunca habían soñado en enviar delegados a las conferencias internacionales tan corrientes en las últimas décadas.

***

El Graff Marin Sidonn 48L fue acompañado a la reunión por Grannon Tyre 1852K y por un grupo de idénticos alienígenas de tez verde y uniformados, quienes podían ser únicamente tomados por guardias, a pesar de que no llevaban armas a la vista, ni defensivas ni ofensivas.
      El mismo Graff parecía un caballero bastante amable, un poco más viejo que los otros visitantes del espacio. Su paso era un poco más lento y su túnica más conservadora que la de Grannon Tyre 1852K, quien era evidentemente su ayudante.
      Aunque dio todas las muestras de cortesía, el gran número de personas que le estaban enfrentando parecía irritarle, y daba la impresión de que cuanto antes terminara, mejor.
      El presidente Hanford de los Estados Unidos abrió la reunión con unas pocas y bien escogidas palabras, resumiendo la importancia de la conferencia. Luego presentó a Grannon Tyre 1852K, quien también fue breve, pero que arrojó la primera bomba, aunque una buena mitad de la audiencia no reconoció al principio el significado de sus palabras.
      —Ciudadanos de la Tierra —comenzó, les presento al Marin Sidonn Cuarenta y Ocho L, Graff del Sistema Solar por mandato de Modren Uno, Gabon de Carthis, y, consecuentemente, Gabon del Sistema Solar incluyendo al planeta Tierra. Puesto que el idioma inglés parece ser lo más cercano a uno universal en este mundo, su Graff se ha preparado para poderse dirigir a ustedes en esa lengua. Creo tener entendido que han sido instalados aparatos de traducción para que los representantes de otros idiomas puedan seguirle.
      Se volvió hacia el Graff, aplanó su mano derecha sobre su pecho y luego la extendió hacia su jefe. El Graff respondió al saludo y se adelantó hacia el micrófono.
      Los delegados se levantaron y le aclamaron, los gritos duraron diez minutos, extinguiéndose finalmente cuando el alienígena mostró un poco de incomodidad. El presidente Hanford se levantó, elevó sus manos y pidió orden.
      El clamor murió y el Graff miró hacia su público.
      —Esta es una extraña reunión —comenzó—. Durante más de cuatro decals, lo que grosso modo hace cuarenta y tres años de los vuestros, yo he sido Graff de este Sistema Solar, primero bajo Toren Uno, y, más recientemente, bajo su sucesor Morden Uno, presente Gabon de Carthis, lo que, como ya ha puntualizado mi asistente, le hace Gabon del Sistema Solar y de la Tierra.
      De todos los presentes en el Garden, Larry Kincaid, de la Associated Press, fue el primero en captar el significado de lo que se estaba diciendo.
      —Nos está diciendo que somos su propiedad. ¡Que Charlie Fort nos ampare!
      El Graff continuó:
      —En estos cuatro decals no he visitado la Tierra, pero he pasado mi tiempo en el planeta que ustedes conocen como Marte. Esto, les aseguro, no ha sido a causa de que no estuviera interesado en sus problemas y en su bienestar como debe estarlo un eficiente Graff. Casi siempre ha sido tradición de los Gabons de Carthis el no hacerse conocidos para los habitantes de sus planetas hasta que no hayan llegado como mínimo a un estado de desarrollo H-Diecisiete. Desafortunadamente, la Tierra sólo ha alcanzado el H-Cuatro.
      Un bajo murmullo se estaba desparramando por la sala. El Graff se detuvo un momento, luego dijo amablemente:
      —Imagino que lo que estoy diciendo hasta ahora significa casi un golpe. Antes de que continúe, permítanme hacer un breve resumen. La Tierra ha sido, por un período más largo del que recuerdan vuestras historias, una parte del Imperio Carthis, que incluye todo este Sistema Solar. El Gabon, o quizá ustedes lo llamarían Emperador, de Carthis señala un Graff para que supervise cada uno de sus sistemas solares. Yo he sido su Graff durante los pasados cuarenta y tres años, fijando mi residencia en Marte, más que en la Tierra, a causa de su bajo nivel de civilización.
      »De hecho —continuó, algo meditabundo—, la Tierra no ha sido visitada más de un par de veces por los representantes de Carthis en los pasados cinco mil años. Y, por lo general, esos representantes fueron tomados por alguna manifestación sobrenatural por los pueblos de ustedes, más que usualmente supersticiosos. Por lo menos, es bien sabido que ustedes tienen la costumbre de tomarnos por dioses.
      El murmullo aumentó entre la gran audiencia hasta llegar al punto de que el Graff ya no podía ser escuchado. Finalmente, el presidente Hanford, pálido, se adelantó hacia el micrófono y levantó sus manos otra vez. Cuando se obtuvo una calma razonable, se volvió hacia el hombre verde.
      —Sin duda alguna, nos llevará a todos nosotros un tiempo considerable asimilar todo esto. Todos los delegados reunidos aquí probablemente tienen preguntas que les gustaría hacerle a usted. De todas formas, creo que una de las más importantes y una que todos tenemos en mente es ésta… Usted ha dicho que ordinariamente no se hubieran dado a conocer hasta que nosotros hubiéramos llegado a un desarrollo de, creo que usted ha dicho, H-Diecisiete… y ahora nosotros estamos en un H-Cuatro. Por qué se han dado a conocer ahora? ¿Qué circunstancias especiales los han obligado a ello?
      El Graff asintió.
      —Estaba a punto de llegar a eso, señor Presidente —se volvió nuevamente hacía los delegados, que ahora estaban callados—. Mi propósito al visitar la Tierra ahora ha sido para anunciarles que ha sido hecho un tratado internacional entre el Gabon de Carthis y el Gabon de Wharis mediante el cual el Sistema Solar entra a formar parte del Imperio de Wharis, a cambio de ciertas consideraciones entre los planetas de Aldebarán. A corto plazo, pasarán a ser súbditos del Gabon de Wharis. Yo he sido llamado de vuelta a mi mundo y vuestro nuevo Graff, Belde Kelden Cuarenta y Ocho L, arribará en fecha próxima.
      Dejó que sus ojos se posaran sobre ellos gentilmente. Había un toque de piedad en ellos.
      —¿Hay alguna otra pregunta que deseen hacer?
      Lord Harricraft se levantó en su mesa directamente delante de los micrófonos. Estaba obviamente conmovido.
      —No puedo tomar una posición oficial hasta que haya consultado con mi gobierno, pero lo que me gustaría preguntar es lo siguiente: ¿qué diferencia habrá, para nosotros, con este cambio de Graffs, o incluso de Gabons? Si la política es la de dejar a la Tierra sola hasta que la raza llegue a un estado mayor de desarrollo, esto nos afectará poco; si no es así, durante ese lapso, ¿qué sucederá?
      El Graff habló tristemente:
      —Aunque ésa ha sido siempre la política de los Gabons de Carthis, sus anteriores gobernantes, no es la política seguida por el presente Gabon de Wharis. De todas formas, yo solamente puedo decirles que su nuevo Graff, Belde Kelden Cuarenta y Ocho L, llegará en pocas semanas y sin lugar a dudas explicará su política.
      Lord Harricraft se mantuvo de pie.
      —Pero usted debe de tener alguna idea de lo que este nuevo Gabon quiere de la Tierra.
      El Graff dudó y luego dijo lentamente:
      —Se sabe que el Gabon de Wharis tiene gran necesidad de uranio y de otros varios elementos raros que se encuentran aquí en la Tierra. El hecho de que se haya señalado a Belde Kelden Cuarenta y Ocho L como su nuevo Graff es un indicio, puesto que este Graff tiene una amplia reputación de éxitos en todas las explotaciones exteriores de los nuevos planetas.
      Larry Kincaid hizo una mueca burlona a los otros periodistas que estaban en la mesa de la prensa:
      —¡Nos chingaron y ni nos dimos cuenta!
      Monsieur Pierre Bart se levantó.
      —Entonces se puede esperar que este nuevo Graff Belde Kelden Cuarenta y Ocho L, bajo la dirección del Gabon de Wharis, comenzará una explotación en toda regla de los recursos del planeta, transportándolos a otras partes del imperio de su Gabon.
      —Me temo que eso sea lo correcto.
      El presidente Hanford habló otra vez:
      —¿Pero no podremos decir nada acerca de ello? Después de todo…
      El Graff dijo:
      —Incluso en Carthis y bajo la benevolente guía de Modren Uno, el Gabon más progresista de la Galaxia, un planeta no tiene voz en su imperio hasta que no haya alcanzado un desarrollo de H-Cuarenta. Como pueden ver, cada Gabon debe considerar el bienestar de su imperio como una totalidad. Él no puede verse afectado por los deseos o incluso las necesidades de las más primitivas formas de vida en sus varios planetas atrasados. Desafortunadamente…
      Lord Harricraft estaba intensamente rojo de indignación.
      —Pero esto es prepotencia —farfulló—. Nunca se ha oído acerca de…
      El Graff levantó su mano fríamente:
      —No tengo ningún deseo de discutir con ustedes. Como ya he dicho, yo ya no soy el Graff de vuestro planeta. De todas formas, puedo puntualizar unos pocos hechos que hacen que la indignación de ustedes esté un poco fuera de lugar. A pesar de mi residencia en Marte, he hecho el esfuerzo de llevar a cabo una investigación intensa de su historia. Corríjanme si estoy equivocado en lo que sigue.
      »La nación en la que estamos teniendo nuestra conferencia son los Estados Unidos. ¿No es verdad que en mil ochocientos tres los Estados Unidos compraron aproximadamente dos millones de kilómetros cuadrados de su presente territorio al emperador francés Napoleón por la suma de quince millones de dólares? Creo que se llama la Adquisición de Louisiana.
      «También creo que el territorio de Louisiana estaba habitado en su mayor parte y casi exclusivamente por tribus amerindias. ¿Habían oído hablar alguna vez estas tribus de los Estados Unidos o de Napoleón? ¿Qué les sucedió a esta gente cuando trató de defender sus hogares de los extranjeros blancos?—señaló a Lord Harricraft—. ¿O quizá deba referirme más directamente al país de usted? Entiendo que usted representa al poderoso Imperio Británico. Dígame, ¿cómo fue adquirido originalmente Canadá? ¿O África del Sur? ¿O la India? —se volvió hacia Pierre Bart—. Y usted, creo, representa a Francia. ¿Cómo fueron adquiridas sus colonias del norte de África? ¿Ustedes consultaron con los nómadas que vivían allí antes de tomar su control?
      El francés farfulló:
      —¡Pero ésos eran atrasados bárbaros! Nuestra asunción del gobierno sobre el área era para el beneficio de ellos y el del mundo como una totalidad.
      El Graff se encogió de hombros tristemente.
      —Me temo que ésa sea exactamente la misma historia que oirán de su nuevo Graff Beldé Kelden Cuarenta y Ocho L.
      Repentinamente la mitad de la sala se levantó. Los delegados estaban de pie en sillas y mesas. Los gritos se elevaron, amenazas, histérica defensa.
      —¡Lucharemos!
      —¡Mejor la muerte que la esclavitud!
      —¡Nos uniremos para la defensa contra los alienígenas!
      —¡Abajo con la interferencia de otros mundos!
      —¡LUCHAREMOS!
      El Graff esperó hasta que el primer fuego de protesta se hubiera consumido, entonces levantó sus manos pidiendo silencio.
      —Yo les recomiendo que no hagan nada para oponerse a Beldé Kelden Cuarenta y Ocho L, de quien se sabe que es un Graff despiadado cuando encuentra oposición entre sus inferiores. Ejecuta estrictamente las órdenes del Gabon de Wharis, quien usualmente lleva a cabo la política de aplastar esas revueltas y luego cambiar a la población entera a planetas menos acogedores, en donde serán forzados a mantenerse a sí mismos lo mejor que puedan.
      »Y puedo añadir que en algunos de los planetas del Imperio de Wharis eso es bastante difícil, si no imposible.
      El ruido a través de toda la sala estaba comenzando a elevarse otra vez. El Graff se encogió de hombros y se volvió hacia el presidente Hanford.
      —Me temo que debo irme ahora. No hay nada más que decir por mi parte —se volvió hacia Grannon Tyre 1852 K y su guardia.
      —Un momento —dijo el presidente urgentemente—. ¿No hay nada más? ¿Alguna advertencia, alguna palabra de ayuda?
      El Graff suspiró.
      —Lo lamento. Ahora ya no está en mis manos —pero se detuvo y pensó por un momento—. Hay una cosa que puedo sugerir que puede ayudarles considerablemente en sus tratos con Beldé Kelden Cuarenta y Ocho L. Espero que, al decirlo, no hiera sus sentimientos.
      —Por supuesto que no —el presidente murmuró esperanzado—. El destino del mundo entero pende de un hilo. Cualquier cosa que pueda ayudar…
      —Bueno, entonces, debo decir que me considero completamente libre de prejuicios. No significa nada para mí que una persona tenga la piel verde, amarilla o blanca, marrón, negra o roja. Algunos de mis mejores amigos tienen extraños colores de piel.
      »Sin embargo…, bueno, ¿no tienen ninguna raza en este planeta con la tez verde? Se sabe que el Graff Belde Kelden Cuarenta y Ocho L es extremadamente prejuicioso contra las razas de diferentes colores. Si ustedes tuvieran algunos representantes de piel verde para recibirle…
      El presidente le miró fija y calladamente.
      El Graff estaba desilusionado.
      —¿Quiere decir que no hay razas en la Tierra de piel verde? ¿O, al menos, azul?

Cordelias

Adela Fernández y Fernández (1942-2013) fue conocida por ser la hija del cineasta mexicano Emilio “Indio” Fernández. También fue una investigadora de las culturas mexicanas y una narradora muy interesante que merece ser más leída. Gabriel García Márquez elogió uno de sus cuentos, “La jaula de la tía Enedina”, que a partir de entonces es casi el único que se cita de su obra. Aquí reproduzco otro, “Cordelias”, que muestra su imaginación fantástica y su capacidad para mostrar con muy pocos recursos lo misterioso y lo inquietante en entornos cotidianos. Hay otras versiones del texto en línea, pero no ésta, que me parece más trabajada y proviene de una edición de cuentos de Fernández (Editorial Campana, 2009) que incluye dos libros suyos: Duermevelas –donde “Cordelias” apareció por primera vez– y Vago espinazo de la noche.
      Este es el quinto y último cuento de la entrega especial en este diciembre, para compensar la falta de textos durante otros meses de este año terrible de 2016. Ojalá que el próximo año nos vaya –contra todos los indicios– mejor que en éste.

CORDELIAS
Adela Fernández

El árabe llegó a nuestra aldea con su camioneta azul dando tumbos en la brecha pedregosa y mirando con enfado el paisaje baldío. En la bodega de Luciano descargó veinte cajas de madera llenas de verdura y frutas, alimento apreciado en nuestra tierra infértil. Apenas se hubo ido, se amontonaron todas las mujeres prontas a comprar la mercancía. Don Luciano, aturdido, trataba de calmarlas, mientras con el martillo desprendía las tablas, dejando a la vista gulosa aquellas frutas y hortalizas de colores excitantes. Con tantos manojos de yerbas aromáticas el ambiente se hizo delicioso. Los niños esperábamos ansiosos que la ayudante de don Luciano nos arrojara aquellas frutas que por magulladas se deshacían de ellas.
      La algarabía se tornó en asombroso silencio cuando al abrir una de las cajas, los ojos atónitos vieron dentro de ella, acurrucada dolorosamente en el estrecho espacio, a una niña de tres años. La sacaron y comenzó a llorar a causa de sus miembros entumecidos y por el escándalo que la rodeaba. La sobaron, le dieron un poco de agua tibia y una bolita de migajón para evitarle los ácidos estomacales, producto del miedo. Hubo sentimientos de compasión, suposiciones e invención de historias acerca de su procedencia: que si el árabe se la había robado y la dejó ahí por equivocación; que si a lo mejor él no sabía nada y que alguien la echó en la caja para deshacerse de ella; que si a lo mejor los elotes se habían transformado en una niña, hija de la deidad del maíz y que debía ser adorada como diosa; que si tal vez era el mismito diablo que en imagen de aparente inocencia había llegado al pueblo para desatar la maldad y una cadena de tragedias.
      Fue mi madre quien alegó que se dejaran de tonterías, que el caso era claro y simple, nada más que una niña abandonada, evidencia de la irresponsbilidad o de un acto desalmado. Conmovida, mi madre decidió llevarla a casa hasta que regresara el árabe para aclarar con él las cosas, pero el frutero jamás volvió al pueblo y ella tuvo que hacerse cargo de la niña, adopción que si bien fue forzada, no estuvo exenta de misericordia. Mi madre me exigió que la tratara como a una hermana y le dio el nombre de Cordelia. Esta pequeña vino a romperme el hastío propio de un hijo único y pronto me hice a la costumbre de los juegos compartidos, de los diálogos fantasiosos y de los pleitos sin importancia.
      La gente del pueblo siguió inventando historias posibles sobre su identidad, por lo que mi madre prefirió que Cordelia no saliera de casa, librándola así de los chismes populares. Con la esperanza de que olvidara su orfandad, le dio cuanto cariño latía en su corazón al grado de consentirla más que a mí. Fue el encanto natural de Cordelia lo que impidió que yo sintiera celos.
      Cuando el tema estuvo agotado y todos llegaron a la indiferencia por la recogida, mi madre comenzó a llevarla al mercado y a la iglesia. El día que fueron a traer agua de la fuente, Cordelia se sorprendió al ver por vez primera su rostro reflejado y comenzó a hablar consigo misma. Estaban a punto de volver a casa cuando de la fuente salió el reflejo y adquirió cuerpo y alma. Mi madre fingió no asombrarse y ante los ojos estupefactos de los aguadores, como si nada hubiera pasado, tomó a las niñas de la mano y emprendió la caminata de regreso. Mi madre llegó a casa con dos Cordelias, una de ellas empapada. Las murmuraciones recomenzaron y tuvo que sobreponerse a las maledicencias.
      En otra ocasión, de visita en casa de Hortensia la costurera, las niñas se probaban ante el espejo sus vestidos nuevos y con risas y gesticulaciones entusiastas compartían con sus reflejos la dicha de estrenar ropa. Mi madre pagó el valor de la hechura a la modista y se despidió satisfecha de poder vestir a sus dos hijas obtenidas por la gracia de Dios. A la velocidad de la luz, del espejo salieron los reflejos y tras adquirir cuerpo y alma corrieron a abrazarla. Esa vez mi madre regresó a casa con cuatro Cordelias.
      A la mañana siguiente, apenas comenzado el día, la gente se congregó en el atrio de la iglesia para dar opinión sobre el asunto. Nunca antes su imaginación había producido antes tantas hipótesis y advertencias sobre el misterio de Cordelia y quisieron comprobar el fenómeno de su multiplicación ante la multitud y bajo el amparo de Dios.
      Varias mujeres, furias de oficio, entraron a la casa y a la fuerza se llevaron a mi madre y a las cuatro Cordelias. En el atrio habían colocado un enorme y antiguo espejo ante el cual enfrentaron a las niñas. Los reflejos adquirieron vida propia y cuando estaban a punto de salir del azogue, Don Luciano, aterrado, lanzó una piedra rompiéndolo en pedazos que cayeron desparramados en el patio de adoquín. Brotaron tantas Cordelias como fragmentos de cristal había. El pánico dispersó a la gente que fue a refugiarse a sus casas. Mi madre tuvo la fuerza de amparar a todas sus hijas no sin antes pedirle a sus vecinos que se deshicieran de sus espejos.
      Nadie se atrevió a romper los espejos por el peligro que ello representaba. Como medida se dieron a la tarea de pintarlos de negro y algunos, los más temerosos, prefirieron enterrarlos. En lugar de cristales hay oscuros de madera en las ventanas. Todos los aljibes están cubiertos e incluso construyeron un domo sobre la fuente de la que hoy se abastecen de agua por medio de una llave. La gente toma el líquido con cautela y cubren sus vasos y ollas con paños negros.
      Las Cordelias, por su parte, andan por todos lados arañando la tierra, en la desesperada tarea de encontrar algún espejo para poder seguir con la reproducción de su especie.

Salida número catorce

Tarde, pero seguro: el cuento de este mes es de Adrián Curiel Rivera (1969), narrador y académico mexicano, autor de novelas (Blanco trópico, Vikingos y A bocajarro son las más recientes), libros de cuentos y ensayos. “Salida número catorce” proviene del libro Día franco (UNAM, 2016), cuyas historias están enlazadas todas por la aparición de perros, que juegan diversos papeles en cada una. En este caso, lo que parece una narración convencional da una súbita vuelta de tuerca y se convierte en un apocalipsis muy extraño, amenazante, visto desde el nivel de los individuos que no pueden empezar a entenderlo y no están seguros de querer hacerlo, ni de evitar la amenaza de la destrucción. En tal sentido tiene un parecido muy inquietante con el ambiente en el que millones de personas de la actualidad sienten que transcurre su vida.

Adrián Curiel Rivera

SALIDA NÚMERO CATORCE
Adrián Curiel Rivera

Despertó con la sensación de que el incidente de anoche había sido un sueño. Como en los últimos siete u ocho años, asistió a una cena de la empresa con auténtica desgana y –creía– bien simulado entusiasmo. Clarissa se quedó en casa, para variar, ya no tenía caso fingir. Aceptaban que no necesariamente tenían que compartir siempre los mismos intereses, una regla esencial para la supervivencia de cualquier matrimonio. Habían alcanzado la madurez afectiva: esa etapa de amor pausado a la que sólo se llega después de mucho tiempo y de resignar muchas cosas.
      Ayer por la noche estaba charlando, copa de cava en mano, con una mujer alta y delgada, de pelo corto y rubio peinado con la raya en medio. Le recordaba a una flapper de la década de los veinte del siglo pasado, a una Betty Boop de pelo claro. Era, le dijo, la representante internacional de Catering Aéreo, proveedora de la aerolínea patrona que los congregaba en ese coctel. Por su parte, él representaba a una empresa contratista especializada en la fabricación de bulones de fibra de carbono para las aeronaves. En la despiadada carrera de la competitividad, había corrido el rumor de que otra compañía estaba haciendo experimentos de laboratorio para producir piezas de un polímero especial mucho más ligero y resistente. La amenaza de inminentes recortes, si no se avispaban, pendía sobre su cabeza y su equipo de trabajo. No eran tiempos felices para él. No señor. En una junta de accionistas se lo habían advertido: si perdía el liderazgo en el ramo, sufriría las consecuencias. Mientras conversaban, se consoló pensando que ella recibiría presiones similares. Era el pan nuestro de cada día en ese ambiente de trabajo. Admiró la precisión ejecutiva con que la mujer despachaba asuntos de negocios con su Smartphone de ultimísima generación. En ese mundo de tiburones no era improbable que ella estuviese entendiéndose en ese mismo momento con el corporativo que lo desbancaría. Aun así, le parecía encantadora. Hablaba un inglés casi nativo y se las arreglaba con gran soltura en francés y alemán. Metió de nuevo el aparato en su bolso de mano, se disculpó, todo era urgente. Él dejó su copa sobre una bandeja y aceptaron los canapés que les ofreció otro mesero de uniforme. Ella se apoyaba en una pared lindante con el balcón del penthouse. La puerta de cristal estaba cerrada porque era invierno, pero algunos habían salido a fumar un cigarrillo. A través del vidrio, más allá del reducido pelotón de fumadores, se extendía la vista portentosa de los rascacielos iluminados. La miró con una fijeza que le extrañó a él mismo, como si quisiera transmitirle la emoción de una vida por delante llena de gratificaciones. Se arrepintió de inmediato y desvió la mirada. Pensó que esa desconocida quizá fuera un poco más joven que Clarissa. Se preguntaba si no sería conveniente, para no lucir tan chaparro junto a ella, subir otro escalón del desnivel que dividía ese espacio de la amplia e impersonal sala casi desprovista de muebles. Sobre otros invitados que departían pesaba también la espada de Damocles. Subió, en efecto, un peldaño más, pero ella seguía sacándole unos centímetros. Lo desconcertó descubrir que no llevaba zapatos de tacón.
      Venciendo la timidez, ensayó una broma de la que ella no pudo hacerse cómplice porque volvió a sonar el teléfono. Hubiera jurado que despachaba un negocio en ruso. La mujer tornó a disculparse, cerró la cremallera de su cartera y luego le dedicó una mirada franca que dejaba traslucir una tensión rudamente contenida. Se sintió fuera de lugar envuelto en ese incómodo silencio. Mejor se concentró en masticar su bocadillo de anchoa imaginándose el deleite inconmensurable que le depararía acostarse con semejante belleza, lo que sería vivir una imposible aventura extramatrimonial. Ella no le quitaba los ojos de encima, con una intención ambigua. Deslizó la mirada hasta el anillo de casado, y después recorrió su barriguita inexorable pese a las recientes sesiones de gimnasio. Y siguió por el tórax, y la corbata y el saco. Sin atisbo de vergüenza, examinó su mentón, la barba de candado recortada con meticulosidad. Descendió otra vez hacia su mano y el anillo delator, y posó los ojos en los suyos, sin pestañear. ¿Por qué no vamos a otro sitio?, estaba seguro que le preguntaría después de haber declarado, por cierto, que se llamaba Aurora Rodríguez. Tendría que llamar más tarde a Clarissa, inventarse cualquier excusa. Ella lo seguía mirando mientras sonreía manteniendo una segunda copa muy cerca de los labios. Sin embargo, en vez de proponerle que fueran a otra parte, precedidas por un tenue tic en la órbita ocular bajo las pestañas, cobraron sonoridad otras palabras. ¿Soy demasiado alta, no es cierto? Bajo cualquier estándar, añadió, y lo abrazó con fuerza unas décimas de segundo. Enseguida ella se desprendió y le pidió que sostuviera su copa. Era embarazoso, dijo. Le entregó una tarjeta de visita, él hizo lo propio. La acompañó a recoger el abrigo cerca de la entrada, junto a un insípido bodegón, el único adorno en las paredes. Se despidieron de beso frente a la puerta abierta, otros también salían. Él se reincorporó a la congregación menguante, intercambió impresiones con algún desconocido y no se marchó sino hasta despachar el quinto cava.
      Cuando sonó el despertador y manoteó para apagarlo no creía que nada de eso hubiera ocurrido realmente anoche. Ahora una ligera opresión en la cabeza amenaza con convertirse en jaqueca insoportable. Hace frío. Se arrebuja bajo las sábanas y se percata de que Clarissa ya se ha levantado. Debe de estar abajo en la cocina calentando la leche a los niños, como todas las mañanas. Luego Clarissa desandará el camino escaleras arriba y los pastoreará para que no hagan trampa y se laven los dientes, y venga otra vez a descender a cariñosos empellones mientras Silvia y Gerardo, todavía somnolientos, protestan y hacen muecas. En ocasiones, hasta se ponen a llorar. Como él no puede eludir la obligación de presentarse en su oficina, se decide a salir de la cama. Una veloz ducha y baja a tomar café, tostadas y un jugo de naranja. Dos grajeas de paracetamol complementan el desayuno. Clarissa, como casi siempre, le acomoda el cuello de la camisa, la corbata, también las solapas del saco. Los niños ya están listos y se dirigen encorvados hacia la puerta. Es ridícula la cantidad de cuadernos que deben cargar en las mochilas. Clarissa le da un beso de una frialdad mecánica y él no puede reprimir asociarlo al recuerdo cálido de Aurora Rodríguez, la desconocida giganta rubia con quien por la noche había compartido una cercanía irracional. Gerardo y Silvia se enzarzan a empujones en las inmediaciones de la puerta, la competencia obcecada por ser el primero en abrir. Pese a lo previsible y reiterativo del cuadro, él se altera. Les grita que ya basta y, como a través de una súbita calina emocional, se cuela el pensamiento de que necesita con urgencia un abrazo. De que todos necesitamos un abrazo, un abrazo que ni Clarissa ni tampoco los niños –ni siquiera Aurora Rodríguez– podrán brindarle. Repite ya ha dicho que es suficiente y, por alguna extraña razón, en compañía de su cólera soterrada, se siente abrumadoramente solo. Está por embestir a sus vástagos pero la mano curtida de Clarissa lo retiene por la muñeca. Se vuelve hacia ella, avergonzado por su reacción, a veces se comporta peor que los niños. Además por poco olvida el portafolios y el ligero refrigerio que el doctor le autoriza a tomar cada mañana. Cuenta con la mente hasta diez, en numeración progresiva y regresiva, abatido por vagos tormentos. Nota que ha conseguido serenarse. Los niños aguardan junto a la puerta con las cabecitas gachas y las manos empuñando los tirantes de las mochilas. Unos angelitos de ocho y seis años, la felicidad extenuante e inabordable. De espaldas a Clarissa, experimenta el imprevisto irradiar de la mano de ella sobre su hombro. El peso de su palma, el gesto cariñoso en que se traduce, lo embarga de nostalgia al recordarle hasta qué grado el lastre compartido del matrimonio domestica los antiguos fuegos. Ella retira el brazo. Cuando, de refilón, él le dice que la quiere, la reminiscencia fantasmagórica de Aurora Rodríguez le toca otra fibra insospechada.
      Conforme se dirige a la puerta entreabierta se hace más nítida la luz filtrada entre la bisagra y el canto. El haz se difunde sobre el umbral atrapando remolinos de polvo y baña de albor los uniformes de Silvia y Gerardo. Se detiene, palpa los bolsillos del saco y cambia sus anteojos por otros de sol también con aumento. Los tres salen al jardincillo que antecede al portón eléctrico del garaje. Hasta ellos llegan al trote, para ofrendarles el protocolario olisqueo de buenos días, sus fieles mascotas: el joven Collins, un border collie, y Lady Recogida, una marrullera veterana cruce de mil razas. Esa mañana, repara en ello mientras guardan las cosas en el maletero y los chicos abordan el Mazda, los perros están demasiado nerviosos. Ladran mucho hacia la calle y aúllan de manera entrecortada, pero no se escucha ninguna ambulancia. Se quejan excesivamente, como cuando están enfermos. Se pone el cinturón de seguridad y Clarissa, quizá sospechando algo, abre la ventana de la cocina y grita si está todo bien. Cuando salen en reversa tiene que dar imperiosas órdenes por la ventanilla para que Collins y Lady Recogida no transgredan las fronteras y se precipiten hacia fuera. Hay unos siete u ocho canes recostados contra la fachada de la casa de enfrente, del otro lado de la calle. Acciona el control remoto, el portón se cierra. Se estaciona junto a los perros. La mayoría son machos. De hecho, no detecta ninguna hembra que justifique ese agrupamiento. Lo miran con indolente indiferencia bajo los rayos tempranos de la mañana. ¡Ahja!, los jalea. ¡Fuera, largo! ¡Ushca!, les chista. Si se instalan ahí, a la larga tendrán que encerrar a Collins y Lady en el cuarto de servicio, en cualquier momento podrían escabullirse y trabarse en una pelea. Bate las palmas. Incluso baja del vehículo y amaga con agredirlos, pero si acaso dos o tres perros canela de la jauría, con pinta de mellizos, se yerguen sobre sus patas delanteras y, con la lengua de fuera y la típica respiración acelerada de los cánidos, se desplazan unos centímetros y vuelven a echarse como si nada. Le jode sobremanera. Está aturdido por los desaforados ladridos de sus propios perros y las inquisitivas preguntas de sus hijos, que no se pierden un solo movimiento desde el asiento de atrás. Fastidiado, decide regresar a su camioneta, ya resolverá el problema en otra oportunidad. Antes de arrancar ve a Clarissa en pijama detrás de los listones metálicos del portón. Collins y Lady Recogida, enredados entre las piernas de su esposa, ladran y ladran.
      Camino a la escuela (Silvia y Gerardo no han parado de reñir atrás) le sorprende identificar, junto a los deportistas madrugadores de siempre, a numerosas cuadrillas de perros sin dueño que deambulan por las banquetas. Cruzan las calles con relativo orden y se detienen o sientan en las esquinas a la espera del cambio de luz del semáforo. Andan en grupos de hasta diez ejemplares, una cantidad exorbitante bajo cualquier criterio en una ciudad. Incluso los niños dejan de pelear y, perplejos, piden permiso para asomarse a las ventanillas y contemplar ese inusual paisaje deslizante de pelajes. Los cuadrúpedos parecen regir sus rápidos meneos bajo el designio común de una voluntad superior, de un súper líder alfa. Al pasar los miran con absoluta, jadeante y perruna indiferencia. Las lenguas espumosas y rosáceas descendiendo y ascendiendo a ritmo regular por el hocico. Algunos son claramente callejeros. Otros llevan collar, lo que revela que se han escapado de casa. Otros pocos evidencian haber sido expulsados de un hábitat hogareño, pues lucen en el cuello desnudo la marca de un antiguo collar, cierta tersura en el lomo. Por el espejo retrovisor, en lontananza invertida, alcanza a distinguir cómo prosigue su marcha la marabunta canina, los escuadrones dispersos que se perfilan contra el recuadro urbano. Frente al parabrisas vienen muchos más.
      ¿Por qué hay tantos perros?, pregunta Silvia. Sí, papi, la secunda Gerardo. ¿Han crecido tanto los gatos (un adulto habría dicho: se ha multiplicado tanto su población) que ahora salen a cazarlos? Pero a él no se le ocurren respuestas. Es decir, no concibe ninguna explicación que no caiga en la imaginería risible de los filmes de zombis o las series televisivas de vampiros. No obstante, continúan pululando a su alrededor. La camioneta en que viajan transita como una flecha lenta entre rachas cruzadas de perros. Las fauces abiertas, babeantes; la mirada torva o la cabeza agachada, pasan cerca de los espejos laterales mientras ellos siguen a vuelta de rueda. Algunos paran y les dedican un ladrido bravucón; otros, uno más festivo. Las colas variopintas: sus longitudes cambiantes, algunos apéndices cercenados. Las orejas alertas de unos; aquel otro se aproxima entre la multitud con las suyas casi a ras de piso, como una fragata vieja que ha resignado el velamen y se deja llevar por la corriente. Y esos pasitos de mecanismo robótico semiarticulado que comparten todos. Los más independientes tienden a apartarse de las manadas, se desvían hacia alguna bocacalle, hurgan en los botes de basura en busca de comida. Pero de inmediato son reconducidos por ovejeros reales e improvisados. Cuatro o cinco pretenden amotinarse, dan la vuelta y caminan en sentido opuesto, pero son absorbidos por la vorágine como un banco de sardinas. Al fin puede cambiar a segunda, pero tiene que clavar el freno para no arrollar a un antipático french poodle que se les atraviesa. Resuenan los bocinazos por todas partes, se ha formado un embotellamiento del demonio. ¡Largo, chucho!, ruge a través de la ventanilla bajada y varios perros que pasan se vuelven un poco y lo miran con la lengua de fuera. El caniche, de un blanco mugriento, los broches en los rulos del peinado, corre hasta la portezuela; planta sus uñotas en la pintura, escarba, se revuelve, comienza a ladrarle con jactanciosa fiereza a unos centímetros del antebrazo. Arranca y ahora es el de atrás quien hace rechinar las gomas frenando con violencia. Más pitazos, gritos. A todo esto, sus hijos se han cansado de acribillarlo a preguntas no respondidas a satisfacción. Los acaba de reprender por haberlo desobedecido en primera instancia, cuando les indicó que subieran ipso facto los cristales. No entiende lo que está sucediendo, tiene algo de aterrador. Como se ha ensimismado en un silencio tenso al frente del volante y sólo anhela romper la inercia de ese rodar de tortuga, Silvia y Gerardo comienzan a formular sus propias hipótesis. Algunos conductores lanzan objetos desde sus automóviles. Primero la previsible ZV. Pero coinciden en descartarla, pues si ese barullo de pulgosos estuviera compuesto de zombis y/o vampiros, tendrían los ojos en blanco o los colmillos chorreantes de sangre fresca. Se chamuscarían por efecto de la luz del día, o saldrían despavoridos ante la señal de los dedos en cruz que ellos les hacen. Licántropos definitivamente tampoco son. Salvo por la cantidad, parecen perros de lo más normalitos. Luego sopesan otras posibilidades que su progenitor escucha boquiabierto. Silvia sostiene, por ejemplo, que deben ser alienígenas en obvio camuflaje, debido a su extraña gravedad han caído de una de las galaxias recién descubiertas. En su clase de ciencia han estado estudiando el tema de los nuevos telescopios. Son muy potentes, podrán determinar con exactitud el punto desde donde se han desprendido. Su hermano se mofa de ella, sería más plausible (sí, dice “plausible”) explicarlo como un caso de generación espontánea masiva, como antes se creía pasaba con las moscas. Es más razonable suponer, continúa, que se trata de un experimento encubierto orquestado por la CIA para extender su hegemonía sobre los países emergentes (y también dice “hegemonía” y “emergentes”). Silvia, a su vez, se burla de Gerardito, ha estado viendo demasiada tele, papá, mamá y tú deberían vigilar que respete el horario autorizado. Siempre hace lo que se le pega la gana. Su padre sigue el hilo de la conversación con los puños crispados. Se ha formado un embudo de automotores cerca del tope que precede el paso peatonal por donde cruza un enjambre de perros. Gerardo se coloca de rodillas sobre su sitio y se gira por completo para mirar las evoluciones a través de la luneta. Las torrenteras de pelambre continúan confluyendo desde distintos recodos. Allá va un labrador alegre; más allá, unos beagles giran desorientados; por acá, un salchicha salta como propulsado por minitransbordadores espaciales. La estampa gallarda de un bóxer se desdibuja en un trote ligero; un bulldog con aire de malas pulgas se afianza cansinamente sobre sus patas cortas. Una dupla de electrizados fox terrier, de pelo duro y moteado, lleno de ramas y hojitas, atestigua el probable abandono de los amos al tirarlos en alguna carretera. ¡Miren!, grita Gerardo. Numerosos perros de casa, hartos del alboroto de sus propios ladridos, deciden saltarse las verjas y las tapias, sortear la altura de techos y balcones no muy eminentes para incorporase al rebaño. La perrada que cruza por la cebra pintada en el asfalto se segmenta. Una parcela retrocede y los envuelve antes de proseguir su misterioso itinerario.
      Ellos avanzan hasta un semáforo y viran por una calle a la izquierda e, inmediatamente después, a la derecha. Se forman en la cola de autos frente a la entrada del colegio. Allí no se percibe nada anormal. Sin embargo, conforme se van acercando a la puerta detrás de una Voyager y esperan su turno para que los niños puedan apearse, se percatan de que el vigilante y las maestras no se limitan a recibir a los alumnos. El cuidador, armado de una escoba, se empeña en espantar a una corte de falderos que intenta colarse en las instalaciones. Las docentes pegan gritos y pisotones para ahuyentarlos, y la directora de primaria incluso se desespera y sale a corretear una hembra para atizarle con un trapo. Destraba el maletero con la palanquita junto a los pedales. Gerardo y Silvia abren las puertas y él también baja para ayudarlos con las mochilas y darles un beso apresurado ante la impaciencia creciente de los padres de atrás. Nunca lo hace, pero esta vez los santigua. Como si se aproximase un huracán. Un huracán de perros.
      En su trabajo el mostrador de recepción luce vacío. Karina estará maquillándose en los aseos o demorada en el café de la esquina comprando bocadillos. No le incumbe, que la despida quien tenga que hacerlo. Se dirige a los ascensores y pulsa el botón. Sólo funciona uno, los demás están fuera de servicio por mantenimiento. Cree alucinar cuando se abren las hojas de acero. Adentro hay un san bernardo con todo y barrilito de rescate en la garganta. Titubea, oprime otra vez el botón pero las puertas continúan abiertas con el perrazo reflejado en las paredes de cristal. Entra trastabillando, dice estúpidamente “buenos días” y marca el décimo piso. Al principio, durante el ascenso, mantiene su distancia apartado en un rincón. Cuando pretende “sacarle conversación” y acariciarlo, el san bernardo pela los dientes y emite un gruñido grave y sostenido. Así, paralizado, oyendo de manera simultánea el timbre que anuncia cada piso en ascenso y la advertencia persistente del san bernardo, no podría describir esa experiencia. Llegan a destino, por así decir, y aunque al salir con la espalda pegada a los muros de la caja prevé lo absurdo de una fórmula de cortesía en esas circunstancias, no puede evitar despedirse murmurando “Hasta luego, que tengas buen día”.
      Enfila por el consabido corredor entre el laberinto de mamparas de vidrio opaco que compartimentan las oficinas. Suele ser de los primeros en llegar y hoy no es la excepción. Los escritorios aún permanecen desiertos, sólo al fondo reconoce la cabeza de la contadora Morales nimbada por el resplandor del ventanal que mira hacia el boulevard. Podría preguntarle sobre el san bernardo, pero ella y él se han enfrascado en una guerra sorda a raíz de un rumor concerniente a cuál de los dos contará pronto con un despacho de alto ejecutivo. Tendrá que esperar a Mondragón, con quien comparte no lo que se dice una gran amistad sino la decrepitud atlética de los partidos de la liga de futbol de padres de familia que promueve la misma empresa. La otra noche hubo otro infartado. Deja el portafolios y la lonchera sobre el asiento ergonómico que está todo vencido. Camina hacia la ventana mirando a intervalos las microcámaras colocadas en el techo. Imagina que el staff de seguridad proporcionará alguna explicación respecto al san bernardo, aunque tampoco vio a ninguno de ellos abajo.
      Morales lo detecta y le dedica, a modo de saludo, un gélido asentimiento de cabeza. Se sitúa frente al vidrio a prudenciales metros de ella. Las miríadas de perros siguen enturbiando el panorama. Son centenares. Muchos se detienen y mean los árboles del paseo. Runflas de exaltados pretendientes se baten a dentelladas para ganarse el derecho a copular con los ejemplares en celo. Otros forman escoltas tras el trote rítmico de los más vigorosos. Juraría que ve salir del edificio al san bernardo, aunque no podría estar seguro, el acceso principal le queda en un ángulo ciego. Vuelve a su cubículo y enciende la computadora. Mientras sus compañeros comienzan a aparecer revisa su correo. La misma basura invasiva de costumbre. Una circular redactada con las patas convocando a una soporífera asamblea por la tarde, ya se lo había adelantado Mondragón. Los del piso de abajo están cagados en los calzones, nadie se salva de la “optimizante podadora”, como le encanta repetir con nefando sadismo a Julio Santillán, el CEO. Desecha varias comunicaciones spam. Abre otra ventana en el buscador y consulta las noticias, pero los diarios no mencionan nada acerca de los perros. Se concentra de nuevo en su correspondencia. Encabezando los mensajes no leídos de la bandeja de entrada ubica uno de Aurora Rodríguez. Lo abre con un pálpito. “Me gustó mucho tu abrazo. Quieres que hablemos de eso?” Y le propone reunirse a las cuatro de la tarde en una dirección específica de los suburbios. ¿Qué hacer?, se pregunta y, aun sentado, siente que se le aflojan las rodillas. Repica el teléfono fijo y él contesta, distraído. Sus pensamientos vagan en la fluorescencia que promete la fantasía de Aurora Rodríguez.
      —¿Damián?, soy Clarissa —él reacciona como una oruga fumigada con insecticida—. Estoy tratando de comunicarme al celular desde hace rato. ¿Lo tienes apagado?
      Se palpa el bolsillo y comprueba que se le ha olvidado encenderlo. Con todo el asunto de los perros. No puede parar de temblar.
      —Escúchame. Estoy con los niños en la escuela. Llamó la directora. Van a evacuar la ciudad, lo acaba de confirmar Protección Civil por la radio.
      A través del chisporroteo del auricular, se percibe una barahúnda de voces y ladridos.
      —Damián, pon atención. Es urgente, me oyes, urgente que subas ahora mismo a la camioneta y te reúnas cuanto antes con nosotros en la salida número catorce.
      De lo contrario, quedará atrapado en el cerco sanitario. Se ha decretado toque de queda a partir de la una y después nadie podrá entrar ni salir del perímetro acordonado. Las perreras municipales no dan abasto, muchos empleados han tenido que ser hospitalizados a consecuencia de las mordidas. En exclusivas zonas residenciales, bandas de encarnizados rottweilers, pitbulls y dogos argentinos se disputan el control territorial. Han matado y devorado a varias personas. No sólo transeúntes anónimos y ocasionales, también a sus propios amos.
      —La policía ya está interviniendo —silbatazos, el estruendo amortiguado de patrullas de policía, sirenas de ambulancia—. El ejército viene en camino, va a copar el centro histórico. Sal de inmediato.
      Restallan unos clics y teme que vaya a cortarse la llamada. Para contener la temblequera ha tenido que hacer ejercicios de respiración escudado en la mano que ahora tapa el micrófono.
      —¿Damián, sigues ahí?
      —Sí —retira la mano del teléfono—. Aquí sigo.
      —Te paso con Silvia, no entiendo qué quiere decirte.
      —¿Pa?
      —Sí, hija. Dime.
      —Lo bueno es que no se transforman.
      —¿Cómo?
      —Los mordidos. No se convierten en el mismo agente que los ataca, como las víctimas de los zombis y los vampiros en las películas.
      —…
      —Por supuesto, quedan expuestos a la rabia y a muchas otras infecciones. O a quedar amputados, pero no se transforman en perros.
      Clarissa ordena a Silvia que le devuelva el aparato. Discuten algo y luego la voz de Gerardo resuena por los orificios de plástico.
      —Sólo para despedirme rápido —dice sobreponiéndose a una recia secuela de ladridos—, mamá está muy nerviosa.
      —Cuídalas, Jerry. En mi ausencia tú eres el hombre de la casa. Los veré más tarde.
      —¿Papi?
      —¿Qué?
      —No te queba la menor duda —pese a su florido vocabulario Gerardo aún no ha aprendido a conjugar correctamente el verbo caber.
      —¿De qué hablas?
      —La CIA está detrás de todo esto. Siempre es culpa de la CIA.
      —¡Basta ya de sandeces! —a Damián no le cuesta imaginar el aspaviento perentorio con que Clarissa ha arrebatado el móvil a Gerardo—. Te esperamos entonces, Damián. Salida catorce. Mejor apúntalo, te noto muy distraído. Han asignado los números de salida de acuerdo a los códigos postales. Te pedirán tu identificación para cotejarlo. No te vayas a equivocar.
      —Espera —casi grita Damián contra el renovado bullicio de fondo—. Collins y Lady Recogida, ¿están con ustedes?
      —No –Clarissa rompe a llorar—. Después te explico —y cuelga.
      Damián se pone el saco, toma el portafolios y la lonchera. Lo gobierna una calma extraña y repentina, un bálsamo a la angustia atroz que parecía rajarle en canal el pecho durante la reciente conversación con Clarissa y los niños. Mira a su alrededor. Los que acababan de llegar, se han largado. Se apresura hacia el ascensor, con suerte ya no encontrará al san bernardo. Sin saber a ciencia cierta por qué, de pronto se apiada de Morales y vuelve sobre sus pasos para prevenirla. Cuando ya está cerca del rectángulo de claridad entre los paneles, y la silueta de la aborrecible compañera se perfila a contraluz inclinada sobre su escritorio, repiquetea el teléfono. La contadora atiende y, a un tiempo, hace un resuelto ademán para indicarle que se detenga. No suele ser susceptible, mucho menos tratándose de Morales. Supone que algún pariente o amigo la estará poniendo al tanto de lo que ocurre, aunque le resulta difícil aceptar que Morales pueda tener parientes e imposible concebir que alguien sea su amigo. Gira sobre sus talones y se precipita a zancadas hacia el rellano.
      Cruza corriendo el vestíbulo absolutamente desierto, pero al intentar trasponer la puerta giratoria se queda atascado con un mastín napolitano gris que lo tumba a lengüetazos. Se acurruca, muerto de pánico, para defenderse entre el vidrio y la alfombrilla del cilindro, levantando el portafolios. Pero su nuevo amigo, de imponente alzada, no depone la actitud cariñosa y le deja unos pegajosos colgajos de baba en los anteojos. La bestia ladea la cabezota con sus ojillos de por favor adóptame. Le lame a conciencia las orejas y a él le vuelve el dolor de la resaca de anoche. Se le intensifica a tal grado que teme su cerebro vaya a desintegrarse. Se incorpora o, mejor dicho, el mastín se aparta de encima y lo arrastra detrás suyo al empujar la hoja para salir. Afuera, el contacto con el aire caliente le transmite una sensación de asfixia. Termina de ponerse en pie, maldice, se sacude y limpia con un pañuelo desechable. Ve pasar a un precioso setter negro. Y a muchos otros perros. Más lejos tres galgos, los diminutos cráneos en los lomos curvados, emprenden una veloz carrera y en cuestión de segundos rebasan a todos. Receloso, rodea el edificio y baja por una puerta excusada al estacionamiento. Sólo hay tres autos, incluido el suyo y el de Morales. No tiene idea de quién será el otro. Enciende el Mazda y las luces. Hace rechinar los neumáticos cuando sube por la rampa y sale disparado. Salida número catorce. Salida número catorce, no debe dudarlo.
      ¿O Aurora Rodríguez? Esa perfecta desconocida de brazos y piernas largos. ¿Estará también ella huyendo en esos precisos instantes de los perros, nuestros miedos más tangibles? ¿O aguardará a que él acuda puntual a su cita? En cualquier caso, ¿por qué no tomar un breve desvío? Clarissa y los niños estarán bien. Con seguridad los conducirán a un enclave aislado y protegido, adonde no tengan acceso los perros, como en las películas ZV. Si viera antes a Aurora, podrían aclarar el asunto (¿cuál?). ¿Tenía las uñas pintadas, Aurora? No logra recordarlo. Pero… ¿en qué mierda está pensando? Salida número catorce. Salida número catorce. ¿O Aurora Rodríguez, sólo un momentito? La puta que lo parió. Hay que cuidarse de los perros. Hay que cuidarse de los abrazos.
      Ingresa al periférico y pisa a fondo el acelerador. A la derecha, un letrero anuncia la salida número catorce. La boca está flanqueada por vehículos policiales y del ejército. Poco más adentro, han instalado un retén con costales de arena y armas de repetición. Esparcidos en la cuneta hay varios cadáveres de perros. Damián sigue de largo y viola a sabiendas los límites de velocidad. Restriega las manos en el volante. Las lágrimas se le agolpan.
      Deja atrás, a la izquierda, otro letrero: RETORNO.

RELATO INCLUIDO EN DÍA FRANCO (TEXTOS DE DIFUSIÓN CULTURAL. SERIE RAYUELA, UNAM, 2016)

Ojo de diamante

Un relato breve, conmovedor y desconcertante a la vez, de Bohumil Hrabal (1914-1997), narrador checo que se hizo famoso en especial por la versión cinematográfica de una de sus mejores novelas, Trenes rigurosamente vigilados (1964, llevada al cine por Jirí Menzel en 1966). Otros de sus libros son Una soledad demasiado ruidosa (1977) y Yo que he servido al rey de Inglaterra (1971), novelas, y el libro de cuentos Los palabristas (1964), del que proviene “Ojo de diamante”. Toda su obra emplea al mismo tiempo el humor y una visión descarnada de la vida de la gente común, que en muchas ocasiones se convierte, como aquí, en narradora de sus propias historias, en las que los males del mundo son enfrentados con candor y persistencia.
      (Una nota: Podébrady era una ciudad balneario checa para enfermos de males cardiovasculares. Otras referencias a la vida en la antigua Checoslovaquia -en la que Hrabal padeció periodos de censura, de tal modo que parte de su obra se conoció primero en otros países- podrán entenderse más fácilmente.)

Bohumil Hrabal

OJO DE DIAMANTE
Bohumil Hrabal

El viajero puso su zapato en el estribo del vagón y alguien le cogió por el hombro. Se dio la vuelta y en el andén estaba un hombre maduro.
      —Señor, por favor, ¿va usted a Praga? —le preguntó.
      —A Praga —dijo el viajero.
      —Pues, por favor, tome a mi hija menor, Vendulka. En la estación de Praga la espera un ferroviario —dijo el padre, y puso en la mano del viajero la palma de una muchacha de unos dieciséis años.
       El jefe de estación tocó el silbato, y la revisora ayudó a la muchacha por la plataforma exterior del vagón, y después con su mano dio la señal de que el tren ya estaba preparado para partir. Y el jefe de estación levantó la banderola.
       El padre corría cerca del vagón y recomendaba:
      —Vendulka, ¡buena suerte! Y cuando todo haya pasado mándanos enseguida un telegrama, ¿me oyes?
      —Sí, papá —gritaba la muchacha—, ¡enseguida mandaré un telegrama!
       Y cuando el tren ya había pasado los semáforos de salida, el viajero abrió la puerta y, dentro de la corriente, se llevó a la muchacha hacia el pasillo del vagón. Seguía cogiéndole la mano, desconcertado.
       Desde el compartimento se oía una conversación:
      —En serio, todavía estábamos solteros y quería comprarme una camisa, pero no me la compró porque no sabía mi talla. De repente en la puerta se acordó y en medio de la tienda gritó: ¡Cuando quiero asfixiarlo, la mano se me queda así! Y el dependiente coge la cinta métrica y mide alrededor de sus manos y dice: ¡Talla cuarenta! Y la camisa, como ustedes pueden ver, me sienta requetebién…
       La puerta corredera se desplazó y del compartimento salió deprisa un viajero que gritaba risueño:
      —¡Matarla es poco! —gritaba, y con el puño iba golpeando la pared de madera del vagón. Cuando se hubo desquitado regresó al compartimento donde la misma voz proseguía:
      —Y yo me digo: Si el día de San Nicolás me sorprendió con la camisa, por Navidades la sorprenderé con un sombrero. Y pues voy a la tienda Nueva Moda y digo: ¡Quisiera aquel sombrero tan elegante del escaparate! Y Nueva Moda dice: ¿Por favor, qué talla? Y yo no la sabía pero hago memoria y digo: Una vez que nos peleábamos le di una cachetada a mi novia, sobre la cabeza, ¡e incluso ahora me acuerdo de la medida! Y Nueva Moda va sacando sombreros durante un rato y me los va poniendo debajo de mi palma hasta que digo: ¡Éste! Y lo puse debajo del árbol de Navidad y le sentaba como el culo a la bacinica.
       Y del compartimento salió de prisa el viajero calvo apretándose un pañuelo en la boca y ahogándose de la risa. Apartó a la muchacha y se colgó de la ventana un rato, como una toalla sobre una estufa, después volvió a golpear con el puño la pared del vagón y exclamó:
      —¡Matar a ese tío es poco! —se secó los ojos y regresó al compartimento.
       El viajero que todavía tenía a la muchacha cogida de la mano se decidió a entrar tras el calvo.
      —Señores —dijo la muchacha al entrar—, ¡me llamo Vendulka Kristová, y voy a Praga! —y tendió las manos y palpó delante de ella, tocó la cabeza rizada del bromista que también se presentó:
      —Yo me llamo Krása, Emil.
      —Y yo Václav Kohoutek —dijo el viajero calvo.
       El hombre que había llevado a la muchacha quiso tirar su cartera en el portaequipajes, pero tocó la cabeza del calvo.
      —¡Carajo! ¿No podría andar con más cuidado?
      —Perdón.
      —¿Han dado un golpe a alguien? —exclamó la muchacha. En eso mi padre es un experto. Yo suelo llevar las cartas al buzón y conozco mi camino como la palma de mi mano pero los malditos carteros pusieron el buzón dos casas antes, y yo me di un golpe en la frente con el ángulo de la caja metálica y me herí. ¡Pero en seguida di dos golpes al buzón con mi bastón blanco!
      —Siéntese aquí, cerca de la ventana —recomendó el hombre calvo secándose los ojos—, podrá ver el paisaje.
       La muchacha palpó el asiento, después la ventana. Sacó la palma horizontalmente como si quisiera comprobar si llovía, dijo contenta:
      —¡Que sol más hermoso!
       Y los viajeros callaron.
      —¿El señor de la estación era su padre? —le preguntó el viajero que la había llevado.
      —Sí, papá —asintió la muchacha—. Pero señores, ¡mi padre sí que es un caso! Todo el mundo tendría que envidiármelo. Mi padre es fruticultor y una vez, con su camioneta, pasó por encima de una vecina coja, la señora Dymácková, y tuvo que ir a juicio. Los enemigos de mi padre estaban contentos, Gracias a Dios el viejo Krista acabará en la cárcel o lo pagará caro. Pero la vieja Dymácková llegó corriendo al juicio, sin muletas, tan fresca y besó la mano de papá y le dio las gracias porque le había pasado por encima de una manera tan bonita que ya no estaba coja. Sólo es una pena, dijo, que no me hubiese pasado por encima treinta años antes, seguro que me hubiera casado.
      —¡Qué padre más espabilado! —alabó el del pelo rizado.
      —¿Verdad? —se reía Vendulka, y sacó la palma por la ventana, pero el tren entró en una curva y transportó el sol desde la ventana del compartimento a la del pasillo—. Se ha escondido el sol —dijo.
       Los viajeros se miraron entre sí y asintieron con sus cabezas.
      —¿Pero cómo es su padre? —preguntó poniendo su mano sobre la rodilla del bromista de pelo rizado.
      —Mi padre hace quince años que está jubilado, porque tiene el corazón más grande de toda Europa —dijo el rizado—, un corazón como un cubo, y desplazado hacia el centro del tórax…
      —Sólo que… —dudó el calvo.
      —¡Qué maravilla! —exclamó Vendulka.
      —Sí, papá tiene un contrato con la facultad, cuando muera su corazón pertenecerá a la universidad —proseguía el rizado—. Y eso que el corazón de mi padre lo querían comprar unos extranjeros, pero mi padre es patriota, y dijo que no. Mi padre tiene prohibido irse a bañar, coger aviones, viajar en trenes rápidos…
      —¡Ya sé! —gritó la muchacha—. Es para que el corazón famoso no se rompa ni se extravíe, ¿verdad? —gritaba palpando y apretando la mano del narrador rizado—. ¡Los padres como el suyo saben andar por la vida, como el mío!
      —Sí —dijo el viajero volviéndose más guapo—. A veces acompaño a papá a la facultad, allí lo desnudan y el señor profesor le hace rayas con lápices rojos y azules…
      —¡Sí, sí! —se alegró Vendulka—. Porque los lápices rojos son las arterias y los azules las venas, ¿no es así?
      —Sí —dijo el rizado escondiendo la mano de la muchacha entre sus palmas y prosiguió: —Y después llevan a papá a la sala y sobre él se inclinan los estudiantes y el profesor señala con un puntero a mi padre como si se tratase de una mapa hidrográfico, y explica y enseña, y después el profesor conecta a un megáfono el corazón de un estudiante… Pero eso no es nada, es como si tocasen un tamborcillo o como si la guardia con sus botas caminase por un pasillo de cuartel, pero después, cuando conectan el megáfono al corazón de mi padre…
      —¡Es como si se alejase la tempestad! —exclamó la muchacha—, ¡como si una roca rodase! Como si descargasen un camión de patatas en un sótano, como si tocase Emil Gilels, ¿verdad?
      —Exactamente —se extrañó el rizado y se pasó el dedo entre el cuello y la camisa.
      —¡Ay, queridos señores! —se alegró Vendulka—. Estoy muy contenta de estar aquí, con ustedes. ¿Verdad que alguien más tiene un padre famoso?
      Y el tren avanzaba paralelamente a la carretera y los viajeros miraban por la ventana, y allí, en la cuneta, vieron un anuncio, un gran corazón azul del cual salían dos fuentes con una inscripción debajo: “Para el corazón está Podébrady”, el aire del compartimento se impregnó de misterio.
      —El señor profesor Vondrácek ya no puede esperar el momento de entrar con el escalpelo al interior de un corazón tan extraordinario —dijo el rizado.
      —Me lo imagino —se reía la muchacha—. ¡Vaya cosa, otro corazón checo que se hará famoso!
      —Pero nadie llega a la suela del zapato de mi padre —dijo el calvo y bajó su cartera del portaequipajes.
      —Tiene toda la razón, pero hay que ver a mi padre. Estimados señores, ¡que bien baila! —Vendulka aplaudió—. En la fiesta mayor bailamos de punta a punta, y toda la sala nos rodea. Y papá obliga a tocar únicamente para él. ¡Pero lo que le ocurrió una vez! Cuando aún era pequeñita papa había pedido que tocasen “Blanco y rojo”, porque con aquella melodía él canta “Blanco y verde” porque nuestros futbolistas tienen el uniforme y la bandera verdes, como el Slávia, pero sólo de color verde. Y llegó un policía y dijo: ¡No se tocará “Blanco y rojo”! Y papá se sacó un billete de cien y se lo dio al director diciéndole: ¡“Blanco y rojo” se tocará! Y el policía: ¡“Blanco y rojo” no se tocará! Y de esta manera fueron subiendo de tono. Y papá lo terminó: ¡“Blanco y rojo” se tocará! Y ¡bum! en la nariz del policía. Para que lo sepan, queridos señores, aquel policía antes del golpe era muy feo, porque tenía la nariz desviada hacia la derecha. ¡Y que sangría! Y después papá bailó “Blanco y rojo” y cantaba: Blanco y verde, ése, ése quiero, y el vecindario estaba contento porque el viejo Krísta ¡aquella vez sí que había metido la pata! Pero cuatro meses más tarde, cuando se celebró el juicio, llegó un policía guapísimo y proclamó que deseaba aquel golpe en la nariz, que incluso lo había encargado y que daba las gracias a papá por el porrazo, porque le había desplazado la nariz hacia la izquierda y de ese modo la nariz le quedó en medio de su cara y que una rica heredera de buena familia se había enamorado del policía y todo terminó con una boda. Hasta hoy en día, durante la fiesta mayor, papá recibe una cesta de pasteles de parte del policía, y en invierno carne de la matanza del cerdo, ¡es una especie de carta de agradecimiento! —gritó Vendulka emocionadísima.
      —¿Quién lo diría? —consideró el viajero calvo—, un golpe en la nariz ha creado la felicidad de un hogar.
       Y se puso el abrigo.
      —¿A qué se dedica su padre? —le preguntó Vendulka.
      —Jovencita, ya no está en este mundo —dijo el calvo—, era un padre tan fabuloso, que hasta este momento no me he dado cuenta de lo fabuloso que era, en este momento en que ya no está en este mundo… Siempre trabajó en el turno de noche… Por la mañana la puerta chirriaba, mamá llenaba una palangana con agua hirviente y papá dejaba el casón en el patio…
      —¿Qué es el casón? —preguntó.
      —Era un gran pedazo de carbón que los mineros se llevaban a sus casas, en el abrigo tenían un gran bolsillo… Y después papá entraba, se desnudaba, mamá dejaba sobre el taburete un tazón de café, papá se lavaba, después se sentaba y se comía un pedazo de pan, se bebía el café y al mismo tiempo se sacaba los zapatos, y se calzaba los más nuevos, se vestía… Siempre lo hacía de tal manera que al terminarse el café se ponía la gorra e iba a jugar a cartas con sus amigos en Modrá hvezda, y yo al mediodía le llevaba la comida, él comía y seguía jugando. A las cuatro regresaba a casa, se tendía en el suelo para que se le estirase el esqueleto, tal como él decía. Y cuando ya había dormido suficientemente volvía al trabajo. Pero una vez mamá había preparado el agua hirviente…
       El tren reducía la velocidad y el viajero calvo dio la mano a Vendulka.
      —Jovencita, te deseo mucha suerte en la vida, pero yo me tengo que bajar —y salió al pasillo.
       El tren se paró. Vendulka palpó el pasador de cobre de la ventana y la abrió hacia abajo y gritaba hacia el andén de la estación de tren de pueblo:
      —¡Querido señor, termine de contármelo, querido señor!
      El viajero calvo se paró debajo de la ventana y prosiguió:
      —Mamá volvió a preparar el agua caliente, pero papá no llegó. Cuando el agua se enfrió salió a ver dónde estaba papá, y cuando abrió la puerta la pipa de mi padre se cayó al suelo…
       El tren retomaba su marcha y el viajero calvo corría al lado del vagón y contaba:
      —Y mamá cogió la pipa y se echó a llorar, cogió un abrigo y se fue corriendo hacia la mina… Papá había sido enterrado por una roca… Sus amigos habían venido a decírnoslo… pero habían tenido miedo… así es que pusieron la pipa contra la puerta y luego huyeron… pero, jovencita, ¿sabes que yo no he visto nunca a mamá durmiendo? Cuando yo me despertaba ella ya se había levantado… Cuando me iba a dormir aún estaba arreglando algo… La vi durmiendo… mucho más tarde… —gritaba el viajero calvo, se paró y resopló.
       Vendulka gritaba:
      —Estimado señor, perdóneme porque mi padre aún está en el mundo, ¡perdóneme, perdóneme!
       Y el tren cogió una curva y transportó el sol desde la ventana del pasillo hasta la del compartimento.
       Después de un rato el viajero que había llevado a la muchacha dijo:
      —Mi padre era curtidor de pieles y tenía una enfermedad que en aquellos tiempos era llamada gangrena de viejos, así pues, año tras año le cortaban un trocito de pierna, de forma que andaba en silla de ruedas, su distracción era cultivar rosas que se esparcían a lo largo de la pared del taller y aquellas rosas se llamaban marsalka y eran amarillas. Y papá las cortaba y sólo él las podía cortar, y sólo para la iglesia o para las señoritas. Pero abrieron una calle que atravesaba nuestra pared y arrancaron las marsalka y papá casi se muere del disgusto. Pero encontró otra distracción. Iba a la curva de la muerte y dirigía el tráfico. Al principio con las manos, y después con una banderita. Desde la mañana hasta la noche, incluso cuando llovía. Yo, con un alambre, tenía que atar un paraguas a su silla. Y así durante ocho años… Cuando se murió, al lado de la pared del cementerio había un centenar de camiones aparcados y la curva de la muerte estaba cubierta de flores hasta esta altura.
      —¿Hasta qué altura? —preguntó Vendulka.
      —Hasta aquí —dijo el viajero y levantó la palma de la muchacha y añadió: —Y cuando en aquella curva hubo de nuevo accidentes, pues instalaron dos grandes espejos…
      —¡Dios mío! ¡Usted también tiene un padre famoso! —exclamó— ¡Un padre que se ha transformado en dos espejos!
       Y los viajeros se miraron entre sí y después miraron por la ventana y el tren entraba en una ciudad, y de las esquinas de las calles colgaban dos espejos grandes y redondos, como unos quevedos gigantescos, y los espejos pasaban de un lado a otro la imagen de la curva con poca visibilidad.
       El aire del compartimento se llenó de misterio.
      —Su padre allí, en la estación, estaba muy delgado… —dijo tosiendo el viajero que había acompañado a la muchacha.
      —Ya lo creo —exclamó—, ¡pero si lo hubiesen visto hace un año!, ¡estaba gordo como un globo! Y tenía el corazón rodeado de grasa, el hígado roto y también el estómago y los riñones. Mamá decía: Las consecuencias de una vida desenfrenada. Y el médico le prescribió un régimen, pero papá estaba débil porque le gustaba mucho la manduca. Una herbolaria le dijo que si no tenía voluntad, sólo podía conseguirlo injuriando muy gravemente a la policía. Y ¡qué suerte!, detuvieron a papá y, mientras hacían el informe, papá iba dictando todas las injurias que había dicho, y además lo firmó. Y le cayó medio año, y los enemigos de papá estaban contentos porque Gracias a Dios Krísta, el dandy, ya no nos provocará más. Pero papá regresó medio año después, delgado como un estudiante y enseguida convocó una conferencia en U Vence e invitó a todo el mundo y dijo: ¡Hey!, ustedes, tarugos, ¡estar en la cárcel supera a todos los balnearios del mundo! ¡Fíjense, y encima me he ganado dos mil coronas! ¡Y estoy sano como un toro! Y papá cogió un botón de su abrigo e hizo así, para demostrar lo grande que le quedaba, y los vecinos, gordos como globos, tuvieron que reconocer que nadie le llegaba a la suela del zapato… Pero, queridos señores, si no les ofende, les invito a nuestro pueblo, Hradcana, cada jueves hay baile, ¡vengan a mover el esqueleto! Pero dentro de dos meses, ¿de acuerdo?
      —¿A bailar? —se asustó el rizoso.
      —A bailar, ¡porque yo ya soy mayor de edad! Y el médico me dijo que cuando tuviese dieciséis años me operaría. ¡Y va a operarme esta semana! Y después incluso yo veré ese mundo tan maravilloso. Veré a las personas, y las cosas, y los paisajes, y mi trabajo. ¿Serán bonitas las cestas de mimbre que hago? Estimados señores, ¡el mundo tiene que ser una maravilla!
      —¿Usted lo cree? —hizo una mueca el hombre que la había acompañado.
      —¡Ya lo creo! ¡Tiene que ser maravilloso! —gritó Vendulka—. Porque en el instituto trabaja un muchacho llamado Ludvík y justamente antes de llegar allí estaba desgraciadamente enamorado y con un bolígrafo se rascaba por debajo de los párpados, hasta que el médico le dijo: Oye, si lo vuelves a hacer, ya no verás nunca más este mundo tan maravilloso. Y Ludvík dijo que ya no quería tener nada en común con ningún mundo maravilloso. Y volvió a rascarse con el bolígrafo por debajo de los párpados. Ahora hace cestas de mimbre, pero echa muchísimo de menos el mundo y aúlla como un perro cerca de su casita… ¡Ay, este mundo tiene que ser tan maravilloso como el corazón de su padre, un corazón tan grande como un cubo! Tan maravilloso como su padre, que se transformó en dos espejos redondos en la curva de la muerte. Queridos señores, dentro de dos meses veré, ¿vendrán a bailar conmigo para celebrarlo?
      La puerta del compartimento se abrió:
      —Boletos, por favor —dijo la joven revisora bostezando de aburrimiento.

El presidente

El estadounidense Donald Barthelme (1931-1989) fue en su día uno de los narradores más influyentes y polémicos de su país. También fue un adelantado: mucho de lo más interesante del cuento actual se acerca a lo escrito por él. Lejos de conformarse con contar una historia de modo rápido y eficaz, sus cuentos experimentan con la forma de la narración breve y dejan de lado muchos de los detalles “verosímiles” que se aprenden a esperar de narraciones convencionales. Un narrador actual afín a su humor (también una constante de su trabajo) podría ser Etgar Keret: en ambos hay los mismos sucesos desconcertantes y afincados en lo aparentemente cotidiano.
      “The President” fue publicado en 1964 en la revista The New Yorker y luego en el libro Unspeakable Practices, Unnatural Acts (1968); la traducción que se reproduce aquí con unas pocas modificaciones es la de José Manuel Álvarez y Ángela Pérez para la versión en español del libro, publicada por Anagrama en 1972. El presidente que aparece en la historia –impreciso, acaso inapropiado para el puesto, y a cuyo alrededor ocurren pequeñas, extrañas catástrofes– puede acercarse, aunque sea sólo por azar, a gobernantes actuales…

Donald-Barthelme-in-1964-002

EL PRESIDENTE
Donald Barthelme

A mí no me cae del todo simpático el nuevo Presidente. Es, sin duda, un tipo extraño (sólo mide un metro veinte hasta el hombro). Pero ¿basta con decir extraño? Se lo dije a Sylvia: «¿Basta con decir extraño?» «Te amo», dijo Sylvia. Yo la miré con mis ojos cariñosos y cálidos. «¿Tu pulgar?», dije. Uno de sus pulgares era un desastre de cicatrices de pequeños arañazos. «Las tapas de las latas de cerveza», dijo. «Es un tipo extraño, desde luego. Tiene algún carisma mágico que hace que la gente … » Paró y empezó de nuevo. «Cuando la banda inició su himno de batalla “Struttin’ with Sorne Barbecue”, yo precisamente… no puedo… »
      La oscuridad, la extrañeza y la complejidad del nuevo Presidente han conmovido a todo el mundo. Ha habido gran cantidad de desmayos últimamente. ¿Es culpa del Presidente? Yo estaba sentado, me acuerdo, en la fila EE del City Center; la ópera era El Príncipe Gitano. Sylvia cantaba, con su vestido de gitana verde y azul, en el campamento. Yo estaba pensando en el Presidente. ¿Es el adecuado, me preguntaba, para este período presidencial? Es un tipo extraño, pensaba… no como los otros Presidentes que hemos tenido antes. No es como Garfield. Ni como Taft. Ni como Harding, Hoover, ni como ninguno de los Roosevelts ni como Woodrow Wilson. Vi entonces una dama que estaba frente a mí, con un niño en brazos. La toqué en el hombro. «Madam», dije, «creo que su niño se ha desmayado.» «¡Charles!», gritó ella, moviendo la cabeza del niño como si fuese la de una muñeca. «Charles, ¿qué te ha pasado?» El Presidente sonreía en su palco.
      «¡El Presidente!», le dije a Sylvia en el restaurante italiano. Ella alzó su vaso de vino cálido y rojo. «¿Crees que le gusto? ¿Que le gusta mi modo de cantar?» «Parecía complacido», dije yo. «Sonreía.» «Una campaña fulgurante y triunfal, según mi opinión», afirmó Sylvia. «Fue un brillante triunfo», dije yo. «Es el primer Presidente que tenemos procedente del City College», dijo Sylvia. Un camarero se desmayó detrás de nosotros. «¿Pero es el adecuado para este período presidencial?», pregunté yo. «Nuestro período no es quizás tan especial como el período anterior, aunque… »
      «Piensa mucho en la muerte, como toda la gente del City», dijo Sylvia. «El tema de la muerte destaca mucho en su pensamiento. He conocido a muchos individuos del City, y esta gente, con escasas excepciones, está atrapada por el tema de la muerte. Era como una obsesión.» Unos camareros llevaban a su compañero desmayado a la cocina.
      «La historia futura calificará este período como un período de tentativas y de incertidumbre, según creo», dije. «Una especie de paréntesis. Cuando él pasa en su limusina negra de capota plástica veo a un muchachito que ha hinchado una enorme pompa de jabón que lo ha atrapado. El aspecto de su cara… » «El otro candidato quedó eclipsado por su exotismo, su novedad, su pequeñez y su enfoque filosófico del problema de la muerte», dijo Sylvia. «El otro candidato no tuvo ni una oportunidad», dije yo. Sylvia ajustaba sus velos verdes y azules en el restaurante italiano. «No había ido al City College y no había estado sentado por las cafeterías discutiendo sobre la muerte», dijo ella.
      Como digo, no me cae bien del todo. Hay ciertas cosas relativas a él que no están claras. No logro descubrir lo que está pensando. Cuando ha acabado de hablar no puedo nunca recordar lo que ha dicho. Sólo me queda una impresión de extrañeza, de oscuridad… En la televisión, su rostro se ensombrece cuando se menciona su nombre. Es como si le asustase oír su nombre. Entonces mira fija y directamente hacia la cámara (mirada de actor sustituido) y comienza a hablar. Sólo se oyen cadencias. Los informes periodísticos de sus discursos tan sólo dicen siempre que «tocó una serie de materias del campo de la…» Cuando ha acabado de hablar parece nervioso y triste. La cámara da fe de una desdibujada imagen del Presidente que permanece rígido, con los brazos colgando a los lados, mirando a derecha e izquierda, como si aguar¬dase instrucciones. Por otra parte, el apuesto progresista que se enfrentó a él, todo celo y proyectos, fue derrotado por un fantástico margen.
      La gente anda desmayándose. En la calle Cincuenta y siete, una jovencita se desplomó mientras caminaba frente a Henri Bendel. Me llevé una sorpresa al ver que sólo llevaba un liguero bajo el vestido. La levanté y la metí dentro del almacén con ayuda de un mayor del Ejército de Salvación: un hombre muy alto con un mechón de pelo naranja. «Se desmayó», dije al supervisor. Hablamos sobre el nuevo Presidente, el mayor del Ejército de Salvación y yo. «Le diré lo que yo pienso», repuso él. «Yo creo que algo tiene guardado en la manga de lo que nadie sabe una palabra. Creo que él lo está ocultando. Uno de estos días …» El mayor del Ejército de Salvación me estrechó la mano. «No quiero decir que los problemas con que él se enfrenta no sean tremendos, aterradores. La terrible carga de la Presidencia. Pero si alguien… un hombre cualquiera … »
      ¿Qué es lo que va a pasar? ¿Qué es lo que está planeando el Presidente? Nadie lo sabe. Pero todo el mundo está convencido de que él lo resolverá. Nuestra agobiada época desea sobre todo llegar al meollo del problema, poder decir, «Aquí está la dificultad.» Y el nuevo Presidente, ese hombre pequeño, extraño y brillante, parece lo bastante contaminado y afanoso como para llevarnos hasta allí. Entre tanto, la gente se desmaya. Mi secretaria se desplomó en medio de una frase. «Señorita Kagle», dije. «¿Se encuentra bien?» Llevaba una ajorca de pequeños círculos de plata. En cada uno de los. pequeños círculos había una inicial:@@@@@@@@@@@@@@.
      ¿Quién es ese «A»? ¿Qué significa en su vida, señorita Kagle?
      Le di agua mezclada con un poco de brandy. Yo pensaba en la madre del Presidente. Se sabe poco de ella. Se ha presentado de varias formas:

      Una pequeña dama, metro cincuenta y ocho, con una lata.
      Una gran dama, dos metros quince, con un perro.
      Una maravillosa anciana, metro treinta, con un espíritu indomable.
      Un saco maloliente y viejo, dos metros tres, desfondado a causa de una operación.

      Se sabe poco acerca de ella. Podernos estar seguros, sin embargo, de que las mismas complicaciones abominables que nos obsesionan a nosotros la obsesionan también a ella. Copulación. Extrañeza. Aplauso. Debe estar contenta de que su hijo sea lo que es: amado y contemplado, una especie de esperanza para millones de personas. «Señorita Kagle. Bébalo. La hará reponerse, señorita Kagle». La miré con mis ojos cariñosos y cálidos.
      En Town Hall, me senté a leer el programa de El Príncipe Gitano. Fuera del edificio ocho policías montados se desplomaron en bloque. Los bien adiestrados caballos posaron delicadamente sus patas entre los cuerpos. Sylvia estaba cantando. Decían que un hombre pequeño jamás podría ser presidente (medía sólo un metro veinte hasta el hombro). Este período no es el que yo hubiese elegido, pero me ha elegido él a mí. El nuevo Presidente debe tener determinadas intuiciones. Estoy convencido de que tiene esas intuiciones (aunque estoy seguro de muy pocas cosas que se refieran a él; tengo reservas, no estoy seguro). Podía hablarles del viaje de su madre durante el verano, en 1919, al Tibet occidental –sobre los elegantes y el oso rojo, y lo que le dijo al jefe Pathan instándole furiosa a mejorar su inglés si no quería dejar de pertenecer a su servicio– pero, ¿qué clase de conocimiento es éste? Permítanme que en lugar de eso haga notar su pequeñez, su rareza, su brillantez, y decir que esperamos de él grandes cosas. «Te amo», dijo Sylvia. El presidente pasó a través del ruidoso telón. Aplaudimos hasta que nos dolieron las manos. Gritamos hasta que los empleados encendieron las luces para obligar a que se guardara silencio. La orquesta comenzó a tocar. Sylvia cantó su segundo número. El presidente sonreía en su palco. Al final, toda la compañía resbaló cayendo al foso de la orquesta en una gran masa desmayada. Vitoreamos hasta que los empleados rompieron nuestras papeletas.

Barcos entre la niebla

Hace poco, una conversación en Twitter dio lugar a un juego: imaginar una “Liga Mexicana de Personajes Extraordinarios” a la manera de que se presenta en las novelas gráficas de La liga extraordinaria de Alan Moore y Kevin O’Neill.
Ahora, José Luis Zárate me ha enviado la narración que sigue: una pequeña viñeta de esa liga imaginada. Aquí la dejo para que la disfruten.

[fusion_builder_container hundred_percent=”yes” overflow=”visible”][fusion_builder_row][fusion_builder_column type=”1_1″ background_position=”left top” background_color=”” border_size=”” border_color=”” border_style=”solid” spacing=”yes” background_image=”” background_repeat=”no-repeat” padding=”” margin_top=”0px” margin_bottom=”0px” class=”” id=”” animation_type=”” animation_speed=”0.3″ animation_direction=”left” hide_on_mobile=”no” center_content=”no” min_height=”none”]

La Liga Mexicana (dibujo de Bernardo Fernández Bef)
La Liga Mexicana (dibujo de Bernardo Fernández Bef)

BARCOS ENTRE LA NIEBLA
(Un breve relato de La Liga)
José Luis Zárate

—Se les patea y ya —dijo el Xanto.
—Sólo a los espectros que creen ser corpóreos se les puede lastimar —dijo Kustos, casi para sí—. Eso explica los fantasmas suicidas de Plarancardo El Chico… Los de Plarancardo El Grande son otra cosa.
Mijangos no dejaba de apuntarles. Ella misma sabía que era un gesto inútil ante siluetas transparentes pero la pesada arma era una especie de amuleto: la promesa de que fueran lo que fueran esas cosas negras que se acercaban encontrarían resistencia.
—¿Dónde están los demás? —masculló, aunque la verdad la única ayuda sería la de la Nina Complot. Fulvio siempre estaba estaba demasiado ocupado tratando de ligárselas, y Saint-Germain ligándose a Fulvio.
El Xanto, hombre de acción, se arrancó la camisa y saltó sobre los espectros. Los atravesó y cayó pesadamente en el polvo. Mientras trataba de aplicarle una llave a algo que no se podía aferrar otras siluetas se acercaron a ellos.
No eran grises, era como si las iluminara un sol muerto, una tormenta. Eran tristes y murmuraban.
Gaspar Dódolo fue a su encuentro. Escuchó, comprensivo. Sacó un mapa y les indicó una ruta. Les indicó que continuaran su camino y fue por el Xanto.
—No son enemigos, ni esbirros del Hombre de los 50 Libros —explicó—. Estaban perdidos, como nosotros. Sólo deseaban indicaciones. Querían llegar a Comala.
—¿Comala? —preguntó Kustos— ¿Vale la pena ir ahí?
—Espero que nunca la encuentres: es más triste que Plarancardo El Chico donde, dicen, hasta los fantasmas se suicidan.[/fusion_builder_column][/fusion_builder_row][/fusion_builder_container]

Teoría del cangrejo

He aquí una rareza de Julio Cortázar: un texto experimental que, como indica su título, se aleja cada vez más de un posible final en vez de acercarse. Yo sabía que “Teoría del cangrejo” fue citado en un artículo de Helena Beristáin (“Enclaves, encastres…”, en Acta Poética núm. 14-15, 1993-1994. México, UNAM, pp. 265-266) y recogido de allí por Lauro Zavala para el tomo IV de su antología Teorías del cuento (UNAM, 1998). A pocos minutos de publicada esta nota, desde Facebook escribió Sergio Arroyo para decir que el cuento fue publicado inicialmente en 1970 en la revista española Triunfo.
Gracias a Sarai Robledo y a Omar por la transcripción.

TEORÍA DEL CANGREJO
Julio Cortázar

Habían levantado la casa en el límite de la selva, orientada al sur para evitar que la humedad de los vientos de Marzo se sumara al calor que apenas mitigaba la sombra de los árboles. Cuando Winnie llegaba

Dejó el párrafo en suspenso, apartó la máquina de escribir y encendió la pipa. Winnie. El problema, como siempre, era Winnie. Apenas se ocupaba de ella la fluidez se coagulaba en una especie de

Suspirando, borró en una especie de, porque detestaba las facilidades del idioma, y pensó que ya no podría seguir trabajando hasta después de cenar; pronto llegarían los niños de la escuela y habría que ocuparse de los baños, de prepararles la comida y ayudarlos en sus

¿Por qué en mitad de una enumeración tan sencilla habría como un agujero, una imposibilidad de seguir? Le resultaba incomprensible, puesto que habría escrito pasajes mucho más arduos que se armaban sin ningún esfuerzo, como si de alguna manera estuvieran ya preparados para incidir en el lenguaje. Por supuesto, en casos así lo mejor

Tirando el lápiz, se dijo que todo se volvía demasiado abstracto; los por supuesto, los en esos casos, la vieja tendencia a huir de situaciones definidas. Tenía la impresión de alejarse cada vez más de las fuentes, de organizar puzzles de palabras que a su vez

Cerró bruscamente el cuaderno y salió a la veranda.

Imposible dejar esa palabra, veranda.

cangrejo