El cuento

Entre nosotros no se sabe mucho del danés Kim Fupz Aakeson (1958), pero este escritor, quien se ha dado a conocer además como ilustrador y guionista de cine, es el autor de la historia que sigue, una de las mejores (a la vez compleja y simple, cerebral y entrañable) que he leído en mucho tiempo.
Hasta muy pronto, felices fiestas.

EL CUENTO
Kim Fupz Aakeson

Este es un Papá que está en la habitación de su hijo. Es de noche y le va a contar un cuento antes de que se duerma. Viven en un fraccionamiento en Copenhague.
      —Había dos elefantes, justo donde empieza la jungla, en un lugar de África. En el Congo. Están a la sombra, viendo cómo pasa el tiempo.
      —¿Y luego qué pasó? —pregunta el niño. Le gusta la palabra Congo, le suena a marrón y a calor.
      —Uno de los elefantes se llama Conrado, y el otro Pequeño N. Conrado le está contando a Pequeño N una historia de mentiras, de esas que tanto gustan a los elefantes.
      A Papá le parece oír un ruido en la sala y de pronto se para. Pero no ha de ser nada…
      —Cuéntame más, dice el niño, impaciente.
      —Vamos, sigue contando —dice Pequeño N, dándole un empujoncito a Conrado—. No pares.
      —Deja que me invente lo que sigue —contesta Conrado, que cree ver cómo algo se mueve en la espesura.
      Pero no ha de ser nada…
      —¿Por dónde iba?
      —Por ningún sitio —contesta Pequeño N—, acabas de empezar. Era sobre un padre y un niño, y el padre le iba a contar un cuento al niño antes de que se durmiera.
      —Es verdad —Conrado se rasca con la trompa y continúa: —El niño preguntó: “¿Y luego qué pasó?”
      —Copenhague… —Pequeño N saborea la palabra.
      Y Papá, que ya no piensa en el ruido de la sala, cuenta que, mientras los elefantes están en lo del cuento, un famoso cazador se acerca sigilosamente con un fusil.
      —Ay, no, ¿es un cuento de esos que te dan miedo? —quiere saber Pequeño N, y siente un escalofrío por lo del ruido en la sala.
      —Que no, que no, simplemente es sobre un padre y su hijo —contesta Conrado— y sobre el cuento que el padre le cuenta a su hijo antes de que se duerma.
      —Pero ¿qué pasa con el cazador? —pregunta el niño a su padre— Da un poco de miedo lo del cazador y su fusil.
      —Eso, el cazador —dice Papá—. Se va acercando cada vez más. Está buscando balas para el fusil, y los elefantes no hacen más que hablar y no se dan cuenta.
      —No me gustan los cuentos de cazadores —dice Pequeño N a Conrado.
      —Tranquilo —Conrado mueve sus grandes orejas para calmarlo—. En mi cuento no hay cazadores, pero un poco de miedo sí da, porque el niño y su padre están tan distraídos por lo del cuento que ninguno de los dos se da cuenta de que un ladrón se ha metido en la casa.
      —Ay, parece que es de miedo —dice Pequeño N y se arrima más a Conrado.
      El niño no dice nada pero le coge la mano a su padre.
      —Tiene que asustar un poco —insiste Papá. Y no oye al ladrón que ahora está vaciando el cajón de los cubiertos de plata en la sala.
      Despacito, una tras otra, va metiendo las cucharas en el saco que lleva.
      —¡Qué miedo! —dice el niño.
      Conrado dice:
      —Pero de repente el ladrón oye un poco de lo que se está contando en el cuarto, eso de que el cazador va introduciendo las balas, despacito, una tras otra, en el fusil.
      Cuenta Papá:
      —Pero de repente el cazador oye un poco del cuento que se está contando, eso de que el ladrón se queda escuchando en lugar de salir corriendo con los cubiertos.
      Y mientras Conrado sigue contando lo del ladrón, el cazador no dispara porque quiere saber cómo termina la historia.
      Y mientras Papá sigue contado lo de los elefantes, el ladrón no sale corriendo porque quiere saber si el cazador mata a los elefantes.
      Y el cazador quiere saber si el ladrón se entera de que mata a los elefantes.
      Y el ladrón quiere saber si el cazador se entera de que se escapa con los cubiertos de plata.
      De repente, la historia le hace al ladrón pensar en su padre, que fue cazador y nunca estaba en casa cuando el ladrón era pequeño. Piensa en lo mucho que echa de menos a su padre.
      De repente, el cazador piensa en su hijo. Nunca tuvo tiempo para estar con él y parece ser que terminó siendo bastante malo, uno de los que se introducen en las casas de los demás y les roban los cubiertos de plata. Y eso que de pequeño era muy bueno…
      —¿Entonces qué hizo? —pregunta Pequeño N, refiriéndose al ladrón.
      —¿Entonces qué hizo? —pregunta el niño, refiriéndose al cazador.
      Continúa Conrado:
      —Al final, el ladrón dejó caer el saco con todos los cubiertos de plata, se deslizó hasta la ventana por la que había entrado y se perdió en la oscuridad de la noche.
      Papá continúa:
      —Finalmente, el cazador se puso tan triste que dejó caer el fusil en la maleza y se apartó de los dos elefantes, metiéndose en la jungla.
      En el suelo se ha quedado el saco con los cubiertos de plata. En la maleza hay un fusil cargado. En Copenhague. En el Congo.
      —¿Qué pasó después?
      —A lo mejor ahora se están buscando, quizás un ladrón esté buscando a un cazador y un cazador a un ladrón y, si seguimos contando, es posible que se encuentren.
      —¿Tú crees? —pregunta el niño.
      —¿Tú crees? —pregunta Pequeño N.
      —En un cuento puede pasar de todo.
      Ninguno de los dos se da cuenta de quién contesta, Papá o Conrado.

© Kim Fupz Aakeson

Publicado por

Alberto Chimal

Escritor/Writer

19 comentarios sobre “El cuento”

  1. Vaya cuento, es genial, aquí va algo más del mismo autor.

    Esto es todo lo que he leido de él, en donde puedo encontrar más?

    Jesús Olague
    Zacatecas, México
    http://jholaguepersonal.blogspot.com

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    Un niño llamado Svend

    Seguramente conoces a los superhéroes. Tienen capas y pueden volar, y no tienen ningún problema si se les aparece un edificio en su camino. Saltan los treinta y dos pisos y a otra cosa. Y lo hacen con las piernas juntas. Y tienen nombres muy bonitos como Superman o Batman o El hombre araña o Robin o Fantomas y tienen músculos de acero y solo piensan en una cosa. Solo piensan en atrapar ladrones y ladronzuelos, aunque también estafadores y malhechores, atraparlos y enviarlos a la cárcel para que la gente decente pueda caminar libremente sin ser asaltada o engañada. Los superhéroes son de lo más fuerte que existe, no es casualidad que sean muy famosos y ganen mucho dinero.
    Y si no sabes nada sobre superhéroes, entonces te contaré de alguien que sí sabía. Svend. El de la tercera planta. Si, si. El vivía allí junto con su madre en un piso de tres ambientes con servicio y balcón propio. Y una alfombra floreada. Y horno microondas. No tenían de qué quejarse en realidad, por lo menos no mucho.
    Es decir, la madre tenía algunas cosillas. Por ejemplo cuando le decía a Svend: “No te hace ilusión comenzar a ir a la escuela?”
    “¿Qué?” decía Svend. Siempre ¿Siempre qué? ¿y por qué siempre qué? Porque el pequeño no tenía otra cosa en su pequeña y tonta cabeza que los superhéroes. Tenía revistas con láminas de los superhéroes, tenía libros sobre los superhéroes que debía rogarle a su madre para que los leyera en voz alta porque él mismo era demasiado pequeño y tonto para leer cualquier cosa . Y mientras no estaba enrededado en algo con sus superpersonajes y sus superrevistas y sus eternos superaccesorios, soñaba cómo y de qué manera Batman pasaba a gran velocidad en su Batimóvil inclinando el auto sobre dos ruedas en las esquinas, y justo cuando todos creían que los ladrones se escaparían con las joyas de la corona, entonces aparecen ellos y en cuestión de segundos, todos a la cárcel. Entonces el Comisario mueve los poderosos puños de Batman hacia arriba y abajo varias veces y dice que sin él todo estaría pésimamente mal.
    Esto era lo que Svend estaba pensando cuando su Madre le preguntó algo sobre la escuela después de las vacaciones de verano o le había pedido que le pasara la leche. Era por eso que Svend siempre contestaba: “¿Qué?”
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    Traducción: Daniel Babenco
    Fuente: http://www.childbooks.dk/html/spansk/page_10%20oversatte.html

  2. Jejeje, no creo que estés tan prejuiciado.

    De pronto recordé la película que solía ver mi hijo una y otra y otra vez, hasta el día que se lanzó desde el carrito del supermercado al grito de ‘al infinito y más allá’, y no se partió la cara porque alcancé a pescarlo de una pierna.

  3. Llego tarde a leer lo de Lem, creí que lo habías olvidado, pero resurjo desde las entrañas, ya, de la blogósfera ja. Una vez superada la contradicción de “ciencia ficción” y aceptándola, de alguna manera, como ‘opuesta’ a la ciencia, creo que tiene que ver con una forma de pensamiento que considera a lo ‘científico’como lo serio, lo riguroso, etcétera. (Y así muchas otras cosas han quedado fuera de una mejor valoración). Para mí la obra de Lem es sobre todo filosófica y precisamente ahí donde se terminan las seguridades que puede aportar la Ciencia, lo ‘cognoscible’, justo al pie de la Nada informe y terrible plantea infinidad de posibilidades que pueden causar risa y espanto, pues lo que sigue es oscuro y ya no hay ciencia que nos consuele. Perdón, ya dije mucho, me gustó su texto. Que esté bien todo el año.

  4. Si este cuento fuera una partida de ajedrez, tendría una apertura buenísima, un desarrollo para ponerse de pie y aplaudir, y un final… ligerísimamente decepcionante (vamos a decir, un final en tablas). El planteamiento inicial, con ese fino olfato fonético para emparentar Congo y Copenhagen, es buenísimo: nos deja con un triángulo canónico: 1) padre (el contador, el enunciador, el de la voz, el elemento activo: el protector), 2) hijo (el co.enunciador, el que escucha, el que quiere saber qué sigue, el elemento pasivo y además vulnerable: el amenazado), y 3) el ladrón/cazador, es decir, el elemento perturbador, irracional, amenazante, de quien se quiere esperar cualquier cosa: el elemento literario. Si en vez de un cuento se tratara de un programa, diríamos que hay dos procesos paralelos en un “dead lock”: la continuación del uno depende de la continuación del otro que a su vez depende de la continuación del primero. El golpe magistral es emparentar, en relación padre cazador-hijo ladrón, a los dos personajes amenazantes: se podría imaginar un tercer referente (¡la locura!) en donde el cazador le cuenta al hijo ladrón un cuento donde un elefante… etc. Sin embargo, en el desenlace, el cuento nos queda a deber… hay alguien que narra, hay alguien que se siente protegido por lo narrado y alguien que amenaza la narración… ¿por qué no, en vez de decir que en un cuento “puede pasar cualquier cosa”, el autor no nos MUESTRA efectivamente ese cualquier cosa que rompe el planteamiento matemático del cuento y lo hace aterrizar en la emoción, el efecto, el as bajo la manga literario? En mi opinión, el desenlace pierde cuando el cazador baja el rifle y el ladrón suelta el botín (se acaba la amenaza). ¿Y si, en un ejercicio chimaliano, propusieramos finales alternativos para esta historia?

  5. Hola a todos y gracias. Jesús, no sé dónde hallar más de Aakeson, pero si llego a saber aviso. Una pregunta: ¿no está incompleto el texto que dejas? Me dio la impresión…

    Jorge, creo que no me disgusta tanto el final (es sentimental, por lo demás, pero tengo para mí que es a propósito)… En todo caso, si hay interesados en proponer finales alternos, son bienvenidos aquí.

    Saludos a todos.

        1. He vuelto a leer “Continuidad…” en Final de juego. Lo siento , pero es la “matrix” del “El cuento” No sólo es una cuestión de lugar y de estilo sino de estructura narrativa. Digamos que la creación de Cortázar es un clásico que ha pasado la prueba del tiempo. No sé si Kim Fupz -que por otro lado se ve muy simpático- leyó o no “Continuidad de los parques”; en todo caso, por el género de literatura que aborda, debería. Saludos

  6. Alberto, a mí también me parece que algo le falta al texto que puse, la fuente que cito me la pasó un amigo un día que hablábamos de cuentos infantiles, no me extrañaría que en realidad sea la sinopsis de un libro de cuentos en el que Svend sea el personaje principal.

    Sobre el final de El cuento, creo importante no olvidar que es un cuento infantil, y que en este caso los finales son mejores cuanto más simples son.

  7. ¡Eh, que bonito cuento!
    Perdón, no tiene caso decir más. SI el cuento de Ballard funciona porque revela esa realidad que nos empeñamos a esconder y que termina volviéndose absoluta y natural en todo su horror (y disfrute, sea dicho de paso), este cuento de papas, niño y elefantes resulta sensacional porque está en el otro extremo: el de dos historias paralelas que terminan afectando a la realidad (la amenaza) para hacerla consciente de su condición y revertirla.
    La verdad es un cuento casi chamánico. Gracias.

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