Anteayer me preguntaban por el libro más divertido que hubiera leído. Me quedé pensando más tiempo del que había previsto: más del que me hubiera parecido sensato. Me di cuenta de un hecho en el que, sinceramente, no había reparado: cuando elijo un libro no pienso casi nunca en cuánto espero divertirme al leerlo. Siempre disfruto un libro divertido pero, además de que puedo apreciar aquellos libros que no intentan serlo (que ofrecen algo distinto), me comporto como la mayoría de mis colegas: la capacidad de un libro para divertir no está entre mis prioridades. Al menos, al leer.
      En parte es una deformación profesional, supongo. Aprender a escribir implica, en cierto modo, perder la inocencia de la que puede gozar un lector que no escribe, pues exige descubrir cómo se logran los efectos que el lector simplemente percibe (y, en su caso, disfruta). También puede deberse a las muchas lecturas por obligación que se deben hacer cuando, además de escribir, se intenta trabajar en otras actividades relacionadas con la escritura. Y en México, por lo menos, puede haber también una tercera causa: cierto reflejo condicionado contra el entretenimiento como fin en sí mismo.
      (Muchas personas creen que esto proviene de un deseo, por parte de los escritores, de estar siempre en una pose solemne, como si sólo los libros aburridos y pretenciosos valieran la pena, o como si los «grandes temas» de la literatura fueran incompatibles con el humor, las peripecias novelescas o el juego. No niego que muchos colegas tienen esa actitud, pero otros intentamos, simplemente, sostener un punto de vista opuesto al de las personas que juzgan que la intención de entretener es suficiente –o la única válida– para una obra artística: aquellos que, por ejemplo, se quejan cuando ven cualquier crítica de una obra pues la literatura, dicen –o el cine, o cualquier otra–, sólo existen para «escaparse» un rato, para «desconectar el cerebro».)
      En cualquier caso, como la cuestión me pareció interesante, hice la pregunta en Twitter: «¿Cuál es el libro más divertido que usted haya leído?» Muchas personas respondieron; si bien el resultado no se podría sostener muy bien como estudio estadístico riguroso, sí fue posible hacer varias observaciones interesantes:

  1. Muchos libros y autores considerados clásicos, imprescindibles de la literatura, de culto, etcétera, no aparecieron en absoluto. Tampoco todos los lectores tienen el entretenimiento como única prioridad.
  2. Aparecieron varios autores considerados «divertidos» (John Kennedy Toole, P. G. Wodehouse o Jorge Ibargüengoitia, por ejemplo) pero también otros más raros, más inesperados, como Vicente Leñero o Marilyn Manson (!). Lo que entretiene –esto es menos obvio de lo que podría parecer– no es lo mismo para todos los lectores: no es un sector definido ni mucho menos un gueto de la literatura.
  3. Una sorpresa particular fue Don Quijote, de Cervantes, que fue el libro más antiguo de los mencionados y uno de los más populares. En realidad quienes lo propusieron tienen razón: es un libro muy divertido aunque acostumbremos considerar, antes que ese rasgo, su influencia y prestigio enormes.
  4. Otra sorpresa fue que muy pocos colegas se animaron a opinar.

      Cuando menos, me queda claro que los escritores no pensamos mucho en la cuestión del entretenimiento. Que lo abordamos en general sólo como una frivolidad, o como un asunto polémico, y rara vez nos planteamos –al menos en el país que habito– que también puede ser una posibilidad de contacto con el lector.
      El acopio entero de los tuits está en esta dirección, y a continuación se ve un retrato de Ignatius Reilly, el protagonista de La conjura de los necios de John Kennedy Toole, otro de los libros más populares de la encuesta:

Ignatius Reilly