El mortal inmortal

Este año se cumplen 200 de la aparición de la novela Frankenstein (1818), una de las novelas más influyentes de la cultura occidental, obra de la escritora inglesa Mary Shelley (1797-1851). Ésta fue editora, articulista y pensadora política además de narradora. “The Mortal Immortal” –publicado en 1833 en el anuario literario The Keepsake– es una muestra de un tema importante de su obra: los cambios de perspectiva que implican las situaciones extraordinarias, y que pueden llevar a quienes los experimentan a comprender de otra manera a sí mismos y a quienes los rodean. Winzy, el protagonista, gana por accidente la inmortalidad, y descubre que lo que le parecía una bendición se convierte en una tortura, al obligarlo a la soledad y el alejamiento del resto de los seres humanos. Esta versión anda circulando por la red sin crédito de traductor y la revisaré un poco en las semanas por venir.

EL MORTAL INMORTAL
Mary Shelley

Día 16 de julio de 1833. Éste es un aniversario memorable para mí; ¡hoy cumplo trescientos veintitrés años!
      ¿El Judío Errante?… Seguro que no. Más de dieciocho siglos han pasado por encima de su cabeza. En comparación con él, soy un Inmortal muy joven.
      ¿Soy, entonces, inmortal? Ésa es una pregunta que me he formulado a mí mismo, día y noche, desde hace trescientos tres años, y aún no conozco la respuesta. He detectado una cana entre mi pelo castaño, hoy precisamente. Eso significa, con toda seguridad, deterioro. Pero puede haber permanecido escondida ahí durante trescientos años; a algunas personas se les vuelve completamente blanco el cabello antes de los veinte años de edad.
      Contaré mi historia, y que el lector juzgue por mí. Al menos, así conseguiré pasar algunas horas de una larga eternidad que se me hace tan tediosa. ¡Eternamente! ¿Es eso posible? ¡Vivir eternamente! He oído de encantamientos en los cuales las víctimas son sumidas en un profundo sueño, para despertar, tras un centenar de años, tan frescas como siempre; he oído hablar de los Siete Durmientes… De modo que ser inmortal no debería ser tan opresivo para mí; pero, ¡ay!, el peso del interminable tiempo…, ¡el tedioso pasar de la procesión de las horas! ¡Qué feliz fue el legendario Nourjahad! Mas en cuanto a mí…
      Todo el mundo ha oído hablar de Cornelius Agrippa. Su recuerdo es tan inmortal como su arte me ha hecho a mí. Todo el mundo ha oído hablar también de su discípulo, que, descuidadamente, dejó en libertad al espíritu maligno durante la ausencia de su maestro y fue destruido por él. La noticia de este accidente, verdadera o falsa, le ocasionó muchos problemas al renombrado filósofo.
      Todos sus discípulos le abandonaron, sus sirvientes desaparecieron… Se encontró sin nadie que fuera añadiendo carbón a sus permanentes fuegos mientras él dormía, o vigilara los cambios de color de sus medicinas mientras él estudiaba. Experimento tras experimento fracasaron, porque un par de manos eran insuficientes para completarlos; los espíritus tenebrosos se rieron de él por no ser capaz de retener a un solo mortal a su servicio.
      Yo era muy joven por aquel entonces —y muy pobre—, y estaba muy enamorado. Había sido durante casi un año pupilo de Cornelius, aunque estaba ausente cuando aquel accidente tuvo lugar. A mi regreso, mis amigos me imploraron que no regresara a la morada del alquimista. Temblé al escuchar el terrible relato que me hicieron; no necesité una segunda advertencia. Y cuando Cornelius vino y me ofreció una bolsa de oro si me quedaba bajo su techo, sentí como si el propio Satán me estuviera tentando. Mis dientes castañetearon, todo mi pelo se erizó, y eché a correr tan rápido como mis temblorosas rodillas me lo permitieron.
      Mis vacilantes pies se dirigieron hacia el lugar al que durante dos años se habían sentido atraídos cada atardecer…, un agradable arroyo espumeante de cristalina agua, junto al cual paseaba una muchacha de pelo oscuro, cuyos radiantes ojos estaban fijos en el camino que yo acostumbraba a recorrer cada noche. No puedo recordar un momento en que no haya estado enamorado de Bertha; habíamos sido vecinos y compañeros de juegos desde la infancia.
      Sus padres, al igual que los míos, eran humildes pero respetables, y nuestra mutua atracción había sido una fuente de placer para ellos.
      En una aciaga hora, sin embargo, una fiebre maligna se llevó a la vez a su padre y a su madre, y Bertha quedó huérfana. Hubiera hallado un hogar bajo el techo de mis padres pero, desgraciadamente, la vieja dama del castillo cercano, rica, sin hijos y solitaria, declaró su intención de adoptarla. A partir de entonces Bertha se vio ataviada con sedas y viviendo en un palacio de mármol, y parecía como si hubiera sido altamente favorecida por la fortuna. No obstante, pese a su nueva situación y sus nuevas relaciones, Bertha permaneció fiel al amigo de sus días humildes. A menudo visitaba la casa de mi padre, y aun cuando tenía prohibido ir más allá, con frecuencia se dirigía paseando hacia el bosquecillo cercano y se encontraba conmigo junto a aquella umbría fuente.
      Solía decir que no sentía ninguna obligación hacia su nueva protectora que pudiera igualar a la devoción que la unía a nosotros.
      Sin embargo, yo seguía siendo demasiado pobre para poder casarme, y ella empezó a sentirse incomodada por el tormento que sentía en relación a mí. Tenía un espíritu noble pero impaciente, y cada vez se mostraba más irritada por los obstáculos que impedían nuestra unión. Ahora nos reuníamos tras una ausencia por mi parte, y ella se había sentido sumamente acosada mientras yo estaba lejos.
      Se quejó amargamente, y casi me reprochó el ser pobre. Yo repliqué rápidamente:
      —¡Soy pobre pero honrado! Si no lo fuera, muy pronto podría ser rico.
      Esta exclamación acarreó un millar de preguntas. Temí impresionarla demasiado revelándole la verdad, pero ella supo sacármela; y luego, lanzándome una mirada de desdén, dijo:
      —¡Pretendes amarme, y temes enfrentarte al demonio por mí!
      Protesté que solamente había temido ofenderla a ella, mientras que ella no hacía más que hablar de la magnitud de la recompensa que yo iba a recibir. Así animado —y avergonzado por ella—, y empujado por mi amor y por la esperanza y riéndome de mis anteriores miedos, regresé a paso rápido y con el corazón ligero a aceptar la oferta del alquimista, e instantáneamente me vi instalado en mi puesto.
      Transcurrió un año. Ya era poseedor de una suma de dinero para nada insignificante. El hábito había hecho desvanecerse mis temores. Pese a toda mi atenta vigilancia, jamás había detectado la huella de un pie hendido; ni el estudioso silencio ni nuestra morada fueron perturbados jamás por aullidos demoníacos.
      Yo seguí manteniendo mis entrevistas clandestinas con Bertha, y la esperanza nació en mí… La esperanza, pero no la alegría perfecta, porque Bertha creía que amor y seguridad eran enemigos, y se complacía en dividirlos en mi pecho. Aunque de buen corazón, era en cierto modo de costumbres coquetas; y yo me sentía tan celoso como un turco. Me despreciaba de mil maneras, sin querer aceptar nunca que estaba equivocada. Me volvía loco de irritación, y luego me obligaba a pedirle perdón. A veces me reprochaba que yo no era suficientemente sumiso, y luego me contaba alguna historia de un rival, que gozaba de los favores de su protectora. Estaba rodeada constantemente por jóvenes vestidos de seda, ricos y alegres.
      ¿Qué posibilidades tenía el ayudante de Cornelius, pobremente vestido, comparado con ellos?
      En una ocasión, el filósofo exigió tanto de mi tiempo que no pude ir al encuentro de Bertha como era mi costumbre. Estaba dedicado a algún trabajo importante, y me vi obligado a quedarme, día y noche, alimentando sus hornos y vigilando sus preparaciones químicas. Mi amada me aguardó en vano junto a la fuente. Su espíritu altivo llameó ante este abandono; y cuando finalmente pude salir, robándole unos pocos minutos al tiempo que se me había concedido para dormir, y confié en ser consolado por ella, me recibió con desdén, me despidió despectivamente y afirmó que ningún hombre que no pudiera estar por ella en dos lugares a la vez poseería jamás su mano. ¡Se desquitaría de aquello! Y realmente lo hizo.
      En mi sucio retiro oí que había estado cazando, escoltada por Albert Hoffer. Albert Hoffer era uno de los favorecidos por su protectora, y los tres pasaron cabalgando junto a mi ahumada ventana.
      Me parece que mencionaron mi nombre; fue seguido por una carcajada de burla, mientras los oscuros ojos de ella miraban desdeñosos hacia mi morada.
      Los celos, con todo su veneno y toda su miseria, penetraron en mi pecho. Derramé un torrente de lágrimas, pensando que nunca podría proclamarla mía; y luego maldecí un millar de veces su inconstancia. Pero mientras tanto, seguí avivando los fuegos del alquimista, seguí vigilando los cambios de sus incomprensibles medicinas.
      Cornelius había estado vigilando también durante tres días y tres noches, sin cerrar los ojos. Los progresos de sus alambiques eran más lentos de lo que esperaba; pese a su ansiedad, el sueño pesaba sobre sus ojos. Una y otra vez arrojaba la somnolencia lejos de sí, con una energía más que humana; una y otra vez obligaba a sus sentidos a permanecer alertas. Contemplaba anhelante sus crisoles.
      —Aún no están a punto —murmuraba—. ¿Deberá pasar otra noche antes de que el trabajo esté realizado? Winzy, tú sabes estar atento, eres constante… Además, la noche pasada dormiste. Observa esa redoma de cristal. El líquido que contiene es de un color rosa suave; en el momento en que empiece a cambiar de aspecto, despiértame… Hasta entonces podré cerrar un momento los ojos.
      »Primero debe volverse blanco, y luego emitir destellos dorados; pero no aguardes hasta entonces; cuando el color rosa empiece a palidecer, despiértame”.
      Apenas oí las últimas palabras, murmuradas casi en medio del sueño. Sin embargo, dijo aún:
      —Y Winzy, muchacho, no toques la redoma… No te la lleves a los labios; es un filtro…, un filtro para curar el amor. No querrás dejar de amar a tu Bertha… ¡Cuidado, no bebas!
      Y se durmió. Su venerable cabeza se hundió en su pecho, y yo apenas oí su regular respiración. Durante unos minutos observé las redomas…; la apariencia rosada del líquido permanecía inamovible.
      Luego mis pensamientos empezaron a divagar… Visitaron la fuente, y se recrearon en un millar de agradables escenas que ya nunca volverían… ¡Nunca! Serpientes y víboras anidaron en mi cabeza mientras la palabra «¡Nunca!» se semiformaba en mis labios. ¡Mujer falsa! ¡Falsa y cruel! Nunca me sonreiría a mí como aquella tarde le había sonreído a Albert. ¡Mujer despreciable y ruin! No me quedaría sin vengarme… Haría que viera a Albert expirar a sus pies; ella no era digna de morir a mis manos. Había sonreído desdeñosa y triunfante… Conocía mi miseria y su poder. Pero ¿qué poder tenía?… El poder de excitar mi odio, todo mi desprecio, mi… ¡Todo menos mi indiferencia! Si pudiera lograr eso…, si pudiera mirarla con ojos indiferentes, transferir mi rechazado amor a otro más real y merecido… ¡Eso sería una auténtica victoria!
      Un resplandor llameó ante mis ojos. Había olvidado la medicina del adepto. La contemplé maravillado: destellos de admirable belleza, más brillantes que los que emite el diamante cuando los rayos del sol penetran en él, resplandecían en la superficie del líquido; un olor de entre los más fragantes y agradables inundó mis sentidos. La redoma parecía un globo de viviente radiación, precioso a los ojos, invitando a ser probado. El primer pensamiento, inspirado instintivamente por mis más bajos sentidos, fue: «lo haré…, debo beber».
      Alcé la redoma hacia mis labios. «Eso me curará del amor…, ¡de la tortura!» Llevaba bebida ya la mitad del más delicioso licor que jamás hubiera probado, paladar de hombre alguno cuando el filósofo se agitó. Me sobresalté y dejé caer la redoma… El fluido se extendió llameando por el suelo, mientras sentía que Cornelius aferraba mi garganta y chillaba:
      —¡Infeliz! ¡Has destruido la labor de mi vida!
      Cornelius no se había dado cuenta de que yo había bebido una parte de su droga. Tenía la impresión, y yo me apresuré a confirmarla, de que yo había alzado la redoma por curiosidad y que, asustado por su brillo y el llamear de su intensa luz, la había dejado caer. Nunca le dejé entrever lo contrario. El fuego de la medicina se apagó, la fragancia murió… y él se calmó, como debe hacer un filósofo ante las más duras pruebas, y me envió a descansar.
      No intentaré describir los sueños de gloria y felicidad que bañaron mi alma en el paraíso durante las restantes horas de aquella memorable noche. Las palabras serían pálidas y triviales para describir mi alegría, o la exaltación que me poseía cuando me desperté.
      Flotaba en el aire, mis pensamientos estaban en los cielos. La tierra parecía ser el mismo cielo, y mi herencia era una completa felicidad. «Eso representa el sentirme curado del amor —pensé—. Veré a Bertha hoy, y ella descubrirá a su amante frío y despreocupado; demasiado feliz para mostrarse desdeñoso, ¡pero cuan absolutamente indiferente hacia ella!»
      Pasaron las horas. El filósofo, seguro de haber triunfado una vez, y creyendo que lo conseguiría de nuevo, empezó a preparar una vez más la misma medicina. Se encerró con sus libros y potingues, y yo tuve el día libre. Me vestí con todo cuidado; me miré en un escudo viejo pero pulido, que me sirvió de espejo; me pareció que mi buen aspecto había mejorado extraordinariamente. Me precipité más allá de los límites de la ciudad, la alegría en el alma, las bellezas del cielo y de la tierra rodeándome. Dirigí mis pasos hacia el castillo. Podía mirar sus altivas torres con el corazón ligero, porque estaba curado del amor. Mi Bertha me vio desde lejos, mientras subía por la avenida. No sé qué súbito impulso animó su pecho, pero al verme saltó como un corzo bajando las escalinatas de mármol y echó a correr hacia mí. Pero yo había sido visto también por otra persona. La bruja de alta cuna, que se llamaba a sí misma su protectora y que en realidad era su tirana, también me había divisado. Renqueó, jadeante, hacia la terraza. Un paje, tan feo como ella, echó a correr tras su ama, abanicándola mientras la arpía se apresuraba y detenía a mi hermosa muchacha con un:
      —¿Dónde va mi imprudente señorita? ¿Dónde tan aprisa? ¡Vuelve a tu jaula…, ahí delante hay halcones!
      Bertha se apretó las manos, los ojos clavados aún en mi figura que se aproximaba. Vi su lucha consigo misma. Cómo odié a la vieja bruja que refrenaba los gentiles impulsos del blando corazón de mi Bertha. Hasta entonces, el respeto a su rango social había hecho que evitara a la dama del castillo; ahora desdeñé una tan trivial consideración. Estaba curado del amor, y elevado más allá de todos los temores humanos; me apresuré hacia delante, y pronto alcancé la terraza. ¡Qué encantadora estaba Bertha! Sus ojos llameaban; sus mejillas resplandecían con impaciencia y rabia; estaba un millar de veces más graciosa y atractiva que nunca. Ya no la amaba…, ¡oh, no! La adoraba, la reverenciaba, ¡la idolatraba!
      Aquella mañana había sido perseguida, con más vehemencia de lo habitual, para que consintiera en un matrimonio inmediato con mi rival. Se le reprocharon los ánimos y las esperanzas que había dado, se la amenazó con ser arrojada de casa vergonzosamente y en desgracia. Su orgulloso espíritu se alzó en armas ante la amenaza; pero cuando recordó el desprecio que había exhibido ante mí, y cómo, quizás, había perdido con ello al que consideraba como a su único amigo, lloró de remordimiento y rabia. Y en aquel momento aparecí yo.
      —¡Oh, Winzy! —exclamó—. Llévame a casa de tu madre; hazme abandonar rápidamente los detestables lujos y la ruindad de esta noble morada…; devuélveme a la pobreza y a la felicidad.
      La abracé fuertemente, sintiéndome transportado. La vieja dama estaba sin habla por la furia, y sólo prorrumpió en invectivas cuando ya nos hallábamos lejos en nuestra calle, camino de mi casa natal. Mi madre recibió a la hermosa fugitiva, escapada de una jaula dorada a la naturaleza y a la libertad, con ternura y alegría; mi padre, que la amaba, la recibió de todo corazón. Fue un día de regocijo, que no necesitó de la adición de la poción celestial del alquimista para llenarme de dicha.
      Poco después de aquel día memorable me convertí en el esposo de Bertha. Dejé de ser el ayudante de Cornelius, pero continué siendo su amigo. Siempre me sentí agradecido hacia él por haberme procurado, inconscientemente, aquel delicioso trago de un elixir divino que, en vez de curarme del amor (¡triste cura!, solitario remedio carente de alegría para maldiciones que parecen bendiciones al recuerdo), me había inspirado valor y resolución, trayéndome el premio de un tesoro inestimable en la persona de mi Bertha.
      A menudo he recordado con maravilla ese período de trance parecido a la embriaguez. La pócima de Cornelius no había cumplido con la tarea para la cual afirmaba él que había sido preparada, pero sus efectos habían sido más poderosos y felices de lo que las palabras pueden expresar. Se fueron desvaneciendo gradualmente, pero permanecieron largo tiempo… y colorearon mi vida con matices de esplendor. A menudo Bertha se maravillaba de mi radiante corazón y de mi constante alegría porque, antes, yo había sido de carácter más bien serio, incluso triste. Me amaba aún más por mi temperamento jovial, y nuestros días estaban teñidos de alegría.
      Cinco años más tarde fui llamado inesperadamente a la cabecera del agonizante Cornelius. Había enviado a por mí apresuradamente, conjurándome a que acudiera al instante a su presencia. Lo encontré tendido en su jergón, mortalmente débil. Toda la vida que le quedaba animaba sus penetrantes ojos, que estaban fijos en una redoma de cristal, llena de un líquido rosado.
      —¡He aquí la vanidad de los anhelos humanos! —dijo, con una voz rota que parecía surgir de sus entrañas—. Mis esperanzas estaban a punto de verse coronadas por segunda vez, y por segunda vez se ven destruidas. Mira esa pócima… Recuerda que hace cinco años la preparé también, con idéntico éxito. Entonces, como ahora, mis sedientos labios esperaban saborear el elixir inmortal… ¡Tú me lo arrebataste! Y ahora ya es demasiado tarde.
      Hablaba con dificultad, y se dejó caer sobre la almohada. No pude evitar el decir:
      —¿Cómo, reverenciado maestro, puede una cura para el amor restaurar vuestra vida?
[ilustrado por Valeria Uccelli]
Ilustrado por Valeria Uccelli
      Una débil sonrisa revoloteó en su rostro, mientras yo escuchaba intensamente su apenas inteligible respuesta.
      —Una cura para el amor y para todas las cosas… El elixir de la inmortalidad. ¡Ah! ¡Si ahora pudiera beberlo, viviría eternamente!
      Mientras hablaba, un relampagueo dorado brotó del fluido y una fragancia que yo recordaba muy bien se extendió por los aires.
      Cornelius se alzó, débil como estaba; las fuerzas parecieron volver a él milagrosamente. Tendió su mano hacia delante… Entonces, una fuerte explosión me sobresaltó, un rayo de fuego brotó del elixir… ¡y la redoma de cristal que lo contenía quedó reducida a átomos! Volví mis ojos hacia el filósofo. Se había derrumbado hacia atrás. Sus ojos eran vidriosos, sus rasgos estaban rígidos…
      ¡Había muerto!
      ¡Pero yo vivía, e iba a vivir eternamente! Así había dicho el infortunado alquimista, y durante unos días creí en sus palabras.
      Recordé la gloriosa intoxicación que había seguido a mi subrepticio beber. Reflexioné sobre el cambio que había sentido en mi cuerpo, en mi alma. La ligera elasticidad del primero, el luminoso vigor de la segunda. Me observé en un espejo, y no pude percibir ningún cambio en mis rasgos tras los cinco años transcurridos. Recordé el radiante color y el agradable aroma de aquel delicioso brebaje, el valioso don que era capaz de conferir… Entonces, ¡era inmortal!
      Pocos días más tarde me reía de mi credulidad. El viejo proverbio de que «nadie es profeta en su tierra» era cierto con respecto a mí y a mi difunto maestro. Lo apreciaba como hombre, lo respetaba como sabio, pero me burlaba de la idea de que pudiera mandar sobre los poderes de las tinieblas, y me reía de los supersticiosos temores con los que era mirado por el vulgo. Era un filósofo juicioso, pero no tenía tratos con ningún espíritu excepto aquellos revestidos de carne y huesos. Su ciencia era simplemente humana; y la ciencia humana, me persuadí muy pronto, nunca podrá conquistar las leyes de la naturaleza hasta tal punto que logre aprisionar eternamente el alma dentro de un habitáculo carnal. Cornelius había obtenido una bebida que refrescaba y aligeraba el alma; algo más embriagador que el vino, mucho más dulce y fragante que cualquier fruta. Probablemente poseía fuertes poderes medicinales, impartiendo ligereza al corazón y vigor a los miembros; pero sus efectos terminaban desapareciendo; ya no debían de existir siquiera en mi organismo. Era un hombre afortunado que había bebido un sorbo de salud y de alegría de espíritu, y quizá también de larga vida, de manos de mi maestro; pero mi buena suerte terminaba ahí: la longevidad era algo muy distinto de la inmortalidad.
      Continué con esta creencia durante varios años. A veces un pensamiento cruzaba furtivamente por mi cabeza… ¿Estaba realmente equivocado el alquimista? Sin embargo, mi creencia habitual era que seguiría la suerte de todos los hijos de Adán a su debido tiempo. Un poco más tarde quizá, pero siempre a una edad natural.
      No obstante, era innegable que mantenía un sorprendente aspecto juvenil. Me reía de mi propia vanidad consultando muy a menudo el espejo. Pero lo consultaba en vano; mi frente estaba libre de arrugas, mis mejillas, mis ojos…, toda mi persona continuaba tan lozana como en mi vigésimo cumpleaños.
      Me sentía turbado. Miraba la marchita belleza de Bertha… Yo parecía más bien su hijo. Poco a poco, nuestros vecinos comenzaron a hacer similares observaciones, y al final descubrí que empezaban a llamarme «el discípulo embrujado». La propia Berta empezó a mostrarse inquieta. Se volvió celosa e irritable, y al poco tiempo empezó a hacerme preguntas. No teníamos hijos; éramos totalmente el uno para el otro. Y pese a que, al ir haciéndose más vieja, su espíritu vivaz se volvió un poco propenso al mal genio y su belleza disminuyó un tanto, yo la seguía amando con todo mi corazón como a la muchachita a la que había idolatrado, la esposa que siempre había anhelado y que había conseguido con un tan perfecto amor.
      Finalmente, nuestra situación se hizo intolerable: Bertha tenía cincuenta años…, yo veinte. Yo había adoptado en cierta medida, y no sin algo de vergüenza, las costumbres de una edad más avanzada. Ya no me mezclaba en el baile entre los jóvenes, pero mi corazón saltaba con ellos mientras contenía mis pies. Y empecé a tener una cierta mala fama entre los viejos de nuestro pueblo. Las cosas fueron deteriorándose. Éramos evitados por todos. Se dijo de nosotros —de mí al menos— que habíamos hecho un trato inicuo con alguno de los supuestos amigos de mi anterior maestro. La pobre Bertha era objeto de piedad, pero evitada. Yo era mirado con horror y aborrecimiento.
      ¿Qué podíamos hacer? Permanecer sentados junto a nuestro fuego… La pobreza se había instalado con nosotros, ya que nadie quería los productos de mi granja; y a menudo me veía obligado a viajar veinte millas, hasta algún lugar donde no fuera conocido, para vender mis cosechas. Sí, es cierto, habíamos ahorrado algo para los malos días…, y esos días habían llegado.
      Permanecíamos sentados solos junto al fuego, el joven de viejo corazón y su envejecida esposa. De nuevo Bertha insistió en conocer la verdad; recapituló todo lo que había oído decir de mí, y añadió sus propias observaciones. Me conjuró a que le revelara el hechizo; describió cómo me quedarían mejor unas sienes plateadas que el color castaño de mi pelo; disertó acerca de la reverencia y el respeto que proporcionaba la edad… y lo preferible que eran a las distraídas miradas que se les dirigía a los niños. ¿Acaso imaginaba que los despreciables dones de la juventud y buena apariencia superaban la desgracia, el odio y el desprecio? No, al final sería quemado como traficante en artes negras, mientras que ella, a quien ni siquiera me había dignado comunicarle la menor porción de mi buena fortuna, sería lapidada como mi cómplice. Finalmente, insinuó que debía compartir mi secreto con ella y concederle los beneficios de los que yo gozaba, o se vería obligada a denunciarme…, y entonces estalló en llanto.
      Así acorralado, me pareció que lo mejor era decirle la verdad.
      Se la revelé tan tiernamente como me fue posible, y hablé tan sólo de una muy larga vida, no de inmortalidad…, concepto que, de hecho, coincidía mejor con mis propias ideas. Cuando terminé, me levanté y dije:
      —Y ahora, mi querida Bertha, ¿denunciarás al amante de tu juventud? No lo harás, lo sé. Pero es demasiado duro, mi pobre esposa, que tengas que sufrir a causa de mi aciaga suerte y de las detestables artes de Cornelius. Me marcharé. Tienes buena salud, y amigos con los que ir en mi ausencia. Sí, me iré: joven como parezco, y fuerte como soy, puedo trabajar y ganarme el pan entre desconocidos, sin que nadie sepa ni sospeche nada de mí. Te amé en tu juventud. Dios es testigo de que no te abandonaré en tu vejez, pero tu seguridad y tu felicidad requieren que ahora haga esto.
      Tomé mi gorra y me dirigí hacia la puerta; en un momento los brazos de Bertha rodeaban mi cuello, y sus labios se apretaban contra los míos.
      —No, esposo mío, mi Winzy —dijo—. No te irás solo… Llévame contigo; nos marcharemos de este lugar y, como tú dices, entre desconocidos estaremos seguros sin que nadie sospeche de nosotros. No soy tan vieja todavía como para avergonzarte, mi Winzy; y me atrevería a decir que el encantamiento desaparecerá pronto y, con la bendición de Dios, empezarás a parecer más viejo, como corresponde. No debes abandonarme.
      Le devolví de todo corazón su generoso abrazo.
      —No lo haré, Bertha mía; pero por tu bien no debería pensar así. Seré tu fiel y dedicado esposo mientras estés conmigo, y cumpliré con mi deber contigo hasta el final.
      Al día siguiente nos preparamos en secreto para nuestra emigración. Nos vimos obligados a hacer grandes sacrificios pecuniarios, era inevitable. De todos modos, conseguimos al fin reunir una suma suficiente como para al menos mantenernos mientras Bertha viviera. Y sin decirle adiós a nadie, abandonamos nuestra región natal para buscar refugio en un remoto lugar del oeste de Francia.
      Resultó cruel arrancar a la pobre Bertha de su pueblo natal, de todos los amigos de su juventud, para llevarla a un nuevo país, un nuevo lenguaje, unas nuevas costumbres. El extraño secreto de mi destino hizo que yo ni siquiera me diera cuenta de ese cambio; pero la compadecí profundamente, y me alegró el darme cuenta de que ella hallaba alguna compensación a su infortunio en una serie de pequeñas y ridículas circunstancias. Lejos de toda murmuración, buscó disminuir la aparente disparidad de nuestras edades a través de un millar de artes femeninas: rojo de labios, trajes juveniles y la adopción de una serie de actitudes desacordes con su edad. No podía irritarme por eso. ¿No llevaba yo mismo una máscara? ¿Para qué pelearme con ella, sólo porque tenía menos éxito que yo? Me apené profundamente cuando recordé que esa remilgada y celosa vieja de sonrisa tonta era mi Bertha, aquella muchachita de pelo y ojos oscuros, con una sonrisa de encantadora picardía y un andar de corzo, a la que tan tiernamente había amado y a la que había conseguido con un tal arrebato. Hubiera debido reverenciar sus grises cabellos y sus arrugadas mejillas. Hubiera debido hacerlo; pero no lo hice, y ahora deploro esa debilidad humana.
      Sus celos estaban siempre presentes. Su principal ocupación era intentar descubrir que, pese a las apariencias externas, yo también estaba envejeciendo. Creo verdaderamente que aquella pobre alma me amaba de corazón, pero nunca hubo mujer tan atormentada sobre cómo desplegar en mí toda su atención. Hubiera querido discernir arrugas en mi rostro y decrepitud en mi andar, mientras que yo desplegaba un vigor cada vez mayor, con una juventud por debajo de los veinte años. Nunca me atreví a dirigirme a otra mujer. En una ocasión, creyendo que la belleza del pueblo me miraba con buenos ojos, me compró una peluca gris. Su constante conversación entre sus amistades era que yo, aunque parecía tan joven, estaba hecho una ruina; y afirmaba que el peor síntoma era mi aparente salud. Mi juventud era una enfermedad, decía, y yo debía estar preparado en cualquier momento, si no para una repentina y horrible muerte, sí al menos para despertarme cualquier mañana con la cabeza completamente blanca y encorvado, con todas las señales de la senectud. Yo la dejaba hablar… y a menudo incluso me unía a ella en sus conjeturas. Sus advertencias hacían coro con mis interminables especulaciones relativas a mi estado, y me tomaba un enorme y doloroso interés en escuchar todo aquello que su rápido ingenio y excitada imaginación podían decir al respecto.
      ¿Para qué extenderse en todos estos pequeños detalles? Vivimos así durante largos años. Bertha se quedó postrada en cama y paralítica; la cuidé como una madre cuidaría a un hijo. Se volvió cada vez más irritable, y aún seguía insistiendo en lo mismo, en cuánto tiempo la sobreviviría. Seguí cumpliendo escrupulosamente, pese a todo, con mis deberes hacia ella, lo cual fue una fuente de consuelo para mí. Había sido mía en su juventud, era mía en su vejez; y al final, cuando arrojé la primera paletada de tierra sobre su cadáver, me eché a llorar, sintiendo que había perdido todo lo que realmente me ataba a la humanidad.
      Desde entonces, ¡cuántas han sido mis preocupaciones y pesares, cuan pocas y vacías mis alegrías! Detengo aquí mi historia, no la proseguiré más. Un marinero sin timón ni compás, lanzado a un mar tormentoso, un viajero perdido en un páramo interminable, sin indicador ni mojón que lo guíe a ninguna parte…, eso he sido yo; más perdido, más desesperanzado que nadie. Una nave acercándose, un destello de un faro lejano, podrían salvarme; pero no tengo más guía que la esperanza de la muerte.
      ¡La muerte! ¡Misteriosa, hosca amiga de la frágil humanidad!
      ¿Por qué, único entre todos los mortales, me has arrojado a mí fuera de tu acogedor manto? ¡Oh, la paz de la tumba! ¡El profundo silencio del sepulcro revestido de hierro! ¡Los pensamientos dejarían por fin de martillear en mi cerebro, y mi corazón ya no latiría más con emociones que sólo saben adoptar nuevas formas de tristeza!
      ¿Soy inmortal? Vuelvo a mi primera pregunta. En primer lugar, ¿no es más probable que el brebaje del alquimista estuviera cargado con longevidad más que con vida eterna? Tal es mi esperanza. Y además, debo recordar que sólo bebí la mitad de la poción preparada para él. ¿Acaso no era necesaria la totalidad para completar el encantamiento? Haber bebido la mitad del elixir de la inmortalidad es convertirse en semiinmortal…; mi eternidad está pues truncada.
      Pero, de nuevo, ¿cuál es el número de años de media eternidad? A menudo intento imaginar si lo que rige el infinito puede ser dividido. A veces creo descubrir la vejez avanzar sobre mí. He descubierto una cana. ¡Estúpido! ¿Debo lamentarme? Sí, el miedo a la vejez y a la muerte repta a menudo fríamente hasta mi corazón, y cuanto más vivo más temo a la muerte, aunque aborrezca la vida. Ése es el enigma del hombre, nacido para perecer, cuando lucha, como hago yo, contra las leyes establecidas de su naturaleza.
      Pero seguramente moriré a causa de esta anomalía de los sentimientos; la medicina del alquimista no debe de proteger contra el fuego, la espada y las asfixiantes aguas. He contemplado las azules profundidades de muchos lagos apacibles, y el tumultuoso discurrir de numerosos ríos caudalosos, y me he dicho: la paz habita en estas aguas. Sin embargo, he guiado mis pasos lejos de ellos, para vivir otro día más. Me he preguntado a mí mismo si el suicidio es un crimen en alguien para quien constituye la única posibilidad de abrir la puerta al otro mundo. Lo he hecho todo, excepto presentarme voluntario como soldado o duelista, pues no deseo destruir a mis semejantes. Pero no, ellos no son mis semejantes. El inextinguible poder de la vida en mi cuerpo y su efímera existencia nos alejan tanto como lo están los dos polos de la Tierra. No podría alzar una mano contra el más débil ni el más poderoso de entre ellos.
      Así he seguido viviendo año tras año… Solo, y cansado de mí mismo. Deseoso de morir, pero no muriendo nunca. Un mortal inmortal. Ni la ambición ni la avaricia pueden entrar en mi mente, y el ardiente amor que roe mi corazón jamás me será devuelto; nunca encontraré a un igual con quien compartirlo. La vida sólo está aquí para atormentarme.
      Hoy he concebido una forma por la que quizá todo pueda terminar sin matarme a mí mismo, sin convertir a otro hombre en un Caín… Una expedición en la que ningún ser mortal pueda nunca sobrevivir, aun revestido con la juventud y la fortaleza que anidan en mí. Así podré poner mi inmortalidad a prueba y descansar para siempre… o regresar, como la maravilla y el benefactor de la especie humana.
      Antes de marchar, una miserable vanidad ha hecho que escriba estas páginas. No quiero morir sin dejar ningún nombre detrás. Han pasado tres siglos desde que bebí el brebaje fatal; no transcurrirá otro año antes de que, enfrentándome a gigantescos peligros, luchando con los poderes del hielo en su propio campo, acosado por el hambre, la fatiga y las tormentas, rinda este cuerpo, una prisión demasiado tenaz para un alma que suspira por la libertad, a los elementos destructivos del aire y el agua. O, si sobrevivo, mi nombre será recordado como uno de los más famosos entre los hijos de los hombres. Y una vez terminada mi tarea, deberé adoptar medios más drásticos. Esparciendo y aniquilando los átomos que componen mi ser, dejaré en libertad la vida que hay aprisionada en él, tan cruelmente impedida de remontarse por encima de esta sombría tierra, a una esfera más compatible con su esencia inmortal.

Manual para las mujeres de la limpieza

Lucia Berlin (1936-2004) es hoy una cuentista estadounidense celebradísima, pero hasta hace unos pocos años era una escritora de culto, conocida por sólo unos pocos colegas y especialistas. La edición de una antología de su obra, titulada justamente como el cuento que aquí se presenta, le dio reconocimiento mundial.
      Al menos para muchas personas, la parte más llamativa de la obra de Berlin es la más superficial: el hecho de que mucho de sus narraciones proviene directamente de su vida real y sus experiencias, a veces muy duras, con el alcoholismo, la necesidad de mantener sola a sus cuatro hijos y la vida precaria que, pese a la prosperidad de los Estados Unidos en su conjunto, padecen millones de sus habitantes. Sin embargo, estos mismos temas podrían tratarse de manera rutinaria, meramente sensacionalista; por el contrario, lo que vuelve memorables las narraciones de Berlin es su uso del lenguaje, y sobre todo la velocidad, eficacia y originalidad de sus descripciones, que muestran una capacidad de observación extraordinaria.
      Todo esto se puede ver en “Manual para las mujeres de la limpieza”: una narración en varias etapas (marcadas por diferentes trayectos en autobús) de una protagonista que limpia casas ajenas y revela una vida rica y compleja a la vez que difícil. Esta traducción de “A Manual For Cleaning Women” es de Eugenia Vázquez Nacarino y apareció en la edición del libro publicada por Alfaguara. La transcripción proviene de aquí.

Lucia Berlin (fuente)

MANUAL PARA MUJERES DE LA LIMPIEZA
Lucia Berlin

42–PIEDMONT. Autobús lento hasta Jack London Square. Sirvientas y ancianas. Me senté al lado de una viejecita ciega que estaba leyendo en Braille; su dedo se deslizaba por la página, lento y silencioso, línea tras línea. Era relajante mirarla, leer por encima de su hombro. La mujer se bajó en la calle 29, donde se han caído todas las letras del cartel PRODUCTOS NACIONALES ELABORADOS POR CIEGOS, excepto CIEGOS.
      La calle 29 también es mi parada, pero tengo que ir hasta el centro a cobrar el cheque de la señora Jessel. Si vuelve a pagarme con un cheque, lo dejo. Además, nunca tiene suelto para el desplazamiento. La semana pasada hice todo el trayecto hasta el banco pagándolo de mi bolsillo, y se había olvidado de firmar el cheque.
      Se olvida de todo, incluso de sus achaques. Mientras limpio el polvo los voy recogiendo y los dejo en el escritorio. 10 A. M. NÁUSEAS en un trozo de papel en la repisa de la chimenea. DIARREA en el escurridero. LAGUNAS DE MEMORIA Y MAREO encima de la cocina. Sobre todo se olvida de si tomó el fenobarbital, o de que ya me ha llamado dos veces a casa para preguntarme si lo ha hecho, dónde está su anillo de rubí, etcétera.
      Me sigue de habitación en habitación, repitiendo las mismas cosas una y otra vez. Voy a acabar tan chiflada como ella. Siempre digo que no voy a volver, pero me da lástima. Soy la única persona con quien puede hablar. Su marido es abogado, juega al golf y tiene una amante. No creo que la señora Jessel lo sepa, o que se acuerde. Las mujeres de la limpieza lo saben todo.
      Y las mujeres de la limpieza roban. No las cosas por las que tanto sufre la gente para la que trabajamos. Al final es lo superfluo lo que te tienta. No queremos la calderilla de los ceniceros.
      A saber dónde, una señora en una partida de bridge hizo correr el rumor de que para poner a prueba la honestidad de una mujer de la limpieza hay que dejar un poco de calderilla, aquí y allá, en ceniceros de porcelana con rosas pintadas a mano. Mi solución es añadir siempre algunos peniques, incluso una moneda de diez centavos.
      En cuanto me pongo a trabajar, antes de nada compruebo dónde están los relojes, los anillos, los bolsos de fiesta de lamé dorado. Luego, cuando vienen con las prisas, jadeando sofocadas, contesto tranquilamente: «Debajo de su almohada, detrás del inodoro verde sauce». Creo que lo único que robo, de hecho, son somníferos. Los guardo para un día de lluvia.
      Hoy he robado un frasco de semillas de sésamo Spice Islands. La señora Jessel apenas cocina. Cuando lo hace, prepara pollo al sésamo. La receta está pegada en la puerta del armario de las especias, por dentro. Guarda una copia en el cajón de los sellos y los cordeles, y otra en su agenda. Siempre que encarga pollo, salsa de soja y jerez, pide también un frasco de semillas de sésamo. Tiene quince frascos de semillas de sésamo. Catorce, ahora.
      Me senté en el bordillo a esperar el autobús. Otras tres sirvientas, negras con uniforme blanco, se quedaron de pie a mi lado. Son viejas amigas, hace años que trabajan en Country Club Road. Al principio todas estábamos indignadas… el autobús se adelantó dos minutos y lo perdimos. Maldita sea. El conductor sabe que las sirvientas siempre están ahí, que el 42 a Piedmont pasa solo una vez cada hora.
      Fumé mientras ellas comparaban el botín. Cosas que se habían llevado… laca de uñas, perfume, papel higiénico. Cosas que les habían dado… pendientes desparejados, veinte perchas, sujetadores rotos.
      (Consejo para mujeres de la limpieza: aceptad todo lo que la señora os dé, y decid gracias. Luego lo podéis dejar en el autobús, en el hueco del asiento).
      Para meterme en la conversación les enseñé mi frasco de semillas de sésamo. Se rieron a carcajadas.
      —¡Ay, chica! ¿Semillas de sésamo?
      Me preguntaron cómo aguantaba tanto con la señora Jessel. La mayoría no repiten más de tres veces. Me preguntaron si es verdad que tiene ciento cuarenta pares de zapatos. Sí, pero lo malo es que la mayoría son idénticos.
      La hora pasó volando. Hablamos de las señoras para las que trabajamos. Nos reímos, no sin un poso de amargura.
      Las mujeres de la limpieza de toda la vida no me aceptan de buenas a primeras. Y además, me cuesta conseguir trabajo en esto, porque soy «instruida». Sé que ahora mismo no puedo buscarme otra cosa. He aprendido a contarles a las señoras desde el principio que mi marido alcohólico acaba de morir y me he quedado sola con mis cuatro hijos. Hasta ahora nunca había trabajado, criando a los niños y demás.
 
43–SHATTUCK–BERKELEY. Los bancos con carteles de SATURACIÓN PUBLICITARIA están empapados todas las mañanas. Le pedí fuego a un hombre y me dio la caja de cerillas. EVITEMOS EL SUICIDIO. Era de esas que, absurdamente, llevan la banda de fósforo detrás. Más vale prevenir.
      Al otro lado de la calle, la mujer de la tintorería estaba barriendo la acera. A ambos lados de su puerta revoloteaban hojas y basura. Ahora es otoño, en Oakland.
      Esa misma tarde, al volver de limpiar en casa de Horwitz, la acera de la tintorería volvía a estar cubierta de hojas y porquería. Tiré mi billete de transbordo. Siempre compro billete de transbordo. A veces los regalo, pero normalmente me los quedo.
      Ter solía burlarse de esa manía mía de guardarlo siempre todo.
      —Vamos, Maggie May, en este mundo no te puedes aferrar a nada. Excepto a mí, quizá.
      Una noche en Telegraph Avenue me desperté al notar que me ponía la anilla de una lata de Coors en la palma de la mano y me cerraba el puño. Abrí los ojos y lo vi sonriendo. Terry era un vaquero joven, de Nebraska. No le gustaba ver películas extranjeras. Ahora sé que era porque no le daba tiempo a leer los subtítulos.
      Las raras veces que Ter leía un libro, arrancaba las páginas a medida que las pasaba y las iba tirando. Al volver a casa, donde las ventanas siempre estaban abiertas o rotas, me encontraba un remolino de hojas en la habitación, como palomas en un aparcamiento del Safeway.
 
33–BERKELEY EXPRESS. ¡El autobús se perdió! El conductor se pasó de largo en el desvío de SEARS para tomar la autopista. Todo el mundo empezó a tocar el timbre mientras el hombre, avergonzado, giraba a la izquierda en la calle 27. Acabamos atascados en un callejón sin salida. La gente se asomaba a las ventanas a ver el autobús. Cuatro hombres se bajaron para ayudarle a retroceder entre los coches que había aparcados en la calle estrecha. Una vez en la autopista, empezó a acelerar como un loco. Daba miedo. Hablábamos unos con otros, emocionados por el suceso.
      Hoy toca la casa de Linda.
      (Mujeres de la limpieza: como norma general, no trabajéis para las amigas. Tarde o temprano se molestan contigo porque sabes demasiado de su vida. O dejan de caerte bien, por lo mismo).
      Pero Linda y Bob son buenos amigos, de hace tiempo. Siento su calidez aunque no estén ahí. Esperma y confitura de arándanos en las sábanas. Quinielas del hipódromo y colillas en el cuarto de baño. Notas de Bob a Linda: «Compra tabaco y lleva el coche a… du-duá, du-duá». Dibujos de Andrea con amor para mamá. Cortezas de pizza. Limpio los restos de coca del jespejo con Windex.
      Es el único sitio donde trabajo que no está impecable, para empezar. Más bien está hecho un asco. Cada miércoles subo como Sísifo las escaleras que llevan al salón de su casa, donde siempre parece que estén en mitad de una mudanza.
      No gano mucho dinero con ellos porque no les cobro por horas, ni el transporte. No me dan la comida, por supuesto. Trabajo duro de verdad. Pero también paso muchos ratos sentada, me quedo hasta muy tarde. Fumo y leo el New York Times, libros porno, Cómo construir una pérgola. Sobre todo miro por la ventana la casa de al lado, donde viví un tiempo. El 2129 ½ de Russell Street. Miro el árbol que da peras de madera, con las que Ter hacía tiro al blanco. En la cerca brillan los perdigones incrustados. El rótulo de BEKINS que iluminaba nuestra cama por la noche. Echo de menos a Ter y fumo. Los trenes no se oyen de día.
 
40–TELEGRAPH AVENUE–ASILO DE MILLHAVEN. Cuatro ancianas en sillas de ruedas contemplan la calle con mirada vidriosa. Detrás, en el puesto de enfermeras, una chica negra preciosa baila al son de «I Shot the Sheriff». La música está alta, incluso para mí, pero las ancianas ni siquiera la oyen. Más abajo, tirado en la acera, hay un cartel burdo: INSTITUTO DEL CÁNCER 13:30.
      El autobús se retrasa. Los coches pasan de largo. La gente rica que va en coche nunca mira a la gente de la calle, para nada. Los pobres siempre lo hacen… De hecho, a veces parece que simplemente vayan en el coche dando vueltas, mirando a la gente de la calle. Yo lo he hecho. La gente pobre está acostumbrada a esperar. La Seguridad Social, la cola del paro, lavanderías, cabinas telefónicas, salas de urgencias, cárceles, etcétera.
      Mientras esperábamos el 40, nos pusimos a mirar el escaparate de la LAVANDERÍA DE MILL Y ADDIE. Mill había nacido en un molino, en Georgia. Estaba tumbado sobre una hilera de cinco lavadoras, instalando un televisor enorme en la pared. Addie hacía pantomimas para nosotros, simulando que el televisor se iba a caer en cualquier momento. Los transeúntes se paraban también a mirar a Mill. Nos veíamos reflejados en la pantalla, como en un programa de cámara oculta.
      Calle abajo hay un gran funeral negro en FOUCHÉ. Antes pensaba que el cartel de neón decía «touché», y siempre imaginaba a la muerte enmascarada, apuntándome al corazón con un florete.
      He reunido ya treinta pastillas, entre los Jessel, los Burn, los McIntyre, los Horwitz y los Blum. En cada una de esas casas donde trabajo hay un arsenal de anfetas o sedantes que bastaría para dejar fuera de circulación a un Ángel del Infierno durante veinte años.
 
18–PARK BOULEVARD–MONTCLAIR. Centro de Oakland. Hay un indio borracho que ya me conoce, y siempre me dice: «Qué vueltas da la vida, cielo».
      En Park Boulevard un furgón azul de la policía del condado, con las ventanas blindadas. Dentro hay una veintena de presos de camino a comparecer ante el juez. Los hombres, encadenados juntos y vestidos con monos naranjas, se mueven casi como un equipo de remo. Con la misma camaradería, a decir verdad. El interior del furgón está oscuro. En la ventanilla se refleja el semáforo. Ámbar DESPACIO DESPACIO. Rojo STOP STOP.
      Una hora larga de modorra hasta las colinas neblinosas de Montclair, un próspero barrio residencial. Solo van sirvientas en el autobús. Al pie de la Iglesia Luterana de Sion hay un letrero grande en blanco y negro que dice PRECAUCIÓN: TERRENO RESBALADIZO. Cada vez que lo veo, se me escapa la risa. Las otras mujeres y el conductor se vuelven y me miran. A estas alturas ya es un ritual. En otra época me santiguaba automáticamente cuando pasaba delante de una iglesia católica. Tal vez dejé de hacerlo porque en el autobús la gente siempre se daba la vuelta y miraba. Sigo rezando automáticamente un avemaría, en silencio, siempre que oigo una sirena. Es un incordio, porque vivo en Pill Hill, un barrio de Oakland lleno de hospitales; tengo tres a un paso.
      Al pie de las colinas de Montclair mujeres en Toyotas esperan a que sus sirvientas bajen del autobús. Siempre me las arreglo para subir a Snake Road con Mamie y su señora, que dice: «¡Caramba, Mamie, tú tan preciosa con esa peluca atigrada, y yo con esta facha!». Mamie y yo fumamos.
      Las señoras siempre suben la voz un par de octavas cuando les hablan a las mujeres de la limpieza o a los gatos.
      (Mujeres de la limpieza: nunca os hagáis amigas de los gatos, no les dejéis jugar con la mopa, con los trapos. Las señoras se pondrán celosas. Aun así, nunca los ahuyentéis de malos modos de una silla. En cambio, haceos siempre amigas de los perros, pasad cinco o diez minutos rascando a Cherokee o Smiley nada más llegar. Acordaos de bajar la tapa de los inodoros. Pelos, goterones de baba).
      Los Blum. Este es el sitio más raro en el que trabajo, la única casa realmente bonita. Los dos son psiquiatras. Son consejeros matrimoniales, con dos «preescolares» adoptados.
      (Nunca trabajéis en una casa con «preescolares». Los bebés son geniales. Puedes pasar horas mirándolos, acunándolos en brazos. Con los críos más mayores… solo sacarás alaridos, Cheerios secos, hacerte inmune a los accidentes y el suelo lleno de huellas del pijama de Snoopy).
      (Nunca trabajéis para psiquiatras, tampoco. Os volveréis locas. Yo también podría explicarles a ellos un par de cosas… ¿Zapatos con alzas?).
      El doctor Blum está en casa, otra vez enfermo. Tiene asma, por el amor de Dios. Va dando vueltas en albornoz, rascándose una pierna peluda y pálida con la alpargata.La, la, la, la, Mrs. Robinson… Tiene un equipo estéreo de más de dos mil dólares y cinco discos. Simon & Garfunkel, Joni Mitchell y tres de los Beatles.
      Se queda en la puerta de la cocina, rascándose ahora la otra pierna. Me alejo contoneándome con la fregona hacia el office, mientras él me pregunta por qué elegí este tipo de trabajo en particular.
      —Supongo que por culpabilidad, o por rabia —digo con desgana.
      —Cuando se seque el suelo, ¿podré prepararme una taza de té?
      —Mire, vaya a sentarse. Ya se lo preparo yo. ¿Azúcar o miel?
      —Miel. Si no es mucha molestia. Y limón, si no es…
      —Vaya a sentarse —le llevo el té.
      Una vez le traje una blusa negra de lentejuelas a Natasha, que tiene cuatro años, para que se engalanara. La doctora Blum puso el grito en el cielo y dijo que era sexista. Por un momento pensé que me estaba acusando de intentar seducir a Natasha. Tiró la blusa a la basura. Conseguí rescatarla y ahora me la pongo de vez en cuando, para engalanarme.
      (Mujeres de la limpieza: aprenderéis mucho de las mujeres liberadas. La primera fase es un grupo de toma de conciencia feminista; la segunda fase es una mujer de la limpieza; la tercera, el divorcio).
      Los Blum tienen un montón de pastillas, una plétora de pastillas. Ella tiene estimulantes, él tiene tranquilizantes. El señor doctor Blum tiene pastillas de belladona. No sé qué efecto hacen, pero me encantaría llamarme así.
      Una mañana los oí hablando en el office de la cocina y él dijo: «¡Hagamos algo espontáneo hoy, llevemos a los niños a volar una cometa!».
      Me robó el corazón. Una parte de mí quiso irrumpir en la escena como la sirvienta de la tira cómica del Saturday Evening Post. Se me da muy bien hacer cometas, conozco varios sitios con buen viento en Tilden. En Montclair no hay viento. La otra parte de mí encendió la aspiradora para no oír lo que ella le contestaba. Fuera llovía a cántaros.
      El cuarto de los juguetes era una leonera. Le pregunté a Natasha si Todd y ella realmente jugaban con todos aquellos juguetes. Me dijo que los lunes al levantarse los tiraban por el suelo, porque era el día que iba yo a limpiar.
      —Ve a buscar a tu hermano —le dije.
      Los había puesto a recoger cuando entró la señora Blum. Me sermoneó sobre las interferencias y me dijo que se negaba a «imponer culpabilidad o deberes» a sus hijos. La escuché, malhumorada. Luego, como si se le ocurriera de pronto, me pidió que desenchufara el frigorífico y lo limpiara con amoniaco y vainilla.
      ¿Amoniaco y vainilla? A partir de ahí dejé de odiarla. Una cosa tan simple. Me di cuenta de que realmente quería vivir en un hogar acogedor, que no quería imponer culpabilidad o deberes a sus hijos. Más tarde me tomé un vaso de leche, y sabía a amoniaco y vainilla.
 
40–TELEGRAPH AVENUE–BERKELEY. Lavandería de Mill y Addie. Addie está sola dentro, limpiando los cristales del escaparate. Detrás de ella, encima de una lavadora, hay una enorme cabeza de pescado en una bolsa de plástico. Ojos ciegos y perezosos. Un amigo, el señor Walker, les lleva cabezas de pescado para hacer caldo. Addie traza círculos inmensos de espuma blanca en el vidrio. Al otro lado de la calle, en la guardería St. Luke, un niño cree que lo está saludando. La saluda, haciendo los mismos gestos con los brazos. Addie para, sonríe y lo saluda de verdad. Llega mi autobús. Toma Telegraph Avenue hacia Berkeley. En el escaparate del SALÓN DE BELLEZA VARITA MÁGICA hay una estrella de papel de plata pegada a un matamoscas. Al lado, tienda de ortopedia con dos manos suplicantes y una pierna.
      Ter se negaba a ir en autobús. Ver a la gente ahí sentada lo deprimía. Le gustaban las estaciones de autobuses, en cambio. Íbamos a menudo a las de San Francisco y Oakland. Sobre todo a la de Oakland, en San Pablo Avenue. Una vez me dijo que me amaba porque yo era como San Pablo Avenue.
      Él era como el vertedero de Berkeley. Ojalá hubiera un autobús al vertedero. Íbamos allí cuando añorábamos Nuevo México. Es un lugar inhóspito y ventoso, y las gaviotas planean como los chotacabras del desierto al anochecer. Allá donde mires, se ve el cielo. Los camiones de basura retumban por las carreteras entre vaharadas de polvo. Dinosaurios grises.
      No sé cómo salir adelante ahora que estás muerto, Ter. Aunque eso ya lo sabes.
      Es como aquella vez en el aeropuerto, cuando estabas a punto de embarcar para Albuquerque.
      —Mierda, no puedo irme. Nunca vas a encontrar el coche.
      O aquella otra vez, cuando te ibas a Londres.
      —¿Qué vas a hacer cuando me vaya, Maggie? —repetías sin parar.
      —Haré macramé, chaval.
      —¿Qué vas a hacer cuando me vaya, Maggie?
      —¿De verdad crees que te necesito tanto?
      —Sí —contestaste. Sin más, una afirmación rotunda de Nebraska.
      Mis amigos dicen que me recreo en la autocompasión y el remordimiento. Que ya no veo a nadie. Cuando sonrío, sin querer me tapo la boca con la mano.
      Voy juntando somníferos. Una vez hicimos un pacto: si para 1976 las cosas no se arreglaban, nos mataríamos a tiros al final del muelle. Tú no te fiabas de mí, decías que te dispararía y echaría a correr, o me mataría yo primero, cualquier cosa. Estoy harta de bregar, Ter.
 
58–UNIVERSIDAD–ALAMEDA. Las viejecitas de Oakland van todas al centro comercial Hink, en Berkeley. Las viejecitas de Berkeley van al centro comercial Capwell, en Oakland. En este autobús todos son jóvenes y negros, o viejos y blancos, incluidos los conductores. Los conductores viejos blancos son cascarrabias y nerviosos, especialmente en la zona del Politécnico de Oakland. Siempre paran con un frenazo, gritan a los que fuman o van escuchando la radio. Dan bandazos y se detienen en seco, haciendo que las viejecitas se choquen contra las barras. A las viejecitas les salen cardenales en los brazos, instantáneamente.
      Los conductores jóvenes negros van rápido, surcan Pleasant Valley Road pasándose todos los semáforos en ámbar. Sus autobuses son ruidosos y echan humo, pero no dan bandazos.
      Hoy me toca la casa de la señora Burke. También tengo que dejarla. Ahí nunca cambia nada. Nunca hay nada sucio. Ni siquiera entiendo para qué voy. Hoy me sentí mejor. Al menos he entendido lo de las treinta botellas de Lancers Rosé. Antes había treinta y una. Por lo visto ayer fue su aniversario de bodas. Encontré dos colillas de cigarrillo en el cenicero del marido (en lugar de la que hay siempre), una copa de vino (ella no bebe) y la botella en cuestión. Los trofeos de petanca estaban ligeramente desplazados. Nuestra vida juntos.
      Ella me enseñó mucho sobre el gobierno de la casa. Coloca el rollo de papel de váter de manera que salga por abajo. Abre la lengüeta del detergente solo hasta la mitad. Quien guarda halla. Una vez, en un ataque de rebeldía, rasgué la lengüeta de un tirón con tan mala suerte que el detergente se vertió y cayó en los quemadores de la cocina. Un desastre.
      (Mujeres de la limpieza: que sepan que trabajáis a conciencia. El primer día dejad todos los muebles mal colocados, que sobresalgan un palmo o queden un poco torcidos. Cuando limpiéis el polvo, poned los gatos siameses mirando hacia otro lado, la jarrita de la leche a la izquierda del azucarero. Cambiad el orden de los cepillos de dientes).
      Mi obra maestra en este sentido fue cuando limpié encima del frigorífico de la señora Burke. A ella no se le escapa nada, pero si yo no hubiera dejado la linterna encendida no se habría dado cuenta de que me había entretenido en rascar y engrasar la plancha, en reparar la figurita de la geisha, y de paso en limpiar la linterna.
      Hacer mal las cosas no solo les demuestra que trabajas a conciencia, sino que además les permite ser estrictas y mandonas. A la mayoría de las mujeres estadounidenses les incomoda mucho tener sirvientas. No saben qué hacer mientras estás en su casa. A la señora Burke le da por repasar la lista de felicitaciones de Navidad y planchar el papel de regalo del año anterior. En agosto.
      Procurad trabajar para judíos o negros. Te dan de comer. Pero sobre todo porque las mujeres judías y negras respetan el trabajo, el trabajo que haces, y además no se avergüenzan en absoluto de pasarse el día entero sin hacer nada de nada. Para eso te pagan, ¿no?
      Las mujeres de la Orden de la Estrella de Oriente son otra historia. Para que no se sientan culpables, intentad siempre hacer algo que ellas no harían nunca. Encaramaos a los fogones para restregar del techo las salpicaduras de una Coca-Cola reventada. Encerraos dentro de la mampara de la ducha. Retirad todos los muebles, incluido el piano, y ponedlos contra la puerta. Ellas nunca harían esas cosas, y además así no pueden entrar.
      Menos mal que siempre están enganchadas como mínimo a un programa de televisión. Dejo la aspiradora encendida media hora (un sonido relajante) y me tumbo debajo del piano con un trapo de limpiar el polvo en la mano, por si acaso. Simplemente me quedo ahí tumbada, tarareando y pensando. No quise identificar tu cadáver, Ter, aunque eso trajo muchas complicaciones. Temía empezar a pegarte por lo que habías hecho. Morir.
      El piano de los Burke lo dejo para el final. Lo malo es que la única partitura que hay en el atril es el himno de la Marina. Siempre acabo marchando a la parada del autobús al ritmo de «From the Halls of Montezuma…».
 
58–UNIVERSIDAD–BERKELEY. Un conductor viejo blanco cascarrabias. Lluvia, retrasos, gente apretujada, frío. Navidad es una mala época para los autobuses. Una hippy joven colocada empezó a gritar «¡Quiero bajarme de este puto autobús!». «¡Espera a la próxima parada!», le gritó el conductor. Una mujer de la limpieza gorda que iba sentada delante de mí vomitó y ensució las galochas de la gente y una de mis botas. El olor era asqueroso y varias personas se bajaron en la siguiente parada, como ella. El conductor paró en la gasolinera Arco de Alcatraz y trajo una manguera para limpiarlo, pero lo único que hizo fue echarlo hacia atrás y encharcar aún más el suelo. Estaba colorado y rabioso, y se saltó un semáforo; nos puso a todos en peligro, dijo el hombre que había a mi lado.
      En el Politécnico de Oakland una veintena de estudiantes con radios esperaban detrás de un hombre prácticamente impedido. La Seguridad Social está justo al lado del Politécnico. Mientras el hombre subía al autobús, con muchas dificultades, el conductor gritó «¡Ah, por el amor de Dios!», y el hombre pareció sorprendido.
      Otra vez la casa de los Burke. Ningún cambio. Tienen diez relojes digitales y los diez están en hora, sincronizados. El día que me vaya, los desenchufaré todos.
      Finalmente dejé a la señora Jessel. Seguía pagándome con un cheque, y en una ocasión me llamó cuatro veces en una sola noche. Llamé a su marido y le dije que tengo mononucleosis. Ella no se acuerda de que me he ido, anoche me llamó para preguntarme si la había visto un poco pálida. La echo de menos.
      Una señora nueva, hoy. Una señora de verdad.
      (Nunca me veo como «señora de la limpieza», aunque así es como te llaman: su señora o su chica).
      La señora Johansen. Es sueca y habla inglés con mucha jerga, como los filipinos.
      Cuando abrió la puerta, lo primero que me dijo fue: «¡Santo cielo!».
      —Uy. ¿Llego demasiado pronto?
      —En absoluto, querida.
      Invadió el escenario. Una Glenda Jackson de ochenta años. Quedé hechizada. (Mirad, ya estoy hablando como ella). Hechizada en el recibidor.
      En el recibidor, antes incluso de quitarme el abrigo, el abrigo de Ter, me puso al día sobre su ida.
      Su marido, John, había muerto hacía seis meses. A ella lo que más le costaba era dormir. Se aficionó a hacer puzles. (Señaló la mesita de la sala de estar, donde el Monticello de Jefferson estaba casi terminado, salvo por un agujero protozoario, arriba a la derecha).
      Una noche se enfrascó tanto en el puzle que ni siquiera durmió. Se olvidó, ¡se olvidó de dormir! Y hasta de comer, para colmo. Cenó a las ocho de la mañana. Luego se echó una siesta, se despertó a las dos, desayunó a las dos de la tarde y salió y se compró otro puzle.
      Cuando John vivía era Desayuno a las 6, Almuerzo a las 12, Cena a las 6. Los tiempos han cambiado, ¡a mí me lo van a decir!
      —Así que no, querida, no llegas demasiado pronto —concluyó—. Solo que quizá me vaya de cabeza a la cama en cualquier momento.
      Yo seguía de pie en el recibidor, acalorada, sin apartar la mirada de los ojos radiantes y somnolientos de mi nueva señora, como si los cuervos fueran a hablar.
      Lo único que tenía que hacer era limpiar las ventanas y aspirar la moqueta; pero antes de aspirar la moqueta, encontrar la pieza que faltaba del puzle. Cielo con unas hojas de arce. Sé que se ha perdido.
      Disfruté en el balcón, limpiando las ventanas. Aunque hacía frío, el sol me calentaba la espalda. Dentro, ella siguió con su puzle. Absorta, pero sin dejar de posar en ningún momento. Se notaba que había sido muy hermosa.
      Después de las ventanas vino la tarea de buscar la pieza del puzle. Repasar centímetro a centímetro la alfombra verde, encontrar entre las largas hebras migas de biscotes, gomas elásticas del Chronicle. Estaba encantada, era el mejor trabajo que había tenido nunca. A ella le «importaba un rábano» si fumaba o no, así que seguí gateando por el suelo mientras fumaba, deslizando el cenicero a mi lado.
      Encontré la pieza lejos de la mesita donde estaba el puzle, al otro lado del salón. Era cielo, con unas hojas de arce.
      —¡La encontré! —gritó—. ¡Sabía que se había perdido!
      —¡Yo la he encontrado! —exclamé.
      Entonces pude pasar la aspiradora, y entretanto ella terminó el puzle con un suspiro. Al irme le pregunté cuándo creía que me necesitaría otra vez.
      —Ah… ¿qué será, será? —dijo ella.
      —Lo que tenga que ser… será —dije, y las dos nos reímos.
      Ter, en realidad no tengo ningunas ganas de morir.
 
40–TELEGRAPH AVENUE. Parada del autobús delante de la LAVANDERÍA DE MILL Y ADDIE, que está abarrotada de gente haciendo turno para las lavadoras, pero en un clima festivo, como si esperaran una mesa. Charlan de pie al otro lado de la vidriera, tomando latas verdes de Sprite. Mill y Addie alternan como estupendos anfitriones, dando cambio a los clientes. En la televisión, la Orquesta Estatal de Ohio toca el himno nacional. Arrecia la nieve en Michigan.
      Es un día frío, claro de enero. Cuatro motoristas con patillas aparecen por la esquina de la calle 29 como la cola de una cometa. Una Harley pasa muy despacio por delante de la parada del autobús y varios críos saludan al motorista greñudo desde la caja de una ranchera, una Dodge de los años cincuenta. Lloro, al fin.

Noche de difuntos

Para cerrar el año, el tercer cuento de este mes, con el que la antología virtual de Las Historias llega a los 150 textos. Además, es una primicia: “Noche de difuntos” de Solange Rodríguez Pappe (Guayaquil, 1976), narradora y docente ecuatoriana, especialista en la literatura de imaginación, que ha aparecido en numerosas antologías y publicado libros como Tinta sangre, Dracofilia, El lugar de las apariciones, Balas perdidas o Caja de magia.
      “Noche de difuntos” –cuento en el que la familia se convierte en asiento del horror– es inédito en este momento, se publica con permiso de la autora y aparecerá próximamente en una nueva colección, que publicará la editorial Candaya.

NOCHE DE DIFUNTOS
Solange Rodríguez Pappe

“He aquí, os digo un misterio: No todos dormiremos; pero todos seremos transformados”.
—1 Cor 15:50-53

Mi esposa se ha ido pero ha dejado todo listo para el día de difuntos. Una olla con vísceras recién condimentadas, agua recogida en galones, muchas fundas para los desechos; —de esas negras y enormes donde cabría muy bien una persona doblada o en partes—, y una pala de punta cuadrada, nuestra nueva adquisición del mes, que espera flamante tras la puerta. Ella se ha encargado muy bien de los preparativos porque desde que nos casamos ha estado muy pendiente de las cosas de la casa. ‘Tú podrías vivir muy tranquilo metido en una caja de cartón si te dieran un televisor y una cerveza’, me dice bromeando, mientras ella ordena el mundo con bastante eficiencia. Para incluirme en sus planes, de vez en cuando me da tareas específicas, como la de la pala. Pero siempre me pasa lo mismo: cuando voy a la tienda de abarrotes para estas vísperas, ya la gente ha tomado lo mejor y me siento un absoluto inútil; así que he comprado la única pala que he encontrado, una que sirve para trasplantar plantas pero no para excavar la tierra.
      Luego de la cola infinita hecha junto con adolescentes eufóricos por tener entre las manos sus primeras armas de fuego y de los tremendistas que llevan desde cañones hasta granadas para defender sus casas, me he topado con otros esposos que entran jadeantes y van directo a la parte de las herramientas grandes. Me divirtió ver sus caras de decepción. Definitivamente, hay maridos peores que yo. Cuando ella vio la pala demasiado pequeña, aun con la etiqueta puesta, se ha alzado de hombros y me ha dicho que no importaban mucho esos pequeños detalles en comparación con el gran plan que habíamos convenido. Tenía razón; ese era nuestro último año en la ciudad para la noche de difuntos. La que venía, nos íbamos a ir a vivir al extranjero, lo más lejano posible de la tierra donde habíamos pasado casi toda la vida.
      Por la tarde, alcanzando el final de la caravana, ella ha salido de la ciudad con la niña hacia las nuevas edificaciones que ha construido el estado, que son cada vez menos una fortaleza y cada vez más un complejo turístico. Ahora les han instalado un parque acuático, un centro comercial y una iglesia con capacidad para 500 personas, que siempre está vacía porque sucede como en Semana Santa, que la gente no tiene ya cabeza para esas reverencias, y solo los más viejos anochecen y amanecen orando por las almas de los difuntos. El resto hace lo de siempre: pone a gozar al cuerpo como si no hubiera mañana.
      El año en que la acompañé me la pasé pensando en mamá. ‘Tienes la cabeza en otro lado’, me decía Lucrecia, ‘mejor no hubieras venido’ y sí, era verdad. Aguanté las horas muertas viendo reportes de los movimientos en la ciudad, mirando el sueño tranquilo de la niña e imaginando las manos flacas que llamaban a la puerta de nuestra casa vacía. Cuando Lucrecia volvió del cine y por fin se acostó a dormir, me escabullí a la capilla buscando consuelo. Alguien cantaba una melodía triste acerca de los insondables destinos de Dios. La religión siempre me ha parecido un pretexto para sufrir en grupo. Me juré no regresar jamás a perder allí mi tiempo.
      Desde la ventana del coche, Lucrecia me preguntó otra vez, con desconfianza, si aún seguíamos con el plan convenido. Luego de la decepción de la pala y de todas las decepciones anteriores, templé la voz para contestarle que sí. Me dio un beso leve que prometía mucho más cariño en el futuro y me dijo, ‘besa también la niña’. Me la pasó por la ventanilla. Un pedacito de carne blanca que se daba poco conmigo y que pataleaba en cuanto la tomaba en brazos. Dormida era otra cosa; dormida podía imaginar que era completamente mía y le decía: Hijita, por ti nos iremos de aquí, buscaremos una ciudad mejor donde el pasado no pueda alcanzarnos, tendré un trabajo diferente, te daremos un hermanito… Lucrecia se fue sonriendo satisfecha.
      El cachorro que habíamos conseguido, también con las justas ese año, las siguió ambas ladrando y saltando un par de cuadras. Después volvió corriendo hacia mí, jadeando, con una confianza completamente limpia y bonachona. Le llené el plato de comida en el patio delantero mientras miraba cómo los vecinos de en frente también emprendían su huida. Este año la que debía aguardar al día de muertos era la esposa, aún bastante joven, porque su hermano menor acababa de fallecer. La saludé con la mano fingiendo una cordialidad que no sentía, ella no supo que contestar y se metió a la casa rápidamente. Desde ese instante, en nuestro barrio se extendió un profundo y desolador silencio. Me sentí en paz.
      Cerca de las once de la noche, mientras veía noticias sobre los preparativos en toda la ciudad, escuché sonidos raros en el patio delantero y ladridos. Encendí inmediatamente las luces y los aspersores y tomé la pala, lleno de nervios. No podía ser posible que se hubiera adelantado la noche de difuntos, pero con eso de los inescrutables designios de Dios, pues quién podría saberlo. Encontré a la vecina arrodillada en el suelo, empapada, intentado atrapar a nuestro perro.
      —¿Qué hace? — Le dije mirándola desconcertado.
      El agua le humedecía el pelo, le marcaba los pechos y las caderas. Aún era una mujer agradable de ver. Y en aquella pose…
      —El inútil de mi marido no pudo conseguir este año una mascota y no tengo nada que ofrecer el día de muertos. Siempre llega tan rápido. Tenemos un conejo, pero los niños no quisieron dejarlo y se lo llevaron.
      —¡Pero este es el perro de mi hija!
      —Por favor, démelo, estoy desesperada. Su hija es muy pequeña, ni siquiera sabe que existe ese perro.
      Y el cachorro daba brincos en su torno mientras ella quería apresarlo con los brazos, era un espectáculo ridículo. Luego se dio cuenta de que el agua la hacía lucir desnuda y que yo, ciertamente, lo había notado. Se le ocurrió una idea bastante lógica.
      —Hágame pasar, si usted quiere, pero por favor, deme al perro.
      Lo medité un momento sopesando las consecuencias.
      —Venga— le dije.
      Pasamos directamente a la cocina. Ella alabó el decorado sobrio de nuestro hogar. También el orden y la limpieza que Lucrecia mantenía en la casa. Agarré de la estantería un recipiente de plástico y puse en él parte de la comida que había preparado mi esposa. Las vísceras de cerdo frías se pegaban las unas a las otras en una mezcla gelatinosa que olía a sangre. Ella arrugó su nariz. Dijo que se sentía incapaz de hacer esto, que le parecía una pesadilla, lo que uno dice siempre hasta que ya lo está haciendo. Todos hemos enterrado a nuestros muertos, es lo que hacemos desde el principio de la historia, — le contesté— nunca ha sido diferente, lo que pasa es que ahora lo hacemos una vez más todos los años. Me miró sin parecer muy convencida.
      —Puede que no haya quedado suficiente para usted.
      —Me las ingeniaré. Será nuestro secreto, ya sabemos que la comida del día de muertos es sagrada, no vamos a decirle a nadie.
      —Es usted un buen esposo —, me dijo antes de cruzar la calle y dedicarme una mirada un poco más detenida, cargada de sincera simpatía. Sonreí. Le iba a comentar bromeando que, si la sorprendía otra vez acosando al perro, iba a usar la pala con ella. Pero seguro iba a dañar el buen clima. Ya ambos teníamos suficiente con los ánimos crispados.
      Con el tiempo en contra, puse la mesa y saqué de debajo de la cama la vajilla cara que le habían regalado a Lucrecia para el matrimonio, la que tenía ribetes dorados. Después arrimé el sillón lo más cerca que pude de la ventana, saqué las fundas de basura de su envoltorio, forré los muebles y esperé y esperé, durmiendo por momentos cortos. Todavía me quedaban unos pendientes por resolver.
      Cerca de las dos de la mañana, la emisora local había dejado de transmitir. Abrí con precaución la puerta y miré unos segundos la calle desierta, iluminada por la mortecina luz de las farolas. Me pareció ver a la distancia un bulto pequeño que se movía con lentitud, tal vez un niño. Rápidamente, le quité la cadena al perro que se alegró al verme, tan nuevo que ni siquiera tenía nombre; un cocker spaniel que era la vitalidad en estado puro. Lo alcé en el aire mientras su cuerpo, que era todo espasmos, se sacudía frenético contra mi pecho intentando lamerme la cara. Lo encerré en el dormitorio. No hagas ruido, le dije, pero en cuanto le eché llave a la puerta arrancó dando ladridos y los aullidos largos.
      Ni bien pasé a la sala se escucharon los primeros toquidos, secos e insistentes, como si los hicieran con un madero pequeño. Dejé que siguieran un rato más para no equivocarme mientras repasaba en mi cabeza el estado de la situación. Me había olvidado de entibiar la cena, por ejemplo. ¡Ay!, Es cierto que yo casi siempre era un desastre encargándome de la casa. Lucrecia lo habría hecho mil veces mejor.
      —Hola mamá—, le dije de forma automática en cuanto abrí la puerta —, se te ve muy bien conservada.
      Y era verdad, ya iba para el tercer año como cadáver y todavía mantenía varias partes en su sitio. Las piezas dentales, por ejemplo, se notaban casi todas en buen estado cuando gruñía una sonrisa. El ojo blanquecino que aún le quedaba, sostenía la mirada tierna que yo recordaba de la infancia y el ralo pelo enmarañado, del que se desprendían terrones de suciedad, me daba la impresión de que incluso había crecido en comparación con las visitas anteriores.
      Aunque Lucrecia no había querido —luego de la muerte de mamá, elegí para ella la tierra más nutritiva, la que tenía grandes dosis de arcilla. Fue una pelea difícil que terminé ganando—, le dije que ella era la única pariente que tenía para que me visitara el día de muertos porque papá se había perdido en el mar, y también le prometí que solo la recibiría hasta el tercer año, que después de eso la golpearía con una pala, la dividiría en trozos, — total, ya estaba muerta —, y luego enterraría su cuerpo en el jardín. Había sonado sencillo entonces, pero ahora debía cumplirlo.
      La abracé como bienvenida. Su cuerpo pequeño era como el de un pájaro o un reptil, hecho de cartílago. No debía apretar demasiado; sin embargo, la emoción de volver a ver a mamá me capturó… hasta que escuché el primer crujido. Ella soltó una exhalación gutural para expresar también su cariño, era el lenguaje ahogado de un cuerpo sin lengua ni pulmones donde yo debía completar las palabras. Me costó, pero con el tiempo yo había aprendido a entenderla.
      —Debes de estar cansada y con hambre, el trecho desde el cementerio es largo…
      Y le sugerí que fuésemos directamente al comedor. Se escucharon entonces los primeros alaridos. Aunque pareciera mentira, aún había familias que se quedaban en la ciudad, que abrían la puerta a los muertos y que se atrevían a no tener cena para ofrecerles. También había personas a quienes la noche de difuntos sorprendía en la calle, por lo general extranjeros que no entendían de qué iba el asunto y, bueno, enloquecían. Había de todo. Nosotros ya nos cansamos de los científicos, los religiosos, los espiritistas, los satánicos y los demás curiosos que se instalaban en el pueblo a hacernos preguntas e investigaciones. La verdad nosotros no sabíamos cómo funcionaban las cosas, solamente sabíamos que así eran desde que teníamos memoria.
      Amanecía y anochecía como siempre ha sido, y nuestros difuntos se levantaban en noche de muertos y nosotros les dábamos de cenar. Mi madre nos hizo recibir a mis abuelos y todos nosotros, los siete, permanecíamos tiesos y con los pelos de punta observándolos masticar lentamente tripas y puzón sazonado con especias, mientras mi madre les ponía un elegante babero bordado para recoger la sanguaza y manejaba una conversación ligera y animada con los logros del año como si los abuelos oyeran, como si no estuvieran preocupados de otra cosa además e masticar la carne. Como si pudieran vernos con sus cuencas vacías.
      El año en que ya no pudieron levantarse, ella se quedó toda la madrugada llorando en la ventana, mirando el camino, viendo pasar anhelantes otros muertitos rengos por si alguno era el suyo. Esa vez sí que había hecho una gran cena, había matado una cabra joven— tarea titánica y penosa para todos los que participamos, porque no había como tenerles cariño a los animales, los abuelos se los terminaban comiendo, tarde o temprano —. Se la veía desesperada, parecía a punto de querer meter a la casa a cualquiera resucitado, y así tampoco, vamos… En ese entonces yo no entendía cómo ella podía amar tanto a ese amasijo descompuesto de pellejos y huesos, que, de haber podido, se hubieran comido a uno de sus hijos; pero era así. Iba a verlos al cementerio cada fin de semana.
      —Justino, abraza a mamá, prométeme que podré venir a visitarte, que no vas a irte de aquí como otros se van.
      —Te lo prometo mamá — y yo me hundían en la carne blanda entre sus pechos y su estómago, apenas rodeándola con mis brazos. Enterraba ahí mis ocho años ignorantes y frágiles. —Yo te quiero, mamá. No voy a irme.
      Si algo me enseñó mi madre, fue a no temer a los muertos y lo hizo de la peor manera. Y aquí estaba yo cumpliendo mi palabra con una mezcla de repulsión y amor furioso, sirviendo en un plato fino, vísceras heladas como ella jamás lo habría hecho y contemplándola ausente para todo menos para la comida, viéndome obligado a llenar el silencio con frases idénticas a las que ella decía en el pasado: Que la niña iba creciendo, que este había sido un muy buen semestre en el trabajo, que Lucrecia le enviaba saludos, que este año teníamos cobertura satelital para el día de muertos y el estado nos había instalado cámara hasta en las narices. Y cuando a ella se le zafaba la mandíbula, o se le salía un diente que iba a parar al plato sanguinolento, yo se la acomodaba, o lo recogía con toda naturalidad y lo colocaba a un sobre una servilleta, como si fuera lo más normal de la tierra.
      Cuando fui a dejar el plato en el lavadero escuché un gimoteo aterrado, que en un inicio me pareció que venía de otra parte, un grito herido de una bestia que sufría. Yo me había acostumbrado a crecer con estas cosas, pero Lucrecia tenía razón cuando insistía en que no era el ambiente más adecuado para una niña. Cuando le conté las escenas de mesa de mi infancia me miró desconcertada. ‘Qué cruel’, me dijo, ‘tu madre era una bárbara’, pero yo le decía que no, que salvo por esos episodios había sido una buena mamá, pero lo cierto es que nunca se llevaron bien entre las dos. Solo se toleraban. Mi madre hubiera deseado para mí una mujer con menos personalidad. La ambición de Lucrecia la intimidaba. Yo había sido por años, el terreno de batalla para ambas.
      Cuando entré corriendo al dormitorio, ya fue tarde. Aunque yo intenté separarlos; había empezado a devorar al perro de mi hija por la barriga, así que ya no había nada que hacer. Mi madre me gruñó sumergida en un frenesí feroz y lanzó un par de dentelladas al aire, sin reconocerme, y el perro también me mordió a mí, en su desesperación. Así que aterrado, di un paso atrás sin encontrar ninguna solución. La vi comer con una voracidad inaudita, como en el pasado lo había visto hacer a mis abuelos con los conejos, cerdos, pájaros, gatos y cuantos animales habíamos tenido en la infancia. Yo me había prometido ser diferente, entonces, me prometí que mi hija enterraría una mascota solo cuando esta hubiera muerto de vieja, pero la determinación no me había durado ni una semana.
      Cuando le arrancó el corazón con los dientes, el animal dejó de aullar y de moverse, por lo que su tarea ya fue mucho más fácil. No habían quedado del cachorro más que patas, una cabeza desgonzada con la pálida lengua guindando, el pelo dorado, manchado de sangre jugosa. Un amasijo de carne jironada, en resumidas cuentas. Y mi madre masticaba y masticaba con insistencia, con sus escasos dientes y sus encías romas, mientras cantaba el canto gutural de los muertos saciados, en un éxtasis místico, sublime y escalofriante.
      Yo la contemplaba espeluznado, pensando cómo iba a hacer para arreglar el estropicio de la alfombra, y sacar las manchas vivas de las sábanas, el olor salvaje y ferroso del cuerpo recién muerto y el otro aroma más potente, la putridez del cadáver que empezaba a sentirse con intensidad en el dormitorio.
      Justo cuando se había cansado de roer el esqueleto del cachorro y se aplicaba en el reguero de órganos que habían quedaba en el piso, fue cuando me acordé de mi promesa de ese año. Fui por la pala que esperaba tras la puerta de entrada y la empuñé como una espada, conteniendo la respiración. Ella, desentendida me ofrecía sin saberlo su cabeza para que el diera un buen golpe, así que junté ambos brazos por encima de mi coronilla y alcé el instrumento apretando las mandíbulas calculando el estropicio que haría en ella un palazo dado con fuerza. Lo pensé demasiado, creo, me detuve a contemplarla encogida y minúscula como la artritis la había dejado, pensé en las noches acompañándola, durmiendo en la emergencia del hospital, junto a otros cuerpos extraños, apretujados como ganado; en los dolores que había tenido que soportar antes de morir, en que se había ido feliz porque se sostenía en la promesa de que sabía que regresaría para la noche de difuntos.
      Cuando su embeleso hubo terminado, mi madre satisfecha, finalmente, se irguió y se fue lentamente para la sala, dejando un camino líquido rojizo, mientras arrastraba sus plantas desnudas. Yo a penas si tuve tiempo de esconder la pala tras la espalda. Se dejó caer en el sillón que previamente había forrado de plástico y luego me llamó con su mano descarnada.
      —Ven con mamá, hijito —me pareció que decía—. Abrázala.
      Y yo fui, caminando lento, como un futuro muerto, con los ojos llenos de lágrimas y de fatiga. Me senté a su lado y me dejé caer en su regazo ensangrentado, aferrándome a sus fémures, alguna vez tan queridos, mientras ella me pasaba las yemas sucias por el pelo, y lo peinaba en un arrullo delicado. Y yo la volvía a sentir tibia como cuando era niño y olía a comida recién preparada. Así estuvimos hasta el amanecer y hasta los gritos lejanos de los devorados se volvieron cada vez más esporádicos.
      Con la primera luz de la mañana empecé a hacer agujeros en el patio para enterrar los restos del perro, la ropa de cama y cuanta cosa más estaba ya arruinada para siempre. La vecina joven, visiblemente perturbada por el estrago que el día de muertos hace en el espíritu de cualquiera, cruzó desde la acera del frente para ayudarme a cargar las bolsas, solidariamente y en silencio. Ese era su agradecimiento por mi convite. Cuando terminamos, me sugirió ir a ver a otro perro en la tienda de adopciones.
      —Estoy segura que no es el primero ni el último al que le pasa una desgracia así en esta época. Apuesto que encuentra otro exactamente igual y va a ver cómo nadie se da cuenta, ni tiene que dar explicaciones.
      Le dije que ya no importaba, que esa no era la única explicación que iba a tener que dar. Le pregunté también si le parecía una buena idea la desaparición del perro, como inicio de una conversación, para pedirle a mi hija que no se mude y me deje visitar su casa en la noche de difuntos.

La Chata Sofía y el ave negra

Este mes aparecerán tres cuentos. El segundo es de Carmen Leñero (México, 1959), escritora, cantante y académica mexicana. Doctora en Letras por la UNAM, ha publicado además poesía, ensayo y narrativa (como el libro de cuentos Monstruos mexicanos). Esta version de “La Chata Sofía y el ave negra”, una viñeta breve muy cerca del poema en prosa y (a la vez) de la narrativa de horror, fue publicada en el número de diciembre de 1990 de la Revista de la Universidad.

LA CHATA SOFÍA Y EL AVE NEGRA
Carmen Leñero

La Chata Sofía era una anciana muy rica, victima desde niña de un oscuro padecimiento: tarde o temprano sentía rencor por lo que amaba, y eso le provocaba en todo el cuerpo unos dolores insoportables. Muchas noches se despenaba llorando y daba vueltas y vueltas en la cama hasta el amanecer.
      Para no alimentar su mal se habla ido desprendiendo de los objetos que más le gustaban, se había alejado de sus seres queridos y procuraba complacerse lo menos posible en el espejo.
      Los médicos le aseguraron que su enfennedad no era mortal, pero no supieron dar con el remedio.
      “Este mal lo causa un ave negra prisionera en tu corazón”, le había dicho un curandero. “Si sale de ti estarás curada.”
      “¿Y cuándo sucederá?”, preguntó la anciana.
      “Cuando otra ave de la misma especie la invite a emigrar con ella.”
      Pasó largas tardes en su jardín esperando ver aparecer a aquella segunda ave entre las ramas de los naranjos. Meses después hospedó en su casa a un grupo de artistas a quienes pidió que figuraran la presencia y el canto de un pájaro negro “así de grande”, decía, mostrándoles el puño.
      Pronto los despidió a todos porque no lograban nada y ella comenzaba a encariñarse con el bullicio que hacían en el comedor durante el almuerzo. Uno de ellos le besó la mano al marcharse, y esa noche la pobre de Sofía, asqueada por el gesto del muchacho, sintió que le arrancaban a pedazos la médula espinal. Mandó llamar al curandero pero el hombre se negó a acudir. A partir de entonces Sofía vivió sin esperanza de aliviarse, con los ojos puestos en algún punto más allá de los naranjos.
      Una mañana ya no pudo levantarse de la cama. reunió a sus sirvientes y les dijo:
      “Soy ya muy vieja y afortunadamente voy a morir. A ninguno de ustedes amo pero todos han sido fieles servidores y quiero heredarles mis pertenencias.”
      La escuchaban con las manos atrás y cabizbajos, e inclusive sintieron pena de oír cómo se iba extinguiendo esa voz que habla guiado sus vidas.
      “Ahora retirense”, concluyó con sequedad.
      Mientras salían hizo una seña a su criado de más confianza y le susurró al oído:
      “Te encargarás de que me incineren. Júramelo, Fennfn.”
      ¿Incinerar? Al criado le pareció que eso no era cristiano pero asindb, y la Chata Sofía expiró serena.
      Durante los funerales la gente estuvo muy atareada en repartirse los muebles y los objetos de valor. Nadie hizo los trámites en el crematorio, y algún pariente lejano surgido a última hora mandó enterrar a Sofía en la cripta familiar.
      Apenas echaron los cerrojos de la cripta, el mismo dolor agudo, interminable, y un aleteo desenfrenado bajo el pecho. La muerta quiso abrir la boca para dejar acapar al ave, quiso ahuyentarla con las manos, estrangularla, pero ninguna parte de su cuerpo obedeció.

A la sombra del sabino

Este mes aparecerán tres cuentos. El primero es de Josefina Estrada (México, 1957). Periodista, profesora, editora y narradora mexicana, en la última especialidad es autora de los libros de cuentos Malagato y Piel bandida, así como de las novelas Desde que Dios amanece y Te seguiré buscando. Ha publicado además libros de crónica, reportaje y otros géneros. “A la sombra del sabino”, cuento sutil y violento a la vez, apareció en el número de diciembre de 1990 de la Revista de la Universidad y de allí lo he tomado.

Josefina Estrada (fuente)

A LA SOMBRA DEL SABINO

Josefina Estrada

Ahora que estás muerto, puedo decir tranquilamente que te odio. Esta noche, la última, te diré lo que nunca te importó escuchar, y recordarás lo que alcancé a decirte a lo largo de ocho años. Sabías, por ejemplo, de los horrores que me invadían cada vez que el sueño me devolvía a mi madre muerta. La misma que cada noche venía a darme un beso. Si tan sólo sus labios hubieran tenido la frialdad del silencio. Eran templados, como los tuyos, pero los de ella tenían la calidad del perdón. Ahora lo sé. Ella vino la misma noche de su muerte. Aun no sabías de su ausencia, y ella ya estaba conmigo. Y fueron tantas las veces que le pedí respuestas, pero nunca habló. Sólo me acompañaba su silencio y su sonrisa triste, la misma que tenía cuando me contemplaba mientras me enseñaba a leer y hacía a un lado el pelo. Pero nunca sonrió tan desolada como esa mañana cuando pidió verme, cuando me despertó la sirvienta para llevarme a su cama. Y otra vez nadie me dijo nada. Nadie me confió que mamá estaba muriéndose y era la última ocasión que me abrazaría. Y volví a quedarme dormida, creyendo que era una de esas mañanas en que me metía en su cama y ella se dejaba acariciar. Cuando murió, tenía treinta años; yo, doce.
      Las sirvientas bajaron al día siguiente al pueblo para pedirte que asistieras al sepelio. Les dijiste que no buscaran hombres, que tú solo la sepultarías al pie del sabino. Te recuerdo llegando con el cura, quien ya venía rezando por el descanso de mi madre. Y siguió murmurando plegaria durante horas, hasta que colocaste la cruz sobre la tierra. Desde la buhardilla, los miraba. Me pediste que me fuera a dormir, pero te desobedecí: desde esa noche, se inició la fascinación de mirarte en la oscuridad. El cura se marchó cerca de la medianoche. Aún conservo su imagen, bajando la loma, levantándose el faldón de la sotana negra, revuelta por el viento; iba encorvado, iluminado por la luna. Y lo recuerdo porque fue la última persona que vi. Con tu llegada se fue la servidumbre. Cada domingo, el día que bajabas al pueblo por víveres, te pedía que regresaras con cualquiera de las mujeres que ayudaban a mi madre, a sabiendas que volverías a regresar solo … ¿Estás escuchando? Sé que estás oyendo, tienes que oírme. Mamá me oía. Los dos me están escuchando. Esta tarde, cuando fui a buscan al sabino, a pesar de que tu gesto indicaba lo contrario, albergué la esperanza de que en cuanto cerrara la noche, subirías la escalera y te detendrías en el rellano. En cada uno de los doce escalones crujientes que faltaban por subir, iría sintiendo tu cercanía. Mi piel era como la tierra cuando empieza cubrirse de lluvia: poco a poco humedeciéndose, abriéndose morosamente. Después, la perilla giraba suave, como si temieses que algún día cumpliera mi amenaza de asegurar por dentro la puerta. Nunca entendí tu costumbre de abrir y quedarte de pie en el umbral: permitiendo que tu silueta me cubriera. Tu oscuridad me inundaba y me remitía al principio de los tiempos. Pausado, ibas acercándote para separar la luz de las tinieblas.
      Así lo recuerdo, así me lo hiciste creer en los primeros días, aquéllos en que me leías la Biblia. Entre sueños te escuchaba, y sonreía porque sabía que en ese momento mi madre estaría mirándonos con su sonrisa afligida mientras hablabas de la miel y Jos frutos, de las mujeres y los varones hermosos. U na de esas noches tomaste mis pechos; tan parecidos, decías, a los frutos del huerto del Edén. Mis senos irían amoldándose al hueco de tus manos, madurando y engrandeciendo su aureola a través de tus caricias. Recuerdo que no quería que me dejaras sola, te suplicaba que te tendieras junto a mí. Intuía que a tu lado se irían los dolores que me mordían las entrañas. Ésos que también me acosaban durante el día y que eran mayores si detenías tu mirada sobre mi cuerpo, porque era como imaginar, de un golpe, tu lengua en mis oídos y en mis ojos y en mi propia lengua. Pero no hacías más. Llegó el momento en que te supliqué que ya no te detuvieras, que terminaras. Es cierto, yo lo pedí. A los trece años fui tu mujer. Para entonces, mi pensamiento sólo giraba en torno a nuestros cuerpos; todos los objetos de la casa y la realización de cualquier labor o descanso eran motivo de mi exaltación. Pero sólo accedías a mis exigencias en las sombras. Y no todas las noches. Eso jamás acabé por entenderlo. Sólo entrabas si tú lo querías. Subía a la recámara y, desde el lecho, tenía que esperar a que terminaras de cenar, de leer; escuchaba todos tus movimientos. ¿Cuántas veces toqué a tu puerta, si no te detenías en la mía? Pero nunca abriste. Tú podías pedirme,
yo tenía que esperar. Ocho años aguardando tu mirada, tu voz. Si tan sólo hubiese hablado a cualquier hora, durante el día. No me bastaba con que me permitieras hacerlo mientras comías. Tu silencio me calló para siempre, hasta esta noche. Las lecturas y los libros de mi madre me salvaron de la locura. Los libros me empezaron a dar respuestas cuando ya había dejado de preguntar.
      Todavía no sé de dónde me nace tanta rabia súbita; ignoro en dónde aprendí el reclamo y la exigencia. Mi madre, lo veo, también me heredó su silencio y los sonidos de esta casona. Los ruidos que ahora me acompañan, los mismos que con tu sola presencia lograbas enmudecer cuando mis oídos se aprestaban para escuchar tu respiración, esa que por la voluntad de mi deseo perdía el control y el ritmo. Pero ya no. Estás muerto. Te moriste viendo la puesta del sol. Tus manos están más frías que todo lo frío que jamás hayas tocado. Pero, ¿qué les hice a mi madre y a ti para que se hayan ido sin despedirse? ¿Te interesa saber cuándo nació mi odio? ¿Quieres saberlo? No quieres, nunca querrás oír nada de la Elisa, de la niña que se hizo mujer a tu lado, que fue tu mujer. No, nunca podrás hablar conmigo. Porque si lo hubiéramos hecho, un día tendríamos que haber mencionado lo que tuviste mucho cuidado en callar.
      Era mejor el silencio absoluto, como el que imperó en esta casa, desde que la soledad poseyó a mi madre abandonada. De lo que sí me hablaste fue del amor, pero después entendí que eran palabras robadas; pertenecían al libro. Quisiera, en pago, marcharme y dejarte con los ojos abiertos. No sólo eso, también quisiera irme y abandonarte allá afuera, desde donde ahora estás, anublado y sereno. Otra noche con un cadáver, y yo desde la ventana de la buhardilla contemplando el sabino. Pensé que sería admirable dejarte con los ojos abiertos por el resto de la eternidad. Pero sentiría tu mirada cenicienta, cubierta de hormigas, como si fuera una marca en mi frente. No voy a hacerlo, pero lo pensé, porque así te obligaría a mirar mi figura alejándose y constatarías que ahora sí tengo la fuerza para alejarme, que no estoy amenazando en balde. Pero dejarte insepulto, lo sé, significaría seguir viviendo entre las paredes de esta antigua casa, en donde alguna vez, apenas hace diez años vivía la familia Guadarrama. Tengo que irme lejos; deseo enterrarte. Mañana iré al pueblo, todos sabrán que la señorita Elisa Guadarrama anda buscando sepultureros. Pagaré para que caven tu fosa debajo del sabino, junto a tu esposa, la única y verdadera. No traeré al cura. Yo rezaré sola. Ahora mismo, y por lo que resta de mis días. Elisa, su hija, rezará por el descanso eterno de sus almas. Madre, padre, ¿por qué nunca me hablaron del pecado?

Roja como la sangre

Otro cuento para este mes, escrito por Tanith Lee (1947-2015), narradora británica especializada –como sólo se puede lograr en un país de habla inglesa– en la literatura de imaginación fantástica.
      Lee fue una autora popular y prolífica en su propia lengua: además de recibir varios premios importantes, publicó más de 90 novelas y 300 cuentos a los largo de una carrera que abarcó cerca de 40 años. Sus libros más conocidos en español son Volkhavaar (1977) y El señor de la noche (1978). A través de sus traducciones, su estilo debe ser de las principales influencias de la que en un tiempo se llamó fantasía oscura en español.
      “Red as Blood”, que funde al personaje de Blancanieves con la figura más icónica del horror sobrenatural, proviene del libro Red as Blood, or, Tales from the Sister Grimmer (1983), que ofrece nuevas versiones –casi siempre con un componente macabro– de diversos cuentos de hadas tradicionales (a la manera de, por ejemplo, La cámara sangrienta de Angela Carter). Tomada de este blog, la traducción que sigue proviene a su vez, curiosamente, de la antología Ciencia ficción. 40ª selección (Bruguera, 1980). Fue realizada por César Terrón.

ROJA COMO LA SANGRE
Tanith Lee

La bellísima reina bruja abrió la caja de marfil del espejo mágico. De oro oscuro era el espejo, oro oscuro como el cabello de la reina bruja que caía en abundancia sobre su espalda. De oro oscuro era el espejo y tan antiguo como los siete atrofiados árboles negros que crecían más allá del pálido vidrio azul de la ventana.
      —Speculum, speculum —dijo la reina bruja al espejo mágico—. Dei gratia.
      —Volente Deo. Audio.
      —Espejo, ¿a quién ves?
      —Te veo a ti, señora. Y al resto del reino. Con una excepción.
      —Espejo, espejo, ¿a quién no ves?
      —No veo a Bianca.
      La reina bruja se santiguó. Cerró la caja del espejo y, caminando lentamente hasta llegar a la ventana, observó los viejos árboles a través de las hojas de vidrio de color azul pálido.
      Otra mujer había estado frente a esta ventana hacía catorce años, pero ella no era como la reina bruja. Su cabello negro le llegaba a los tobillos y vestía una túnica carmesí que se ceñía bajo sus pechos, puesto que se encontraba en avanzado estado de gestación. Y esta mujer había abierto la ventana de vidrio que daba al invernadero, donde los viejos árboles se agazapaban en la nieve. Después, tomando una puntiaguda aguja de hueso, la había clavado en su dedo y vertido sobre la tierra tres brillantes gotas.
      —Que mi hija tenga cabello negro como el mío —había dicho la mujer—, negro como la madera de estos retorcidos y arcanos árboles. Que tenga la piel como la mía, blanca como esta nieve. Y que tenga mis labios, rojos como mi sangre.
      Y la mujer había sonreído y chupado su dedo. Llevaba una corona en su cabeza que brillaba en la oscuridad como si fuera una estrella. Jamás se acercaba a la ventana antes del anochecer, no le gustaba el día. Ella fue la primera reina y no poseyó un espejo.
      La segunda reina, la reina bruja, sabía todo esto. Sabía cómo, al dar a luz, había muerto la primera reina. Su ataúd había sido conducido a la catedral y se habían ofrecido misas. Corría un horrible rumor: unas gotas de agua bendita habían caído sobre el cadáver y la carne muerta había despedido humo. Pero la primera reina había sido considerada como una desgracia para el reino. Después de su llegada se había producido una extraña plaga, una enfermedad devastadora para la que no hubo remedio.
      Transcurrieron siete años. El rey desposó con la segunda reina, tan distinta de la primera como el incienso lo es de la mirra.
      —Y ésta es mi hija —dijo el rey a su segunda reina.
      Era una niña menuda de casi siete años de edad. El cabello negro caía hasta sus tobillos y su piel era blanca como la nieve. Sus labios eran rojos como la sangre y sonreía con ellos.
      —Bianca —dijo el rey—, debes querer a tu nueva madre.
      Bianca sonrió esplendorosamente. Sus dientes brillaban como puntiagudas agujas de hueso.
      —Ven —dijo la reina bruja—. Ven, Bianca. Quiero que veas mi espejo mágico.
      —Por favor, mamá —replicó suavemente Bianca—. No me gustan los espejos.
      —Es muy modesta —se disculpó el rey—. Y delicada, también. Nunca sale de día. El sol la angustia.
      Aquella noche, la reina bruja abrió la caja de su espejo.
      —Espejo, ¿a quién ves?
      —Te veo a ti, señora. Y al resto del reino. Con una excepción.
      —Espejo, espejo, ¿a quién no ves?
      —No veo a Bianca.
      La segunda reina regaló a Bianca un minúsculo crucifijo de filigrana dorada. Bianca no lo aceptó. Corrió hacia su padre y murmuró:
      —Tengo miedo. No me gusta pensar en Nuestro Señor agonizando en Su cruz. Ella quiere asustarme. Dile que se lo lleve.
      La segunda reina cultivaba blancas rosas silvestres en su jardín e invitó a Bianca a pasear por allí tras la puesta del sol. Pero Bianca se acobardó.
      —Las espinas me pincharán —musitó a su padre—. Ella quiere que me haga daño.
      Cuando Bianca tenía doce años, la reina bruja habló con el rey.
      —Bianca debería recibir la confirmación —dijo—. De ese modo, podría comulgar con nosotros.
      —Eso es imposible —replicó el rey—. Te lo explicaré. Ella no ha recibido el bautismo, porque en sus últimas palabras mi primera esposa se opuso a ello. Ella me lo suplicó, ya que su religión era distinta a la nuestra. Los deseos de los moribundos deben ser respetados.
      —¿No debería gustarte ser bendecida por la Iglesia? —preguntó la reina bruja a Bianca—. ¿Arrodillarte en el reclinatorio dorado ante el altar de mármol? ¿Cantar a Dios, gustar el Pan ritual y probar el Vino ritual?
      —Ella quiere que traicione a mi verdadera madre —dijo Bianca al rey—. ¿Cuándo dejará de atormentarme?
      El día que cumplió trece años, Bianca se levantó de la cama y vio en ella una mancha roja, roja como una flor roja.
      —Ya eres una mujer —explicó su aya.
      —Sí —contestó Bianca.
      Se acercó al joyero de su verdadera madre, extrajo la corona que había llevado ella y se la puso en la cabeza.
      Al caminar bajo los viejos árboles negros, la corona brilló como una estrella.
      La enfermedad devastadora, qae había dejado en paz al reino durante trece años, volvió a manifestarse repentinamente. Y no había remedio.
      La reina bruja se sentó en una silla muy alta ante una ventana verde claro y blanco oscuro. En sus manos sostenía una Biblia forrada en seda rosada.
      —Majestad —dijo el cazador, al tiempo que hacía una profunda reverencia.
      Era un hombre fuerte y apuesto, de cuarenta años y experto en el oculto saber de los bosques, el oculto saber de la tierra. También era capaz de matar sin un solo titubeo, pues tal era su oficio. Podía acabar con el frágil y esbelto ciervo, las aves alígeras y las liebres de terciopelo de ojos tristes y prescientes. A él le daban pena, pero aun así, las mataba. La piedad no podía detenerle. Era su oficio.
      —Mira el jardín —ordenó la reina bruja.
      El cazador observó el jardín a través de un oscuro vidrio blanco. El sol se había hundido en el horizonte. Una doncella paseaba bajo un árbol.
      —La princesa Bianca —dijo el cazador.
      —¿Y qué más?
      El cazador se persignó.
      —Por Nuestro Señor, mi reina —dijo—. No lo diré.
      —Pero lo sabes.
      —¿Y quién no lo sabe?
      —El rey no lo sabe.
      —No lo sabe.
      —¿Eres valiente? —preguntó la reina bruja.
      —En verano he cazado y matado al jabalí. En invierno he masacrado lobos.
      —¿Pero eres lo bastante valiente?
      —Si tú lo ordenas, señora —replicó el cazador—, me esforzaré en serlo.
      La reina bruja abrió la Biblia en una determinada página y extrajo de ella un crucifijo de plata, muy delgado, que había reposado junto a las palabras: No temerás el terror de la noche… Ni la pestilencia que se pasea en la oscuridad.
      El cazador besó el crucifijo y se lo puso en torno a su cuello y por debajo de su camisa.
      —Acércate —ordenó la reina bruja—, y te explicaré qué debes decir.
      Al cabo de un rato, el cazador entró en el jardín cuando las estrellas relucían en el firmamento. Avanzó a grandes pasos hacia el atrofiado árbol enano bajo el que se hallaba Bianca y se arrodilló.
      —Princesa —dijo—. Perdóname, pero debo darte malas noticias.
      —Dámelas —replicó la muchacha, jugando con el largo tallo de una flor macilenta y nocturna que había arrancado.
      —Tu madrastra, esa bruja detestable y celosa, quiere verte muerta. No puedes hacer otra cosa que no sea huir del palacio esta misma noche. Si me lo permites, te acompañaré hasta el bosque. Allí se hallan personas que cuidarán de ti hasta que puedas regresar sin ningún temor.
      Bianca le miró fijamente con ojos que expresaban confianza.
      —Siendo así, iré contigo —contestó.
      Salieron del jardín por una puerta secreta, cruzando un pasadizo subterráneo, un huerto enmarañado y un sendero tortuoso que se extendía entre enormes setos crecidos en exceso.
      La noche era una vibración profundamente azulada y titilante cuando llegaron al bosque. Las ramas de los árboles se cruzaban y entrelazaban, como formando una ventana, y el cielo resplandecía tenuemente, pareciendo extenderse al otro lado de hojas de vidrio de un color azulado.
      —Estoy cansada —se quejó Bianca en un suspiro—. ¿Puedo descansar un momento?
      —Por supuesto —respondió el cazador—. Los zorros acuden de noche a ese claro, allí. Mira en esa dirección y los verás.
      —Cuan inteligente eres —repuso Bianca—. Y cuan apuesto.
      La muchacha se sentó en el césped y contempló el claro. El cazador sacó silenciosamente su cuchillo y lo ocultó en los pliegues de su capa. Luego se agachó junto a la doncella.
      —¿Qué estás cuchicheando? —inquirió el cazador, poniendo su mano sobre el negro cabello de Bianca.
      —Una poesía que mi madre me enseñó, sólo eso.
      El cazador la agarró por los pelos y la obligó a levantar la cabeza, de modo que el cuello de la muchacha estuviera dispuesto para acuchillarlo. Pero no usó su arma. Porque allí, en su mano, sostenía la cabellera de oro oscuro de la reina bruja, y veía su rostro sonriente. Riendo, la mujer le rodeó con sus brazos.
      —Mi buen servidor, mi dulce servidor —dijo ella—, sólo deseaba probarte. ¿Acaso no soy una bruja? ¿Acaso no me amas?
      El cazador se estremeció, porque la amaba y ella le abrazaba con tal fuerza que el corazón femenino parecía latir dentro de su propio cuerpo.
      —Aparta el cuchillo —ordenó la mujer—. Despréndete de ese absurdo crucifijo. No necesitamos nada de eso. El rey no es ni la mitad de hombre que tú.
      Y el cazador la obedeció, arrojando cuchillo y crucifijo entre las raíces de los árboles. Se apretó contra ella y la mujer hundió el rostro en su cuello. El dolor de su beso fue lo último que sintió en este mundo.
      El cielo se ennegreció, el bosque todavía más. Ni un solo zorro correteaba en el claro. La luna fue elevándose y tiñendo de blanco las ramas y los vacíos ojos del cazador. Bianca limpió sus labios con una flor muerta. . —Siete dormidos, siete despiertos —dijo Bianca—. Madera por madera. Sangre por sangre. Tú por mí.
      Se oyó un sonido como el de siete inmensas rasgaduras que provenía de más allá de los árboles, un sendero tortuoso, un huerto y un pasadizo subterráneo. Y otro sonido que parecía el de siete inmensas pisadas. Más cerca. Más cerca todavía.
      Hop, hop, hop, hop. Hop, hop, hop.
      En el huerto, siete temblores de la negrura.
      En el sendero tortuoso, entre los elevados setos, siete negras figuras arrastrándose.
      Matorrales crujiendo, ramas restallando.
      Siete seres retorcidos, deformes, encorvados y atrofiados avanzaron penosamente por el bosque en dirección al claro. Un pelaje musgoso, negro y leñoso, máscaras desprovistas de secretos. Ojos como grietas relucientes, bocas cual húmedas cavernas. Barbas de liquen. Dedos de cartílagos rámeos. Sonriendo. Arrodillándose. Rostros apretados contra la tierra.
      —Bien venidos —dijo Bianca.
      La reina bruja estaba de pie frente a una ventana de vidrio cuyo color semejaba el del vino diluido. Miró el espejo mágico.
      —Espejo, ¿a quién ves?
      —Te veo a ti, señora. Veo un hombre en el bosque. Estaba cazando, pero no al ciervo. Sus ojos están abiertos, pero está muerto. Veo al resto del reino. Con una excepción.
      La reina bruja se tapó las orejas con. ambas palmas de la mano.
      En el exterior, el jardín estaba vacío. Le faltaban sus siete árboles negros, enanos y atrofiados.
      —Bianca —dijo la reina.
      Las ventanas habían sido cubiertas con colgaduras y no daban luz. La luz brotaba de un recipiente poco profundo. Luz en un haz, como trigo color pastel. Iluminaba cuatro espadas que apuntaban a este y oeste, a norte y sur.
      Los cuatro vientos y el polvo gris plata del tiempo habían irrumpido en la cámara.
      Las manos de la reina bruja flotaban como hojas desprendidas a merced del aire.
      —Pater omnipotens, mitere digneris sanctum Angelum tuum de Infernis —recitaron los resecos labios de la reina bruja.
      La luz decayó y se hizo más brillante.
      Allí estaba el ángel Lucefiel, entre las empuñaduras de las cuatro espadas, lúgubremente dorado, con el rostro en la sombra y sus alas áureas abiertas y guarneciendo su espalda.
      —Puesto que me has llamado, conozco tu deseo —dijo—. Es un deseo triste. Quieres dolor.
      —Tú hablas de dolor, señor Lucefiel. Tú, que sufres el más despiadado dolor de todos. Peor que los clavos en los pies y muñecas. Peor que las espinas, la esponja de vinagre y la lanza en el costado. Ser convocado por amor del diablo, cosa que yo no hago, hijo de Dios, hermano del Hijo.
      —Entonces, me reconoces. Te concederé lo que pides.
      Y Lucefiel (llamado por algunos Satán y Rex Mundi y, sin embargo, la mano izquierda, la mano siniestra de la concepción de Dios), arrebató un rayo del éter y lo arrojó a la reina bruja.
      El rayo la alcanzó en el pecho. Se derrumbó.
      El haz de luz se elevó e iluminó los ojos dorados del ángel, unos ojos terribles, aunque luminosos a causa de la compasión. Las espadas se hicieron añicos y Lucefiel desapareció.
      La reina bruja se levantó del suelo de la cámara. Había dejado de ser bella. Era una bruja arrugada y babeante.
      El sol nunca lucía en el corazón del bosque, ni siquiera al mediodía. Las flores crecían en la turba, pero eran incoloras. Por encima de ellas, el techo verdinegro albergaba retículos de una espesa y sombría luz verdosa en los que polillas y mariposas albinas se agitaban febrilmente. Los troncos de los árboles eran lisos como los tallos de algas submarinas. Durante el día revoloteaban los murciélagos y otras aves que creían ser como ellos.
      Había un sepulcro cubierto de musgo goteante. Los huesos yacían esparcidos en torno al pie de siete árboles enanos y retorcidos. Parecían árboles. A veces se movían. Otras veces, algo que semejaba un ojo o un diente brillaba en la sombría humedad.
      En el umbráculo de la puerta del sepulcro estaba sentada Bianca, peinando su cabello.
      Agitados movimientos turbaron la espesa oscuridad.
      Los siete árboles volvieron sus cabezas.
      Una bruja surgió del bosque. Era una mujer jorobada y su cabeza casi calva estaba inclinada hacia el suelo como si fuera un ave rapaz, un buitre.
      —Por fin hemos llegado —dijo la bruja con la voz de un buitre.
      Se acercó. Sus huesos crujieron cuando se paso de rodillas y hundió su rostro en la turba repleta de flores sin colorido.
      Bianca volvió a sentarse y la contempló. La bruja se levantó. Sus dientes formaban una empalizada amarillenta.
      —Te traigo el homenaje de las brujas y tres presentes —dijo la anciana.
      —¿Y por qué?
      —Una niña tan despierta, con sólo catorce años… ¿Por qué? Porque te tememos. Te traigo presentes para congraciarnos contigo.
      Bianca rió.
      —Enséñamelos —ordenó.
      La bruja movió su mano, haciendo un pase en el aire verdusco. Apareció un cordón de seda, curiosamente trenzado con cabellos humanos.
      —Aquí tienes un cinto que te protegerá de las artimañas de los curas, del crucifijo y el cáliz, de la detestable agua bendita. En él están anudados los cabellos de una virgen, de una mujer no mejor de lo que debería ser y de una mujer muerta. Y aquí tienes… —un segundo pase y surgió en su mano un peine de laca, color azul sobre verde— …un peine del mar profundo, una joya de sirena, para fascinar y seducir. Peina tus cabellos con él y el aroma del océano henchirá el olfato de los hombres y quedarán ensordecidos por el ritmo de las mareas, las mareas que atan a los hombres como si de cadenas se trataran. Y por último, ese antiguo símbolo de perversidad, la fruta escarlata de Eva, la manzana roja como la sangre. Muérdela, y el entendimiento del Pecado, del que la serpiente se jactó, te será dado a conocer.
      La bruja ejecutó su último pase en el aire y ofreció la manzana, junto con el cinto y el peine, a Bianca.
      Bianca miró un instante los siete árboles atrofiados.
      —Me gustan sus presentes, pero no confío mucho en ella.
      Las escuetas máscaras atisbaron desde sus toscas barbas. Sus ojillos destellaron. Sus garras ramosas restallaron.
      —Es igual —decidió Bianca—. Dejaré que me ate el cinto y peine mi pelo.
      La bruja obedeció, sonriendo bobamente. Se arrastró hasta Bianca como un sapo y ató el cordón. Peinó los cabellos de ébano. Brotaron chispas blancas del cinto. Surgieron fulgores como el ojo del pavo real del peine.
      —Y ahora, bruja, da un mordisco a la manzana.
      —Será un orgullo contar a mis hermanas que he compartido esta fruta contigo —respondió la bruja.
      La vieja mordió la manzana, masticó ruidosamente, tragó el bocado y chasqueó los labios.
      Bianca cogió la fruta y mordió un trozo.
      Bianca chilló… y se atragantó.
      Se puso en pie de un brinco. Sus cabellos se arremolinaron en torno a ella como una nube de tormenta. Su rostro se puso azul, luego gris, finalmente blanco de nuevo. Cayó sobre las pálidas flores y quedó inmóvil, sin respirar.
      Los siete árboles enanos batieron sus extremidades y sus rámeas cabezas de oso. Fue en vano. Faltos del arte de Bianca, no podían saltar. Estiraron sus garras y rasgaron los escasos cabellos y el manto de la bruja, que se escabulló entré ellos. Huyó a la zona del bosque iluminada por el sol, siguió por el tortuoso sendero, pasó el huerto y se introdujo en un pasadizo subterráneo.
      La bruja volvió al palacio, entrando por la puerta secreta, y subió por una escalera oculta hasta la cámara de la reina. Estaba el doble de encorvada que antes y sostenía sus costillas. Abrió la caja de marfil del espejo mágico con una mano extremadamente flaca.
      —Speculum, speculum. Dei gratia. ¿A quién ves?
      —Te veo a ti, señora. Y al resto del reino. Y veo un ataúd.
      —¿De quién es el cadáver que yace en el ataúd?
      —Eso no puedo verlo. Debe de ser el de Bianca.
      La bruja, que en otro tiempo había sido la bellísima reina bruja, se hundió en su silla alta ante la ventana de vidrio color pepino y blanco oscuro. Sus drogas y pócimas estaban dispuestas para anular el terrible conjuro de vejez que el ángel Lucefiel había ejecutado en ella, pero no las tocó todavía.
      La manzana había contenido un fragmento de la carne de Cristo, la sagrada hostia, la Eucaristía.
      La reina bruja cogió su Biblia y la abrió al azar.
      Y atemorizada, leyó la palabra Resurgat.
      El aspecto del ataúd era vitreo, de un vidrio lechoso. Había tomado esa forma después que un humo tenue y blanco hubiera brotado de la piel de Bianca. La muchacha despidió humo igual que una hoguera sobre la que cae una gota de agua extinguidora. El trozo de pan eucarístico se había atravesado en su garganta. La Eucaristía, agua extinguidora para su hoguera, hizo que Bianca humeara.
      Después llegó el frío rocío del anochecer y el viento aún más gélido de la medianoche. El humo de Bianca se congeló en torno a su cuerpo. La escarcha se formó rodeando todo el bloque de hielo nebuloso que contenía a Bianca, en un exquisito trabajo de ornamentación en plata.
      El corazón frígido de Bianca no podía calentar el hielo, como tampoco podía hacerlo la oscura luminosidad verdosa de un día sin sol.
      Podía verse a la muchacha, tumbada dentro del ataúd, a través del vidrio. ¡Qué hermosa estaba Bianca! Negro de ébano, blanco de nieve, rojo de sangre.
      Los árboles pendían sobre el ataúd. Pasaron los años. Los árboles tendieron sus ramas en torno al féretro, abrigándolo con sus brazos. De sus ojos brotaron lágrimas de hongos y resina. Verdes gotas de ámbar se solidificaron sobre el ataúd de vidrio como si fueran joyas.
      —¿Qué es eso que yace bajo los árboles? —preguntó el príncipe cuando su cabalgadura le llevó hasta e! claro.
      Una luna dorada parecía acompañarle, brillando en torno a su áurea cabeza, en la armadura de oro y en la capa de blanco satén decorada en oro, sangre, tinta y zafiro. El caballo albo pisoteó las descoloridas flores, mas éstas volvieron a erguirse una vez las pezuñas acabaron de pasar. Del fuste de la silla pendía un escudo, un escudo muy extraño. En un lado tenía la cabeza de un león, en el otro la de un cordero.
      Los árboles crujieron y sus cabezas se abrieron para formar enormes bocas.
      —¿Es éste el féretro de Bianca? —inquirió el príncipe.
      —Déjala con nosotros —contestaron los siete árboles.
      Tiraron de sus raíces. La tierra tembló. El ataúd de hielo vitreo sufrió una gran sacudida y se partió en dos mitades.
      Bianca tosió.
      La sacudida había arrojado de su boca el fragmento de hostia.
      El féretro estalló en un millar de trozos y Bianca se sentó. Miró al príncipe y sonrió.
      —Bien venido, amado mío —dijo.
      Se puso en pie, sacudió sus cabellos y empezó a caminar hacia el príncipe y su caballo blanco.
      Pero Bianca pareció entrar en una sombra, en una sala púrpura. Luego en otra habitación carmesí cuyas emanaciones la alancearon como cuchillos. Después entró en una sala amarilla en la que oyó un sonido de lloros que desgarró sus oídos. Bianca se sintió desnuda, sin cuerpo. Era un corazón latiente. Los latidos de su corazón se convirtieron en dos alas. Bianca voló. Primero fue un cuervo, luego una lechuza. Voló hasta el centelleante vidrio de una ventana. El fulgor la tiño de blanco. Blanco de nieve. Era una paloma.
      Se posó en el hombro del príncipe y ocultó su cabeza bajo un ala. Ya no tenía nada de color negro, nada de color rojo.
      —Ahora empieza de nuevo, Bianca —dijo el príncipe.
      La tomó de su hombro. En su muñeca había una señal que semejaba una estrella. En otro tiempo, un clavo había sido hincado allí.
      Bianca se alejó hacia el techo del bosque. Llegó a una ventana de exquisito color vino. Estaba en el palacio. Tenía siete años de edad.
      La reina bruja, su nueva madre, colgó un crucifijo de filigrana en torno a su cuello.
      —Espejo —dijo la reina bruja—. ¿A quién ves?
      —Te veo a ti, señora. Y al resto del reino. Veo a Bianca.

El desentierro de la angelita

Este mes, un cuento de horror sobrenatural de Mariana Enríquez (1973), escritora argentina muy elogiada como una de las más interesantes entre quienes cultivan la narrativa de imaginación fantástica en la actualidad (como se evidencia en Las cosas que perdimos en el fuego, uno de sus libros más conocidos). El texto fue tomado de esta página, donde la propia Enríquez escribe de su cuento:

No me gusta leer prosa en voz alta –ni escuchar leer, para el caso–, pero cuando alguien me pide que lo haga y yo accedo por buena educación, suelo elegir este cuento, porque hace reír a la gente. Me dicen que tiene humor negro, pero yo creo que se ríen de nerviosos. También es el favorito de los adolescentes, por eso confío en él. Cuando lo escribí no me sentí ensañada, pero ahora me doy cuenta de que el relato guarda una sonrisa cruel. Es uno de los pocos cuentos de fantasmas que haya escrito (…)

Mariana Enríquez (fuente)

EL DESENTIERRO DE LA ANGELITA
Mariana Enríquez

A mi abuela no le gustaba la lluvia y antes de que cayeran las primeras gotas, cuando el cielo se oscurecía, salía al patio del fondo con botellas y las enterraba hasta la mitad, todo el pico bajo tierra. Yo la seguía y le preguntaba abuela por qué no te gusta la lluvia por qué no te gusta. Pero ella, nada, evasiva, con la palita en la mano, frunciendo la nariz para oler la humedad en el aire. Si finalmente llovía, fuera garúa o tormenta, cerraba puertas y ventanas y subía el volumen del televisor hasta tapar el ruido de las gotas y el viento –el techo de su casa era de chapa–, y si el aguacero coincidía con su serie favorita, Combate, no había quien pudiera sacarle una palabra porque estaba perdidamente enamorada de Vic Morrow.
      Yo adoraba la lluvia porque ablandaba la tierra seca y permitía que se desatara mi manía excavatoria. ¡Qué de pozos! Usaba la misma pala que la abuela, una muy chica, del tamaño que usaría un niño para jugar en la playa, pero de metal y madera, no de plástico. La tierra del fondo albergaba pedacitos de botellas de vidrio color verde, con los bordes tan lisos que ya no cortaban; piedras suaves que parecían cantos rodados o pequeñas rocas de playa, ¿por qué estarían en el fondo de mi casa? Alguien debía haberlas sepultado. Una vez encontré una piedra ovalada, del tamaño y color de una cucaracha pero sin patas ni antenas. De un lado era lisa, del otro unas muescas formaban los claros rasgos de una cara sonriente. Se la mostré a mi papá, enloquecida porque creía encontrarme ante una reliquia, y me dijo que las marcas formaban un rostro de casualidad. Mi papá nunca se entusiasmaba. También encontré dados negros, con los puntos blancos ya casi invisibles. Encontré restos de vidrios esmerilados verde manzana y turquesa. Mi abuela se acordó de que habían sido parte de una puerta vieja. También jugaba con lombrices y las cortaba en pedacitos bien chiquitos. No me divertía ver el cuerpo dividido retorciéndose un poco para al final seguir adelante. Me parecía que si picaba bien a la lombriz, como a una cebolla, sin dejar contacto alguno entre los anillos, no iba a poder reconstruirse. Nunca me gustaron los bichos.
      Encontré los huesos después de una tormenta que convirtió al cuadrado de tierra del fondo en una piscina de barro. Los guardé en el balde que usaba para llevar los tesoros hasta la pileta del patio, donde los lavaba. Se los mostré a papá. Dijo que eran huesos de pollo, o a lo mejor de bifes de lomo, o de alguna mascota muerta que debían haber enterrado hacía mucho. Perros o gatos. Insistía con lo de los pollos porque antes, en el fondo, cuando él era chico, mi abuela tenía un gallinero.
      Parecía una explicación posible hasta que mi abuela se enteró de los huesitos y empezó a arrancarse los pelos y a gritar; la angelita la angelita. Pero el escándalo no duró mucho bajo la mirada de papá: él admitía las “supersticiones” (así las llamaba) de la abuela siempre y cuando no se desbordara. Ella le conocía el gesto de desaprobación y se tranquilizó a la fuerza. Me pidió los huesitos y se los di. Después me pidió que me fuera a la habitación a dormir. Yo me enojé un poco porque no entendía la causa de la penitencia.
      Pero más tarde, esa misma noche, me llamó y me contó todo. Era la hermana número diez u once, mi abuela no estaba demasiado segura, en aquel entonces no se les prestaba tanta atención a los chicos. Se había muerto a los pocos meses de nacida, entre fiebres y diarrea. Como era angelita, la sentaron sobre una mesa adornada con flores, envuelta en un trapo rosa, apoyada en un almohadón. Le hicieron alitas de cartón para que subiera al cielo más rápido, y no le llenaron la boca de pétalos de flores rojas porque a la mamá, mi bisabuela, le impresionaba, le parecía sangre. Hubo baile y canto toda la noche, y hasta hubo que echar a un tío borracho y reanimar a mi bisabuela, que se desmayó por el llanto y el calor. Una rezadora india cantó trisagios, y lo único que les cobró fue unas empanadas.
      —¿Eso fue acá, abuela?
      —No, en Salavina, en Santiago. ¡Hacía un calor!
      —Entonces no son los huesos de la nena, si se murió allá.
      —Sí que son. Yo me los traje cuando vinimos para acá. No la quise dejar porque lloraba todas las noches, pobrecita. Si lloraba con nosotros cerquita, en la casa, ¡lo que iba a llorar sola, abandonada! Así que me la traje. Ya era huesitos nomás, la puse en una bolsa y la enterré acá en los fondos. Ni tu abuelo sabía. Ni tu bisabuela, nadie. Es que nomás yo la escuchaba llorar. Tu bisabuelo también, pero se hacía el tonto.
      —¿Y acá llora la nena?
      —Cuando llueve, nomás.
      Después le pregunté a mi papá si la historia de la nena angelita era cierta, y él dijo que la abuela ya estaba muy grande y desvariaba. Muy convencido no parecía, o a lo mejor le resultaba incómoda la conversación. Después la abuela se murió, la casa se vendió, yo me fui a vivir sola sin marido ni hijos; mi papá se quedó con un departamento de Balvanera, y me olvidé de la angelita.
      Hasta que apareció al lado de la cama, en mi departamento, diez años después, llorando, una noche de torm.
      La angelita no parece un fantasma. Ni flota ni está pálida ni lleva vestido blanco. Está a medio pudrir y no habla. La primera vez que apareció creí que soñaba y traté de despertarme de la pesadilla; cuando no pude y empecé a entender que era real grité y lloré y me tapé con las sábanas, los ojos cerrados fuerte y las manos tapando los oídos para no escucharla –porque en ese momento no sabía que era muda–. Pero cuando salí de ahí abajo, unas cuantas horas después, la angelita seguía ahí con los restos de una manta vieja puesta sobre los hombros como un poncho. Señalaba con el dedo hacia afuera, hacia la ventana y la calle, y así me di cuenta de que era de día. Es raro ver un muerto de día. Le pregunté qué quería, pero como respuesta siguió señalando como en una película de terror.
      Me levanté y salí corriendo hacia la cocina, a buscar los guantes que usaba para lavar los platos. La angelita me siguió. Apenas una primera muestra de su personalidad demandante. No me amedrentó. Con los guantes puestos la agarré del cogotito y apreté. No es muy coherente intentar ahorcar a un muerto, pero no se puede estar desesperado y ser razonable al mismo tiempo. No le provoqué ni una tos, nada más yo quedé con restos de carne en descomposición entre los dedos enguantados y a ella le quedó la tráquea a la vista.
      Hasta ese momento no sabía que se trataba de Angelita, la hermana de mi abuela. Seguía cerrando los ojos bien fuerte a ver si ella desaparecía o yo me despertaba. Como no funcionaba le caminé alrededor y vi, en la espalda, colgando de los restos amarillentos de lo que ahora sé era la mortaja rosa, dos rudimentarias alitas de cartón con plumas de gallina pegoteadas. En tantos años tendrían que haber desaparecido, pensé y después me reí un poco histérica y me dije que tenía un bebé muerto en la cocina, que era mi tía abuela y que caminaba, aunque por el tamaño debía haber vivido apenas unos tres meses. Tenía que dejar definitivamente de pensar en términos de qué era posible y qué no.
      Le pregunté si era mi tía abuela Angelita –como no habían hecho tiempo de anotarla con un nombre legal, eran otros tiempos, la llamaron siempre por ese nombre genérico–; así descubrí que no hablaba pero contestaba moviendo la cabeza. Entonces mi abuela decía la verdad, pensé, no eran del gallinero, eran los huesitos de su hermana los que desenterré cuando era chica.
      Lo que quería Angelita era un misterio, porque más que mover la cabeza afirmativa o negativamente no hacía. Pero algo quería con suma urgencia, porque no sólo seguía señalando, sino que no me dejaba en paz. Me seguía por toda la casa. Me esperaba atrás de la cortina del baño cuando tomaba una ducha; se sentaba en el bidet cuando yo hacía pis o caca; se paraba al lado de la heladera cuando lavaba los platos y se sentaba al lado de la silla cuando yo trabajaba con la computadora.
      Seguí haciendo mi vida normal durante la primera semana. Creía que a lo mejor se trataba de un pico de estrés con alucinación, y que se iría. Me pedí unos días en el trabajo, tomé pastillas para dormir. La angelita seguía ahí, esperando al lado de la cama a que me despertara. Algunos amigos me visitaron. Al principio no quise atender los mensajes ni abrirles la puerta pero, para no preocuparlos más, accedí a verlos aduciendo agotamiento mental. Ellos comprendieron, estuviste trabajando como una negra, me decían. Ninguno vio a la angelita. La primera vez que me visitó mi amiga Marina metí a la angelita en el placard, pero para mi terror y disgusto, se escapó y se sentó en el brazo del sillón, con esa fea cara podrida verdegrís. Marina ni se dio cuenta.
      Poco después saqué a la angelita a la calle. Nada. Salvo ese señor que la miró de pasada y después se dio vuelta y la volvió a mirar y se le descompuso la cara, le debe haber bajado la presión; o la señora que directamente salió corriendo y casi la atropella el 45 en la calle Chacabuco. Alguna gente tenía que verla, eso me lo imaginaba, seguramente no mucha. Para evitarles el mal momento, cuando salíamos juntas –mejor dicho, cuando ella me seguía y a mí no me quedaba otra que dejarme acompañar– lo hacía con una especie de mochila para cargarla (es feo verla caminar, es tan chiquita, es antinatural). También le compré una venda tipo máscara para la cara, de las que se usan para tapar cicatrices de quemaduras. La gente ahora cuando la ve siente asco, pero también conmoción y pena. Ven a un bebé muy enfermo o muy lastimado, ya no a un bebé muerto.
      Si me viera mi papá, pensaba, él que siempre se quejó de que iba a morirse sin nietos (y se murió sin nietos, yo lo decepcioné en esa y muchas otras cosas). Le compré juguetes para que se entretuviera, muñecas y dados de plástico y chupetes para que mordiera, pero nada parecía gustarle demasiado, y seguía con el dichoso dedo apuntando para el Sur –de eso me di cuenta, era siempre para el Sur– mañana, tarde y noche. Yo le hablaba y le preguntaba, pero ella no se podía comunicar bien.
      Hasta que una mañana se apareció con una foto de mi casa de la infancia, la casa donde yo había encontrado sus huesitos en el patio del fondo. La sacó de la caja donde guardo las fotografías: un asco, dejó todas las otras manchadas de su piel podrida que se desprendía, húmedas y pringosas. Ahora señalaba la casa con el dedo, bien insistente. Querés ir ahí, le pregunté, y me dijo que sí. Le expliqué que la casa ya no era nuestra, que la habíamos vendido, y me dijo que sí otra vez.
      La cargué en la mochila con su máscara puesta y nos tomamos el 15 hasta Avellaneda. Ella no mira por la ventana en los viajes, tampoco mira a la gente ni se entretiene con nada, le da a lo exterior la misma importancia que a los juguetes. La llevé sentada a upa para que estuviera cómoda, aunque no sé si es posible que esté incómoda o si eso significa algo para ella; ni siquiera sé qué siente. Solamente sé que no es mala, y que le tuve miedo al principio, pero hace rato que no.
      Llegamos a la que fue mi casa a eso de las cuatro de la tarde. Como siempre en verano, había un olor pesado a Riachuelo y nafta sobre la avenida Mitre, mezclado con tufos de basura; en las esquinas, helados caídos de cucuruchos que dejaban el suelo pegoteado. Hay muchas heladerías sobre la avenida y mucha gente torpe. Cruzamos la plaza caminando, después pasamos por el Sanatorio Itoiz, donde se murió mi abuela, y finalmente rodeamos la cancha de Racing. Atrás estaba mi casa vieja, a dos cuadras de distancia del estadio. Pero ahora que estaba en la puerta, ¿qué hacer? ¿Pedirles a los dueños nuevos que me dejaran pasar? ¿Con qué pretexto? Ni lo había pensado. Claramente me estaba afectando la mente andar para todos lados con una niña muerta.
      Angelita fue la que se encargó de la situación. No hacía falta entrar. Era posible asomarse al fondo por la medianera, eso era lo único que ella quería, ver el fondo. Espiamos las dos, ella en mis brazos –la medianera era más bien baja, debía estar mal hecha–. Ahí, donde solía estar el cuadrado de tierra, había una pileta de natación de plástico azul, empotrada en un hueco del suelo. Evidentemente habían levantado toda la tierra para hacer el hoyo, y con esa acción habían tirado los huesos de la angelita vaya a saber dónde, los habían revoleado, se habían perdido. Me dio lástima, pobrecita, y le dije que lo sentía mucho, que no podía solucionárselo; hasta le dije que lamentaba no haberlos desenterrado otra vez cuando la casa se vendió, para sepultarlos en algún lugar pacífico, o cerca de la familia si a ella le gustaba así. ¡Pero si tranquilamente podría haberlos puesto adentro de una caja o un florero, y llevarlos a casa! Estuve mal con ella y le pedí disculpas. Angelita dijo que sí. Entendí que las aceptaba. Le pregunté si ahora estaba tranquila y se iba a ir, si me iba a dejar sola. Me dijo que no. Bueno, contesté, y como la respuesta no me cayó muy bien, salí caminando rápido hasta la parada del 15 y la obligué a corretear atrás mío con sus pies descalzos que, de tan podridos, estaban dejando asomar los huesitos blancos.

Una experiencia privada

Este es un cuento de Chimamanda Ngozi Adichie (1977), escritora nigeriana y autora muy celebrada en la actualidad tanto por su obra como por su promoción del feminismo. Las dos se tocan en un ensayo breve, “Todos deberíamos ser feministas”, basado en una charla TED que ella impartió en 2012. Entre sus libros –editados todos en los Estados Unidos, donde ella hizo estudios universitarios y reside con frecuencia– están las novelas La flor púrpura (2003), Medio sol amarillo (2006) y Americanah (2013).
      “A Private Experience”, un relato sobre violencia racial en África (y, sobre todo, en cómo la viven dos mujeres, de orígenes y formas de pensar muy distintas, que son prácticamente los únicos personajes de la narración) apareció en su libro Algo alrededor de tu cuello (2009). Tomé la traducción de este sitio.

Chimamanda Ngozi Adichie. (fuente)

UNA EXPERIENCIA PRIVADA
Chimamanda Ngozi Adichie

Chika entra primero por la ventana de la tienda de comestibles y sostiene el postigo para que la mujer la siga. La tienda parece haber sido abandonada mucho antes de que empezaran los disturbios; las estanterías de madera están cubiertas de polvo amarillo, al igual que los contenedores metálicos amontonados en una esquina. Es una tienda pequeña, más pequeña que el vestidor que tiene Chika en su país. La mujer entra y el postigo chirría cuando Chika lo suelta. Le tiemblan las manos y le arden las pantorrillas después de correr desde el mercado tambaleándose sobre sus sandalias de tacón. Quiere dar las gracias a la mujer por haberse detenido al pasar por su lado para decirle «¡No corras hacia allí!», y haberla conducido hasta esta tienda vacía en la que esconderse. Pero antes de que pueda darle las gracias, la mujer se lleva una mano al cuello.
      —He perdido collar mientras corro.
      —Yo he soltado todo —dice Chika—. Acababa de comprar unas naranjas y las he soltado junto con el bolso.
      No añade que el bolso era un Burberry original que le compró su madre en un viaje reciente a Londres.
      La mujer suspira y Chika imagina que está pensando en su collar, probablemente unas cuentas de plástico ensartadas en una cuerda. Aunque no tuviera un fuerte acento hausa, sabría que es del norte por el rostro estrecho y la curiosa curva de sus pómulos, y que es musulmana por el pañuelo. Ahora le cuelga del cuello, pero poco antes debía de llevarlo alrededor de la cara, tapándole las orejas. Un pañuelo largo y fino de color rosa y negro, con el vistoso atractivo de lo barato. Se pregunta si la mujer también la está examinando a ella, si sabe por su tez clara y el anillo rosario de plata que su madre insiste en que lleve que es igbo y cristiana. Más tarde se enterará de que, mientras las dos hablan, hay musulmanes hausas matando a cristianos igbos a machetazos y pedradas. Pero en este momento dice:
      —Gracias por llamarme. Todo ha ocurrido muy deprisa y la gente ha echado a correr, y de pronto me he visto sola, sin saber qué hacer. Gracias.
      —Este lugar seguro —dice la mujer en voz tan baja que suena como un suspiro—. No van a todas las tiendas pequeñas-pequeñas, solo a las grandes-grandes y al mercado.
      —Sí —dice Chika.
      Pero no tiene motivos para estar de acuerdo o en desacuerdo, porque no sabe nada de disturbios; lo más cerca que ha estado de uno fue hace unas semanas en una manifestación de la universidad a favor de la democracia en la que había sostenido una rama verde y se había unido a los cantos de «¡Fuera el ejército! ¡Fuera Abacha! ¡Queremos democracia!». Además, nunca habría participado si su hermana Nnedi no hubiera estado entre los organizadores que habían ido de residencia en residencia repartiendo panfletos y hablando a los estudiantes de la importancia de «hacernos oír».
      Le siguen temblando las manos. Hace justo una hora estaba con Nnedi en el mercado. Se ha parado a comprar naranjas y Nnedi ha seguido andando hasta el puesto de cacahuetes, y de pronto se han oído gritos en inglés, en el idioma criollo, en hausa y en igbo: «¡Disturbios! ¡Han matado a un hombre!». Y a su alrededor todos se han puesto a correr, empujándose unos a otros, volcando carretas llenas de ñames y dejando atrás las verduras golpeadas por las que acababan de regatear. Ha olido a sudor y a miedo, y también se ha echado a correr por las calles anchas y luego por ese estrecho callejón que ha temido, mejor dicho, ha intuido, que era peligroso, hasta que ha visto a la mujer.
      La mujer y ella se quedan un rato en silencio, mirando hacia la ventana por la que acaban de entrar, con el postigo chirriante que se balancea en el aire. Al principio la calle está silenciosa, luego se oyen unos pies corriendo. Las dos se apartan instintivamente de la ventana, aunque Chika alcanza a ver pasar a un hombre y una mujer, ella con una túnica hasta las rodillas y un crío a la espalda. El hombre hablaba rápidamente en igbo y todo lo que ha entendido Chika ha sido: «Puede que haya corrido a la casa del tío».
      —Cierra ventana —dice la mujer.
      Chika así lo hace, y sin el aire de la calle, el polvo que flota en la habitación es tan espeso que puede verlo por encima de ella. El ambiente está cargado y no huele como las calles de fuera, que apestan como el humo color cielo que flota alrededor en Navidad cuando la gente arroja las cabras muertas al fuego para quitar el pelo de la piel. Las calles por donde ha corrido ciegamente, sin saber hacia dónde ha ido Nnedi, sin saber si el hombre que corría a su lado era amigo o enemigo, sin saber si debía parar y recoger a alguno de los niños aturdidos que con las prisas se ha separado de su madre, sin saber quién era quién ni quién mataba a quién.
      Más tarde verá los armazones de los coches incendiados, con huecos irregulares en lugar de ventanillas o parabrisas, e imaginará los coches en llamas desperdigados por toda la ciudad como hogueras, testigos silenciosos de tanta atrocidad. Averiguará que todo empezó en el aparcamiento cuando un hombre pisó con las ruedas de su furgoneta un ejemplar del Santo Corán que había a un lado de la carretera, un hombre que resultó ser un igbo cristiano. Los hombres de alrededor, que se pasaban el día jugando a las damas y que resultaron ser musulmanes, lo hicieron bajar de la furgoneta, le cortaron la cabeza de un machetazo y la llevaron al mercado pidiendo a los demás que los siguieran: ese infiel había profanado el Santo Libro. Chika imaginará la cabeza del hombre, la piel ceniza de la muerte, y tendrá arcadas y vomitará hasta que le duela la barriga. Pero ahora pregunta a la mujer:
      —¿Todavía huele a humo?
      —Sí —la mujer se desabrocha la tela que lleva anudada a la cintura y la extiende en el suelo polvoriento. Debajo solo lleva una blusa y una combinación negra rasgada por las costuras—. Siéntate.
      Chika mira la tela deshilachada extendida en el suelo; probablemente es una de las dos túnicas que tiene la mujer. Baja la vista hacia su falda tejana y su camiseta roja estampada con una foto de una Estatua de la Libertad, las dos compradas el verano que Nnedi y ella pasaron dos semanas en Nueva York con unos parientes.
      —Se la ensuciaré —dice.
      —Siéntate —repite la mujer—. Tenemos que esperar mucho rato.
      —¿Sabe cuánto…?
      —Hasta esta noche o mañana por la mañana.
      Chika se lleva una mano a la frente como para comprobar si tiene fiebre. El roce de su palma fría suele calmarla, pero esta vez la nota húmeda y sudada.
      —He dejado a mi hermana comprando cacahuetes. No sé dónde está.
      —Irá a un lugar seguro.
      —Nnedi.
      —¿Eh?
      —Mi hermana. Se llama Nnedi.
      —Nnedi —repite la mujer, y su acento hausa envuelve el nombre igbo de una suavidad plumosa.
      Más tarde Chika recorrerá los depósitos de cadáveres de los hospitales buscando a Nnedi; irá a las oficinas de los periódicos con la foto que les hicieron a las dos en una boda hace una semana, en la que ella sale con una sonrisa boba porque Nnedi le dio un pellizco justo antes de que dispararan, las dos con trajes bañera de Ankara. Pegará fotos en las paredes del mercado y en las tiendas cercanas. No encontrará a Nnedi. Nunca la encontrará. Pero ahora dice a la mujer:
      —Nnedi y yo llegamos la semana pasada para ver a nuestra tía. Estamos de vacaciones.
      —¿Dónde estudiáis?
      —Estamos en la Universidad de Lagos. Yo estudio medicina, y Nnedi ciencias políticas.
      Chika se pregunta si la mujer sabe lo que significa ir a la universidad. Y se pregunta también si ha mencionado la universidad solo para alimentarse de la realidad que ahora necesita: que Nnedi no se ha perdido en un disturbio, que está a salvo en alguna parte, probablemente riéndose con la boca abierta a su manera relajada o haciendo una de sus declaraciones políticas. Sobre cómo el gobierno del general Abacha utiliza la política exterior para legitimarse a los ojos de los demás países africanos. O que la enorme popularidad de las extensiones de pelo rubio era consecuencia directa del colonialismo británico.
      —Solo llevamos una semana aquí con nuestra tía, ni siquiera hemos estado en Kano —dice Chika, y se da cuenta de lo que está pensando: su hermana y ella no deberían verse afectadas por los disturbios. Eso era algo sobre lo que leías en los periódicos. Algo que sucedía a otras personas.
      —¿Tu tía está en mercado? —pregunta la mujer.
      —No, está trabajando. Es la directora de la Secretaría.
      Chika vuelve a llevarse una mano a la frente. Se agacha hasta sentarse en el suelo, mucho más cerca de la mujer de lo que se habría permitido en circunstancias normales, para apoyar todo el cuerpo en la tela. Le llega el olor de la mujer, algo intenso como la pastilla de jabón con que la criada lava las sábanas.
      —Tu tía está en lugar seguro.
      —Sí —dice Chika. La conversación parece surrealista; tiene la sensación de estar observándose a sí misma—. Sigo sin creer que estoy en medio de un disturbio.
      La mujer mira al frente. Todo en ella es largo y esbelto, las piernas extendidas ante sí, los dedos de las manos con las uñas manchadas de henna, los pies.
      —Es obra del diablo —dice por fin.
      Chika se pregunta si eso es lo que piensan todas las mujeres de los disturbios, si eso es todo lo que ven: el diablo. Le gustaría que Nnedi estuviera allí con ella. Imagina el marrón chocolate de sus ojos al iluminarse, sus labios moviéndose deprisa al explicar que los disturbios no ocurren en un vacío, que lo religioso y lo étnico a menudo son politizados porque el gobernante está seguro si los gobernados hambrientos se matan entre sí. Luego siente una punzada de remordimientos y se pregunta si la mente de esa mujer es lo bastante grande para entenderlo.
      —¿Ya estás viendo a enfermos en la universidad? —pregunta la mujer.
      Chika desvía rápidamente la mirada para que no vea su sorpresa.
      —¿En mis prácticas? Sí, empezamos el año pasado. Vemos a pacientes del hospital clínico.
      No añade que a menudo le invaden las dudas, que se queda al final del grupo de seis o siete estudiantes, rehuyendo la mirada del profesor y rezando para que no le pida que examine un paciente y dé su diagnóstico diferencial.
      —Yo soy comerciante —dice la mujer—. Vendo cebollas.
      Chika busca en vano una nota de sarcasmo o reproche en su tono. La voz suena baja y firme, una mujer que dice a qué se dedica sin más.
      —Espero que no destruyan los puestos del mercado —responde; no sabe qué más decir.
      —Cada vez que hay disturbios destrozan el mercado.
      Chika quiere preguntarle cuántos disturbios ha presenciado, pero se contiene. Ha leído sobre los demás en el pasado: fanáticos musulmanes hausas que atacan a cristianos igbos, y a veces cristianos igbos que emprenden misiones de venganza asesinas. No quiere que empiecen a dar nombres.
      —Me arden los pezones como si fueran pimienta.
      Antes de que Chika pueda tragar la burbuja de sorpresa que tiene en la garganta y responder algo, la mujer se levanta la blusa y se desabrocha el cierre delantero de un gastado sujetador negro. Saca los billetes de diez y veinte nairas que lleva doblados en el sujetador antes de liberar los pechos.
      —Me arden como pimienta —repite, cogiéndoselos con las manos ahuecadas e inclinándose hacia Chika como si se los ofreciera.
      Chika se aparta. Recuerda la ronda en la sala de pediatría de hace una semana: su profesor, el doctor Olunloyo, quería que todos los alumnos oyeran el soplo al corazón en cuarta fase de un niño que los observaba con curiosidad. El médico le pidió a Chika que empezara y ella se puso a sudar con la mente en blanco, sin saber muy bien dónde estaba el corazón. Al final puso una mano temblorosa en el lado izquierdo de la tetilla del niño, y al notar bajo los dedos el vibrante zumbido de la sangre yendo en la otra dirección, se disculpó tartamudeando ante el niño, aunque él le sonreía.
      Los pezones de la mujer no son como los de ese niño. Son marrón oscuro, y están cuarteados y tirantes, con la areola de color más claro. Chika los examina con atención, los toca.
      —¿Tiene un bebé? —pregunta.
      —Sí. De un año.
      —Tiene los pezones secos, pero no parecen infectados. Después de dar de mamar debe aplicarse una crema. Y cuando dé de mamar, asegúrese de que el pezón y también lo otro, la areola, encajan en la boca del niño.
      La mujer mira a Chika largo rato.
      —La primera vez de esto. Tengo cinco hijos.
      —A mi madre le pasó lo mismo. Se le agrietaron los pezones con el sexto hijo y no sabía cuál era la causa, hasta que una amiga le dijo que tenía que hidratarlos —explica Chika.
      Casi nunca miente, y las pocas veces que lo hace siempre es por alguna razón. Se pregunta qué sentido tiene mentir, la necesidad de recurrir a un pasado ficticio parecido al de la mujer; Nnedi y ella son las únicas hijas de su madre. Además, su madre siempre tuvo a su disposición al doctor Iggokwe, con su formación y su afectación británicas, con solo levantar el teléfono.
      —¿Con qué se frota su madre el pezón? —pregunta la mujer.
      —Manteca de coco. Las grietas se le cerraron enseguida.
      —¿Eh? —La mujer observa a Chika más rato, como si esa revelación hubiera creado un vínculo—. Está bien, lo haré —Juega un rato con su pañuelo antes de añadir: —Estoy buscando a mi hija. Vamos al mercado juntas esta mañana. Ella está vendiendo cacahuetes cerca de la parada de autobús, porque hay mucha gente. Luego empieza el disturbio y yo voy arriba y abajo buscándola.
      —¿El bebé? —pregunta Chika, sabiendo lo estúpida que parece incluso mientras lo pregunta.
      La mujer sacude la cabeza y en su mirada hay un destello de impaciencia, hasta de cólera.
      —¿Tienes problema de oído? ¿No oyes lo que estoy diciendo?
      —Lo siento.
      —¡Bebé está en casa! Esta es mi hija mayor.
      La mujer se echa a llorar. Llora en silencio, sacudiendo los hombros, no con la clase de sollozos fuertes de las mujeres que conoce, que parecen decir a gritos: «Sujétame y consuélame porque no puedo soportar esto yo sola». El llanto de esta mujer es privado, como si llevara a cabo un ritual necesario que no involucra a nadie más.
      Más tarde Chika lamentará la decisión de haber dejado el barrio de su tía y haber ido al mercado con Nnedi en un taxi para ver un poco del casco antiguo de Kano; también lamentará que la hija de la mujer, Halima, no se haya quedado en casa esta mañana por pereza, cansancio o indisposición, en lugar de salir a vender cacahuetes.
      La mujer se seca los ojos con un extremo de la blusa.
      —Que Alá proteja a tu hermana y a Halima en un lugar seguro —dice.
      Y como Chika no está segura de lo que contestan los musulmanes y no puede decir «Amén», se limita a asentir. La mujer ha descubierto un grifo oxidado en una esquina de la tienda, cerca de los contenedores metálicos. Tal vez donde el dueño se lavaba las manos, dice, y explica a Chika que las tiendas de esa calle fueron abandonadas hace meses, después de que el gobierno ordenara su demolición por tratarse de estructuras ilegales. Abre el grifo y las dos observan sorprendidas cómo sale un pequeño chorro de agua. Marronosa y tan metálica que a Chika le llega el olor. Aun así, corre.
      —Lavo y rezo —dice la mujer en voz más alta, y sonríe por primera vez, dejando ver unos dientes uniformes con los incisivos manchados.
      En las mejillas le salen unos hoyuelos lo bastante profundos para tragarse la mitad de un dedo, algo insólito en una cara tan delgada. Se lava torpemente las manos y la cara en el grifo, luego se quita el pañuelo del cuello y lo pone en el suelo. Chika aparta la mirada. Sabe que la mujer está de rodillas en dirección a La Meca, pero no mira. Como las lágrimas, es una experiencia privada y le gustaría salir de la tienda. O poder rezar también y creer en un dios, una presencia omnisciente en el aire viciado de la tienda. No recuerda cuándo su idea de Dios no ha sido borrosa como el reflejo de un espejo empañado por el vaho, y no se recuerda intentando limpiar el espejo.
      Toca el anillo rosario que todavía lleva en el dedo, a veces en el meñique y otras en el índice, para complacer a su madre. Nnedi se lo quitó, diciendo con su risa gangosa: «Los rosarios son como pociones mágicas. No las necesito, gracias».
      Más tarde la familia ofrecerá una misa tras otra para que Nnedia aparezca sana y salva, nunca por el reposo de su alma. Y Chika pensará en esa mujer, rezando con la cabeza vuelta hacia el suelo polvoriento, y cambiará de parecer antes de decir a su madre que está malgastando el dinero con esas misas que solo sirven para engrosar las arcas de la iglesia.
      Cuando la mujer se levanta, Chika se siente extrañamente vigorizada. Han pasado más de tres horas e imagina que el disturbio se ha calmado, que los responsables ya están lejos. Tiene que irse, tiene que volver a casa y asegurarse de que Nnedi y su tía están bien.
      —Debo irme.
      De nuevo la cara de impaciencia de la mujer.
      —Todavía es peligroso salir.
      —Creo que se han marchado. Ya no huelo el humo.
      La mujer se sienta de nuevo sobre la tela sin decir nada. Chika la observa un rato, sintiéndose decepcionada sin saber por qué. Tal vez esperaba de ella una bendición.
      —¿Está muy lejos tu casa? —pregunta.
      —Lejos. Cojo dos autobuses.
      —Entonces volveré con el chófer de mi tía para acompañarte —dice Chika.
      La mujer desvía la mirada.
      Chika se acerca despacio a la ventana y la abre. Espera oír gritar a la mujer que se detenga, que vuelva, que no hay prisa. Pero la mujer no dice nada y Chika nota su mirada clavada en la espalda mientras sale. Las calles están silenciosas. Se ha puesto el sol y en la media luz crepuscular Chika mira alrededor, sin saber qué dirección tomar. Reza para que aparezca un taxi, ya sea por arte de magia, suerte o la mano de Dios. Luego reza para que Nnedi esté en ese taxi, preguntándole dónde demonios se ha metido y lo preocupados que han estado por ella. No ha llegado al final de la segunda calle en dirección al mercado cuando ve el cadáver. Apenas lo ve pero pasa tan cerca que le llega el calor. Acaban de quemarlo. El olor que desprende es repulsivo, a carne asada, no se parece a nada que haya olido antes.
      Más tarde, cuando Chika y su tía recorran todo Kano con un policía en el asiento delantero del coche con aire acondicionado de su tía, verá otros cadáveres, muchos carbonizados, tendidos a lo largo de las calles como si alguien los hubiera arrastrado y colocado cuidadosamente allí. Mirará solo uno de los cadáveres, desnudo, rígido, boca abajo, y se dará cuenta de que solo viendo esa carne chamuscada no puede saber si el hombre parcialmente quemado es igbo o hausa, cristiano o musulmán. Escuchará por la radio la BBC y oirá las descripciones de las muertes y del disturbio («religioso con un trasfondo de tensiones étnicas», dirá la voz). Y la arrojará contra la pared y una feroz cólera la inundará ante cómo han empaquetado, saneado y comprimido todos esos cadáveres en unas pocas palabras. Pero ahora, el calor que desprende el cadáver carbonizado está tan cerca, tan presente, que se vuelve y regresa corriendo a la tienda. Siente un dolor agudo en la parte inferior de la pierna mientras corre. Llega a la tienda y golpea la ventana, y no para de golpearla hasta que la mujer abre.
      Se sienta en el suelo y, a la luz cada vez más tenue, observa el hilo de sangre que le baja por la pierna. Los ojos le bailan inquietos en la cabeza. Esa sangre parece ajena a ella, como si alguien le hubiera embadurnado la pierna con puré de tomate.
      —Tu pierna. Tienes sangre —dice la mujer con cierta cautela.
      Moja un extremo de su pañuelo en el grifo y le lava el corte de la pierna, luego se lo enrolla alrededor y hace un nudo.
      —Gracias —dice Chika.
      —¿Necesitas ir al baño?
      —¿Al baño? No.
      —Los contenedores de allí los estamos utilizando como baños —explica la mujer.
      La lleva al fondo de la tienda y en cuanto llega a la nariz de Chika el olor, mezclado con el del polvo y el agua metálica, siente náuseas. Cierra los ojos.
      —Lo siento. Tengo el estómago revuelto. Por todo lo que está pasando hoy —se disculpa la mujer a sus espaldas.
      Luego abre la ventana, deja el contenedor fuera y se lava las manos en el grifo. Cuando vuelve, Chika y ella se quedan sentadas una al lado de la otra en silencio; al cabo de un rato oyen el canto ronco a lo lejos, palabras que Chika no entiende. La tienda está casi totalmente oscura cuando la mujer se tiende en el suelo, con solo la parte superior del cuerpo sobre la tela.
      Más tarde Chika leerá en The Guardian que «hay antecedentes de violencia por parte de los musulmanes reaccionarios hausaparlantes del norte contra los no musulmanes», y en medio de su dolor recordará que examinó los pezones y conoció la amabilidad de una musulmana hausa. Chika apenas duerme en toda la noche. La ventana está cerrada, el ambiente cargado, y el polvo, grueso y granulado, se le mete por las fosas nasales. No logra dejar de ver el cadáver ennegrecido flotando en un halo junto a la ventana, señalándola acusador. Al final oye a la mujer levantarse y abrir la ventana, dejando entrar el azul apagado del amanecer. Se queda un rato allí de pie antes de salir. Chika oye las pisadas de la gente que pasa por la acera. Oye a la mujer llamar a alguien, y una voz que se alza al reconocerla seguida de una parrafada en hausa rápido que no entiende.
      La mujer entra de nuevo en la tienda.
      —Ha terminado el peligro. Es Abu. Está vendiendo provisiones. Va a ver su tienda. Por todas partes hay policía con gas lacrimógeno. El soldado viene para aquí. Me voy antes de que el soldado empiece a acosar a todo el mundo.
      Chika se levanta despacio y se estira; le duelen las articulaciones. Caminará hasta la casa con verja de su tía porque no hay taxis por las calles, solo jeeps militares y coches patrulla destartalados. Encontrará a su tía yendo de una habitación a otra con un vaso de agua en la mano, murmurando en igbo una y otra vez: ¿Por qué os pedí a Nnedi y a ti que vinierais a verme? ¿Por qué me engañó de este modo mi chi? Y Chika agarrará a su tía con fuerza por los hombros y la llevará a un sofá.
      De momento se desata el pañuelo de la pierna, lo sacude como para quitar las manchas de sangre y se lo devuelve a la mujer.
      —Gracias.
      —Lávate bien —bien la pierna. Saluda a tu hermana, saluda a los tuyos —dice la mujer, enrollándose la tela a la cintura.
      —Saluda tú también a los tuyos. Saluda a tu bebé y a Halima.
      Más tarde, cuando vuelva andando a la casa de su tía, cogerá una piedra manchada de sangre seca y la sostendrá contra el pecho como un macabro souvenir. Y ya entonces, con una extraña intuición, sabrá que nunca encontrará a Nnedi, que su hermana ha desaparecido. Pero en ese momento se vuelve hacia la mujer y añade:
      —¿Puedo quedarme con su pañuelo? Está sangrando otra vez.
      La mujer la mira un momento sin comprender; luego asiente. Tal vez se percibe en su rostro el principio del futuro dolor, pero esboza una sonrisa distraída antes de devolverle el pañuelo y darse la vuelta para salir por la ventana.