#Escritura2018: el cuento sin fantasma

Seguimos con la serie de ejercicios semanales, no obligatorios, para quienes quieran practicar diferentes aspectos concretos del proceso de escritura.

Esta semana: el cuento sin fantasmas.

Instrucciones: considerar los elementos habituales del cuento de fantasmas: los escenarios, las anécdotas, los personajes típicos. Se vale (de hecho es muy recomendable) revisar textos de los grandes maestros de este subgénero o vertiente literaria.

Después, redactar un breve resumen de cómo sería un cuento de fantasmas en el que no aparezcan fantasmas. Que emplee tantos elementos tradicionales como sea posible, pero en el que nunca se llegue a describir de forma explícita una aparición sobrenatural.

Al menos un gran autor de narraciones de fantasmas, el inglés Algernon Blackwood, tiene un cuento así: titulado “La casa vacía” cuenta sólo con dos personajes, vivos ambos, que visitan una casa embrujada. Pero no se ve nada: el miedo y la inquietud se logran de forma magistral a pesar del obstáculo impuesto.

El propósito es reconocer los elementos de un subgénero literario –la serie de características que lo conforman– y entender de qué manera se relacionan unas con otras y cuáles son sus fortalezas y debilidades. De hecho, el ejercicio se puede plantear a partir de cualquier subgénero: por ejemplo, un cuento policiaco tradicional en el que no se cometa un crimen, o un cuento cyberpunk en el que no haya ninguna tecnología avanzada.

Como los demás, este ejercicio se puede realizar en privado –escrito en una libreta, por ejemplo– o publicar en algún espacio en línea. También se puede enlazar, si se desea, en la sección de comentarios de esta nota, o dejarse allí directamente.

Importante: en este caso el ejercicio vale la pena si se utiliza un subgénero conocido y bien caracterizado. No se vale hacer trampa “inventando” un subgénero “nuevo”, hecho de elementos arbitrarios.

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Por si les interesa, hay más publicaciones de #Escritura2018 en el grupo de Facebook que hemos creado para ello, así como en Twitter, el sitio de Raquel y nuestro canal de YouTube (en el que está, ya, una colección de todos los videos realizados sobre #Escritura2017 el año pasado, y otra con los videos de 2018).

Invitación a una resucitación

Encontré el texto que sigue por casualidad. Es un cuento brevísimo del escritor y psicoanalista argentino Emilio Rodrigué (1923-2008) perteneciente a su último libro de ficción: La respuesta de Heráclito.

El octavo día
Nada en un principio.
      En el primer día Dios hizo la luz y vio que era buena, dándole el nombre de Día.
      En el segundo día separó el agua de la tierra seca.
      En el tercer día Dios hizo el Sol, la Luna y las estrellas.
      En el cuarto día Dios hizo la hierba verde y el árbol de fruto y vio que eran buenos.
      En el quinto día Dios hizo a los reptiles grandes y pequeños, las ballenas y los otros mamíferos, los cefalópodos y los peces. También hizo las aves y los insectos.
      En el sexto día Dios hizo al hombre.
      En el séptimo día, habiendo completado su obra, descansó.
      Y al día siguiente, ya descansado, Dios se fue.

No conozco mucho del autor, pero quiero pensar que éste no es su mejor cuento. La sensación que me dejó fue curiosa y desagradable: la de haber leído esa historia antes, y no sólo una vez. Además de que, salvo el final, todo suena muy semejante al texto del Génesis, está la “sorpresa” del último renglón: la idea de que Dios abandona su creación, aunque puede sonar original para algunos lectores (e indignante para algunas personas muy creyentes) se remonta por lo menos a la Edad Media y el texto no hace más que repetirla.
      La propuesta es ensayar una resucitación del texto de Rodrigué: tratar de encontrar una nueva forma de escribir una historia a partir del lugar común. Los comentarios quedan abiertos para quien desee intentarlo. Algunas posibilidades:
      1. ¿Qué otra cosa podría hacer el personaje de Dios tras concluir su creación?
      2. ¿Cómo podría contarse la anécdota sin imitar o parodiar el texto bíblico?
      3. ¿Se podría contar la idea del abandono de Dios desde un punto de vista que no fuera el de la propia divinidad?

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Satán ante el trono de Dios, de William Blake. De sus ilustraciones del Libro de Job

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Cuentos completos de Jack Torrance

He aquí el primer juego literario del año. En El resplandor, una novela de Stephen King, se dice de un personaje que

En Stovington había sido una pequeña luminaria, un escritor norteamericano en gradual florecimiento, quizá, y sin duda un hombre con condiciones para enseñar ese gran misterio de la creación literaria. Había publicado dos docenas de cuentos. Estaba trabajando en una obra de teatro y pensaba que en alguna trastienda mental debía estar incubándose una novela.

Este personaje es, por supuesto, Jack Torrance, que en la novela (y en versión fílmica de Stanley Kubrick) es un personaje sumamente problemático: un protagonista que se convierte en un monstruo y termina intentando asesinar a su propia familia. Las razones y el proceso por los que esto sucede son diferentes para King y para Kubrick, y dan para una discusión de lo más interesante sobre las diferencias entre literatura y cine… que podemos dejar para otra ocasión.
De Torrance se dice también (esto sucede mucho antes de que comiencen sus tribulaciones y los sucesos verdaderamente terroríficos de la historia) que

Cuando finalmente se graduó, consiguió el trabajo en Stovington, sobre todo gracias a la fuerza de sus relatos, de los cuales por entonces llevaba ya publicados cuatro, uno de ellos en Esquire. Ése era un día que Wendy recordaba con mucha claridad; le harían falta más de tres años para olvidarlo. Ella estuvo a punto de tirar el sobre, pensando que era un ofrecimiento de suscripción, pero al abrirlo se encontró con que Esquire quería publicar a comienzos del año siguiente el cuento de Jack «Los agujeros negros».

Dos docenas de cuentos dan para un libro. Y Esquire, en la época en que está escrita la novela, no era solamente una revista de actualidad (como la que circula ahora) sino también un espacio de prestigio literario en el que se publicaban cuentos de gran calidad. Es decir, Jack Torrance no carecía de talento.
¿Cómo hubiera sido la colección de los Cuentos completos de Jack Torrance? La propuesta: escriban el índice del libro y una breve sinopsis de cada cuento. Sólo se tiene para empezar el título de uno de los textos: “Los agujeros negros”; el resto puede decidirlo quien desee participar.
En el fondo, por supuesto, el ejercicio es crear la personalidad de escritor de Torrance por medio de sus cuentos y de lo poco o mucho que se sabe de él. Y el truco es evitar la salida obvia, e inverosímil, de hacer referencia en los textos a los sucesos de El resplandor. Torrance no podía saber, cuando escribía, que era personaje de una novela (o una película) de terror. ¿De qué otra cosa podrían haber tratado sus historias?
Los comentarios de esta nota quedan abiertos para quien desee imaginar cómo eran los cuentos de este autor malogrado.

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Un paréntesis. Pensando en la palabra sinopsis, una recomendación para quienes hacen ejercicios o presentan proyectos narrativos: cuando se les pide sinopsis o argumento en vez de una historia completamente desarrollada, lo más probable es que la persona (el profesor, el productor, el editor) desee el resumen completo de la trama, de principio a fin, y no una “sinopsis” como las que se encuentran en la contraportada de un libro o la parte de atrás de la caja de un DVD, que sólo esbozan el comienzo de la historia y terminan en generalidades. De nada sirve decir que una historia todavía por escribir será “apasionante”, que tendrá “acción” ni nada parecido, y la confusión es común en la actualidad.

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Ahora, aunque no sirve de nada para el ejercicio, el avance de cine de El resplandor:

Un ejercicio expresionista

Se puede representar la realidad de manera literal, describiendo el mundo sensible para que dé la impresión de que se le percibe “tal como es”, o bien se puede utilizar esa descripción como puente hacia algo distinto. Los expresionistas utilizaban la representación para sugerir las emociones de una conciencia que percibe el mundo, como ocurre, por ejemplo, en esta escena de Metrópolis (1927) de Fritz Lang, en la que un personaje reacciona con horror ante la explotación de los obreros en su mundo futurista y los imagina como víctimas a punto de ser sacrificadas:

La propuesta es simple: tomar una situación cotidiana (mientras menos inusual, mejor) y describirla de modo expresionista. ¿Qué tragedia terrible percibe un estudiante que deseaba buenas calificaciones y acaba de reprobar un examen? ¿Cómo se manifiesta lo que siente una muchacha que acaba de ser rechazada por primera vez? Los comentarios de esta nota están abiertos para quien quiera dejar alguna propuesta, como siempre.