Planeta de visiones

Ayer, en la Feria Internacional del Libro de Guadalajara, presentamos el libro de cuentos Las visiones de Edmundo Paz Soldán, recién publicado por Páginas de Espuma. En la presentación leí este texto y puse, para acompañar, la primera de las dos piezas que vienen en video al final de la nota. Después, Edmundo Paz Soldán mencionó la segunda como influencia de su libro y la puse también. Así que fue presentación con música.

Las visiones

Tengo que empezar por contar una historia sin relación aparente con este libro. En un momento les diré por qué.

En 2000, la Exposición Universal de Hannover, en la Alemania recién reunificada, quiso representar una promesa de futuro. Semejante promesa, entresacada de los acontecimientos políticos de la década anterior a partir de la caída del muro de Berlín y de las últimas reservas de optimismo del siglo XX, estaba a un año de quedar invalidada por los atentados terroristas de 2001. Tal vez en unas décadas se podrá argumentar, además, que el concepto de la Historia al que todavía apuntaba ese ánimo noventero, y que va también del triunfalismo de Francis Fukuyama hasta el mesianismo chic de Matrix, quedó definitivamente enterrado en este año, 2016, con la confirmación de que el orden neoliberal se cae a pedazos y de que sus convulsiones políticas recientes han destapado, además de la pobreza y la desigualdad que muchos no querían ver, un remanente que se creía eliminado de tribalismo, superstición y odio en casi todas partes.

El lema de la exposición de Hannover: “Mensch, Natur, Technik” (Hombre, naturaleza, tecnología), ya no puede leerse para invocar asociaciones reconfortantes. Por el contrario, las amenazas que sugiere ahora pueden llevar a pensar en mucho del fatalismo de la actualidad: que estamos yendo velozmente para atrás, que el péndulo de Vico está oscilando en dirección del caos, o incluso que éstas y otras metáforas para describir los vaivenes de la especie humana no sirven más y nos estamos adentrando, simplemente, en una etapa de oscuridad que no tiene precedentes.

En este contexto, es posible preguntarse por la ciencia ficción: esa vertiente de la narrativa de occidente que comenzó como promotora de las nociones de progreso de la Ilustración, se convirtió luego en crítica de esas mismas ideas y por fin, justamente con el cambio de siglo, ha sobrevivido incluso a su crisis como subgénero comercial y ha terminado como como un repertorio de conceptos, personajes y anécdotas que se pueden encontrar por todas partes de la cultura occidental, asimiladas a veces en imágenes irónicas, utopías del futuro que ahora se entienden como parte del pasado, o bien en las promesas de violencia y destrucción del nihilismo apocalíptico.

¿Tiene sentido todavía escribir una literatura que piense en lo que aún puede suceder, que especule sobre lo que todavía es posible a partir de la realidad del presente?

La respuesta es sí, por supuesto, pero se necesita hacerlo de otra forma. Las etiquetas llamadas géneros y subgéneros pierden su sentido con el tiempo aunque las obras que agrupan puedan sobrevivir, ser releídas y reinterpretadas. No se puede volver a creer ingenuamente en lo inevitable y benéfico del progreso tecnológico, pero tampoco hace falta encerrar la imaginación en los dos o tres moldes autorizados por la falta de imaginación de las grandes corporaciones de medios. Como ocurre en otras porciones de la literatura globalizada, algo de lo más interesante que todavía se escribe con esas herramientas de los géneros populares, desarrolladas y exportadas desde los países del primer mundo, ocurre fuera de ellos: de los países y hasta de la misma “literatura de género”. Por ejemplo, ocurre en la obra del narrador boliviano Edmundo Paz Soldán, que en pleno 2016 ha publicado un libro de cuentos habilitado por la ficción especulativa: que la emplea y la subvierte para adaptarla al mundo de ahora, titulado Las visiones.

El libro comenzó, según ha dicho su autor, a partir del trabajo de su novela Iris, que también se apropia de la ciencia ficción al inventarse un mundo entero para colocar en él una versión hipertrofiada de nuestro presente: una sociedad en guerra, en la que la violencia brutal es cotidiana y la religión pesa tanto o más que el saber científico, presentada además en un idioma de transición, que se aleja de los que conocemos en direcciones inesperadas igual que el nadsat de Anthony Burgess pero también del papiamento de Curaçao. Más que continuar la historia de Iris, sin embargo, Paz Soldán opta en Las visiones por hacer a un lado la trama y los personajes principales de la novela y construir en cambio cuentos independientes, ambientados en Iris pero que no requieren la lectura previa de la novela para ser comprendidos. Así evita caer en la trampa del llamado worldbuilding: la construcción de vastos entramados ficcionales, de listas de nombres y detalles que intentan rellenar todos los espacios de los mundos narrados en series populares y que vuelven a los lectores de éstas consumidores de minucias, receptores pasivos de más y más información trivial alrededor de una o dos historias que les gustaron hace mucho tiempo.

El efecto más notable que produce la lectura de Las visiones, de hecho, no es de familiaridad, como el que se produce al revisitar un mundo narrado que ya se conocía, sino el de extrañamiento. Más concretamente, extrañamiento no a causa de la rareza del entorno en el que ocurren las historias, sino al revés: extrañamiento por la cercanía que tienen todas ellas con nuestras experiencias cotidianas en este siglo XXI.

En el cuento que da título al libro, por ejemplo, un juez empieza a tener visiones, precisamente, de aquellos a quienes condenó de forma injusta, pero lo que queda de relieve es, sobre todo, la naturaleza y los pormenores de sus actos de corrupción. Sus actos no son diferentes de los de incontables figuras de autoridad entre nosotros, pero el verlos en un escenario parcialmente fantástico, ajeno, nos damos cuenta con más facilidad de lo monstruosos que son y de que, al contrario de lo que quisiéramos creer, no van necesariamente acompañados de introspección ni mucho menos de arrepentimiento:

Esa noche el Juez vio en un sueño a Enoichi, un irisino que un día fue a un mercado con un riflarpón y no descansó hasta matar a diecisiete pieloscuras. Enoichi asumió con orgullo la matanza y el Juez no tuvo reparos en condenarlo a muerte. En el sueño Enoichi se hallaba en un ataúd de cristal en un claro en el bosque y le pedía que lo rescatara. El Juez buscaba un hacha para romper el cristal cuando abrió los ojos y descubrió a Enoichi parado al lado de la cama como si estuviera velando su sueño. El Juez se sentó en la cama cubriéndose con una sábana y le preguntó vacilante qué quería.

Que vayas a lo más profundo del bosque y me entregues allá tu corazón.

Enoichi desapareció y el Juez se quedó en cama restregándose las palmas de las manos sin descanso, como si le escocieran. Ahora que le había tocado un asesino sin vueltas, descubría que las visiones no eran el recurso fácil de una conciencia culposa. Fokin creepshow. Ya lo sospechaba, porque en ningún momento se había sentido culpable, ni siquiera de los inocentes que encaminó a la prisión o a la muerte.

Nuestra época parece estar marcada por la llamada normalización de discursos oscurantistas: el debilitamiento de la indignación pública ante ideas que en otro tiempo nos hubieran parecido reprobables, como el racismo o las supersticiones anticientíficas, simplemente por verlas o escuchar sobre ellas de manera repetida en los medios. Estos cuentos van en contra de esta tendencia al asumir una postura moral –no moralizante– al presentar la venalidad, la tontería, la deshonestidad o la violencia. Los propios personajes dudan sobre sus acciones, o enfrentan sus consecuencias sin que el texto les dé tregua ni les permita minimizar lo que les sucede con salidas irónicas.

A la vez, Las visiones nunca olvida la mera humanidad de los sucesos que cuenta: la cercanía de lo terrible con nuestro propio ser, porque compartimos la humanidad con los villanos y los seres éticamente ambiguos igual que con los héroes. Así se puede ver en “Doctor An”, cuyo protagonista es un científico sin escrúpulos que experimenta en seres humanos y crea armas químicas y biológicas aterradoras. Aunque el texto menciona pormenores de su trabajo, se centra no en ellos sino en un colapso del personaje, que lo lleva a un último ataque destructor contra quienes lo rodean pero también a un recuerdo de extraña belleza: la vez que se enamoró de una colega y en mitad de un experimento con drogas ilegales:

Todos se quedaban cortos al hablar de ella, la doctora Miel, ése era su apodo, miel miel miel, tan guapa con ese cráneo brillante, un óvalo perfecto. Si le hubieran preguntado qué había en ella que no era suficiente para las palabras, él habría respondido, asumiendo los límites de cualquier historia que se contara sobre ella, recordando la vez en que ella apareció en una reunión con su equipo, una reunión en la que participaba el doctor An, y se metió a la boca un compuesto que acababan de procesar, tan poderoso que no había voluntarios para probarlo. Un compuesto que debía abducir el cerebro de quienes lo probaban y convertirlos en planta. El doctor An vio cómo se transformaba el rostro de la doctora Held, como si los músculos se hubieran soltado y los ojos se derramaran sobre sí mismos, y se enamoró de ella. Quiso seguirla, y probó el compuesto. Ver el mundo con los ojos de las plantas le había cambiado la vida. A veces charlaba con los arbustos en los jardines del lab. Se molestaba con los que pisaban el césped. Esa primera vez también había podido dialogar con la doctora Held, perdida ella como él en el nebuloso mundo de las plantas. Eran plantas de río, raíces subterráneas en las musgosas Aguas del Fin en el valle de Malhado, y se comunicaban su soledad. El doctor An se acostó poco después con la doctora Held. Fue un día después de que la amenazaran con suspenderla por los riesgos innecesarios que tomaba. Todas las veces que se acostó con ella, los dos eran plantas acuáticas. Se sentía bien estar ahí, meciéndose en la placidez del agua, aunque a veces, cuando no la encontraba, la angustia lo mordía y él pensaba que era el único habitante de un planeta desierto. Doctora Held, doctorita, docdocdoc, susurraba, y no había respuesta. Doctora Held, nos vemos nel otro mundo, decía, pero luego ella aparecía y le tocaba las manos frías, era una planta carnívora decía, eres mío mío, y luego insistía en que no había otro mundo, todo todo es neste. (…)

Y ahora, ¿por qué empecé hablando de la Expo de Hannover? Hay que recordar la canción promocional de la Expo, que fue encargada a Kraftwerk, el más influyente entre los grupos pioneros de la música electrónica de la segunda mitad del siglo XX. Debía ser un jingle de pocos segundos, pero la banda encabezada por Ralf Hütter eligió hacer una composición más larga. El resultado suena exactamente a su tiempo: la canción tiene las texturas clásicas de la música de Kraftwerk, sin grandes variaciones pese a haber sido compuesta décadas después de los álbumes más influyentes del grupo; su fascinación con las posibilidades de la técnica es encantadora y anacrónica. Más aún, una de las frases en la letra: “Planet der Visionen” (Planeta de visiones), va de hecho más atrás en el pasado, hacia la poesía de comienzos del siglo XX y su obsesión con el movimiento –que entonces se consideraba vertiginoso, avasallador– de la modernidad. Entonces no nos dimos cuenta, pero aquellas últimas apariciones de la idea añeja del progreso ni siquiera estaban mirando realmente hacia delante, sino a un futuro que ya era viejo.

Lo que estaba delante entonces –y que nadie vio con claridad– es, de hecho, el día de hoy. Este momento. Inesperado, complejo, turbador, fascinante como los cuentos de Edmundo Paz Soldán. Pero con él, al igual que con otros, podríamos tener aún la oportunidad de comprenderlo y no sólo de dejarnos aplastar por su embestida. Esta posibilidad es el verdadero planeta de Las visiones.

Este fue el momento en el que puse "Expo 2000" de Kraftwerk para acompañar lo que dije sobre el Planeta de Visiones. Foto de Gaby Silva.
Este fue el momento en el que puse “Expo 2000” de Kraftwerk para acompañar lo que dije sobre el Planeta de Visiones. Foto de Gaby Silva.

“Expo 2000” de Kraftwerk:

“Johnny B” de Él Mató a un Policía Motorizado:

Ciencia ficción

Cómo cambian los tiempos. Acaba de aparecer este artículo de Fernando Iwasaki sobre la relación entre la humanidad y la tecnología, y el texto, que pasa por varias obras importantes de la ciencia ficción, incluye este pasaje:

[fusion_builder_container hundred_percent=”yes” overflow=”visible”][fusion_builder_row][fusion_builder_column type=”1_1″ background_position=”left top” background_color=”” border_size=”” border_color=”” border_style=”solid” spacing=”yes” background_image=”” background_repeat=”no-repeat” padding=”” margin_top=”0px” margin_bottom=”0px” class=”” id=”” animation_type=”” animation_speed=”0.3″ animation_direction=”left” hide_on_mobile=”no” center_content=”no” min_height=”none”][…] abundan sofisticadas ficciones distópicas que fantasean que el futuro será de las máquinas porque los hombres se convertirán en cyborgs, androides o en torrentes de energía que fluirán de un cuerpo a otro como en el universo de Matrix. No espero otra cosa de un europeo, un japonés o un gringo, pues hasta las vidas artificiales que crean para sus novelas y películas son perfectas, infalibles y desarrolladas. […] Por el contrario, cuando el escritor o director de cine es hondureño, paraguayo o argentino, el peligro de sus robots consiste en que se pudran, se malogren o que exploten cuando sus cables mal empalmados entren en contacto. Los robots no tienen identidad, pero tienen made in, que es peor. Pienso en las literarias criaturas mecánicas de mi paisano Carlos Yushimito, del boliviano Edmundo Paz Soldán o de los mexicanos Alberto Chimal y Ricardo Guzmán Wolffer, todos a años luz de Ultrón o de los secuaces de Megatrón […] porque en lugar de sobrepasar las cualidades humanas representan el límite las capacidades humanas. Es decir, que son “discontinuados” como mi Windows XP, mi vieja Blackberry, mi Word 2003 y mi Eudora 5.1, el programa de correo que utilizo desde 1995. Como cualquier usuario digital deseo velocidad, multifunción y wifi permanente; pero esa agónica expectativa ya no es “humana” sino “robótica”, y por eso —en cierta forma— debo tener algo de robot, como todo el mundo. El problema es que ese “algo” [debe] la íntima certeza de ser anticuado, obsoleto y discontinuado, como los robots de Chimal y Yushimito.

Creo que Iwasaki tiene razón, y por supuesto me da gusto que mencione mi trabajo. Lo que me quisiera subrayar es esto: hace veinte años una mención así habría sido impensable.

Acá en México, y en el resto de América Latina, todavía se aprende en muchos lugares el desprecio contra cualquier forma de escritura que se aparte de ciertas normas tradicionales (la ficción especulativa es sólo una de esas corrientes “inapropiadas”). Todavía es popular el cliché de afirmar la calidad de ciertas obras diciendo que “trascienden”, “superan”, “dejan atrás” –o cualquier otra frase por el estilo– a tal o cual “género”. La literatura de verdad no tiene género, parecen decir, y esto suena muy extraño hasta que se comprende que, en esos contextos,  “género” es en realidad una marca de clase, definida arbitrariamente y en la que no se profundiza porque no se cree necesario: basta verla en alguien, o imponérsela, para discriminarlo, como sucedía con las estrellitas de tela amarilla en el gueto de Varsovia. “Tengo amistades que escriben de género”, dicen algunos para sentirse incluyentes.

Y sin embargo, las piedras de la pirámide ancestral del canon literario sí se han desgastado un poco. No sólo Iwasaki puede publicar su artículo sin que nadie se enoje con él; algunos colegas incluso más interesados en la ficción especulativa que yo o que Ricardo publican su trabajo y tienen lectores (véase, por ejemplo, la buena acogida que ha tenido la obra de otro amigo querido: Bernardo Fernández Bef), e incluso empieza a haber discusiones, más allá de autores y aficionados, sobre la ciencia ficción como una herramienta para pensar en las transformaciones tecnológicas y sociales del presente.

Estas discusiones llegan aquí varias décadas (o siglos) después de que comenzaran en otros lugares, pero no importa. Lo mejor es que, cuando se entablan de forma seria, no tienen nada que ver con la otra acepción perversa de la palabra “género”, que se refiere al conjunto de características reconocibles de un producto hecho para el consumo acrítico de tal o cual grupo de aficionados. Aunque esta época es de un consumismo todavía más feroz que el de hace diez o veinte años –y una cultura del fandom más cerrada e infantilizada que nunca–, probablemente no se repetirá lo que me pasó, también en los años noventa, en una “convención” de literatura “de género” después de haber participado con otras personas en una lectura de textos propios.

Terminado el evento, y como en un chiste, llego hasta donde están tres autores, o fans, de diferentes “géneros.” Y entonces:

YO: ¿Qué les pareció?

AUTOR O FAN DEL “GÉNERO” DE CIENCIA FICCIÓN: Bien, pero tu cuento no es de ciencia ficción, ¿no? No das datos duros. Es más bien de fantasía.

YO: Pues…

AUTOR O FAN DEL “GÉNERO” DE FANTASÍA (al otro autor o fan): No, porque era de época actual. Habría tenido que ser algo más medieval. (A mí.) Era más bien de horror, ¿no?

YO: Bueno…

AUTOR O FAN DEL “GÉNERO” DE HORROR (que había estado distraído): Estuvo bien, pero a mí no me gusta la ciencia ficción. Tú escribes ciencia ficción. ¿No? ¿O el personaje era vampiro?

YO: …

Ninguno de ellos, claro, me dejó con el menor deseo de ajustar mi trabajo a sus expectativas. Pero por mucho tiempo dio la impresión de que nunca habría nada más que las lecturas estrechas de uno u otro lado para los que teníamos la mala fortuna de haber recibido la etiqueta de “raros” en este país conservador y subdesarrollado. Me alegra ver que, al menos en parte, me equivoqué.

Además, véase la sincronicidad: mientras Iwasaki escribía su artículo, a mí me invitaron a publicar un cuento expresamente de ciencia ficción, sin restricciones y con plena confianza. Fue la primera vez en treinta años que me planteé escribir algo desde cierta idea de “género”. Cómo cambian los tiempos.

Ser digital, o uno mismo en plan de ciencia ficción.
Uno en plan Sci-Fi.
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Cuento mutante

Una persona me dijo que mis cuentos le parecían excelentes. Inmediatamente después comentó que por otro lado, bueno, el cuento es un género muerto, que nadie lee y a nadie interesa. Un arte obsoleto y un desperdicio de tiempo y dinero. ¿Yo no escribía novelas por terquedad?, me preguntó. ¿O más bien era que lo había intentado y no me salían?
      Inmediatamente después, esa persona entendió que había metido la pata: vi su pensamiento. Y puso cara de no saber cómo reparar la ofensa. Pero como seguía pensando lo mismo (se veía) lo dejé fingir un poco más (y no le dije que ya tenía una novela publicada; ¿para qué?).

* * *

Luvina 59. Clic para ampliar

Tengo la idea de que todavía se puede hacer mucho con el cuento. No es por justificar algunos años de trabajo, que según la persona de la que escribí arriba se habrían malgastado estúpidamente: el equipo de la revista Luvina, de la Universidad de Guadalajara, la tiene también y la carrera de la revista ha sido brillante a lo largo de sus varias épocas.
      Luvina, dirigida por Silvia Eugenia Castillero, ha dedicado su número más reciente (el 59, subtitulado Cuento mutante) al cuento. Es un número extragrande, con más de doscientas páginas: una antología de la narrativa breve actual en español con muestras de una veintena de autores, desde Daniel Sada, Esther Seligson, Ana María Shua y Edmundo Paz Soldán hasta Antonio Ortuño, Arturo Vallejo y Cristina Rivera Garza.

Parte del índice de Luvina 59.
Clic para ampliar

Tengo el gusto curioso de haber dado nombre a este número: el único ensayo publicado en él lo escribí yo, se titula “Manifiesto del cuento mutante” y apunta al modo en el que el cuento se transforma en la época presente, como no ha dejado de hacerlo en toda su historia (la novela como la entendemos ahora, de hecho, se deriva en parte de las colecciones de cuentos de la Edad Media: el cuento es muy anterior a la novela, y no al revés como creen algunos).
      Pronto publicaré el “Manifiesto” entero aquí en Las Historias; mientras –para que se animen a conseguir la revista completa: a tener el objeto en sus manos–, una muestra:

Primera página del Manifiesto del cuento mutante.
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Actualización: No es lo mismo, realmente no es lo mismo, pero Luvina 59 se puede leer entera aquí.

* * *

Todas estas cuestiones desde luego, no sólo son literarias (es decir, ajenas a lo que un país como éste considera realmente importante) sino que implican un trayecto cuesta arriba y entre piedras dentro del propio mundo literario. Dos ejemplos recientes:

1. Mi querido amigo Bernardo Fernández (Bef) ha publicado en su blog un resumen de las reglas para escritores propuestas por Robert A. Heinlein y modificadas por Robert Sawyer. Si bien los consejos son útiles, uno de los comentarios al margen sugiere que para ser escritor profesional en el país es necesario escribir novelas. Ese comentario necesita discutirse porque implica muchísimo más (y muchísimo con lo que, ni modo, disiento).

2. Por Ernesto Priego he sabido de la nueva editorial Underwood, cuyo fin es difundir cuentos en un tirajes limitado y un formato rarísimo: retro-audiolibros, grabaciones en discos de vinil de los autores leyendo sus textos. La editorial toma su nombre, claro, de la empresa centenaria de máquinas de escribir. Y si su idea de un libro-objeto que descansa por completo en una base material cuya realidad es ineludible (¿cuántas personas podrán escuchar los cuentos en sus tornamesas?) me parece admirable, también se pueden prever los chistes fáciles sobre caducidad y obsolescencia.

Todas estas cuestiones implican dificultades pero no importa, desde luego.

Fotograma de In Absentia (2001) de Stephen y Timothy Quay

Hoy en la noche, ciencia ficción en Entrelíneas

Para hablar de premuras: hoy a las 20:00, programa Entrelíneas de Canal 22 (que comienza nueva temporada) tratará el tema de la ciencia ficción e incluirá varios segmentos interesantes; tuve el gusto de participar en dos de ellos… y no podré sintonizar el programa por razones que no vienen al caso, de modo que si lo ven y me cuentan les estaré muy agradecido.

He aquí el boletín. Saludos a todos.

Hoy inicia la cuarta temporada del programa Entrelíneas de Canal 22 a la 20 hrs.

Ciencia Ficción

Grandes escritores han confesado que su primer acercamiento a la literatura fue a través del género de la Ciencia Ficción. Y cuando escuchamos este término pensamos en naves espaciales, invasiones alienígenas, robots y clones. Pero, en “Entrelíneas” nos propusimos buscar qué hay más allá de los mitos de la Ciencia Ficción: indagar sobre la condición del hombre y su futuro. Así que, Edmundo Paz Soldán, José Gordon, Alberto Chimal y José Agustín, grandes lectores de este género, nos acompañan.

Por otro lado, Silvina Espinosa de los Monteros, convoca en la “Cita textual” a una discusión sobre la Ciencia Ficción Mexicana. Y, también, en nuestra nueva sección de “Casa tomada”, husmeamos en la biblioteca de Julieta Fierro, astrónoma.

Contamos con las colaboraciones de Daniela Bojórquez, Mayra González y Jorge Gudiño, y Mariana Linares.
Conducen Fátima López y Diego Rabasa, desde el Espacio Escultórico de la UNAM, para abrir nuestra nueva temporada.