Un cuento de Ephraim Kishon (1924-2005), uno de los autores israelíes más celebrados del siglo XX, antecesor –por su desparpajo y su humor– de narradores como Etgar Keret, además de periodista, cineasta y dramaturgo (fue el primer director de cine de su país en ganar un Globo de Oro y una nominación al Oscar). También fue ganador, entre otros, del Premio Israel.
      Este cuento –en el que una confusión cotidiana se retuerce y exagera hasta el absurdo– apareció en español en la colección Arca de Noé. Clase turista (1964). Agradezco la transcripción a Raquel Castro, quien ha escrito sobre Kishon aquí.

Kishon

CON LA LENGUA TRABADA EN OSLOMFUNF
Ephraim Kishon
 
 
Jamás habría ocurrido esto si Sulzbaum no hubiera descubierto que yo era el hombre ideal para el empleo. Hacía mucho tiempo que Sulzbaum estaba buscando a alguien con materia gris en quien pudiese depositar su confianza para ciertos asuntos; y ahora, después de las negociaciones que mantuvimos durante un tiempo, dio a entender de modo inequívoco que estudiaba seriamente la posibilidad de dejarme manejar el negocio.
 
 
En esa tarde fatal lo llamé por teléfono y me informó que quería cerrar el trato y que si no tenía inconveniente, me esperaría de inmediato en su casa. Las palabras no bastan para describir mi alegría. Después de todo, Sulzbaum es Sulzbaum, y esto es algo que nadie puede negar. Por lo tanto le pregunté sin más dilaciones dónde vivía, y él me informó:
      —Calle Helsinfors 5.
      —Estupendo —respondí—. Estaré con usted dentro de cinco minutos.
      —Excelente…
 
 
Me puse en marcha en seguida, pero apenas había dado unos pocos pasos me hizo detener en seco algo más inexpugnable que una barrera: había olvidado por completo el nombre de la calle. Lo único que recordaba era que comenzaba con una ‘P’…
      No me quedó otro recurso que entrar en una cabina telefónica y buscar su nombre en la guía. ¡En esta no figuraba ningún Sulzbaum! ¡Qué nombre! Para mayor seguridad, también lo busqué el a sección correspondiente a la ‘Z’. Nada. Me dije que debía tener un número nuevo. Por suerte lo había anotado en mi libreta, de modo que volví a llamarlo.
 
 
—En realidad es algo tan gracioso que no hay palabras para describirlo —le expliqué—, pero he olvidado el nombre de su calle.
      —Helsingfors —respondió Sulzbaum—. Calle Helsingfors 5.
      —Magnífico…
 
 
Ahora me había tornado más cauteloso, y no cesaba de repetirme: Helsingfors… Helsingfors… En un punto del extremo norte de la ciudad, detuve a un transeúnte.
      —Disculpe, señor, ¿pero podría decirme dónde queda…?
      —Lo lamento mucho —me interrumpió el hombre—, pero no soy de este barrio. Yo mismo estoy buscando la calle Uziel.
      —La calle Uziel —murmuré—. Casualmente sé dónde queda. Siga derecho y doble en la segunda hacia la derecha.
      —Muchas gracias —contestó el hombre, muy satisfecho—. Entre paréntesis, ¿qué calle busca usted?
      —Yo… —dije—, bien… resulta que en realidad…
 
 
Créanlo o no, pero lo cierto es que la charla de ese individuo me había hecho olvidar una vez más del nombre de la calle. Lo único que podía haber jurado era que empezaba con ‘S’ y que el número era 9 o 19.
 
 
Para ser sincero, confesaré que me daba un poco de vergüenza volver a llamar a Sulzbaum, por temor a que me tomase por una persona con tendencia a olvidar los nombres de las calles. Forcé mi cerebro para recordar el nombre, pero por experiencia personal sabía que mi intelecto siempre rechaza las tareas que le son impuestas por la fuerza. En consecuencia, me senté en un café y me serené con la esperanza de que la inspiración se presentase súbitamente. Pero la única calle cuyo nombre volvió a mi memoria fue Shmaryahu Levin (que hasta entonces nunca había podido recordar, no sé por qué motivo). Yo sabía que indudablemente el nombre que estaba buscando no era Shmaryahu Levin, sino un nombre extranjero, y que de todos modos empezaba con ‘L’.
 
 
De modo que llamé a Sulzbaum.
 
 
—Hola —saludé—. Estoy en camino hacia allí. Quizá podría decirme cuál es el medio más rápido para llegar a su casa.
      —¿Dónde se encuentra ahora?
      —En la calle Ben Yehuda.
      —Bien, eso no queda lejos de mi casa. Lo mejor que podrá hacer será preguntarle a alguien que pase por allí.
      —Muy bien –asentí—. Y a propósito… ¿cómo se escribe el nombre?
      —Tal como se pronuncia. ¿Por qué?
      —Tengo la impresión de que aquí la gente no lo conoce. ¡Se trata de una calle nueva?
      —No mucho.
      —De todos modos, un nombre tan largo… —insistí.
      —¿Por qué? –respondió Sulzbaum—. Hay otros mucho más largos, como los de la ‘calle del Sacerdote Matityahu’ o la ‘calle de las Puertas de Nicanor’, o la ‘calle Akiba Kolnomicerko’…
      —Es cierto. Pero el nombre de su calle es un verdadero trabalenguas.
      —Vamos, vamos. Uno se puede acostumbrar a él. ¡Pero por qué está tan preocupado de pronto por el nombre de mi calle?
      —Oh, por nada en particular. Simplemente pensé…
      —¿Viene para acá?
      —Sí. Llegaré dentro de cinco minutos.
      —Muy bien…
 
 
Y colgó el auricular. Yo permanecí en la cabina. Quizá esos fueron los momentos más difíciles de mi vida. A partir de ese instante los nombres ‘Sacerdote Matityahu’, ‘Puertas de Nicanor’ y ‘Akiba Kolnomicerko’ quedaron grabados de forma indeleble en mi memoria, a pesar de que no tenían ningún interés particular para mí. Después de un rato, con movimientos lentos pero deliberados, disqué la ‘S’ de Sulzbaum.
 
 
—Hola –susurré roncamente—. ¿Cómo se llama su calle?
—Helsingfors –siseó Sulzbaum con tono helado—. ¿Qué le parece si lo anota?
 
 
Busqué mi bolígrafo, pero naturalmente no estaba en su lugar. Antes de que pudiese informarle a Sulzbaum que estaría con él dentro de los próximos cinco minutos, ya había cortado la comunicación. Pero no repetí los errores del pasado, y esta vez recurrí a la mnemotécnica.
 
 
‘Helsingfors’ –musité para mis adentros, analizando el nombre—. ‘La primera parte recuerda a la capital de Finlandia, Helsinki, en tanto que la segunda es casi idéntica a la palabra inglesa fourth (cuatro), y las dos están conectadas por una ‘g’, la séptima letra del abecedario’.
      Era muy sencillo: ‘Helsin/ki/—g—fourth, número 5’.
      Llamé un taxi y le espeté al conductor:
      —Calle Helsingfors, número 5.
      —Helsingfors 5, repitió el chofer, y arrancó.
 
 
Yo me recosté contra el respaldo del asiento y pensé en lo extraño que era que un intelectual de mi talla, que todavía recuerda las respuestas que dio en su examen de bachillerato, como por ejemplo ‘la capital de la antigua Dacia era Sarmisegetuza’, que tal hombre, insisto, cuyo cerebro es prácticamente electrónico, pueda olvidar un nombre tan sencillo como… como…
 
 
—Discúlpeme –intervino el conductor, volviéndose hacia mí—. ¿Cómo dijo que se llama la calle?
 
 
La desesperación más angustiosa me invadió cuando descubrí que había vuelto a olvidar ese maldito nombre. Lo único que recordaba era ‘Sarmisegetuza’. Busqué la solución más fácil y empecé a increpar al conductor, pero éste juró que en la esquina de la calle Frishman aún lo sabía.
      —Muy bien, no tiene importancia —mascullé, haciendo un esfuerzo supremo por mantener la calma. Tratemos de reconstruir el nombre de la calle. Pensemos con tranquilidad. ¿Qué es lo que usted recuerda?
      —Nada —respondió el granuja—, excepto que el número de la casa era 173.
      —¡Concéntrese, hombre, concéntrese!
      —Calle Zingman…Zeligberg…Zalmanovzki… algo parecido a eso…
 
 
¡De pronto recordé la meme… menmo… mnemotécnica! Estaba salvado. ¿Cómo era la fórmula? La capital de Noruega, o sea ‘Oslo’, ‘g’ en el medio, y después un cinco en alemán, o sea ‘funf’…
 
 
—¡Calle Oslogfunf 7! —grité al idiota.
      Reanudó la marcha y aceleró hacia el sur. Después de tres cuadras frenó y dijo:
      —Lo lamento, pero esa calle no existe.
      Sinceramente, yo había intuido desde el primer momento que esa calle no existía, pero la partida apresurada del conductor me desconcertó. Incluso sabía donde me había equivocado. No había una ‘g’ en el medio. Veamos: ‘Oslorfunf’… ‘Oslomfunf’, no…
      —¿Y bien? —preguntó el chofer—. ¿Qué hacemos ahora?
      Le arrojé una mirada cargada de rencor y un billete de una libra, y me apeé. Llamé a Sulzbaum desde una cabina telefónica cercana.
      —Hola —exclamé—. Estaré con usted dentro de un momento. Me ha sucedido algo verdaderamente fantástico…
      —¡¡¡H—e—l—s—i—n—g—f—o—r—s!!! —rugió Sulzbaum—. Pero no es necesario que venga.
      Y cortó la comunicación.
      ¿Y a mí que me importa? Prefiero no tener ninguna relación con semejante persona. Al salir de la cabina descubrí que me encontraba en la calle Helsingfors, pero eso tampoco me turbó. Evidentemente no estaba yo destinado a trabajar para Sulzbaum. Pero me parece que no votaré a favor de la municipalidad actual. ¡Qué falta de tacto cometieron al designar una calle… eh… ejem… maldición…!