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El río

Posted on febrero 20, 2006 by Alberto Chimal in El cuento del mes 6 Comments

El niño se levantó y se puso los zapatos. Fue al cuarto de baño y luego a la sala. Se comió dos galletas untadas de pasta de anchoa que se encontró encima de la mesa y bebió un poco de ginger ale que quedaba en una botella. Miró a su alrededor buscando su libro, pero no estaba allí.
El apartamento estaba totalmente en silencio, sólo se oía el leve zumbido del refrigerador. El niño fue a la cocina, encontró unos pedazos de pan de pasas y les untó medio tarro de mantequilla de cacahuete. Se subió en un taburete alto de la cocina y se sentó, masticando tranquilamente el bocadillo y limpiándose la nariz de vez en cuando en la manga. Cuando acabó, encontró batido de chocolate y se lo bebió. Hubiera preferido beberse una botella de ginger ale, pero habían dejado los abridores donde él no podía alcanzarlos. Estudió durante un rato lo que quedaba en el frigorífico, algunas verduras marchitas que su madre había olvidado que estaban y muchas naranjas marrones que había comprado y que no había exprimido. Había tres o cuatro tipos de queso y algo de pescado en una bolsa de papel. El resto era hueso de cerdo. Dejó abierta la puerta del refrigerador, volvió a la oscura sala de estar y se sentó en el sofá.
Pensó que ellos no se iban a levantar hasta la una y que se irían todos a un restaurante a comer. Todavía no era lo suficientemente alto para llegar a la mesa: el camarero le traería una silla alta para niños, pero él era demasiado grande para esas sillas. Se sentó en mitad del sofá y empezó a darle patadas con los talones. Luego se levantó, vagó por la habitación y miró las colillas que había en los ceniceros, como si eso fuera un hábito suyo. En su habitación tenía libros con dibujos y piezas de construcción, pero estaban casi todas rotas. Había descubierto que la forma de conseguir unas nuevas era rompiendo las que tenía. Siempre tenía muy pocas cosas que hacer, excepto comer; sin embargo no era un niño gordo.
Decidió vaciar unos pocos ceniceros en el suelo. Si vaciaba sólo unos pocos, ella pensaría que se habían caído. Vació dos, frotando cuidadosamente con su dedo la ceniza sobre la alfombra. Luego se tumbó en el suelo un rato, estudiándose los pies mientras los mantenía en el aire. Sus zapatos estaban todavía húmedos y empezó a pensar en el río.
Su expresión fue cambiando muy lentamente, como si estuviera viendo aparecer gradualmente lo que sabía que había estado buscando. Luego de pronto supo lo que quería hacer.
Se levantó y entró de puntillas al dormitorio de sus padres. Se quedó allí casi a oscuras, buscando el bolso de su madre. Su mirada pasó por el largo brazo pálido de ella, que colgaba al borde de la cama y llegaba hasta el suelo, por el blanco montículo que formaba su padre y por la cómoda que estaba atestada de cosas, hasta que se detuvo en el bolso, que colgaba del respaldo de una silla. Sacó un billete de tranvía y medio paquete de Salvavidas. Luego salió del apartamento y cogió el tranvía en la esquina. No traía maleta porque allí no había nada que quisiera llevarse.

Se bajó del tranvía en la última parada y empezó a andar por el camino que habían cogido el día anterior él y la señora Connin. Sabía que no habría nadie en su casa, porque los tres chicos y la chica iban al colegio y la señora Connin le había dicho que se iba hacer limpiezas. Pasó por su casa y continuó por el camino que les había llevado al río. Las casas de cartón alquitranado estaban alejadas, y después de un rato el camino de piedra se terminó y tuvo que andar por el borde de la carretera. El sol estaba alto y de color amarillo pálido.
Pasó por una cabaña con un surtidor de gasolina naranja delante, pero no vio al viejo que estaba en la puerta con la mirada perdida. El señor Paradise se estaba tomando una bebida anaranjada. La terminó tranquilamente, mirando por encima de la botella, de reojo, la pequeña figura con el abrigo de cuadros que desaparecía en el camino. Luego puso la botella vacía en un banco y, mirando todavía de reojo, se limpió la boca con la manga. Se metió en la chabola y cogió del lugar donde tenía los caramelos un palillo de menta de unos treinta centímetros de largo y cinco de ancho, y se lo metió en el bolsillo. Luego se metió en el coche y fue conduciendo lentamente por el camino detrás del chico.
Cuando Bevel llegó al campo cubierto de hierbajos violeta, estaba sudoroso y lleno de polvo. Lo atravesó rápidamente para llegar al bosque lo antes posible. Una vez en el bosque, vagó de un árbol a otro intentando encontrar el camino que habían seguido el día anterior. Finalmente, encontró una senda clara entre las agujas de pinos y la siguió hasta que vio el camino empinado que serpenteaba entre los árboles.
El señor Paradise había dejado su coche en el camino y había ido caminando al lugar donde solía sentarse casi todos los días sosteniendo una caña de pescar a la que no ponía cebo, mientras miraba pasar el agua del río delante de él. Cualquiera que lo hubiera mirado desde lejos hubiera visto un viejo canto rodado medio escondido entre los arbustos.
Bevel no lo vio. Sólo veía el río, brillando de un color amarillo rojizo, y se metió de un salto con los zapatos y el abrigo puestos y bebió un trago.
Se tragó un poco y escupió el resto, y luego se quedó allí, con el agua llegándole por el pecho y mirando a su alrededor. El cielo estaba de color azul claro pálido, formando una pieza única, a excepción del agujero que hacía el sol, y bordeado por debajo por las copas de los árboles. Su abrigo flotaba en la superficie y lo rodeaba como una extraña hoja de nenúfar gris.
Y se quedó allí sonriendo bajo el sol. No quería bromear más con predicadores, lo que quería era bautizarse a sí mismo y continuar esta vez hasta encontrar el Reino de Cristo en el río. No tenía intención de perder más tiempo. Metió la cabeza bajo el agua enseguida y avanzó hacia delante.
Al momento empezó a respirar con dificultad y a balbucear y su cabeza reapareció en la superficie; se sumergió de nuevo y volvió a ocurrir lo mismo. El río no quería quedárselo. Lo intentó de nuevo y volvió a salir a la superficie asfixiándose. Así es como se sintió cuando el predicador lo metió bajo el agua; había tenido que luchar con algo que le empujaba en la cara. De pronto se paró y pensó: ¡es otra broma! ¡Es sólo otra broma! Pensó lo lejos que había ido para nada y comenzó a golpear, a chapotear y a darle patadas al asqueroso río. Sus pies ya no rozaban con nada. Dio un pequeño grito de dolor y de indignación. Luego oyó un grito, volvió la cabeza y vio algo como un cerdo gigante avanzando detrás de él, agitando un palo rojo y blanco y gritando. Se sumergió una vez más y esta vez la corriente lo cogió como una larga y amable mano y lo empujó rápidamente hacia delante y hacia abajo. Por un instante se quedó muy sorprendido, pero como se movía rápidamente y sabía que iba a llegar a algún lugar, toda su furia y su miedo desaparecieron.
La cabeza del señor Paradise aparecía de vez en cuando en la superficie del agua. Finalmente, a bastante distancia río abajo, el viejo se levantó como un antiguo monstruo marino y, con las manos vacías, se quedó mirando con sus ojos tristes río abajo, tan lejos como su vista podía alcanzar.

© Herederos de Flannery O’Connor

"Colecciono notas de rechazo (...) de los editores".
Cuento, El río, Escritores, escritores estadounidenses, Flannery O'Connor, Literatura, Realismo, religión
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6 comments on “El río”

  1. Alberto Chimal dice:
    febrero 24, 2006 a las 8:42 am

    Y, bueno, ¿qué les ha parecido?

    Responder
  2. Inés Mara dice:
    febrero 24, 2006 a las 12:16 pm

    La literatura se conduce por caminos azarosos y bellos. Esta tarde fría salia de debajo de una manta tras haber leído el relato “El rio”, de O’Connor, en la maravillosa edición de Lumen, y me interno en esta corriente de blogs y encuentro el tuyo a través de la página de blogueratura. No tengo que insistirte en que la coincidencia me parece fantástica y sugestiva. Como otros relatos de ella, el relato se va desenvolviendo lentamente, sin que seamos conscientes en todo momento del camino que va a tomar. Apreciamos ante todo una profunda sensación de soledad, una extrañeza del niño ante el mundo que le rodea. El predicador funciona ante todo, creo, como una retumbante melodía espectral que no llega a conmover al pequeño, pero que al tiempo le da una expectativa ilusoria de viaje, de salida, de cambio real. El final de la historia es conmovedor y enigmático, con ese otro personaje que parece nadar a su vera intentando salvarle, traerle de vuelta, o quizás indicarle el camino, y nos llega perfectamente esa imagen de una cabeza que sale y entra del agua del río, que sale y entra de la desesperación, de la existencia, que se aleja y se acerca a la esencia definitiva de los árboles.
    Me alegra haber descubierto tu blog. Te visitaré a menudo.
    Precisamente en mi blog puedes leer una reciente entrada, “El regalo de M.”, en que cuento una anécdota con Flannery O’Connor que quizás pueda interesante.
    Un fuerte abrazo.
    Inés.

    Responder
  3. Inés Mara dice:
    febrero 24, 2006 a las 12:17 pm

    Perdona, me olvidaba.
    Preciosa foto.

    Responder
  4. Alberto Chimal dice:
    febrero 24, 2006 a las 12:41 pm

    Gracias, Inés, por tus mensajes. Espero que nos veamos por aquí. Por mi parte ya fui a tu blog y dejé comentario.

    Ese enigma del señor Paradise es de los que permanecen, creo, y para bien: ¿será que no es cierto que lo mejor de los cuentos sea siempre lo claro, lo que está perfectamente explicado? Creo que así es.

    Muchos saludos.

    Responder
  5. Inés Mara dice:
    febrero 27, 2006 a las 12:59 pm

    Te prometo, Alberto, un muy próximo post sobre Lorrie Moore. Lo haré con mucho gusto. Un saludo.

    Responder
  6. Alberto Chimal dice:
    febrero 27, 2006 a las 3:32 pm

    ¡Gracias! :)

    Responder

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