Un cuento de lo que a veces se llama ciencia ficción, es decir, una narración que intenta imaginar posibilidades de la vida humana que no se han realizado todavía o que incluso están fuera de nuestro alcance. (Y que, en este caso, llega hasta el extremo más remoto de la existencia del universo, tal como se entiende en la actualidad, y de la vida humana.) Su autor es Luis Britto García (1940), escritor venezolano, conocido en México, sobre todo, por su narrativa breve, que incluye libros como Abrapalabra (1969) y Rajatabla (1970), ambos ganadores del Premio Casa de las Américas. Del segundo proviene «Entropía».

(Nota de 2019: este cuento desolador fue comparado, en el momento de su publicación, con obras de su propio tiempo, pero ahora se le puede volver a leer en relación con historias de éste, más desoladoras y pesimistas. Quien haya visto, por ejemplo, películas recientescomo High Life de Claire Denis, o I Am Mother de Grant Sputore, se sorprenderá con más de una imagen de las que Britto inventó hace casi cincuenta años.)

Luis Britto García

ENTROPÍA
Luis Britto García

Huérfano

No supo qué cosa fuera una madre ni que cosa fuera un padre. Su cuerpo —su diminuto cuerpo— no conoció otro sitio que el negro cubo de acero, sin puertas, sin ventanas, sin escapes. Sus largos lloriqueos de recién nacido no encontraron consuelo sus balbuceos no encontraron respuesta ninguna forma humana surgió de la tiniebla cuando se abrieron sus grandes ojos asombrados. Y nadie le enseñó los primeros pasos antes que a pesar, aprendió el enclaustrado que en aquella prisión absoluta no tenían sentido los pasos.

Madrastra

Larvas de ideas más que ideas, sombras de la expe-riencia más que experiencia, las primeras nociones de tiempo y de espacio se fueron acumulando en el cerebro del niño abandonado al observar éste la regularidad de ciertos fenómenos —durante tres años varias veces por día avanzaba hacia él un férreo brazo que llevaba los alimentos líquidos, una vez por día un destello como un relámpago accionaba series de extraños zumbidos en aquella isla del silencio en donde no tenían sentido los días ni las noches— y luego le fueron negados los alimentos, para no morir de hambre tuvo que resolver problemas, y sólo después de vencer aquellos intrincados acertijos sin palabras —laberintos, cerraduras, barreras— podía la torturada criatura arrastrarse hacia su presa —consumir los invariables alimentos, las invariables porciones de entropía concentrada, ante las paredes inexpresivas que lo rodeaban, que formaban el recinto de su prisión perpetua.

Supervivencia

Y aquella batalla fue de todos los días, de todas las incontables sucesiones de días de los interminables años del prisionero. Cada vez la llave intelectual que abría el acceso del alimento era más complicada —a los diez años el hambriento animalito pasaba el tiempo estático, trillando los laberintos de las relaciones de los ángulos, las respuestas a los enigmas que la esfinge mecánica le proponía como condición del alimento y de la vida.
      —¿Me oyes, Testigo? —preguntaba la Máquina.
      —Sí te oigo —contestaba el descarnado niño, moviendo los dedos de los pies que flotaban suspendidos.
      —¿Y cómo llega el sonido a tus oídos?
      Y el prisionero debía profundizar en las claves de la acústica, antes de comer. A veces la máquina jugaba pesadas bromas:
      —¿Qué sistema de geometría describe adecuadamente las propiedades del espacio?
      Entonces venían las inacabables horas de hambre, flotando en la cárcel indestructible hasta acertar con la clave:
      —Ninguno.

Dueño

Dos veces renunció a vivir —volvió la espalda a la sarcástica Esfinge y a sus alimentos— y las dos veces volvió a la lucha.
      Un día, a los catorce años, el enigma que resolvió fue el de hacerse el dueño —el orgulloso diablillo fabricó una invisible llave, desarmó la intrincada maquinaria, se hizo el amo de los racionadores de alimentos— y desde entonces los enigmas los planteó él mismo. Veamos al diminuto prisionero guardando en la memoria todos los conocimientos útiles, deslizándose como una araña por las paredes de su prisión de toda la vida, rumiando pensamientos contra el mecanismo atormentador que le plantea problemas y que con cada solución se va acercando al abismo. En la oscuridad, el niño se acerca resuelto a la enorme mole de conexiones y la mira de hito en hito, mientras ésta le asesta sus hilos luminosos, como si adivinara sus intenciones. Nuevamente el diminuto vertebrado se enfrenta a la naturaleza de las cosas dispuesto a vencerla, si bien esta naturaleza de las cosas es deliberada, consciente, inimaginablemente inteligente y compleja. Sus formas, que apenas se vislumbran en el estrecho calabozo, a veces semejan la expresión de un rostro infinitamente ramificado, multiplicado hasta la locura en una siniestra pesadilla sin propósitos. Rostro sin facciones, un universo que rodea al niño desde todo recordable pasado y quizá lo rodeará en todo futuro previsible. Funciones del universo, no tener origen, no explicar nada, atormentar. Funciones del hombre, inventarse orígenes, explicar falsamente, atormentarse. Y he aquí que el niño desenvaina palabras fulgurantes y propone una paradoja. Paradoja que la máquina resuelve falsamente y devuelve al niño convertida en pregunta que a su vez plantea una contradicción. Contradicción que el niño emplea válidamente para dar una ilusoria respuesta que a su vez plantea otra paradoja. Paradoja que la máquina transforma en otra que a su vez plantea como problema. De un extremo de este duelo, el hambre: al niño le son negados los alimentos durante las cien horas que tarde en dar aparente respuesta a un contrasentido, respuesta que a su vez la máquina deberá emplear como punto de partida para una nueva estocada del duelo. Del otro lado de este último, una vislumbre, una esperanza; para herir a un ser, debes saber en qué consiste. Para estrangular una entidad que es sólo razón, debes confundir esta razón, torcer sus espinas hasta que se enconen contra la misma planta y gangrenosamente la perforen y envenenen. Así, paradoja-desconcierto, aporía-hambre, hambre-petición de principio, petición de principio-desconcierto. Las respuestas de la Esfinge se hacen balbucientes. A medida que se tiende la red, cada premisa de su mente es negada por otra premisa y aun la premisa que la lleva a usar su arma invulnerabilidad-ayuno es combatida por marañas de premisas de modo que inacción-acción es una disyuntiva insoslayable y a la vez imposible, obligatoria y a la vez insoluble, y así al acero lógica se opone el acero sinrazón y por heridas eléctricas cuela el vacío en la mente artificial que agoniza. ¡Cuán pesadas son ahora la quietud y la oscuridad mientras el niño desnudo aperado de enigmas lanza palabras-cuchillos y apenas su rostro destaca como una manchita azul en la negrura en que transcurre el descerrajamiento! Pues la Esfinge, en realidad, es una complicada cerradura que obstruye el acceso hacia los alimentos. ¿Y hacia algo más? La siniestra cápsula ha modelado los pensamientos del niño de la misma manera que una bota de hierro aprisiona, deforma y reprime el pie encerrado en ella. El espacio cuyas propiedades le ha propuesto la máquina como enigmas se reduce al estrecho cubo del cual es prisionero; la química de los organismos que conoce se reduce a la de su propio cuerpo; para el niño enclaustrado hay dos reinos: su misérrima agitación, y la calma de las paredes de acero que lo encierran. Y he aquí que da un grito cuando una centella azul desintegra los nudos eléctricos que constituyen el corazón de la Esfinge y millares de circuitos revientan arrojando chispas. Pobre mente de números, despedazada por la mente de sangre donde las contradicciones proliferan y viven temibles y eternas alimentándose las unas de las otras como monstruos abismales en una penumbra cruzada por claridades ilusorias. Las paredes metálicas caen, los paneles se corren, y aparecen los almacenes de alimento, los regene-radores del aire, y más allá nada, puesto que la prisión cuyas puertas han sido abiertas sólo conduce a otra prisión, y el pequeño ser llora su primera victoria mientras se va elevando hacia el centro de la celda, suspendido en el aire, eje del universo que ahora le obedece, y sus lágrimas flotan gravitando como mundos transitorios.

Soledad

Pero toda victoria es hueca en tanto que con nuestros enemigos desaparecemos en cierto grado nosotros y nuestras facultades. He aquí que el desgarbado niño ha despedazado a su acompañante —y únicamente ahora se abate sobre él el pavor de la verdadera soledad, únicamente ahora recibe en pleno rostro la oleada paralizante de la nada. Ha pasado revista a los alimentos; el aire se vicia y se regenera en un círculo vicioso de transformaciones químicas que sólo consumen energía, y las encuentra suficientes para sustentarlo por un tiempo finito. Ha triunfado, y contempla su triunfo como si fuera un puñado de ceniza. En ese estado, no puede hace otra cosa que albergar sentimientos religiosos. Pues ha dado con la idea temida por toda viviente raza, que es la idea que reúne como predicados ser y finitud; pues no quiere aceptar esa idea que confusamente intuye —la muerte— ni siquiera para aquella máquina que era su enemigo: su espejo: su propio ser. Así, imagina que la entidad que lo mortificaba y se oponía subsiste: que aun fuera de su prisión hay otra prisión en la cual la máquina sobrevive y lo vigila. No se resigna a su poderío como los hombres nunca se han re-signado al suyo, y necesita fantasmas que lo atormenten o Grandes Cosas que se ocupen de él. Sus períodos de letargo son interrumpidos por pesadillas en las cuales las paredes de su prisión se abren y desde afuera irrumpe la máquina reconstruida —y no sabe, el pobre, que desde afuera ya no puede irrumpir nada, que la gloria de su soledad está por encima de todos los castigos y de todas las revanchas.

Alrededor

Y a causa de una de esas pesadillas el niño ha despertado, gritando, pues ya conoce lo que su cerebro le plantea insinuándole esa oscura existencia fuera de los límites de su prisión. Pues para aquel ciudadano de un minúsculo mundo la existencia de un gran mundo exterior ha sido hasta ahora tan inimaginable como lo fue para los hombres de las edades oscuras de la dimensión enloquecedora del universo real. Veamos al niño abalanzarse sobre sus instrumentos con la cabeza cargada de ideas como un puño repleto de pedradas. Ha comenzado a combatir con otra cerradura, pero ésta es intangible, y sólo su mente siente hambre de los secretos cuyo camino le cierra.

Camino

El adolescente, que ha aprendido el lenguaje de los cuadrantes de las maquinarias que lo rodean, va leyendo incesantemente en aquel libro que sólo abre sus páginas cuando se le dirigen preguntas definidas. La ruta es dificultosa pero inevitable: en todos los fenómenos de la naturaleza hay relaciones constantes: esas relaciones cons-tantes dependen del tamaño constante de las partículas elementales: el tamaño constante de las partículas elementales —protón, quanta— depende que el universo consta de una determinada masa y de que a esa masa corresponde un cierto finito espacio: esa masa y ese espacio pueden ser estimados: la estimación requiere nuevas matemáticas, nuevas formas intelectuales, proyecciones y perspectivas de vértigo que a la vez anonadan y enorgullecen: la prisión parece desvanecerse ante el niño, que en el fondo de ella ha recreado la enorme mole temblorosa que desborda el infinito, la titilación y el chisporroteo de las esferas incontables en magnitudes sin término, apenas mensurables. Sus brazos se abren —quiere aceptar en ellos la vertiginosa extensión, cúmulo y diversidad de maravillas a los cuales ha permanecido extraño: como toda creación, ésta es agotadora: como todo goce, éste es doloroso.

Exploraciones

Pero no quiere aceptar esta dicha sin ganársela —poco a poco dentro de su cerebro se van abriendo los caminos hacia el exterior, donde ha de salir algún día. Sabe que en el mundo de afuera la energía se concentra en zonas fulgentes de las cuales huye a todos los confines en mons-truosos fuegos de artificio— y esto lo sabe porque se comprende a sí mismo como un trozo de energía concentrada, a la cual esa infinita disipación confiere movimientos, calor, vida. Sólo en un estado de concentración se comprende la disciplina, organización y rigidez de las maquinarias y paredes que constituyen su calabozo, la complicación de los tejidos que forman su organismo —y sólo por un constante proceso de disipación puede haber movimientos. Las calorías de cada uno de los granos de alimento que ha consumido, han sido encerradas en éstos por oleadas de una inimaginable radiación energética, de formidables bombardeos quánticos que tuvieron lugar en las primeras etapas del mundo. En vez de consumir ciertos azúcares los ha quemado: la energía ha saltado en amarillentos resplandores, pálido reflejo de la erupción solar que los ha acumulado en el alimento. Ha cargado esta energía en acumuladores; ha bombardeado con ella dióxido de carbono y agua; las moléculas apabulladas han liberado oxígeno y han cons-tituido, nuevamente, compuestos orgánicos, alimentos, azúcares. El prisionero ha cogido por la cola esta cadena de los hechos, y su cerebro avanza por etapas aceleradas hasta el principio, hasta el Sol, el ojo radiante que con sus bombardeos de energía puso a marchar la vida en algún sitio más condensado, en el cual los arcángeles del Orden y del Desorden, del Calor y del Frío, pudieron luchar y crear los torbellinos vitales de los fenómenos. Aquí, las geometrías de asombro, las dobles hélices que tejen la vida, las cadenas de polímeros que proponen el infinito. Aquí, el cálculo sobre la distancia que debió existir entre las llamaradas de la corona solar y el guijarro donde comenzó a alentar la vida, ese casi fantasma de tan rigu-rosas fronteras, para el cual casi todo el universo significa muerte. De allí dedujo el sistema solar, la armonía de las esferas, y la entropía. Todos los objetos que ha estu-diado constan de enjambres de moléculas sometidos a agitación térmica. La característica más destacada del movimiento térmico es el desorden, y en tanto que aumenta la temperatura, éste crece. Al movimiento más probable, enteramente desordenado, corresponde el máximo valor de entropía, en tanto que la aparición de cierto orden en el movimiento molecular implica va-lores de entropía menores. Las paredes de la prisión, el cuerpo del prisionero mismo, son rígidos campos de orden, estructuras en las cuales la entropía alcanza valores mínimos. El alimento almacenado es también deficiente en entropía —y gracias a él conserva el prisionero el milagroso orden de su cuerpo, que con cada movimiento irradia ondas de calor que agitan en tormentas las moléculas que lo rodean. Y esta entropía se dispersará finalmente cuando muera y se descomponga —los gases serán liberados en el estado supremo de la agitación térmica— la temperatura almacenada se disipará en ondas por la atmósfera confinada —en realidad su cuerpo será un diminuto sol apagado, dispersando la energía que concentrara en los alimentos el otro sol, hacia el cual vuela su mente asombrada. Todas las formas de su mundo, pues, van derivando hacia un lento crepúsculo —dentro de aquella cárcel, los generadores tienen energía concentrada que se va disipando a medida que se usa la calefacción, en la difusa iluminación que le permite distinguir formas a sus ojos que nunca vieron el día. Los alimentos también son energía concentrada, que pasa a un grado de menor concentración en su organismo, y que de su organismo emigra en agitación térmica y en movimientos hacia el ambiente. Ha vuelto a calcular enteramente el proceso —sabe aproximadamente el tiempo que transcurrirá antes de que dentro de su prisión todo vuelva a aquel estado uniforme— así quedará repartido el calor cuando su cuerpo, inerte, flote en el centro de su ataúd de acero, quieto para toda la eternidad —como en un lago sin corrientes el cadáver de un ahogado.

Liberación

Necesita, pues, comunicar con el exterior. Ha de perforar las paredes de la celda y dirigir acumuladores hacia las fuentes térmicas exteriores —hacia las estrellas que ya ha adivinado. Esta perforación ha de ser cautelosa —después de todo, ignora la situación de su cárcel, no sabe si se encuentra en el corazón de una estrella o en los senos ignotos del vacío, en donde la temperatura y el aire huirán dejando entrar el frío eterno de la noche cósmica. Ha examinado los circuitos de su antigua madrastra ya desmontada, e historias confusas y gloriosas lo marean. Sabe ahora de la epopeya del hombre, que comenzó en un cascote que giraba en el vacío y que entabló combate con la naturaleza hasta liberarse del cascote, así como él, el prisionero, aspiraba a liberarse de su cárcel. Pues aquellos sistemas de baja entropía —aquellos aguerridos animales de maravilloso ingenio y acerada voluntad, habían entrado a paso de carga sobre la naturaleza y habían torcido, combado y reducido cuanto material, potencia o energía les había salido adelante.
      De esto le hablaba al prisionero la maravillosa ingeniería de su cárcel, la infinita complicación de los generadores, la elaboración de los alimentos —su cabeza bailaba imaginándose fábricas y galerías en donde el tumbo de martillazos y el llamar de fundidoras iniciaba el camino que terminaba en aquella cápsula, en aquel huevo. Al pensar en esta palabra, su corazón pareció detenerse. Un tambor lo sacudió, mientras sus dientes castañeaban. Su cerebro trabajó a pasos acelerados. Sólo podía imaginar que las criaturas de aquella nueva raza ya no salían de entrañas de carne —debían picotear dentro de un huevo de acero, debían luchar solitarios y desvalidos contra aquella cárcel antes de presentarse como dueños ante el universo.
      La estupefacción que le produjo esta idea estalló en una embriaguez de triunfo. Esquelético, menguado, el adolescente se imaginaba guardar en su puño una tempestad de rayos que reventaban la cápsula, se imaginaba el mundo exterior cribado de estrellas, extendiendo sus lancetadas de luz y sus explosiones de calor para acunarlo.
      Y cuando concluyó la lucha por abrirse paso, cuando abrió la primera grieta, cuando fabricó el primer túnel, vino la gran desilusión.

Cadáver

La cámara televisora permaneció gris. La antena del telescopio electrónico permaneció callada. Los termómetros descendieron a un punto uniforme y permanecieron allí. Los ecos de radar se perdieron en el vacío, sin regresar. Las estrellas no aparecieron. Y fue como si se hubiera aplicado el estetoscopio a un cuerpo en el cual la gran corriente de la sangre dormía —como si se hubiera auscultado a un cadáver.
      Alelado, permaneció ante los instrumentos, demasiado aniquilado para las lágrimas, demasiado endurecido para el terror —tal como el viajero que en el desierto ve desaparecer frente a él un amable espejismo. Pero con aquel espejismo desaparecía su muerte, volaban todos sus conocimientos, reventaba su cráneo en una locura cuyo amargor superaba todo otro sufrimiento imaginable. Con la garganta temblando en un alarido retrocedió hacia la primera cámara de su prisión, llevándose por delante objetos que flotaban, instrumentos que rebotaban de un sitio a otro, conexiones que colgaban como lianas— en su furia arrancó de cuajo todo lo susceptible de ser arrancado, destruyó todo lo susceptible de ser destruido, mientras seguía desahogando su dolor en aquel alarido de bestezuela que ha perdido a su madre.

Muerte

Pues no había podido leer el último mensaje que pereció con la destruida madrastra —con la máquina de aprendizaje que martirizó sus primeros años. Constaba de un informe matemático y de una nota personal. Esta última decía:

Al viajero del Proyecto Último Hombre, salud.
      Como ya habrá comprendido, las circunstancias inherentes a su nacimiento y su confinamiento forman parte de la técnica antigua de los viajes interestelares. Antes de la conquista de la —relativa— inmortalidad, las distancias intergalácticas, aún a velocidades próximas a la de la luz, superaban con mucho las posibilidades de duración de una vida humana. Una nave que salía de Tierra a siete millas por segundo estaba a cuatro días de Luna. Marte estaba a treinta y siete semanas. Saturno, a unos terribles seis años. Plutón, a un imposible medio siglo. Las estrellas más próximas, a siglos enteros. Las galaxias, fuera de todo alcance posible.
      Se descartó prontamente la idea de enviar seres vivos en su estado normal y de crear centenares de generaciones sucesivas dentro de una nave, de tal modo que los tatarabuelos iniciaran el viaje y los tataranietos lo concluyeran. La solución provisoria que se adoptó para la inimaginable duración del viaje estelar consistió en suspender la vida de los pasajeros, o bien en hacer el viaje antes de que ésta hubiera comenzado. Para la mayoría de los casos, bastaba con helar a los tripulantes y mantenerlos en ese estado hasta el fin del viaje —de un punto a otro de nuestra galaxia, que mide un cuarto de millón de años luz, por ejemplo, bastaba con hacerlos dormir medio millón de años y deshelarlos al llegar a destino. Para ciertos trabajos especiales, la nave comenzaba el viaje antes de que el pasajero hubiera nacido.
      En su caso, el tiempo que debía transcurrir determinó que heláramos sólo un espermatozoide y un óvulo —al aproximarse al destino el útero artificial elevaría la temperatura y recibiría el feto, y la máquina educadora se encargaría del resto, como en efecto lo ha hecho.
      Ahora con respecto a su misión. Su máquina le ha hecho deducir la segunda Ley de Termodinámica. En un sistema térmico cerrado, las fuentes calientes vierten energía hacia los sitios fríos, de modo que el sistema tiende hacia un estado de temperatura uniforme. Tarde o temprano, el último erg de energía habría alcanzado el último escalón de disponibilidad y en ese momento el universo habrá perdido toda actividad: la energía estará siempre presente, pero no tendrá ninguna posibilidad adicional de transformación: será tan incapaz de hacer marchar el universo como el agua de una laguna de hacer girar la rueda de un molino.
      Los instrumentos de la nave iniciarán su proceso vital tan pronto como el espacio exterior haya llegado a ese estado de estancamiento. Su cápsula es, en realidad, un gigantesco termo en donde está guardada la última reserva —el último resto de energía en forma concentrada del universo. Esta reserva será agotada por usted a medida que vaya viviendo —pasará de los alimentos y de la calefacción a su cuerpo, y de su cuerpo pasará al aire, el cual lo transmitirá a las paredes de la nave, éstas al vacío de la doble pared, y finalmente la doble pared al exterior— hasta que todo el sistema tenga las misma temperatura del resto del universo y toda posibilidad de movimiento haya cesado. Por lo tanto, todo ha concluido. Todo ha cesado a su alrededor. En todo el universo hay un grado uniforme de entropía.
      Salvo dentro del recinto en el que usted actualmente sobrevive. El grado sucesivo más bajo es el de su cuerpo, y más bajo aún el del alimento. Hubiéramos querido dejarle equipos para la inmortalidad, pero la inmortalidad biológica es absurda en un universo que ya ha muerto. Todos nosotros, los hombres que logramos la inmortalidad, los universos que nos alojaron y los que siguieron a éstos, hemos muerto.
Ahora con respecto a los objetivos de su misión. Concretamente, ésta consiste en presenciar el último estado de la agonía del cosmos. Esa actividad pudiera ser desprovista de objeto, y en efecto, no tiene objeto, sólo posibilidades. Primera: aunque todas las leyes de tendencia hasta el presente conocidas corroboran la derivación del universo hacia un estado uniforme, es conveniente enviar un equipo de supervivencia y algunos gérmenes de vida para el caso de que estas leyes se equivoquen, para el caso de que en un futuro más allá de nuestras nociones de apreciación del tiempo, estas leyes varíen, la máquina del universo se reactive. Segunda: es posible que, en el instante de comprensión de que el universo ha sido clausurado, el último hombre pueda obtener algo negado a los primeros. Éstos, en efecto, siempre han estado rodeados de objetivos: ideas, valores, emociones, metas, y siempre a través de ellos han eludido el problema de su es dado a la condición de hombre bastarse a sí y ser para sí, sin otras cosas. Si para la época de su despertar la primera posibilidad no se ha cumplido, resta la segunda. Si para la época de su fallecimiento la segunda no se ha cumplido, nuestro destino como especie ha sido negado.

Suerte y adiós.

Los ingenieros de la Operación Último Hombre y

tu padre
Comodoro Olaf Rilke

tu madre
Ingeniero Pía Ortega