Basta

Hace unos días, el 15 de abril de 2018, se cumplieron 140 años del nacimiento de Robert Walser (1878-1956), narrador suizo y autor de culto, gran observador de lo más pequeño, lo inmediato, lo insignificante de la existencia. Aunque este sitio sigue en reparación, la ocasión es buena para publicar un relato suyo. En él apenas sucede nada, como suele pasar en Walser, más allá de la reflexión, el paseo a través de la conciencia como a través del mundo, pero es suficiente para que el autor, disfrazado de personaje, describa y condene de manera brutal el conformismo de su época (y de la nuestra).
      “Basta” apareció, en un sitio que ya no está en línea, traducido por Harriet Quint a partir de la versión original en alemán. Ésta, con el mismo título, aparece en un tomo de las Obras completas de Walser publicado por la editorial alemana Suhrkamp en 1985.

BASTA
Robert Walser

Yo nací en tal y tal fecha, me educaron aquí y allá, fui como es debido a la escuela, soy eso y aquello, me llamo así y asá, y no pienso mucho. Soy hombre; desde el punto de vista civil soy un buen ciudadano y provengo de buena clase. Soy un miembro limpiecito, callado y simpático de la sociedad humana, un así llamado buen ciudadano, me gusta tomar mi cerveza con medida, y no pienso mucho. Es evidente que me encanta comer bien y también es evidente que las ideas me son ajenas. El pensar con agudeza me es totalmente ajeno, las ideas me son completamente ajenas, y por eso soy un buen ciudadano, porque un buen ciudadano no piensa mucho. Un buen ciudadano come su comida y con eso ¡basta!
      No me rompo mucho la cabeza, eso se lo dejo a otros. El que se rompe la cabeza se hace odioso; el que piensa mucho es visto como una persona desagradable. Julio César a su vez, señalaba con su dedo gordo al ojeroso de Casio, al que le tenía miedo, porque suponía que tenía ideas. Un buen ciudadano no debe despertar miedo y sospechas; pensar mucho no es asunto suyo. El que piensa mucho es mal visto, y es completamente innecesario hacerse impopular. Dormir y roncar es mucho mejor que pensar y crear. Nací en tal y tal fecha, fui aquí y allá a la escuela, leo ocasionalmente este y aquel periódico, ejerzo esa y aquella profesión, tengo esa y aquella edad, parece ser que soy un buen ciudadano y parece que me gusta comer bien. No me esfuerzo mucho en pensar, eso se lo dejo a otros. Romperme la cabeza no es de mi incumbencia, porque al que piensa mucho, le duele la cabeza, y los dolores de cabeza son completamente innecesarios. Dormir y roncar es mucho mejor que romperse la cabeza, y una cerveza tomada con medida es mucho mejor que pensar y crear. Las ideas me son totalmente ajenas, y no me quiero romper la cabeza bajo ninguna circunstancia, eso se lo dejo a los gobernantes. Por eso soy un buen ciudadano, para tener mi tranquilidad, para no tener que usar la cabeza, para que las ideas me sean completamente ajenas, y para no angustiarme, si es que acaso, llego a pensar mucho. Tengo miedo de pensar con agudeza. Si trato de pensar con agudeza empiezo a ver estrellas. Mejor me tomo una buena cerveza y dejo cualquier forma de pensamiento agudo a los líderes gubernamentales. Por mi parte, los hombres de Estado pueden pensar tan agudamente como quieran, y durante mucho tiempo hasta que se les llegue a romper la cabeza. Siempre veo estrellas cuando uso mi cabeza, y eso no es bueno, y por eso me esfuerzo lo menos que puedo y me quedo de lo lindo sin cabeza y sin pensamientos. Si solamente los hombres de Estado pensaran hasta ver estrellas y les reventara la cabeza, todo estaría perfecto y la gente como yo podría tomar su cerveza de manera moderada, tener preferencia por comida buena, dormir bien y roncar en la noche, suponiendo que dormir y roncar sea mucho mejor que romperse la cabeza y mejor que pensar y crear. El que usa la cabeza sólo se hace odioso, y el que difunde opiniones e intenciones es considerado una persona desagradable; un buen ciudadano no debe ser desagradable sino agradable. Con toda la tranquilidad del mundo, dejo el pensar agudo y fatigante a los líderes de Estado, porque gente como yo sólo somos miembros sólidos e insignificantes de la sociedad, un así llamado buen ciudadano o burgués de miras estrechas al que le gusta tomar su cerveza con medida y le gusta comerse su linda comida grasosa y con eso ¡basta!
      Que los hombres de Estado piensen hasta que confiesen que ven estrellas y les duele la cabeza. Un buen ciudadano nunca debe tener dolores de cabeza, al contrario, siempre debe disfrutar su cerveza tomada con medida y debe dormir suave y roncar en las noches. Me llamo así y asá, nací en tal y tal fecha, en este y aquel lugar me mandaron debidamente a la escuela, leo ocasionalmente este y aquel periódico, de profesión soy eso o aquello, tengo esa y aquella edad, y renuncio a pensar mucho y con esmero, porque el dolor de cabeza y el esfuerzo se los dejo con gusto a las cabezas líderes que se sienten responsables. Gente como yo no siente responsabilidad alguna porque le gusta tomar su cerveza con medida y no piensa mucho; deja esta particular diversión a las cabezas que llevan la responsabilidad. Fui aquí y allá a la escuela, donde me obligaron a usar mi cabeza, a la que desde entonces nunca más esforcé en lo más mínimo y tampoco he empleado. Nací en tal y tal fecha, tengo este y aquel nombre, no tengo responsabilidad y de ninguna manera soy único en mi especie. Afortunadamente hay muchos como yo, los que disfrutan de su cerveza tomada con medida, que al igual que yo piensan poco y no les gusta romperse la cabeza, que mejor dejan eso con gusto a otras personas, como por ejemplo a hombres de Estado. A mí, miembro callado de la sociedad, pensar con agudeza me es ajeno, afortunadamente no sólo a mí, sino que a legiones de aquellos, que como yo, les encanta comer bien y no piensan mucho, tienen esa y aquella edad, fueron educados aquí y allá, son miembros pulcros de la sociedad y, como yo, buenos ciudadanos, a los que pensar con agudeza les es ajeno como a mí, y con eso ¡basta!

#Escritura2018: cinco argumentos difíciles

Después de una pausa, seguimos con la serie de ejercicios semanales, no obligatorios, para quienes quieran practicar diferentes aspectos concretos del proceso de escritura. Esta semana, para compensar un poco: cinco argumentos difíciles para cuentos.

¿Por qué son difíciles? Porque de alguna manera u otra se apartan de algún lugar común, una idea que por emplearse con frecuencia parece volverse más fácil de realizar. A ver si alguno les resulta útil.

1. Una pareja pelea y se separa por una discusión acerca de un tema aparentemente banal: las posiciones de ambas personas son irreconciliables y no lo sabían.

2. Un día en la vida de uno de los doce apóstoles del Nuevo Testamento, en el que le ocurra algo crucial y sin relación alguna con Cristo. (Mucho mejor si es estrictamente realista.)

3. Lolita de Nabokov desde el punto de vista de Charlotte Haze (la madre de Lolita).

4. Un relato de crecimiento cuyo final feliz llega a) sin violencia y b) tras el reconocimiento de una mala acción contra una mujer por parte del protagonista masculino.

5. Un cuento de horror sobrenatural, de estilo gótico, que suceda de día y en un espacio abierto.

Suerte si se animan a intentarlos. 🙂

Como los demás, este ejercicio se puede realizar en privado –escrito en una libreta, por ejemplo– o publicar en algún espacio en línea. También se puede enlazar, si se desea, en los comentarios de esta nota, o colocarse allí directamente.

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Por si les interesa, hay más publicaciones de #Escritura2018 en el grupo de Facebook que hemos creado para ello, así como en Twitter, el sitio de Raquel y nuestro canal de YouTube (en el que está, ya, una colección de todos los videos realizados sobre #Escritura2017 el año pasado, y otra con los videos de 2018).

El mortal inmortal

Este año se cumplen 200 de la aparición de la novela Frankenstein (1818), una de las novelas más influyentes de la cultura occidental, obra de la escritora inglesa Mary Shelley (1797-1851). Ésta fue editora, articulista y pensadora política además de narradora. “The Mortal Immortal” –publicado en 1833 en el anuario literario The Keepsake– es una muestra de un tema importante de su obra: los cambios de perspectiva que implican las situaciones extraordinarias, y que pueden llevar a quienes los experimentan a comprender de otra manera a sí mismos y a quienes los rodean. Winzy, el protagonista, gana por accidente la inmortalidad, y descubre que lo que le parecía una bendición se convierte en una tortura, al obligarlo a la soledad y el alejamiento del resto de los seres humanos. Esta versión anda circulando por la red sin crédito de traductor y la revisaré un poco en las semanas por venir.

EL MORTAL INMORTAL
Mary Shelley

Día 16 de julio de 1833. Éste es un aniversario memorable para mí; ¡hoy cumplo trescientos veintitrés años!
      ¿El Judío Errante?… Seguro que no. Más de dieciocho siglos han pasado por encima de su cabeza. En comparación con él, soy un Inmortal muy joven.
      ¿Soy, entonces, inmortal? Ésa es una pregunta que me he formulado a mí mismo, día y noche, desde hace trescientos tres años, y aún no conozco la respuesta. He detectado una cana entre mi pelo castaño, hoy precisamente. Eso significa, con toda seguridad, deterioro. Pero puede haber permanecido escondida ahí durante trescientos años; a algunas personas se les vuelve completamente blanco el cabello antes de los veinte años de edad.
      Contaré mi historia, y que el lector juzgue por mí. Al menos, así conseguiré pasar algunas horas de una larga eternidad que se me hace tan tediosa. ¡Eternamente! ¿Es eso posible? ¡Vivir eternamente! He oído de encantamientos en los cuales las víctimas son sumidas en un profundo sueño, para despertar, tras un centenar de años, tan frescas como siempre; he oído hablar de los Siete Durmientes… De modo que ser inmortal no debería ser tan opresivo para mí; pero, ¡ay!, el peso del interminable tiempo…, ¡el tedioso pasar de la procesión de las horas! ¡Qué feliz fue el legendario Nourjahad! Mas en cuanto a mí…
      Todo el mundo ha oído hablar de Cornelius Agrippa. Su recuerdo es tan inmortal como su arte me ha hecho a mí. Todo el mundo ha oído hablar también de su discípulo, que, descuidadamente, dejó en libertad al espíritu maligno durante la ausencia de su maestro y fue destruido por él. La noticia de este accidente, verdadera o falsa, le ocasionó muchos problemas al renombrado filósofo.
      Todos sus discípulos le abandonaron, sus sirvientes desaparecieron… Se encontró sin nadie que fuera añadiendo carbón a sus permanentes fuegos mientras él dormía, o vigilara los cambios de color de sus medicinas mientras él estudiaba. Experimento tras experimento fracasaron, porque un par de manos eran insuficientes para completarlos; los espíritus tenebrosos se rieron de él por no ser capaz de retener a un solo mortal a su servicio.
      Yo era muy joven por aquel entonces —y muy pobre—, y estaba muy enamorado. Había sido durante casi un año pupilo de Cornelius, aunque estaba ausente cuando aquel accidente tuvo lugar. A mi regreso, mis amigos me imploraron que no regresara a la morada del alquimista. Temblé al escuchar el terrible relato que me hicieron; no necesité una segunda advertencia. Y cuando Cornelius vino y me ofreció una bolsa de oro si me quedaba bajo su techo, sentí como si el propio Satán me estuviera tentando. Mis dientes castañetearon, todo mi pelo se erizó, y eché a correr tan rápido como mis temblorosas rodillas me lo permitieron.
      Mis vacilantes pies se dirigieron hacia el lugar al que durante dos años se habían sentido atraídos cada atardecer…, un agradable arroyo espumeante de cristalina agua, junto al cual paseaba una muchacha de pelo oscuro, cuyos radiantes ojos estaban fijos en el camino que yo acostumbraba a recorrer cada noche. No puedo recordar un momento en que no haya estado enamorado de Bertha; habíamos sido vecinos y compañeros de juegos desde la infancia.
      Sus padres, al igual que los míos, eran humildes pero respetables, y nuestra mutua atracción había sido una fuente de placer para ellos.
      En una aciaga hora, sin embargo, una fiebre maligna se llevó a la vez a su padre y a su madre, y Bertha quedó huérfana. Hubiera hallado un hogar bajo el techo de mis padres pero, desgraciadamente, la vieja dama del castillo cercano, rica, sin hijos y solitaria, declaró su intención de adoptarla. A partir de entonces Bertha se vio ataviada con sedas y viviendo en un palacio de mármol, y parecía como si hubiera sido altamente favorecida por la fortuna. No obstante, pese a su nueva situación y sus nuevas relaciones, Bertha permaneció fiel al amigo de sus días humildes. A menudo visitaba la casa de mi padre, y aun cuando tenía prohibido ir más allá, con frecuencia se dirigía paseando hacia el bosquecillo cercano y se encontraba conmigo junto a aquella umbría fuente.
      Solía decir que no sentía ninguna obligación hacia su nueva protectora que pudiera igualar a la devoción que la unía a nosotros.
      Sin embargo, yo seguía siendo demasiado pobre para poder casarme, y ella empezó a sentirse incomodada por el tormento que sentía en relación a mí. Tenía un espíritu noble pero impaciente, y cada vez se mostraba más irritada por los obstáculos que impedían nuestra unión. Ahora nos reuníamos tras una ausencia por mi parte, y ella se había sentido sumamente acosada mientras yo estaba lejos.
      Se quejó amargamente, y casi me reprochó el ser pobre. Yo repliqué rápidamente:
      —¡Soy pobre pero honrado! Si no lo fuera, muy pronto podría ser rico.
      Esta exclamación acarreó un millar de preguntas. Temí impresionarla demasiado revelándole la verdad, pero ella supo sacármela; y luego, lanzándome una mirada de desdén, dijo:
      —¡Pretendes amarme, y temes enfrentarte al demonio por mí!
      Protesté que solamente había temido ofenderla a ella, mientras que ella no hacía más que hablar de la magnitud de la recompensa que yo iba a recibir. Así animado —y avergonzado por ella—, y empujado por mi amor y por la esperanza y riéndome de mis anteriores miedos, regresé a paso rápido y con el corazón ligero a aceptar la oferta del alquimista, e instantáneamente me vi instalado en mi puesto.
      Transcurrió un año. Ya era poseedor de una suma de dinero para nada insignificante. El hábito había hecho desvanecerse mis temores. Pese a toda mi atenta vigilancia, jamás había detectado la huella de un pie hendido; ni el estudioso silencio ni nuestra morada fueron perturbados jamás por aullidos demoníacos.
      Yo seguí manteniendo mis entrevistas clandestinas con Bertha, y la esperanza nació en mí… La esperanza, pero no la alegría perfecta, porque Bertha creía que amor y seguridad eran enemigos, y se complacía en dividirlos en mi pecho. Aunque de buen corazón, era en cierto modo de costumbres coquetas; y yo me sentía tan celoso como un turco. Me despreciaba de mil maneras, sin querer aceptar nunca que estaba equivocada. Me volvía loco de irritación, y luego me obligaba a pedirle perdón. A veces me reprochaba que yo no era suficientemente sumiso, y luego me contaba alguna historia de un rival, que gozaba de los favores de su protectora. Estaba rodeada constantemente por jóvenes vestidos de seda, ricos y alegres.
      ¿Qué posibilidades tenía el ayudante de Cornelius, pobremente vestido, comparado con ellos?
      En una ocasión, el filósofo exigió tanto de mi tiempo que no pude ir al encuentro de Bertha como era mi costumbre. Estaba dedicado a algún trabajo importante, y me vi obligado a quedarme, día y noche, alimentando sus hornos y vigilando sus preparaciones químicas. Mi amada me aguardó en vano junto a la fuente. Su espíritu altivo llameó ante este abandono; y cuando finalmente pude salir, robándole unos pocos minutos al tiempo que se me había concedido para dormir, y confié en ser consolado por ella, me recibió con desdén, me despidió despectivamente y afirmó que ningún hombre que no pudiera estar por ella en dos lugares a la vez poseería jamás su mano. ¡Se desquitaría de aquello! Y realmente lo hizo.
      En mi sucio retiro oí que había estado cazando, escoltada por Albert Hoffer. Albert Hoffer era uno de los favorecidos por su protectora, y los tres pasaron cabalgando junto a mi ahumada ventana.
      Me parece que mencionaron mi nombre; fue seguido por una carcajada de burla, mientras los oscuros ojos de ella miraban desdeñosos hacia mi morada.
      Los celos, con todo su veneno y toda su miseria, penetraron en mi pecho. Derramé un torrente de lágrimas, pensando que nunca podría proclamarla mía; y luego maldecí un millar de veces su inconstancia. Pero mientras tanto, seguí avivando los fuegos del alquimista, seguí vigilando los cambios de sus incomprensibles medicinas.
      Cornelius había estado vigilando también durante tres días y tres noches, sin cerrar los ojos. Los progresos de sus alambiques eran más lentos de lo que esperaba; pese a su ansiedad, el sueño pesaba sobre sus ojos. Una y otra vez arrojaba la somnolencia lejos de sí, con una energía más que humana; una y otra vez obligaba a sus sentidos a permanecer alertas. Contemplaba anhelante sus crisoles.
      —Aún no están a punto —murmuraba—. ¿Deberá pasar otra noche antes de que el trabajo esté realizado? Winzy, tú sabes estar atento, eres constante… Además, la noche pasada dormiste. Observa esa redoma de cristal. El líquido que contiene es de un color rosa suave; en el momento en que empiece a cambiar de aspecto, despiértame… Hasta entonces podré cerrar un momento los ojos.
      »Primero debe volverse blanco, y luego emitir destellos dorados; pero no aguardes hasta entonces; cuando el color rosa empiece a palidecer, despiértame”.
      Apenas oí las últimas palabras, murmuradas casi en medio del sueño. Sin embargo, dijo aún:
      —Y Winzy, muchacho, no toques la redoma… No te la lleves a los labios; es un filtro…, un filtro para curar el amor. No querrás dejar de amar a tu Bertha… ¡Cuidado, no bebas!
      Y se durmió. Su venerable cabeza se hundió en su pecho, y yo apenas oí su regular respiración. Durante unos minutos observé las redomas…; la apariencia rosada del líquido permanecía inamovible.
      Luego mis pensamientos empezaron a divagar… Visitaron la fuente, y se recrearon en un millar de agradables escenas que ya nunca volverían… ¡Nunca! Serpientes y víboras anidaron en mi cabeza mientras la palabra «¡Nunca!» se semiformaba en mis labios. ¡Mujer falsa! ¡Falsa y cruel! Nunca me sonreiría a mí como aquella tarde le había sonreído a Albert. ¡Mujer despreciable y ruin! No me quedaría sin vengarme… Haría que viera a Albert expirar a sus pies; ella no era digna de morir a mis manos. Había sonreído desdeñosa y triunfante… Conocía mi miseria y su poder. Pero ¿qué poder tenía?… El poder de excitar mi odio, todo mi desprecio, mi… ¡Todo menos mi indiferencia! Si pudiera lograr eso…, si pudiera mirarla con ojos indiferentes, transferir mi rechazado amor a otro más real y merecido… ¡Eso sería una auténtica victoria!
      Un resplandor llameó ante mis ojos. Había olvidado la medicina del adepto. La contemplé maravillado: destellos de admirable belleza, más brillantes que los que emite el diamante cuando los rayos del sol penetran en él, resplandecían en la superficie del líquido; un olor de entre los más fragantes y agradables inundó mis sentidos. La redoma parecía un globo de viviente radiación, precioso a los ojos, invitando a ser probado. El primer pensamiento, inspirado instintivamente por mis más bajos sentidos, fue: «lo haré…, debo beber».
      Alcé la redoma hacia mis labios. «Eso me curará del amor…, ¡de la tortura!» Llevaba bebida ya la mitad del más delicioso licor que jamás hubiera probado, paladar de hombre alguno cuando el filósofo se agitó. Me sobresalté y dejé caer la redoma… El fluido se extendió llameando por el suelo, mientras sentía que Cornelius aferraba mi garganta y chillaba:
      —¡Infeliz! ¡Has destruido la labor de mi vida!
      Cornelius no se había dado cuenta de que yo había bebido una parte de su droga. Tenía la impresión, y yo me apresuré a confirmarla, de que yo había alzado la redoma por curiosidad y que, asustado por su brillo y el llamear de su intensa luz, la había dejado caer. Nunca le dejé entrever lo contrario. El fuego de la medicina se apagó, la fragancia murió… y él se calmó, como debe hacer un filósofo ante las más duras pruebas, y me envió a descansar.
      No intentaré describir los sueños de gloria y felicidad que bañaron mi alma en el paraíso durante las restantes horas de aquella memorable noche. Las palabras serían pálidas y triviales para describir mi alegría, o la exaltación que me poseía cuando me desperté.
      Flotaba en el aire, mis pensamientos estaban en los cielos. La tierra parecía ser el mismo cielo, y mi herencia era una completa felicidad. «Eso representa el sentirme curado del amor —pensé—. Veré a Bertha hoy, y ella descubrirá a su amante frío y despreocupado; demasiado feliz para mostrarse desdeñoso, ¡pero cuan absolutamente indiferente hacia ella!»
      Pasaron las horas. El filósofo, seguro de haber triunfado una vez, y creyendo que lo conseguiría de nuevo, empezó a preparar una vez más la misma medicina. Se encerró con sus libros y potingues, y yo tuve el día libre. Me vestí con todo cuidado; me miré en un escudo viejo pero pulido, que me sirvió de espejo; me pareció que mi buen aspecto había mejorado extraordinariamente. Me precipité más allá de los límites de la ciudad, la alegría en el alma, las bellezas del cielo y de la tierra rodeándome. Dirigí mis pasos hacia el castillo. Podía mirar sus altivas torres con el corazón ligero, porque estaba curado del amor. Mi Bertha me vio desde lejos, mientras subía por la avenida. No sé qué súbito impulso animó su pecho, pero al verme saltó como un corzo bajando las escalinatas de mármol y echó a correr hacia mí. Pero yo había sido visto también por otra persona. La bruja de alta cuna, que se llamaba a sí misma su protectora y que en realidad era su tirana, también me había divisado. Renqueó, jadeante, hacia la terraza. Un paje, tan feo como ella, echó a correr tras su ama, abanicándola mientras la arpía se apresuraba y detenía a mi hermosa muchacha con un:
      —¿Dónde va mi imprudente señorita? ¿Dónde tan aprisa? ¡Vuelve a tu jaula…, ahí delante hay halcones!
      Bertha se apretó las manos, los ojos clavados aún en mi figura que se aproximaba. Vi su lucha consigo misma. Cómo odié a la vieja bruja que refrenaba los gentiles impulsos del blando corazón de mi Bertha. Hasta entonces, el respeto a su rango social había hecho que evitara a la dama del castillo; ahora desdeñé una tan trivial consideración. Estaba curado del amor, y elevado más allá de todos los temores humanos; me apresuré hacia delante, y pronto alcancé la terraza. ¡Qué encantadora estaba Bertha! Sus ojos llameaban; sus mejillas resplandecían con impaciencia y rabia; estaba un millar de veces más graciosa y atractiva que nunca. Ya no la amaba…, ¡oh, no! La adoraba, la reverenciaba, ¡la idolatraba!
      Aquella mañana había sido perseguida, con más vehemencia de lo habitual, para que consintiera en un matrimonio inmediato con mi rival. Se le reprocharon los ánimos y las esperanzas que había dado, se la amenazó con ser arrojada de casa vergonzosamente y en desgracia. Su orgulloso espíritu se alzó en armas ante la amenaza; pero cuando recordó el desprecio que había exhibido ante mí, y cómo, quizás, había perdido con ello al que consideraba como a su único amigo, lloró de remordimiento y rabia. Y en aquel momento aparecí yo.
      —¡Oh, Winzy! —exclamó—. Llévame a casa de tu madre; hazme abandonar rápidamente los detestables lujos y la ruindad de esta noble morada…; devuélveme a la pobreza y a la felicidad.
      La abracé fuertemente, sintiéndome transportado. La vieja dama estaba sin habla por la furia, y sólo prorrumpió en invectivas cuando ya nos hallábamos lejos en nuestra calle, camino de mi casa natal. Mi madre recibió a la hermosa fugitiva, escapada de una jaula dorada a la naturaleza y a la libertad, con ternura y alegría; mi padre, que la amaba, la recibió de todo corazón. Fue un día de regocijo, que no necesitó de la adición de la poción celestial del alquimista para llenarme de dicha.
      Poco después de aquel día memorable me convertí en el esposo de Bertha. Dejé de ser el ayudante de Cornelius, pero continué siendo su amigo. Siempre me sentí agradecido hacia él por haberme procurado, inconscientemente, aquel delicioso trago de un elixir divino que, en vez de curarme del amor (¡triste cura!, solitario remedio carente de alegría para maldiciones que parecen bendiciones al recuerdo), me había inspirado valor y resolución, trayéndome el premio de un tesoro inestimable en la persona de mi Bertha.
      A menudo he recordado con maravilla ese período de trance parecido a la embriaguez. La pócima de Cornelius no había cumplido con la tarea para la cual afirmaba él que había sido preparada, pero sus efectos habían sido más poderosos y felices de lo que las palabras pueden expresar. Se fueron desvaneciendo gradualmente, pero permanecieron largo tiempo… y colorearon mi vida con matices de esplendor. A menudo Bertha se maravillaba de mi radiante corazón y de mi constante alegría porque, antes, yo había sido de carácter más bien serio, incluso triste. Me amaba aún más por mi temperamento jovial, y nuestros días estaban teñidos de alegría.
      Cinco años más tarde fui llamado inesperadamente a la cabecera del agonizante Cornelius. Había enviado a por mí apresuradamente, conjurándome a que acudiera al instante a su presencia. Lo encontré tendido en su jergón, mortalmente débil. Toda la vida que le quedaba animaba sus penetrantes ojos, que estaban fijos en una redoma de cristal, llena de un líquido rosado.
      —¡He aquí la vanidad de los anhelos humanos! —dijo, con una voz rota que parecía surgir de sus entrañas—. Mis esperanzas estaban a punto de verse coronadas por segunda vez, y por segunda vez se ven destruidas. Mira esa pócima… Recuerda que hace cinco años la preparé también, con idéntico éxito. Entonces, como ahora, mis sedientos labios esperaban saborear el elixir inmortal… ¡Tú me lo arrebataste! Y ahora ya es demasiado tarde.
      Hablaba con dificultad, y se dejó caer sobre la almohada. No pude evitar el decir:
      —¿Cómo, reverenciado maestro, puede una cura para el amor restaurar vuestra vida?
[ilustrado por Valeria Uccelli]
Ilustrado por Valeria Uccelli
      Una débil sonrisa revoloteó en su rostro, mientras yo escuchaba intensamente su apenas inteligible respuesta.
      —Una cura para el amor y para todas las cosas… El elixir de la inmortalidad. ¡Ah! ¡Si ahora pudiera beberlo, viviría eternamente!
      Mientras hablaba, un relampagueo dorado brotó del fluido y una fragancia que yo recordaba muy bien se extendió por los aires.
      Cornelius se alzó, débil como estaba; las fuerzas parecieron volver a él milagrosamente. Tendió su mano hacia delante… Entonces, una fuerte explosión me sobresaltó, un rayo de fuego brotó del elixir… ¡y la redoma de cristal que lo contenía quedó reducida a átomos! Volví mis ojos hacia el filósofo. Se había derrumbado hacia atrás. Sus ojos eran vidriosos, sus rasgos estaban rígidos…
      ¡Había muerto!
      ¡Pero yo vivía, e iba a vivir eternamente! Así había dicho el infortunado alquimista, y durante unos días creí en sus palabras.
      Recordé la gloriosa intoxicación que había seguido a mi subrepticio beber. Reflexioné sobre el cambio que había sentido en mi cuerpo, en mi alma. La ligera elasticidad del primero, el luminoso vigor de la segunda. Me observé en un espejo, y no pude percibir ningún cambio en mis rasgos tras los cinco años transcurridos. Recordé el radiante color y el agradable aroma de aquel delicioso brebaje, el valioso don que era capaz de conferir… Entonces, ¡era inmortal!
      Pocos días más tarde me reía de mi credulidad. El viejo proverbio de que «nadie es profeta en su tierra» era cierto con respecto a mí y a mi difunto maestro. Lo apreciaba como hombre, lo respetaba como sabio, pero me burlaba de la idea de que pudiera mandar sobre los poderes de las tinieblas, y me reía de los supersticiosos temores con los que era mirado por el vulgo. Era un filósofo juicioso, pero no tenía tratos con ningún espíritu excepto aquellos revestidos de carne y huesos. Su ciencia era simplemente humana; y la ciencia humana, me persuadí muy pronto, nunca podrá conquistar las leyes de la naturaleza hasta tal punto que logre aprisionar eternamente el alma dentro de un habitáculo carnal. Cornelius había obtenido una bebida que refrescaba y aligeraba el alma; algo más embriagador que el vino, mucho más dulce y fragante que cualquier fruta. Probablemente poseía fuertes poderes medicinales, impartiendo ligereza al corazón y vigor a los miembros; pero sus efectos terminaban desapareciendo; ya no debían de existir siquiera en mi organismo. Era un hombre afortunado que había bebido un sorbo de salud y de alegría de espíritu, y quizá también de larga vida, de manos de mi maestro; pero mi buena suerte terminaba ahí: la longevidad era algo muy distinto de la inmortalidad.
      Continué con esta creencia durante varios años. A veces un pensamiento cruzaba furtivamente por mi cabeza… ¿Estaba realmente equivocado el alquimista? Sin embargo, mi creencia habitual era que seguiría la suerte de todos los hijos de Adán a su debido tiempo. Un poco más tarde quizá, pero siempre a una edad natural.
      No obstante, era innegable que mantenía un sorprendente aspecto juvenil. Me reía de mi propia vanidad consultando muy a menudo el espejo. Pero lo consultaba en vano; mi frente estaba libre de arrugas, mis mejillas, mis ojos…, toda mi persona continuaba tan lozana como en mi vigésimo cumpleaños.
      Me sentía turbado. Miraba la marchita belleza de Bertha… Yo parecía más bien su hijo. Poco a poco, nuestros vecinos comenzaron a hacer similares observaciones, y al final descubrí que empezaban a llamarme «el discípulo embrujado». La propia Berta empezó a mostrarse inquieta. Se volvió celosa e irritable, y al poco tiempo empezó a hacerme preguntas. No teníamos hijos; éramos totalmente el uno para el otro. Y pese a que, al ir haciéndose más vieja, su espíritu vivaz se volvió un poco propenso al mal genio y su belleza disminuyó un tanto, yo la seguía amando con todo mi corazón como a la muchachita a la que había idolatrado, la esposa que siempre había anhelado y que había conseguido con un tan perfecto amor.
      Finalmente, nuestra situación se hizo intolerable: Bertha tenía cincuenta años…, yo veinte. Yo había adoptado en cierta medida, y no sin algo de vergüenza, las costumbres de una edad más avanzada. Ya no me mezclaba en el baile entre los jóvenes, pero mi corazón saltaba con ellos mientras contenía mis pies. Y empecé a tener una cierta mala fama entre los viejos de nuestro pueblo. Las cosas fueron deteriorándose. Éramos evitados por todos. Se dijo de nosotros —de mí al menos— que habíamos hecho un trato inicuo con alguno de los supuestos amigos de mi anterior maestro. La pobre Bertha era objeto de piedad, pero evitada. Yo era mirado con horror y aborrecimiento.
      ¿Qué podíamos hacer? Permanecer sentados junto a nuestro fuego… La pobreza se había instalado con nosotros, ya que nadie quería los productos de mi granja; y a menudo me veía obligado a viajar veinte millas, hasta algún lugar donde no fuera conocido, para vender mis cosechas. Sí, es cierto, habíamos ahorrado algo para los malos días…, y esos días habían llegado.
      Permanecíamos sentados solos junto al fuego, el joven de viejo corazón y su envejecida esposa. De nuevo Bertha insistió en conocer la verdad; recapituló todo lo que había oído decir de mí, y añadió sus propias observaciones. Me conjuró a que le revelara el hechizo; describió cómo me quedarían mejor unas sienes plateadas que el color castaño de mi pelo; disertó acerca de la reverencia y el respeto que proporcionaba la edad… y lo preferible que eran a las distraídas miradas que se les dirigía a los niños. ¿Acaso imaginaba que los despreciables dones de la juventud y buena apariencia superaban la desgracia, el odio y el desprecio? No, al final sería quemado como traficante en artes negras, mientras que ella, a quien ni siquiera me había dignado comunicarle la menor porción de mi buena fortuna, sería lapidada como mi cómplice. Finalmente, insinuó que debía compartir mi secreto con ella y concederle los beneficios de los que yo gozaba, o se vería obligada a denunciarme…, y entonces estalló en llanto.
      Así acorralado, me pareció que lo mejor era decirle la verdad.
      Se la revelé tan tiernamente como me fue posible, y hablé tan sólo de una muy larga vida, no de inmortalidad…, concepto que, de hecho, coincidía mejor con mis propias ideas. Cuando terminé, me levanté y dije:
      —Y ahora, mi querida Bertha, ¿denunciarás al amante de tu juventud? No lo harás, lo sé. Pero es demasiado duro, mi pobre esposa, que tengas que sufrir a causa de mi aciaga suerte y de las detestables artes de Cornelius. Me marcharé. Tienes buena salud, y amigos con los que ir en mi ausencia. Sí, me iré: joven como parezco, y fuerte como soy, puedo trabajar y ganarme el pan entre desconocidos, sin que nadie sepa ni sospeche nada de mí. Te amé en tu juventud. Dios es testigo de que no te abandonaré en tu vejez, pero tu seguridad y tu felicidad requieren que ahora haga esto.
      Tomé mi gorra y me dirigí hacia la puerta; en un momento los brazos de Bertha rodeaban mi cuello, y sus labios se apretaban contra los míos.
      —No, esposo mío, mi Winzy —dijo—. No te irás solo… Llévame contigo; nos marcharemos de este lugar y, como tú dices, entre desconocidos estaremos seguros sin que nadie sospeche de nosotros. No soy tan vieja todavía como para avergonzarte, mi Winzy; y me atrevería a decir que el encantamiento desaparecerá pronto y, con la bendición de Dios, empezarás a parecer más viejo, como corresponde. No debes abandonarme.
      Le devolví de todo corazón su generoso abrazo.
      —No lo haré, Bertha mía; pero por tu bien no debería pensar así. Seré tu fiel y dedicado esposo mientras estés conmigo, y cumpliré con mi deber contigo hasta el final.
      Al día siguiente nos preparamos en secreto para nuestra emigración. Nos vimos obligados a hacer grandes sacrificios pecuniarios, era inevitable. De todos modos, conseguimos al fin reunir una suma suficiente como para al menos mantenernos mientras Bertha viviera. Y sin decirle adiós a nadie, abandonamos nuestra región natal para buscar refugio en un remoto lugar del oeste de Francia.
      Resultó cruel arrancar a la pobre Bertha de su pueblo natal, de todos los amigos de su juventud, para llevarla a un nuevo país, un nuevo lenguaje, unas nuevas costumbres. El extraño secreto de mi destino hizo que yo ni siquiera me diera cuenta de ese cambio; pero la compadecí profundamente, y me alegró el darme cuenta de que ella hallaba alguna compensación a su infortunio en una serie de pequeñas y ridículas circunstancias. Lejos de toda murmuración, buscó disminuir la aparente disparidad de nuestras edades a través de un millar de artes femeninas: rojo de labios, trajes juveniles y la adopción de una serie de actitudes desacordes con su edad. No podía irritarme por eso. ¿No llevaba yo mismo una máscara? ¿Para qué pelearme con ella, sólo porque tenía menos éxito que yo? Me apené profundamente cuando recordé que esa remilgada y celosa vieja de sonrisa tonta era mi Bertha, aquella muchachita de pelo y ojos oscuros, con una sonrisa de encantadora picardía y un andar de corzo, a la que tan tiernamente había amado y a la que había conseguido con un tal arrebato. Hubiera debido reverenciar sus grises cabellos y sus arrugadas mejillas. Hubiera debido hacerlo; pero no lo hice, y ahora deploro esa debilidad humana.
      Sus celos estaban siempre presentes. Su principal ocupación era intentar descubrir que, pese a las apariencias externas, yo también estaba envejeciendo. Creo verdaderamente que aquella pobre alma me amaba de corazón, pero nunca hubo mujer tan atormentada sobre cómo desplegar en mí toda su atención. Hubiera querido discernir arrugas en mi rostro y decrepitud en mi andar, mientras que yo desplegaba un vigor cada vez mayor, con una juventud por debajo de los veinte años. Nunca me atreví a dirigirme a otra mujer. En una ocasión, creyendo que la belleza del pueblo me miraba con buenos ojos, me compró una peluca gris. Su constante conversación entre sus amistades era que yo, aunque parecía tan joven, estaba hecho una ruina; y afirmaba que el peor síntoma era mi aparente salud. Mi juventud era una enfermedad, decía, y yo debía estar preparado en cualquier momento, si no para una repentina y horrible muerte, sí al menos para despertarme cualquier mañana con la cabeza completamente blanca y encorvado, con todas las señales de la senectud. Yo la dejaba hablar… y a menudo incluso me unía a ella en sus conjeturas. Sus advertencias hacían coro con mis interminables especulaciones relativas a mi estado, y me tomaba un enorme y doloroso interés en escuchar todo aquello que su rápido ingenio y excitada imaginación podían decir al respecto.
      ¿Para qué extenderse en todos estos pequeños detalles? Vivimos así durante largos años. Bertha se quedó postrada en cama y paralítica; la cuidé como una madre cuidaría a un hijo. Se volvió cada vez más irritable, y aún seguía insistiendo en lo mismo, en cuánto tiempo la sobreviviría. Seguí cumpliendo escrupulosamente, pese a todo, con mis deberes hacia ella, lo cual fue una fuente de consuelo para mí. Había sido mía en su juventud, era mía en su vejez; y al final, cuando arrojé la primera paletada de tierra sobre su cadáver, me eché a llorar, sintiendo que había perdido todo lo que realmente me ataba a la humanidad.
      Desde entonces, ¡cuántas han sido mis preocupaciones y pesares, cuan pocas y vacías mis alegrías! Detengo aquí mi historia, no la proseguiré más. Un marinero sin timón ni compás, lanzado a un mar tormentoso, un viajero perdido en un páramo interminable, sin indicador ni mojón que lo guíe a ninguna parte…, eso he sido yo; más perdido, más desesperanzado que nadie. Una nave acercándose, un destello de un faro lejano, podrían salvarme; pero no tengo más guía que la esperanza de la muerte.
      ¡La muerte! ¡Misteriosa, hosca amiga de la frágil humanidad!
      ¿Por qué, único entre todos los mortales, me has arrojado a mí fuera de tu acogedor manto? ¡Oh, la paz de la tumba! ¡El profundo silencio del sepulcro revestido de hierro! ¡Los pensamientos dejarían por fin de martillear en mi cerebro, y mi corazón ya no latiría más con emociones que sólo saben adoptar nuevas formas de tristeza!
      ¿Soy inmortal? Vuelvo a mi primera pregunta. En primer lugar, ¿no es más probable que el brebaje del alquimista estuviera cargado con longevidad más que con vida eterna? Tal es mi esperanza. Y además, debo recordar que sólo bebí la mitad de la poción preparada para él. ¿Acaso no era necesaria la totalidad para completar el encantamiento? Haber bebido la mitad del elixir de la inmortalidad es convertirse en semiinmortal…; mi eternidad está pues truncada.
      Pero, de nuevo, ¿cuál es el número de años de media eternidad? A menudo intento imaginar si lo que rige el infinito puede ser dividido. A veces creo descubrir la vejez avanzar sobre mí. He descubierto una cana. ¡Estúpido! ¿Debo lamentarme? Sí, el miedo a la vejez y a la muerte repta a menudo fríamente hasta mi corazón, y cuanto más vivo más temo a la muerte, aunque aborrezca la vida. Ése es el enigma del hombre, nacido para perecer, cuando lucha, como hago yo, contra las leyes establecidas de su naturaleza.
      Pero seguramente moriré a causa de esta anomalía de los sentimientos; la medicina del alquimista no debe de proteger contra el fuego, la espada y las asfixiantes aguas. He contemplado las azules profundidades de muchos lagos apacibles, y el tumultuoso discurrir de numerosos ríos caudalosos, y me he dicho: la paz habita en estas aguas. Sin embargo, he guiado mis pasos lejos de ellos, para vivir otro día más. Me he preguntado a mí mismo si el suicidio es un crimen en alguien para quien constituye la única posibilidad de abrir la puerta al otro mundo. Lo he hecho todo, excepto presentarme voluntario como soldado o duelista, pues no deseo destruir a mis semejantes. Pero no, ellos no son mis semejantes. El inextinguible poder de la vida en mi cuerpo y su efímera existencia nos alejan tanto como lo están los dos polos de la Tierra. No podría alzar una mano contra el más débil ni el más poderoso de entre ellos.
      Así he seguido viviendo año tras año… Solo, y cansado de mí mismo. Deseoso de morir, pero no muriendo nunca. Un mortal inmortal. Ni la ambición ni la avaricia pueden entrar en mi mente, y el ardiente amor que roe mi corazón jamás me será devuelto; nunca encontraré a un igual con quien compartirlo. La vida sólo está aquí para atormentarme.
      Hoy he concebido una forma por la que quizá todo pueda terminar sin matarme a mí mismo, sin convertir a otro hombre en un Caín… Una expedición en la que ningún ser mortal pueda nunca sobrevivir, aun revestido con la juventud y la fortaleza que anidan en mí. Así podré poner mi inmortalidad a prueba y descansar para siempre… o regresar, como la maravilla y el benefactor de la especie humana.
      Antes de marchar, una miserable vanidad ha hecho que escriba estas páginas. No quiero morir sin dejar ningún nombre detrás. Han pasado tres siglos desde que bebí el brebaje fatal; no transcurrirá otro año antes de que, enfrentándome a gigantescos peligros, luchando con los poderes del hielo en su propio campo, acosado por el hambre, la fatiga y las tormentas, rinda este cuerpo, una prisión demasiado tenaz para un alma que suspira por la libertad, a los elementos destructivos del aire y el agua. O, si sobrevivo, mi nombre será recordado como uno de los más famosos entre los hijos de los hombres. Y una vez terminada mi tarea, deberé adoptar medios más drásticos. Esparciendo y aniquilando los átomos que componen mi ser, dejaré en libertad la vida que hay aprisionada en él, tan cruelmente impedida de remontarse por encima de esta sombría tierra, a una esfera más compatible con su esencia inmortal.

Manual para las mujeres de la limpieza

Lucia Berlin (1936-2004) es hoy una cuentista estadounidense celebradísima, pero hasta hace unos pocos años era una escritora de culto, conocida por sólo unos pocos colegas y especialistas. La edición de una antología de su obra, titulada justamente como el cuento que aquí se presenta, le dio reconocimiento mundial.
      Al menos para muchas personas, la parte más llamativa de la obra de Berlin es la más superficial: el hecho de que mucho de sus narraciones proviene directamente de su vida real y sus experiencias, a veces muy duras, con el alcoholismo, la necesidad de mantener sola a sus cuatro hijos y la vida precaria que, pese a la prosperidad de los Estados Unidos en su conjunto, padecen millones de sus habitantes. Sin embargo, estos mismos temas podrían tratarse de manera rutinaria, meramente sensacionalista; por el contrario, lo que vuelve memorables las narraciones de Berlin es su uso del lenguaje, y sobre todo la velocidad, eficacia y originalidad de sus descripciones, que muestran una capacidad de observación extraordinaria.
      Todo esto se puede ver en “Manual para las mujeres de la limpieza”: una narración en varias etapas (marcadas por diferentes trayectos en autobús) de una protagonista que limpia casas ajenas y revela una vida rica y compleja a la vez que difícil. Esta traducción de “A Manual For Cleaning Women” es de Eugenia Vázquez Nacarino y apareció en la edición del libro publicada por Alfaguara. La transcripción proviene de aquí.

Lucia Berlin (fuente)

MANUAL PARA MUJERES DE LA LIMPIEZA
Lucia Berlin

42–PIEDMONT. Autobús lento hasta Jack London Square. Sirvientas y ancianas. Me senté al lado de una viejecita ciega que estaba leyendo en Braille; su dedo se deslizaba por la página, lento y silencioso, línea tras línea. Era relajante mirarla, leer por encima de su hombro. La mujer se bajó en la calle 29, donde se han caído todas las letras del cartel PRODUCTOS NACIONALES ELABORADOS POR CIEGOS, excepto CIEGOS.
      La calle 29 también es mi parada, pero tengo que ir hasta el centro a cobrar el cheque de la señora Jessel. Si vuelve a pagarme con un cheque, lo dejo. Además, nunca tiene suelto para el desplazamiento. La semana pasada hice todo el trayecto hasta el banco pagándolo de mi bolsillo, y se había olvidado de firmar el cheque.
      Se olvida de todo, incluso de sus achaques. Mientras limpio el polvo los voy recogiendo y los dejo en el escritorio. 10 A. M. NÁUSEAS en un trozo de papel en la repisa de la chimenea. DIARREA en el escurridero. LAGUNAS DE MEMORIA Y MAREO encima de la cocina. Sobre todo se olvida de si tomó el fenobarbital, o de que ya me ha llamado dos veces a casa para preguntarme si lo ha hecho, dónde está su anillo de rubí, etcétera.
      Me sigue de habitación en habitación, repitiendo las mismas cosas una y otra vez. Voy a acabar tan chiflada como ella. Siempre digo que no voy a volver, pero me da lástima. Soy la única persona con quien puede hablar. Su marido es abogado, juega al golf y tiene una amante. No creo que la señora Jessel lo sepa, o que se acuerde. Las mujeres de la limpieza lo saben todo.
      Y las mujeres de la limpieza roban. No las cosas por las que tanto sufre la gente para la que trabajamos. Al final es lo superfluo lo que te tienta. No queremos la calderilla de los ceniceros.
      A saber dónde, una señora en una partida de bridge hizo correr el rumor de que para poner a prueba la honestidad de una mujer de la limpieza hay que dejar un poco de calderilla, aquí y allá, en ceniceros de porcelana con rosas pintadas a mano. Mi solución es añadir siempre algunos peniques, incluso una moneda de diez centavos.
      En cuanto me pongo a trabajar, antes de nada compruebo dónde están los relojes, los anillos, los bolsos de fiesta de lamé dorado. Luego, cuando vienen con las prisas, jadeando sofocadas, contesto tranquilamente: «Debajo de su almohada, detrás del inodoro verde sauce». Creo que lo único que robo, de hecho, son somníferos. Los guardo para un día de lluvia.
      Hoy he robado un frasco de semillas de sésamo Spice Islands. La señora Jessel apenas cocina. Cuando lo hace, prepara pollo al sésamo. La receta está pegada en la puerta del armario de las especias, por dentro. Guarda una copia en el cajón de los sellos y los cordeles, y otra en su agenda. Siempre que encarga pollo, salsa de soja y jerez, pide también un frasco de semillas de sésamo. Tiene quince frascos de semillas de sésamo. Catorce, ahora.
      Me senté en el bordillo a esperar el autobús. Otras tres sirvientas, negras con uniforme blanco, se quedaron de pie a mi lado. Son viejas amigas, hace años que trabajan en Country Club Road. Al principio todas estábamos indignadas… el autobús se adelantó dos minutos y lo perdimos. Maldita sea. El conductor sabe que las sirvientas siempre están ahí, que el 42 a Piedmont pasa solo una vez cada hora.
      Fumé mientras ellas comparaban el botín. Cosas que se habían llevado… laca de uñas, perfume, papel higiénico. Cosas que les habían dado… pendientes desparejados, veinte perchas, sujetadores rotos.
      (Consejo para mujeres de la limpieza: aceptad todo lo que la señora os dé, y decid gracias. Luego lo podéis dejar en el autobús, en el hueco del asiento).
      Para meterme en la conversación les enseñé mi frasco de semillas de sésamo. Se rieron a carcajadas.
      —¡Ay, chica! ¿Semillas de sésamo?
      Me preguntaron cómo aguantaba tanto con la señora Jessel. La mayoría no repiten más de tres veces. Me preguntaron si es verdad que tiene ciento cuarenta pares de zapatos. Sí, pero lo malo es que la mayoría son idénticos.
      La hora pasó volando. Hablamos de las señoras para las que trabajamos. Nos reímos, no sin un poso de amargura.
      Las mujeres de la limpieza de toda la vida no me aceptan de buenas a primeras. Y además, me cuesta conseguir trabajo en esto, porque soy «instruida». Sé que ahora mismo no puedo buscarme otra cosa. He aprendido a contarles a las señoras desde el principio que mi marido alcohólico acaba de morir y me he quedado sola con mis cuatro hijos. Hasta ahora nunca había trabajado, criando a los niños y demás.
 
43–SHATTUCK–BERKELEY. Los bancos con carteles de SATURACIÓN PUBLICITARIA están empapados todas las mañanas. Le pedí fuego a un hombre y me dio la caja de cerillas. EVITEMOS EL SUICIDIO. Era de esas que, absurdamente, llevan la banda de fósforo detrás. Más vale prevenir.
      Al otro lado de la calle, la mujer de la tintorería estaba barriendo la acera. A ambos lados de su puerta revoloteaban hojas y basura. Ahora es otoño, en Oakland.
      Esa misma tarde, al volver de limpiar en casa de Horwitz, la acera de la tintorería volvía a estar cubierta de hojas y porquería. Tiré mi billete de transbordo. Siempre compro billete de transbordo. A veces los regalo, pero normalmente me los quedo.
      Ter solía burlarse de esa manía mía de guardarlo siempre todo.
      —Vamos, Maggie May, en este mundo no te puedes aferrar a nada. Excepto a mí, quizá.
      Una noche en Telegraph Avenue me desperté al notar que me ponía la anilla de una lata de Coors en la palma de la mano y me cerraba el puño. Abrí los ojos y lo vi sonriendo. Terry era un vaquero joven, de Nebraska. No le gustaba ver películas extranjeras. Ahora sé que era porque no le daba tiempo a leer los subtítulos.
      Las raras veces que Ter leía un libro, arrancaba las páginas a medida que las pasaba y las iba tirando. Al volver a casa, donde las ventanas siempre estaban abiertas o rotas, me encontraba un remolino de hojas en la habitación, como palomas en un aparcamiento del Safeway.
 
33–BERKELEY EXPRESS. ¡El autobús se perdió! El conductor se pasó de largo en el desvío de SEARS para tomar la autopista. Todo el mundo empezó a tocar el timbre mientras el hombre, avergonzado, giraba a la izquierda en la calle 27. Acabamos atascados en un callejón sin salida. La gente se asomaba a las ventanas a ver el autobús. Cuatro hombres se bajaron para ayudarle a retroceder entre los coches que había aparcados en la calle estrecha. Una vez en la autopista, empezó a acelerar como un loco. Daba miedo. Hablábamos unos con otros, emocionados por el suceso.
      Hoy toca la casa de Linda.
      (Mujeres de la limpieza: como norma general, no trabajéis para las amigas. Tarde o temprano se molestan contigo porque sabes demasiado de su vida. O dejan de caerte bien, por lo mismo).
      Pero Linda y Bob son buenos amigos, de hace tiempo. Siento su calidez aunque no estén ahí. Esperma y confitura de arándanos en las sábanas. Quinielas del hipódromo y colillas en el cuarto de baño. Notas de Bob a Linda: «Compra tabaco y lleva el coche a… du-duá, du-duá». Dibujos de Andrea con amor para mamá. Cortezas de pizza. Limpio los restos de coca del jespejo con Windex.
      Es el único sitio donde trabajo que no está impecable, para empezar. Más bien está hecho un asco. Cada miércoles subo como Sísifo las escaleras que llevan al salón de su casa, donde siempre parece que estén en mitad de una mudanza.
      No gano mucho dinero con ellos porque no les cobro por horas, ni el transporte. No me dan la comida, por supuesto. Trabajo duro de verdad. Pero también paso muchos ratos sentada, me quedo hasta muy tarde. Fumo y leo el New York Times, libros porno, Cómo construir una pérgola. Sobre todo miro por la ventana la casa de al lado, donde viví un tiempo. El 2129 ½ de Russell Street. Miro el árbol que da peras de madera, con las que Ter hacía tiro al blanco. En la cerca brillan los perdigones incrustados. El rótulo de BEKINS que iluminaba nuestra cama por la noche. Echo de menos a Ter y fumo. Los trenes no se oyen de día.
 
40–TELEGRAPH AVENUE–ASILO DE MILLHAVEN. Cuatro ancianas en sillas de ruedas contemplan la calle con mirada vidriosa. Detrás, en el puesto de enfermeras, una chica negra preciosa baila al son de «I Shot the Sheriff». La música está alta, incluso para mí, pero las ancianas ni siquiera la oyen. Más abajo, tirado en la acera, hay un cartel burdo: INSTITUTO DEL CÁNCER 13:30.
      El autobús se retrasa. Los coches pasan de largo. La gente rica que va en coche nunca mira a la gente de la calle, para nada. Los pobres siempre lo hacen… De hecho, a veces parece que simplemente vayan en el coche dando vueltas, mirando a la gente de la calle. Yo lo he hecho. La gente pobre está acostumbrada a esperar. La Seguridad Social, la cola del paro, lavanderías, cabinas telefónicas, salas de urgencias, cárceles, etcétera.
      Mientras esperábamos el 40, nos pusimos a mirar el escaparate de la LAVANDERÍA DE MILL Y ADDIE. Mill había nacido en un molino, en Georgia. Estaba tumbado sobre una hilera de cinco lavadoras, instalando un televisor enorme en la pared. Addie hacía pantomimas para nosotros, simulando que el televisor se iba a caer en cualquier momento. Los transeúntes se paraban también a mirar a Mill. Nos veíamos reflejados en la pantalla, como en un programa de cámara oculta.
      Calle abajo hay un gran funeral negro en FOUCHÉ. Antes pensaba que el cartel de neón decía «touché», y siempre imaginaba a la muerte enmascarada, apuntándome al corazón con un florete.
      He reunido ya treinta pastillas, entre los Jessel, los Burn, los McIntyre, los Horwitz y los Blum. En cada una de esas casas donde trabajo hay un arsenal de anfetas o sedantes que bastaría para dejar fuera de circulación a un Ángel del Infierno durante veinte años.
 
18–PARK BOULEVARD–MONTCLAIR. Centro de Oakland. Hay un indio borracho que ya me conoce, y siempre me dice: «Qué vueltas da la vida, cielo».
      En Park Boulevard un furgón azul de la policía del condado, con las ventanas blindadas. Dentro hay una veintena de presos de camino a comparecer ante el juez. Los hombres, encadenados juntos y vestidos con monos naranjas, se mueven casi como un equipo de remo. Con la misma camaradería, a decir verdad. El interior del furgón está oscuro. En la ventanilla se refleja el semáforo. Ámbar DESPACIO DESPACIO. Rojo STOP STOP.
      Una hora larga de modorra hasta las colinas neblinosas de Montclair, un próspero barrio residencial. Solo van sirvientas en el autobús. Al pie de la Iglesia Luterana de Sion hay un letrero grande en blanco y negro que dice PRECAUCIÓN: TERRENO RESBALADIZO. Cada vez que lo veo, se me escapa la risa. Las otras mujeres y el conductor se vuelven y me miran. A estas alturas ya es un ritual. En otra época me santiguaba automáticamente cuando pasaba delante de una iglesia católica. Tal vez dejé de hacerlo porque en el autobús la gente siempre se daba la vuelta y miraba. Sigo rezando automáticamente un avemaría, en silencio, siempre que oigo una sirena. Es un incordio, porque vivo en Pill Hill, un barrio de Oakland lleno de hospitales; tengo tres a un paso.
      Al pie de las colinas de Montclair mujeres en Toyotas esperan a que sus sirvientas bajen del autobús. Siempre me las arreglo para subir a Snake Road con Mamie y su señora, que dice: «¡Caramba, Mamie, tú tan preciosa con esa peluca atigrada, y yo con esta facha!». Mamie y yo fumamos.
      Las señoras siempre suben la voz un par de octavas cuando les hablan a las mujeres de la limpieza o a los gatos.
      (Mujeres de la limpieza: nunca os hagáis amigas de los gatos, no les dejéis jugar con la mopa, con los trapos. Las señoras se pondrán celosas. Aun así, nunca los ahuyentéis de malos modos de una silla. En cambio, haceos siempre amigas de los perros, pasad cinco o diez minutos rascando a Cherokee o Smiley nada más llegar. Acordaos de bajar la tapa de los inodoros. Pelos, goterones de baba).
      Los Blum. Este es el sitio más raro en el que trabajo, la única casa realmente bonita. Los dos son psiquiatras. Son consejeros matrimoniales, con dos «preescolares» adoptados.
      (Nunca trabajéis en una casa con «preescolares». Los bebés son geniales. Puedes pasar horas mirándolos, acunándolos en brazos. Con los críos más mayores… solo sacarás alaridos, Cheerios secos, hacerte inmune a los accidentes y el suelo lleno de huellas del pijama de Snoopy).
      (Nunca trabajéis para psiquiatras, tampoco. Os volveréis locas. Yo también podría explicarles a ellos un par de cosas… ¿Zapatos con alzas?).
      El doctor Blum está en casa, otra vez enfermo. Tiene asma, por el amor de Dios. Va dando vueltas en albornoz, rascándose una pierna peluda y pálida con la alpargata.La, la, la, la, Mrs. Robinson… Tiene un equipo estéreo de más de dos mil dólares y cinco discos. Simon & Garfunkel, Joni Mitchell y tres de los Beatles.
      Se queda en la puerta de la cocina, rascándose ahora la otra pierna. Me alejo contoneándome con la fregona hacia el office, mientras él me pregunta por qué elegí este tipo de trabajo en particular.
      —Supongo que por culpabilidad, o por rabia —digo con desgana.
      —Cuando se seque el suelo, ¿podré prepararme una taza de té?
      —Mire, vaya a sentarse. Ya se lo preparo yo. ¿Azúcar o miel?
      —Miel. Si no es mucha molestia. Y limón, si no es…
      —Vaya a sentarse —le llevo el té.
      Una vez le traje una blusa negra de lentejuelas a Natasha, que tiene cuatro años, para que se engalanara. La doctora Blum puso el grito en el cielo y dijo que era sexista. Por un momento pensé que me estaba acusando de intentar seducir a Natasha. Tiró la blusa a la basura. Conseguí rescatarla y ahora me la pongo de vez en cuando, para engalanarme.
      (Mujeres de la limpieza: aprenderéis mucho de las mujeres liberadas. La primera fase es un grupo de toma de conciencia feminista; la segunda fase es una mujer de la limpieza; la tercera, el divorcio).
      Los Blum tienen un montón de pastillas, una plétora de pastillas. Ella tiene estimulantes, él tiene tranquilizantes. El señor doctor Blum tiene pastillas de belladona. No sé qué efecto hacen, pero me encantaría llamarme así.
      Una mañana los oí hablando en el office de la cocina y él dijo: «¡Hagamos algo espontáneo hoy, llevemos a los niños a volar una cometa!».
      Me robó el corazón. Una parte de mí quiso irrumpir en la escena como la sirvienta de la tira cómica del Saturday Evening Post. Se me da muy bien hacer cometas, conozco varios sitios con buen viento en Tilden. En Montclair no hay viento. La otra parte de mí encendió la aspiradora para no oír lo que ella le contestaba. Fuera llovía a cántaros.
      El cuarto de los juguetes era una leonera. Le pregunté a Natasha si Todd y ella realmente jugaban con todos aquellos juguetes. Me dijo que los lunes al levantarse los tiraban por el suelo, porque era el día que iba yo a limpiar.
      —Ve a buscar a tu hermano —le dije.
      Los había puesto a recoger cuando entró la señora Blum. Me sermoneó sobre las interferencias y me dijo que se negaba a «imponer culpabilidad o deberes» a sus hijos. La escuché, malhumorada. Luego, como si se le ocurriera de pronto, me pidió que desenchufara el frigorífico y lo limpiara con amoniaco y vainilla.
      ¿Amoniaco y vainilla? A partir de ahí dejé de odiarla. Una cosa tan simple. Me di cuenta de que realmente quería vivir en un hogar acogedor, que no quería imponer culpabilidad o deberes a sus hijos. Más tarde me tomé un vaso de leche, y sabía a amoniaco y vainilla.
 
40–TELEGRAPH AVENUE–BERKELEY. Lavandería de Mill y Addie. Addie está sola dentro, limpiando los cristales del escaparate. Detrás de ella, encima de una lavadora, hay una enorme cabeza de pescado en una bolsa de plástico. Ojos ciegos y perezosos. Un amigo, el señor Walker, les lleva cabezas de pescado para hacer caldo. Addie traza círculos inmensos de espuma blanca en el vidrio. Al otro lado de la calle, en la guardería St. Luke, un niño cree que lo está saludando. La saluda, haciendo los mismos gestos con los brazos. Addie para, sonríe y lo saluda de verdad. Llega mi autobús. Toma Telegraph Avenue hacia Berkeley. En el escaparate del SALÓN DE BELLEZA VARITA MÁGICA hay una estrella de papel de plata pegada a un matamoscas. Al lado, tienda de ortopedia con dos manos suplicantes y una pierna.
      Ter se negaba a ir en autobús. Ver a la gente ahí sentada lo deprimía. Le gustaban las estaciones de autobuses, en cambio. Íbamos a menudo a las de San Francisco y Oakland. Sobre todo a la de Oakland, en San Pablo Avenue. Una vez me dijo que me amaba porque yo era como San Pablo Avenue.
      Él era como el vertedero de Berkeley. Ojalá hubiera un autobús al vertedero. Íbamos allí cuando añorábamos Nuevo México. Es un lugar inhóspito y ventoso, y las gaviotas planean como los chotacabras del desierto al anochecer. Allá donde mires, se ve el cielo. Los camiones de basura retumban por las carreteras entre vaharadas de polvo. Dinosaurios grises.
      No sé cómo salir adelante ahora que estás muerto, Ter. Aunque eso ya lo sabes.
      Es como aquella vez en el aeropuerto, cuando estabas a punto de embarcar para Albuquerque.
      —Mierda, no puedo irme. Nunca vas a encontrar el coche.
      O aquella otra vez, cuando te ibas a Londres.
      —¿Qué vas a hacer cuando me vaya, Maggie? —repetías sin parar.
      —Haré macramé, chaval.
      —¿Qué vas a hacer cuando me vaya, Maggie?
      —¿De verdad crees que te necesito tanto?
      —Sí —contestaste. Sin más, una afirmación rotunda de Nebraska.
      Mis amigos dicen que me recreo en la autocompasión y el remordimiento. Que ya no veo a nadie. Cuando sonrío, sin querer me tapo la boca con la mano.
      Voy juntando somníferos. Una vez hicimos un pacto: si para 1976 las cosas no se arreglaban, nos mataríamos a tiros al final del muelle. Tú no te fiabas de mí, decías que te dispararía y echaría a correr, o me mataría yo primero, cualquier cosa. Estoy harta de bregar, Ter.
 
58–UNIVERSIDAD–ALAMEDA. Las viejecitas de Oakland van todas al centro comercial Hink, en Berkeley. Las viejecitas de Berkeley van al centro comercial Capwell, en Oakland. En este autobús todos son jóvenes y negros, o viejos y blancos, incluidos los conductores. Los conductores viejos blancos son cascarrabias y nerviosos, especialmente en la zona del Politécnico de Oakland. Siempre paran con un frenazo, gritan a los que fuman o van escuchando la radio. Dan bandazos y se detienen en seco, haciendo que las viejecitas se choquen contra las barras. A las viejecitas les salen cardenales en los brazos, instantáneamente.
      Los conductores jóvenes negros van rápido, surcan Pleasant Valley Road pasándose todos los semáforos en ámbar. Sus autobuses son ruidosos y echan humo, pero no dan bandazos.
      Hoy me toca la casa de la señora Burke. También tengo que dejarla. Ahí nunca cambia nada. Nunca hay nada sucio. Ni siquiera entiendo para qué voy. Hoy me sentí mejor. Al menos he entendido lo de las treinta botellas de Lancers Rosé. Antes había treinta y una. Por lo visto ayer fue su aniversario de bodas. Encontré dos colillas de cigarrillo en el cenicero del marido (en lugar de la que hay siempre), una copa de vino (ella no bebe) y la botella en cuestión. Los trofeos de petanca estaban ligeramente desplazados. Nuestra vida juntos.
      Ella me enseñó mucho sobre el gobierno de la casa. Coloca el rollo de papel de váter de manera que salga por abajo. Abre la lengüeta del detergente solo hasta la mitad. Quien guarda halla. Una vez, en un ataque de rebeldía, rasgué la lengüeta de un tirón con tan mala suerte que el detergente se vertió y cayó en los quemadores de la cocina. Un desastre.
      (Mujeres de la limpieza: que sepan que trabajáis a conciencia. El primer día dejad todos los muebles mal colocados, que sobresalgan un palmo o queden un poco torcidos. Cuando limpiéis el polvo, poned los gatos siameses mirando hacia otro lado, la jarrita de la leche a la izquierda del azucarero. Cambiad el orden de los cepillos de dientes).
      Mi obra maestra en este sentido fue cuando limpié encima del frigorífico de la señora Burke. A ella no se le escapa nada, pero si yo no hubiera dejado la linterna encendida no se habría dado cuenta de que me había entretenido en rascar y engrasar la plancha, en reparar la figurita de la geisha, y de paso en limpiar la linterna.
      Hacer mal las cosas no solo les demuestra que trabajas a conciencia, sino que además les permite ser estrictas y mandonas. A la mayoría de las mujeres estadounidenses les incomoda mucho tener sirvientas. No saben qué hacer mientras estás en su casa. A la señora Burke le da por repasar la lista de felicitaciones de Navidad y planchar el papel de regalo del año anterior. En agosto.
      Procurad trabajar para judíos o negros. Te dan de comer. Pero sobre todo porque las mujeres judías y negras respetan el trabajo, el trabajo que haces, y además no se avergüenzan en absoluto de pasarse el día entero sin hacer nada de nada. Para eso te pagan, ¿no?
      Las mujeres de la Orden de la Estrella de Oriente son otra historia. Para que no se sientan culpables, intentad siempre hacer algo que ellas no harían nunca. Encaramaos a los fogones para restregar del techo las salpicaduras de una Coca-Cola reventada. Encerraos dentro de la mampara de la ducha. Retirad todos los muebles, incluido el piano, y ponedlos contra la puerta. Ellas nunca harían esas cosas, y además así no pueden entrar.
      Menos mal que siempre están enganchadas como mínimo a un programa de televisión. Dejo la aspiradora encendida media hora (un sonido relajante) y me tumbo debajo del piano con un trapo de limpiar el polvo en la mano, por si acaso. Simplemente me quedo ahí tumbada, tarareando y pensando. No quise identificar tu cadáver, Ter, aunque eso trajo muchas complicaciones. Temía empezar a pegarte por lo que habías hecho. Morir.
      El piano de los Burke lo dejo para el final. Lo malo es que la única partitura que hay en el atril es el himno de la Marina. Siempre acabo marchando a la parada del autobús al ritmo de «From the Halls of Montezuma…».
 
58–UNIVERSIDAD–BERKELEY. Un conductor viejo blanco cascarrabias. Lluvia, retrasos, gente apretujada, frío. Navidad es una mala época para los autobuses. Una hippy joven colocada empezó a gritar «¡Quiero bajarme de este puto autobús!». «¡Espera a la próxima parada!», le gritó el conductor. Una mujer de la limpieza gorda que iba sentada delante de mí vomitó y ensució las galochas de la gente y una de mis botas. El olor era asqueroso y varias personas se bajaron en la siguiente parada, como ella. El conductor paró en la gasolinera Arco de Alcatraz y trajo una manguera para limpiarlo, pero lo único que hizo fue echarlo hacia atrás y encharcar aún más el suelo. Estaba colorado y rabioso, y se saltó un semáforo; nos puso a todos en peligro, dijo el hombre que había a mi lado.
      En el Politécnico de Oakland una veintena de estudiantes con radios esperaban detrás de un hombre prácticamente impedido. La Seguridad Social está justo al lado del Politécnico. Mientras el hombre subía al autobús, con muchas dificultades, el conductor gritó «¡Ah, por el amor de Dios!», y el hombre pareció sorprendido.
      Otra vez la casa de los Burke. Ningún cambio. Tienen diez relojes digitales y los diez están en hora, sincronizados. El día que me vaya, los desenchufaré todos.
      Finalmente dejé a la señora Jessel. Seguía pagándome con un cheque, y en una ocasión me llamó cuatro veces en una sola noche. Llamé a su marido y le dije que tengo mononucleosis. Ella no se acuerda de que me he ido, anoche me llamó para preguntarme si la había visto un poco pálida. La echo de menos.
      Una señora nueva, hoy. Una señora de verdad.
      (Nunca me veo como «señora de la limpieza», aunque así es como te llaman: su señora o su chica).
      La señora Johansen. Es sueca y habla inglés con mucha jerga, como los filipinos.
      Cuando abrió la puerta, lo primero que me dijo fue: «¡Santo cielo!».
      —Uy. ¿Llego demasiado pronto?
      —En absoluto, querida.
      Invadió el escenario. Una Glenda Jackson de ochenta años. Quedé hechizada. (Mirad, ya estoy hablando como ella). Hechizada en el recibidor.
      En el recibidor, antes incluso de quitarme el abrigo, el abrigo de Ter, me puso al día sobre su ida.
      Su marido, John, había muerto hacía seis meses. A ella lo que más le costaba era dormir. Se aficionó a hacer puzles. (Señaló la mesita de la sala de estar, donde el Monticello de Jefferson estaba casi terminado, salvo por un agujero protozoario, arriba a la derecha).
      Una noche se enfrascó tanto en el puzle que ni siquiera durmió. Se olvidó, ¡se olvidó de dormir! Y hasta de comer, para colmo. Cenó a las ocho de la mañana. Luego se echó una siesta, se despertó a las dos, desayunó a las dos de la tarde y salió y se compró otro puzle.
      Cuando John vivía era Desayuno a las 6, Almuerzo a las 12, Cena a las 6. Los tiempos han cambiado, ¡a mí me lo van a decir!
      —Así que no, querida, no llegas demasiado pronto —concluyó—. Solo que quizá me vaya de cabeza a la cama en cualquier momento.
      Yo seguía de pie en el recibidor, acalorada, sin apartar la mirada de los ojos radiantes y somnolientos de mi nueva señora, como si los cuervos fueran a hablar.
      Lo único que tenía que hacer era limpiar las ventanas y aspirar la moqueta; pero antes de aspirar la moqueta, encontrar la pieza que faltaba del puzle. Cielo con unas hojas de arce. Sé que se ha perdido.
      Disfruté en el balcón, limpiando las ventanas. Aunque hacía frío, el sol me calentaba la espalda. Dentro, ella siguió con su puzle. Absorta, pero sin dejar de posar en ningún momento. Se notaba que había sido muy hermosa.
      Después de las ventanas vino la tarea de buscar la pieza del puzle. Repasar centímetro a centímetro la alfombra verde, encontrar entre las largas hebras migas de biscotes, gomas elásticas del Chronicle. Estaba encantada, era el mejor trabajo que había tenido nunca. A ella le «importaba un rábano» si fumaba o no, así que seguí gateando por el suelo mientras fumaba, deslizando el cenicero a mi lado.
      Encontré la pieza lejos de la mesita donde estaba el puzle, al otro lado del salón. Era cielo, con unas hojas de arce.
      —¡La encontré! —gritó—. ¡Sabía que se había perdido!
      —¡Yo la he encontrado! —exclamé.
      Entonces pude pasar la aspiradora, y entretanto ella terminó el puzle con un suspiro. Al irme le pregunté cuándo creía que me necesitaría otra vez.
      —Ah… ¿qué será, será? —dijo ella.
      —Lo que tenga que ser… será —dije, y las dos nos reímos.
      Ter, en realidad no tengo ningunas ganas de morir.
 
40–TELEGRAPH AVENUE. Parada del autobús delante de la LAVANDERÍA DE MILL Y ADDIE, que está abarrotada de gente haciendo turno para las lavadoras, pero en un clima festivo, como si esperaran una mesa. Charlan de pie al otro lado de la vidriera, tomando latas verdes de Sprite. Mill y Addie alternan como estupendos anfitriones, dando cambio a los clientes. En la televisión, la Orquesta Estatal de Ohio toca el himno nacional. Arrecia la nieve en Michigan.
      Es un día frío, claro de enero. Cuatro motoristas con patillas aparecen por la esquina de la calle 29 como la cola de una cometa. Una Harley pasa muy despacio por delante de la parada del autobús y varios críos saludan al motorista greñudo desde la caja de una ranchera, una Dodge de los años cincuenta. Lloro, al fin.

Noche de difuntos

Para cerrar el año, el tercer cuento de este mes, con el que la antología virtual de Las Historias llega a los 150 textos. Además, es una primicia: “Noche de difuntos” de Solange Rodríguez Pappe (Guayaquil, 1976), narradora y docente ecuatoriana, especialista en la literatura de imaginación, que ha aparecido en numerosas antologías y publicado libros como Tinta sangre, Dracofilia, El lugar de las apariciones, Balas perdidas o Caja de magia.
      “Noche de difuntos” –cuento en el que la familia se convierte en asiento del horror– es inédito en este momento, se publica con permiso de la autora y aparecerá próximamente en una nueva colección, que publicará la editorial Candaya.

NOCHE DE DIFUNTOS
Solange Rodríguez Pappe

“He aquí, os digo un misterio: No todos dormiremos; pero todos seremos transformados”.
—1 Cor 15:50-53

Mi esposa se ha ido pero ha dejado todo listo para el día de difuntos. Una olla con vísceras recién condimentadas, agua recogida en galones, muchas fundas para los desechos; —de esas negras y enormes donde cabría muy bien una persona doblada o en partes—, y una pala de punta cuadrada, nuestra nueva adquisición del mes, que espera flamante tras la puerta. Ella se ha encargado muy bien de los preparativos porque desde que nos casamos ha estado muy pendiente de las cosas de la casa. ‘Tú podrías vivir muy tranquilo metido en una caja de cartón si te dieran un televisor y una cerveza’, me dice bromeando, mientras ella ordena el mundo con bastante eficiencia. Para incluirme en sus planes, de vez en cuando me da tareas específicas, como la de la pala. Pero siempre me pasa lo mismo: cuando voy a la tienda de abarrotes para estas vísperas, ya la gente ha tomado lo mejor y me siento un absoluto inútil; así que he comprado la única pala que he encontrado, una que sirve para trasplantar plantas pero no para excavar la tierra.
      Luego de la cola infinita hecha junto con adolescentes eufóricos por tener entre las manos sus primeras armas de fuego y de los tremendistas que llevan desde cañones hasta granadas para defender sus casas, me he topado con otros esposos que entran jadeantes y van directo a la parte de las herramientas grandes. Me divirtió ver sus caras de decepción. Definitivamente, hay maridos peores que yo. Cuando ella vio la pala demasiado pequeña, aun con la etiqueta puesta, se ha alzado de hombros y me ha dicho que no importaban mucho esos pequeños detalles en comparación con el gran plan que habíamos convenido. Tenía razón; ese era nuestro último año en la ciudad para la noche de difuntos. La que venía, nos íbamos a ir a vivir al extranjero, lo más lejano posible de la tierra donde habíamos pasado casi toda la vida.
      Por la tarde, alcanzando el final de la caravana, ella ha salido de la ciudad con la niña hacia las nuevas edificaciones que ha construido el estado, que son cada vez menos una fortaleza y cada vez más un complejo turístico. Ahora les han instalado un parque acuático, un centro comercial y una iglesia con capacidad para 500 personas, que siempre está vacía porque sucede como en Semana Santa, que la gente no tiene ya cabeza para esas reverencias, y solo los más viejos anochecen y amanecen orando por las almas de los difuntos. El resto hace lo de siempre: pone a gozar al cuerpo como si no hubiera mañana.
      El año en que la acompañé me la pasé pensando en mamá. ‘Tienes la cabeza en otro lado’, me decía Lucrecia, ‘mejor no hubieras venido’ y sí, era verdad. Aguanté las horas muertas viendo reportes de los movimientos en la ciudad, mirando el sueño tranquilo de la niña e imaginando las manos flacas que llamaban a la puerta de nuestra casa vacía. Cuando Lucrecia volvió del cine y por fin se acostó a dormir, me escabullí a la capilla buscando consuelo. Alguien cantaba una melodía triste acerca de los insondables destinos de Dios. La religión siempre me ha parecido un pretexto para sufrir en grupo. Me juré no regresar jamás a perder allí mi tiempo.
      Desde la ventana del coche, Lucrecia me preguntó otra vez, con desconfianza, si aún seguíamos con el plan convenido. Luego de la decepción de la pala y de todas las decepciones anteriores, templé la voz para contestarle que sí. Me dio un beso leve que prometía mucho más cariño en el futuro y me dijo, ‘besa también la niña’. Me la pasó por la ventanilla. Un pedacito de carne blanca que se daba poco conmigo y que pataleaba en cuanto la tomaba en brazos. Dormida era otra cosa; dormida podía imaginar que era completamente mía y le decía: Hijita, por ti nos iremos de aquí, buscaremos una ciudad mejor donde el pasado no pueda alcanzarnos, tendré un trabajo diferente, te daremos un hermanito… Lucrecia se fue sonriendo satisfecha.
      El cachorro que habíamos conseguido, también con las justas ese año, las siguió ambas ladrando y saltando un par de cuadras. Después volvió corriendo hacia mí, jadeando, con una confianza completamente limpia y bonachona. Le llené el plato de comida en el patio delantero mientras miraba cómo los vecinos de en frente también emprendían su huida. Este año la que debía aguardar al día de muertos era la esposa, aún bastante joven, porque su hermano menor acababa de fallecer. La saludé con la mano fingiendo una cordialidad que no sentía, ella no supo que contestar y se metió a la casa rápidamente. Desde ese instante, en nuestro barrio se extendió un profundo y desolador silencio. Me sentí en paz.
      Cerca de las once de la noche, mientras veía noticias sobre los preparativos en toda la ciudad, escuché sonidos raros en el patio delantero y ladridos. Encendí inmediatamente las luces y los aspersores y tomé la pala, lleno de nervios. No podía ser posible que se hubiera adelantado la noche de difuntos, pero con eso de los inescrutables designios de Dios, pues quién podría saberlo. Encontré a la vecina arrodillada en el suelo, empapada, intentado atrapar a nuestro perro.
      —¿Qué hace? — Le dije mirándola desconcertado.
      El agua le humedecía el pelo, le marcaba los pechos y las caderas. Aún era una mujer agradable de ver. Y en aquella pose…
      —El inútil de mi marido no pudo conseguir este año una mascota y no tengo nada que ofrecer el día de muertos. Siempre llega tan rápido. Tenemos un conejo, pero los niños no quisieron dejarlo y se lo llevaron.
      —¡Pero este es el perro de mi hija!
      —Por favor, démelo, estoy desesperada. Su hija es muy pequeña, ni siquiera sabe que existe ese perro.
      Y el cachorro daba brincos en su torno mientras ella quería apresarlo con los brazos, era un espectáculo ridículo. Luego se dio cuenta de que el agua la hacía lucir desnuda y que yo, ciertamente, lo había notado. Se le ocurrió una idea bastante lógica.
      —Hágame pasar, si usted quiere, pero por favor, deme al perro.
      Lo medité un momento sopesando las consecuencias.
      —Venga— le dije.
      Pasamos directamente a la cocina. Ella alabó el decorado sobrio de nuestro hogar. También el orden y la limpieza que Lucrecia mantenía en la casa. Agarré de la estantería un recipiente de plástico y puse en él parte de la comida que había preparado mi esposa. Las vísceras de cerdo frías se pegaban las unas a las otras en una mezcla gelatinosa que olía a sangre. Ella arrugó su nariz. Dijo que se sentía incapaz de hacer esto, que le parecía una pesadilla, lo que uno dice siempre hasta que ya lo está haciendo. Todos hemos enterrado a nuestros muertos, es lo que hacemos desde el principio de la historia, — le contesté— nunca ha sido diferente, lo que pasa es que ahora lo hacemos una vez más todos los años. Me miró sin parecer muy convencida.
      —Puede que no haya quedado suficiente para usted.
      —Me las ingeniaré. Será nuestro secreto, ya sabemos que la comida del día de muertos es sagrada, no vamos a decirle a nadie.
      —Es usted un buen esposo —, me dijo antes de cruzar la calle y dedicarme una mirada un poco más detenida, cargada de sincera simpatía. Sonreí. Le iba a comentar bromeando que, si la sorprendía otra vez acosando al perro, iba a usar la pala con ella. Pero seguro iba a dañar el buen clima. Ya ambos teníamos suficiente con los ánimos crispados.
      Con el tiempo en contra, puse la mesa y saqué de debajo de la cama la vajilla cara que le habían regalado a Lucrecia para el matrimonio, la que tenía ribetes dorados. Después arrimé el sillón lo más cerca que pude de la ventana, saqué las fundas de basura de su envoltorio, forré los muebles y esperé y esperé, durmiendo por momentos cortos. Todavía me quedaban unos pendientes por resolver.
      Cerca de las dos de la mañana, la emisora local había dejado de transmitir. Abrí con precaución la puerta y miré unos segundos la calle desierta, iluminada por la mortecina luz de las farolas. Me pareció ver a la distancia un bulto pequeño que se movía con lentitud, tal vez un niño. Rápidamente, le quité la cadena al perro que se alegró al verme, tan nuevo que ni siquiera tenía nombre; un cocker spaniel que era la vitalidad en estado puro. Lo alcé en el aire mientras su cuerpo, que era todo espasmos, se sacudía frenético contra mi pecho intentando lamerme la cara. Lo encerré en el dormitorio. No hagas ruido, le dije, pero en cuanto le eché llave a la puerta arrancó dando ladridos y los aullidos largos.
      Ni bien pasé a la sala se escucharon los primeros toquidos, secos e insistentes, como si los hicieran con un madero pequeño. Dejé que siguieran un rato más para no equivocarme mientras repasaba en mi cabeza el estado de la situación. Me había olvidado de entibiar la cena, por ejemplo. ¡Ay!, Es cierto que yo casi siempre era un desastre encargándome de la casa. Lucrecia lo habría hecho mil veces mejor.
      —Hola mamá—, le dije de forma automática en cuanto abrí la puerta —, se te ve muy bien conservada.
      Y era verdad, ya iba para el tercer año como cadáver y todavía mantenía varias partes en su sitio. Las piezas dentales, por ejemplo, se notaban casi todas en buen estado cuando gruñía una sonrisa. El ojo blanquecino que aún le quedaba, sostenía la mirada tierna que yo recordaba de la infancia y el ralo pelo enmarañado, del que se desprendían terrones de suciedad, me daba la impresión de que incluso había crecido en comparación con las visitas anteriores.
      Aunque Lucrecia no había querido —luego de la muerte de mamá, elegí para ella la tierra más nutritiva, la que tenía grandes dosis de arcilla. Fue una pelea difícil que terminé ganando—, le dije que ella era la única pariente que tenía para que me visitara el día de muertos porque papá se había perdido en el mar, y también le prometí que solo la recibiría hasta el tercer año, que después de eso la golpearía con una pala, la dividiría en trozos, — total, ya estaba muerta —, y luego enterraría su cuerpo en el jardín. Había sonado sencillo entonces, pero ahora debía cumplirlo.
      La abracé como bienvenida. Su cuerpo pequeño era como el de un pájaro o un reptil, hecho de cartílago. No debía apretar demasiado; sin embargo, la emoción de volver a ver a mamá me capturó… hasta que escuché el primer crujido. Ella soltó una exhalación gutural para expresar también su cariño, era el lenguaje ahogado de un cuerpo sin lengua ni pulmones donde yo debía completar las palabras. Me costó, pero con el tiempo yo había aprendido a entenderla.
      —Debes de estar cansada y con hambre, el trecho desde el cementerio es largo…
      Y le sugerí que fuésemos directamente al comedor. Se escucharon entonces los primeros alaridos. Aunque pareciera mentira, aún había familias que se quedaban en la ciudad, que abrían la puerta a los muertos y que se atrevían a no tener cena para ofrecerles. También había personas a quienes la noche de difuntos sorprendía en la calle, por lo general extranjeros que no entendían de qué iba el asunto y, bueno, enloquecían. Había de todo. Nosotros ya nos cansamos de los científicos, los religiosos, los espiritistas, los satánicos y los demás curiosos que se instalaban en el pueblo a hacernos preguntas e investigaciones. La verdad nosotros no sabíamos cómo funcionaban las cosas, solamente sabíamos que así eran desde que teníamos memoria.
      Amanecía y anochecía como siempre ha sido, y nuestros difuntos se levantaban en noche de muertos y nosotros les dábamos de cenar. Mi madre nos hizo recibir a mis abuelos y todos nosotros, los siete, permanecíamos tiesos y con los pelos de punta observándolos masticar lentamente tripas y puzón sazonado con especias, mientras mi madre les ponía un elegante babero bordado para recoger la sanguaza y manejaba una conversación ligera y animada con los logros del año como si los abuelos oyeran, como si no estuvieran preocupados de otra cosa además e masticar la carne. Como si pudieran vernos con sus cuencas vacías.
      El año en que ya no pudieron levantarse, ella se quedó toda la madrugada llorando en la ventana, mirando el camino, viendo pasar anhelantes otros muertitos rengos por si alguno era el suyo. Esa vez sí que había hecho una gran cena, había matado una cabra joven— tarea titánica y penosa para todos los que participamos, porque no había como tenerles cariño a los animales, los abuelos se los terminaban comiendo, tarde o temprano —. Se la veía desesperada, parecía a punto de querer meter a la casa a cualquiera resucitado, y así tampoco, vamos… En ese entonces yo no entendía cómo ella podía amar tanto a ese amasijo descompuesto de pellejos y huesos, que, de haber podido, se hubieran comido a uno de sus hijos; pero era así. Iba a verlos al cementerio cada fin de semana.
      —Justino, abraza a mamá, prométeme que podré venir a visitarte, que no vas a irte de aquí como otros se van.
      —Te lo prometo mamá — y yo me hundían en la carne blanda entre sus pechos y su estómago, apenas rodeándola con mis brazos. Enterraba ahí mis ocho años ignorantes y frágiles. —Yo te quiero, mamá. No voy a irme.
      Si algo me enseñó mi madre, fue a no temer a los muertos y lo hizo de la peor manera. Y aquí estaba yo cumpliendo mi palabra con una mezcla de repulsión y amor furioso, sirviendo en un plato fino, vísceras heladas como ella jamás lo habría hecho y contemplándola ausente para todo menos para la comida, viéndome obligado a llenar el silencio con frases idénticas a las que ella decía en el pasado: Que la niña iba creciendo, que este había sido un muy buen semestre en el trabajo, que Lucrecia le enviaba saludos, que este año teníamos cobertura satelital para el día de muertos y el estado nos había instalado cámara hasta en las narices. Y cuando a ella se le zafaba la mandíbula, o se le salía un diente que iba a parar al plato sanguinolento, yo se la acomodaba, o lo recogía con toda naturalidad y lo colocaba a un sobre una servilleta, como si fuera lo más normal de la tierra.
      Cuando fui a dejar el plato en el lavadero escuché un gimoteo aterrado, que en un inicio me pareció que venía de otra parte, un grito herido de una bestia que sufría. Yo me había acostumbrado a crecer con estas cosas, pero Lucrecia tenía razón cuando insistía en que no era el ambiente más adecuado para una niña. Cuando le conté las escenas de mesa de mi infancia me miró desconcertada. ‘Qué cruel’, me dijo, ‘tu madre era una bárbara’, pero yo le decía que no, que salvo por esos episodios había sido una buena mamá, pero lo cierto es que nunca se llevaron bien entre las dos. Solo se toleraban. Mi madre hubiera deseado para mí una mujer con menos personalidad. La ambición de Lucrecia la intimidaba. Yo había sido por años, el terreno de batalla para ambas.
      Cuando entré corriendo al dormitorio, ya fue tarde. Aunque yo intenté separarlos; había empezado a devorar al perro de mi hija por la barriga, así que ya no había nada que hacer. Mi madre me gruñó sumergida en un frenesí feroz y lanzó un par de dentelladas al aire, sin reconocerme, y el perro también me mordió a mí, en su desesperación. Así que aterrado, di un paso atrás sin encontrar ninguna solución. La vi comer con una voracidad inaudita, como en el pasado lo había visto hacer a mis abuelos con los conejos, cerdos, pájaros, gatos y cuantos animales habíamos tenido en la infancia. Yo me había prometido ser diferente, entonces, me prometí que mi hija enterraría una mascota solo cuando esta hubiera muerto de vieja, pero la determinación no me había durado ni una semana.
      Cuando le arrancó el corazón con los dientes, el animal dejó de aullar y de moverse, por lo que su tarea ya fue mucho más fácil. No habían quedado del cachorro más que patas, una cabeza desgonzada con la pálida lengua guindando, el pelo dorado, manchado de sangre jugosa. Un amasijo de carne jironada, en resumidas cuentas. Y mi madre masticaba y masticaba con insistencia, con sus escasos dientes y sus encías romas, mientras cantaba el canto gutural de los muertos saciados, en un éxtasis místico, sublime y escalofriante.
      Yo la contemplaba espeluznado, pensando cómo iba a hacer para arreglar el estropicio de la alfombra, y sacar las manchas vivas de las sábanas, el olor salvaje y ferroso del cuerpo recién muerto y el otro aroma más potente, la putridez del cadáver que empezaba a sentirse con intensidad en el dormitorio.
      Justo cuando se había cansado de roer el esqueleto del cachorro y se aplicaba en el reguero de órganos que habían quedaba en el piso, fue cuando me acordé de mi promesa de ese año. Fui por la pala que esperaba tras la puerta de entrada y la empuñé como una espada, conteniendo la respiración. Ella, desentendida me ofrecía sin saberlo su cabeza para que el diera un buen golpe, así que junté ambos brazos por encima de mi coronilla y alcé el instrumento apretando las mandíbulas calculando el estropicio que haría en ella un palazo dado con fuerza. Lo pensé demasiado, creo, me detuve a contemplarla encogida y minúscula como la artritis la había dejado, pensé en las noches acompañándola, durmiendo en la emergencia del hospital, junto a otros cuerpos extraños, apretujados como ganado; en los dolores que había tenido que soportar antes de morir, en que se había ido feliz porque se sostenía en la promesa de que sabía que regresaría para la noche de difuntos.
      Cuando su embeleso hubo terminado, mi madre satisfecha, finalmente, se irguió y se fue lentamente para la sala, dejando un camino líquido rojizo, mientras arrastraba sus plantas desnudas. Yo a penas si tuve tiempo de esconder la pala tras la espalda. Se dejó caer en el sillón que previamente había forrado de plástico y luego me llamó con su mano descarnada.
      —Ven con mamá, hijito —me pareció que decía—. Abrázala.
      Y yo fui, caminando lento, como un futuro muerto, con los ojos llenos de lágrimas y de fatiga. Me senté a su lado y me dejé caer en su regazo ensangrentado, aferrándome a sus fémures, alguna vez tan queridos, mientras ella me pasaba las yemas sucias por el pelo, y lo peinaba en un arrullo delicado. Y yo la volvía a sentir tibia como cuando era niño y olía a comida recién preparada. Así estuvimos hasta el amanecer y hasta los gritos lejanos de los devorados se volvieron cada vez más esporádicos.
      Con la primera luz de la mañana empecé a hacer agujeros en el patio para enterrar los restos del perro, la ropa de cama y cuanta cosa más estaba ya arruinada para siempre. La vecina joven, visiblemente perturbada por el estrago que el día de muertos hace en el espíritu de cualquiera, cruzó desde la acera del frente para ayudarme a cargar las bolsas, solidariamente y en silencio. Ese era su agradecimiento por mi convite. Cuando terminamos, me sugirió ir a ver a otro perro en la tienda de adopciones.
      —Estoy segura que no es el primero ni el último al que le pasa una desgracia así en esta época. Apuesto que encuentra otro exactamente igual y va a ver cómo nadie se da cuenta, ni tiene que dar explicaciones.
      Le dije que ya no importaba, que esa no era la única explicación que iba a tener que dar. Le pregunté también si le parecía una buena idea la desaparición del perro, como inicio de una conversación, para pedirle a mi hija que no se mude y me deje visitar su casa en la noche de difuntos.

La Chata Sofía y el ave negra

Este mes aparecerán tres cuentos. El segundo es de Carmen Leñero (México, 1959), escritora, cantante y académica mexicana. Doctora en Letras por la UNAM, ha publicado además poesía, ensayo y narrativa (como el libro de cuentos Monstruos mexicanos). Esta version de “La Chata Sofía y el ave negra”, una viñeta breve muy cerca del poema en prosa y (a la vez) de la narrativa de horror, fue publicada en el número de diciembre de 1990 de la Revista de la Universidad.

LA CHATA SOFÍA Y EL AVE NEGRA
Carmen Leñero

La Chata Sofía era una anciana muy rica, victima desde niña de un oscuro padecimiento: tarde o temprano sentía rencor por lo que amaba, y eso le provocaba en todo el cuerpo unos dolores insoportables. Muchas noches se despenaba llorando y daba vueltas y vueltas en la cama hasta el amanecer.
      Para no alimentar su mal se habla ido desprendiendo de los objetos que más le gustaban, se había alejado de sus seres queridos y procuraba complacerse lo menos posible en el espejo.
      Los médicos le aseguraron que su enfennedad no era mortal, pero no supieron dar con el remedio.
      “Este mal lo causa un ave negra prisionera en tu corazón”, le había dicho un curandero. “Si sale de ti estarás curada.”
      “¿Y cuándo sucederá?”, preguntó la anciana.
      “Cuando otra ave de la misma especie la invite a emigrar con ella.”
      Pasó largas tardes en su jardín esperando ver aparecer a aquella segunda ave entre las ramas de los naranjos. Meses después hospedó en su casa a un grupo de artistas a quienes pidió que figuraran la presencia y el canto de un pájaro negro “así de grande”, decía, mostrándoles el puño.
      Pronto los despidió a todos porque no lograban nada y ella comenzaba a encariñarse con el bullicio que hacían en el comedor durante el almuerzo. Uno de ellos le besó la mano al marcharse, y esa noche la pobre de Sofía, asqueada por el gesto del muchacho, sintió que le arrancaban a pedazos la médula espinal. Mandó llamar al curandero pero el hombre se negó a acudir. A partir de entonces Sofía vivió sin esperanza de aliviarse, con los ojos puestos en algún punto más allá de los naranjos.
      Una mañana ya no pudo levantarse de la cama. reunió a sus sirvientes y les dijo:
      “Soy ya muy vieja y afortunadamente voy a morir. A ninguno de ustedes amo pero todos han sido fieles servidores y quiero heredarles mis pertenencias.”
      La escuchaban con las manos atrás y cabizbajos, e inclusive sintieron pena de oír cómo se iba extinguiendo esa voz que habla guiado sus vidas.
      “Ahora retirense”, concluyó con sequedad.
      Mientras salían hizo una seña a su criado de más confianza y le susurró al oído:
      “Te encargarás de que me incineren. Júramelo, Fennfn.”
      ¿Incinerar? Al criado le pareció que eso no era cristiano pero asindb, y la Chata Sofía expiró serena.
      Durante los funerales la gente estuvo muy atareada en repartirse los muebles y los objetos de valor. Nadie hizo los trámites en el crematorio, y algún pariente lejano surgido a última hora mandó enterrar a Sofía en la cripta familiar.
      Apenas echaron los cerrojos de la cripta, el mismo dolor agudo, interminable, y un aleteo desenfrenado bajo el pecho. La muerta quiso abrir la boca para dejar acapar al ave, quiso ahuyentarla con las manos, estrangularla, pero ninguna parte de su cuerpo obedeció.

A la sombra del sabino

Este mes aparecerán tres cuentos. El primero es de Josefina Estrada (México, 1957). Periodista, profesora, editora y narradora mexicana, en la última especialidad es autora de los libros de cuentos Malagato y Piel bandida, así como de las novelas Desde que Dios amanece y Te seguiré buscando. Ha publicado además libros de crónica, reportaje y otros géneros. “A la sombra del sabino”, cuento sutil y violento a la vez, apareció en el número de diciembre de 1990 de la Revista de la Universidad y de allí lo he tomado.

Josefina Estrada (fuente)

A LA SOMBRA DEL SABINO

Josefina Estrada

Ahora que estás muerto, puedo decir tranquilamente que te odio. Esta noche, la última, te diré lo que nunca te importó escuchar, y recordarás lo que alcancé a decirte a lo largo de ocho años. Sabías, por ejemplo, de los horrores que me invadían cada vez que el sueño me devolvía a mi madre muerta. La misma que cada noche venía a darme un beso. Si tan sólo sus labios hubieran tenido la frialdad del silencio. Eran templados, como los tuyos, pero los de ella tenían la calidad del perdón. Ahora lo sé. Ella vino la misma noche de su muerte. Aun no sabías de su ausencia, y ella ya estaba conmigo. Y fueron tantas las veces que le pedí respuestas, pero nunca habló. Sólo me acompañaba su silencio y su sonrisa triste, la misma que tenía cuando me contemplaba mientras me enseñaba a leer y hacía a un lado el pelo. Pero nunca sonrió tan desolada como esa mañana cuando pidió verme, cuando me despertó la sirvienta para llevarme a su cama. Y otra vez nadie me dijo nada. Nadie me confió que mamá estaba muriéndose y era la última ocasión que me abrazaría. Y volví a quedarme dormida, creyendo que era una de esas mañanas en que me metía en su cama y ella se dejaba acariciar. Cuando murió, tenía treinta años; yo, doce.
      Las sirvientas bajaron al día siguiente al pueblo para pedirte que asistieras al sepelio. Les dijiste que no buscaran hombres, que tú solo la sepultarías al pie del sabino. Te recuerdo llegando con el cura, quien ya venía rezando por el descanso de mi madre. Y siguió murmurando plegaria durante horas, hasta que colocaste la cruz sobre la tierra. Desde la buhardilla, los miraba. Me pediste que me fuera a dormir, pero te desobedecí: desde esa noche, se inició la fascinación de mirarte en la oscuridad. El cura se marchó cerca de la medianoche. Aún conservo su imagen, bajando la loma, levantándose el faldón de la sotana negra, revuelta por el viento; iba encorvado, iluminado por la luna. Y lo recuerdo porque fue la última persona que vi. Con tu llegada se fue la servidumbre. Cada domingo, el día que bajabas al pueblo por víveres, te pedía que regresaras con cualquiera de las mujeres que ayudaban a mi madre, a sabiendas que volverías a regresar solo … ¿Estás escuchando? Sé que estás oyendo, tienes que oírme. Mamá me oía. Los dos me están escuchando. Esta tarde, cuando fui a buscan al sabino, a pesar de que tu gesto indicaba lo contrario, albergué la esperanza de que en cuanto cerrara la noche, subirías la escalera y te detendrías en el rellano. En cada uno de los doce escalones crujientes que faltaban por subir, iría sintiendo tu cercanía. Mi piel era como la tierra cuando empieza cubrirse de lluvia: poco a poco humedeciéndose, abriéndose morosamente. Después, la perilla giraba suave, como si temieses que algún día cumpliera mi amenaza de asegurar por dentro la puerta. Nunca entendí tu costumbre de abrir y quedarte de pie en el umbral: permitiendo que tu silueta me cubriera. Tu oscuridad me inundaba y me remitía al principio de los tiempos. Pausado, ibas acercándote para separar la luz de las tinieblas.
      Así lo recuerdo, así me lo hiciste creer en los primeros días, aquéllos en que me leías la Biblia. Entre sueños te escuchaba, y sonreía porque sabía que en ese momento mi madre estaría mirándonos con su sonrisa afligida mientras hablabas de la miel y Jos frutos, de las mujeres y los varones hermosos. U na de esas noches tomaste mis pechos; tan parecidos, decías, a los frutos del huerto del Edén. Mis senos irían amoldándose al hueco de tus manos, madurando y engrandeciendo su aureola a través de tus caricias. Recuerdo que no quería que me dejaras sola, te suplicaba que te tendieras junto a mí. Intuía que a tu lado se irían los dolores que me mordían las entrañas. Ésos que también me acosaban durante el día y que eran mayores si detenías tu mirada sobre mi cuerpo, porque era como imaginar, de un golpe, tu lengua en mis oídos y en mis ojos y en mi propia lengua. Pero no hacías más. Llegó el momento en que te supliqué que ya no te detuvieras, que terminaras. Es cierto, yo lo pedí. A los trece años fui tu mujer. Para entonces, mi pensamiento sólo giraba en torno a nuestros cuerpos; todos los objetos de la casa y la realización de cualquier labor o descanso eran motivo de mi exaltación. Pero sólo accedías a mis exigencias en las sombras. Y no todas las noches. Eso jamás acabé por entenderlo. Sólo entrabas si tú lo querías. Subía a la recámara y, desde el lecho, tenía que esperar a que terminaras de cenar, de leer; escuchaba todos tus movimientos. ¿Cuántas veces toqué a tu puerta, si no te detenías en la mía? Pero nunca abriste. Tú podías pedirme,
yo tenía que esperar. Ocho años aguardando tu mirada, tu voz. Si tan sólo hubiese hablado a cualquier hora, durante el día. No me bastaba con que me permitieras hacerlo mientras comías. Tu silencio me calló para siempre, hasta esta noche. Las lecturas y los libros de mi madre me salvaron de la locura. Los libros me empezaron a dar respuestas cuando ya había dejado de preguntar.
      Todavía no sé de dónde me nace tanta rabia súbita; ignoro en dónde aprendí el reclamo y la exigencia. Mi madre, lo veo, también me heredó su silencio y los sonidos de esta casona. Los ruidos que ahora me acompañan, los mismos que con tu sola presencia lograbas enmudecer cuando mis oídos se aprestaban para escuchar tu respiración, esa que por la voluntad de mi deseo perdía el control y el ritmo. Pero ya no. Estás muerto. Te moriste viendo la puesta del sol. Tus manos están más frías que todo lo frío que jamás hayas tocado. Pero, ¿qué les hice a mi madre y a ti para que se hayan ido sin despedirse? ¿Te interesa saber cuándo nació mi odio? ¿Quieres saberlo? No quieres, nunca querrás oír nada de la Elisa, de la niña que se hizo mujer a tu lado, que fue tu mujer. No, nunca podrás hablar conmigo. Porque si lo hubiéramos hecho, un día tendríamos que haber mencionado lo que tuviste mucho cuidado en callar.
      Era mejor el silencio absoluto, como el que imperó en esta casa, desde que la soledad poseyó a mi madre abandonada. De lo que sí me hablaste fue del amor, pero después entendí que eran palabras robadas; pertenecían al libro. Quisiera, en pago, marcharme y dejarte con los ojos abiertos. No sólo eso, también quisiera irme y abandonarte allá afuera, desde donde ahora estás, anublado y sereno. Otra noche con un cadáver, y yo desde la ventana de la buhardilla contemplando el sabino. Pensé que sería admirable dejarte con los ojos abiertos por el resto de la eternidad. Pero sentiría tu mirada cenicienta, cubierta de hormigas, como si fuera una marca en mi frente. No voy a hacerlo, pero lo pensé, porque así te obligaría a mirar mi figura alejándose y constatarías que ahora sí tengo la fuerza para alejarme, que no estoy amenazando en balde. Pero dejarte insepulto, lo sé, significaría seguir viviendo entre las paredes de esta antigua casa, en donde alguna vez, apenas hace diez años vivía la familia Guadarrama. Tengo que irme lejos; deseo enterrarte. Mañana iré al pueblo, todos sabrán que la señorita Elisa Guadarrama anda buscando sepultureros. Pagaré para que caven tu fosa debajo del sabino, junto a tu esposa, la única y verdadera. No traeré al cura. Yo rezaré sola. Ahora mismo, y por lo que resta de mis días. Elisa, su hija, rezará por el descanso eterno de sus almas. Madre, padre, ¿por qué nunca me hablaron del pecado?

La incertidumbre

Este año comencé –con mucha gratitud– a coordinar las sesiones del Encuentro Internacional de Cuentistas en la FIL Guadalajara. Un texto de cada autor invitado al último Encuentro se puede leer en línea aquí, junto con un breve “credo cuentístico”: una declaración de principios de escritura. En las mismas sesiones de lectura se dieron muchos comentarios de lo más interesante a partir de la conversación entre escritores y público, y me llamó la atención una frase del colombiano Evelio Rosero. Al preguntársele sobre sus procedimientos creativos, dijo que no podía haber una sola fórmula para todos sus proyectos, porque “cada cuento crea su propia incertidumbre”.

Varias personas en la sala, estoy seguro, pensamos algo parecido: nos dijimos “Sí, por supuesto”. No es que hayamos formulado antes la frase que dijo Rosero, sino que la frase es verdad, y podíamos percibirlo de inmediato. Para eso (entre otras cosas) sirve la literatura: para dar sentido y forma a lo que sabemos y sin embargo no alcanzamos a expresar.

Rosero estaba hablando de la escritura de cuentos y la escritura en general. Cada proyecto, cada cuento, nos coloca al escribirlo en un estado diferente de incertidumbre porque cada proyecto es diferente. Las preguntas que nos fuerza a plantear, los obstáculos que nos pone delante, son distintos de los de cualquier otro. Y esto no ocurre sólo en la superficie de los textos, en el nivel de su tema o (en su caso) su argumento. Prosodia, ritmo, interpretaciones simbólicas, referencias intertextuales, cualquier aspecto de la creación de un texto puede ponernos en dificultades y llevarnos a dudas y cuestionamientos.

Este modo de abordar el propio estado mental de quien escribe puede parecer desolador, pues implica que nunca será posible tener una fórmula para la escritura. Aun aquellas personas que trabajan con planes y esquemas preestablecidos tendrán que enfrentarse con imprevistos. No es posible hallar, ni inventar, una “receta” infalible, útil para todos los casos y que resuelva todos los problemas.

Pero ¿no es la incertidumbre parte de lo mejor de la escritura?

Estamos muy habituados a entender la escritura –u otras labores de las llamadas creativas– como la elaboración de un producto. Llevados por los hábitos del pensamiento de los regímenes capitalistas, a veces llegamos a pensar que la hechura de un objeto capaz de ser vendido –una novela de éxito, un reportaje, un discurso, un guión de cine, una biblia para una serie de televisión– es el sentido último del acto de escribir. Pero no siempre es así. Quien escribe puede tener muchas experiencias diferentes a lo largo del proceso mismo de escribir, aun si lo que se escribe no se publica; incluso si no llega siquiera a terminarse.  Cada experiencia de escritura se deriva de la relación particular de quien escribe con el lenguaje. Y en ellas puede haber descubrimientos: sobre el lenguaje mismo, sobre lo que se está diciendo, sobre quién está diciendo. Sobre el mundo que se dice.

Este es un valor de la escritura que nos atrae a ella aun si no se nos ocurre describirlo. La escritura nos llama también porque nos abre un espacio –sin importar lo variada o lo pobre que sea nuestra vida– para estar en el mundo.