#Escritura2018: el objeto amado

Seguimos con la serie de ejercicios semanales, no obligatorios, para quienes quieran practicar diferentes aspectos concretos del proceso de escritura. Esta semana: el objeto amado. Un ejercicio de observación e invención.

Instrucciones: Salir de casa (y de Facebook y el resto de las redes, se entiende) y encontrar un objeto viejo y ajeno que nunca hayamos visto antes. Puede ser una prenda, un objeto decorativo, un utensilio, etcétera.

Después, imaginar que ese objeto fue muy preciado para alguien y escribir brevemente la historia de a) por qué se volvió preciado y b) por qué, luego, se le desechó. Desde luego, eso significa pensar al menos un poco en el personaje para quien el objeto era importante.

Esto puede dar para textos de muchos tonos distintos, incluyendo el melancólico. Un gran ejemplo de este último está en la novela El asesino ciego de Margaret Atwood, quien escribe “toda vida es un cubo de la basura mientras se vive, y después todavía más”, haciendo referencia a los objetos que cada persona acumula y que no tienen significado más que para ella. Su protagonista, en la vejez, piensa en sus propios objetos preciados en estos términos:

El cascanueces con forma de caimán, el solitario gemelo de madreperla, el peine de carey con varias púas rotas. El mechero de plata roto, la taza sin platillo, las angarillas sin el recipiente para el vinagre. Los huesos esparcidos del hogar, los harapos, las reliquias. Fragmentos que llegan a la orilla tras un naufragio.

Como los demás, este ejercicio se puede realizar en privado –escrito en una libreta, por ejemplo– o publicar en algún espacio en línea. También se puede enlazar, si se desea, en los comentarios de esta nota, o colocarse allí directamente.

Importante: es mejor si no se hace trampa y en efecto se busca un objeto que no sea nuestro. Y también es mejor si el objeto elegido no es claramente algo pensado para usarse y tirarse, como una servilleta o un vaso de plástico.

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Por si les interesa, hay más publicaciones de #Escritura2018 en el grupo de Facebook que hemos creado para ello, así como en Twitter, el sitio de Raquel y nuestro canal de YouTube (en el que está, ya, una colección de todos los videos realizados sobre #Escritura2017 el año pasado, y otra con los videos de 2018).

#Escritura2018: la palabra prohibida

Seguimos con esta serie de ejercicios semanales, no obligatorios, para quienes quieran practicar diferentes aspectos concretos del proceso de escritura.

Esta semana: la palabra prohibida.

Instrucciones: imaginar a un personaje “normal”, sin atributos muy llamativos. Un ser humano cualquiera que podríamos encontrar fácilmente con sólo salir a la calle.

E imaginar también que este ser humano jamás utiliza en su conversación cierta palabra común del idioma. No una “mala” palabra, sino una palabra rutinaria y aparentemente banal. Que nunca dice –o siente mucha incomodidad al tener que decir– “moneda”, o “amarillo”, o “vientre”, o “lápiz”.

La explicación es que esa palabra recuerda al personaje un suceso vergonzoso, inconfesable, de su propio pasado: algo que le sucedió, algo que hizo o que le hicieron, y que no quisiera tener que recordar nunca más. El ejercicio consiste en escribir brevemente la historia de ese suceso, de forma que se entienda por qué queda resumido en la palabra clave elegida.

Como los demás, este ejercicio se puede realizar en privado –escrito en una libreta, por ejemplo– o publicar en algún espacio en línea. También se puede enlazar, si se desea, como un comentario a esta nota, o dejarse directamente aquí.

Importante: se vale utilizar cualquier palabra, pero es mejor si no se utilizan palabras de obvias connotaciones violentas o sexuales, que dan para sucesos más obviamente vergonzosos. También es mejor si el texto es realmente convincente a la hora de sugerir y explicar las causas de la vergüenza.

El objetivo es pensar en la caracterización de un personaje a partir de un hábito, y de cómo representar de modo plausible tanto ese hábito como al personaje entero.

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#Escritura2018: alfabeto

Este es el segundo ejercicio de #Escritura2018, que se dedicará a ofrecer apoyo –sugerencias, ejercicios y más, tanto por escrito como en video– a personas interesadas en realizar un proyecto propio de escritura durante este año.

Aquí en Las Historias, #Escritura2018 agrupa a una serie de ejercicios para quien quiera practicar diferentes aspectos concretos del proceso de escritura, y en especial de la escritura narrativa.

Esta semana: el alfabeto del personaje.

Instrucciones: imaginar a un personaje, pensando en tantos atributos físicos y de carácter como sea posible, pero siguiendo esta regla: crear la lista de esos atributos de modo que cada uno empiece con una letra distinta del alfabeto latino en su versión castellana (es decir, 27 letras incluyendo la Ñ). Por ejemplo, un personaje podría ser (A)nimoso, (B)onachón, (C)argado de espaldas…, y así sucesivamente hasta llegar a (Z)urdo.

La dificultad es la siguiente: los atributos no sólo no deben repetir iniciales, sino, sobre todo, deben ser CONSISTENTES: no contradecirse entre sí. Un personaje (D)elgado no puede ser (O)beso al mismo tiempo; alguien (L)eal no puede ser (D)esleal, etcétera.

Como los demás, este ejercicio se pueden realizar en privado –escrito en una libreta, por ejemplo– o publicar en algún espacio en línea. También se puede enlazar, si se desea, en la página de este grupo.

Importante: se vale que una lista dada se salte alguna letra y también que no alcance el máximo de 27, si los atributos que sí aparecen dan para imaginar a un personaje creíble. Y no se recomienda (obvio) perder el tiempo con una lista de atributos hecha al puro azar, ni llenarla a fuerzas forzando palabras que no vienen mucho al caso (esto significa que está bien que haya problemas con la X, por ejemplo), ni hacer trampa ignorando la definición habitual de personaje, es decir, la representación de un carácter humano posible.

El objetivo es pensar con detenimiento en las características de los personajes, y también ver que es posible imaginar MÁS atributos de los que pueden llegar a ser necesarios, o significativos, en un texto narrativo.

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#Escritura2018

#Escritura2018: un ejercicio de observación

Estamos empezando (Raquel Castro, mi esposa, y yo) una nueva iniciativa de escritura anual. #Escritura2018, igual que #Escritura2017, se dedicará a ofrecer apoyo –sugerencias, ejercicios y más, tanto por escrito como en video– a personas interesadas en realizar un proyecto propio de escritura durante 2018.

Aquí en las historias, #Escritura2018 empieza aquí, con el primero de una serie de ejercicios para quien quiera practicar diferentes aspectos concretos del proceso de escritura, y en especial de la escritura narrativa.

Esta semana: observar.

Instrucciones: en algún sitio fuera de la red (la calle, la escuela, un lugar público: el mundo) dediquen todo el tiempo que sea posible –sin estalquear ni molestar a nadie– a observar a una persona desconocida. Su forma de moverse, la postura de su cuerpo, las facciones de su cara, el tono de su voz si llega a hablar, la ropa que viste y los objetos que lleva. Después, escribir la descripción de lo que vieron con tanto detalle como sea posible. Después, imaginar y redactar una biografía de esa persona. Quién es, cómo se llama y cómo llegó a tener el aspecto con el que la vieron.

Estos ejercicios se pueden realizar en privado –escritos en una libreta, por ejemplo– o publicar en algún espacio en línea.

No se vale hacer preguntas a la persona observada, y mucho menos tomar fotos o video (todo lo cual sería, como mínimo, un poco desagradable). El objetivo es ejercitar la capacidad de observación, la memoria y la imaginación.

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#Escritura2017: el argumento paradójico

Un breve ejercicio de escritura, que podríamos llamar argumento paradójico, inspirado por un par de lecturas recientes en talleres y por el famoso argumento de Chéjov.

Supongamos que en una narración una persona recibe lo que parece ser una muy buena noticia. En su famoso “argumento”, que Antón Chéjov nunca desarrolló como cuento completo –y por lo mismo es más atrayente, más misterioso–, él elige plantearlo así:

Un hombre, en Montecarlo, va al casino, gana un millón (…)

¿Qué pasaría si este suceso, sin embargo, fuera por el contrario el aviso de un cambio terrible en la vida del personaje? Chéjov termina su argumento escribiendo que el ganador del millón

(…) vuelve a casa, se suicida.

La acción, aparentemente absurda, se ha intentado explicar en centenares de ocasiones en narraciones que inventan motivaciones y antecedentes para el suicida (algunas, incluso, fueron propuestas por lectores de este sitio en la nota que enlacé arriba).

Sin embargo, las circunstancias precisas que inventa Chéjov no son las únicas que se pueden imaginar para el argumento paradójico. Por el contrario, puede servir cualquier causa que tenga un efecto radicalmente opuesto a la que supuestamente debería tener, es decir, que vaya contra nuestras expectativas de la manera más completa o sorprendente posible. Algunos ejemplos:

Una mujer y un hombre que se odian se casan y viven felices, juntos, por el resto de sus vidas.

Una persona recibe un diagnóstico de cáncer terminal y organiza una fiesta enorme para celebrar.

Una mujer gana un puesto muy codiciado en una gran empresa –altísimo sueldo, poder de decisión, grandes posibilidades de ascenso– y renuncia el primer día.

La propuesta es inventar algún otro de estos argumentos paradójicos y desarrollarlo luego. Quien lo desee, puede utilizar la sección de comentarios de esta misma nota.

Antón Chéjov, dos caras.

Por qué prefiero a Frank Underwood

Hay que escribir esta notita frívola ahora, que no se ha estrenado todavía la quinta temporada de la serie House of Cards (Castillo de naipes, sería, si a alguien le importaran estas cosas) en Netflix.
      La serie está basada en otra serie, inglesa y de formato breve, transmitida por la BBC en 1990; ésta, a su vez, se basa en la primera de una trilogía de novelas de Michael Dobbs, un escritor y político conservador que imagina, tras el final del gobierno de Margaret Thatcher, el ascenso al poder de un funcionario ambicioso y sin escrúpulos llamado Francis Urquhart. Los guiones, escritos por Andrew Davies y el propio Dobbs, enfatizan la intriga política y la forma en la que Urquhart (interpretado de forma excelente por Ian Richardson) es capaz de racionalizar cada acción detestable que lleva a cabo –desde coacción y chantaje hasta asesinato– y ponerla en perspectiva como un paso más en su camino hacia el poder. El mejor recurso formal de la serie es literalmente clásico: como en una obra de teatro isabelino, Urquhart es capaz de traspasar los límites de su propia ficción y hablar a los espectadores que lo miran en sus pantallas. Así se vuelve un villano horrible y a la vez cercano, fascinante a causa de esa cercanía, en la tradición (aunque no necesariamente a la altura) de Ricardo III o Edmundo de Gloucester.
      Lo mismo sucede, por supuesto, en la versión estadounidense, en la que Francis Urquhart se convierte en Frank Underwood, diputado del Partido Demócrata que conspira para hacerse de la vicepresidencia de su país y luego conseguir la destitución del presidente. Underwood, interpretado por Kevin Spacey, se convierte así en presidente de los Estados Unidos sin tener que hacer campaña electoral y tras haber sido responsable directo de dos muertes y de la ruina de muchas personas. Al lado de su historia, aprovechando la mayor extensión del formato americano de series en temporadas abiertas, se ven las vidas de la esposa de Underwood, la también ambiciosa Claire (Robin Wright), el leal operador político Doug Stamper (Michael Kelly) y muchos otros.
      La cuarta temporada de esta House of Cards fue la última de su creador y primer showrunner, el guionista Beau Willimon. Fue coordinada por él y tuvo colaboradores muy diversos en la dirección de los diferentes episodios (entre otros, James Foley, Joel Schumacher, Jakob Verbruggen y la misma Robin Wright; en otras temporadas estuvieron, además, figuras como David Fincher, Joel Schumacher y Jodie Foster). Su trama culminó con Underwood amenazado, pocas semanas antes de la elección entre él y un candidato republicano, por miembros de su propio partido, por un periodista que ha descubierto algunos de sus crímenes, y por una crisis debida a un ataque terrorista. Acorralado, Underwood anuncia a los espectadores que su estrategia para salvarse será crear su propio terror…
      Pero el efecto de semejante conclusión no fue, probablemente, el esperado por sus creadores. El lanzamiento de la temporada (todos los episodios el mismo día, como es costumbre) ocurrió a la mitad de la campaña presidencial del año pasado en Estados Unidos, y quedó eclipsado por el espectáculo mediático de los dos candidatos en pugna y en especial, desde luego, por Donald Trump. Aun antes de que éste fuera electo –mientras los medios que ahora llama “enemigos del pueblo” americano le daban publicidad gratuita mucho más copiosa que la que le daban a sus oponentes–, su campaña era un show. Una continuación de los que hacía como conductor del programa El aprendiz y, antes, como la “personalidad pública” que fue aun antes de llegar a la televisión: el magnate neoyorquino ansioso de notoriedad y conocido por sus tácticas deshonestas.

 
Imagen encontrada en Facebook (fuente)
      Millones de personas quedaron hechizadas por el personaje de Trump, que se conducía de forma tan diferente de los políticos en los noticieros y también de los personajes claramente de ficción en narraciones, películas y series sobre política. Buena parte de sus electores parece haber votado por el personaje, que se proclamaba ajeno a los clanes y grupos de poder que participan en el gobierno de su país y, supuestamente, podría dirigir al Estado como a una empresa privada, para hacerlo “replicar” el éxito (de hecho bastante turbio y dudoso) de sus propios negocios.
      Y en esa atmósfera, incluso antes de que Trump ganara, empezó a difundirse la idea de que ninguna representación de las existentes se acercaba siquiera a capturar lo que lo hacía único. Que era una figura totalmente sin precedentes, que nadie hubiera podido anticiparlo, y que en él se demostraba una vez más el lugar común de que la realidad “siempre supera a la ficción”. (Esto se sigue diciendo incluso ahora, cuando es claramente visible que Trump conduce al menos a su círculo más cercano como al reparto de un reality show, permanece obsesionado por que la televisión lo elogie y más que una política o una ideología mantiene un espectáculo, una puesta en escena para complacer a su “base” pero sobre todo a sí mismo: a su ego y su necesidad insaciable.)
      Pero no: no es para tanto.
      Para empezar, Trump no supera ni a la misma realidad. Ahora que es presidente, y aunque en México se repitan las frases de asombro que se dicen en los Estados Unidos y muchos se obsesionen con la historia diaria de sus disparates y amenazas (y varias de éstas se hagan directamente contra nosotros), lo cierto es que es muy fácil ver que su régimen rapaz, de empresarios que se benefician de las leyes que ellos mismos promulgan, se parece a más de uno de los nuestros: la cleptocracia –gobierno de ladrones– no es ninguna novedad. La ineptitud e inexperiencia de Trump y su gente tampoco lo son, ni su racismo, que como sabemos se alza también, de manera alarmante, en otros lugares del mundo.
      Además, mucho de su carácter y de los incidentes alrededor de su campaña sí están prefigurados, de hecho, en House of Cards, aunque en su momento nadie haya podido o querido verlo. Conway, el candidato republicano que aparece en la serie (Joel Kinnaman), es más guapo y más joven pero está tan obsesionado como Trump con su propia imagen, es igual de hipócrita y puede, como él, intrigar y mentir sin remordimientos; los medios tradicionales, en crisis a causa del auge de Internet, critican a los políticos y al mismo tiempo los aúpan y les dan poder y reconocimiento; hackers y whistleblowers (personas que revelan secretos gubernamentales para hacer denuncia) son vistos como personajes enigmáticos y amenazadores; los lazos familiares llevan a actos de nepotismo y faltas éticas “técnicamente legales”; hay una relación equívoca del presidente estadounidense con el de Rusia, que es muy parecido a Vladimir Putin (lo interpreta el actor Lars Mikkelsen) aunque se apellide Petrov; hay colusiones con oscuros poderes empresariales y el uso de la violencia como recurso de mera distracción… Algunas de esas coincidencias serán casuales, por supuesto, pero incluso ellas muestran que ciertas preocupaciones generales causadas por la crisis de los gobiernos neoliberales van más allá de las personas que les dan cuerpo de manera fortuita. (Como se dice con frecuencia, la Historia siempre corre el riesgo de examinar el pasado como si fuera el cumplimiento de un destino fatal, como si cada acontecimiento hubiera estado prefijado desde siempre, pero no es así. Es decir, nos conviene recordar que Donald Trump no era inevitable, ni es un cataclismo que sólo nos es dado mirar.)
      Se ha escrito que la diferencia entre Trump y otros políticos de su país es su falta de vergüenza: más precisamente, de interés en la apariencia de honorabilidad, de preocupación por el escrutinio público, que Underwood, Conway y hasta algunos de los peores sátrapas mexicanos sí tratan de mantener. Pero creo que algo distinto es lo más llamativo: el hecho de que, como personajes, esas criaturas en los puestos de mayor poder en el mundo en el que vivimos son pésimas. Criaturas no sólo vulgares, corruptas, odiosas, sino planas: seres sin profundidad, sin nada más que sus apariencias.
      Aunque no faltan ejemplos literarios de malos gobernantes (la ineptitud e inconstancia de Trump, por ejemplo, podrían tener un paralelo en Ricardo II, del mismísimo Shakespeare), los políticos actuales, y en especial los del nativismo blanco de los Estados Unidos, tienen sus precursores, más bien, en lo peor de los medios masivos de aquel país, y en especial de la televisión: en esa cultura que lleva décadas de usar las noticias como espectáculo, denigrar el pensamiento complejo, fomentar la riqueza y la fama como valores esenciales, defender el privilegio como fuente de virtud y la zafiedad como derecho del más fuerte, para mejor humillar a sus inferiores.
      Con todos sus defectos, y a pesar de todo lo que calla sobre problemas reales como la discriminación racial, la desigualdad económica, el carácter –insular y alevoso al mismo tiempo– de la política estadounidense en el resto del mundo o la depredación ambiental, una serie como House of Cards se las arregla para encontrar una dimensión humana en sus protagonistas y revelarnos las razones, a veces muy humanas y comprensibles, de actos espantosos. Las interpelaciones de Frank Underwood a sus espectadores, complementadas ocasionalmente por sus sueños o sus alucinaciones, dicen mucho, y con mucha precisión, sobre un individuo complejo, concreto. En el reality show de la Casa Blanca, por el contrario, las figuras principales son todas clichés (desde el nazi Steve Bannon hasta el bully Sean Spicer), el protagonista carece por completo de interior, de capacidad de introspección o curiosidad sobre sí mismo, y sólo unos pocos personajes incidentales, de los que aparecieron en uno o dos “episodios” del último año, tienen interés dramático al aparecer con fisuras: auténticos fallos de carácter capaces de sugerir algo parecido a la naturaleza humana.
      (Por ejemplo, el exdirector del FBI, James Comey, quien pudo haber causado una catástrofe para su país a causa de su vanidad y sus errores de juicio, y pagó por ello con la humillación pública a manos de quien más le debía. O Anthony Weiner, el político caído en desgracia por su adicción al sexo, que contribuyó al torbellino mediático contra su bando –y su propia esposa– sin proponérselo siquiera. Etcétera. Los demás son monigotes que dicen estupideces en una pantalla y enganchan la atención de muchas personas con la amenaza constante de algo todavía peor.)
      En 1940, Borges escribió contra los admiradores de otros gobernantes autoritarios y describió, sin quererlo, al espectador ideal del show de Donald Trump: el “adorador secreto, y a veces público, de la ‘viveza’ forajida y de la crueldad”, para quien la única razón posible es la fuerza y las palabras sólo sirven si justifican sus propios odios. Vale la pena hablar de la pésima calidad de ese show no sólo porque ese espectador existe hoy, sino porque el poder del país que transmite a todas horas el programa de su régimen refuerza sus peores efectos en el mundo entero, incluyendo el desgaste del lenguaje mismo y el fomento de la simple estupidez: su ideal es la sumisión a una “realidad” en la que nada importa ni puede cambiar porque nada tiene sentido. No son novedades, por supuesto, pero ahora se fortalecen y se vuelven más destructivas.

 
Kevin Spacey como Frank Underwood en House of Cards

#Escritura2017: ejercicios para crear personajes

Seguimos con nuestro proyecto #Escritura2017, para ofrecer consejos, ejercicios y más materiales escritos y en video a personas interesadas en escribir su propio proyecto durante este año. Aquí van dos nuevos ejercicios para crear personajes:

1. Está de moda la autoficción: la novela cruzada con autobiografía en la que, con el nombre real de un autor o autora, se pueden referir hechos presuntamente reales aunque estén tratados de modo novelesco e incluso maticen, modifiquen o falseen lo que efectivamente pasó. Un ejercicio que puede usar las técnicas de la autoficción es éste: seleccionar un hecho trivial de la propia vida (salir a comprar algo a la tienda, hacer trámites para un pago, conocer a un nuevo profesor o profesora en una clase) y escribir el relato de ese hecho como si fuera importantísimo: un suceso crucial que marca un cambio fundamental en la vida de quien lo vivió. No fue así para quien lo escribe, así que una vez hecho el escrito hay que preguntarse: ¿para quién sí podría ser algo muy importante? Ese alguien es un personaje de ficción que después se puede perfilar y describir como alguien distinto de su creador o creadora.

2. Una variante del anterior, más compleja: partir de un hecho vergonzoso en el que cometimos un error o una torpeza y tratar de darle al vuelta, presentándolo como un suceso en el que hicimos todo bien y se demostró nuestra inteligencia, virtud, etcétera. Sobre todo si no tenemos una compulsión por el autoengaño (como algunos personajes de la vida política actual), la búsqueda de pretextos también puede dar a imaginar un nuevo personaje, distinto de quienes somos.

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Como extra, en estos videos, agrupados todos alrededor de #Escritura2017 se puede ver más sobre el tema:

Más ejercicios y respuestas sobre creación de personajes

Cinco consejos para escribir historias de horror

Cómo dar forma a un libro de cuentos

Más sobre creación de personajes

Tanto aquí como en el canal, en Ask.fm o en el sitio de Raquel estamos atentos para conversar y recibimos peticiones sobre temas a tratar en futuras entregas de #Escritura2017.

#Escritura2017: Tres ejercicios para crear personajes

Durante varios años, aquí en Las Historias aparecieron periódicamente ejercicios de escritura (todos los cuales se pueden ver en el archivo del sitio). Ahora que estamos con el proyecto #Escritura2017, además de publicar ejercicios nuevos haré selecciones de los ya existentes, pensando en que pueden ser de utilidad. Aquí está la primera de esas selecciones: tres ejercicios para crear personajes a partir de imaginar partes del pensamiento –la vida interior– de los mismos.
      Las instrucciones de cada ejercicio se dan en los enlaces:

  1. ¿Cómo alteran los celos la percepción de un personaje? Las emociones influyen en nuestros actos y nuestros pensamientos. Y más aún las emociones fuertes.
  2. ¿Dónde encuentran la belleza nuestros personajes? Puede no ser donde la encontramos nosotros: puede ser en el arte pero también en el futbol, en la publicidad y casi en cualquier sitio, y conocer en dónde nos permite conocerlos mejor.
  3. Si un personaje fuera escritor, ¿qué escribiría? Este ejercicio invita a imaginar parte del pensamiento de un personaje, que por supuesto se manifestaría en sus escritos, si éstos existieran, igual que nuestro pensamiento se manifiesta en todo lo que nosotros escribimos.

Y como extras:

  1. Una nota más: algo sobre la teoría de la fisura del novelista Georges Simenon, útil para imaginar personajes a partir de sus defectos.
  2. Y un video reciente: una conversación sobre cómo perder el miedo a escribir (a la famosa página en blanco) transmitida inicialmente en Periscope.

Ojalá todo esto les pueda ser útil.