Ni nos dimos cuenta

Este es un cuento de Mack Reynolds (1917-1983), quien no es el escritor más famoso de su país, los Estados Unidos, pero tuvo una carrera de lo más interesante: nacido en una familia de izquierda, y afiliado durante décadas al Partido Socialista del Trabajo (Socialist Labor Party, o SLP, que al parecer sigue existiendo aunque siempre fue una organización marginal), fue un escritor “comercial” pero en muchas de sus narraciones incluyó temas de crítica social que pocos tocaban como él en la ficción popular, que en aquel tiempo era creada por una mayoría de autores de derecha. Esta es uno de sus narraciones más conocidas: una historia amarga sobre el abuso del poder y, finalmente, sobre el racismo, que por desgracia cobra fuerza, hoy, por todas partes.
      El cuento de Reynolds, en su versión original, apareció en la revista Startling Stories en 1950 y tiene por título “Down the River” (Río abajo), recordando la frase hecha en inglés “sell down the river”: literalmente, “vender río abajo”, pero más precisamente “aprovecharse de la ignorancia o la confianza de alguien para realizar alguna acción que le resulte perjudicial”. En español de por aquí se podría decir que los extraterrestres que aparecen en este cuento perjudican a los seres humanos sin que éstos se den cuenta. De ahí el título que he elegido para esta traducción y también el verbo con el que se completa la frase, más o menos a la mitad del texto, y que sólo existe en español mexicano pero cuyas implicaciones me parecen de lo más apropiado. Ésta es una de varias modificaciones que hice a la versión del cuento que apareció, en los años ochenta, en la traducción española de la antología Imperios galácticos de Brian W. Aldiss, publicada por la desaparecida editorial Bruguera, y que (la verdad) es mucho menos buena de lo que recordaba.
      “Charlie Fort”, a quien se menciona en algún momento, es de hecho Charles Fort, un autor del temprano siglo XX, antecesor de los actuales “investigadores de lo paranormal”.

Mack Reynolds. (fuente)

NI NOS DIMOS CUENTA
Mack Reynolds

La nave espacial fue detectada por el radar del Ejército poco después de que entrara en la atmósfera sobre Norteamérica. Descendió bastante lentamente, y en el tiempo que tardó en detenerse sobre Connecticut mil aviones de combate estaban en el aire.
      Los telegramas chirriaron histéricamente entre capitanes de la Policía del Estado y coroneles de la Guardia Nacional, entre generales del Ejército y miembros del gabinete, entre almirantes y asesores de la Casa Blanca. Pero antes de que nada pudiera decidirse sobre la forma de atacar al intruso o de defenderse contra él, la nave del espacio se había asentado gentilmente en un campo vacío de Connecticut.
      Una vez que hubo aterrizado todo pensamiento de atacar dejó las mentes de todos los que estaban ocupados con la defensa de Norteamérica. La aeronave se alzaba cerca de un kilómetro y daba la inquietante impresión de ser capaz de derrotar a todas las fuerzas armadas de Estados Unidos sí lo deseaba, aunque al parecer no era así. De hecho, no mostró ningún signo de vida, por lo menos en las primeras horas de su visita.
      El gobernador llegó cerca del mediodía, ganando al representante del Departamento de Estado por quince minutos y a los delegados de las Naciones Unidas por tres horas. Vaciló sólo brevemente en el cordón que la Policía del Estado y los Guardias Nacionales habían establecido todo alrededor del campo, y decidió que cualquier riesgo que pudiera estar corriendo tendría más valor en cuanto a la publicidad se refiere, al ser el primero en recibir a los visitantes del espacio.
      Además, la televisión y las cámaras de los noticieros cinematográficos estaban ya emplazadas y apuntaban hacia él. El Honesto Harry Smith se sintió animado cuando las vio. Ordenó al chofer que se acercara a la nave.
      Mientras el coche se iba acercando, escoltado cautelosamente por dos motociclistas y los camiones de la televisión y de los noticieros, surgió el problema de cómo hacer saber a los visitantes la presencia de Su Excelencia. Parecía que no había indicios de entrada a la espectacular aeronave. Presentaba un suave efecto de madreperla que de tan hermoso quitaba la respiración; pero al mismo tiempo parecía frío e inasequible.
      Felizmente, el problema se resolvió cuando estaban a unos pocos metros de la nave. Lo que parecía una parte sólida de un lado de la nave se hundió hacia adentro y una figura salió levemente hacia la tierra.
      La primera gran impresión del gobernador Smith fue de que era un hombre con una extraña máscara y vestidos de carnaval. El alienígena, en otros aspectos humano y bastante guapo según nuestros cánones, tenía una tez de un ligero verde. Recogió la toga de estilo romano que llevaba puesta alrededor de su ágil figura y se aproximó al coche sonriendo. Su inglés sólo tenía un ligero acento. Gramaticalmente hablando era perfecto.
      —Mi nombre es Grannon Tyre Ochocientos Cincuenta y Dos K —dijo el alienígena—. Creo que usted es un oficial de esta… eh… nación. Los Estados?Unidos de Norteamérica, ¿no es así?
      El gobernador se sintió abatido. El había estado, en sus adentros, ensayando una pantomima de bienvenida, pensando en los hombres de la televisión y en los de las cámaras de los noticieros. Se había imaginado a sí mismo levantando su mano derecha en lo que él creía que era el gesto universal de paz, sonriendo abiertamente y a menudo y, en general, haciendo saber a los alienígenas que eran bienvenidos en la Tierra y en los Estados Unidos en general, y en especial en el estado de Connecticut. No había esperado que los visitantes hablaran inglés.
      De todas formas, se le había pedido muy pocas veces que hablara como para no aprovechar la ocasión.
      —Bienvenido a la Tierra —dijo con un floreo que esperó que los chicos de la televisión hubiesen captado—. Esta es una histórica ocasión. Sin duda alguna, las futuras generaciones de su pueblo y del mío mirarán hacia atrás hacia esta hora llena de felicidad…
      Grannon Tyre 1852K sonrió nuevamente.
      —Le pido disculpas, pero ¿era mi apreciación correcta? ¿Es usted un oficial del gobierno?
      —¿Eh? Este.. eh… sí, por supuesto. Soy el gobernador Harry Smith, de Connecticut, este próspero y feliz estado en el que han aterrizado. Para proseguir…
      El alienígena dijo:
      —Si no le molesta, tengo un mensaje del Graff Marin Sidonn Cuarenta y Ocho L. El Graff me ha encomendado que les diga que sería un placer para él que ustedes informaran a todas las naciones, razas y tribus sobre la Tierra de que él cita a sus representantes, exactamente dentro de uno de sus meses terráqueos a partir de hoy. Tiene un importante mensaje que dirigirles.
      El gobernador se recompuso y quiso tomar el control de la situación.
      —¿Quién? —preguntó dolorosamente—¿Qué tipo de mensaje?
      Grannon Tyre 1852K aún sonreía, pero lo hacía con la paciente sonrisa que uno utiliza con los inferiores o con los niños recalcitrantes. Su voz era un poco más firme, y tenía un leve toque de orden.
      —El Graff les pide que informen a todas las naciones del mundo para que reúnan a sus representantes dentro de un mes a partir de ahora para recibir el mensaje. ¿Está claro?
      —Sí. Creo que sí. ¿Quién…?
      —Entonces eso es todo, por el momento. Buenos días.
      El verde alienígena se volvió y caminó hacia la nave del espacio. La puerta se cerró detrás de él silenciosamente.
      Nunca antes había habido nada como el siguiente mes. Fue un período de júbilo y de miedo, de anticipación, y de presagios, de esperanza y de desesperación. Mientras que los delegados de toda la Tierra se reunían para oír el mensaje del visitante del espacio, la tensión creció a lo largo y a lo ancho de todo el mundo.
      Científicos y salvajes, políticos y revolucionarios, banqueros y vagabundos, esperaban lo que estaban seguros que cambiaría el curso de sus vidas. Y cada uno deseaba una cosa y temía otra.
      Los columnistas de los diarios, los comentaristas de radio y los opinadores de todas clases especulaban interminablemente sobre las posibilidades del mensaje. Aunque había algunos que lo esperaban llenos de alarma, el conjunto en su totalidad creía que los alienígenas abrirían una nueva era para la Tierra.
      Se esperaba que fueran revelados secretos científicos que estaban más allá de los sueños de los hombres. Las enfermedades serían barridas de la Tierra en una noche. El Hombre tomaría su lugar al lado de estas otras inteligencias para ayudar a gobernar el universo.
      Se hicieron los preparativos para que los delegados se encontraran en el Madison Square Garden en Nueva York. Se había visto, en un primer momento, que los edificios de las Naciones Unidas serían inadecuados. Venían representantes de todas las razas, tribus y países que nunca habían soñado en enviar delegados a las conferencias internacionales tan corrientes en las últimas décadas.

***

El Graff Marin Sidonn 48L fue acompañado a la reunión por Grannon Tyre 1852K y por un grupo de idénticos alienígenas de tez verde y uniformados, quienes podían ser únicamente tomados por guardias, a pesar de que no llevaban armas a la vista, ni defensivas ni ofensivas.
      El mismo Graff parecía un caballero bastante amable, un poco más viejo que los otros visitantes del espacio. Su paso era un poco más lento y su túnica más conservadora que la de Grannon Tyre 1852K, quien era evidentemente su ayudante.
      Aunque dio todas las muestras de cortesía, el gran número de personas que le estaban enfrentando parecía irritarle, y daba la impresión de que cuanto antes terminara, mejor.
      El presidente Hanford de los Estados Unidos abrió la reunión con unas pocas y bien escogidas palabras, resumiendo la importancia de la conferencia. Luego presentó a Grannon Tyre 1852K, quien también fue breve, pero que arrojó la primera bomba, aunque una buena mitad de la audiencia no reconoció al principio el significado de sus palabras.
      —Ciudadanos de la Tierra —comenzó, les presento al Marin Sidonn Cuarenta y Ocho L, Graff del Sistema Solar por mandato de Modren Uno, Gabon de Carthis, y, consecuentemente, Gabon del Sistema Solar incluyendo al planeta Tierra. Puesto que el idioma inglés parece ser lo más cercano a uno universal en este mundo, su Graff se ha preparado para poderse dirigir a ustedes en esa lengua. Creo tener entendido que han sido instalados aparatos de traducción para que los representantes de otros idiomas puedan seguirle.
      Se volvió hacia el Graff, aplanó su mano derecha sobre su pecho y luego la extendió hacia su jefe. El Graff respondió al saludo y se adelantó hacia el micrófono.
      Los delegados se levantaron y le aclamaron, los gritos duraron diez minutos, extinguiéndose finalmente cuando el alienígena mostró un poco de incomodidad. El presidente Hanford se levantó, elevó sus manos y pidió orden.
      El clamor murió y el Graff miró hacia su público.
      —Esta es una extraña reunión —comenzó—. Durante más de cuatro decals, lo que grosso modo hace cuarenta y tres años de los vuestros, yo he sido Graff de este Sistema Solar, primero bajo Toren Uno, y, más recientemente, bajo su sucesor Morden Uno, presente Gabon de Carthis, lo que, como ya ha puntualizado mi asistente, le hace Gabon del Sistema Solar y de la Tierra.
      De todos los presentes en el Garden, Larry Kincaid, de la Associated Press, fue el primero en captar el significado de lo que se estaba diciendo.
      —Nos está diciendo que somos su propiedad. ¡Que Charlie Fort nos ampare!
      El Graff continuó:
      —En estos cuatro decals no he visitado la Tierra, pero he pasado mi tiempo en el planeta que ustedes conocen como Marte. Esto, les aseguro, no ha sido a causa de que no estuviera interesado en sus problemas y en su bienestar como debe estarlo un eficiente Graff. Casi siempre ha sido tradición de los Gabons de Carthis el no hacerse conocidos para los habitantes de sus planetas hasta que no hayan llegado como mínimo a un estado de desarrollo H-Diecisiete. Desafortunadamente, la Tierra sólo ha alcanzado el H-Cuatro.
      Un bajo murmullo se estaba desparramando por la sala. El Graff se detuvo un momento, luego dijo amablemente:
      —Imagino que lo que estoy diciendo hasta ahora significa casi un golpe. Antes de que continúe, permítanme hacer un breve resumen. La Tierra ha sido, por un período más largo del que recuerdan vuestras historias, una parte del Imperio Carthis, que incluye todo este Sistema Solar. El Gabon, o quizá ustedes lo llamarían Emperador, de Carthis señala un Graff para que supervise cada uno de sus sistemas solares. Yo he sido su Graff durante los pasados cuarenta y tres años, fijando mi residencia en Marte, más que en la Tierra, a causa de su bajo nivel de civilización.
      »De hecho —continuó, algo meditabundo—, la Tierra no ha sido visitada más de un par de veces por los representantes de Carthis en los pasados cinco mil años. Y, por lo general, esos representantes fueron tomados por alguna manifestación sobrenatural por los pueblos de ustedes, más que usualmente supersticiosos. Por lo menos, es bien sabido que ustedes tienen la costumbre de tomarnos por dioses.
      El murmullo aumentó entre la gran audiencia hasta llegar al punto de que el Graff ya no podía ser escuchado. Finalmente, el presidente Hanford, pálido, se adelantó hacia el micrófono y levantó sus manos otra vez. Cuando se obtuvo una calma razonable, se volvió hacia el hombre verde.
      —Sin duda alguna, nos llevará a todos nosotros un tiempo considerable asimilar todo esto. Todos los delegados reunidos aquí probablemente tienen preguntas que les gustaría hacerle a usted. De todas formas, creo que una de las más importantes y una que todos tenemos en mente es ésta… Usted ha dicho que ordinariamente no se hubieran dado a conocer hasta que nosotros hubiéramos llegado a un desarrollo de, creo que usted ha dicho, H-Diecisiete… y ahora nosotros estamos en un H-Cuatro. Por qué se han dado a conocer ahora? ¿Qué circunstancias especiales los han obligado a ello?
      El Graff asintió.
      —Estaba a punto de llegar a eso, señor Presidente —se volvió nuevamente hacía los delegados, que ahora estaban callados—. Mi propósito al visitar la Tierra ahora ha sido para anunciarles que ha sido hecho un tratado internacional entre el Gabon de Carthis y el Gabon de Wharis mediante el cual el Sistema Solar entra a formar parte del Imperio de Wharis, a cambio de ciertas consideraciones entre los planetas de Aldebarán. A corto plazo, pasarán a ser súbditos del Gabon de Wharis. Yo he sido llamado de vuelta a mi mundo y vuestro nuevo Graff, Belde Kelden Cuarenta y Ocho L, arribará en fecha próxima.
      Dejó que sus ojos se posaran sobre ellos gentilmente. Había un toque de piedad en ellos.
      —¿Hay alguna otra pregunta que deseen hacer?
      Lord Harricraft se levantó en su mesa directamente delante de los micrófonos. Estaba obviamente conmovido.
      —No puedo tomar una posición oficial hasta que haya consultado con mi gobierno, pero lo que me gustaría preguntar es lo siguiente: ¿qué diferencia habrá, para nosotros, con este cambio de Graffs, o incluso de Gabons? Si la política es la de dejar a la Tierra sola hasta que la raza llegue a un estado mayor de desarrollo, esto nos afectará poco; si no es así, durante ese lapso, ¿qué sucederá?
      El Graff habló tristemente:
      —Aunque ésa ha sido siempre la política de los Gabons de Carthis, sus anteriores gobernantes, no es la política seguida por el presente Gabon de Wharis. De todas formas, yo solamente puedo decirles que su nuevo Graff, Belde Kelden Cuarenta y Ocho L, llegará en pocas semanas y sin lugar a dudas explicará su política.
      Lord Harricraft se mantuvo de pie.
      —Pero usted debe de tener alguna idea de lo que este nuevo Gabon quiere de la Tierra.
      El Graff dudó y luego dijo lentamente:
      —Se sabe que el Gabon de Wharis tiene gran necesidad de uranio y de otros varios elementos raros que se encuentran aquí en la Tierra. El hecho de que se haya señalado a Belde Kelden Cuarenta y Ocho L como su nuevo Graff es un indicio, puesto que este Graff tiene una amplia reputación de éxitos en todas las explotaciones exteriores de los nuevos planetas.
      Larry Kincaid hizo una mueca burlona a los otros periodistas que estaban en la mesa de la prensa:
      —¡Nos chingaron y ni nos dimos cuenta!
      Monsieur Pierre Bart se levantó.
      —Entonces se puede esperar que este nuevo Graff Belde Kelden Cuarenta y Ocho L, bajo la dirección del Gabon de Wharis, comenzará una explotación en toda regla de los recursos del planeta, transportándolos a otras partes del imperio de su Gabon.
      —Me temo que eso sea lo correcto.
      El presidente Hanford habló otra vez:
      —¿Pero no podremos decir nada acerca de ello? Después de todo…
      El Graff dijo:
      —Incluso en Carthis y bajo la benevolente guía de Modren Uno, el Gabon más progresista de la Galaxia, un planeta no tiene voz en su imperio hasta que no haya alcanzado un desarrollo de H-Cuarenta. Como pueden ver, cada Gabon debe considerar el bienestar de su imperio como una totalidad. Él no puede verse afectado por los deseos o incluso las necesidades de las más primitivas formas de vida en sus varios planetas atrasados. Desafortunadamente…
      Lord Harricraft estaba intensamente rojo de indignación.
      —Pero esto es prepotencia —farfulló—. Nunca se ha oído acerca de…
      El Graff levantó su mano fríamente:
      —No tengo ningún deseo de discutir con ustedes. Como ya he dicho, yo ya no soy el Graff de vuestro planeta. De todas formas, puedo puntualizar unos pocos hechos que hacen que la indignación de ustedes esté un poco fuera de lugar. A pesar de mi residencia en Marte, he hecho el esfuerzo de llevar a cabo una investigación intensa de su historia. Corríjanme si estoy equivocado en lo que sigue.
      »La nación en la que estamos teniendo nuestra conferencia son los Estados Unidos. ¿No es verdad que en mil ochocientos tres los Estados Unidos compraron aproximadamente dos millones de kilómetros cuadrados de su presente territorio al emperador francés Napoleón por la suma de quince millones de dólares? Creo que se llama la Adquisición de Louisiana.
      «También creo que el territorio de Louisiana estaba habitado en su mayor parte y casi exclusivamente por tribus amerindias. ¿Habían oído hablar alguna vez estas tribus de los Estados Unidos o de Napoleón? ¿Qué les sucedió a esta gente cuando trató de defender sus hogares de los extranjeros blancos?—señaló a Lord Harricraft—. ¿O quizá deba referirme más directamente al país de usted? Entiendo que usted representa al poderoso Imperio Británico. Dígame, ¿cómo fue adquirido originalmente Canadá? ¿O África del Sur? ¿O la India? —se volvió hacia Pierre Bart—. Y usted, creo, representa a Francia. ¿Cómo fueron adquiridas sus colonias del norte de África? ¿Ustedes consultaron con los nómadas que vivían allí antes de tomar su control?
      El francés farfulló:
      —¡Pero ésos eran atrasados bárbaros! Nuestra asunción del gobierno sobre el área era para el beneficio de ellos y el del mundo como una totalidad.
      El Graff se encogió de hombros tristemente.
      —Me temo que ésa sea exactamente la misma historia que oirán de su nuevo Graff Beldé Kelden Cuarenta y Ocho L.
      Repentinamente la mitad de la sala se levantó. Los delegados estaban de pie en sillas y mesas. Los gritos se elevaron, amenazas, histérica defensa.
      —¡Lucharemos!
      —¡Mejor la muerte que la esclavitud!
      —¡Nos uniremos para la defensa contra los alienígenas!
      —¡Abajo con la interferencia de otros mundos!
      —¡LUCHAREMOS!
      El Graff esperó hasta que el primer fuego de protesta se hubiera consumido, entonces levantó sus manos pidiendo silencio.
      —Yo les recomiendo que no hagan nada para oponerse a Beldé Kelden Cuarenta y Ocho L, de quien se sabe que es un Graff despiadado cuando encuentra oposición entre sus inferiores. Ejecuta estrictamente las órdenes del Gabon de Wharis, quien usualmente lleva a cabo la política de aplastar esas revueltas y luego cambiar a la población entera a planetas menos acogedores, en donde serán forzados a mantenerse a sí mismos lo mejor que puedan.
      »Y puedo añadir que en algunos de los planetas del Imperio de Wharis eso es bastante difícil, si no imposible.
      El ruido a través de toda la sala estaba comenzando a elevarse otra vez. El Graff se encogió de hombros y se volvió hacia el presidente Hanford.
      —Me temo que debo irme ahora. No hay nada más que decir por mi parte —se volvió hacia Grannon Tyre 1852 K y su guardia.
      —Un momento —dijo el presidente urgentemente—. ¿No hay nada más? ¿Alguna advertencia, alguna palabra de ayuda?
      El Graff suspiró.
      —Lo lamento. Ahora ya no está en mis manos —pero se detuvo y pensó por un momento—. Hay una cosa que puedo sugerir que puede ayudarles considerablemente en sus tratos con Beldé Kelden Cuarenta y Ocho L. Espero que, al decirlo, no hiera sus sentimientos.
      —Por supuesto que no —el presidente murmuró esperanzado—. El destino del mundo entero pende de un hilo. Cualquier cosa que pueda ayudar…
      —Bueno, entonces, debo decir que me considero completamente libre de prejuicios. No significa nada para mí que una persona tenga la piel verde, amarilla o blanca, marrón, negra o roja. Algunos de mis mejores amigos tienen extraños colores de piel.
      »Sin embargo…, bueno, ¿no tienen ninguna raza en este planeta con la tez verde? Se sabe que el Graff Belde Kelden Cuarenta y Ocho L es extremadamente prejuicioso contra las razas de diferentes colores. Si ustedes tuvieran algunos representantes de piel verde para recibirle…
      El presidente le miró fija y calladamente.
      El Graff estaba desilusionado.
      —¿Quiere decir que no hay razas en la Tierra de piel verde? ¿O, al menos, azul?

Planeta de visiones

Ayer, en la Feria Internacional del Libro de Guadalajara, presentamos el libro de cuentos Las visiones de Edmundo Paz Soldán, recién publicado por Páginas de Espuma. En la presentación leí este texto y puse, para acompañar, la primera de las dos piezas que vienen en video al final de la nota. Después, Edmundo Paz Soldán mencionó la segunda como influencia de su libro y la puse también. Así que fue presentación con música.

Las visiones

Tengo que empezar por contar una historia sin relación aparente con este libro. En un momento les diré por qué.

En 2000, la Exposición Universal de Hannover, en la Alemania recién reunificada, quiso representar una promesa de futuro. Semejante promesa, entresacada de los acontecimientos políticos de la década anterior a partir de la caída del muro de Berlín y de las últimas reservas de optimismo del siglo XX, estaba a un año de quedar invalidada por los atentados terroristas de 2001. Tal vez en unas décadas se podrá argumentar, además, que el concepto de la Historia al que todavía apuntaba ese ánimo noventero, y que va también del triunfalismo de Francis Fukuyama hasta el mesianismo chic de Matrix, quedó definitivamente enterrado en este año, 2016, con la confirmación de que el orden neoliberal se cae a pedazos y de que sus convulsiones políticas recientes han destapado, además de la pobreza y la desigualdad que muchos no querían ver, un remanente que se creía eliminado de tribalismo, superstición y odio en casi todas partes.

El lema de la exposición de Hannover: “Mensch, Natur, Technik” (Hombre, naturaleza, tecnología), ya no puede leerse para invocar asociaciones reconfortantes. Por el contrario, las amenazas que sugiere ahora pueden llevar a pensar en mucho del fatalismo de la actualidad: que estamos yendo velozmente para atrás, que el péndulo de Vico está oscilando en dirección del caos, o incluso que éstas y otras metáforas para describir los vaivenes de la especie humana no sirven más y nos estamos adentrando, simplemente, en una etapa de oscuridad que no tiene precedentes.

En este contexto, es posible preguntarse por la ciencia ficción: esa vertiente de la narrativa de occidente que comenzó como promotora de las nociones de progreso de la Ilustración, se convirtió luego en crítica de esas mismas ideas y por fin, justamente con el cambio de siglo, ha sobrevivido incluso a su crisis como subgénero comercial y ha terminado como como un repertorio de conceptos, personajes y anécdotas que se pueden encontrar por todas partes de la cultura occidental, asimiladas a veces en imágenes irónicas, utopías del futuro que ahora se entienden como parte del pasado, o bien en las promesas de violencia y destrucción del nihilismo apocalíptico.

¿Tiene sentido todavía escribir una literatura que piense en lo que aún puede suceder, que especule sobre lo que todavía es posible a partir de la realidad del presente?

La respuesta es sí, por supuesto, pero se necesita hacerlo de otra forma. Las etiquetas llamadas géneros y subgéneros pierden su sentido con el tiempo aunque las obras que agrupan puedan sobrevivir, ser releídas y reinterpretadas. No se puede volver a creer ingenuamente en lo inevitable y benéfico del progreso tecnológico, pero tampoco hace falta encerrar la imaginación en los dos o tres moldes autorizados por la falta de imaginación de las grandes corporaciones de medios. Como ocurre en otras porciones de la literatura globalizada, algo de lo más interesante que todavía se escribe con esas herramientas de los géneros populares, desarrolladas y exportadas desde los países del primer mundo, ocurre fuera de ellos: de los países y hasta de la misma “literatura de género”. Por ejemplo, ocurre en la obra del narrador boliviano Edmundo Paz Soldán, que en pleno 2016 ha publicado un libro de cuentos habilitado por la ficción especulativa: que la emplea y la subvierte para adaptarla al mundo de ahora, titulado Las visiones.

El libro comenzó, según ha dicho su autor, a partir del trabajo de su novela Iris, que también se apropia de la ciencia ficción al inventarse un mundo entero para colocar en él una versión hipertrofiada de nuestro presente: una sociedad en guerra, en la que la violencia brutal es cotidiana y la religión pesa tanto o más que el saber científico, presentada además en un idioma de transición, que se aleja de los que conocemos en direcciones inesperadas igual que el nadsat de Anthony Burgess pero también del papiamento de Curaçao. Más que continuar la historia de Iris, sin embargo, Paz Soldán opta en Las visiones por hacer a un lado la trama y los personajes principales de la novela y construir en cambio cuentos independientes, ambientados en Iris pero que no requieren la lectura previa de la novela para ser comprendidos. Así evita caer en la trampa del llamado worldbuilding: la construcción de vastos entramados ficcionales, de listas de nombres y detalles que intentan rellenar todos los espacios de los mundos narrados en series populares y que vuelven a los lectores de éstas consumidores de minucias, receptores pasivos de más y más información trivial alrededor de una o dos historias que les gustaron hace mucho tiempo.

El efecto más notable que produce la lectura de Las visiones, de hecho, no es de familiaridad, como el que se produce al revisitar un mundo narrado que ya se conocía, sino el de extrañamiento. Más concretamente, extrañamiento no a causa de la rareza del entorno en el que ocurren las historias, sino al revés: extrañamiento por la cercanía que tienen todas ellas con nuestras experiencias cotidianas en este siglo XXI.

En el cuento que da título al libro, por ejemplo, un juez empieza a tener visiones, precisamente, de aquellos a quienes condenó de forma injusta, pero lo que queda de relieve es, sobre todo, la naturaleza y los pormenores de sus actos de corrupción. Sus actos no son diferentes de los de incontables figuras de autoridad entre nosotros, pero el verlos en un escenario parcialmente fantástico, ajeno, nos damos cuenta con más facilidad de lo monstruosos que son y de que, al contrario de lo que quisiéramos creer, no van necesariamente acompañados de introspección ni mucho menos de arrepentimiento:

Esa noche el Juez vio en un sueño a Enoichi, un irisino que un día fue a un mercado con un riflarpón y no descansó hasta matar a diecisiete pieloscuras. Enoichi asumió con orgullo la matanza y el Juez no tuvo reparos en condenarlo a muerte. En el sueño Enoichi se hallaba en un ataúd de cristal en un claro en el bosque y le pedía que lo rescatara. El Juez buscaba un hacha para romper el cristal cuando abrió los ojos y descubrió a Enoichi parado al lado de la cama como si estuviera velando su sueño. El Juez se sentó en la cama cubriéndose con una sábana y le preguntó vacilante qué quería.

Que vayas a lo más profundo del bosque y me entregues allá tu corazón.

Enoichi desapareció y el Juez se quedó en cama restregándose las palmas de las manos sin descanso, como si le escocieran. Ahora que le había tocado un asesino sin vueltas, descubría que las visiones no eran el recurso fácil de una conciencia culposa. Fokin creepshow. Ya lo sospechaba, porque en ningún momento se había sentido culpable, ni siquiera de los inocentes que encaminó a la prisión o a la muerte.

Nuestra época parece estar marcada por la llamada normalización de discursos oscurantistas: el debilitamiento de la indignación pública ante ideas que en otro tiempo nos hubieran parecido reprobables, como el racismo o las supersticiones anticientíficas, simplemente por verlas o escuchar sobre ellas de manera repetida en los medios. Estos cuentos van en contra de esta tendencia al asumir una postura moral –no moralizante– al presentar la venalidad, la tontería, la deshonestidad o la violencia. Los propios personajes dudan sobre sus acciones, o enfrentan sus consecuencias sin que el texto les dé tregua ni les permita minimizar lo que les sucede con salidas irónicas.

A la vez, Las visiones nunca olvida la mera humanidad de los sucesos que cuenta: la cercanía de lo terrible con nuestro propio ser, porque compartimos la humanidad con los villanos y los seres éticamente ambiguos igual que con los héroes. Así se puede ver en “Doctor An”, cuyo protagonista es un científico sin escrúpulos que experimenta en seres humanos y crea armas químicas y biológicas aterradoras. Aunque el texto menciona pormenores de su trabajo, se centra no en ellos sino en un colapso del personaje, que lo lleva a un último ataque destructor contra quienes lo rodean pero también a un recuerdo de extraña belleza: la vez que se enamoró de una colega y en mitad de un experimento con drogas ilegales:

Todos se quedaban cortos al hablar de ella, la doctora Miel, ése era su apodo, miel miel miel, tan guapa con ese cráneo brillante, un óvalo perfecto. Si le hubieran preguntado qué había en ella que no era suficiente para las palabras, él habría respondido, asumiendo los límites de cualquier historia que se contara sobre ella, recordando la vez en que ella apareció en una reunión con su equipo, una reunión en la que participaba el doctor An, y se metió a la boca un compuesto que acababan de procesar, tan poderoso que no había voluntarios para probarlo. Un compuesto que debía abducir el cerebro de quienes lo probaban y convertirlos en planta. El doctor An vio cómo se transformaba el rostro de la doctora Held, como si los músculos se hubieran soltado y los ojos se derramaran sobre sí mismos, y se enamoró de ella. Quiso seguirla, y probó el compuesto. Ver el mundo con los ojos de las plantas le había cambiado la vida. A veces charlaba con los arbustos en los jardines del lab. Se molestaba con los que pisaban el césped. Esa primera vez también había podido dialogar con la doctora Held, perdida ella como él en el nebuloso mundo de las plantas. Eran plantas de río, raíces subterráneas en las musgosas Aguas del Fin en el valle de Malhado, y se comunicaban su soledad. El doctor An se acostó poco después con la doctora Held. Fue un día después de que la amenazaran con suspenderla por los riesgos innecesarios que tomaba. Todas las veces que se acostó con ella, los dos eran plantas acuáticas. Se sentía bien estar ahí, meciéndose en la placidez del agua, aunque a veces, cuando no la encontraba, la angustia lo mordía y él pensaba que era el único habitante de un planeta desierto. Doctora Held, doctorita, docdocdoc, susurraba, y no había respuesta. Doctora Held, nos vemos nel otro mundo, decía, pero luego ella aparecía y le tocaba las manos frías, era una planta carnívora decía, eres mío mío, y luego insistía en que no había otro mundo, todo todo es neste. (…)

Y ahora, ¿por qué empecé hablando de la Expo de Hannover? Hay que recordar la canción promocional de la Expo, que fue encargada a Kraftwerk, el más influyente entre los grupos pioneros de la música electrónica de la segunda mitad del siglo XX. Debía ser un jingle de pocos segundos, pero la banda encabezada por Ralf Hütter eligió hacer una composición más larga. El resultado suena exactamente a su tiempo: la canción tiene las texturas clásicas de la música de Kraftwerk, sin grandes variaciones pese a haber sido compuesta décadas después de los álbumes más influyentes del grupo; su fascinación con las posibilidades de la técnica es encantadora y anacrónica. Más aún, una de las frases en la letra: “Planet der Visionen” (Planeta de visiones), va de hecho más atrás en el pasado, hacia la poesía de comienzos del siglo XX y su obsesión con el movimiento –que entonces se consideraba vertiginoso, avasallador– de la modernidad. Entonces no nos dimos cuenta, pero aquellas últimas apariciones de la idea añeja del progreso ni siquiera estaban mirando realmente hacia delante, sino a un futuro que ya era viejo.

Lo que estaba delante entonces –y que nadie vio con claridad– es, de hecho, el día de hoy. Este momento. Inesperado, complejo, turbador, fascinante como los cuentos de Edmundo Paz Soldán. Pero con él, al igual que con otros, podríamos tener aún la oportunidad de comprenderlo y no sólo de dejarnos aplastar por su embestida. Esta posibilidad es el verdadero planeta de Las visiones.

Este fue el momento en el que puse "Expo 2000" de Kraftwerk para acompañar lo que dije sobre el Planeta de Visiones. Foto de Gaby Silva.
Este fue el momento en el que puse “Expo 2000” de Kraftwerk para acompañar lo que dije sobre el Planeta de Visiones. Foto de Gaby Silva.

“Expo 2000” de Kraftwerk:

“Johnny B” de Él Mató a un Policía Motorizado:

Ciencia ficción

Cómo cambian los tiempos. Acaba de aparecer este artículo de Fernando Iwasaki sobre la relación entre la humanidad y la tecnología, y el texto, que pasa por varias obras importantes de la ciencia ficción, incluye este pasaje:

[fusion_builder_container hundred_percent=”yes” overflow=”visible”][fusion_builder_row][fusion_builder_column type=”1_1″ background_position=”left top” background_color=”” border_size=”” border_color=”” border_style=”solid” spacing=”yes” background_image=”” background_repeat=”no-repeat” padding=”” margin_top=”0px” margin_bottom=”0px” class=”” id=”” animation_type=”” animation_speed=”0.3″ animation_direction=”left” hide_on_mobile=”no” center_content=”no” min_height=”none”][…] abundan sofisticadas ficciones distópicas que fantasean que el futuro será de las máquinas porque los hombres se convertirán en cyborgs, androides o en torrentes de energía que fluirán de un cuerpo a otro como en el universo de Matrix. No espero otra cosa de un europeo, un japonés o un gringo, pues hasta las vidas artificiales que crean para sus novelas y películas son perfectas, infalibles y desarrolladas. […] Por el contrario, cuando el escritor o director de cine es hondureño, paraguayo o argentino, el peligro de sus robots consiste en que se pudran, se malogren o que exploten cuando sus cables mal empalmados entren en contacto. Los robots no tienen identidad, pero tienen made in, que es peor. Pienso en las literarias criaturas mecánicas de mi paisano Carlos Yushimito, del boliviano Edmundo Paz Soldán o de los mexicanos Alberto Chimal y Ricardo Guzmán Wolffer, todos a años luz de Ultrón o de los secuaces de Megatrón […] porque en lugar de sobrepasar las cualidades humanas representan el límite las capacidades humanas. Es decir, que son “discontinuados” como mi Windows XP, mi vieja Blackberry, mi Word 2003 y mi Eudora 5.1, el programa de correo que utilizo desde 1995. Como cualquier usuario digital deseo velocidad, multifunción y wifi permanente; pero esa agónica expectativa ya no es “humana” sino “robótica”, y por eso —en cierta forma— debo tener algo de robot, como todo el mundo. El problema es que ese “algo” [debe] la íntima certeza de ser anticuado, obsoleto y discontinuado, como los robots de Chimal y Yushimito.

Creo que Iwasaki tiene razón, y por supuesto me da gusto que mencione mi trabajo. Lo que me quisiera subrayar es esto: hace veinte años una mención así habría sido impensable.

Acá en México, y en el resto de América Latina, todavía se aprende en muchos lugares el desprecio contra cualquier forma de escritura que se aparte de ciertas normas tradicionales (la ficción especulativa es sólo una de esas corrientes “inapropiadas”). Todavía es popular el cliché de afirmar la calidad de ciertas obras diciendo que “trascienden”, “superan”, “dejan atrás” –o cualquier otra frase por el estilo– a tal o cual “género”. La literatura de verdad no tiene género, parecen decir, y esto suena muy extraño hasta que se comprende que, en esos contextos,  “género” es en realidad una marca de clase, definida arbitrariamente y en la que no se profundiza porque no se cree necesario: basta verla en alguien, o imponérsela, para discriminarlo, como sucedía con las estrellitas de tela amarilla en el gueto de Varsovia. “Tengo amistades que escriben de género”, dicen algunos para sentirse incluyentes.

Y sin embargo, las piedras de la pirámide ancestral del canon literario sí se han desgastado un poco. No sólo Iwasaki puede publicar su artículo sin que nadie se enoje con él; algunos colegas incluso más interesados en la ficción especulativa que yo o que Ricardo publican su trabajo y tienen lectores (véase, por ejemplo, la buena acogida que ha tenido la obra de otro amigo querido: Bernardo Fernández Bef), e incluso empieza a haber discusiones, más allá de autores y aficionados, sobre la ciencia ficción como una herramienta para pensar en las transformaciones tecnológicas y sociales del presente.

Estas discusiones llegan aquí varias décadas (o siglos) después de que comenzaran en otros lugares, pero no importa. Lo mejor es que, cuando se entablan de forma seria, no tienen nada que ver con la otra acepción perversa de la palabra “género”, que se refiere al conjunto de características reconocibles de un producto hecho para el consumo acrítico de tal o cual grupo de aficionados. Aunque esta época es de un consumismo todavía más feroz que el de hace diez o veinte años –y una cultura del fandom más cerrada e infantilizada que nunca–, probablemente no se repetirá lo que me pasó, también en los años noventa, en una “convención” de literatura “de género” después de haber participado con otras personas en una lectura de textos propios.

Terminado el evento, y como en un chiste, llego hasta donde están tres autores, o fans, de diferentes “géneros.” Y entonces:

YO: ¿Qué les pareció?

AUTOR O FAN DEL “GÉNERO” DE CIENCIA FICCIÓN: Bien, pero tu cuento no es de ciencia ficción, ¿no? No das datos duros. Es más bien de fantasía.

YO: Pues…

AUTOR O FAN DEL “GÉNERO” DE FANTASÍA (al otro autor o fan): No, porque era de época actual. Habría tenido que ser algo más medieval. (A mí.) Era más bien de horror, ¿no?

YO: Bueno…

AUTOR O FAN DEL “GÉNERO” DE HORROR (que había estado distraído): Estuvo bien, pero a mí no me gusta la ciencia ficción. Tú escribes ciencia ficción. ¿No? ¿O el personaje era vampiro?

YO: …

Ninguno de ellos, claro, me dejó con el menor deseo de ajustar mi trabajo a sus expectativas. Pero por mucho tiempo dio la impresión de que nunca habría nada más que las lecturas estrechas de uno u otro lado para los que teníamos la mala fortuna de haber recibido la etiqueta de “raros” en este país conservador y subdesarrollado. Me alegra ver que, al menos en parte, me equivoqué.

Además, véase la sincronicidad: mientras Iwasaki escribía su artículo, a mí me invitaron a publicar un cuento expresamente de ciencia ficción, sin restricciones y con plena confianza. Fue la primera vez en treinta años que me planteé escribir algo desde cierta idea de “género”. Cómo cambian los tiempos.

Ser digital, o uno mismo en plan de ciencia ficción.
Uno en plan Sci-Fi.
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Tanto por hacer de aquí a la FIL

Una serie de invitaciones o de avisos: las últimas actividades en las que estaré durante el año, del día de hoy hasta el final de la Feria del Libro de Guadalajara, por si gustan asomarse a alguna. En los enlaces se pueden encontrar más datos sobre los lugares y las actividades.

(Y el comentario al margen: este fin de año viene durísimo. Ay. Si me ven por alguno de estos sitios, por favor no dejen de asegurarme que todo terminará bien…)

Noviembre

FILIJ – Feria Internacional del Libro Infantil y Juvenil
Jueves 12 de noviembre

10:00 horas / Lanzamiento del concurso #TweetPorViaje en la Sala Interactiva de la FILIJ. Este concurso estará abierto durante el día 12 a los usuarios de Twitter. La convocatoria detallada está aquí, y lo esencial a continuación:

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(clic para ampliar las bases)
(clic para ampliar las bases)

10:30 horas / Charla sobre Rafael Bernal y su novela Su nombre era muerte, un clásico secreto de la ciencia ficción mexicana, también en la Sala Interactiva.

Centro de Creación Literaria Xavier Villaurrutia
Viernes 13 de noviembre

19:00 horas / Presentación de Historia siniestra: dos micronovelas con textos y fotos que publica la editorial Cuadrivio, con Sarai Robledo, Isaí Moreno y yo. (Más del libro en esta nota.)

Historia siniestra

FILIJ – Feria Internacional del Libro Infantil y Juvenil
Sábado 14 de noviembre

14:00 horas / Presentación de La partida, cuento en edición del Fondo de Cultura Económica, ilustrado por Nicolás Arispe, con Verónica Murguía y yo, en el Aula Magna (el cuento viene editado junto con La madre y la muerte, versión de Alberto Laiseca del cuento de Hans Christian Andersen)

15:00 horas / Firma de libros (tanto ejemplares de La partida como cualquier otro que se quieran llevar) en la Carpa de Firmas #1.

La partida

Centro Cultural de España en México
Martes 17 de noviembre

19:00 horas / Presentación de Encore. Cuentos inspirados en el rock mexicano, con Armando Vega-Gil, Raquel Castro, Pilar Ortega, Alejandro Mancilla y yo.

[/fusion_builder_column][fusion_builder_column type=”1_1″ background_position=”left top” background_color=”” border_size=”” border_color=”” border_style=”solid” spacing=”yes” background_image=”” background_repeat=”no-repeat” padding=”” margin_top=”0px” margin_bottom=”0px” class=”” id=”” animation_type=”” animation_speed=”0.3″ animation_direction=”left” hide_on_mobile=”no” center_content=”no” min_height=”none”]

Encore
(clic para ampliar)

Feria del Libro Ricardo Palma de Miraflores (Lima, Perú)
Sábado 21 de noviembre

18:00 horas / Presentación de Los atacantes (Páginas de Espuma)

Los Atacantes

Feria del Libro Ricardo Palma de Miraflores (Lima, Perú)
Domingo 22 de noviembre

17:00 horas / Conversatorio en torno del libro El último explorador con Gabriel Rimachi

FIL – Feria Internacional del Libro de Guadalajara
Sábado 28 de noviembre

18:30 horas / Presentación de la antología Sólo Cuento VII (UNAM) con Rosa Beltrán, Sara Poot Herrera, Marina Perezagua y yo, en la Sala Antonio Alatorre, planta alta de la Expo Guadalajara.

19:30 horas / Firma de ejemplares de La partida (y cualquier otro, cómo no) en el stand del Fondo de Cultura Económica

La partida

FIL – Feria Internacional del Libro de Guadalajara
Domingo 29 de noviembre

12:00 horas / Charla y firma de ejemplares de la antología Festín de muertos (Océano) en el Set de Dramaturgia de Conaculta.

13:00 horas / Firma de ejemplares de la antología Sombras. Cuentos de extraña imaginación (Castillo) en el stand de Ediciones Castillo.

19:30 horas / Presentación de Escenarios para el fin del mundo (Océano), cuentos de Bernardo Fernández Bef, con Joselo Rangel, el autor y yo, en el Salón 6, planta baja de la Expo Guadalajara.


Diciembre

(todo en la FIL – Feria Internacional del Libro de Guadalajara)

Martes 1 de diciembre

18:00 horas / Mesa redonda La realidad es fantasía: ciencia ficción, steampunk y realidades alternativas, con Naomi Alderman, Gareth P. Jones y yo, en el Pabellón del Reino Unido.

20:00 horas / Mesa redonda Realismo mágico: de México para el mundo, con Ned Beauman y Joanne Harris (yo seré el moderador); también en el Pabellón del Reino Unido.

 

Miércoles 2 de diciembre

20:00 horas / Mesa redonda Una de espantos: el terror, lo sobrenatural y lo gótico, con John Burnside, Sally Gardner y Louise Welsh (yo seré el moderador), en el Pabellón del Reino Unido.

Jueves 3 de diciembre

17:00 horas / Latinoamérica viva: charla con Gabriela Alemán, Juan Álvarez, Rubens Figueiredo, Leonardo Padura y Daniel Centeno Maldonado (yo seré el moderador), en el Salón Juan José Arreola, planta alta de la Expo Guadalajara.

20:00 horas / Presentación de Los atacantes (Páginas de Espuma) con Ignacio Padilla, Juan Casamayor y yo, en el Salón Mariano Azuela, planta alta de la Expo Guadalajara.

Los Atacantes

Viernes 4 de diciembre

11:00 horas / Visita a la Preparatoria #8 de Guadalajara, dentro del programa Ecos de la FIL.

16:00 horas / Presentación de El evangelio del niño Fidencio (Acero/UANL) de Felipe Montes, en el Salón C del Área Internacional.

17:00 horas / ¿El futuro existe todavía?, mesa redonda sobre ciencia ficción con Emilio Bueso, Toño Malpica y yo, con Benito Taibo como moderador, en el Salón 2, planta baja de la Expo Guadalajara.

19:00 / Presentación de El cuerpo secreto (Páginas de Espuma), cuentos de Mariana Torres, con Juan Casamayor y yo, en el Salón Mariano Azuela, planta alta de la Expo Guadalajara.

Sábado 5 de diciembre

11:00 horas / Presentación de la antología Mexicanos en una nuez (Posdata) de Paola Tinoco, con Bibiana Camacho, Sergio Andricaín, la antologadora y yo, en el Salón B del Área Internacional.



 

Y dos recomendaciones: la banda sonora de la serie animada Cowboy Bebop, compuesta por Yoko Kanno (seis horas de maravilla):


…y una novela: Dolly City, de Orly Castel-Bloom, autora israelí rarísima, delirante, divertidísima. Se dice que Etgar Keret se dedica a recomendar y regalar sus libros y no sería de extrañar, porque el sentido del humor y la inventiva de los dos son igualmente extraordinarios. Ésta es la historia de una ciudad que podría ser Tel Aviv o podría ser una pesadilla apocalíptica, repleta de ciencia loca, violencia, horror, y risa. Publicada inicialmente en 1992, hay edición en español en la editorial Turner.

Dolly City

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De las Grandes Reformas

Hace rato me dio por colgar en redes sociales (lo hago de vez en vez) un enlace a algún texto del archivo en esta bitácora. Siguiendo el hilo de una conversación, fuera de línea, sobre el poder judicial, y tras haber escuchado en la radio uno de tantos anuncios gubernamentales que hablan, al parecer, de un mundo paralelo cuyo México va de maravilla, recordé “Crónica del Gran Reformador” de Héctor Chavarría, aquel cuento –clásico subterráneo, de la muy mal entendida ciencia ficción nacional– en el que los aztecas conquistan Europa creando una realidad alterna. Ésta apenas se vislumbra, pero en ella la cultura mexica predomina en el mundo entero, envía sondas a otros planetas y tiene un desarrollo tecnológico, y filosófico, que parece superar a los del Occidente de nuestro mundo “real”.
      Puse el enlace, y pienso ahora, como hace rato, que el mero acto de proponer una narración triunfal para las culturas originarias de este país tiene que ser un acto provocador: va en contra de siglos de prejuicios fomentados por el racismo nacional.
      Por otra parte, hay un detalle que cabe considerar: si bien el texto está escrito en español, que es la lengua materna del autor y aquella en la que ha creado toda su obra, se supone escrito desde esa otra realidad en la que todos hablan náhuatl y tienen nombres semejantes a los de los antiguos aztecas. Estaría –en su propio mundo ficcional– escrito en náhuatl. Pero hasta donde sé el cuento no ha sido traducido nunca: ni al náhuatl ni a ninguna otra lengua.
      Fuera de México, traducida a otras de las lenguas occidentales, la narración de Chavarría podría tal vez insertarse en el movimiento, todavía en sus comienzos, de traducción de autores mexicanos ajenos a las élites establecidas y los subgéneros “autorizados” durante el siglo pasado de la literatura nacional. Pero creo que sería aún más importante que la reflexión sobre la historia que propone el texto de Chavarría –y que otros más podrían proponer también– se abriera paso entre los hablantes de las lenguas mexicanas. ¿Cuál sería la lectura de la ucronía propuesta en “Crónica del Gran Reformador” entre los hablantes del náhuatl? ¿O, para el caso, del mixe, o del zapoteco, o del tzotzil?
      Apenas hay traducciones de la literatura mexicana en español a esas lenguas. Y apenas hay atención a lo escrito inicialmente en ellas, en especial si sale de cierto conjunto de temas preestablecidos desde fuera de ellas: de una visión, francamente colonialista, de lo que las lenguas mexicanas tienen autorización a decir.
      Si no una traducción del texto de Chavarría, sí sería interesante (provocador, contestatario: necesario) que existieran otras ucronías semejantes escritas en las lenguas originarias de México, y disponibles para los hablantes de esas lenguas.

[fusion_builder_container hundred_percent=”yes” overflow=”visible”][fusion_builder_row][fusion_builder_column type=”1_1″ background_position=”left top” background_color=”” border_size=”” border_color=”” border_style=”solid” spacing=”yes” background_image=”” background_repeat=”no-repeat” padding=”” margin_top=”0px” margin_bottom=”0px” class=”” id=”” animation_type=”” animation_speed=”0.3″ animation_direction=”left” hide_on_mobile=”no” center_content=”no” min_height=”none”]

Fundacion de la Ciudad de México-Tenochtitlan (Extracto del Codice Durán)
Fundacion de la Ciudad de México-Tenochtitlan (Extracto del Codice Durán)

* * *

Recomendación: Seveneves, una novela de Neal Stephenson, narrador estadounidense famoso como miembro de la última generación del movimiento Cyberpunk (Snowcrash, Cryptonomicon). Esta novela es ciencia ficción de la vieja escuela: le importan menos los “deberes” convencionales de la construcción novelesca que el especular con grandes ideas: la novela comienza “La Luna explotó sin aviso y sin razón aparente” y el hecho precipita la devastación total de la superficie terrestre: sólo un puñado de personas consigue abandonarla y sobrevivir en el espacio. Sin embargo se trata de ideas de hoy, ancladas en consideraciones profundas: la supervivencia de las sociedades y de la especie ante una crisis inevitable y apocalíptica, el enfrentamiento de la política y la ciencia, los caminos que todavía pueden tomar la civilización y la reproducción humanas. Ah, y casi todos los personajes importantes son mujeres, al contrario de lo que sucedía en otros tiempos de este tipo de literatura.

Seveneves[/fusion_builder_column][/fusion_builder_row][/fusion_builder_container]

Crónica del Gran Reformador

Este es un cuento emblemático de la ciencia ficción mexicana: con él, su autor creó una imagen perdurable para la imaginación fantástica nacional, pues da la vuelta a numerosos prejuicios y complejos históricos de la cultura de este país. Su premisa, mucho más poderosa de lo que haría suponer el estilo sencillo de la narración, se resume en una pregunta: ¿qué habría pasado si los aztecas hubieran conquistado Europa, y no al revés?
      Con este cuento, Chavarría (nacido en Mérida en 1950) obtuvo en 1985 el Premio Puebla de Cuento de Ciencia Ficción, que en su momento de mayor relevancia creó todo un movimiento de escritores mexicanos a su alrededor y lanzó las carreras de al menos una docena de autores que siguen en actividad hasta hoy. Chavarría –escritor, editor, periodista e investigador escéptico, siempre dispuesto a criticar las ideas de los creyentes en ovnis y otros por el estilo– publicó también, entre otros libros, las novelas Adamas (1995) y El mito del espejo negro (1996). “Crónica del Gran Reformador” se publicó primero en la revista Ciencia y desarrollo, patrocinadora entonces del Premio Puebla, y luego ha sido reproducida en numerosas ocasiones.

Chavarria

CRÓNICA DEL GRAN REFORMADOR
Héctor Chavarría

Nota a la primera edición completa:
La circulación clandestina del epílogo de la obra de Ehécatl. Lo que no fue, publicada bajo el título Lo que sí fue, dio lugar -en el pasado- a polémicas amargas. Sea o no verdad lo que en ella se dice, importa poco en la actualidad; nuestra identidad de raza está muy por encima de sucesos tan antiguos como los que se relatan, por lo que no existe razón para clandestinidad alguna. Esta publicación se hace directamente de los originales del autor contenidos en la Biblioteca Nacional del Gran Teocalli y se complementa con un fragmento de la conferencia dictada por Ahui Xocoyotzin, máximo catedrático de Historia y Leyenda de la Universidad de Anáhuac, 500 años atrás, titulada “Vida y Obra del Gran Reformador”.

El Editor

* * *

Eran cuatro.
      El médico que se odiaba a sí mismo por haber sido incapaz de salvar al paciente que más le importaba en el mundo.
      El escritor, frustrado por no poder hallar las palabras adecuadas para narrar sus sueños.
      El ingeniero que soñaba con el diseño perfecto a sabiendas de que no lograría realizarlo.
      El socorrista que no había podido salvar la vida de su mejor amigo.
      Estaban en el Popocatépetl, atados a la misma cuerda y en la ruta central. Descendían cuando los golpeó el rayo.
      Quizá no fue un rayo, pero los derribó hacia la negrura después del blanco deslumbrante. Sin aviso previo, sin advertencia de tormenta eléctrica. Un rayo seco. Pero… ¿fue un rayo?
      Cayeron desde el arranque de la grieta hacia las rampas, golpearon el hielo y luego una capa de nieve compacta. En la fracción de segundo que siguió pasando de la oscuridad absoluta a la claridad normal, los cuatro lograron frenar su caída usando los piolets como anclas. Cuando cesó el tintineo del equipo zarandeado, sólo hubo silencio.
      El primero en reaccionar fue el médico, quizás el más neurótico de los cuatro. De un manotazo se limpió la nieve de la cara y miró a su alrededor, mascullando maldiciones a través de su barba rubia. Un poco más abajo le contestaron las palabrotas del escritor. Los otros guardaban silencio. El médico, alto y musculoso, y el escritor, pequeño y delgado, se incorporaron y miraron perplejos a su alrededor. La montaña, por alguna razón, se veía sutilmente diferente: Más llena de nieve, más luminosa…; las piedras de Nexpayantla, extrañas. Los dos, a pesar de ser parlanchines, se quedaron callados, aferrados a sus piolets, mirando hacia el mismo sitio.
      —¿Dónde está Tlamacas? —exclamó el escritor.
      —¡Esto no es el Popocatépetl! —gritó el médico como si maldijera.
      Todos miraron hacia abajo y guardaron silencio. No había instalaciones alpinas; en vez del albergue, casetas y estacionamiento, sólo se veían pinos y una leve neblina.
      —Siempre ocurren cosas raras cuando cuatro se amarran a una sola cuerda —comentó el ingeniero mientras se ajustaba la mochila.
      Los otros tres le lanzaron miradas homicidas.
      —¡Imbécil! —aulló el médico.
      —¿Estás ciego, tarado? —gruñó el escritor.
      —Mejor lo discutimos en sitio seguro —recomendó el socorrista.
      —Pero vamos en dos cordadas —insistió el ingeniero—. No quiero caerme otra vez.
      Media hora después, confundidos aún más, habían comprobado la inexistencia de refugios de alta montaña, huellas de personas o grupos de montañistas a lo lejos. Tampoco había huellas del refugio de Texcalco. La montaña estaba limpia salvo el persistente olor a azufre; por ninguna parte se veían señales de contaminación. El ingeniero no había dejado de hablar acerca de la pureza del aire, la ausencia de polución y expresiones similares. Solía ponerse así cuando estaba nervioso. Instintivamente, los cuatro miraban hacia el noroeste, donde grandes cúmulos ocultaban el Valle de México.
      —Hace 15 días estuve aquí y todo era normal —dijo uno.
      —Yo también —respondió otro, pero después del rayo nada parecía igual.
      —¡Se me ocurre una idea! —intervino el ingeniero.
      Pero, entonces, las nubes se apartaron un poco y limpiaron el cielo sobre el valle. Los cuatro se quedaron helados confirmando algo que ya sospechaban, pero que ninguno deseaba aceptar. Alguien gimió y hubo maldiciones masculladas más que expresiones de sorpresa.
      Limpia, esplendorosa en medio del gran lago, brillaba al sol Tenochtitlán.

* * *

Tres días más tarde, cansados, hambrientos y desalentados, permanecían agazapados entre las rocas de la cumbre. Ignoraban a ciencia cierta la fecha en la que estaban; sólo sabían que Tenochtitlán –y eso era una suposición– aún no era una ruina desierta y que estaba resistiendo un asedio que sólo podía provenir de Cortés y sus aliados. Habían vuelto a trepar, aunque lo correcto hubiera sido lo contrario, porque sentían que en la cumbre estaban más cerca del mundo que conocían, aislados en una pequeña cápsula del siglo XX junto a sus tiendas isotérmicas. Poco más arriba de Tlamacas, se movía una hilera de hombres y los cuatro se turnaban en los binoculares para examinarlos. La columna parecía tratar de encontrar una ruta de acceso al cráter.
      —Son españoles y macehuales, no es una procesión religiosa —dijo el escritor.
      —Pero, ¿a qué vienen? —dijo el médico— ¿Observación militar?, ¿reconocimiento? No creo que estén paseando.
      —Quizá buscan azufre, con él pueden fabricar pólvora —intervino el ingeniero.
      —La historia —argumentó el socorrista— dice que lo hicieron, pero fue después de la caída de Tenochtitlan. Subieron dos capitanes o soldados de Cortés. Diego de Ordaz y Montaño.
      —La historia es muy vaga al respecto —dijo el escritor—. Quizá los españoles no quisieron admitir que necesitaron pólvora antes. En todo caso no podemos bajar a preguntarles.
      —Pero, tarde o temprano —dijo el socorrista—, tendremos que bajar; no podemos quedarnos aquí para siempre. Si vamos a hablar con alguien será mejor con los españoles. Por lo menos ellos podrán entendernos.
      —Sí —gruñó el escritor—. También pueden invitarnos a ser parte de una hoguera, no olvides cómo pensaban. Prefiero a los tenochcas.
      —Lo que ocurre es que tú estás enamorado de las causas perdidas —intervino el ingeniero—. Los aztecas perdieron la guerra y su mundo se derrumbó. Lo sabemos todos.
      —¡Eso importa poco hoy! —gritó el escritor— ¡Soy mexicano y si tuviera que pelear lo haría de parte de mis antepasados y no de unos invasores!
      —Recuerda que los españoles también son nuestros antepasados…
      —¿Te das cuenta de lo que propones? —intervino el médico con los ojos súbitamente brillantes, aunque su voz era tranquila— Si intervenimos del lado mexica cambiaríamos la historia, ¿o no?…
      —Perderíamos nuestro mundo —musitó el socorrista.
      —¿No lo hemos perdido ya? —inquirió el médico.
      El escritor miró a sus compañeros uno por uno, fijamente; también sus ojos tenían un brillo especial. Cuando habló lo hizo con voz profunda, serio, sin atisbos de la burla tan habitual en él.
      —Ustedes, ¿no han soñado alguna vez ser dioses? ¿No se les ha ocurrido que los pueblos de América merecían mejor suerte?
      Volvió a tomar los binoculares mientras sus compañeros discutían acaloradamente. Estaba momentáneamente tranquilo después de decir lo que pensaba. Fue una discusión violenta.
      Cuando cayó la noche, los hombres en la montaña se refugiaron para esperar el nuevo día, pero los que estaban arriba sabían ahora algo nuevo: que no podían seguir donde estaban, que tendrían que bajar o morir arriba, que seguramente jamás regresarían a su tiempo, que estaban en la encrucijada de dos mundos y que su presencia podría hacer oscilar la balanza a favor de uno. También habían tomado una determinación. Ignoraban el precio.
      El escritor dedicó pensamientos a la gente que amaba, ahora tan lejana, a sus libros y a su obra inconclusa. Pulió sus esquíes cortos y pensó en la cuesta que bajaría al día siguiente. Renunció al tormento que era pensar.
      El socorrista permaneció largo tiempo fuera de la tienda, contemplando su montaña y pensando en su familia.
      El ingeniero se exprimió el cerebro buscando soluciones mientras limpiaba el revólver 44 que siempre le acompañaba en la montaña.
      El médico estaba seguro de encontrarse en el sitio adecuado y en el momento preciso. Usó la luz menguante de su linterna de pilas para revisar la automática 45 y pensó sin amargura –como soltero y aventurero que era–, que podía mandar al diablo un mundo sin temor. Con ligeros matices era muy parecido al escritor. Se metió en su bolsa de dormir y descansó sin sueños.

* * *

Los ocho españoles abandonaron la seguridad de la arena con las primeras luces y comenzaron a trepar trabajosamente por la nieve. Tenían miedo, pues las montañas eran sitios donde moraba el maligno y aquélla, con su persistente olor a azufre, parecía ser una de sus predilectas. Si su capitán general no les hubiera ordenado ir, no estarían ahí, pero necesitaban la pólvora para sostener el asedio y triunfar. Tenían miedo, pero eran soldados y cumplían órdenes.
      El escritor, muy a su pesar, tuvo que admitir que tenía miedo. Una cosa es decidirse a luchar y otra hacerlo. Tenía la boca seca y el estómago acalambrado. Ni hablar, dado que él era quien mejor esquiaba, se había sacado el premio gordo… El montañista también calzaba esquíes y estaba a 150 metros de ahí.
      Miedo, miedo sordo y constante. Ninguno de los cuatro había combatido cuerpo a cuerpo, él y el médico eran aficionados al karate, pero ahora las cosas iban en serio. Por contra, el escritor estaba seguro de que los españoles sí eran buenos en combate. Era una cosa enloquecedora y en aquel momento la habría abandonado de no ser ya inevitable. Su arma más confiable era la sorpresa, el miedo y superstición de aquéllos. Quizá…
      Tenían que paralizar a los otros con su presencia, de lo contrario serían hombres muertos. El escritor tomó una bocanada de aire helado y raquítico, y sopló con fuerza el silbato mientras saltaba hacia la pendiente con movimientos fluidos. El descenso lo llevó rápidamente en una fulgurante diagonal hasta que, haciendo una cristianía, cambió de dirección. Esperaba que los de abajo no fueran muy buenos con los arcabuces…
      El socorrista saltó tras él lanzando un grito. Dos figuras fuera de época vestidas con ropas brillantes, multicolores.

* * *

Los españoles se sobresaltaron por el ruido del silbato, jamás oído antes; pero lo que siguió fue peor. Unos instantes antes, la montaña estaba desierta; de pronto, surgió una figura de pesadilla acercándose a ellos. Con aterrada fascinación miraron aquello que no correspondía a sus marcos de conocimiento. Otro similar apareció tras el primero. Ambos bajaban a velocidades imposibles para ser personas. En vez de piel tenían unas envolturas brillantes y holgadas; sus ojos eran enormes y oscuros, y la parte superior de sus cabezas era de color brillante y sin pelo. Tenían grandes pies que les permitían resbalar sobre la nieve y sus brazos estaban terminados en puntas metálicas. El primero emitía silbidos terribles. ¡Eran demonios de las nieves, siervos de Satán!
      Pero, demonios o no, los españoles prepararon sus armas. Un arcabuz fue disparado, pero la mano que lo sostenía no estaba firme. Tras los europeos se incorporaron inadvertidas, otras dos figuras igualmente extrañas. Empuñaban armas de fuego y sus manos sí estaban firmes.
      La descarga rápida y a corta distancia hizo saltar a los europeos como muñecos rotos. Antes de que pudieran reaccionar llegó hasta ellos la primera figura deslizante.
      El escritor soltó los bastones y empuñó el corto martillo piolet como hacha de combate. Ante él estaba un español de cara rubicunda y ojos desorbitados… Tenía un espadón de aspecto maligno parcialmente levantado y… no hubo tiempo de más, con un grito el escritor lo embistió. Estrelló la maza del martillo en aquella cara y perdió el equilibrio para estrellarse, esquíes por delante, contra las piernas de un arcabucero. El socorrista embistió al desconcertado grupo con los bastones como lanzas.
      Con una mueca de ferocidad, el médico metió otro cargador en la 45 y corrió a participar en la matanza…
      Hubo algunas detonaciones, gritos y la nieve se tiñó de escarlata. El ingeniero miró la carnicería e hizo un esfuerzo para no vomitar, pero fracasó.
      El silencio que siguió fue peor. Un cuervo graznó arriba, alguien emitió un quejido lastimero. El médico rebasó a un español acuclillado con un balazo en el vientre y con una maldición, estrelló su bota armada de crampones en su nuca. El quejido cesó.
      El escritor se desprendió del único esquí que conservaba y se apoyó en el piolet para subir; su mano se llenó de sangre y de masa encefálica. Con una mueca de disgusto fue hacia los otros.
      —¿Están todos bien? —interrogó una voz.
      El socorrista trató de hablar con uno de los heridos; mientras éste ponía los ojos en blanco, el médico se lo arrebató y le fracturó el cuello con un golpe de pistola.
      —¡Viva Anáhuac! —rugió.
      —¡Viva Anáhuac! —respondió el escritor sin entonación. Era grotesco –pensó– estar en el siglo XV mirando a hombres que él, sólo él, había asesinado. Había sido su idea. Se sintió vacío.

* * *

Los macehuales que permanecían abajo vieron huir al resto de os españoles ante las brillantes figuras que descendían. Uno que no fue muy rápido cayó fulminado por el trueno que surgió de la mano de uno de aquellos dioses de la montaña.
      Los nativos examinaron a quienes bajaban con una mezcla de temor y reverencia. Vestían con colores más brillantes que las pinturas sacerdotales y refulgían al Sol como encarnaciones de dioses poderosos. ¿Serían los verdaderos? Aquéllos que parecían haber abandonado a su raza a favor de los hombres blancos y barbados. ¿Serían la respuesta a las ocultas plegarias de muchos? Una cosa era clara: Aunque un tanto similares a los teules no estaban con ellos: Los mataban.
      Se inclinaron ante los cuatro cuando estuvieron a su lado y después, tímidamente, preguntaron quiénes eran. El más alto, el que vestía enteramente de azul, color del sacrificio, se adelantó y, abarcando con un ademán a los demás y a él mismo, pronunció una sola palabra, fuerte, como una promesa de resurgimiento:
      —¡Quetzalcóatl!
      Los macehuales emitieron murmullos de veneración y se inclinaron nuevamente, honrándolos. Fue por eso que no captaron las sonrisas de triunfo del médico y del escritor. Faltaba un largo e incierto camino hacia el triunfo, pero era un buen comienzo. Ninguno de los dos se sentía particularmente molesto por el hecho de ser considerados dioses. De hecho, les encantaba…

* * *

VIDA Y OBRA DEL GRAN REFORMADOR
(Fragmento)

      Es muy obvio para todos los interesados seriamente en la Historia que la personalidad del Gran Reformador no tenía nada de divina. Que, aunque se dio el título de dios, lo hizo para alcanzar mejor sus fines. Es obvio también que su intervención resultó definitiva en el curso de la guerra; aunque no faltan quienes se empeñan en atribuir a Anáhuac fuerzas suficientes para derrotar a Cortés, nuestros ejércitos habían llegado al límite de su resistencia y sólo la carencia de pólvora hizo retroceder a nuestros enemigos.
      Ese detalle crucial fue obra de ellos, del Gran Reformador y los suyos. Sorprendente, porque cuatro hombres mucho lograron por sí solos. Y eran hombres, no dioses. Todos ellos llegaron a edades avanzadas, pero murieron igual que cualquier otro, envejecieron y tuvieron achaques a pesar de su vigor.
      Sin embargo, sus actos consignados por la historia no están a discusión; el enigma lo conforma su origen. Ninguno llegó con los invasores, simplemente aparecieron de la nada. Bajaron de la montaña sagrada como dioses de otro mundo. Se dijo que lo eran, pero los estudios realizados por nuestras sondas demuestran que no existe vida inteligente en este sistema planetario. Bajaron de la montaña, eso dice la leyenda. Poseían vastos conocimientos y los aplicaron en nuestro favor. Tenían el don de adivinar el futuro, o por lo menos se les atribuye, y un indiscutible genio militar, técnico y de improvisación.
      Muchas de las cosas que hicieron siguen siendo enigma, pero con su ciencia, sus costumbres y su personalidad influyeron definitivamente en la formación de nuestra cultura y civilización. Parecían ser ajenos a nosotros, pero extrañamente ligados a nuestro destino; sólo así puede explicarse que asumieran las responsabilidades del mando supremo. Emprendieron brillantes campañas que parecían descabelladas, pero jamás fueron derrotados. Supieron ganarse la confianza de nuestra gente y preparar buenos asistentes y guerreros osados casi hasta la locura. Esos guerreros, empuñando armas diseñadas por los cuatro misteriosos, pusieron de rodillas a ejércitos muy superiores en número. La conquista de los reinos bárbaros de Europa es el ejemplo más claro. Sólo diez años para vencer… No cabe duda que inventaron armas terribles: cohetes, psicología, virus.
      Nos dejaron como herencia sus postulados técnicos, científicos, filosóficos y su literatura. Mucho de todo esto aún está sujeto a polémica entre las ramas laicas y teológicas de investigación. ¡Qué tesoro de material!
      Mucho de lo anterior, especialmente lo técnico, ha sido ampliamente superado; otras cosas resultaron inútiles y otras imposibles de aplicar. El enigma sigue vigente: ¿Cómo cuatro hombres pudieron reunir semejante volumen de información?
      Entre lo comprensible, aplicable y superador están las consideraciones filosóficas y las matemáticas, los manuales de guerra, la medicina y la higiene. La obra literaria es capaz de volver loco a cualquiera.
      Esto nos lleva al análisis de dos de ellos: Aquél que tomó para sí el nombre de Ehécatl y el propio Gran Reformador. Ellos fueron los últimos en partir hacia el Mictlán que llamaban la gran negrura, los indiscutibles líderes del equipo, como se llamaban entre ellos. Fueron compañeros inseparables, mucho más mundanos y alegres que los otros dos; por igual bravos en la guerra y en las emociones. De los dos fue Ehécatl el que pareció dominado, en los últimos años de su vida, por el afán de aclarar el origen de los cuatro. ¡Cómo escribió ese hombre! Su pluma sólo podía compararse con su lengua.
      El y el Gran Reformador se pasaban horas discutiendo sobre los más variados temas, para pesadilla de sus oyentes. Se quejaban, insultaban y se burlaban de todo. Se dice que aquello era parte de la enseñanza que deseaban transmitirnos, pero algunos irreverentes afirman que sólo lo hacían por divertirse.
      Ehécatl -sirva como ejemplo- dejó constancia de cosas tan nimias como recetas de cocina, apuntes para manuales de sexología y chistes -incomprensibles todos-, apuntes más serios sobre estrategia, artes marciales, la ley del amparo y la legislación del divorcio. Su estilo en broma -tenía una imaginación tremenda- está salpicado de barbaridades inexplicables como Coca-Cola, pizza, sistema de transporte colectivo, circuito interior, etcétera.
      Él fue, con mucho, el más fascinante de los cuatro. Protagonizó tremendos escándalos a causa de sus muchas mujeres, tuvo montones de hijos, hay quien dice que centenares -teológicamente esto es blasfemo-, tuvo pleitos cotidianos con los sacerdotes y ordenó o tomó en sus manos la aniquilación de muchos. Junto con el Gran Reformador y para horror de los teólogos actuales, organizó fenomenales borracheras con un bebestrijo de su invención llamado ron. Algunos seguidores místicos actuales han tomado estas costumbres como ritual para entrar en contacto con los dioses.
      Las motivaciones de su obra literaria oscilan entre el desencanto y aguda nostalgia de oscuros motivos y la alegría desenfrenada por un triunfo. Abunda en afirmaciones, casi arengas, a la justicia de la gran obra, aunque a veces parece haber tristeza en sus aseveraciones.
      La última aportación a la literatura de este ser fascinante fue una obra polémica, fruto, según algunos, de senilidad y deterioro mental y, según otros, de un último chispazo de genio. Escribió una novela con la que creó un género al que llamó ciencia-ficción –el significado de ésto aún arranca gemidos a los lingüista–, a la que tituló Lo que no fue.
      Con su peculiar estilo chispeante e irreverente. Ehécatl creó la historia caótica de un mundo imposible, una visión demencial con una lógica interna característica desde entonces del género. La acción se desarrolla en parte del actual territorio de Anáhuac, en un país que a ratos se antoja un paraíso y en otros un infierno. Un sitio progresista y atrasado a la vez, contradictorio; lleno de riquezas mal aprovechadas y de personas creativas, ambiciosas, torpes, ingeniosas y soeces. Un país de cuento de horror, o de hadas, lleno de peligros y emociones, frustraciones y placeres. Un sitio llamado México.
      Obra enorme y compleja, Lo que no fue tiene una estructura clara, como desarrollo de una extrapolación monumental, pero está incompleta pues la acción, poco antes de lo que debió ser el desenlace, termina súbitamente en un renglón único que reza: “Eran cuatro”.
      ¿No terminó Ehécatl? En todo caso, la obra sólo fue conocida años después de su muerte; antes de eso había sido celosamente guardada… Se dice, sin que pueda demostrarse, que fue descubierta y publicada por error. Esto, como tantas otras cosas relacionadas con la vida y la obra de los reformadores, oscila entre la verdad y la leyenda.
       Hay un último misterio. Algunos eruditos respetables afirman que sí terminó la obra y que el faltante es de apenas unas páginas. Que estas páginas son guardadas –bajo pena de muerte– en la biblioteca del Gran Teocalli para evitar un colapso en nuestra identidad de raza. Se dice que en esas pocas páginas originales se encuentra la solución al enigma más grande de nuestra historia. Con evidente humor negro, se insiste en que la razón del secreto es que en ellas se dice… ¡la verdad!
      ¿Existe tal epílogo? Se ha tratado de relacionar con este oscuro texto mítico las últimas palabras de Ehécatl en su lecho de muerte. Las palabras son conocidas hasta por los niños de pre-calpulli: “¿Ustedes, no han soñado alguna vez ser dioses? ¿No se les ha ocurrido que los pueblos de América merecían mejor suerte?”
      La historia consigna que Ehécatl, antes de morir, lanzó una carcajada…

Harrison Bergeron

Este cuento es el segundo de Kurt Vonnegut que aparece en este sitio. Publicado originalmente en 1961 en la revista The Magazine of Fantasy and Science Fiction, cuenta la historia de una sociedad totalitaria en la que toda la población es reducida a la “igualdad” (a una mediocridad incapacitante) por un gobierno opresor. Por supuesto, no hay sociedad humana que sea exactamente como la que aquí se representa, pero Vonnegut sí describe, exagerándolos, retorciéndolos, sucesos y modos de pensar de su presente y del nuestro. Hay que recalcar que el acto de rebeldía en el centro del cuento no está observado de manera optimista. La traducción es una versión muy revisada de ésta.

Kurt Vonnegut

HARRISON BERGERON

Kurt Vonnegut

Era el año 2081, y todos eran al fin iguales. No sólo iguales ante Dios y ante la ley. Iguales en todos los sentidos. Nadie era más listo que ningún otro. Nadie era más hermoso que ningún otro. Nadie era más fuerte o más rápido que ningún otro. Toda esta igualdad era debida a las enmiendas 211, 212 y 213 de la Constitución, y a la incesante vigilancia de los agentes de la Dirección General de Discapacitación de los Estados Unidos.
      Algunas cosas en la vida aún no estaban del todo bien, sin embargo. Abril, por ejemplo, ya no era el mes de la primavera, y esto volvía loca a la gente. Y en este mes, húmedo y frío, los de la DGD se llevaron a Harrison Bergeron, de catorce años, hijo de George y Hazel Bergeron.
      Fue una tragedia, realmente, pero George y Hazel no podían pensar mucho en eso. Hazel tenía una inteligencia totalmente promedio, lo que significa que no era capaz de pensar en nada salvo por breves periodos. Y George, aunque tenía una inteligencia por encima de lo normal, llevaba en la oreja una pequeña radio discapacitadora. La ley lo obligaba a llevarla a todas horas. Estaba sintonizada a un transmisor del gobierno que cada veinte segundos, aproximadamente, enviaba un ruido agudo para evitar que las personas como George se aprovecharan injustamente de sus cerebros.
      George y Hazel miraban la televisión. Había lágrimas en las mejillas de Hazel, pero de momento ella no recordaba por qué.
      En la pantalla había unas bailarinas.
      Una chicharra sonó en la cabeza de George. Sus pensamientos huyeron aterrados, como ladrones que oyen una campana de alarma.
      –Era bonita esa danza, la que acaba de terminar —dijo Hazel.
      –¿Eh? –dijo George.
      –Esa danza, era bonita –dijo Hazel.
      –Ajá —dijo George. Trató de pensar un poco en las bailarinas. No eran realmente muy buenas: cualquiera hubiese podido hacerlo igual de bien. Todas estaban cargadas con contrapesos y sacos de perdigones, y llevaban máscaras, para que nadie se sintiese deprimido por ver un gesto libre o grácil o una cara bonita. George empezaba a formar la idea vaga de que quizá las bailarinas no debieran tener ninguna discapacidad. Pero no llegó muy lejos antes de otro ruido en la radio de su oreja dispersara sus pensamientos.
      George torció la cara. También lo hicieron dos de las ocho bailarinas.
      Hazel vio la mueca de George. Como ella no tenía discapacitador mental, tuvo que preguntar cuál ruido había sido aquél.
      —Sonó como si golpearan una botella de leche con un martillo de metal —dijo George.
      —Creo que sería interesante oír todos esos ruidos —dijo Hazel, con un poco de envidia–. La de cosas que inventan.
      —Um —dijo George.
      —Pero si yo fuera Directora General de Discapacitación, ¿sabes qué haría? —dijo Hazel. Hazel, de hecho, tenía un gran parecido con la Directora de Discapacitación, una mujer llamada Diana Moon Glampers—. Si yo fuese Diana Moon Glampers —dijo Hazel— pondría campanas los domingos. Sólo campanas. Como en honor de la religión.
      —Yo podría pensar si fuesen sólo campanas —dijo George.
      —Bueno, podrían sonar bien fuerte —dijo Hazel— . Creo que yo sería buena Directora de Discapacitación.
      —Tan buena como cualquiera —dijo George.
      —¿Quién mejor que yo sabe lo que es normal? —dijo Hazel.
      —Sí —dijo George. Empezó a pensar oscuramente en su hijo anormal que ahora estaba en la cárcel, en Harrison, pero una salva de veintiún cañonazos en su cabeza lo detuvo.
      —¡Uy! —dijo Hazel— . Ese sí estuvo duro, ¿no?
      Había estado tan duro que George se había puesto blanco, y temblaba, y le asomaban lágrimas en los ojos enrojecidos. Dos de las ocho bailarinas habían caído al piso del estudio y se apretaban las sienes.
      —De pronto te ves muy cansado —dijo Hazel—. ¿Por qué no te acuestas en el sofá y apoyas tu discapacitador de plomo en los cojines, mi cielo? —Hazel se refería a los veinte kilos de perdigones en un saco de tela que George llevaba colgados del cuello, fijos con candado—. Apoya el peso un ratito —dijo—. No me importa que no seas igual a mí durante un rato.
      George sopesó el saco con las manos.
      —No me molesta —dijo—. Ya no lo noto. Es una parte de mí.
      —Has estado muy cansado últimamente, como agotado —dijo Hazel—. Si hubiese modo podríamos hacer un hoyito en el fondo del saco, y sacar algunas bolas de plomo… Sólo unas pocas.
      —Dos años de prisión y una multa de dos mil dólares por cada perdigón que sacara —dijo George—. No es lo que se dice un buen negocio.
      —Si pudieras sacar unos pocos cuando llegas del trabajo —dijo Hazel—. O sea, aquí no compites con nadie. Nada más estás sentado.
      —Si tratara de hacerlo —dijo George— otra gente lo haría también, y muy pronto estaríamos de nuevo en las edades oscuras, cuando todos competían contra todos. No te gustaría, ¿o sí?
      —Lo odiaría —dijo Hazel.
      —Ahí está —dijo George—. En el momento en que la gente hace trampa con las leyes, ¿qué crees que le pasa a la sociedad?
      Si Hazel no hubiera podido responder a esta pregunta, George no hubiera podido dar una. Una sirena aullaba en su cabeza.
      —Se haría pedazos, supongo.
      —¿Qué cosa? —dijo George desconcertado.
      —La sociedad —dijo Hazel, insegura—. ¿No fue eso lo que dijiste?
      —Quién sabe —dijo George.
      Un boletín de noticias interrumpió de pronto el programa de televisión. En un principio no estuvo claro sobre qué noticia era el boletín, pues el anunciador, como todos los anunciadores, tenía una seria discapacidad en el habla. Durante medio minuto, y muy excitado, el hombre trató de decir:
      —Damas y caballeros…
      Al fin se dio por vencido y le pasó el boletín a una bailarina.
      —Está bien —dijo Hazel del anunciador—. Lo intentó. Esa es la cosa. Hizo lo mejor que pudo con lo que Dios le dio. Deberían darle un buen aumento por tanto esfuerzo.
      —Damas y caballeros —dijo la bailarina leyendo el boletín. Debía ser extraordinariamente hermosa, pues la máscara que llevaba era horrible. Y era fácil ver también que era la más fuerte y más grácil de todas las bailarinas, porque sus sacos de discapacitación eran tan grandes como los de un hombre de cien kilos.
      Y tuvo que pedir perdón de inmediato por su voz, que era una voz verdaderamente injusta para una mujer. Era una melodía cálida luminosa, atemporal.
      —Discúlpenme —dijo la muchacha y empezó a hablar otra vez, haciendo una voz absolutamente no competitiva—. Harrison Bergeron, de catorce años —dijo con un graznido—, acaba de escapar de la cárcel, donde se le retenía acusado de conspirar para derrocar al gobierno. Es un genio y un atleta, no tiene suficiente discapacitación, y se le debe considerar extremadamente peligroso.
      Una foto policial de Harrison Bergeron tomada apareció en la pantalla cabeza abajo, de costado, cabeza abajo otra vez, y finalmente al derecho. La fotografía mostraba a Harrison de pie ante un fondo calibrado en metros y centímetros. Medía exactamente dos metros diez.
      Por lo demás, Harrison parecía un fantasma o una ferretería. Nadie había llevado nunca discapacitadores más pesados. Había superado cada impedimento más rápido de lo que los hombres de la DGD podían imaginar uno nuevo. En vez de una pequeña radio en la oreja como discapacitador mental, llevaba un par tremendo de audífonos, y además anteojos de vidrios gruesos y ondulados. Los anteojos tenían el fin no sólo de dejarlo medio ciego, sino también de provocarle horribles dolores de cabeza.
      Trozos de metal le colgaban de todo el cuerpo. Habitualmente había cierta simetría, una eficiencia militar en los discapacitadores suministrados a las personas fuertes, pero Harrison parecía un deshuesadero ambulante. En la carrera de la vida, Harrison arrastraba más de ciento cincuenta kilos.
      Y para afearlo, los hombres de la DGD lo obligaban a usar todo el tiempo nariz roja de payaso, a rasurarse las cejas y a cubrirse los dientes blancos y regulares con falsos huecos y caries colocados al azar.
      —Si ven a este muchacho —dijo la bailarina— no intenten, repito, no intenten discutir con él.
      Se oyó el estruendo de una puerta arrancada de sus goznes.
      Del estudio de televisión llegaron gritos y aullidos de consternación. La foto de Harrison Bergeron saltó una y otra vez en la pantalla, como bilando al son de un terremoto.
      George Bergeron identificó en seguida el origen del sismo. No le costó, pues muchas veces su propia casa había danzado del mismo modo.
      —¡Dios mío! —dijo George— ¡Ese debe ser Harrison!
      El ruido de un choque de automóviles le barrió esa comprensión de la cabeza.
      Cuando George pudo abrir los ojos otra vez, la fotografía de Harrison había desaparecido. Harrison mismo llenaba ahora la pantalla.
      Harrison: un payaso enorme, repicante, estaba de pie en el centro del estudio. Tenía aún en la mano el pestillo de la puerta que acababa de arrancar. Bailarinas, técnicos, músicos y anunciadores estaban de rodillas ante él, esperando morir.
      —¡Soy el emperador! —gritó Harrison— ¿Me oyen? ¡Soy el emperador! ¡Todos deben hace lo que yo diga inmediatamente!
      Golpeó el piso con el pie y el estudio tembló.
      —Aun tullido, encorvado, impedido como ustedes me ven aquí —rugió—, ¡soy más grande gobernante que cualquier otro que haya vivido! ¡Y ahora miren cómo me convierto en lo que puedo convertirme!
      Harrison se arrancó las correas que sostenían su discapacitador como si fueran de papel higiénico: correas garantizadas para sostener dos mil quinientos kilos.
      Los pedazos de chatarra retumbaron al dar contra el suelo.
      Harrison pasó los pulgares bajo la barra que aseguraba su arnés para la cabeza. La barra se rompió como un tallo de apio. Harrison aplastó los lentes y los audífonos contra la pared.
      También se arrancó la nariz de goma descubriendo a un hombre que hubiera estremecido a Thor, el dios de trueno.
      —¡Ahora elegiré a mi emperatriz! —dijo, mirando al grupo arrodillado a sus pies—. Que la primera mujer que se atreva a levantarse reclame a su esposo y su trono.
      Pasó un momento y al fin una bailarina se puso de pie, balanceándose como un sauce.
      Harrison sacó el discapacitador mental de la oreja de la bailarina y luego los discapacitadores físicos con asombrosa delicadeza. Finalmente le quitó la máscara.
      La bailarina era de una belleza cegadora.
      —Ahora —dijo Harrison tomándole la mano—, ¿le mostramos a la gente lo que significa la palabra “danza”? ¡Música! —ordenó.
      Los músicos treparon de vuelta a sus sillas, y Harrison les quitó también sus discapacitadores.
      —Toquen tan bien como puedan —les dijo— y les haré barones y duques y condes.
      La música comenzó. Era normal al principio: barata, tonta, falsa. Pero Harrison alzó a dos músicos de sus sillas y los movió en el aire como batutas, mientras cantaba la música como deseaba que la tocaran. Luego los dejó caer otra vez en los asientos.
      La música comenzó de nuevo y estuvo mucho mejor.
      Harrison y su emperatriz se quedaron un rato escuchando, gravemente, como esperando a que los latidos de sus corazones concordaran con la música.
      Luego se alzaron en puntas de pie. Harrison tomó entre sus manazas el talle delgado de la bailarina, haciéndole sentir la ingravidez que pronto sería suya.
      Y entonces, en una explosión de gracia y alegría, saltaron al aire.
      No sólo abandonaron las leyes de la Tierra sino también las leyes de la gravedad y las del movimiento.
      Giraron, remolinearon, brincaron, cabriolaron, caracolearon y revolotearon.
      Saltaron como ciervos en la Luna.
      El cielorraso estaba a diez metros de altura, pero con cada salto los bailarines se acercaban más a él.
      Pronto fue evidente que intentaban tocarlo.
      Lo tocaron.
      Y luego, neutralizando la gravedad con puro amor y voluntad, se quedaron suspendidos en el aire a unos pocos centímetros bajo el cielorraso, y allí se besaron durante largo tiempo.
      Fue entonces que Diana Moon Glampers, la Directora General de Discapacitación, entró en el estudio con una escopeta de doble cañón. Disparó dos veces y el emperador y la emperatriz murieron antes de llegar al suelo.
      Diana Moon Glampers cargó otra vez la escopeta. Apuntó a los músicos y les dijo que tenían diez segundos para ponerse otra vez los discapacitadores.
      En ese momento el tubo de la televisión de los Bergeron se quemó.
      Hazel se volvió hacia George para comentarle el desperfecto. Pero George había ido a la cocina por una lata de cerveza.
      George regresó con la cerveza y se detuvo mientras una señal discapacitadora lo sacudía de pies a cabeza. Luego se sentó otra vez.
      —Has estado llorando —le dijo a Hazel.
      —Sí —dijo ella.
      —¿Por qué? —dijo él.
      —No me acuerdo. Algo bien triste en la televisión.
      —¿Qué era? —dijo él.
      —Lo tengo confundido en la cabeza —dijo Hazel.
      —Olvida las cosas tristes —dijo George.
      —Eso hago siempre —dijo Hazel.
      —Esa es mi chica —dijo George. Torció la cara. Había el ruido de una remachadora en su cabeza.
      —Uy. Ese sí estuvo duro, ¿no? —dijo Hazel.
      —Y que lo digas.
      —Uy —dijo Hazel—. Ese sí estuvo duro.

Nacido de hombre y mujer

Hace pocas horas se dio la noticia: ha muerto Richard Matheson (Estados Unidos, 1926-2013), uno de los narradores y guionistas más influyentes de la cultura popular del siglo XX. Su nombre no es tan conocido como el de otros escritores que se dieron a conocer en la ciencia ficción o el horror y pasaron luego a ser grandes figuras del canon literario, como Ray Bradbury o Philip K. Dick, porque Matheson no intentó jamás apartarse de los subgéneros en los que había comenzado su carrera, y también porque parte importante de su influencia no es directa: pasa o bien por otros escritores en su misma situación (incluyendo al mismísimo Stephen King) o bien por el cine y la televisión. Obras suyas han sido la base de numerosas películas y programas, incluyendo varios episodios considerados clásicos de la serie Dimensión desconocida.
Matheson, por otra parte, merecerá ser recordado como el precursor –o el primer gran exponente– de la narrativa apocalíptica contemporánea: su novela Soy leyenda (1954), en la que un solo ser humano sobrevive en un mundo conquistado por monstruos, no sólo es un libro extraordinario por derecho propio sino que es la base –no acreditada– de la película La noche de los muertos vivientes (1968) de George A. Romero, a su vez origen del cine actual de zombis y de todas las ficciones que ha engendrado en la cultura actual de occidente.
“Born of Man and Woman”, una historia breve pero eficaz e inquietante, contada desde el punto de vista de un personaje que puede ser un niño o un monstruo, fue el primer cuento publicado por Matheson, que lo escribió a la edad de 24 años. Se publicó por primera vez en The Magazine of Fantasy and Science Fiction en 1950.

Richard Matheson

NACIDO DE HOMBRE Y MUJER
Richard B. Matheson

X – Este día cuando había luz madre me llamó náusea. Me das náuseas, dijo. Vi la ira en sus ojos. Me pregunto qué es una náusea.
Este día caía agua desde arriba. La oí por todas partes. La vi. Miré al suelo de la parte trasera desde la ventanita: chupaba el agua igual que labios sedientos. Bebió demasiado y se puso enfermo y todo marrón y blando. No me gustó.
Madre es bonita, lo sé. En mi sitio cama con paredes frías alrededor tengo un papel que estaba detrás del horno. Encima dice ESTRELLAS DE LA PANTALLA. En las imágenes veo caras como padre y madre. Padre dice que son bonitas. Lo dijo una vez
Y madre también. Madre tan bonita y yo bastante decente. Mírate dijo él y no tenía el rostro agradable. Le toqué el brazo y respondí está bien padre. Se estremeció y se apartó hasta donde yo no llegaba.
Hoy madre me ha soltado un poco de la cadena para que pudiera mirar por la ventanita. Así es como he visto caer el agua de arriba.

XX – Este día arriba estaba dorado. Cuando lo miraba los ojos me dolían, ya lo sé. Luego miro al sótano está rojo.
Creo que esto era iglesia. Dejan el arriba. La gran máquina se los traga y se va rodando y desaparece. En la parte de atrás va la madre pequeña. Es mucho más menuda que yo. Yo soy grande. Es un secreto pero he arrancado la cadena de la pared. Puedo mirar por la ventanita todo lo que quiera.
En este día cuando se puso oscuro había comido mi comida y unos bichos. Oigo risas arriba. Me gusta saber por qué hay risas. Cojo la cadena de la pared y me envuelvo con ella. Voy hacia la escalera haciendo ruidos. Cuando camino sobre ella cruje. Las piernas me resbalan porque no camino por la escalera. Mis pies se pegan a la madera.
Subí y abrí una puerta. Era un lugar blanco. Blanco como las joyas blancas que llegan de arriba algunas veces. Entré y me quedé quieto. Oigo un poco más de risa. Camino hacia el sonido y miro a la gente. Más gente de la que yo pensaba existía. Pensé que debería reírme con ellos.
Madre salió y empujó la puerta. Me dio y me hizo daño. Caí de espaldas sobre el suelo pulido y la cadena hizo ruido. Grité. Madre silbó por dentro y se puso la mano en la boca. Sus ojos se hicieron grandes.
Me miró. Oí a padre. Qué se había caído decía. Ella respondió que una plancha. Ven ayúdame a recogerla dijo. Él vino y dijo vamos tanto pesa eso que necesitas ayuda. Me vio y se enfadó mucho. La ira llenó sus ojos. Me pegó. Unas pocas de las gotas procedentes de mi brazo cayeron en el suelo. No resultaba nada agradable. Hacía muy feo. Verde a mis pies.
Padre me dijo que fuera al sótano. Tuve que ir. Ahora la luz me daba un poco los ojos. En el sótano no pasa igual.
Padre me ató los brazos y las piernas. Me puso en mi cama. Arriba oigo risas mientras que yo estoy callado mirando una araña negra que baja hacia mí. Me pareció oír que padre decía algo. Ohdios dijo. Y sólo tiene ocho años.

XXX – Este día padre volvió a clavar la cadena antes de que hubiera luz arriba. Tengo que probar a sacarla de nuevo. Dijo que yo era malo por subir. Dijo que nunca debía hacerlo otra vez o me pegaría mucho. Eso duele.
Me duele. Duermo el día y apoyo mi cabeza en la pared fría. Pensé en el lugar blanco de arriba.

XXXX – Saqué la cadena de la pared. Madre estaba arriba. Oí pequeñas risas muy agudas. Miré por la ventana. Vi pequeña gente como la pequeña madre y pequeños padres también. Son bonitos.
Hacían un ruido muy agradable y saltaban. Sus piernas se movían aprisa. Son como padre y madre. Madre dice que toda la gente que está bien se parece a ellos.
Uno de los pequeños padres me vio. Señaló hacia la ventana. Me solté y resbalé pared abajo hacia lo oscuro. Me enrosqué para que no vieran. Oí hablar junto a la ventana y pies corriendo. Una puerta sonó arriba. Oí a la pequeña madre decir algo arriba. Oí pasos fuertes y corrí a mi sitio de la cama. Puse la cadena en la pared y me tendí de cara.
Oí bajar madre. Has estado en la ventana dijo. Oí la ira. Apártate de la ventana. Has vuelto a sacar la cadena.
Cogió el palo y me pegó con él. No lloré. No puedo hacer eso. Pero el llanto corrió por toda la cama. Ella lo vio y se apartó haciendo un ruido. Oh diosmío diosmío dijo ¿por qué me has hecho esto? Oí que el palo rebotaba en el suelo de piedra. Ella corrió arriba. Dormí durante el día.

XXXXX – Este día tuvo agua otra vez. Cuando madre estaba arriba oí a la pequeña bajar despacio los peldaños. Me escondí en la carbonera porque madre tendría ira si la pequeña madre me veía.
Tenía una cosa pequeña viva con ella. Caminaba sobre los brazos y tenía orejas puntiagudas. Ella le decía cosas.
Todo estaba bien excepto que la cosa viva me olió. Corrió por el carbón arriba y me miró desde allí. Los pelos se le erizaron. Hizo un ruido de enfado con la garganta. Yo bufé pero saltó sobre mí.
Yo no quería hacerle daño. Tuve miedo porque me mordía más fuerte que la rata. Me dolió y la pequeña madre gritó. Yo cogí a la cosa viva apretando mucho. Hizo sonidos que yo nunca había oído. Apreté hasta aplastarla toda. Se quedó llena de bultos y roja sobre el negro carbón.
Cuando madre llamó me escondí aquí. Tenía miedo del palo. Se fue. Me arrastré por encima del carbón con la cosa. La escondí bajo mi almohada y me eché encima. Pongo otra vez la cadena en la pared.

X –Esta es otra vez. Padre me ha encadenado bien fuerte. Me duele porque me pegó. Esta vez le quité el palo de las manos e hice un ruido. Se fue y llevaba el rostro blanco. Salió corriendo de donde duermo y cerró la puerta.
No estoy tan contento. Todo el día aquí es frío. La cadena sale despacio de la pared. Y estoy muy enfermo con padre y madre. Les enseñaré. Haré lo que hice esa vez.
Gritaré y me reiré muy fuerte. Correré por las paredes. Al final me colgaré abajo con todas mis piernas y reiré y les dejaré caer gotas verdes encima hasta que sientan no haber sido buenos conmigo.
Si intentan pegarme de nuevo les haré daño. Lo haré.