El mortal inmortal

Este año se cumplen 200 de la aparición de la novela Frankenstein (1818), una de las novelas más influyentes de la cultura occidental, obra de la escritora inglesa Mary Shelley (1797-1851). Ésta fue editora, articulista y pensadora política además de narradora. “The Mortal Immortal” –publicado en 1833 en el anuario literario The Keepsake– es una muestra de un tema importante de su obra: los cambios de perspectiva que implican las situaciones extraordinarias, y que pueden llevar a quienes los experimentan a comprender de otra manera a sí mismos y a quienes los rodean. Winzy, el protagonista, gana por accidente la inmortalidad, y descubre que lo que le parecía una bendición se convierte en una tortura, al obligarlo a la soledad y el alejamiento del resto de los seres humanos. Esta versión anda circulando por la red sin crédito de traductor y la revisaré un poco en las semanas por venir.

EL MORTAL INMORTAL
Mary Shelley

Día 16 de julio de 1833. Éste es un aniversario memorable para mí; ¡hoy cumplo trescientos veintitrés años!
      ¿El Judío Errante?… Seguro que no. Más de dieciocho siglos han pasado por encima de su cabeza. En comparación con él, soy un Inmortal muy joven.
      ¿Soy, entonces, inmortal? Ésa es una pregunta que me he formulado a mí mismo, día y noche, desde hace trescientos tres años, y aún no conozco la respuesta. He detectado una cana entre mi pelo castaño, hoy precisamente. Eso significa, con toda seguridad, deterioro. Pero puede haber permanecido escondida ahí durante trescientos años; a algunas personas se les vuelve completamente blanco el cabello antes de los veinte años de edad.
      Contaré mi historia, y que el lector juzgue por mí. Al menos, así conseguiré pasar algunas horas de una larga eternidad que se me hace tan tediosa. ¡Eternamente! ¿Es eso posible? ¡Vivir eternamente! He oído de encantamientos en los cuales las víctimas son sumidas en un profundo sueño, para despertar, tras un centenar de años, tan frescas como siempre; he oído hablar de los Siete Durmientes… De modo que ser inmortal no debería ser tan opresivo para mí; pero, ¡ay!, el peso del interminable tiempo…, ¡el tedioso pasar de la procesión de las horas! ¡Qué feliz fue el legendario Nourjahad! Mas en cuanto a mí…
      Todo el mundo ha oído hablar de Cornelius Agrippa. Su recuerdo es tan inmortal como su arte me ha hecho a mí. Todo el mundo ha oído hablar también de su discípulo, que, descuidadamente, dejó en libertad al espíritu maligno durante la ausencia de su maestro y fue destruido por él. La noticia de este accidente, verdadera o falsa, le ocasionó muchos problemas al renombrado filósofo.
      Todos sus discípulos le abandonaron, sus sirvientes desaparecieron… Se encontró sin nadie que fuera añadiendo carbón a sus permanentes fuegos mientras él dormía, o vigilara los cambios de color de sus medicinas mientras él estudiaba. Experimento tras experimento fracasaron, porque un par de manos eran insuficientes para completarlos; los espíritus tenebrosos se rieron de él por no ser capaz de retener a un solo mortal a su servicio.
      Yo era muy joven por aquel entonces —y muy pobre—, y estaba muy enamorado. Había sido durante casi un año pupilo de Cornelius, aunque estaba ausente cuando aquel accidente tuvo lugar. A mi regreso, mis amigos me imploraron que no regresara a la morada del alquimista. Temblé al escuchar el terrible relato que me hicieron; no necesité una segunda advertencia. Y cuando Cornelius vino y me ofreció una bolsa de oro si me quedaba bajo su techo, sentí como si el propio Satán me estuviera tentando. Mis dientes castañetearon, todo mi pelo se erizó, y eché a correr tan rápido como mis temblorosas rodillas me lo permitieron.
      Mis vacilantes pies se dirigieron hacia el lugar al que durante dos años se habían sentido atraídos cada atardecer…, un agradable arroyo espumeante de cristalina agua, junto al cual paseaba una muchacha de pelo oscuro, cuyos radiantes ojos estaban fijos en el camino que yo acostumbraba a recorrer cada noche. No puedo recordar un momento en que no haya estado enamorado de Bertha; habíamos sido vecinos y compañeros de juegos desde la infancia.
      Sus padres, al igual que los míos, eran humildes pero respetables, y nuestra mutua atracción había sido una fuente de placer para ellos.
      En una aciaga hora, sin embargo, una fiebre maligna se llevó a la vez a su padre y a su madre, y Bertha quedó huérfana. Hubiera hallado un hogar bajo el techo de mis padres pero, desgraciadamente, la vieja dama del castillo cercano, rica, sin hijos y solitaria, declaró su intención de adoptarla. A partir de entonces Bertha se vio ataviada con sedas y viviendo en un palacio de mármol, y parecía como si hubiera sido altamente favorecida por la fortuna. No obstante, pese a su nueva situación y sus nuevas relaciones, Bertha permaneció fiel al amigo de sus días humildes. A menudo visitaba la casa de mi padre, y aun cuando tenía prohibido ir más allá, con frecuencia se dirigía paseando hacia el bosquecillo cercano y se encontraba conmigo junto a aquella umbría fuente.
      Solía decir que no sentía ninguna obligación hacia su nueva protectora que pudiera igualar a la devoción que la unía a nosotros.
      Sin embargo, yo seguía siendo demasiado pobre para poder casarme, y ella empezó a sentirse incomodada por el tormento que sentía en relación a mí. Tenía un espíritu noble pero impaciente, y cada vez se mostraba más irritada por los obstáculos que impedían nuestra unión. Ahora nos reuníamos tras una ausencia por mi parte, y ella se había sentido sumamente acosada mientras yo estaba lejos.
      Se quejó amargamente, y casi me reprochó el ser pobre. Yo repliqué rápidamente:
      —¡Soy pobre pero honrado! Si no lo fuera, muy pronto podría ser rico.
      Esta exclamación acarreó un millar de preguntas. Temí impresionarla demasiado revelándole la verdad, pero ella supo sacármela; y luego, lanzándome una mirada de desdén, dijo:
      —¡Pretendes amarme, y temes enfrentarte al demonio por mí!
      Protesté que solamente había temido ofenderla a ella, mientras que ella no hacía más que hablar de la magnitud de la recompensa que yo iba a recibir. Así animado —y avergonzado por ella—, y empujado por mi amor y por la esperanza y riéndome de mis anteriores miedos, regresé a paso rápido y con el corazón ligero a aceptar la oferta del alquimista, e instantáneamente me vi instalado en mi puesto.
      Transcurrió un año. Ya era poseedor de una suma de dinero para nada insignificante. El hábito había hecho desvanecerse mis temores. Pese a toda mi atenta vigilancia, jamás había detectado la huella de un pie hendido; ni el estudioso silencio ni nuestra morada fueron perturbados jamás por aullidos demoníacos.
      Yo seguí manteniendo mis entrevistas clandestinas con Bertha, y la esperanza nació en mí… La esperanza, pero no la alegría perfecta, porque Bertha creía que amor y seguridad eran enemigos, y se complacía en dividirlos en mi pecho. Aunque de buen corazón, era en cierto modo de costumbres coquetas; y yo me sentía tan celoso como un turco. Me despreciaba de mil maneras, sin querer aceptar nunca que estaba equivocada. Me volvía loco de irritación, y luego me obligaba a pedirle perdón. A veces me reprochaba que yo no era suficientemente sumiso, y luego me contaba alguna historia de un rival, que gozaba de los favores de su protectora. Estaba rodeada constantemente por jóvenes vestidos de seda, ricos y alegres.
      ¿Qué posibilidades tenía el ayudante de Cornelius, pobremente vestido, comparado con ellos?
      En una ocasión, el filósofo exigió tanto de mi tiempo que no pude ir al encuentro de Bertha como era mi costumbre. Estaba dedicado a algún trabajo importante, y me vi obligado a quedarme, día y noche, alimentando sus hornos y vigilando sus preparaciones químicas. Mi amada me aguardó en vano junto a la fuente. Su espíritu altivo llameó ante este abandono; y cuando finalmente pude salir, robándole unos pocos minutos al tiempo que se me había concedido para dormir, y confié en ser consolado por ella, me recibió con desdén, me despidió despectivamente y afirmó que ningún hombre que no pudiera estar por ella en dos lugares a la vez poseería jamás su mano. ¡Se desquitaría de aquello! Y realmente lo hizo.
      En mi sucio retiro oí que había estado cazando, escoltada por Albert Hoffer. Albert Hoffer era uno de los favorecidos por su protectora, y los tres pasaron cabalgando junto a mi ahumada ventana.
      Me parece que mencionaron mi nombre; fue seguido por una carcajada de burla, mientras los oscuros ojos de ella miraban desdeñosos hacia mi morada.
      Los celos, con todo su veneno y toda su miseria, penetraron en mi pecho. Derramé un torrente de lágrimas, pensando que nunca podría proclamarla mía; y luego maldecí un millar de veces su inconstancia. Pero mientras tanto, seguí avivando los fuegos del alquimista, seguí vigilando los cambios de sus incomprensibles medicinas.
      Cornelius había estado vigilando también durante tres días y tres noches, sin cerrar los ojos. Los progresos de sus alambiques eran más lentos de lo que esperaba; pese a su ansiedad, el sueño pesaba sobre sus ojos. Una y otra vez arrojaba la somnolencia lejos de sí, con una energía más que humana; una y otra vez obligaba a sus sentidos a permanecer alertas. Contemplaba anhelante sus crisoles.
      —Aún no están a punto —murmuraba—. ¿Deberá pasar otra noche antes de que el trabajo esté realizado? Winzy, tú sabes estar atento, eres constante… Además, la noche pasada dormiste. Observa esa redoma de cristal. El líquido que contiene es de un color rosa suave; en el momento en que empiece a cambiar de aspecto, despiértame… Hasta entonces podré cerrar un momento los ojos.
      »Primero debe volverse blanco, y luego emitir destellos dorados; pero no aguardes hasta entonces; cuando el color rosa empiece a palidecer, despiértame”.
      Apenas oí las últimas palabras, murmuradas casi en medio del sueño. Sin embargo, dijo aún:
      —Y Winzy, muchacho, no toques la redoma… No te la lleves a los labios; es un filtro…, un filtro para curar el amor. No querrás dejar de amar a tu Bertha… ¡Cuidado, no bebas!
      Y se durmió. Su venerable cabeza se hundió en su pecho, y yo apenas oí su regular respiración. Durante unos minutos observé las redomas…; la apariencia rosada del líquido permanecía inamovible.
      Luego mis pensamientos empezaron a divagar… Visitaron la fuente, y se recrearon en un millar de agradables escenas que ya nunca volverían… ¡Nunca! Serpientes y víboras anidaron en mi cabeza mientras la palabra «¡Nunca!» se semiformaba en mis labios. ¡Mujer falsa! ¡Falsa y cruel! Nunca me sonreiría a mí como aquella tarde le había sonreído a Albert. ¡Mujer despreciable y ruin! No me quedaría sin vengarme… Haría que viera a Albert expirar a sus pies; ella no era digna de morir a mis manos. Había sonreído desdeñosa y triunfante… Conocía mi miseria y su poder. Pero ¿qué poder tenía?… El poder de excitar mi odio, todo mi desprecio, mi… ¡Todo menos mi indiferencia! Si pudiera lograr eso…, si pudiera mirarla con ojos indiferentes, transferir mi rechazado amor a otro más real y merecido… ¡Eso sería una auténtica victoria!
      Un resplandor llameó ante mis ojos. Había olvidado la medicina del adepto. La contemplé maravillado: destellos de admirable belleza, más brillantes que los que emite el diamante cuando los rayos del sol penetran en él, resplandecían en la superficie del líquido; un olor de entre los más fragantes y agradables inundó mis sentidos. La redoma parecía un globo de viviente radiación, precioso a los ojos, invitando a ser probado. El primer pensamiento, inspirado instintivamente por mis más bajos sentidos, fue: «lo haré…, debo beber».
      Alcé la redoma hacia mis labios. «Eso me curará del amor…, ¡de la tortura!» Llevaba bebida ya la mitad del más delicioso licor que jamás hubiera probado, paladar de hombre alguno cuando el filósofo se agitó. Me sobresalté y dejé caer la redoma… El fluido se extendió llameando por el suelo, mientras sentía que Cornelius aferraba mi garganta y chillaba:
      —¡Infeliz! ¡Has destruido la labor de mi vida!
      Cornelius no se había dado cuenta de que yo había bebido una parte de su droga. Tenía la impresión, y yo me apresuré a confirmarla, de que yo había alzado la redoma por curiosidad y que, asustado por su brillo y el llamear de su intensa luz, la había dejado caer. Nunca le dejé entrever lo contrario. El fuego de la medicina se apagó, la fragancia murió… y él se calmó, como debe hacer un filósofo ante las más duras pruebas, y me envió a descansar.
      No intentaré describir los sueños de gloria y felicidad que bañaron mi alma en el paraíso durante las restantes horas de aquella memorable noche. Las palabras serían pálidas y triviales para describir mi alegría, o la exaltación que me poseía cuando me desperté.
      Flotaba en el aire, mis pensamientos estaban en los cielos. La tierra parecía ser el mismo cielo, y mi herencia era una completa felicidad. «Eso representa el sentirme curado del amor —pensé—. Veré a Bertha hoy, y ella descubrirá a su amante frío y despreocupado; demasiado feliz para mostrarse desdeñoso, ¡pero cuan absolutamente indiferente hacia ella!»
      Pasaron las horas. El filósofo, seguro de haber triunfado una vez, y creyendo que lo conseguiría de nuevo, empezó a preparar una vez más la misma medicina. Se encerró con sus libros y potingues, y yo tuve el día libre. Me vestí con todo cuidado; me miré en un escudo viejo pero pulido, que me sirvió de espejo; me pareció que mi buen aspecto había mejorado extraordinariamente. Me precipité más allá de los límites de la ciudad, la alegría en el alma, las bellezas del cielo y de la tierra rodeándome. Dirigí mis pasos hacia el castillo. Podía mirar sus altivas torres con el corazón ligero, porque estaba curado del amor. Mi Bertha me vio desde lejos, mientras subía por la avenida. No sé qué súbito impulso animó su pecho, pero al verme saltó como un corzo bajando las escalinatas de mármol y echó a correr hacia mí. Pero yo había sido visto también por otra persona. La bruja de alta cuna, que se llamaba a sí misma su protectora y que en realidad era su tirana, también me había divisado. Renqueó, jadeante, hacia la terraza. Un paje, tan feo como ella, echó a correr tras su ama, abanicándola mientras la arpía se apresuraba y detenía a mi hermosa muchacha con un:
      —¿Dónde va mi imprudente señorita? ¿Dónde tan aprisa? ¡Vuelve a tu jaula…, ahí delante hay halcones!
      Bertha se apretó las manos, los ojos clavados aún en mi figura que se aproximaba. Vi su lucha consigo misma. Cómo odié a la vieja bruja que refrenaba los gentiles impulsos del blando corazón de mi Bertha. Hasta entonces, el respeto a su rango social había hecho que evitara a la dama del castillo; ahora desdeñé una tan trivial consideración. Estaba curado del amor, y elevado más allá de todos los temores humanos; me apresuré hacia delante, y pronto alcancé la terraza. ¡Qué encantadora estaba Bertha! Sus ojos llameaban; sus mejillas resplandecían con impaciencia y rabia; estaba un millar de veces más graciosa y atractiva que nunca. Ya no la amaba…, ¡oh, no! La adoraba, la reverenciaba, ¡la idolatraba!
      Aquella mañana había sido perseguida, con más vehemencia de lo habitual, para que consintiera en un matrimonio inmediato con mi rival. Se le reprocharon los ánimos y las esperanzas que había dado, se la amenazó con ser arrojada de casa vergonzosamente y en desgracia. Su orgulloso espíritu se alzó en armas ante la amenaza; pero cuando recordó el desprecio que había exhibido ante mí, y cómo, quizás, había perdido con ello al que consideraba como a su único amigo, lloró de remordimiento y rabia. Y en aquel momento aparecí yo.
      —¡Oh, Winzy! —exclamó—. Llévame a casa de tu madre; hazme abandonar rápidamente los detestables lujos y la ruindad de esta noble morada…; devuélveme a la pobreza y a la felicidad.
      La abracé fuertemente, sintiéndome transportado. La vieja dama estaba sin habla por la furia, y sólo prorrumpió en invectivas cuando ya nos hallábamos lejos en nuestra calle, camino de mi casa natal. Mi madre recibió a la hermosa fugitiva, escapada de una jaula dorada a la naturaleza y a la libertad, con ternura y alegría; mi padre, que la amaba, la recibió de todo corazón. Fue un día de regocijo, que no necesitó de la adición de la poción celestial del alquimista para llenarme de dicha.
      Poco después de aquel día memorable me convertí en el esposo de Bertha. Dejé de ser el ayudante de Cornelius, pero continué siendo su amigo. Siempre me sentí agradecido hacia él por haberme procurado, inconscientemente, aquel delicioso trago de un elixir divino que, en vez de curarme del amor (¡triste cura!, solitario remedio carente de alegría para maldiciones que parecen bendiciones al recuerdo), me había inspirado valor y resolución, trayéndome el premio de un tesoro inestimable en la persona de mi Bertha.
      A menudo he recordado con maravilla ese período de trance parecido a la embriaguez. La pócima de Cornelius no había cumplido con la tarea para la cual afirmaba él que había sido preparada, pero sus efectos habían sido más poderosos y felices de lo que las palabras pueden expresar. Se fueron desvaneciendo gradualmente, pero permanecieron largo tiempo… y colorearon mi vida con matices de esplendor. A menudo Bertha se maravillaba de mi radiante corazón y de mi constante alegría porque, antes, yo había sido de carácter más bien serio, incluso triste. Me amaba aún más por mi temperamento jovial, y nuestros días estaban teñidos de alegría.
      Cinco años más tarde fui llamado inesperadamente a la cabecera del agonizante Cornelius. Había enviado a por mí apresuradamente, conjurándome a que acudiera al instante a su presencia. Lo encontré tendido en su jergón, mortalmente débil. Toda la vida que le quedaba animaba sus penetrantes ojos, que estaban fijos en una redoma de cristal, llena de un líquido rosado.
      —¡He aquí la vanidad de los anhelos humanos! —dijo, con una voz rota que parecía surgir de sus entrañas—. Mis esperanzas estaban a punto de verse coronadas por segunda vez, y por segunda vez se ven destruidas. Mira esa pócima… Recuerda que hace cinco años la preparé también, con idéntico éxito. Entonces, como ahora, mis sedientos labios esperaban saborear el elixir inmortal… ¡Tú me lo arrebataste! Y ahora ya es demasiado tarde.
      Hablaba con dificultad, y se dejó caer sobre la almohada. No pude evitar el decir:
      —¿Cómo, reverenciado maestro, puede una cura para el amor restaurar vuestra vida?
[ilustrado por Valeria Uccelli]
Ilustrado por Valeria Uccelli
      Una débil sonrisa revoloteó en su rostro, mientras yo escuchaba intensamente su apenas inteligible respuesta.
      —Una cura para el amor y para todas las cosas… El elixir de la inmortalidad. ¡Ah! ¡Si ahora pudiera beberlo, viviría eternamente!
      Mientras hablaba, un relampagueo dorado brotó del fluido y una fragancia que yo recordaba muy bien se extendió por los aires.
      Cornelius se alzó, débil como estaba; las fuerzas parecieron volver a él milagrosamente. Tendió su mano hacia delante… Entonces, una fuerte explosión me sobresaltó, un rayo de fuego brotó del elixir… ¡y la redoma de cristal que lo contenía quedó reducida a átomos! Volví mis ojos hacia el filósofo. Se había derrumbado hacia atrás. Sus ojos eran vidriosos, sus rasgos estaban rígidos…
      ¡Había muerto!
      ¡Pero yo vivía, e iba a vivir eternamente! Así había dicho el infortunado alquimista, y durante unos días creí en sus palabras.
      Recordé la gloriosa intoxicación que había seguido a mi subrepticio beber. Reflexioné sobre el cambio que había sentido en mi cuerpo, en mi alma. La ligera elasticidad del primero, el luminoso vigor de la segunda. Me observé en un espejo, y no pude percibir ningún cambio en mis rasgos tras los cinco años transcurridos. Recordé el radiante color y el agradable aroma de aquel delicioso brebaje, el valioso don que era capaz de conferir… Entonces, ¡era inmortal!
      Pocos días más tarde me reía de mi credulidad. El viejo proverbio de que «nadie es profeta en su tierra» era cierto con respecto a mí y a mi difunto maestro. Lo apreciaba como hombre, lo respetaba como sabio, pero me burlaba de la idea de que pudiera mandar sobre los poderes de las tinieblas, y me reía de los supersticiosos temores con los que era mirado por el vulgo. Era un filósofo juicioso, pero no tenía tratos con ningún espíritu excepto aquellos revestidos de carne y huesos. Su ciencia era simplemente humana; y la ciencia humana, me persuadí muy pronto, nunca podrá conquistar las leyes de la naturaleza hasta tal punto que logre aprisionar eternamente el alma dentro de un habitáculo carnal. Cornelius había obtenido una bebida que refrescaba y aligeraba el alma; algo más embriagador que el vino, mucho más dulce y fragante que cualquier fruta. Probablemente poseía fuertes poderes medicinales, impartiendo ligereza al corazón y vigor a los miembros; pero sus efectos terminaban desapareciendo; ya no debían de existir siquiera en mi organismo. Era un hombre afortunado que había bebido un sorbo de salud y de alegría de espíritu, y quizá también de larga vida, de manos de mi maestro; pero mi buena suerte terminaba ahí: la longevidad era algo muy distinto de la inmortalidad.
      Continué con esta creencia durante varios años. A veces un pensamiento cruzaba furtivamente por mi cabeza… ¿Estaba realmente equivocado el alquimista? Sin embargo, mi creencia habitual era que seguiría la suerte de todos los hijos de Adán a su debido tiempo. Un poco más tarde quizá, pero siempre a una edad natural.
      No obstante, era innegable que mantenía un sorprendente aspecto juvenil. Me reía de mi propia vanidad consultando muy a menudo el espejo. Pero lo consultaba en vano; mi frente estaba libre de arrugas, mis mejillas, mis ojos…, toda mi persona continuaba tan lozana como en mi vigésimo cumpleaños.
      Me sentía turbado. Miraba la marchita belleza de Bertha… Yo parecía más bien su hijo. Poco a poco, nuestros vecinos comenzaron a hacer similares observaciones, y al final descubrí que empezaban a llamarme «el discípulo embrujado». La propia Berta empezó a mostrarse inquieta. Se volvió celosa e irritable, y al poco tiempo empezó a hacerme preguntas. No teníamos hijos; éramos totalmente el uno para el otro. Y pese a que, al ir haciéndose más vieja, su espíritu vivaz se volvió un poco propenso al mal genio y su belleza disminuyó un tanto, yo la seguía amando con todo mi corazón como a la muchachita a la que había idolatrado, la esposa que siempre había anhelado y que había conseguido con un tan perfecto amor.
      Finalmente, nuestra situación se hizo intolerable: Bertha tenía cincuenta años…, yo veinte. Yo había adoptado en cierta medida, y no sin algo de vergüenza, las costumbres de una edad más avanzada. Ya no me mezclaba en el baile entre los jóvenes, pero mi corazón saltaba con ellos mientras contenía mis pies. Y empecé a tener una cierta mala fama entre los viejos de nuestro pueblo. Las cosas fueron deteriorándose. Éramos evitados por todos. Se dijo de nosotros —de mí al menos— que habíamos hecho un trato inicuo con alguno de los supuestos amigos de mi anterior maestro. La pobre Bertha era objeto de piedad, pero evitada. Yo era mirado con horror y aborrecimiento.
      ¿Qué podíamos hacer? Permanecer sentados junto a nuestro fuego… La pobreza se había instalado con nosotros, ya que nadie quería los productos de mi granja; y a menudo me veía obligado a viajar veinte millas, hasta algún lugar donde no fuera conocido, para vender mis cosechas. Sí, es cierto, habíamos ahorrado algo para los malos días…, y esos días habían llegado.
      Permanecíamos sentados solos junto al fuego, el joven de viejo corazón y su envejecida esposa. De nuevo Bertha insistió en conocer la verdad; recapituló todo lo que había oído decir de mí, y añadió sus propias observaciones. Me conjuró a que le revelara el hechizo; describió cómo me quedarían mejor unas sienes plateadas que el color castaño de mi pelo; disertó acerca de la reverencia y el respeto que proporcionaba la edad… y lo preferible que eran a las distraídas miradas que se les dirigía a los niños. ¿Acaso imaginaba que los despreciables dones de la juventud y buena apariencia superaban la desgracia, el odio y el desprecio? No, al final sería quemado como traficante en artes negras, mientras que ella, a quien ni siquiera me había dignado comunicarle la menor porción de mi buena fortuna, sería lapidada como mi cómplice. Finalmente, insinuó que debía compartir mi secreto con ella y concederle los beneficios de los que yo gozaba, o se vería obligada a denunciarme…, y entonces estalló en llanto.
      Así acorralado, me pareció que lo mejor era decirle la verdad.
      Se la revelé tan tiernamente como me fue posible, y hablé tan sólo de una muy larga vida, no de inmortalidad…, concepto que, de hecho, coincidía mejor con mis propias ideas. Cuando terminé, me levanté y dije:
      —Y ahora, mi querida Bertha, ¿denunciarás al amante de tu juventud? No lo harás, lo sé. Pero es demasiado duro, mi pobre esposa, que tengas que sufrir a causa de mi aciaga suerte y de las detestables artes de Cornelius. Me marcharé. Tienes buena salud, y amigos con los que ir en mi ausencia. Sí, me iré: joven como parezco, y fuerte como soy, puedo trabajar y ganarme el pan entre desconocidos, sin que nadie sepa ni sospeche nada de mí. Te amé en tu juventud. Dios es testigo de que no te abandonaré en tu vejez, pero tu seguridad y tu felicidad requieren que ahora haga esto.
      Tomé mi gorra y me dirigí hacia la puerta; en un momento los brazos de Bertha rodeaban mi cuello, y sus labios se apretaban contra los míos.
      —No, esposo mío, mi Winzy —dijo—. No te irás solo… Llévame contigo; nos marcharemos de este lugar y, como tú dices, entre desconocidos estaremos seguros sin que nadie sospeche de nosotros. No soy tan vieja todavía como para avergonzarte, mi Winzy; y me atrevería a decir que el encantamiento desaparecerá pronto y, con la bendición de Dios, empezarás a parecer más viejo, como corresponde. No debes abandonarme.
      Le devolví de todo corazón su generoso abrazo.
      —No lo haré, Bertha mía; pero por tu bien no debería pensar así. Seré tu fiel y dedicado esposo mientras estés conmigo, y cumpliré con mi deber contigo hasta el final.
      Al día siguiente nos preparamos en secreto para nuestra emigración. Nos vimos obligados a hacer grandes sacrificios pecuniarios, era inevitable. De todos modos, conseguimos al fin reunir una suma suficiente como para al menos mantenernos mientras Bertha viviera. Y sin decirle adiós a nadie, abandonamos nuestra región natal para buscar refugio en un remoto lugar del oeste de Francia.
      Resultó cruel arrancar a la pobre Bertha de su pueblo natal, de todos los amigos de su juventud, para llevarla a un nuevo país, un nuevo lenguaje, unas nuevas costumbres. El extraño secreto de mi destino hizo que yo ni siquiera me diera cuenta de ese cambio; pero la compadecí profundamente, y me alegró el darme cuenta de que ella hallaba alguna compensación a su infortunio en una serie de pequeñas y ridículas circunstancias. Lejos de toda murmuración, buscó disminuir la aparente disparidad de nuestras edades a través de un millar de artes femeninas: rojo de labios, trajes juveniles y la adopción de una serie de actitudes desacordes con su edad. No podía irritarme por eso. ¿No llevaba yo mismo una máscara? ¿Para qué pelearme con ella, sólo porque tenía menos éxito que yo? Me apené profundamente cuando recordé que esa remilgada y celosa vieja de sonrisa tonta era mi Bertha, aquella muchachita de pelo y ojos oscuros, con una sonrisa de encantadora picardía y un andar de corzo, a la que tan tiernamente había amado y a la que había conseguido con un tal arrebato. Hubiera debido reverenciar sus grises cabellos y sus arrugadas mejillas. Hubiera debido hacerlo; pero no lo hice, y ahora deploro esa debilidad humana.
      Sus celos estaban siempre presentes. Su principal ocupación era intentar descubrir que, pese a las apariencias externas, yo también estaba envejeciendo. Creo verdaderamente que aquella pobre alma me amaba de corazón, pero nunca hubo mujer tan atormentada sobre cómo desplegar en mí toda su atención. Hubiera querido discernir arrugas en mi rostro y decrepitud en mi andar, mientras que yo desplegaba un vigor cada vez mayor, con una juventud por debajo de los veinte años. Nunca me atreví a dirigirme a otra mujer. En una ocasión, creyendo que la belleza del pueblo me miraba con buenos ojos, me compró una peluca gris. Su constante conversación entre sus amistades era que yo, aunque parecía tan joven, estaba hecho una ruina; y afirmaba que el peor síntoma era mi aparente salud. Mi juventud era una enfermedad, decía, y yo debía estar preparado en cualquier momento, si no para una repentina y horrible muerte, sí al menos para despertarme cualquier mañana con la cabeza completamente blanca y encorvado, con todas las señales de la senectud. Yo la dejaba hablar… y a menudo incluso me unía a ella en sus conjeturas. Sus advertencias hacían coro con mis interminables especulaciones relativas a mi estado, y me tomaba un enorme y doloroso interés en escuchar todo aquello que su rápido ingenio y excitada imaginación podían decir al respecto.
      ¿Para qué extenderse en todos estos pequeños detalles? Vivimos así durante largos años. Bertha se quedó postrada en cama y paralítica; la cuidé como una madre cuidaría a un hijo. Se volvió cada vez más irritable, y aún seguía insistiendo en lo mismo, en cuánto tiempo la sobreviviría. Seguí cumpliendo escrupulosamente, pese a todo, con mis deberes hacia ella, lo cual fue una fuente de consuelo para mí. Había sido mía en su juventud, era mía en su vejez; y al final, cuando arrojé la primera paletada de tierra sobre su cadáver, me eché a llorar, sintiendo que había perdido todo lo que realmente me ataba a la humanidad.
      Desde entonces, ¡cuántas han sido mis preocupaciones y pesares, cuan pocas y vacías mis alegrías! Detengo aquí mi historia, no la proseguiré más. Un marinero sin timón ni compás, lanzado a un mar tormentoso, un viajero perdido en un páramo interminable, sin indicador ni mojón que lo guíe a ninguna parte…, eso he sido yo; más perdido, más desesperanzado que nadie. Una nave acercándose, un destello de un faro lejano, podrían salvarme; pero no tengo más guía que la esperanza de la muerte.
      ¡La muerte! ¡Misteriosa, hosca amiga de la frágil humanidad!
      ¿Por qué, único entre todos los mortales, me has arrojado a mí fuera de tu acogedor manto? ¡Oh, la paz de la tumba! ¡El profundo silencio del sepulcro revestido de hierro! ¡Los pensamientos dejarían por fin de martillear en mi cerebro, y mi corazón ya no latiría más con emociones que sólo saben adoptar nuevas formas de tristeza!
      ¿Soy inmortal? Vuelvo a mi primera pregunta. En primer lugar, ¿no es más probable que el brebaje del alquimista estuviera cargado con longevidad más que con vida eterna? Tal es mi esperanza. Y además, debo recordar que sólo bebí la mitad de la poción preparada para él. ¿Acaso no era necesaria la totalidad para completar el encantamiento? Haber bebido la mitad del elixir de la inmortalidad es convertirse en semiinmortal…; mi eternidad está pues truncada.
      Pero, de nuevo, ¿cuál es el número de años de media eternidad? A menudo intento imaginar si lo que rige el infinito puede ser dividido. A veces creo descubrir la vejez avanzar sobre mí. He descubierto una cana. ¡Estúpido! ¿Debo lamentarme? Sí, el miedo a la vejez y a la muerte repta a menudo fríamente hasta mi corazón, y cuanto más vivo más temo a la muerte, aunque aborrezca la vida. Ése es el enigma del hombre, nacido para perecer, cuando lucha, como hago yo, contra las leyes establecidas de su naturaleza.
      Pero seguramente moriré a causa de esta anomalía de los sentimientos; la medicina del alquimista no debe de proteger contra el fuego, la espada y las asfixiantes aguas. He contemplado las azules profundidades de muchos lagos apacibles, y el tumultuoso discurrir de numerosos ríos caudalosos, y me he dicho: la paz habita en estas aguas. Sin embargo, he guiado mis pasos lejos de ellos, para vivir otro día más. Me he preguntado a mí mismo si el suicidio es un crimen en alguien para quien constituye la única posibilidad de abrir la puerta al otro mundo. Lo he hecho todo, excepto presentarme voluntario como soldado o duelista, pues no deseo destruir a mis semejantes. Pero no, ellos no son mis semejantes. El inextinguible poder de la vida en mi cuerpo y su efímera existencia nos alejan tanto como lo están los dos polos de la Tierra. No podría alzar una mano contra el más débil ni el más poderoso de entre ellos.
      Así he seguido viviendo año tras año… Solo, y cansado de mí mismo. Deseoso de morir, pero no muriendo nunca. Un mortal inmortal. Ni la ambición ni la avaricia pueden entrar en mi mente, y el ardiente amor que roe mi corazón jamás me será devuelto; nunca encontraré a un igual con quien compartirlo. La vida sólo está aquí para atormentarme.
      Hoy he concebido una forma por la que quizá todo pueda terminar sin matarme a mí mismo, sin convertir a otro hombre en un Caín… Una expedición en la que ningún ser mortal pueda nunca sobrevivir, aun revestido con la juventud y la fortaleza que anidan en mí. Así podré poner mi inmortalidad a prueba y descansar para siempre… o regresar, como la maravilla y el benefactor de la especie humana.
      Antes de marchar, una miserable vanidad ha hecho que escriba estas páginas. No quiero morir sin dejar ningún nombre detrás. Han pasado tres siglos desde que bebí el brebaje fatal; no transcurrirá otro año antes de que, enfrentándome a gigantescos peligros, luchando con los poderes del hielo en su propio campo, acosado por el hambre, la fatiga y las tormentas, rinda este cuerpo, una prisión demasiado tenaz para un alma que suspira por la libertad, a los elementos destructivos del aire y el agua. O, si sobrevivo, mi nombre será recordado como uno de los más famosos entre los hijos de los hombres. Y una vez terminada mi tarea, deberé adoptar medios más drásticos. Esparciendo y aniquilando los átomos que componen mi ser, dejaré en libertad la vida que hay aprisionada en él, tan cruelmente impedida de remontarse por encima de esta sombría tierra, a una esfera más compatible con su esencia inmortal.

Roja como la sangre

Otro cuento para este mes, escrito por Tanith Lee (1947-2015), narradora británica especializada –como sólo se puede lograr en un país de habla inglesa– en la literatura de imaginación fantástica.
      Lee fue una autora popular y prolífica en su propia lengua: además de recibir varios premios importantes, publicó más de 90 novelas y 300 cuentos a los largo de una carrera que abarcó cerca de 40 años. Sus libros más conocidos en español son Volkhavaar (1977) y El señor de la noche (1978). A través de sus traducciones, su estilo debe ser de las principales influencias de la que en un tiempo se llamó fantasía oscura en español.
      “Red as Blood”, que funde al personaje de Blancanieves con la figura más icónica del horror sobrenatural, proviene del libro Red as Blood, or, Tales from the Sister Grimmer (1983), que ofrece nuevas versiones –casi siempre con un componente macabro– de diversos cuentos de hadas tradicionales (a la manera de, por ejemplo, La cámara sangrienta de Angela Carter). Tomada de este blog, la traducción que sigue proviene a su vez, curiosamente, de la antología Ciencia ficción. 40ª selección (Bruguera, 1980). Fue realizada por César Terrón.

ROJA COMO LA SANGRE
Tanith Lee

La bellísima reina bruja abrió la caja de marfil del espejo mágico. De oro oscuro era el espejo, oro oscuro como el cabello de la reina bruja que caía en abundancia sobre su espalda. De oro oscuro era el espejo y tan antiguo como los siete atrofiados árboles negros que crecían más allá del pálido vidrio azul de la ventana.
      —Speculum, speculum —dijo la reina bruja al espejo mágico—. Dei gratia.
      —Volente Deo. Audio.
      —Espejo, ¿a quién ves?
      —Te veo a ti, señora. Y al resto del reino. Con una excepción.
      —Espejo, espejo, ¿a quién no ves?
      —No veo a Bianca.
      La reina bruja se santiguó. Cerró la caja del espejo y, caminando lentamente hasta llegar a la ventana, observó los viejos árboles a través de las hojas de vidrio de color azul pálido.
      Otra mujer había estado frente a esta ventana hacía catorce años, pero ella no era como la reina bruja. Su cabello negro le llegaba a los tobillos y vestía una túnica carmesí que se ceñía bajo sus pechos, puesto que se encontraba en avanzado estado de gestación. Y esta mujer había abierto la ventana de vidrio que daba al invernadero, donde los viejos árboles se agazapaban en la nieve. Después, tomando una puntiaguda aguja de hueso, la había clavado en su dedo y vertido sobre la tierra tres brillantes gotas.
      —Que mi hija tenga cabello negro como el mío —había dicho la mujer—, negro como la madera de estos retorcidos y arcanos árboles. Que tenga la piel como la mía, blanca como esta nieve. Y que tenga mis labios, rojos como mi sangre.
      Y la mujer había sonreído y chupado su dedo. Llevaba una corona en su cabeza que brillaba en la oscuridad como si fuera una estrella. Jamás se acercaba a la ventana antes del anochecer, no le gustaba el día. Ella fue la primera reina y no poseyó un espejo.
      La segunda reina, la reina bruja, sabía todo esto. Sabía cómo, al dar a luz, había muerto la primera reina. Su ataúd había sido conducido a la catedral y se habían ofrecido misas. Corría un horrible rumor: unas gotas de agua bendita habían caído sobre el cadáver y la carne muerta había despedido humo. Pero la primera reina había sido considerada como una desgracia para el reino. Después de su llegada se había producido una extraña plaga, una enfermedad devastadora para la que no hubo remedio.
      Transcurrieron siete años. El rey desposó con la segunda reina, tan distinta de la primera como el incienso lo es de la mirra.
      —Y ésta es mi hija —dijo el rey a su segunda reina.
      Era una niña menuda de casi siete años de edad. El cabello negro caía hasta sus tobillos y su piel era blanca como la nieve. Sus labios eran rojos como la sangre y sonreía con ellos.
      —Bianca —dijo el rey—, debes querer a tu nueva madre.
      Bianca sonrió esplendorosamente. Sus dientes brillaban como puntiagudas agujas de hueso.
      —Ven —dijo la reina bruja—. Ven, Bianca. Quiero que veas mi espejo mágico.
      —Por favor, mamá —replicó suavemente Bianca—. No me gustan los espejos.
      —Es muy modesta —se disculpó el rey—. Y delicada, también. Nunca sale de día. El sol la angustia.
      Aquella noche, la reina bruja abrió la caja de su espejo.
      —Espejo, ¿a quién ves?
      —Te veo a ti, señora. Y al resto del reino. Con una excepción.
      —Espejo, espejo, ¿a quién no ves?
      —No veo a Bianca.
      La segunda reina regaló a Bianca un minúsculo crucifijo de filigrana dorada. Bianca no lo aceptó. Corrió hacia su padre y murmuró:
      —Tengo miedo. No me gusta pensar en Nuestro Señor agonizando en Su cruz. Ella quiere asustarme. Dile que se lo lleve.
      La segunda reina cultivaba blancas rosas silvestres en su jardín e invitó a Bianca a pasear por allí tras la puesta del sol. Pero Bianca se acobardó.
      —Las espinas me pincharán —musitó a su padre—. Ella quiere que me haga daño.
      Cuando Bianca tenía doce años, la reina bruja habló con el rey.
      —Bianca debería recibir la confirmación —dijo—. De ese modo, podría comulgar con nosotros.
      —Eso es imposible —replicó el rey—. Te lo explicaré. Ella no ha recibido el bautismo, porque en sus últimas palabras mi primera esposa se opuso a ello. Ella me lo suplicó, ya que su religión era distinta a la nuestra. Los deseos de los moribundos deben ser respetados.
      —¿No debería gustarte ser bendecida por la Iglesia? —preguntó la reina bruja a Bianca—. ¿Arrodillarte en el reclinatorio dorado ante el altar de mármol? ¿Cantar a Dios, gustar el Pan ritual y probar el Vino ritual?
      —Ella quiere que traicione a mi verdadera madre —dijo Bianca al rey—. ¿Cuándo dejará de atormentarme?
      El día que cumplió trece años, Bianca se levantó de la cama y vio en ella una mancha roja, roja como una flor roja.
      —Ya eres una mujer —explicó su aya.
      —Sí —contestó Bianca.
      Se acercó al joyero de su verdadera madre, extrajo la corona que había llevado ella y se la puso en la cabeza.
      Al caminar bajo los viejos árboles negros, la corona brilló como una estrella.
      La enfermedad devastadora, qae había dejado en paz al reino durante trece años, volvió a manifestarse repentinamente. Y no había remedio.
      La reina bruja se sentó en una silla muy alta ante una ventana verde claro y blanco oscuro. En sus manos sostenía una Biblia forrada en seda rosada.
      —Majestad —dijo el cazador, al tiempo que hacía una profunda reverencia.
      Era un hombre fuerte y apuesto, de cuarenta años y experto en el oculto saber de los bosques, el oculto saber de la tierra. También era capaz de matar sin un solo titubeo, pues tal era su oficio. Podía acabar con el frágil y esbelto ciervo, las aves alígeras y las liebres de terciopelo de ojos tristes y prescientes. A él le daban pena, pero aun así, las mataba. La piedad no podía detenerle. Era su oficio.
      —Mira el jardín —ordenó la reina bruja.
      El cazador observó el jardín a través de un oscuro vidrio blanco. El sol se había hundido en el horizonte. Una doncella paseaba bajo un árbol.
      —La princesa Bianca —dijo el cazador.
      —¿Y qué más?
      El cazador se persignó.
      —Por Nuestro Señor, mi reina —dijo—. No lo diré.
      —Pero lo sabes.
      —¿Y quién no lo sabe?
      —El rey no lo sabe.
      —No lo sabe.
      —¿Eres valiente? —preguntó la reina bruja.
      —En verano he cazado y matado al jabalí. En invierno he masacrado lobos.
      —¿Pero eres lo bastante valiente?
      —Si tú lo ordenas, señora —replicó el cazador—, me esforzaré en serlo.
      La reina bruja abrió la Biblia en una determinada página y extrajo de ella un crucifijo de plata, muy delgado, que había reposado junto a las palabras: No temerás el terror de la noche… Ni la pestilencia que se pasea en la oscuridad.
      El cazador besó el crucifijo y se lo puso en torno a su cuello y por debajo de su camisa.
      —Acércate —ordenó la reina bruja—, y te explicaré qué debes decir.
      Al cabo de un rato, el cazador entró en el jardín cuando las estrellas relucían en el firmamento. Avanzó a grandes pasos hacia el atrofiado árbol enano bajo el que se hallaba Bianca y se arrodilló.
      —Princesa —dijo—. Perdóname, pero debo darte malas noticias.
      —Dámelas —replicó la muchacha, jugando con el largo tallo de una flor macilenta y nocturna que había arrancado.
      —Tu madrastra, esa bruja detestable y celosa, quiere verte muerta. No puedes hacer otra cosa que no sea huir del palacio esta misma noche. Si me lo permites, te acompañaré hasta el bosque. Allí se hallan personas que cuidarán de ti hasta que puedas regresar sin ningún temor.
      Bianca le miró fijamente con ojos que expresaban confianza.
      —Siendo así, iré contigo —contestó.
      Salieron del jardín por una puerta secreta, cruzando un pasadizo subterráneo, un huerto enmarañado y un sendero tortuoso que se extendía entre enormes setos crecidos en exceso.
      La noche era una vibración profundamente azulada y titilante cuando llegaron al bosque. Las ramas de los árboles se cruzaban y entrelazaban, como formando una ventana, y el cielo resplandecía tenuemente, pareciendo extenderse al otro lado de hojas de vidrio de un color azulado.
      —Estoy cansada —se quejó Bianca en un suspiro—. ¿Puedo descansar un momento?
      —Por supuesto —respondió el cazador—. Los zorros acuden de noche a ese claro, allí. Mira en esa dirección y los verás.
      —Cuan inteligente eres —repuso Bianca—. Y cuan apuesto.
      La muchacha se sentó en el césped y contempló el claro. El cazador sacó silenciosamente su cuchillo y lo ocultó en los pliegues de su capa. Luego se agachó junto a la doncella.
      —¿Qué estás cuchicheando? —inquirió el cazador, poniendo su mano sobre el negro cabello de Bianca.
      —Una poesía que mi madre me enseñó, sólo eso.
      El cazador la agarró por los pelos y la obligó a levantar la cabeza, de modo que el cuello de la muchacha estuviera dispuesto para acuchillarlo. Pero no usó su arma. Porque allí, en su mano, sostenía la cabellera de oro oscuro de la reina bruja, y veía su rostro sonriente. Riendo, la mujer le rodeó con sus brazos.
      —Mi buen servidor, mi dulce servidor —dijo ella—, sólo deseaba probarte. ¿Acaso no soy una bruja? ¿Acaso no me amas?
      El cazador se estremeció, porque la amaba y ella le abrazaba con tal fuerza que el corazón femenino parecía latir dentro de su propio cuerpo.
      —Aparta el cuchillo —ordenó la mujer—. Despréndete de ese absurdo crucifijo. No necesitamos nada de eso. El rey no es ni la mitad de hombre que tú.
      Y el cazador la obedeció, arrojando cuchillo y crucifijo entre las raíces de los árboles. Se apretó contra ella y la mujer hundió el rostro en su cuello. El dolor de su beso fue lo último que sintió en este mundo.
      El cielo se ennegreció, el bosque todavía más. Ni un solo zorro correteaba en el claro. La luna fue elevándose y tiñendo de blanco las ramas y los vacíos ojos del cazador. Bianca limpió sus labios con una flor muerta. . —Siete dormidos, siete despiertos —dijo Bianca—. Madera por madera. Sangre por sangre. Tú por mí.
      Se oyó un sonido como el de siete inmensas rasgaduras que provenía de más allá de los árboles, un sendero tortuoso, un huerto y un pasadizo subterráneo. Y otro sonido que parecía el de siete inmensas pisadas. Más cerca. Más cerca todavía.
      Hop, hop, hop, hop. Hop, hop, hop.
      En el huerto, siete temblores de la negrura.
      En el sendero tortuoso, entre los elevados setos, siete negras figuras arrastrándose.
      Matorrales crujiendo, ramas restallando.
      Siete seres retorcidos, deformes, encorvados y atrofiados avanzaron penosamente por el bosque en dirección al claro. Un pelaje musgoso, negro y leñoso, máscaras desprovistas de secretos. Ojos como grietas relucientes, bocas cual húmedas cavernas. Barbas de liquen. Dedos de cartílagos rámeos. Sonriendo. Arrodillándose. Rostros apretados contra la tierra.
      —Bien venidos —dijo Bianca.
      La reina bruja estaba de pie frente a una ventana de vidrio cuyo color semejaba el del vino diluido. Miró el espejo mágico.
      —Espejo, ¿a quién ves?
      —Te veo a ti, señora. Veo un hombre en el bosque. Estaba cazando, pero no al ciervo. Sus ojos están abiertos, pero está muerto. Veo al resto del reino. Con una excepción.
      La reina bruja se tapó las orejas con. ambas palmas de la mano.
      En el exterior, el jardín estaba vacío. Le faltaban sus siete árboles negros, enanos y atrofiados.
      —Bianca —dijo la reina.
      Las ventanas habían sido cubiertas con colgaduras y no daban luz. La luz brotaba de un recipiente poco profundo. Luz en un haz, como trigo color pastel. Iluminaba cuatro espadas que apuntaban a este y oeste, a norte y sur.
      Los cuatro vientos y el polvo gris plata del tiempo habían irrumpido en la cámara.
      Las manos de la reina bruja flotaban como hojas desprendidas a merced del aire.
      —Pater omnipotens, mitere digneris sanctum Angelum tuum de Infernis —recitaron los resecos labios de la reina bruja.
      La luz decayó y se hizo más brillante.
      Allí estaba el ángel Lucefiel, entre las empuñaduras de las cuatro espadas, lúgubremente dorado, con el rostro en la sombra y sus alas áureas abiertas y guarneciendo su espalda.
      —Puesto que me has llamado, conozco tu deseo —dijo—. Es un deseo triste. Quieres dolor.
      —Tú hablas de dolor, señor Lucefiel. Tú, que sufres el más despiadado dolor de todos. Peor que los clavos en los pies y muñecas. Peor que las espinas, la esponja de vinagre y la lanza en el costado. Ser convocado por amor del diablo, cosa que yo no hago, hijo de Dios, hermano del Hijo.
      —Entonces, me reconoces. Te concederé lo que pides.
      Y Lucefiel (llamado por algunos Satán y Rex Mundi y, sin embargo, la mano izquierda, la mano siniestra de la concepción de Dios), arrebató un rayo del éter y lo arrojó a la reina bruja.
      El rayo la alcanzó en el pecho. Se derrumbó.
      El haz de luz se elevó e iluminó los ojos dorados del ángel, unos ojos terribles, aunque luminosos a causa de la compasión. Las espadas se hicieron añicos y Lucefiel desapareció.
      La reina bruja se levantó del suelo de la cámara. Había dejado de ser bella. Era una bruja arrugada y babeante.
      El sol nunca lucía en el corazón del bosque, ni siquiera al mediodía. Las flores crecían en la turba, pero eran incoloras. Por encima de ellas, el techo verdinegro albergaba retículos de una espesa y sombría luz verdosa en los que polillas y mariposas albinas se agitaban febrilmente. Los troncos de los árboles eran lisos como los tallos de algas submarinas. Durante el día revoloteaban los murciélagos y otras aves que creían ser como ellos.
      Había un sepulcro cubierto de musgo goteante. Los huesos yacían esparcidos en torno al pie de siete árboles enanos y retorcidos. Parecían árboles. A veces se movían. Otras veces, algo que semejaba un ojo o un diente brillaba en la sombría humedad.
      En el umbráculo de la puerta del sepulcro estaba sentada Bianca, peinando su cabello.
      Agitados movimientos turbaron la espesa oscuridad.
      Los siete árboles volvieron sus cabezas.
      Una bruja surgió del bosque. Era una mujer jorobada y su cabeza casi calva estaba inclinada hacia el suelo como si fuera un ave rapaz, un buitre.
      —Por fin hemos llegado —dijo la bruja con la voz de un buitre.
      Se acercó. Sus huesos crujieron cuando se paso de rodillas y hundió su rostro en la turba repleta de flores sin colorido.
      Bianca volvió a sentarse y la contempló. La bruja se levantó. Sus dientes formaban una empalizada amarillenta.
      —Te traigo el homenaje de las brujas y tres presentes —dijo la anciana.
      —¿Y por qué?
      —Una niña tan despierta, con sólo catorce años… ¿Por qué? Porque te tememos. Te traigo presentes para congraciarnos contigo.
      Bianca rió.
      —Enséñamelos —ordenó.
      La bruja movió su mano, haciendo un pase en el aire verdusco. Apareció un cordón de seda, curiosamente trenzado con cabellos humanos.
      —Aquí tienes un cinto que te protegerá de las artimañas de los curas, del crucifijo y el cáliz, de la detestable agua bendita. En él están anudados los cabellos de una virgen, de una mujer no mejor de lo que debería ser y de una mujer muerta. Y aquí tienes… —un segundo pase y surgió en su mano un peine de laca, color azul sobre verde— …un peine del mar profundo, una joya de sirena, para fascinar y seducir. Peina tus cabellos con él y el aroma del océano henchirá el olfato de los hombres y quedarán ensordecidos por el ritmo de las mareas, las mareas que atan a los hombres como si de cadenas se trataran. Y por último, ese antiguo símbolo de perversidad, la fruta escarlata de Eva, la manzana roja como la sangre. Muérdela, y el entendimiento del Pecado, del que la serpiente se jactó, te será dado a conocer.
      La bruja ejecutó su último pase en el aire y ofreció la manzana, junto con el cinto y el peine, a Bianca.
      Bianca miró un instante los siete árboles atrofiados.
      —Me gustan sus presentes, pero no confío mucho en ella.
      Las escuetas máscaras atisbaron desde sus toscas barbas. Sus ojillos destellaron. Sus garras ramosas restallaron.
      —Es igual —decidió Bianca—. Dejaré que me ate el cinto y peine mi pelo.
      La bruja obedeció, sonriendo bobamente. Se arrastró hasta Bianca como un sapo y ató el cordón. Peinó los cabellos de ébano. Brotaron chispas blancas del cinto. Surgieron fulgores como el ojo del pavo real del peine.
      —Y ahora, bruja, da un mordisco a la manzana.
      —Será un orgullo contar a mis hermanas que he compartido esta fruta contigo —respondió la bruja.
      La vieja mordió la manzana, masticó ruidosamente, tragó el bocado y chasqueó los labios.
      Bianca cogió la fruta y mordió un trozo.
      Bianca chilló… y se atragantó.
      Se puso en pie de un brinco. Sus cabellos se arremolinaron en torno a ella como una nube de tormenta. Su rostro se puso azul, luego gris, finalmente blanco de nuevo. Cayó sobre las pálidas flores y quedó inmóvil, sin respirar.
      Los siete árboles enanos batieron sus extremidades y sus rámeas cabezas de oso. Fue en vano. Faltos del arte de Bianca, no podían saltar. Estiraron sus garras y rasgaron los escasos cabellos y el manto de la bruja, que se escabulló entré ellos. Huyó a la zona del bosque iluminada por el sol, siguió por el tortuoso sendero, pasó el huerto y se introdujo en un pasadizo subterráneo.
      La bruja volvió al palacio, entrando por la puerta secreta, y subió por una escalera oculta hasta la cámara de la reina. Estaba el doble de encorvada que antes y sostenía sus costillas. Abrió la caja de marfil del espejo mágico con una mano extremadamente flaca.
      —Speculum, speculum. Dei gratia. ¿A quién ves?
      —Te veo a ti, señora. Y al resto del reino. Y veo un ataúd.
      —¿De quién es el cadáver que yace en el ataúd?
      —Eso no puedo verlo. Debe de ser el de Bianca.
      La bruja, que en otro tiempo había sido la bellísima reina bruja, se hundió en su silla alta ante la ventana de vidrio color pepino y blanco oscuro. Sus drogas y pócimas estaban dispuestas para anular el terrible conjuro de vejez que el ángel Lucefiel había ejecutado en ella, pero no las tocó todavía.
      La manzana había contenido un fragmento de la carne de Cristo, la sagrada hostia, la Eucaristía.
      La reina bruja cogió su Biblia y la abrió al azar.
      Y atemorizada, leyó la palabra Resurgat.
      El aspecto del ataúd era vitreo, de un vidrio lechoso. Había tomado esa forma después que un humo tenue y blanco hubiera brotado de la piel de Bianca. La muchacha despidió humo igual que una hoguera sobre la que cae una gota de agua extinguidora. El trozo de pan eucarístico se había atravesado en su garganta. La Eucaristía, agua extinguidora para su hoguera, hizo que Bianca humeara.
      Después llegó el frío rocío del anochecer y el viento aún más gélido de la medianoche. El humo de Bianca se congeló en torno a su cuerpo. La escarcha se formó rodeando todo el bloque de hielo nebuloso que contenía a Bianca, en un exquisito trabajo de ornamentación en plata.
      El corazón frígido de Bianca no podía calentar el hielo, como tampoco podía hacerlo la oscura luminosidad verdosa de un día sin sol.
      Podía verse a la muchacha, tumbada dentro del ataúd, a través del vidrio. ¡Qué hermosa estaba Bianca! Negro de ébano, blanco de nieve, rojo de sangre.
      Los árboles pendían sobre el ataúd. Pasaron los años. Los árboles tendieron sus ramas en torno al féretro, abrigándolo con sus brazos. De sus ojos brotaron lágrimas de hongos y resina. Verdes gotas de ámbar se solidificaron sobre el ataúd de vidrio como si fueran joyas.
      —¿Qué es eso que yace bajo los árboles? —preguntó el príncipe cuando su cabalgadura le llevó hasta e! claro.
      Una luna dorada parecía acompañarle, brillando en torno a su áurea cabeza, en la armadura de oro y en la capa de blanco satén decorada en oro, sangre, tinta y zafiro. El caballo albo pisoteó las descoloridas flores, mas éstas volvieron a erguirse una vez las pezuñas acabaron de pasar. Del fuste de la silla pendía un escudo, un escudo muy extraño. En un lado tenía la cabeza de un león, en el otro la de un cordero.
      Los árboles crujieron y sus cabezas se abrieron para formar enormes bocas.
      —¿Es éste el féretro de Bianca? —inquirió el príncipe.
      —Déjala con nosotros —contestaron los siete árboles.
      Tiraron de sus raíces. La tierra tembló. El ataúd de hielo vitreo sufrió una gran sacudida y se partió en dos mitades.
      Bianca tosió.
      La sacudida había arrojado de su boca el fragmento de hostia.
      El féretro estalló en un millar de trozos y Bianca se sentó. Miró al príncipe y sonrió.
      —Bien venido, amado mío —dijo.
      Se puso en pie, sacudió sus cabellos y empezó a caminar hacia el príncipe y su caballo blanco.
      Pero Bianca pareció entrar en una sombra, en una sala púrpura. Luego en otra habitación carmesí cuyas emanaciones la alancearon como cuchillos. Después entró en una sala amarilla en la que oyó un sonido de lloros que desgarró sus oídos. Bianca se sintió desnuda, sin cuerpo. Era un corazón latiente. Los latidos de su corazón se convirtieron en dos alas. Bianca voló. Primero fue un cuervo, luego una lechuza. Voló hasta el centelleante vidrio de una ventana. El fulgor la tiño de blanco. Blanco de nieve. Era una paloma.
      Se posó en el hombro del príncipe y ocultó su cabeza bajo un ala. Ya no tenía nada de color negro, nada de color rojo.
      —Ahora empieza de nuevo, Bianca —dijo el príncipe.
      La tomó de su hombro. En su muñeca había una señal que semejaba una estrella. En otro tiempo, un clavo había sido hincado allí.
      Bianca se alejó hacia el techo del bosque. Llegó a una ventana de exquisito color vino. Estaba en el palacio. Tenía siete años de edad.
      La reina bruja, su nueva madre, colgó un crucifijo de filigrana en torno a su cuello.
      —Espejo —dijo la reina bruja—. ¿A quién ves?
      —Te veo a ti, señora. Y al resto del reino. Veo a Bianca.

Donde su fuego nunca se apaga

Este cuento no es difícil de encontrar en línea, pero no está de más tenerlo aquí ni publicarlo en estos días. Su autora fue May Sinclair (1863-1946), narradora, activista, filósofa y crítica literaria inglesa. Muy popular en su propia época, y considerada una de las autoras importantes del movimiento modernista de su país, en América Latina se le conoce principalmente porque este cuento (“Where Their Fire is not Quenched”, aparecido en la colección Uncanny Stories, de 1923) fue recogido en la Antología de la literatura fantástica (1940) de Jorge Luis Borges, Adolfo Bioy Casares y Silvina Ocampo.
      Un error que suele cometerse al leer narraciones fantásticas es creer que intentan persuadirnos de que lo que cuentan podría suceder realmente. “Son metáforas”, se dice, y en cierto modo es verdad, pero lo que las vuelve significativas es la diferencia que percibimos entre lo que puede ocurrir a sus personajes y lo que nos puede ocurrir a nosotros. Al reconocer esa distancia comenzamos a interpretar lo que leemos y a encontrarle más sentidos que el literal. Así pasa con Harriet, la protagonista de Sinclair, sometida a los condicionamientos sociales de su época y después agobiada por una culpa y una frustración tan grandes que el texto mismo no se atreve a explicarlas –aunque entendemos perfectamente a qué se deben– y que, de hecho, duran más allá de su muerte y la consumen entera. Esto no nos sucede literalmente, pero sí nos podemos sentir así: atrapados en una vida que no dictamos, cuyas consecuencias no podemos controlar y que no termina: una situación infernal aunque no se viva en el infierno.
      Los sucesos de estos días, incluyendo la conmoción debida a la separación anunciada del Reino Unido de la Unión Europea, tal vez se pueden sentir así también, y por eso tiene sentido recordar (o leer por primera vez) esta narración: una pesadilla hecha en Inglaterra.

May Sinclair

DONDE SU FUEGO NUNCA SE APAGA
May Sinclair

No había nadie en el huerto. Con prudencia, sin hacer ruido con la aldaba, Harriet Leigh salió por el portón de hierro. Siguió el camino hasta el cerco, donde, bajo el saúco en flor, la esperaba el teniente de marina George Waring.
      Años después, cuando pensaba en George Waring, Harriet volvía a sentir el dulce y cálido olor de vino de la flor de saúco y cuando olía flores de saúco, reveía a George Waring, con su hermosa cara de poeta o de músico, sus ojos negros y sus cabellos pardo oliva.
      Waring le había pedido que se casaran y había consentido. Pero su padre se oponía y ella había venido para decírselo y para despedirse de él; su barco partía al día siguiente.
      –Dice que somos demasiado jóvenes.
      –¿Cuánto quiere que esperemos?
      –Tres años.
      –¡Todavía tres años antes de casarnos! ¡Estaremos muertos!
      Lo abrazó para confortarlo. Él la abrazó más fuerte y después corrió a la estación, mientras ella volvía luchando con sus lágrimas.
      –En tres meses estará de vuelta. Habrá que esperar.
      Pero no volvió. Había muerto en un naufragio en el Mediterráneo. Harriet ya no temía una pronta muerte porque no podía seguir viviendo sin George.
      Harriet Leigh esperaba en la sala de su casita en Maida Vale, donde vivía desde la muerte de su padre. Estaba inquieta, no podía apartar los ojos del reloj; esperando las cuatro, la hora que había fijado Oscar Wade. Lo había rechazado el día antes y no estaba segura de que viniera.
      Se preguntaba por qué lo recibía hoy, si ayer lo había rechazado definitivamente. No debería verlo, nunca. Le había explicado todo claramente. Se evocaba, tiesa en la silla, enardecida con su propia integridad, mientras él la escuchaba cabizbajo, avergonzado. De nuevo sentía el temblor de su voz, repitiendo que no podía, que debía comprenderla, que no cambiaría su decisión, que él tenía una esposa y que no debían olvidarlo.
      Oscar respondió indignado:
      –No necesito pensar en Muriel. Sólo vivimos juntos para guardar las apariencias.
      –Y para guardar las apariencias debemos dejar de vernos. Oscar, por favor, váyase.
      –¿Lo dice en serio?
      –Sí. Ya no debemos vernos.
      Oscar se había alejado, vencido. Lo veía cuadrando sus anchas espaldas para soportar el golpe. Le daba lástima. Había sido cruel sin necesidad. Ahora que había trazado un límite, ¿por qué no podían verse? Hasta ayer ese límite no era claro. Hoy quería pedirle que olvidara lo que le había dicho. Eran las cuatro. Las cuatro y media. Las cinco. Ya había tomado el té y renunciado a verlo, cuando llegó. Vino como otras veces: con su paso mesurado y cauto, sus anchas espaldas erguidas con arrogancia. Era un hombre de unos cuarenta años, alto y ancho, de caderas estrechas y cuello corto, cara grande y cuadrada y rasgos hermosos. El bigote, muy corto, pardo rojizo, se erizaba sobre el labio superior. Sus ojos pequeños brillaban, pardos, rojizos, ansiosos y animales. Le gustaba pensar en él cuando estaba lejos pero siempre tenía un sobresalto al verlo. Físicamente distaba mucho de su ideal; era tan distinto de George Waring…
      Se sentó frente a ella. Hubo un silencio incómodo que interrumpió Oscar Wade.
      –Harriet, usted me dijo que yo podía venir. –Parecía que quería echarle toda la responsabilidad. –Espero que me haya perdonado.
      –Sí, Oscar. Lo he perdonado.
      Le dijo que se lo demostrara yendo a cenar con él. Accedió sin saber por qué.
      La llevó al restaurante Schubler. Oscar Wade comía como un gourmet, dando importancia a cada plato. A ella le gustaba su ostentosa generosidad: no tenía ninguna de las virtudes mezquinas.
      Terminó la cena. Su congestión silenciosa decía lo que estaba pensando. Pero la acompañó hasta su casa y se despidió en el portón.
      Harriet no sabía si alegrarse o entristecerse. Había gozado un momento de exaltación virtuosa, pero no hubo alegría en las semanas siguientes. Había renunciado a Oscar Wade, porque no la atraía mucho, y ahora lo deseaba con furia, con perversidad, porque había renunciado a él.
      Cenaron juntos varias veces. Ya conocía de memoria el restaurante. Las paredes blancas con paneles de contornos dorados, los pilares blancos y dorados, las alfombras turcas, azul y carmesí, los almohadones de terciopelo carmesí, que se prendían a sus faldas, los destellos de plata y de cristalería de las mesas circulares. Y las caras de los clientes y las luces en las pantallas rojas. Y la cara de Oscar, roja por la cena. Siempre, cuando él se echaba hacia atrás en la silla, Harriet sabía en qué pensaba. Alzaba los párpados pesados y la miraba, caviloso. Ahora sabía en qué iba a acabar todo. Pensaba en George Waring y en su propia vida desilusionada. No lo había elegido a Oscar, realmente no lo había deseado, pero ya no podía dejarlo ir.
      Estaba segura de lo que iba a ocurrir. Pero no sabía cuándo ni dónde. Ocurrió al final de una noche, cuando cenaron en una salita reservada. Oscar había dicho que no podía soportar el calor y el ruido del comedor. Ella subió adelante; por una empinada escalera con alfombra roja, hasta la puerta del segundo piso.
      De tiempo en tiempo repitieron la furtiva aventura, en el cuarto del restaurante o en su casa, cuando no estaba la sirvienta. Pero no convenía arriesgarse.
      Oscar se declaraba feliz. Harriet dudaba. Esto era el amor, lo que nunca había tenido, lo que había soñado y deseado con hambre y sed; ahora lo tenía. No estaba satisfecha. Siempre esperaba algo más, algún éxtasis que se anunciaba y no llegaba. Algo la repelía en Oscar; pero, como era su amante, no podía admitir que fuera un dejo de grosería.
      Para justificarse pensaba en sus buenas cualidades, su generosidad, su fuerza. Le hacía hablar de sus oficinas, de su fábrica, de sus máquinas, le pedía prestados los libros que él leía. Pero siempre que trataba de conversar con él, le hacía sentir que no era para eso que estaban juntos, que toda la conversación que un hombre necesita la tiene con sus amigos.
      –Lo malo es que nos veamos de un modo tan fugaz; deberíamos vivir juntos; es lo único razonable –dijo Oscar.
      Tenía un plan. Su suegra vendría a vivir con Muriel en octubre. Podría ir a París y encontrarse allí con Harriet.
      En un hotel de la Rue de Rivoli, estuvieron dos semanas. Pasaron tres días locamente enamorados.
      Cuando se despertaba encendía la luz y lo miraba dormir. El sueño lo volvía inocente y suave, ocultaba sus ojos, le afinaba la expresión de la boca.
      Después empezó la reacción. Al final del décimo día, volviendo de Montmartre, Harriet estalló en un ataque de llanto. Cuando le preguntaron por qué, dijo, al azar, que el Hotel Saint Pierre era horrible.
      Con indulgencia, Oscar explicó su estado como de fatiga, causada por una agitación continua.
      Trató de creer que estaba deprimida, porque su amor era más puro y espiritual que el de Oscar; pero sabía perfectamente que había llorado de aburrimiento. Estaban enamorados, y se aburrían mutuamente. En la intimidad, no podían soportarse.
      Al fin de la segunda semana, empezó a dudar de haberlo querido alguna vez.
      En Londres, por un tiempo, volvieron a entusiasmarse. Lejos del esfuerzo artificial que les había impuesto París, quisieron persuadirse de que el antiguo régimen de aventura furtiva era más adecuado a sus temperamentos románticos.
      Pero los perseguía el temor de que los descubrieran. Durante una corta enfermedad de Muriel, pensó con terror que esta podía morir; ya nada le impediría casarse con Oscar; él seguía jurando que si estuviera libre se casaría con ella.
      Después de la enfermedad la vida de Muriel fue preciosa para los dos: les impedía una unión permanente.
      Sobrevino la ruptura.
      Oscar murió tres años después. Fue un inmenso alivio para Harriet. Ahora ya nadie sabía su secreto. Sin embargo, en los primeros momentos, Harriet se decía que, Oscar muerto, estaría más cerca de ella que nunca. No recordaba que en vida casi nunca había deseado tenerlo cerca. Mucho antes de que pasaran veinte años, le pareció imposible haber conocido una persona como Oscar Wade. Schubler y el Hotel Saint Pierre ya no eran recuerdos importantes. Hubieran desentonado con la reputación de santidad que había adquirido. Ahora, a los cincuenta y dos años, era amiga y ayudante del Reverendo Clement Farmer, Vicario de Santa María en Maida Vale.
      Era secretaria del Hogar para Jóvenes Caídas, de Maida Vale y Kilburn. Su exaltación mayor sobrevenía cuando Clement Farmer, el flaco y austero vicario, parecido a George Waring, subía al púlpito y levantaba los brazos en la bendición. Pero el momento de su muerte fue el más perfecto. Estaba acostada, soñolienta, en la cama blanca, debajo del negro crucifijo con un Cristo de marfil. El sacerdote se movía tranquilamente en el cuarto, arreglando las velas, el misal del Santísimo Sacramento. Acercó una silla a la cama; esperó que despertara. Tuvo un instante de lucidez. Sintió que se estaba muriendo y que la muerte la hacía importante para Clement Farmer.
      –¿Estás lista? –preguntó.
      –Todavía no. Creo que estoy asustada. Tranquilíceme.
      Clemente Farmer encendió dos velas en el altar. Tomó el crucifijo de la pared y se acercó de nuevo a la cama.
      –Ahora no tendrá miedo.
      –No tengo miedo del más allá. Supongo que uno se acostumbra. Pero tal vez al principio sea terrible.
      –La primera etapa en la otra vida, depende, en gran parte, de lo que pensamos en nuestros últimos momentos.
      –Será en mi confesión.
      –¿Se siente capaz de confesarse ahora? Después le daré la extremaunción y se quedará pensando en Dios.
      Recordó su pasado. Allí encontró a Oscar Wade. Vaciló: ¿Podría confesar lo de Oscar Wade? Estuvo por hacerlo, después comprendió que no era posible. No era necesario. Veinte años de su vida habían prescindido de él. Tenía otros pecados que confesar. Hizo una cuidadosa selección:
      –Me sedujo demasiado la belleza del mundo. A veces no fui caritativa con mis pobres muchachas. En lugar de pensar en Dios, he pensado a menudo en los seres queridos. –Después recibió la extremaunción. Pidió al sacerdote que le tuviera la mano, para no sentir miedo; mucho tiempo la tuvo así hasta que él la oyó murmurar–: Esto es la muerte. Pero yo creía que era horrible y es la dicha, la dicha.
      Harriet permaneció unas horas en el cuarto donde habían sucedido estas cosas. Su aspecto le era familiar, con algo de extraño, ahora, y de repugnante. El altar, el crucifijo, las velas encendidas, sugerían alguna horrible experiencia cuyos detalles no podía definir, pero que parecían tener alguna relación con el cuerpo amortajado en la cama, que ella no asociaba consigo misma. Cuando la enfermera vino y lo descubrió, vio que era el de una mujer de mediana edad. Su cuerpo vivo era el de una joven de treinta y dos años.
      Su muerte no tenía pasado ni futuro, ningún recuerdo cortante ni coherente, ninguna idea de lo que iba a ser.
      Luego, súbitamente, el cuarto empezó a alejarse de sus ojos, a partirse en zonas y haces que se dislocaban y eran arrojados a diversos planos. Se inclinaban en todas direcciones, se cruzaban y cubrían con una mezcla transparente de diferentes perspectivas, como reflejos en vidrios.
      La cama y el cuerpo se deslizaron hacia cualquier parte, hasta perderse de vista. Ella estaba de pie ante la puerta, que era lo único que había quedado. La abrió y se encontró en la calle, cerca de un edificio gris amarillento, con una gran torre de techo de pizarra. Lo reconoció. Era la iglesia de Santa María, de Maida Vale. Oía los acordes del órgano. Abrió la puerta y entró.
      Había vuelto a espacio y tiempo definidos, había recuperado una parte limitada de memoria coherente. Recordaba todos los detalles de la iglesia que eran, en cierto modo, permanentes y reales, ajustados a la imagen que ahora la poseía.
      Sabía para qué había venido. El servicio había concluido. Caminó por la nave hasta el asiento habitual debajo del pulpito. Se arrodilló y se cubrió la cara con las manos. Entre sus dedos podía ver la puerta de la sacristía. La miró tranquilamente, hasta que se abrió y apareció Clement Farmer con su sotana negra. Pasó muy cerca del banco donde estaba arrodillada, y la esperó en la puerta, porque tenía algo que decirle.
      Se levantó y se aproximó a Farmer. Seguía esperándola y no se movió para darle paso. Se acercó tanto que los rasgos de él se confundieron. Entonces, se retiró un poco para verlo mejor y se halló ante la cara de Oscar Wade. Estaba quieto, horriblemente quieto, cortándole el paso.
      Las luces de las naves laterales iban apagándose, una por una. Si no se escapaba quedaría encerrada con él en esa oscuridad. Consiguió, por fin, moverse y llegar a tientas a un altar. Cuando se dio vuelta, ya no estaba Oscar Wade.
      Entonces recordó que Oscar Wade estaba muerto. Luego lo que había visto no era Oscar: era su fantasma. Había muerto. Había muerto hacía diecisiete años. Estaba libre de él para siempre…
      Cuando salió al atrio de la iglesia vio que la calle había cambiado. No era la calle que recordaba. Se encontró en una recova con muchas vidrieras; la Rué de Rivoli en París. Ahí estaba la entrada del Hotel Saint Pierre. Pasó por la puerta giratoria; cruzó el gris y sofocante vestíbulo que ya conocía; fue derecha a la gran escalera de alfombra gris; subió los peldaños innumerables que giraban alrededor de la jaula del ascensor hasta un descanso que conocía y un largo corredor ceniciento alumbrado por una ventana opaca; allí sintió el horror del lugar.
      Ya no se acordaba de la iglesia de Santa María. No se daba cuenta de ese curso retrógrado en el tiempo. Todo el espacio y todo el tiempo estaban ahí. Recordaba que debía caminar hacia la izquierda.
      Pero había algo donde el corredor doblaba, en la ventana al final de todos los corredores. Si tomaba la derecha se salvaría; pero ahí se detenía el corredor: un muro liso. Tuvo que volver a la izquierda. Dobló por otro corredor, que era oscuro y secreto y depravado. Llegó a una puerta torcida, que dejaba pasar luz por la rendija. Distinguía, encima, el número: 107. Algo había sucedido ahí. Si entraba volvería a suceder. Atrás de la puerta estaba Oscar Wade esperándola. Oyó sus pasos mesurados, que se acercaban. Huyó, rápida y ciega, como un animal, oyendo los pies que la perseguían. La puerta giratoria la agarró y la arrojó a la calle. Lo extraño es que estaba fuera del tiempo. Borrosamente recordaba que alguna vez hubo una cosa llamada tiempo: no se lo imaginaba. Se daba cuenta de cosas que sucedían o que estaban por suceder. Las fijaba por el lugar que ocupaban y medía su duración por el espacio. Ahora pensaba: si tan sólo pudiera retroceder al lugar donde no sucedió.
       Caminaba por un camino blanco, entre campos y colinas desdibujadas por la niebla. Cruzó el puente y vio la antigua casa gris, sobre el alto muro del jardín. Entró por el portón de hierro y se encontró en un gran salón de techo bajo, con las cortinas corridas, ante una cama. Era la cama de su padre. El cadáver extendido bajo la sábana, era el de su padre. Levantó la sábana: Vio el rostro de Oscar Wade, quieto y suavizado por la inocencia del sueño y de la muerte. Lo miró, fascinada, con implacable felicidad. Oscar estaba muerto. Recordó que solía dormir así, en el Hotel Saint Pierre, a su lado. Si estaba muerto, no volvería a suceder. Estaba salvada.
      La cara muerta le daba miedo. Al recubrirla, notó un ligero movimiento. Levantó la sábana y la estiró con fuerza, pero las manos empezaron a luchar y los dedos aparecieron por los bordes, tirándola hacia abajo. La boca se abrió, los ojos se abrieron: toda la cara la miró en agonía y terror.
      El cuerpo se irguió, con los ojos clavados en los de ella. Los dos se quedaron inmóviles, un instante, con miedo mutuo. Pudo escaparse y correr; se detuvo en el portón sin saber qué lado tomar. A la derecha, el puente y el camino la llevarían a la Rue de Rivoli y a los abominables corredores del Hotel Saint Pierre; a la izquierda, el camino cruzaba la aldea.
      Si pudiera retroceder aún, estaría segura, fuera del alcance de Oscar. Junto al lecho de muerte, había sido joven pero no bastante. Tenía que volver al lugar en que había sido más joven; sabía adonde encontrarlo; cruzó la aldea corriendo, por los galpones de una granja, por el almacén, por la fonda La Cabeza de la Reina, por el Correo, la iglesia y el cementerio, hasta el portón del sur, en los muros del parque de su niñez.
      Estas cosas parecían insustanciales, tras una capa de aire que brillaba sobre ellas como vidrio. Se dislocaron, flotaron lejos de ella, y en lugar del camino real y los muros del parque, vio una calle de Londres, de sucias fachadas blancas, y en lugar del portón, la puerta giratoria del restaurante Schubler.
      Entró. La escena se impuso con la dura evidencia de la realidad. Fue hasta una mesa en un rincón, donde un hombre estaba solo. La servilleta le tapaba la boca. No estaba segura de la parte superior de la cara; la servilleta se deslizó. Vio que era Oscar Wade. Se dejó caer a su lado. Wade se le acercó; sintió el calor de la cara congestionada y el olor del vino.
      –Yo sabía que vendrías.
      Comió y bebió en silencio, postergando el abominable momento final. Al fin se levantaron y se afrontaron; el gran cuerpo de Oscar estaba ante ella, encima de ella, y casi sentía la vibración de su poder. La llevó hasta la escalera de alfombra roja y la obligó a subir. Pasó por la puerta blanca de la salita, con los mismos muebles, las cortinas de muselina, el espejo dorado sobre la chimenea, con los dos ángeles de porcelana, la mancha en la alfombra ante la mesa, el viejo e infame canapé, tras el biombo.
      Se movieron por la salita, girando como fieras enjauladas, incómodos, enemigos, evitándose.
      –Es inútil que te escapes. Lo que hicimos no podía terminar de otro modo.
      –Pero terminó. Terminó para siempre.
      –No. Debemos empezar otra vez. Y seguir, y seguir.
      –Ah, no, todo menos eso. ¿No recuerdas cómo nos aburríamos?
      –¿Recordar? ¿Te figuras que yo te tocaría, si pudiera evitarlo? Para eso estamos aquí. Tenemos que hacerlo.
      –No. Me voy ahora mismo.
      –No puedes. La puerta está con llave.
      –Oscar, ¿por qué la cerraste?
      –Siempre lo hicimos, ¿no recuerdas?
      Ella volvió a la puerta; no pudo abrirla, la sacudió, la golpeó con las manos.
      –Es inútil, Harriet. Si ahora sales, tendrás que volver. Lo podrás postergar una hora o dos, pero ¿qué es eso en la inmortalidad?
      –Ya hablaremos de la inmortalidad cuando estemos muertos.
      Se sentían atraídos uno a otro, moviéndose despacio, como en figuras de una danza monstruosa, con las cabezas echadas hacia atrás, las caras apartadas de la horrible proximidad. Algo atraía los pies de ambos, de uno al otro, aunque se arrastraban en contra.
      De repente, sus rodillas flaquearon, cerró los ojos y se entregó en la oscuridad y el terror.
      Después retrocedió en el tiempo, hasta la entrada del parque, donde Oscar no había estado nunca, donde no podría alcanzarla. Su memoria fue limpia y joven. Caminaba ahora por la senda en el campo, hasta donde la esperaba George Waring. Llegó. El hombre que la esperaba era Oscar Wade.
      –Te dije que era inútil escapar. Todos los caminos te traen, me encontrarás en cada vuelta, yo estoy en todos tus .recuerdos.
       –Mis recuerdos son inocentes. ¿Cómo pudiste tomar el lugar de mi padre y de George Waring? ¿Tú?
      –Porque les tomé su lugar.
      –Mi amor por ellos fue inocente.
      –Tu amor por mí era parte de ese amor. Crees que el pasado afecta el porvenir; ¿no pensaste nunca que el porvenir afecta al pasado?
      –Me iré lejos.
      –Esta vez iré contigo.
      El cerco, el árbol y el campo flotaron y se le perdieron de vista. Iba sola hacia la aldea, pero se daba cuenta de que Oscar Wade la acompañaba del otro lado del camino. Paso a paso, como ella, árbol por árbol.
      Luego bajo sus pies hubo pavimento gris y lo cubría una recova: iban juntos por la Rue de Rivoli hacia el hotel. Ahora estaban sentados al borde de la cama deshecha. Sus brazos estaban caídos y sus cabezas miraban a lados opuestos; el amor les pesaba con el inevitable aburrimiento de su inmortalidad.
      –¿Hasta cuándo? –dijo ella–. La vida no continúa para siempre. Moriremos.
      –¿Morir? Hemos muerto. ¿No sabes dónde estamos? Esta es la muerte. Estamos muertos, estamos en el Infierno.
      –Sí, no puede haber nada peor.
      –Esto no es lo peor. Mientras nos queden fuerzas para huir, mientras podamos ocultarnos en nuestros recuerdos, no estaremos del todo muertos. Pero pronto habremos llegado al más lejano recuerdo y no habrá nada más allá. En el último infierno, no huiremos más, no encontraremos más caminos, más pasajes, ni más puertas abiertas. Ya no necesitaremos buscarnos. En la última muerte estaremos encerrados en esta salita, tras esa puerta con llave. Yaceremos aquí, para siempre.
      –¿Por qué? ¿Por qué? –gritó ella.
      –Porque eso es todo lo que nos queda.
      La oscuridad borró la salita. Ahora caminaba por un jardín, entre plantas más altas que ella. Tiró de unos tallos y no tenía fuerza para romperlos. Era una criatura. Se dijo que ahora estaba salvada. Tan lejos había retrocedido que de nuevo era chica. Llegó a un cantero de césped con un estanque circular rodeado de flores. Peces colorados nadaban en el agua. Al fondo del cantero había un huerto; allí iba a estar su madre. Había ido hasta el recuerdo más lejano; no había nada después.
      Sólo el huerto, con el portón de hierro que daba al campo. Algo era diferente aquí; algo que la asustaba. Una puerta gris, en vez del portón de hierro.
      La empujó y estuvo en el último corredor del Hotel Saint Pierre.

El guardavía

Faltaba en Las Historias un cuento de Charles Dickens (1812-1870), uno de los autores más importantes de la literatura inglesa y un clásico en todos los sentidos. Como otros autores en su situación, por supuesto, tiene el problema de que actualmente su obra se lee menos de lo que merece, aunque (o porque) gran cantidad de personajes, situaciones y anécdotas de sus cuentos y novelas las han trascendido y forman parte de las culturas populares de occidente. Sin embargo, ésta puede ser una oportunidad de que más de un lector conozca “El guardavía” (“The Signal-Man”), una narración de fantasmas que ha sido modelo de muchas otras y todavía puede leerse con sorpresa.
      El cuento se publicó primero en 1866: apareció en la edición navideña de la revista All the Year Round como parte de un conjunto de narraciones de tema ferroviario, “Mugby Junction”, coordinada por Dickens y con textos de él y de varios otros autores.

Charles Dickens

EL GUARDAVÍA
Charles Dickens

—¡Eh, oiga! ¡Ahí abajo!
      Cuando oyó la voz que así lo llamaba se encontraba de pie en la puerta de su caseta, empuñando una bandera, enrollada a un corto palo. Cualquiera hubiera pensado, teniendo en cuenta la naturaleza del terreno, que no cabía duda alguna sobre la procedencia de la voz; pero en lugar de mirar hacia arriba, hacia donde yo me encontraba, sobre un escarpado terraplén situado casi directamente encima de su cabeza, el hombre se volvió y miró hacia la vía. Hubo algo especial en su manera de hacerlo, pero, aunque me hubiera ido en ello la vida, no habría sabido explicar en qué consistía, mas sé que fue lo bastante especial como para llamarme la atención, a pesar de que su figura se veía empequeñecida y en sombras, allá abajo en la profunda zanja, y de que yo estaba muy por encima de él, tan deslumbrado por el resplandor del rojo crepúsculo que sólo tras cubrirme los ojos con las manos, logré verlo.
      —¡Eh, oiga! ¡Ahí abajo!
      Dejó entonces de mirar a la vía, se volvió nuevamente y, alzando los ojos, vio mi silueta muy por encima de él.
      —¿Hay algún camino para bajar y hablar con usted?
      Él me miró sin replicar y yo le devolví la mirada sin agobiarle con una repetición demasiado precipitada de mi ociosa pregunta. Justo en ese instante el aire y la tierra se vieron estremecidos por una vaga vibración transformada rápidamente en la violenta sacudida de un tren que pasaba a toda máquina y que me sobresaltó hasta el punto de hacerme saltar hacia atrás, como si quisiera arrastrarme tras él. Cuando todo el vapor que consiguió llegar a mi altura hubo pasado y se diluía ya en el paisaje, volví a mirar hacia abajo y lo vi volviendo a enrollar la bandera que había agitado al paso del tren. Repetí la pregunta. Tras una pausa, en la que pareció estudiarme con suma atención, señaló con la bandera enrollada hacia un punto situado a mi nivel, a unas dos o tres yardas de distancia. «Muy bien», le grité, y me dirigí hacia aquel lugar. Allí, a base de mirar atentamente a mi alrededor, encontré un tosco y zigzagueante camino de bajada excavado en la roca y lo seguí.
      El terraplén era extremadamente profundo y anormalmente escarpado. Estaba hecho en una roca pegajosa, que se volvía más húmeda y rezumante a medida que descendía. Por dicha razón, me encontré con que el camino era lo bastante largo como para permitirme recordar el extraño ademán de indecisión o coacción con que me había señalado el sendero.
      Cuando hube descendido lo suficiente para volverlo a ver, observé que estaba de pie entre los raíles por los que acababa de pasar el tren, en actitud de estar esperándome. Tenía la mano izquierda bajo la barbilla y el codo descansando en la derecha, que mantenía cruzada sobre el pecho. Su actitud denotaba tal expectación y ansiedad que por un instante me detuve, asombrado.
      Reanudé el descenso y, al llegar a la altura de la vía y acercarme a él, pude ver que era un hombre moreno y cetrino, de barba oscura y cejas bastante anchas. Su caseta estaba en el lugar más sombrío y solitario que yo hubiera visto en mi vida. A ambos lados, se elevaba un muro pedregoso y rezumante que bloqueaba cualquier vista salvo la de una angosta franja de cielo; la perspectiva por un lado era una prolongación distorsionada de aquel gran calabozo; el otro lado, más corto, terminaba en la tenebrosa luz roja situada sobre la entrada, aún más tenebrosa, a un negro túnel de cuya maciza estructura se desprendía un aspecto rudo, deprimente y amenazador. Era tan oscuro aquel lugar que el olor a tierra lo traspasaba todo, y circulaba un viento tan helado que su frío me penetró hasta lo más hondo, como si hubiera abandonado el mundo de lo real.
      Antes de que él hiciese el menor movimiento me encontraba tan cerca que hubiese podido tocarlo. Sin quitarme los ojos de encima ni aun entonces, dio un paso atrás y levantó la mano.
      Aquél era un puesto solitario, dije, y me había llamado la atención cuando lo vi desde allá arriba. Una visita sería una rareza, suponía; pero esperaba que no fuera una rareza mal recibida y le rogaba que viese en mí simplemente a un hombre que, confinado toda su vida entre estrechos límites y finalmente en libertad, sentía despertar su interés por aquella gran instalación. Más o menos éstos fueron los términos que empleé, aunque no estoy nada seguro de las palabras exactas porque, además de que no me gusta ser yo el que inicie una conversación, había algo en aquel hombre que me cohibía.
      Dirigió una curiosísima mirada a la luz roja próxima a la boca de aquel túnel y a todo su entorno, como si faltase algo allí, y luego me miró.
      —¿Aquella luz está a su cargo, verdad?
      —¿Acaso no lo sabe? —me respondió en voz baja.
      Al contemplar sus ojos fijos y su rostro saturnino, me asaltó la extravagante idea de que era un espíritu, no un hombre.
      Desde entonces, al recordarlo, he especulado con la posibilidad de que su mente estuviera sufriendo una alucinación.
      Esta vez fui yo quien dio un paso atrás. Pero, al hacerlo, noté en sus ojos una especie de temor latente hacia mí. Esto anuló la extravagante idea.
      —Me mira —dije con sonrisa forzada— como si me temiera.
      —No estaba seguro —me respondió— de si lo había visto antes.
      —¿Dónde?
      Señaló la luz roja que había estado mirando.
      —¿Allí? —dije.
      Mirándome fijamente respondió (sin palabras), «sí».
      —Mi querido amigo ¿qué podría haber estado haciendo yo allí? De todos modos, sea como fuere, nunca he estado allí, puede usted jurarlo.
      —Creo que sí —asintió—, sí, creo que puedo.
      Su actitud, lo mismo que la mía, volvió a la normalidad, y contestó a mis comentarios con celeridad y soltura.
      ¿Tenía mucho que hacer allí? Sí, es decir, tenía suficiente responsabilidad sobre sus hombros; pero lo que más se requería de él era exactitud y vigilancia, más que trabajo propiamente dicho; trabajo manual no hacía prácticamente ninguno: cambiar alguna señal, vigilar las luces y dar la vuelta a una manivela de hierro de vez en cuando era todo cuanto tenía que hacer en ese sentido. Respecto a todas aquellas largas y solitarias horas que a mí me parecían tan difíciles de soportar, sólo podía decir que se había adaptado a aquella rutina y estaba acostumbrado a ella. Había aprendido una lengua él solo allá abajo —si se podía llamar aprender a reconocerla escrita y a haberse formado una idea aproximada de su pronunciación—. También había trabajado con quebrados y decimales, y había intentado hacer un poco de álgebra. Pero tenía, y siempre la había tenido, mala cabeza para los números. ¿Estaba obligado a permanecer en aquella corriente de aire húmedo mientras estaba de servicio? ¿No podía salir nunca a la luz del sol de entre aquellas altas paredes de piedra? Bueno, eso dependía de la hora y de las circunstancias. Algunas veces había menos tráfico en la línea que otras, y lo mismo ocurría a ciertas horas del día y de la noche. Cuando había buen tiempo sí que procuraba subir un poco por encima de las tinieblas inferiores; pero como lo podían llamar en cualquier momento por la campanilla eléctrica, cuando lo hacía estaba pendiente de ella con redoblada ansiedad, y por ello el alivio era menor de lo que yo suponía.
      Me llevó a su caseta, donde había una chimenea, un escritorio para un libro oficial en el que tenía que registrar ciertas entradas, un telégrafo con sus indicadores y sus agujas, y la campanilla a la que se había referido. Confiando en que disculpara mi comentario de que había recibido una buena educación (esperaba que no se ofendiera por mis palabras), quizá muy superior a su presente oficio, comentó que ejemplos de pequeñas incongruencias de este tipo rara vez faltaban en las grandes agrupaciones humanas; que había oído que así ocurría en los asilos, en la policía e incluso en el ejército, ese último recurso desesperado; y que sabía que pasaba más o menos lo mismo en la plantilla de cualquier gran ferrocarril. De joven había sido (si podía creérmelo, sentado en aquella cabaña —él apenas si podía—) estudiante de filosofía natural y había asistido a la universidad; pero se había dedicado a la buena vida, había desaprovechado sus oportunidades, había caído y nunca había vuelto a levantarse de nuevo. Pero no se quejaba de nada. Él mismo se lo había buscado y ya era demasiado tarde para lamentarlo.
      Todo lo que he resumido aquí lo dijo muy tranquilamente, con su atención puesta a un tiempo en el fuego y en mí. De vez en cuando intercalaba la palabra «señor», sobre todo cuando se refería a su juventud, como para darme a entender que no pretendía ser más de lo que era. Varias veces fue interrumpido por la campanilla y tuvo que transmitir mensajes y enviar respuestas. Una vez tuvo que salir a la puerta y desplegar la bandera al paso de un tren y darle alguna información verbal al conductor. Comprobé que era extremadamente escrupuloso y vigilante en el cumplimiento de sus deberes, interrumpiéndose súbitamente en mitad de una frase y permaneciendo en silencio hasta que cumplía su cometido.
      En una palabra, hubiera calificado a este hombre como uno de los más capacitados para desempeñar su profesión si no fuera porque, mientras estaba hablando conmigo, en dos ocasiones se detuvo de pronto y, pálido, volvió el rostro hacia la campanilla cuando no estaba sonando, abrió la puerta de la caseta (que mantenía cerrada para combatir la malsana humedad) y miró hacia la luz roja próxima a la boca del túnel. En ambas ocasiones regresó junto al fuego con la inexplicable expresión que yo había notado, sin ser capaz de definirla, cuando los dos nos mirábamos desde tan lejos.
      Al levantarme para irme dije:
      —Casi me ha hecho usted pensar que es un hombre satisfecho consigo mismo.
      (Debo confesar que lo hice para tirarle de la lengua.)
      —Creo que solía serlo —asintió en el tono bajo con el que había hablado al principio—. Pero estoy preocupado, señor, estoy preocupado.
      Hubiera retirado sus palabras de haber sido posible. Pero ya las había pronunciado, y yo me agarré a ellas rápidamente.
      —¿Por qué? ¿Qué es lo que le preocupa?
      —Es muy difícil de explicar, señor. Es muy, muy difícil hablar de ello. Si me vuelve a visitar en otra ocasión, intentaré hacerlo.
      —Pues deseo visitarle de nuevo. Dígame, ¿cuándo le parece?
      —Mañana salgo temprano y regreso a las diez de la noche, señor.
      —Vendré a las once.
      Me dio las gracias y me acompañó a la puerta.
      —Encenderé la luz blanca hasta que encuentre el camino, señor —dijo en su peculiar voz baja—. Cuando lo encuentre ¡no me llame! Y cuando llegue arriba ¡no me llame!
      Su actitud hizo que el lugar me pareciera aún más gélido, pero sólo dije «muy bien».
      —Y cuando baje mañana ¡no me llame! Permítame hacerle una pregunta para concluir: ¿qué le hizo gritar «¡Eh, oiga! ¡Ahí abajo!» esta noche?
      —Dios sabe —dije—, grité algo parecido…
      —No parecido, señor. Fueron exactamente ésas sus palabras. Las conozco bien.
      —Admitamos que lo fueran. Las dije, sin duda, porque lo vi ahí abajo.
      —¿Por ninguna otra razón?
      —¿Qué otra razón podría tener?
      —¿No tuvo la sensación de que le fueron inspiradas de alguna manera sobrenatural?
      —No.
      Me dio las buenas noches y sostuvo en alto la luz. Caminé a lo largo de los raíles (con la desagradable impresión de que me seguía un tren) hasta que encontré el sendero. Era más fácil de subir que de bajar y regresé a mi pensión sin ningún problema.
      A la noche siguiente, fiel a mi cita, puse el pie en el primer peldaño del zigzag, justo cuando los lejanos relojes daban las once. El guardavía me esperaba abajo, con la luz blanca encendida.
      —No he llamado —dije cuando estábamos ya cerca—. ¿Puedo hablar ahora?
      —Por supuesto, señor.
      —Buenas noches y aquí tiene mi mano.
      —Buenas noches, señor, y aquí tiene la mía.
      Tras lo cual anduvimos el uno junto al otro hasta llegar a su caseta, entramos, cerramos la puerta y nos sentamos junto al fuego.
      —He decidido, señor —empezó a decir inclinándose hacia delante tan pronto estuvimos sentados y hablando en un tono apenas superior a un susurro—, que no tendrá que preguntarme por segunda vez lo que me preocupa. Ayer tarde le confundí con otra persona. Eso es lo que me preocupa.
      —¿Esa equivocación?
      —No. Esa otra persona.
      —¿Quién es?
      —No lo sé.
      —¿Se parece a mí?
      —No lo sé. Nunca le he visto la cara. Se tapa la cara con el brazo izquierdo y agita el derecho violentamente. Así.
      Seguí su gesto con la mirada y era el gesto de un brazo que expresaba con la mayor pasión y vehemencia algo así como «por Dios santo, apártese de la vía».
      —Una noche de luna —dijo el hombre—, estaba sentado aquí cuando oí una voz que gritaba «¡Eh, oiga! ¡Ahí abajo!». Me sobresalté, miré desde esa puerta y vi a esa persona de pie junto a la luz roja cerca del túnel, agitando el brazo como acabo de mostrarle. La voz sonaba ronca de tanto gritar y repetía «¡Cuidado! ¡Cuidado!» y de nuevo «¡Eh, oiga! ¡Ahí abajo! ¡Cuidado!». Cogí el farol, lo puse en rojo y corrí hacia la figura gritando «¿Qué pasa? ¿Qué ha ocurrido? ¿Dónde?». Estaba justo a la salida de la boca del túnel. Estaba tan cerca de él que me extrañó que continuase con la mano sobre los ojos. Me aproximé aún más y tenía ya la mano extendida para tirarle de la manga cuando desapareció.
      —¿Dentro del túnel? —pregunté.
      —No. Seguí corriendo hasta el interior del túnel, unas quinientas yardas. Me detuve, levanté el farol sobre la cabeza y vi los números que marcan las distancias, las manchas de humedad en las paredes y el arco. Salí corriendo más rápido aún de lo que había entrado (porque sentía una aversión mortal hacia aquel lugar) y miré alrededor de la luz roja con mi propia luz roja, y subí las escaleras hasta la galería de arriba y volví a bajar y regresé aquí. Telegrafié en las dos direcciones «¿Pasa algo?». La respuesta fue la misma en ambas: «Sin novedad».
      Resistiendo el helado escalofrío que me recorrió lentamente la espina dorsal, le hice ver que esta figura debía ser una ilusión óptica y que se sabía que dichas figuras, originadas por una enfermedad de los delicados nervios que controlan el ojo, habían preocupado a menudo a los enfermos, y algunos habían caído en la cuenta de la naturaleza de su mal e incluso lo habían probado con experimentos sobre sí mismos. Y respecto al grito imaginario, dije, no tiene sino que escuchar un momento al viento en este valle artificial mientras hablamos tan bajo y los extraños sonidos que hace en los hilos telegráficos.
      Todo esto estaba muy bien, respondió, después de escuchar durante un rato, y él tenía motivos para saber algo del viento y de los hilos, él, que con frecuencia pasaba allí largas noches de invierno, solo y vigilando. Pero me hacía notar humildemente que todavía no había terminado.
      Le pedí perdón y lentamente añadió estas palabras, tocándome el brazo:
      —Unas seis horas después de la aparición, ocurrió el memorable accidente de esta línea, y al cabo de diez horas los muertos y los heridos eran transportados por el túnel, por el mismo sitio donde había desaparecido la figura.
      Sentí un desagradable estremecimiento, pero hice lo posible por dominarlo. No se podía negar, asentí, que era una notable coincidencia, muy adecuada para impresionar profundamente su mente. Pero era indiscutible que esta clase de coincidencias notables ocurrían a menudo y debían ser tenidas en cuenta al tratar el tema. Aunque, ciertamente, debía admitir, añadí (pues me pareció que iba a ponérmelo como objeción), que los hombres de sentido común no tenían mucho en cuenta estas coincidencias en la vida ordinaria.
      De nuevo me hizo notar que aún no había terminado, y de nuevo me disculpé por mis interrupciones.
      —Esto —dijo, poniéndome otra vez la mano en el brazo y mirando por encima de su hombro con los ojos vacíos— fue hace justo un año. Pasaron seis o siete meses y ya me había recuperado de la sorpresa y de la impresión cuando una mañana, al romper el día, estando de pie en la puerta, miré hacia la luz roja y vi al espectro otra vez.
      Y aquí se detuvo, mirándome fijamente.
      —¿Lo llamó?
      —No, estaba callado.
      —¿Agitaba el brazo?
      —No. Estaba apoyado contra el poste de la luz, con las manos delante de la cara. Así.
      Una vez más seguí su gesto con los ojos. Era una actitud de duelo. He visto tales posturas en las figuras de piedra de los sepulcros.
      —¿Se acercó usted a él?
      —Entré y me senté, en parte para ordenar mis ideas, en parte porque me sentía al borde del desmayo. Cuando volví a la puerta, la luz del día caía sobre mí y el fantasma se había ido.
      —¿Pero no ocurrió nada más? ¿No pasó nada después?
      Me tocó en el brazo con la punta del dedo dos o tres veces, asintiendo con la cabeza y dejándome horrorizado a cada una de ellas:
      —Ese mismo día, al salir el tren del túnel, noté en la ventana de uno de los vagones lo que parecía una confusión de manos y de cabezas y algo que se agitaba. Lo vi justo a tiempo de dar la señal de parada al conductor. Paró el motor y pisó el freno, pero el tren siguió andando unas ciento cincuenta yardas más. Corrí tras él y al llegar oí gritos y lamentos horribles. Una hermosa joven había muerto instantáneamente en uno de los compartimentos. La trajeron aquí y la tendieron en el suelo, en el mismo sitio donde estamos nosotros.
      Involuntariamente empujé la silla hacia atrás, mientras desviaba la mirada de las tablas que señalaba.
      —Es la verdad, señor, la pura verdad. Se lo cuento tal y como sucedió.
      No supe qué decir, ni en un sentido ni en otro y sentí una gran sequedad de boca. El viento y los hilos telegráficos hicieron eco a la historia con un largo gemido quejumbroso. Mi interlocutor prosiguió:
      —Ahora, señor, preste atención y verá por qué está turbada mi mente. El espectro regresó hace una semana. Desde entonces ha estado ahí, más o menos continuamente, un instante sí y otro no.
      —¿Junto a la luz?
      —Junto a la luz de peligro.
      —¿Y qué hace?
      El guardavía repitió, con mayor pasión y vehemencia aún si cabe, su anterior gesto de «¡Por Dios santo, apártese de la vía!». Luego continuó:
      —No hallo tregua ni descanso a causa de ello. Me llama durante largos minutos, con voz agonizante, ahí abajo, «¡Cuidado! ¡Cuidado!». Me hace señas. Hace sonar la campanilla.
      Me agarré a esto último:
      —¿Hizo sonar la campanilla ayer tarde, cuando yo estaba aquí y se acercó usted a la puerta?
      —Por dos veces.
      —Bueno, vea —dije— cómo le engaña su imaginación. Mis ojos estaban fijos en la campanilla y mis oídos estaban abiertos a su sonido y, como que estoy vivo, no sonó entonces, ni en ningún otro momento salvo cuando lo hizo al comunicar la estación con usted.
      Negó con la cabeza.
      —Todavía nunca he cometido una equivocación respecto a eso, señor. Nunca he confundido la llamada del espectro con la de los humanos. La llamada del espectro es una extraña vibración de la campanilla que no procede de parte alguna y no he dicho que la campanilla hiciese algún movimiento visible. No me extraña que no la oyese. Pero yo sí que la oí.
      —¿Y estaba el espectro allí cuando salió a mirar?
      —Estaba allí.
      —¿Las dos veces?
      —Las dos veces —repitió con firmeza.
      —¿Quiere venir a la puerta conmigo y buscarlo ahora?
      Se mordió el labio inferior como si se sintiera algo reacio, pero se puso en pie. Abrí la puerta y me detuve en el escalón, mientras él lo hacía en el umbral. Allí estaban la luz de peligro, la sombría boca del túnel y las altas y húmedas paredes del terraplén, con las estrellas brillando sobre ellas.
      —¿Lo ve? —le pregunté, prestando una atención especial a su rostro.
      Sus ojos se le salían ligeramente de las órbitas por la tensión, pero quizá no mucho más de lo que lo habían hecho los míos cuando los había dirigido con ansiedad hacia ese mismo punto un instante antes.
      —No —contestó—, no está allí.
      —De acuerdo —dije yo.
      Entramos de nuevo, cerramos la puerta y volvimos a nuestros asientos. Estaba pensando en cómo aprovechar mi ventaja, si podía llamarse así, cuando volvió a reanudar la conversación con un aire tan natural, dando por sentado que no podía haber entre nosotros ningún tipo de desacuerdo serio sobre los hechos, que me encontré en la posición más débil.
      —A estas alturas comprenderá usted, señor —dijo—, que lo que me preocupa tan terriblemente es la pregunta «¿Qué quiere decir el espectro?».
      No estaba seguro, le dije, de que lo entendiese del todo.
      —¿De qué nos está previniendo? —dijo, meditando, con sus ojos fijos en el fuego, volviéndolos hacia mí tan sólo de vez en cuando—. ¿En qué consiste el peligro? ¿Dónde está? Hay un peligro que se cierne sobre la línea en algún sitio. Va a ocurrir alguna desgracia terrible. Después de todo lo que ha pasado antes, esta tercera vez no cabe duda alguna. Pero es muy cruel el atormentarme a mí, ¿qué puedo hacer yo?
      Se sacó el pañuelo del bolsillo y se limpió el sudor de la frente.
      —Si envío la señal de peligro en cualquiera de las dos direcciones, o en ambas, no puedo dar ninguna explicación —continuó, secándose las manos—. Me metería en un lío y no resolvería nada. Pensarían que estoy loco. Esto es lo que ocurriría: Mensaje: «¡Peligro! ¡Cuidado!». Respuesta: «¿Qué peligro? ¿Dónde?». Mensaje: «No lo sé. Pero, por Dios santo, tengan cuidado». Me relevarían de mi puesto. ¿Qué otra cosa podrían hacer?
      El tormento de su mente era penoso de ver. Era la tortura mental de un hombre responsable, atormentado hasta el límite por una responsabilidad incomprensible en la que podrían estar en juego vidas humanas.
      —Cuando apareció por primera vez junto a la luz de peligro —continuó, echándose hacia atrás el oscuro cabello y pasándose una y otra vez las manos por las sienes en un gesto de extremada y enfebrecida desesperación—, ¿por qué no me dijo dónde iba a suceder el accidente, si era inevitable que sucediera? ¿por qué, si hubiera podido evitarse, no me dijo cómo impedirlo? Cuando durante su segunda aparición escondió el rostro, ¿por qué no me dijo en lugar de eso: «alguien va a morir. Haga que no salga de casa». Si apareció en las dos ocasiones sólo para demostrarme que las advertencias eran verdad y así prepararme para la tercera, ¿por qué no me advierte claramente ahora? ¿Y por qué a mí, Dios me ayude, un pobre guardavía en esta solitaria estación? ¿Por qué no se lo advierte a alguien con el prestigio suficiente para ser creído y el poder suficiente para actuar?
      Cuando lo vi en aquel estado, comprendí que, por el bien del pobre hombre y la seguridad de los viajeros, lo que tenía que hacer en aquellos momentos era tranquilizarlo. Así que, dejando a un lado cualquier discusión entre ambos sobre la realidad o irrealidad de los hechos, le hice ver que cualquiera que cumpliera con su deber a conciencia actuaba correctamente y que, por lo menos, le quedaba el consuelo de que él comprendía su deber, aunque no entendiese aquellas desconcertantes apariciones. En esta ocasión tuve más éxito que cuando intentaba disuadirlo de la realidad del aviso. Se tranquilizó; las ocupaciones propias de su puesto empezaron a reclamar su atención cada vez más conforme avanzaba la noche. Lo dejé solo a las dos de la madrugada. Me había ofrecido a quedarme toda la noche pero no quiso ni oír hablar de ello.
      No me avergüenza confesar que me volví más de una vez a mirar la luz roja mientras subía por el sendero, y que no me gustaba esa luz roja, y que hubiera dormido mal si mi cama hubiera estado debajo de ella. Tampoco veo motivo para ocultar que no me gustaban las dos coincidencias del accidente y de la muerte de la joven.
      Pero lo que fundamentalmente ocupaba mi mente era el problema de cómo debía yo actuar, una vez convertido en confidente de esta revelación. Había comprobado que el hombre era inteligente, vigilante, concienzudo y exacto. ¿Pero durante cuánto tiempo podía seguir así en su estado de ánimo? A pesar de lo humilde de su cargo tenía una importantísima responsabilidad. ¿Me gustaría a mí, por ejemplo, arriesgar mi propia vida confiando en la posibilidad de que continuase ejerciendo su labor con precisión? Incapaz de no sentir que sería una especie de traición si informase a sus superiores de lo que me había dicho sin antes hablar claramente con él para proponerle una postura intermedia, resolví por fin ofrecerme para acompañarlo (conservando de momento el secreto) al mejor médico que pudiéramos encontrar por aquellos alrededores y pedirle consejo. Me había advertido que la noche siguiente tendría un cambio de turno, y saldría una hora o dos después del amanecer, para empezar de nuevo después de anochecer. Yo había quedado en regresar de acuerdo con este horario.
      La tarde siguiente fue una tarde maravillosa y salí temprano para disfrutarla. El sol no se había puesto del todo cuando ya caminaba por el sendero cercano a la cima del profundo terraplén. «Seguiré paseando durante una hora —me dije a mí mismo—, media hora hacia un lado y media hora hacia el otro, y así haré tiempo hasta el momento de ir a la caseta de mi amigo el guardavía.»
      Antes de seguir el paseo me asomé al borde y miré mecánicamente hacia abajo, desde el punto en que lo vi por primera vez. No puedo describir la excitación que me invadió cuando, cerca de la entrada del túnel, vi la aparición de un hombre, con la mano izquierda sobre los ojos, agitando el brazo derecho apasionadamente. El inconcebible horror que me sobrecogió pasó al punto, porque enseguida vi que esta aparición era en verdad un hombre y que, de pie y a corta distancia, había un pequeño grupo de otros hombres para quienes parecía estar destinado el gesto que había hecho. La luz de peligro no estaba encendida aún. Apoyada en su poste, y utilizando unos soportes de madera y lona, había una tienda pequeña y baja que me resultaba totalmente nueva. No parecía mayor que una cama.
      Con la inequívoca sensación de que algo iba mal —y el repentino y culpable temor de que alguna desgracia fatal hubiera ocurrido por haber dejado al hombre allí y no haber hecho que enviaran a alguien a vigilar o a corregir lo que hiciera— descendí el sendero excavado en la roca a toda la velocidad de la que fui capaz.
      —¿Qué pasa? —pregunté a los hombres.
      —Ha muerto un guardavía esta mañana, señor.
      —¿No sería el que trabajaba en esa caseta?
      —Sí, señor.
      —¿No el que yo conozco?
      —Lo reconocerá si le conocía, señor —dijo el hombre que llevaba la voz cantante, descubriéndose solemnemente y levantando la punta de la lona—, porque el rostro está bastante entero.
      —Pero ¿cómo ocurrió? ¿cómo ocurrió? —pregunté, volviéndome de uno a otro mientras la lona bajaba de nuevo.
      —Lo arrolló la máquina, señor. No había nadie en Inglaterra que conociese su trabajo mejor que él. Pero por algún motivo estaba dentro de los raíles. Fue en pleno día. Había encendido la luz y tenía el farol en la mano. Cuando la máquina salió del túnel estaba vuelto de espaldas y le arrolló. Ese hombre la conducía y nos estaba contando cómo ocurrió. Cuéntaselo al caballero, Tom.
      El hombre, que vestía un burdo traje oscuro, regresó al lugar que ocupara anteriormente en la boca del túnel:
      —Al dar la vuelta a la curva del túnel, señor —dijo—, lo vi al fondo, como si lo viera por un catalejo. No había tiempo para reducir la velocidad y sabía que él era muy cuidadoso. Como no pareció que hiciera caso del silbato, lo dejé de tocar cuando nos echábamos encima de él y lo llamé tan alto como pude.
      —¿Qué dijo usted?
      —¡Eh, oiga! ¡Ahí abajo! ¡Cuidado! ¡Cuidado! ¡Por Dios santo, apártese de la vía!
      Me sobresalté.
      —Oh, fue horroroso, señor. No dejé de llamarle ni un segundo. Me puse el brazo delante de los ojos para no verlo y le hice señales con el brazo hasta el último momento; pero no sirvió de nada.
      Sin ánimo de prolongar mi relato para ahondar en alguna de las curiosas circunstancias que lo rodean, quiero no obstante, para terminar, señalar la coincidencia de que la advertencia del conductor no sólo incluía las palabras que el desafortunado guardavía me había dicho que lo atormentaban, sino también las palabras con las que yo mismo —no él— había acompañado —y tan sólo en mi mente— los gestos que él había representado.

Alan Moore

(Este perfil de Alan Moore, escritor admiradísimo por estos rumbos, apareció hace un par de meses en la revista Fahrenheit.)

Alan Moore (Northampton, Reino Unido, 1953) es un creador icónico. Le bastaría, quizá, su aspecto: está su barba castaña, larguísima, que se confunde con su melena, abundante y descuidada; están sus ojos profundos y ensombrecidos, fotografiados con frecuencia en la famosa pose Kubrick. Está también su vestimenta: a veces pantalones ajustados y una camiseta negra sin mangas –que no lo hacen verse sexy (no es un hombre atlético) sino extraño, como un habitante de un mundo de ciencia ficción– y a veces trajes de aspecto anticuado; siempre, numerosos anillos en los dedos y otros pendientes y adornos, asociados con su afición a lo sobrenatural. Un poco Rasputín, un poco eremita de caverna, un poco autor hipster, Moore fue consagrado en la cultura global en 2007 al aparecer en “Husbands and Knives”, un episodio de la temporada 19 de Los Simpson. Su imagen y sus intervenciones siguen siendo lo más recordado del programa: fue –es aún, quizá– el epítome del artista indignado, a la vez comprometido socialmente, crítico de la venalidad de nuestra época y extrañamente separado de ésta, obsesionado con sus propias búsquedas.
      El que una persona se convierta en un icono quiere decir que su imagen se simplifica y, hasta cierto punto, se falsea. La sorpresa es que la obra de Moore, como la de otros grandes iconos, tiene mucho que ver con la superficie que le ha tocado en suerte.
      Moore escapó de ser uno más de la generación que se volcó –y se agotó– en la contracultura de los años sesenta gracias a su impulso creativo. Primero dibujante de comics (no muy bueno) y luego guionista, se abrió paso en revistas como la venerable 2000AD y mostró desde el principio un deseo constante de romper los moldes: los hábitos de los historietistas a destajo que eran la mayoría de sus colegas y que se limitaban a repetir los argumentos de años y décadas previas. Moore intentó numerosos experimentos, buscó la colaboración de los mejores artistas disponibles (Dave Gibbons, Steve Bissette, J. H. Williams III, Eddie Campbell y Melinda Gebbie han hecho lo mejor de su obra a partir de guiones suyos) y nutrió su trabajo con influencias de todo tipo. Dos de sus tres grandes propuestas en el terreno del guión tienen que ver con esas influencias: la revisión de personajes preexistentes, para volverlos más complejos, y el juego constante con referencias intertextuales. La tercera es una actitud rebelde: un escepticismo y una crítica del poder que nunca se vuelven panfletarios porque se realizan por medio de un distanciamiento irónico, despiadado.
      Sólo el trabajo inglés de Moore, cuya época de mayor esplendor fue de 1982 a 1989, le habría deparado ser un clásico del cómic: de hecho, le habrían bastado Marvelman, versión nietzscheana de Superman que, en muy buena medida, lleva la idea del superhéroe a su límite absoluto, y V for Vendetta, una historia de ciencia ficción sobre una rebelión anarquista en el futuro próximo (la máscara de Guy Fawkes que lleva su héroe es la que utilizan ahora numerosos grupos de protesta en todo el mundo, pues se volvió célebre a partir de la versión fílmica de James McTeigue). Pero la gran oportunidad de Moore vino cuando, reclutado por la editora estadounidense DC Comics, escribió los guiones de Swamp Thing (1983-87), una revista que bajo su mando pasó de ser un título genérico de horror a una demostración –al menos, para el mainstream del mundo desarrollado– de que el medio del cómic podía alcanzar la misma sofisticación que cualquier otra de las artes. Poco después, Watchmen, su libro central –una nueva y brutal deconstrucción del arquetipo del superhéroe–, apareció serializado por DC en 1986 y en un solo volumen al año siguiente: no sólo cambió para siempre la historieta industrial estadounidense, al atraer a un público adulto a personajes que previamente se habían considerado “para niños”, sino que se convirtió en precursor de incontables obras que han buscado lograr el mismo efecto y de un cambio general en la percepción del valor del cómic. Cuando menos, todo el cine actual de superhéroes, con su mezcla de seriedad adulta y espectacularidad infantil, debe todo al trabajo de Moore y otros pioneros como Neil Gaiman, Peter Milligan o Grant Morrison.
      Posteriormente, Moore ha seguido un camino distinto al de todos ellos al distanciarse del cómic industrial; aunque pudo mantener una relación tenue con DC por años y ésta le publicó dos series importantes: Promethea (1999-2005) y los primeros volúmenes de The League of Extraordinary Gentlemen (1999-), el trabajo más constante de Moore ha sido en editoras independientes como Top Shelf, que se ha encargado de reunir y promover su obra madura desde From Hell (1999), una extraordinaria novela histórica alrededor de la figura de Jack el Destripador, y Lost Girls (2006), una historia de la pornografía y el erotismo con el telón de fondo de la Primera Guerra Mundial.
      Los últimos proyectos de Moore, más allá del cómic, refuerzan la impresión de su versatilidad, su interés por lo marginal y su cuestionamiento de las tendencias de moda. Ha escrito novela (Voice of the Fire), ha creado performance, y uno de sus  últimos proyectos, Dodgem Logic, es un fanzine impreso: ¡en pleno siglo XXI!

Términos y comienzos

Da gusto que la editorial española Páginas de Espuma haya publicado Transformación y otros cuentos, colección de tres narraciones breves de Mary Shelley, en 2010. Da gusto también que el libro haya sido reimpreso en México al año siguiente, para disminuir su costo al público nacional, por Colofón. Igualmente da gusto que Marian Womack, muy interesante escritora gaditana, haya sido la encargada de la traducción y del prólogo.

Hay que alegrarse, en fin, y lo digo con toda sinceridad: Mary Shelley es más mencionada que leída, y la imagen popular de su obra más importante –la novela Frankenstein o El moderno Prometeo (1819)– proviene sobre todo de sus versiones cinematográficas. Y hay que leer a Mary Shelley. Si no bastan la originalidad de su imaginación y de su prosa, siempre se puede agregar que es una escritora pertinente: su obra tiene un lugar privilegiado en la historia literaria de occidente porque al mismo tiempo introdujo al menos una idea que, al parecer, ya no va a abandonarnos –la razón como causa de una subversión o crisis de lo humano–, y dos personajes icónicos, multiformes, capaces de articular esa idea y de existir a su vez en incontables versiones: junto al monstruo, por supuesto, está siempre el científico impío/megalómano/trágico que lo crea y debe afrontar las consecuencias de su curiosidad o su arrogancia.

Como la obra de Shelley no es sólo Frankenstein, los cuentos de este volumen pueden servirle al lector curioso –además de interesarlo, entretenerlo, etcétera– como muestra de una amplitud mayor de las preocupaciones de la escritora y también de la constancia de ciertos de sus temas: “Transformación” sugiere la inconstancia de la identidad y de la percepción –la diferencia entre el hombre y el monstruo– en una trama alrededor de un pacto fáustico; “El mal de ojo” cuenta una historia sumamente improbable pero no sobrenatural –con pretensiones análogas, pues, a las de la moderna ciencia ficción, de la que Shelley es precursora– alrededor de otro tipo de desdoblamiento: el mal que sufre un personaje lo lleva a infligir el mismo mal a otros, pero también a la oportunidad de redimirse; por último, “El inmortal mortal” tiene como protagonista a un hombre que ha conseguido eludir a la muerte, desde luego, pero el texto se concentra en la forma en la que la eternidad se vuelve monstruosa pues distancia al personaje del resto de la especie humana, y lo condena a una soledad terrible…

(Si este último argumento suena como el de muchas otras historias, incluyendo numerosas películas, hay que recordar que el cuento de Shelley se adelanta a todas ellas. En un tiempo en el que la tarea exigía un genio creativo extraordinario, Mary Shelley exploró, como pocos autores de la historia, el sentido y los límites de nuestra naturaleza.)

Los anteriores son los motivos para celebrar este libro. Sin embargo, aparte de esta exploración y del valor que da a la obra de Shelley, un tema importante que se plantea en el prólogo de Transformación es el del cuento como género literario. Y aquí hay un problema, pues el texto de Womack resulta, por lo menos, desconcertante. No me refiero a los términos teóricos que utiliza, y que son los europeos  –hasta un lector mexicano poco versado en el tema notará con facilidad que el “relato” español es el “cuento” latinoamericano, por ejemplo, y no el “relato” como se entiende aquí–, sino a su premisa central. “El relato corto históricamente es un vástago, una ramificación, de la novela” (!), escribe Womack, y continúa describiendo el origen de las historias breves a partir de las condiciones de publicación de la novela por entregas en Inglaterra durante el siglo XIX; en las revistas impresas, donde en ocasiones quedaban espacios sobrantes o demasiado pequeños para ser ocupados por una entrega típica de novela, los cuentos habrían surgido como relleno y se habrían desarrollado ante un público que no los esperaba, en una especie de laboratorio de condiciones muy ventajosas, para especializarse en diferentes temas y formas.

Esto subordina el desarrollo entero del cuento como género a una serie de innovaciones en las técnicas de impresión, y en sus efectos sobre el mercado editorial, que el prólogo fecha entre 1840 y 1871. Por lo tanto, no toma en cuenta las aportaciones formales ni la obra de (para empezar) Nathaniel Hawthorne (1804-1864) y Edgar Allan Poe (1809-1849), otros dos sospechosos habituales de haber inventado el cuento… y tampoco reconoce, por lo demás, que nombrar a Poe y Hawthorne puede ser igualmente incorrecto. Aunque lo más habitual en nuestra época es no ir pasar del siglo XIX y de la literatura en lengua inglesa al hablar de los orígenes del cuento, lo cierto es que poner ese límite es ignorar que un precursor claro y mucho más antiguo de la narración breve es, por supuesto,la tradición oral: las historias populares que fueron la base de las kunstmärchen alemanas –el “cuento de hadas literario” de los siglos XVIII y XIX– y, por supuesto, de sus ramificaciones en autores como Poe, Hawthorne, Hans Christian Andersen… y la propia Mary Shelley.

(Famosamente, ésta leyó, junto con Percy Shelley, Lord Byron y John Polidori, textos de una antología alemana de cuentos de horror [fusion_builder_container hundred_percent=”yes” overflow=”visible”][fusion_builder_row][fusion_builder_column type=”1_1″ background_position=”left top” background_color=”” border_size=”” border_color=”” border_style=”solid” spacing=”yes” background_image=”” background_repeat=”no-repeat” padding=”” margin_top=”0px” margin_bottom=”0px” class=”” id=”” animation_type=”” animation_speed=”0.3″ animation_direction=”left” hide_on_mobile=”no” center_content=”no” min_height=”none”][Fantasmagoriana, traducción francesa de Das Gespensterbuch de Friedrich August Schulze] durante su estadía en la Villa Diodati, Suiza, en 1816. En aquel periodo, como se sabe, surgió la idea de Frankenstein.)

Tal vez la clave para aclarar la cuestión se menciona una sola vez, justo en la última oración del prólogo: “relato corto moderno”, escribe Womack, y el adjetivo podría acotar y reducir toda su argumentación.[/fusion_builder_column][/fusion_builder_row][/fusion_builder_container]

Otra Tierra

He aquí, para variar, algo que no es exactamente un cuento: un fragmento de la novela Hacedor de estrellas de Olaf Stapledon (1886-1950), narrador británico conocido en el mundo de habla española justamente por este libro, que Jorge Luis Borges prologó para una edición venerable de 1965, publicada en Argentina por Minotauro en traducción de Gregorio Lemos.
La historia (aunque un resumen no le hace justicia) es la de un hombre que “viaja” espiritualmente a otros mundos, cada vez más lejos en el espacio y en el tiempo, y conoce no sólo a la totalidad de los habitantes del universo sino a la totalidad de los universos que ha habido y que llegará a haber. Para Borges, la virtud abrumadora de la novela era su “casi ilimitada imaginación”; su combinación de humanismo, interés político y arrebato místico es de las más extrañas que dio la literatura del siglo XX.
Lo que sigue es sólo un momento del primero de los viajes del narrador, por un planeta relativamente cercano y fácil de comprender al que el texto llama “Otra Tierra” y del que se contempla lo mismo la biología, la política, la vida social y el lenguaje. Con su título original: Star Maker, la novela se publicó por primera vez en 1937.

OTRA TIERRA
(fragmento de Hacedor de estrellas)
Olaf Stapledon

[fusion_builder_container hundred_percent=”yes” overflow=”visible”][fusion_builder_row][fusion_builder_column type=”1_1″ background_position=”left top” background_color=”” border_size=”” border_color=”” border_style=”solid” spacing=”yes” background_image=”” background_repeat=”no-repeat” padding=”” margin_top=”0px” margin_bottom=”0px” class=”” id=”” animation_type=”” animation_speed=”0.3″ animation_direction=”left” hide_on_mobile=”no” center_content=”no” min_height=”none”][…] Mi primera visita a la metrópolis de uno de los grandes imperios de la Otra Tierra fue una experiencia notable. Todo era a la vez raro y familiar. Había calles, y tiendas con escaparates y oficinas. En la cuidad vieja las calles eran estrechas y el tránsito de motor tan abundante que los peatones caminaban por unas aceras especiales, a la altura del primer piso de las casas.
Las multitudes que se movían en estas aceras eran abigarradas, como las nuestras. Los hombres llevaban túnicas, y pantalones sorprendentemente parecidos a los pantalones europeos, aunque los elegantes los planchaban con la raya a los costados. Las mujeres, sin pechos, y de elevadas narices como los hombres, se distinguían por sus bocas más tubulares, y cuya función biológica era la de proyectar alimento para el niño. Sus ropas eran unas vestiduras ceñidas, verdes y lustrosas, y unos calzones chillones. El efecto era para mí de una extraordinaria vulgaridad. En verano ambos sexos se paseaban por la calle con el pecho desnudo; pero siempre llevaban guantes.
Esta multitud, pues, a pesar de su rareza, era tan esencialmente humana como cualquier londinense. Se ocupaban en sus asuntos privados con una seguridad total, ignorando que un espectador de otro mundo los encontraba a todos igualmente grotescos, con su falta de frente, sus grandes, elevadas y temblorosas narices, sus ojos asombrosamente humanos, sus bocas picudas. Allí estaban, vivos y ocupados, comprando, mirando, hablando. Las madres arrastraban de la mano a sus niños. Los viejos con las caras cubiertas de canas se inclinaban sobre bastones. Los muchachos miraban de reojo a las muchachas. Unas ropas mas nuevas y adornadas, unos carruajes seguros y a menudo arrogantes distinguían fácilmente a los más prósperos de los poco afortunados.
¿Cómo podría describir en pocas páginas un mundo proliferante y apretado, tan distinto del mío, y sin embargo tan similar? Aquí, como en mi propio planeta, nacían continuamente niños. Aquí, como allí, reclamaban alimento, y a veces compañía. Descubrían el dolor, y el miedo, y la soledad, y el amor. Crecían, moldeados por la dura o bondadosa presión de sus semejantes, y eran al fin seres bien nutridos, generosos, cuerdos, o mentalmente enfermos, decepcionados, torpemente vengativos. Todos y cada uno aspiraban a la bendición de una verdadera comunidad, y muy pocos, mas pocos aquí quizá que en mi propio mundo, alcanzaban a percibir apenas su evanescente aroma. Aullaban con la manada y cazaban con la manada. Morían de hambre, tanto física como mentalmente. Se disputaban a gritos la presa y se hacían pedazos. A veces uno de ellos hacía una pausa y se preguntaba qué sentido tenía todo aquello; y seguía una guerra mundial, pero nadie daba una respuesta. De pronto se sentían viejos y acabados. Entonces, luego de haber vivido una existencia que era un instante imperceptible del tiempo cósmico, desaparecían.
El planeta, que era esencialmente de tipo terrestre, había producido una raza esencialmente humana, aunque humana en otro tono, podría decirse. Los continentes, tan poblados como los nuestros, estaban habitados por una raza de tan diversos tipos como el Homo sapiens. Todos los modos y facetas del espíritu que se manifestaron en nuestra historia habían tenido su equivalente en la historia de los Otros Hombres. Había habido allí, como entre nosotros, edades oscuras y edades luminosas, fases de adelanto y retroceso, culturas predominantemente materiales, y culturas intelectuales, estéticas o espirituales. Había razas “orientales” y “occidentales”. Había imperios, repúblicas, dictaduras. Sin embargo, todo era distinto en la Tierra. Muchas de las diferencias, por supuesto, eran superficiales; pero había una diferencia profunda, fundamental que tardé mucho tiempo en entender y no describiré aún.
Debo empezar por referirme a la organización biológica de los Otros Hombres. Su naturaleza animal era en el fondo muy similar a la nuestra. Reaccionaban con ira, miedo, odio, ternura, curiosidad, de un modo semejante al nuestro. Los órganos de los sentidos no eran tampoco en ellos muy distintos, excepto la vista, pues parecían menos sensibles al color y mas a la forma que nosotros. Los colores violentos de la Otra Tierra se me revelaban a través de los ojos de los nativos como muy amortiguados. Tampoco tenían oídos muy perfectos. Aunque sus órganos auditivos eran tan sensibles como los nuestros a los sonidos débiles, no discriminaban muy bien. La música, tal como la conocemos nosotros, nunca se desarrolló en ese mundo.
En compensación, el olfato y el gusto se habían desarrollado de un modo asombroso. Estas criaturas gustaban las cosas no solo con la boca, sino también con las húmedas manos negras y con los pies. Tenían así una experiencia del planeta extraordinariamente rica e íntima. El gusto de los metales y las maderas, de las tierras dulces o amargas, de las piedras, los innumerables sabores suaves o fuertes de las plantas que aplastaban los pies desnudos formaban en su totalidad un mundo desconocido para el hombre terrestre.
Los genitales estaban también equipados con órganos del gusto. Había distintas sustancias químicas en hombres y mujeres, todas poderosamente atractivas para el sexo opuesto. Eran saboreadas débilmente con el contacto de los pies o las manos en cualquier parte del cuerpo, y con exquisita intensidad en la copulación.
Esta sorprendente riqueza de la experiencia gustativa me hizo muy difícil entrar totalmente en los pensamientos de los Otros Hombres. El gusto desempeñaba una parte tan importante en sus imágenes y conceptos como la vista entre nosotros. Muchas ideas que los terrestres habían alcanzado gracias a la vista, y que aún en su forma más abstracta conservan huellas de su origen visual, eran concebidas por los Otros Hombres en términos de gusto. Por ejemplo, nuestro “brillante”, que aplicamos a personas o ideas, era para ellos una palabra con el significado literal de “sabroso”. En vez de “lúcido” ellos usaban un término que habían empleado los cazadores de las épocas primitivas para designar un rastro que se podía seguir fácilmente con el gusto. Tener una “iluminación religiosa” era “saborear los prados del cielo”. Expresaban también muchos de nuestros conceptos sin origen visual con palabras que se referían al gusto. “Complejidad” era “muy condimentado”, una palabra aplicada originalmente a la confusión de los gustos en un estanque frecuentado por muchas bestias. “Incompatibilidad” se derivaba de una palabra que designaba la antipatía que sentían mutuamente ciertos individuos a causa de sus sabores.
Las diferencias de raza que en nuestro mundo se definen principalmente por la apariencia corporal, eran para los Otros Hombres casi enteramente diferencias de sabor y olor. Y como las razas de los Otros Hombres estaban mucho menos separadas que nuestras propias razas, la lucha entre grupos que se repugnaban mutuamente a causa de sus sabores tenia gran importancia en esa historia. Cada raza tendía a creer que su propio sabor caracterizaba las más finas cualidades mentales, y que era en verdad un signo cierto de valor espiritual. En épocas anteriores las diferencias olfativas y gustativas habían distinguido sin duda a razas diferentes; pero en los tiempos modernos, y en las tierras más desarrolladas, hubo grandes cambios. No solo desapareció toda la localización precisa de las razas; la civilización industrial provocó además gran cantidad de cambios genéticos que quitaron todo sentido a las viejas distinciones raciales. Los antiguos gustos, sin embargo, aunque carecían ahora de significado racial (y en verdad, miembros de una misma familia podían tener sabores mutuamente repugnantes) producían aun las tradicionales reacciones. En cada país había un sabor particular que era considerado el signo distintivo de la raza nacional, y se sospechaba de todos los otros sabores, o se los condenaba directamente.
En el país que yo llegué a conocer mejor el sabor racial ortodoxo era un cierto gusto salado inconcebible para el hombre. Mis huéspedes se consideraban a sí mismos como la verdadera sal de la tierra. Pero en realidad el campesino que yo “habité” en un principio era el único hombre salado genuino y puro de la variedad ortodoxa que yo conocía. La gran mayoría de los ciudadanos del país alcanzaban el gusto y el olor correctos solo gracias a medios artificiales. Aquellos que eran aproximadamente salados, o de una variedad salada, aunque no alcanzaban el ideal, se pasaban la vida expresando su desprecio por sus vecinos agrios, dulces, o amargos. Desgraciadamente, aunque el gusto de los miembros podía disfrazarse con facilidad, no se había encontrado un medio eficaz para cambiar el sabor de la copulación. En consecuencia, las parejas de recién casados solían hacer los más terribles descubrimientos en la noche de bodas. Como en la gran mayoría de las uniones ninguno de los miembros tenía el sabor ortodoxo, los dos se esforzaban por demostrar al mundo que todo estaba bien. Pero muy a menudo había realmente una nauseabunda incompatibilidad entre los dos tipos gustativos. Las neurosis alimentadas en estas secretas tragedias matrimoniales devoraban a toda la población. De cuando en cuando, si uno de los miembros tenía un sabor ortodoxo aproximado, este genuino ejemplar salado denunciaba indignadamente al impostor. Las cortes, los boletines de noticias, y el público se unían en protestas de rectitud.
Algunos sabores “raciales” eran demasiado fuertes para que se los pudiese ocultar. Uno en particular, una especie de dulzura amarga, exponía al sujeto a extravagantes persecuciones, salvo en los países más tolerantes. En otros tiempos la raza dulce-amarga había ganado fama de astuta y egoísta, y había sido masacrada periódicamente por sus vecinos menos inteligentes. Pero en el fermento biológico de los tiempos modernos el sabor dulce-amargo podía asomar en cualquier familia. ¡Ay entonces del desgraciado niño y todos sus parientes! La persecución era inevitable, a no ser que la familia fuese bastante pudiente como para comprar al estado “un salario honorario” (o en el país vecino “un dulce honorario”) que borrara el estigma. […]
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El signo

Este mes, un cuento raro de Edward John Moreton Drax Plunkett, XVIII Barón de Dunsany (1878-1957), un escritor anglo-irlandés que actualmente es recordado, sobre todo, como precursor de la obra de H. P. Lovecraft o J. R. R. Tolkien, pero tiene no sólo una obra sumamente copiosa y reconocible sino una imaginación de “rango” inusitado: al contrario de otros autores que se especializan en cierto tipo de ambientes y argumentos, Lord Dunsany –como se le llama comúnmente– escribió por igual vastas mitologías que historias muy cercanas a lo cotidiano y a la experiencia individual.
“The Sign” se publicó en 1940 en el libro Jorkens has a Large Whisky, un tomo raro que reúne 26 historias “contadas” por el mismo personaje: Joseph Jorkens, descrito por su creador como “un viejo borracho que, siempre que puede conseguirse una bebida, se pone a contar historias de sus viajes”. Un hablista, pues, y uno con mucho que contar: Dunsany escribió cerca de 150 cuentos alrededor de Jorkens.
No tengo los datos del traductor de la presente versión.

Lord Dunsany retratado por Neil Austin

EL SIGNO
Lord Dunsany

Un día, al entrar en el Club de Billar a la hora del almuerzo, me di cuenta en seguida de que la conversación era un poco más profunda que de ordinario. De hecho se discutía acerca de la transmigración de las almas. Los socios eran hombres acostumbrados a hablar de temas muy variados, desde el precio de más de una mercancía en la bolsa de valores al mejor lugar para comprar ostras; sin embargo, las complejidades de la vida futura de un brahmán quedaban un poco fuera de su alcance.
Una mirada a Jorkens me indicó de lo que se trataba; si se habían metido en honduras era sobre todo para librarse de Jorkens, como alguien que, tomando el fresco en un paseo marítimo, se adentrara en el mar para evitar ponerse al corriente de una historia demasiado larga de contar. El motivo para desear librarse de Jorkens era, naturalmente, que algunos de ellos tenía historias propias que contar.
—La transmigración —dijo Jorkens— es algo de lo que se oye hablar bastante, pero raras veces se ve.
Terbut abrió la boca pero no dijo nada.
—Dio la casualidad de que se me presentó en una ocasión —prosiguió Jorkens.
—¿Se le presentó? —dijo Terbut.
—Se lo contaré —dijo Jorkens—. Cuando era joven conocí a un hombre llamado Horcher, que me impresionó muchísimo. Por ejemplo, una de las cosas que más me solían impresionar de él era la forma en que, si alguien hablaba de política y se preguntaba por lo que iría a suceder, tranquilamente decía lo que el Gobierno pensaba hacer, aunque no hubiera aparecido ni una sola palabra al respecto en ningún periódico: era siempre impresionante; y todavía más: si alguien intentaba adivinar lo que iba a suceder en Europa, llegaba él con su información con la misma tranquilidad.
—Y, ¿solía tener razón? —preguntó Terbut.
—Bueno —replicó Jorkens—, yo no diría eso. Pero nadie se arriesgaría de ninguna manera a vaticinarlo. En cualquier caso, entonces me impresionó bastante, y a los ancianos más que a mí. Y había otra cosa que hacía muy bien: me daba consejos sobre cualquier tema que se pudiera imaginar. No digo que el consejo fuera bueno, mas al menos indicaba el vasto alcance de sus intereses y su alegría por compartirlos con otros, pues con sólo oír que alguien deseaba hacer algo, se ofrecía inmediatamente a aconsejarle. Una y otra vez perdí sumas considerables de dinero a causa de sus consejos; y sin embargo había en ellos una espontaneidad, y una cierta profundidad aparente, que no podía dejar de impresionarle a uno.
“Bien, uno de aquellos lejanos días en que todavía era muy joven y todo el mundo me parecía igualmente nuevo, y la fe de los brahmanes no me era más desconocida que la teoría acerca del origen del hombre, empecé a hablar con Horcher del tema de la transmigración. Él se sonrió ante mi ignorancia, como siempre hacía, aunque amistosamente, y luego me contó todo lo que sabía sobre el tema. Los brahmanes, dijo, estaban equivocados en muchos detalles importantes al no haber estudiado científicamente la cuestión y no estar intelectualmente cualificados para entender sus aspectos más difíciles. No les contaré la teoría de la transmigración tal y como él me la explicó a mí, porque pueden ustedes leerla por sí mismos en los libros de texto. Lo que me contó no era nuevo para mí, mas sí lo fue la íntima certeza con que me la contó, y la impresión más bien excitante que dejó en mi mente de que todo lo había descubierto por sí mismo. Mas les diré un par de cosas sobre eso: una de ellas es que, a causa del interés que siempre se había tomado por las circunstancias que afectan al bienestar de las clases más bajas, estaba convencido de que sería recompensado con un considerable ascenso en su próxima existencia, “si (como él calculaba) hay justicia en la otra vida”.
“—Pues —decía— si no fuera recompensado en una existencia posterior, el interés por semejantes cuestiones durante esta existencia, nada tendría sentido.
“Recuerdo que paseábamos por un parque mientras me contaba todo eso, y el camino estaba lleno de caracoles, que probablemente iban hacia unos álamos no muy distantes, ya que cada uno de aquellos árboles tenía varios de esos animales subiendo por su tronco, como si todos realizaran ese viaje en aquella época del año, que era a comienzos de octubre. Le recuerdo pisando los caracoles al andar, no por crueldad, pues no era cruel, sino porque pensaba que eso no podía importar a formas de vida tan absurdamente inferiores. Y la otra cosa que me dijo fue que había inventado un signo, o más bien que había inventado una forma de grabárselo en la memoria. El signo no era sino la letra griega «f», pero él era un hombre enormemente diligente y se había adiestrado o hipnotizado a sí mismo con tal vehemencia a fin de recordar ese signo, que estaba convencido de poder hacerlo automáticamente, incluso en otra existencia. En esta vida lo hacía a menudo de forma totalmente inconsciente, trazándolo en las paredes con su dedo, o incluso en el aire: se había adiestrado para hacer eso. Y me dijo que, si alguna vez me veía en la siguiente vida y se acordaba de mí (y sonrió agradablemente como si pensara que semejante recuerdo era posible), me haría ese signo, cualesquiera que fueran nuestras respectivas posiciones sociales.
—¿Y qué creía que iba a ser en la otra vida? —le pregunté a Jorkens.
—Nunca me lo dijo —contestó Jorkens—. Mas yo sabía que él estaba seguro de que iba a ser alguien enormemente importante; lo sabía por la condescendencia que mostró en su amable comportamiento cuando dijo que me haría el signo; además, estaba la lenta elegancia con que elevó la mano cuando trazó el signo en el aire, que más bien sugería a alguien sentado en un trono. No creo que le hubiera gustado lo más mínimo que yo le diera la lata en su segunda vida triunfal, a no ser por su orgullo de haber estampado ese signo en su alma a fuerza de aplicación, de manera que luego no pudiera evitar el hacerlo; y estaba convencido de que el hábito perduraría dondequiera que su alma fuera, y naturalmente deseaba que la posteridad supiera que lo había conseguido. Mientras caminamos hizo el signo inconscientemente más o menos cada media hora; desde luego se había adiestrado a hacerlo a conciencia.
—¿Y tenía alguna justificación para pensar que se sentaría en un trono si gozaba de una segunda vida? —pregunté yo.
—Bueno —dijo Jorkens—, era un hombre muy ocupado, no me corresponde a mí decir hasta qué punto su interés por las vidas de otros hombres era filantropía o intromisión. Le tomé por lo que él mismo se estimaba, de manera que ahora que está muerto no quiero valorarle de otra forma. En su opinión todos los hombres eran tontos, de manera que alguien debía cuidar de ellos, y él, a costa de bastantes esfuerzos personales, estaba preparado para hacerlo; cualquier sistema que no recompensara a un hombre tan filantrópico como él debía de ser un sistema absurdo. En realidad no creo que pensara que la Creación fuera absurda, pues creía que él iba a ser recompensado; lo más que le oí decir contra ella fue que él podía poner en orden muchas cosas mejor de lo que están si tuviera el mando del mundo, y me puso algunos ejemplos.
“Bien, lo cierto es que me inculcó aquel signo, que, según dijo, probaría que la transmigración es sumamente valiosa para la ciencia; aunque yo pienso que los que más debía interesarle era que yo me diera cuenta de hasta qué cumbres se había elevado con todo merecimiento. Y en realidad logró que le creyera. Pensé mucho en ello, y a menudo me figuro a mí mismo, en mis postreros años, asistiendo a una recepción real o a cualquier otra gran ceremonia en la corte de algún país extranjero, captando de repente del soberano, yo solo en toda la reunión, aquel signo de reconocimiento que nada significaría para el resto.
“Mi amigo falleció a edad avanzada cuando yo no había cumplido todavía los treinta, y decidí hacer lo que me había aconsejado: observar en mi vejez las carreras de los hombres nacidos después de su muerte que ocuparan los puestos más altos en Europa (pues Asia no le parecía gran cosa) y mostraran ciertas habilidades que en la otra vida podían esperarse de él, con todas las ventajas de su experiencia en ésta. Pues me dije: “Si lleva razón en lo de la transmigración, también la llevará en cuanto a sus posibilidades de ascenso”. Y ¿saben ustedes?, llevaba razón en lo de la transmigración. Un año después de su muerte estaba yo paseando en aquel mismo parque, pensando en la letra griega F, como él me había dicho siempre que hiciera: el círculo bien marcado con la barra vertical en el medio. A menudo trazaba el signo con los dedos, como él solía hacer, para recordarlo. Aquel día lo tracé en la vieja tapia del parque. Observé un caracol ascendiendo lentamente por la tapia, y recordé su desprecio por esos animales; y, de algún modo, fue agradable pensar que él no había menospreciado a las cosas pequeñas más de lo que los demás hombres parecen hacerlo. Para él no valía la pena reparar en el rastro que el caracol dejaba en la tapia, cuyo brillo el sol incrementaba, mas consideraba igual de ridículas muchas de las obras humanas. Miré no obstante el brillante rastro del caracol en su avance, hasta que me di cuenta de que él había afirmado que sólo un tonto o un poeta perdería el tiempo con semejantes fruslerías; entonces me volví. Al hacerlo vi por el rabillo del ojo que el caracol estaba siguiendo una curva distinta. Volví a mirar y estimé un poco lo que había visto, pues la casualidad podía ser la causante; mas lo cierto es que el caracol había recorrido un cuarto de círculo muy diferente en su trayectoria de ascensión a la tapia. Era un fragmento de círculo tan claro que seguí observándolo hasta que se convirtió en un semicírculo, como antes había sido un cuarto de círculo. Mi entusiasmo creció cuando el animal empezó a descender; pues hasta entonces el caracol obviamente había estado escalando la tapia. ¿Por qué querría descender ahora? El diámetro del círculo era de unas cuatro pulgadas. El caracol avanzaba sin parar. Con mi mente absorta en el signo, yo no podía ignorar que si el caracol continuaba avanzando y completaba el círculo, equivaldría a haber trazado la mitad de aquél. Y además era del mismo tamaño que el signo que Horcher solía trazar de manera regia con su dedo índice. El caracol seguía avanzando. Cuando sólo quedaba media pulgada para completar el círculo, puede parecer tonto, pero yo mismo hice el signo en el aire con mi dedo. Sabía que el caracol no podía verlo: si realmente era Horcher, sabía que estaría haciendo el signo únicamente por el hábito adquirido, autohipnotizado en su propio ego, y que eso nada tenía que ver con el intelecto. Entonces deseché de mi mente aquella absurda idea. Sin embargo el caracol seguía avanzando. Y finalmente completó el círculo.
“Bien —pensé yo—, el caracol se ha movido en círculo; muchos animales lo hacen: los perros lo hacen frecuentemente, los pájaros supongo que también, ¿por qué no los caracoles? Y debí de quedarme quieto.
“Sepan que el caracol, tan pronto como finalizó su recorrido, siguió subiendo por la tapia en línea recta, dividiendo el círculo de su trayectoria en dos mitades con una precisión como nunca he visto. Me quedé allí de pie, mirando fijamente, con la boca y los ojos completamente abiertos. Primero fue la trayectoria completamente vertical mediante la cual el caracol escaló la tapia, luego el círculo, y ahora la continuación de la línea vertical dividiendo aquél en dos. En eso, el animal llegó a lo alto del círculo. ¿Qué iría a pasar entonces? El caracol continuó en línea recta hacia arriba. Llegó a un punto un par de pulgadas por encima de la parte superior del círculo y allí se detuvo, después de haber trazado una perfecta F, probando que el sueño de los brahmanes era una realidad.
—Pobre Horcher —dije yo.
—¿Hizo usted algo con el caracol? —preguntó Terbut.
—Por un momento pensé en matarlo —dijo Jorkens— para brindarle a Horcher una mejor oportunidad en su tercera vida. Y entonces me di cuenta de que había algo en su concepción de la vida que requeriría centenares de ellas para ser purificado. No podía ir por ahí matando caracoles sin parar, ¿me entienden?