Invitación: #LimaFicción y mucho más en la Feria del Libro de Lima

Pues bien, aquí va la invitación: muy pronto estaré en la Feria Internacional del Libro de Lima –dedicada a México a este año– en varias actividades. Si están por allá, me encantaría verles. Y si difunden esta información se los agradeceré mucho.

[Y si les interesa participar en #LimaFicción, un juego colectivo de escritura en línea…, sigan leyendo.] 😉

He aquí por dónde andaré:

JUEVES 3 DE AGOSTO

  • 20:00 / Presentación de la revista Libros & Artes, cuyo número más reciente, doble, está dedicado a Juan Rulfo. El evento será en el auditorio Clorinda Matto de Turner.

VIERNES 4 DE AGOSTO

  • 15:00 / Conversatorio: “Minificción: la novela mutante”, dentro de las Jornadas Peruanas de Minificción en el auditorio Ciro Alegría. Carlos Saldívar y yo hablaremos acerca de los cuentos brevísimos que, enlazados unos con otros, pueden convertirse en historias más largas y complejas.
  • 18:00 / #LimaFicción, un juego de escritura colectiva por Twitter. Será en vivo, en el auditorio Jorge Eduardo Eielson, pero podrá participar cualquier persona, desde donde esté, usando el hashtag. Todos escribiremos microtextos usando pies creativos que seleccionaremos en el momento. Creo que se puede poner divertido… Una convocatoria detallada está aquí.

Un video sobre #LimaFicción y minificción en general:

 

 

SÁBADO 5 DE AGOSTO

  • 18:00 / Conversatorio sobre los 100 años de Juan Rulfo, con Cristina Rivera Garza y Julio Ortega, en el auditorio César Vallejo. (¿Qué más decir de aquel enormísimo autor mexicano? Entérense yendo a la charla, y participando, cómo no…)
  • 20:00 / Conversatorio: “Las formas del horror”, en el que Daniel Salvo, José Güich Rodríguez y yo hablaremos de cómo nos asustan las muchas formas de la literatura de imaginación. (Y cómo, además, nos invitan a contemplar la realidad de otro modo, para asustarnos un tanto más.) Esto será dentro del Café Cultural El Dominical – FIL Lima 2017, en el auditorio Jorge Eduardo Eielson.

Todo esto será en las instalaciones de la Feria del Libro, que están el Parque de los Próceres de la Independencia, en Jesús María, ubicado en la cuadra 17 de la Av. Salaverry, en la ciudad de Lima.

Más detalles en el sitio de la Feria.

Y allá nos encontramos.

Muchas gracias a Jade García y todos en la Cámara Peruana del Libro, Paola Moran y toda la organización de la delegación mexicana, Alessandra Miyagi Fukushima, Julio Cesar Zavala Vega, Beto Benza, Rony Vasquez Guevara y Juan Casamayor. ¡Qué gusto será volver a Lima!

Un cartel promocional de la Feria Internacional del Libro de Lima

 

Cartas para Lluvia

Novela para niños. Uranito, 2017

Cartas para Lluvia es la primera novela para niños publicada por Alberto Chimal. Es una historia breve y rápida: sus temas centrales son la amistad, el cariño, la necesidad de la tolerancia y la forma en que la vida puede ser afectada por el conocimiento del pasado y a la vez por la imaginación y la fantasía: las promesas de algo todavía por ocurrir.

De la contraportada:

Lluvia es una niña con una vida que podría parecer normal: va a la escuela, se enfrenta con compañeras que la molestan, tiene una amiga fiel y también una mamá que la quiere, aunque no siempre estén de acuerdo en todo.

Sin embargo, cada cierto tiempo le ocurre algo extraordinario: sin que sepa cómo, le llegan cartas. Mensajes escritos por su padre, al que nunca ha visto.

¿De dónde vienen estas cartas? ¿Son ciertas las historias que cuentan? ¿Podrá Lluvia descubrir la verdad sobre su origen, y el de ella misma?

Ilustraciones de Anabel López Cabrera.

Notas sobre Cartas para Lluvia

Cinco novelas para escapar (o no) del mundo

En lo que va del año, todo lo publicado en los medios alrededor de la nueva presidencia de Estados Unidos ha causado (sobre todo durante el mes de febrero) tal desconcierto y miedo que ha sido fuente de auténtico malestar en muchas personas y, de tan abundante, ha sepultado las noticias que más importan –por no hablar de sucesos que no tienen que ver directamente con aquel país– entre numerosos contenidos frívolos o sensacionalistas. Y aparte están, aún, el ruido y la desinformación sobre cualquier otro tema que ya son habituales en la redes.

En todo esto, me parece, hay un peligro real: el de perder el control de nuestra percepción del mundo, cederlo a esas fábricas de estímulos. El riesgo está en la obsesión con esas informaciones: en el sometimiento a una rutina de indignación o desahogo superficial (de incontables indignaciones y desahogos) que nos impida ver cualquier otra cosa ni pensar en el mundo más allá de las reacciones inmediatas a los nuevos escándalos del día.

Para informarnos mejor (en la medida en que eso sea posible) se puede intentar leer de manera más crítica y profunda el alud de los acontecimientos. Y para lograr eso, me parece, hay una herramienta a disposición, por lo menos, de las personas a las que le gusta leer: las novelas. En especial, novelas extensas, intrincadas, densas.

No me refiero a “libros que atrapen” al lector (en realidad eso es facilísimo, aunque se venda como una gran hazaña) sino a libros que propongan un mundo propio, reconocible, consistente, con mucha claridad y muchos detalles: un entorno que puede “explorarse” durante un tiempo prolongado, comprenderse y figurarse con ayuda de la imaginación, y que sea claramente distinto de la imagen del mundo que nos ofrece cualquier burbuja informativa. No se trata de que las lecturas sean escapistas (aunque no está mal escapar de vez en cuando, por ejemplo, de una sobredosis de “este tipo loco o maligno o ambas cosas a la vez va a acabar con el mundo y no hay nada que nadie pueda hacer para evitarlo”); se trata, sobre todo, de que nos ayuden a comprobar que hay otras formas de representarnos la existencia, y de que en ellas podamos encontrar modos de poner en perspectiva el bombardeo informativo de la actualidad.

La lista que viene a continuación es de cinco libros útiles para este fin y que, además, hablan del poder de diferentes formas.

Kalpa imperial de Angélica Gorodischer (1983).

Aunque difundido inicialmente como un libro de cuentos en dos partes, la autora –gran narradora argentina– prefiere considerarlo una novela. Es una historia que contiene muchas otras historias: en un lugar indeterminado de una ciudad, un narrador oral cuyo nombre no se revela nunca cuenta historia tras historia de su país, un imperio vasto y antiguo en el que ha habido guerras, traiciones, catástrofes, revoluciones y, a la vez, la vida simple de la gente perdura. Es una novela fantástica en la que no ocurre nada sobrenatural: el imperio no está en ningún mapa, pero podría ser casi cualquiera de los que se conocen de la historia del mundo.

Yo serví al rey de Inglaterra de Bohumil Hrabal (1971, también conocido con el título Yo que he servido al rey de Inglaterra).

La obra narrativa de Hrabal, novelista checo, es menos apreciada de lo que merece en la actualidad. Yo serví al rey de Inglaterra es una novela muy representativa de esa obra, pues muestra a personajes grotescos y sucesos estrambóticos pero al mismo tiempo los trata con una intuición sorprendente de la humanidad de unos y la trascendencia de otros. La historia es la de un tonto, llamado Ditie, que va ascendiendo por la Checoslovaquia del siglo XX –pasando por la ocupación nazi– hasta convertirse en millonario. Nadie se salva de ser mirado (y juzgado) por este personaje bestial y al mismo tiempo entrañable.

 

Noticias del imperio de Fernando del Paso (1987).

Esta es la novela que convirtió a las cabezas visibles de un ejército que invadió México a mediados del siglo XIX, coludido con lo peor de las élites locales de la época, en personajes populares de este país, figuras románticas, casi héroes de telenovela.  Maximiliano de Habsburgo, y más todavía su esposa, Carlota de Bélgica, son protagonistas de una recreación minuciosa México durante la Segunda Intervención Francesa y el Segundo Imperio Mexicano, que del Paso describe desde múltiples puntos de vista. La novela contiene muchísimos episodios humorísticos, patéticos o terribles, y su tono finalmente es trágico: la instauración del Imperio es una locura que sólo causa la destrucción.


Jonathan Strange y el señor Norrell de Susanna Clarke (2004).

Esta novela de ambiente inglés y aristocrático recrea el periodo de las Guerras Napoléonicas, al comienzo del siglo XIX, como podría haber sido de haber existido magia en el mundo y la Historia que conocemos. Dos magos rivales –Norrell y Strange– dividen a su país luego de su intervención en diversos asuntos, incluyendo batallas navales y en tierra, y su enfrentamiento los encamina a una catástrofe a medida que se ponen a experimentar con fuerzas que no comprenden del todo. Los personajes están descritos con gran minuciosidad, y en su versión original Clarke reproduce, también, giros y términos del idioma inglés de ese tiempo.


El brujo del cuervo de Ngugi wa Thiong’o (2006).

Ngugi, autor nacido en Kenya, candidato constante al Premio Nobel, se inventa un país entero: la nación africana de Aburiria, profundamente corrompida por el régimen de un dictador. Violento, perverso, y sobre todo mentiroso, el soberano extraña el pasado colonial (en el que podía hacer realmente cualquier cosa, apoyado por sus amigos occidentales) tiene por sus peores enemigos a una activista y su esposo, un curandero falso que, pese a ello, es un estupendo sanador.  Su enfrentamiento se cuenta como una narración oral y está lleno de episodios rarísimos, justamente como los que hay en tantos relatos antiguos de África.

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Hechas estas recomendaciones hay que decir lo siguiente:

  1. Por supuesto, hay muchos libros más que pueden invitar a la lectura atenta y laboriosa que éstos proponen.
  2. Por supuesto, descontaminarse del mundo puede ser muy necesario, pero nunca es suficiente. También hay que volver a él y actuar. Poquísimas personas lo intentan y es de las grandes necesidades del presente.
El brujo del cuervo. Ilustración de Dan James. (fuente)

#Escritura2017: Tres ejercicios para crear personajes

Durante varios años, aquí en Las Historias aparecieron periódicamente ejercicios de escritura (todos los cuales se pueden ver en el archivo del sitio). Ahora que estamos con el proyecto #Escritura2017, además de publicar ejercicios nuevos haré selecciones de los ya existentes, pensando en que pueden ser de utilidad. Aquí está la primera de esas selecciones: tres ejercicios para crear personajes a partir de imaginar partes del pensamiento –la vida interior– de los mismos.
      Las instrucciones de cada ejercicio se dan en los enlaces:

  1. ¿Cómo alteran los celos la percepción de un personaje? Las emociones influyen en nuestros actos y nuestros pensamientos. Y más aún las emociones fuertes.
  2. ¿Dónde encuentran la belleza nuestros personajes? Puede no ser donde la encontramos nosotros: puede ser en el arte pero también en el futbol, en la publicidad y casi en cualquier sitio, y conocer en dónde nos permite conocerlos mejor.
  3. Si un personaje fuera escritor, ¿qué escribiría? Este ejercicio invita a imaginar parte del pensamiento de un personaje, que por supuesto se manifestaría en sus escritos, si éstos existieran, igual que nuestro pensamiento se manifiesta en todo lo que nosotros escribimos.

Y como extras:

  1. Una nota más: algo sobre la teoría de la fisura del novelista Georges Simenon, útil para imaginar personajes a partir de sus defectos.
  2. Y un video reciente: una conversación sobre cómo perder el miedo a escribir (a la famosa página en blanco) transmitida inicialmente en Periscope.

Ojalá todo esto les pueda ser útil.

20 consejos para escribir novela

He aquí 20 sugerencias de escritura que pueden ser útiles, en especial, para personas que comienzan a escribir novela. Tienen que ver con cómo organizarse para la escritura, qué errores evitar y cuáles estrategias emplear incluso aunque su utilidad no parezca obvia. Además, hay consejos sobre la escritura narrativa en general. Y, para variar, todo viene en video:

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Este año, mi esposa, Raquel Castro, y yo hemos estado haciendo estos y otros videos: transmisiones por un canal de Periscope (los martes, alrededor de las 9:00 pm, hora de la ciudad de México), y #ListasRápidas: cortos de divulgación por un canal de YouTube. No pretendemos compararnos con los booktubers –que actualmente hacen una labor sin precedentes de difusión de la lectura–, pues además de que nuestros videos tienen otro formato, entre Raquel y yo tenemos la edad de cuatro o cinco de ellos, así que somos de lo que este otro video define como la “vieja guardia”.
      En todo caso, hay espacio para todos en la red. Ojalá estos consejos puedan servir.
      Y, como se dice, agradeceremos sus visitas, sus “me gusta” y sus suscripciones: sus donaciones de dopamina para la vida virtual, pues. 😉

Ignacio Padilla (1968-2016)

El mes pasado, tras un accidente automovilístico, murió el escritor mexicano Ignacio Padilla. Su muerte fue un golpe duro para muchos de nosotros. Me pidieron un texto sobre él, que apareció hace unos días en el sitio de la revista World Literature Today, en traducción de mi querido amigo George Henson. Dejo aquí la versión en español.

Ignacio Padilla

 

Muchos le decíamos “Nacho” a Ignacio Padilla: es el hipocorístico tradicional de su nombre, el apelativo cariñoso, pero lo empleaban no sólo sus familiares y amigos más cercanos, sino también alumnos, admiradores, colegas, lectores. Nacho Padilla caía bien: se sentía cercano. Su obra –a pesar de ser erudita, cerebral, extraña– también se volvía entrañable: lectores que hubieran rechazado textos más complacientes de otros autores se entregaban con placer a los de Nacho y encontraban, sin fallar, lo mejor de cada uno de ellos.

Nada de lo anterior es poca cosa: un autor como él siempre será raro, inusual en el ambiente de los escritores, y lo era más todavía en el México de los últimos años. Tal vez por el influjo la violencia que nos rodea, acá se ha vuelto “normal” que ciertos colegas sean –o parezcan– personas fatuas o agresivas, que ostenten semejantes cualidades en su vida pública y de hecho tengan admiradores precisamente por ellas: porque sus desplantes se convierten en una válvula de escape para las frustraciones de otros, en ilusiones de poder para quienes no se sienten fuertes. Por el contrario, Nacho Padilla no proyectaba arrogancia ni cólera: proyectaba inteligencia, humor, empatía. Era un gran conversador, que sabía reírse de todo y desarmar a la gente solemne con tal gracia que ellos también acababan riendo. Con sus alumnos era generoso –era profesor universitario de larga carrera– y los encantaba con largas digresiones sobre sus temas más queridos siempre que alguno se asomaba en los programas de estudio. Inventaba apodos juguetones y el primero de todos era el suyo propio: decía de sí mismo que era “físico cuéntico”, para recordar que, si bien había escrito novelas, ensayos y teatro –y en cada disciplina era ganador de premios, tanto en México como en otros países–, se sentía sobre todo un cuentista: practicante de ese género antiguo y a veces incomprendido.

Por supuesto era un gran, gran escritor. Sus pasiones estaban incluso en los textos que no las ostentaban: le fue siempre fiel a ciertas formas peculiares que daba a sus historias, al monstruo como figura y como emblema, a la imaginación sutil, insumisa –de hecho muchos de sus textos son de imaginación fantástica, aunque se salvó de ser leído como habitante del gueto de la genre fiction, al que tantas carreras llegan para morir–, y sobre todo a la lengua castellana. Se doctoró en Salamanca, España, con una tesis sobre Cervantes, pero su interés en el autor del Quijote, en su siglo brillantísimo y en el vigor de su idioma, se veía en todo su trabajo. En el momento de su muerte era el miembro más joven de la Academia Mexicana de la Lengua, y su discurso de ingreso a ella fue un espléndido ensayo, “Elogio de la impureza”, que defiende el carácter subversivo de la obra de Cervantes: su llamado a abrir el pensamiento y la percepción del mundo más allá de los límites impuestos por las autoridades (o por los tiranos).

Parte de su obra está traducida a varios idiomas; en inglés está, por ejemplo, su novela Amphytrion (Shadow Without a Name),  un thriller borgesiano ambientado en la Primera Guerra Mundial, y los cuentos de Las antípodas y el siglo (Antipodes). Faltan, al menos, su novela de aventuras La Gruta del Toscano; los cuentos de libros como El androide y las quimeras o Las fauces del abismo; los ensayos de El legado de los monstruos y de Cervantes y compañía. En estas obras, pienso, se cifra el trayecto de un lector que sale de la biblioteca y se encuentra con el mundo, con todo el horror y la belleza, pero jamás pierde la fe en el lenguaje como posibilidad de conocimiento, de orientación en el caos.

Por último, Nacho no solamente proyectaba cordialidad: de hecho era un gran tipo, generoso y bien dispuesto, incluso con quienes lo veíamos poco y nos encontrábamos en su vida sólo brevemente. Tuvo amistades largas con otros colegas, y señaladamente con algunos de sus compañeros en el llamado grupo del Crack, aquellos novelistas que tuvieron la osadía de lanzar un manifiesto literario a fines del siglo XX y desde entonces estuvieron siempre presentes en el imaginario de las letras del país. Yo lo traté más en los últimos años, cuando fuimos profesores en la misma universidad y nos juntaron presentaciones, lecturas, prólogos, antologías…, así que su muerte, en un accidente automovilístico, el sábado pasado, 20 de agosto, no sólo me golpeó por horrorosa, imprevisible, profundamente injusta. Me dolió también, como a tantos otros, la desaparición de la persona tras los libros.

Ahora nos quedan esos textos: las trazas de su pensamiento, capaces todavía de ofrecer las verdades provisionales que Nacho descubrió y pudo expresar en el transcurso de su vida. Pero a él lo vamos a extrañar muchísimo.

Una pregunta sobre la imaginación

En Ask.FM me hicieron la siguiente pregunta:

Hola, Alberto, quisiera felicitarte por tu amplio conocimiento del genero de ficción, en la mayoría de tus respuestas acerca de los cuestionamientos son acertadísimas, sin embargo soy de los que piensa que la CF no es para todos ¿a qué crees que se daba la poca demanda a este genero en el país?

Pensé que valía la pena responder un poco más extensamente y lo hago a continuación.

* * *

Hola y gracias por la felicitación. 🙂
      Sobre lo que preguntas, voy a hacer un pequeño rodeo. Tengo que empezar diciendo que “género” es una palabra que no me gusta mucho utilizar porque se usa de modo muy impreciso y lleva a muchas confusiones, y desde hace tiempo ocurre lo mismo con “ficción”.
      Entiendo que cuando dices ficción te refieres a la ciencia ficción, o incluso de modo más general a la narrativa de imaginación fantástica, y en cambio yo –basándome en cierto número de autores– entiendo la ficción como narrativa, a secas: cualquier texto que proponga personajes y sucesos inventados en un mundo narrado, fingido, sin importar que ese mundo narrado se parezca o no al mundo de nuestra vida ordinaria. Esto me parece más acertado porque, de hecho, ningún mundo narrado es “real” en el sentido en el que lo es una mesa, un árbol, tu cuerpo, el aparato en el que lees estas palabras: los mundos narrados son, solamente, efectos en nuestra conciencia, imágenes que nos figuramos, de forma estrictamente subjetiva, a partir de lo que vamos leyendo: de lo que nos “dice” el texto de la narración. Una novela no es un mundo: es una secuencias de signos consignada en algún sustrato, un papel o una memoria digital o cualquier otro, que leemos para hacernos la ilusión de que observamos un mundo.
      A veces nos confundimos. Algunos mundos narrados se parecen más a lo que entendemos como la vida real, y llegamos a decir nos parecen “más reales” aunque no lo sean: aunque todos sean experiencias interiores impulsadas por los textos, igual de intangibles para los sentidos. Cuando eso pasa confundimos las cosas con las palabras que les dan nombre: las representaciones con aquello que representan.
      Digo todo esto porque la respuesta a tu pregunta tiene que ver con ese error.

* * *

Por una parte, en realidad no creo que haya poca “demanda” de las historias con elementos de los que suelen etiquetarse como “de ciencia ficción”. Por ejemplo, ve cuántas personas en el mundo han elogiado, en las últimas semanas, la serie de televisión Stranger Things, que utiliza muchísimos y lo hace, además, en combinaciones tomadas de libros, películas y series de televisión de al menos los últimos treinta años. Ve cuántas personas juegan videojuegos, ven películas, leen cómics con historias semejantes. Sucede lo mismo entre las personas que leen libros, aunque éstas representen un porcentaje más pequeño de la población del que representan en otros países.
      De la misma manera, me parece un poco injusto lo de singularizar a ese tipo de historias diciendo que no son para todos. Lo cierto es que ninguna literatura, ningún texto literario, lo es. De hecho tampoco lo es la lectura misma.
      Por otra parte, en efecto, sí hay la idea de que las historias que contienen elementos considerados parte de ciertas variedades de escritura, digamos, son “raras”, poco frecuentadas, despreciadas. Y también es verdad que en México los libros que se perciben como parte de esas categorías son menos apreciados por ciertas personas, y en especial por personas con autoridad (cultural, política) que después comunican a otros su desdén.
      ¿Por qué es esto?
      En buena medida, creo, es por el error al que me refería antes. Tenemos un problema de comprensión lectora: un problema extendido, serio, que abarca a varias generaciones. Es que a duras penas aprendemos a leer, por supuesto: el sistema educativo nacional está cada vez peor, y cada vez ofrece menos herramientas para que la gente aprenda a enfrentarse con los textos de manera atenta y crítica. Desprovistas de esas guías, y de ejemplos, numerosas personas se vuelven incapaces de percibir el humor, la imaginación o la ironía y todo lo interpretan de manera literal. A estas personas les desconcierta cualquier representación que no se pueda entender como una imagen fiel, una copia, de lo que ellas han aprendido a juzgar posible, a interpretar como cierto. Lo he visto incluso entre colegas muy talentosos y premiados: se les pone delante una narración con algún elemento fantástico, no saben qué hacer con él y terminan minimizándolo, ignorándolo o tratando de interpretarlo como una “falsedad” dentro de un texto “verdadero”, lo que en el fondo es un disparate. “Los muertos no hablan estando ya muertos en sus tumbas”, dicen (por ejemplo), “así que este episodio de Pedro Páramo de Rulfo debe ser símbolo de otra cosa, y en realidad no está pasando”. ¡Pero nada de Pedro Páramo está pasando, ni pasó jamás! Los personajes, los lugares, los sucesos, pueden estar basados en personajes, lugares y sucesos reales, pero el libro no es un tratado de historia sino una novela: un ejemplo de ficción, en el que se intenta representar alguna parte de la experiencia humana mediante la invención. Desde la realidad en la que leemos ese texto, todos sus hechos pueden interpretarse y analizarse como emblemas de algo más, porque ninguno es verdad, pero sí lo son para los personajes que viven en el mundo narrado. Aquí pueden no pasar, pero allá sí, porque “allá” no es ningún sitio del mundo, sino –otra vez– un efecto que se da en la mente de quien lee.
      Aparte, hay dos aspectos de la cultura mexicana que contribuyen al menosprecio de la imaginación. Uno es el carácter autoritario de nuestras sociedades: desde el siglo XVI, cuando se prohibían las historias de imaginación “excesiva”, “desbordada” o insumisa en las colonias españolas, a la casi totalidad de los regímenes que han existido en este territorio les ha interesado imponer una visión única de las cosas, una idea única e incuestionable de cómo debe ser la realidad. Se han concentrado en el control de la vida social: en impulsar la idea de que las relaciones entre las personas sólo pueden ser de cierta manera (que les convenga, por supuesto, y en la que la posición privilegiada de quienes están arriba se perciba como algo natural y apropiado), pero un efecto de esta práctica reiterada es un gran desprecio de la imaginación en general.
      El otro aspecto perjudicial de nuestros modos de pensar es la creencia, más del último par de siglos, de que la imaginación en la literatura es una especie de marca de clase. Se le asocia con lo popular, y a lo popular con lo bajo, lo “indigno” de las clases ilustradas y refinadas. Por ejemplo, lo primero que hace un texto esnob que busca elogiar a una obra en la que haya el más pequeño elemento extraño, fantástico, maravilloso, es decir que no contiene imaginación aunque parezca que sí: “va más allá del género”, se escribe, o “es de una calidad/profundidad/belleza que no suele haber en la ciencia ficción/el horror/la fantasía” (aunque quien escribe no sepa nada del subgénero en cuestión). Basta ver lo que sucedía en su tiempo con la obra de Salvador Elizondo, y lo que ocurre ahora en muchas ocasiones con Francisco Tario o Amparo Dávila.
      Hay autores, y sobre todo lectores, a los que les importa poco esta serie de prejuicios. A otros les afecta mucho, porque aun ahora es cierto que estos temas son de los que cierran puertas, en vez de abrirlas, en muchos lugares de la cultura y el mundo de la edición nacionales.
      En cuanto a mí, la imaginación fantástica me parece una herramienta utilísima y muy especial para crear arte. Y me desconsuela vivir en una época en la que, por desgracia, incluso en países en mejor situación que el mío lo que impera es no leer y, justo después, la lectura literal, intolerante, fanática. En momentos como éstos imaginar se convierte en un acto de resistencia: de oposición contra un poco de lo peor del mundo.

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Palabras contra la violencia

Escribí un texto sobre la novela Canto al fin del mundo de Vanessa Garza (Acero, 2014). Iba a reproducirlo aquí pero comencé a revisar su primera parte, que se refiere al tema de la escritura en relación con la violencia, y quedó una nota distinta. Es la que sigue.

* * *

Como cualquier persona interesada en escribir narrativa desde México, he escuchado y me he involucrado en una discusión que ya va a cumplir una década. La pregunta central es simple: cómo referirse a la violencia mediante la escritura. Cómo usarla para reconocer, representar, incluso combatir (si tal cosa es posible) la violencia.
      Hablamos de esto –y en muchas ocasiones lo hacemos con acaloramiento y con rabia– porque el tema nos parece urgente. Es así, por lo menos, desde el comienzo del régimen de Felipe Calderón, quien llegó en 2006 a la presidencia del país a comenzar la que llamó una “guerra” del gobierno federal contra los cárteles del narcotráfico, con el apoyo del ejército. Fue un arrebato: un gesto irreflexivo, de afirmación y legitimación de su propio poder tras la división social sin precedentes causada por la virulencia de su campaña electoral; un acto impulsivo que no atendió a los orígenes del problema, no pensó en la diferencia real entre las fuerzas del ejército y las crimen organizado y no tomó en cuenta varias transformaciones políticas y sociales que tenían lugar en ese mismo tiempo en México y en otros lugares, incluyendo la decepción que comenzaba a notarse luego de que Vicente Fox, el presidente anterior, no intentara siquiera consolidar una transición democrática que sigue pendiente y que fue de las principales causas de que millones de personas votaran por él.
      Ahora es imposible ignorar las consecuencias de aquel gesto: la aceleración de la descomposición social que padecemos hasta hoy y los más de cien mil muertos que se reportaron durante el mandato de Calderón. El régimen actual silencia las estadísticas y las noticias, más que publicitarlas, pero todos sabemos que la violencia persiste, y acontecimientos como la masacre de Iguala en septiembre de 2014, con su cauda de descubrimientos macabros en varios de los lugares más pobres del país, nos impiden hacer a un lado la conversación sobre la violencia.
      La pregunta del comienzo: cómo involucrar en todo esto a la escritura, lleva en ocasiones a dar un paso atrás y pensar no en la escritura en sí sino en quien escribe. A veces se llega al antiguo tema del compromiso del escritor: de qué posición adoptar desde las limitaciones de una especialidad que en principio no otorga fuerza física ni poder político reales, ante una situación social intolerable.
      Pero las reacciones más superficiales de quienes escriben hoy en México son algo diferente. Pueden verse como un intento de fingir esa fortaleza que no tenemos o hacer a un lado la conciencia de nuestra debilidad. Desde el mero tremendismo en la escritura, la repetición plañidera o cínica de las noticias y unos pocos lugares comunes, hasta la creación, muy en el tono de nuestro tiempo, de imágenes públicas que se aparejan o hasta se adelantan a la escritura: apariencias de agresividad y arrogancia que hacen recordar el aspecto y los modos de los “caciques literarios” del siglo pasado y se vuelven objetos de consumo muy popular en los medios actuales. Hay algo de culpa social y mucho de sobrecompensación en esos gestos.
      A mí, cuando menos, me parece más valioso tratar de volver a los textos: ver lo que pueden hacer. La celebridad o la notoriedad que tanto se buscan como fines en sí mismas no son sino objetos de consumo en nuestra sociedad mercantilista y sujeta a los medios. Ocuparnos en proyectar nuestra sumisión a la violencia –o en tratar de aprovecharla– no puede ser el camino para combatirla.
      Mejor pensar en la escritura, repito. Y en el caso de alguien interesado en la narrativa, mejor pensar en qué tareas pueden realizar el cuento o la novela –o las nuevas formas de escritura narrativa de nuestro tiempo, que no son géneros con precursores y muchas veces no tienen siquiera nombre– que no haga mejor el periodismo, con su énfasis en el hecho documentado y el rechazo de la invención: qué puede justificar la escritura de cualquier cosa más allá del reporte de lo cotidiano y lo inmediato.
      Necesitamos saber lo que ocurre a nuestro alrededor, simplemente para poder actuar en consecuencia. Pero también necesitamos obras que vayan en esas otras direcciones: que fijen lo momentáneo y nos permitan comprenderlo más allá de este momento y de las perspectivas dominantes en este momento. Que nos permitan articular no sólo lo que más o menos podemos percibir afuera, sino también nuestras reacciones a esos hechos. Parece fácil encontrar en nuestros miedos y frustraciones cotidianos la justificación de la violencia: el impulso de unirnos a ella y hacerla crecer. Otra vez estas preguntas que casi nadie intenta responder y que muchos hacen a un lado con desánimo o con cinismo. ¿Cómo, en vez de unirnos a la violencia, hacemos lo contrario? ¿Cómo resistir la violencia, oponernos a la injusticia, contener la barbarie? ¿Cómo aceptar la existencia de los horrores de que somos capaces los seres humanos, pero también la responsabilidad de no entregarnos a ellos?
      Para eso: para amplificar nuestra conciencia y no para reducirla, para encontrar maneras de apostar por algo más que el desahogo o el beneficio más inmediatos, podría servir también la mera literatura de nuestro tiempo.

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El texto en su versión original, y el comentario de la novela –que por cierto es de lo más interesante– se encuentra en esta página.

Canto al fin del mundo