Esta es una bella rareza: un cuento filosófico de ciencia ficción del escritor estadounidense James Blish (1921-1975).
      Publicado, con el título original de «Beep», en el número de febrero de 1954 de la revista Galaxy Science Fiction, se trata de una historia de su tiempo en muchos aspectos, es decir, un tanto envejecida. Por ejemplo, los aparatos reales en los que basa su tecnología «futurista» (grabadoras de cinta de carrete abierto) quedaron obsoletos hace mucho tiempo, y sucede lo mismo con sus visiones de la política y las cuestiones de género. Pero lo más perdurable y trascendental de su argumento es, además, muy brillante. La larga descripción de un aparato, típica de la ficción especulativa de entonces, desemboca en cuestiones filosóficas discutidas por siglos, como la predestinación y el libre albedrío; otros pasajes resaltan –para quienes vivimos en siglo XXI– la manera en que los seres humanos empleamos el lenguaje, y las historias que éste nos permite contar acerca de nosotros mismos, para tratar de justificar nuestras acciones y nuestras propias vidas.
      Blish no ha sido muy reconocido aún dentro del «canon» literario, al contrario de algunos autores a los que prefigura, como Ursula K. LeGuin o Philip K. Dick, pero sus mejores obras sí merecen reconsiderarse, incluyendo este cuento o la novela Un caso de conciencia (1958).
      «Bip» fue traducido al castellano para una antología: Imperios galácticos 3 (Bruguera, 1978, a partir de una compilación de Brian W. Aldiss), de la que también provienen otro par de narraciones ya aparecidas en este sitio, de Mack Reynolds y Fredric Brown. Por desgracia, la traducción del cuento de Blish en aquel libro es (francamente) pésima; aquí la he revisado a fondo para corregir numerosos errores y omisiones.


Ilustración de Ed Emshwiller

BIP
James Blish

I

Josef Faber bajó un poco su periódico. Al ver que la chica sentada en la banca del parque miraba hacia él, sonrió con la agónica, avergonzada sonrisa de un don nadie concienzudamente casado cogido en falta, y se zambulló nuevamente en el periódico.
      Estaba razonablemente seguro de tener el aspecto debido: el de un inofensivo ciudadano de mediana edad, con empleo fijo, disfrutando una escapada dominguera de la rutina de la familia y la contabilidad. También estaba bastante seguro, a despecho de sus instrucciones oficiales, de que en caso de no tener el aspecto no habría ninguna diferencia. Las asignaciones de “chico conoce a chica” siempre salían bien. Jo nunca había llevado a cabo ninguna que hubiera requerido su intervención.
      De hecho, el periódico, que supuestamente estaba usando sólo como pantalla, le interesaba mucho más que el trabajo que estaba haciendo. Había comenzado a sospechar lo obvio apenas diez años antes, cuando el Servicio lo reclutó; ahora, tras una década como agente, aún se fascinaba al ver cómo los problemas realmente importantes siempre se resolvían bien. Las situaciones peligrosas: no las “chico conoce a chica”.
      Por ejemplo, el asunto de la Nebulosa del Caballo Negro. Hacía algunos días, los diarios y los comentaristas habían comenzado a mencionar informes de disturbios en el área, y el ojo entrenado de Jo había captado la mención. Algo grande se estaba cocinando.
      Y hoy había hervido: la Nebulosa del Caballo Negro, repentinamente, había lanzado cientos de naves, una armada compacta que debía haber exigido más de un siglo de esfuerzos por parte de un cúmulo estelar entero, una iniciativa de producción llevada a cabo en el secreto más estricto y fanático…
      Y, por supuesto, el Servicio había llegado al sitio con tiempo de sobra. Con tres veces la cantidad de naves, dispuestas con precisión matemática para enfilar a la armada entera en el momento en que salió de la Nebulosa. La batalla había sido una masacre, el ataque aplastado antes de que el ciudadano medio pudiera siquiera comenzar a hacerse la idea de contra qué había apuntado, y el bien había triunfado, una vez más, sobre el mal.
      Por supuesto.
      Un arrastrar de pies sobre la grava llamó su atención brevemente. Miró su reloj, que marcaba las 14:58:03. Era el momento en el que, de acuerdo con sus instrucciones, chica debía conocer a chico.
      Se le habían dado las órdenes más estrictas de no dejar que nada interfiriera con el encuentro: las órdenes habituales en las asignaciones de “chico conoce a chica”. Pero, como de costumbre, no tuvo nada que hacer sino observar. El encuentro estaba saliendo perfectamente sin ningún estímulo por parte de Jo. Siempre pasaba así.
      Por supuesto.
 
      Con un suspiro, Jo dobló el periódico, sonriendo otra vez a la pareja –sí, también era el hombre correcto– y se alejó, como a regañadientes. Se preguntó qué sucedería si se quitara el falso bigote, arrojara el diario al césped y se alejara a saltos y dando chillidos de alegría. Sospechaba que el curso de la historia no se desviaría ni un segundo de arco, pero no tenía ganas de hacer el experimento.
      El parque era agradable. Los soles gemelos calentaban el sendero y los prados sin el ardiente calor que traerían más tarde en el verano, Randolph era, de todo a todo, el planeta más confortable que había visitado en años. Un poco atrasado, quizá, pero también relajante.
      Y estaba, también, ligeramente más allá de los cien años luz de la Tierra. Sería interesante saber cómo los cuarteles generales del Servicio, allá en la Tierra, habían sabido con anterioridad que el chico encontraría a la chica, en un cierto lugar de Randolph, precisamente a las 14:58:03.
      O cómo los cuarteles generales del Servicio podían haber tendido una emboscada con precisión micrométrica a una flota interestelar de gran tamaño, sin más anticipación que unos cuantos días, que era lo que se evidenciaba en los diarios y en el video.
      La prensa era libre en Randolph, como en todas partes. Informaba de todas las noticias que recibía. Cualquier concentración de emergencia de naves del Servicio en el área del Caballo Negro, o en cualquier otro lugar, debería haber sido descubierta y reportada. El Servicio no prohibía esos reportes por razones de «seguridad» ni por ninguna otra. Y sin embargo, no había habido nada que informar, excepto que a) una flota de dimensiones impresionantes había irrumpido sin ninguna advertencia previa, procedente de la Nebulosa del Caballo Negro, y que b) el Servicio había estado listo.
      Para aquel tiempo, era un lugar común que el Servicio siempre estaba listo. No había tenido un desperfecto ni un fallo en más de dos siglos. Ni siquiera había tenido un fiasco, el tecnicismo alarmante que se refería a la posibilidad de que una asignación de “chico conoce a chica” no se llevara a cabo.
      Jo detuvo un aerotaxi. Una vez dentro, se quitó el bigote, la calva, las arrugas de la parte superior de la cabeza: el maquillaje que le había dado toda su apariencia de amistosa inocuidad.
      El conductor observó todo el proceso a través del espejo delantero. Jo levantó la vista y se encontró con su mirada.
      —Disculpe, señor, pero pensé que no le molestaría que lo viera. Usted es de los del Servicio, ¿no?
      —Así es. ¿Me lleva al Cuartel General?
      —Claro que sí —el conductor aceleró el motor y el taxi se elevó suavemente hasta la altura exprés—. Es la primera vez que estoy tan cerca de alguien del Servicio. No lo podía creer al principio, cuando usted se quitó la otra cara. Se veía totalmente distinto.
      —A veces hay que hacerlo —dijo Jo, preocupado.
      —Me imagino. Con razón lo saben todo antes de que pase. Has de tener mil caras cada uno, ¿no? Su propia madre no los reconocería. ¿No le molesta que yo sepa que anda por ahí disfrazado?
 
      Jo sonrió. La sonrisa creó una pequeña sensación de tirantez a lo largo de una curva de su mejilla, al lado de la nariz. Jo retiró el trozo faltante de falsa piel y se quedó mirándolo.
      —Claro que no. El disfraz es una parte muy básica del trabajo del Servicio. Cualquiera podría descubrirlo. De hecho, no los usamos a menudo; sólo en tareas muy simples.
      —Ah —el conductor pareció un poco decepcionado de que el melodrama no fuera tal. Condujo en silencio cerca de un minuto. Entonces, como para sí mismo, dijo: —Algunas veces pienso que el Servicio debe tener una máquina del tiempo; la de cosas que hacen… Bueno, llegamos. Buena suerte, jefe.
      —Gracias.
      Jo fue directamente a la oficina de Krasna. Krasna era un randolfino entrenado en la Tierra, y respondía a la oficina de la Tierra, aunque por lo demás estaba librado a sus propios recursos Su cara, pesada y robusta, tenía la misma expresión de serena confianza que era típica de los oficiales del Servicio en cualquier lugar…, incluyendo a algunos que, técnicamente hablando, no tenían cara con la que expresar nada.
      —»Chico conoce a chica» —dijo Jo, brevemente—. Exacto y a la hora.
      —Buen trabajo, Jo. ¿Un cigarro? —Krasna empujó la caja al otro extremo de su escritorio.
      —Ahora no. Me gustaría hablar con usted, si tiene tiempo.
      Krasna apretó un botón, y una silla en forma de hongo apareció en el piso justo detrás de Jo.
      —¿Qué me cuenta?
      —Bueno —dijo Jo, cuidadosamente—, me pregunto por qué recibo palmaditas por no haber hecho ningún trabajo.
      —Ha hecho un trabajo.
      —No —dijo Jo, secamente—. El chico hubiera conocido a la chica, sin importar que yo estuviera ahí o de regreso en la Tierra. El curso del amor verdadero siempre corre suavemente. Ha sido así en todos mis casos de «chico conoce a chica», y ha sido así en todos los casos de «chico conoce a chica» de todos los otros agentes con los que he comparado notas.
      —Pues…, qué bueno… —dijo Krasna, sonriendo—. Esa es la forma en que nos gusta que ocurra. Y en la que esperamos que ocurra. Pero, ¿sabe, Jo?, nos gusta tener a alguien en el lugar, alguien con reputación de tener buenos recursos, sólo por si hubiera algún problema. Casi nunca lo hay, como usted ha observado. Pero ¿y si lo hubiera?
      Jo resopló.
      —Si lo que están tratando de hacer es establecer precondiciones para el futuro, cualquier interferencia de un agente del Servicio desviaría mucho más los resultados. Hasta ahí sí llega mi conocimiento de la probabilidad.
      —¿Y qué le hace pensar que estamos intentando manipular el futuro?
      —Es obvio hasta para los taxistas de este planeta; el que me trajo piensa que el Servicio puede viajar por el tiempo. Es especialmente obvio para todos los individuos y gobiernos y poblaciones que el Servicio ha salido de líos muy serios, durante siglos, sin un solo fallo —Jo se encogió de hombros—. Sólo nos pueden pedir que vigilemos un pequeño número de casos de «chico conoce a chica» antes de darnos cuenta, como agentes, de que lo que el Servicio está salvaguardando son los niños futuros de esos encuentros. Por lo tanto, el Servicio sabe qué llegarán a ser esos niños, y tiene razones para querer que su existencia futura esté garantizada. ¿Qué otra conclusión puede haber?
 
      Krasna tomó un cigarro y lo encendió despacio; era obvio que se trataba de una maniobra para encubrir su respuesta.
      —Ninguna —admitió al fin—. Tenemos algún conocimiento anticipado, por supuesto. No podríamos haber creado nuestra reputación tan sólo con el espionaje. Pero también tenemos otros recursos: genética, por ejemplo, investigación de operaciones, teoría de juegos, el comunicador Dirac… Es un arsenal bastante grande, y por supuesto hay mucha predicción envuelta en todas esas cosas.
      —Lo entiendo —dijo Jo. Se movió en su silla, mientras formulaba todo lo que quería decir. Cambió de opinión respecto del cigarro y tomó uno—. Pero nada de eso equivale a la infalibilidad y ésa es una diferencia cualitativa, Kras. Por ejemplo, este asunto de la armada del Caballo Negro. Digamos que en el momento en que apareció, la Tierra se enteró mediante el transmisor Dirac, y empezó a reunir una flota contraria. Pero juntar cierto número de naves y tripulantes, aunque el sistema de comunicación sea instantáneo, toma un tiempo finito.
      »La armada contraria del Servicio ya estaba lista. Se había estado construyendo durante tanto tiempo, y con tan poco ruido, que nadie se dio cuenta de que se concentraba hasta un día o dos antes de la batalla. Entonces los planetas del área se pusieron nerviosos, porque empezaron a ver lo que estaba ocurriendo y a preocuparse por lo que iba a suceder. Pero no estaban demasiado preocupados; el Servicio siempre gana. Esto ha sido un dato estadístico durante siglos. Siglos, Kras. ¡Caray, llevar a cabo algunos de los trucos que hemos hecho tarda casi ese mismo tiempo! El Dirac nos da una ventaja de diez a veinticinco años en casos realmente extremos en el borde de la Galaxia, pero no más que eso.
      Se dio cuenta de que había estado echando humo con el cigarro cuando se quemó la boca, y entonces lo apagó con enojo en el cenicero.
      —Esto es muy distinto —continuó— que saber de una forma general cómo se comportará el enemigo, o qué clase de niños dicen las leyes de Mendel que una pareja habrá de tener. Quiere decir que tenemos algún modo de leer el futuro con todo detalle. Eso contradice totalmente todo lo que me han enseñado acerca de la probabilidad, pero tengo que creer en lo que veo.
      Krasna se rió.
      —Esa fue una muy buena exposición —dijo. Parecía genuinamente complacido—. Creo que se acordará de que fue reclutado en el Servicio cuando empezó a preguntarse por qué las noticias eran siempre buenas. Cada vez hay menos gente que se lo pregunta; se ha convertido en parte de su ambiente —se levantó y pasó una mano por sus cabellos—. Ahora usted acaba de pasar a un nuevo nivel. Felicidades, Jo. ¡Tiene un ascenso!
      —¿En serio? —dijo Jo, incrédulo—. Yo llegué con la impresión de que iba a hacer que me despidieran.
      —No. Venga a este lado del escritorio y le contaré una historia —Krasna abrió la parte superior de su escritorio para desplegar una pequeña pantalla. Jo obedeció: se levantó y dio la vuelta al escritorio hasta llegar a un sitio desde el que podía ver la superficie en blanco—. Me mandaron una cinta estándar de adoctrinamiento la semana pasada, con la idea de que usted pronto estaría listo para verla. Mire.
      Krasna tocó el tablero. Un puntito de luz apareció en el centro de la pantalla y se apagó. Al mismo tiempo se escuchó un leve pitido: bip. Luego la cinta comenzó a reproducirse y una imagen apareció .
      —Como usted sospechaba, el Servicio es infalible —dijo Krasna en tono informal—. Cómo llegó a serlo es una historia que comenzó hace varios siglos. Esta cinta trae toda la información. Usted casi se podrá imaginar cómo pasó…
 

II

Dana Lje –su padre era holandés y su madre había nacido en Indonesia, en la isla de Sulawesi– se sentó en la silla que el capitán Robin Weinbaum le había indicado, cruzó las piernas y esperó. Su cabello negro-azulado brillaba bajo las luces.
      Weinbaum la miró intrigado. Desde luego, el hijo de conquistadores que había dado a la chica su nombre enteramente europeo había recibido su merecido, pues la belleza de la joven no tenía nada de rubio ni de holandés. Para el ojo del observador, Dana Lje parecía una especialmente delicada virgen de Bali, a despecho de su nombre occidental, su ropa y su seguridad. La combinación ya había probado ser algo picante para los millones de personas que seguían su columna televisiva, y Weinbaum, de primera impresión, no la encontraba menos encantadora.
      —Como una de sus más recientes víctimas —dijo él—, no estoy seguro de sentirme honrado, señorita Lje. Algunas de mis heridas aún sangran. Pero me desconcierta un poco que me visite ahora. ¿No le da miedo que intente desquitarme?
      —Yo no tenía intención de atacarlo a usted personalmente, y no creo haberlo hecho —dijo con seriedad la columnista de video—. Simplemente era bastante claro que nuestro Servicio de Inteligencia había tenido un tropezón con el asunto de Erskine. Era mi trabajo decirlo. Obviamente, usted iba a salir perjudicado, ya que es el jefe de la oficina, pero no había malicia en ello.
      —Triste consuelo —dijo Weinbaum, secamente—. Pero gracias de todos modos.
      La joven eurasiática se encogió de hombros.
      —En todo caso, ése no es el motivo por el que he venido. Dígame, capitán Weinbaum, ¿ha oído hablar alguna vez de una empresa que se hace llamar Información Interestelar?
 
      Weinbaum sacudió la cabeza.
      —Suena como una agencia de rastreo de personas. No es un negocio fácil hoy en día.
      —Eso fue justo lo que pensé cuando vi su membrete —dijo Dana—. Pero el texto de la carta que seguía no era algo que pudiera haber escrito una empresa de detectives privados. Permítame leerle una parte.
      Sus dedos delgados buscaron en el bolsillo interior de su chaqueta, y volvieron a salir con una hoja. Era papel sencillo de mecanografía, notó Weinbaum automáticamente: ella había traído consigo solamente una copia, y había dejado en casa la carta original. Era probable que la copia estuviera incompleta.
      —Dice lo siguiente: «Estimada señorita Lje: Como columnista de video de gran audiencia y muchas responsabilidades, usted necesita la mejor fuente de información disponible. Nos gustaría que probara nuestro servicio, libre de todo cargo, en el deseo de demostrarle que es superior a cualquier otra fuente de noticias en la Tierra. Por lo tanto, le ofrecemos a continuación diversas predicciones concernientes a eventos por suceder en Hércules y la llamada área de los Tres Fantasmas. Si estas predicciones se cumplen en un cien por ciento, no menos, le pedimos que nos tome como sus corresponsales en dichas regiones, con comisiones a convenir más adelante. Si las predicciones son erróneas en cualquier aspecto, no necesita tomarnos en consideración.»
      —Mmm —dijo Weinbaum, despacio—. Son tipos muy confiados… Y la combinación es extraña. Los Tres Fantasmas es sólo un pequeño sistema solar, mientras que el área de Hércules podría incluir el cúmulo entero de estrellas…, o quizá incluso la constelación entera, lo cual significa un montón de espacio. La empresa parecería estarle diciendo que tiene miles de corresponsales de campo, quizá tantos como el mismo gobierno. Si es así, le garantizo que están fanfarroneando.
      —Podría ser. Pero antes de que usted acabe de formarse una opinión, déjeme que le lea alguna de las predicciones —la carta sonó en las manos de Dana Lje—: «A las 03:16:10, en el Día del Año, 2090, el crucero interestelar de línea Brindisi, de tipo Hess, será atacado en las cercanías del sistema Tres Fantasmas por cuatro…»
      Weinbaum se enderezó instantáneamente en su silla giratoria.
      —¡Déjeme ver esa carta! —dijo él, con un tono áspero de alarma reprimida.
      —En un momento —dijo la joven, arreglándose la falda con toda compostura—. Evidentemente estaba en lo correcto al seguir mi corazonada. Permítame seguir leyendo: «… por cuatro naves fuertemente armadas, identificadas con las luces de la flota de Hammersmith II. La posición del crucero en ese momento será la de las coordenadas codificadas 88-A-theta-88-aleph-D&. Será…»
      —Señorita Lje —dijo Weinbaum—, lamento interrumpirla otra vez, pero lo que ha dicho hasta el momento justifica que la encierre en prisión ahora mismo, sin importar lo mucho que griten sus patrocinadores. No sé nada acerca de esta empresa de Información Interestelar, o si usted ha recibido o no la carta que pretende estar citando. Pero le puedo decir que ha demostrado estar en posesión de información que sólo su servidor y otros cuatro hombres se supone que poseen. Es demasiado tarde para decirle que todo lo que diga puede ser tomado en su contra. Todo lo que puedo agregar ahora es que ya es tiempo de que se calle.
 
      —Tal como suponía —dijo ella, al parecer sin alarma alguna—. Entonces ese crucero está programado para llegar a esas coordenadas, y el código de éstas se corresponde con la Hora Universal predicha. ¿Es cierto también que el Brindisi llevará un aparato ultrasecreto de comunicaciones?
      —¿Está buscando deliberadamente que la detenga? —dijo Weinbaum, rechinando los dientes— ¿O es esto un montaje, hecho para demostrarme que mi oficina está llena de filtraciones?
      —Puede que resulte ser algo así —admitió Dana—. Pero todavía no. Robin, he sido tan honesta con usted como puedo serlo. Usted no ha recibido sino un trato justo de mi parte hasta este momento. Yo no voy a utilizarlo en su contra, y usted lo sabe. Si esta empresa desconocida tiene esta información, podría haberla obtenido del lugar que insinúa: del terreno.
      —Imposible.
      —¿Por qué?
      —Porque la información en cuestión no ha llegado siquiera a mis propios agentes de campo… No hay ninguna posibilidad de que se haya filtrado tan lejos como hasta Hammersmith II o ningún otro lugar. ¡Y no digamos hasta los Tres Fantasmas! Las cartas deben ser llevadas en naves, usted lo sabe. Si tuviese que enviar órdenes por ultraonda a mi agente de los Tres Fantasmas, él tendría que esperar trescientos veinticuatro años para recibirlas. En una nave, las podrá tener en poco más de dos meses. Estas órdenes en específico están en camino desde hace sólo cinco días. Incluso si alguien las ha leído a bordo de la nave que las está llevando, no podrían haber sido enviadas a los Tres Fantasmas más rápido de lo que están viajando en este momento.
      Dana sacudió su cabeza morena.
      —Muy bien. Entonces, ¿qué nos queda, excepto un espía, aquí en su cuartel general?
      —Buena pregunta —dijo Weinbaum en tono lúgubre—. Será mejor que me diga quién firma su carta.
      —La firma J. Shelby Stevens.
      Weinbaum encendió su intercomunicador.
      —Margaret, busque en el registro de negocios una empresa llamada Información Interestelar y encuentre a quién pertenece.
      —¿No le interesa el resto de la predicción? —dijo Dana Lje.
      —Por supuesto que sí. ¿Le dice el nombre del aparato de comunicación?
      —Sí —dijo Dana.
      —¿Cuál es?
      —“Comunicador Dirac”.
      Weinbaum gruñó y se volvió de nuevo al intercomunicador.
      —Margaret, pida al doctor Wald que pase conmigo. Dígale que deje todo y venga al instante. ¿Algún resultado con lo anterior?
      —Sí, señor —dijo el intercomunicador—. La empresa es unipersonal; pertenece a un tal J. Shelby Stevens, de Rico City. Fue registrada este año.
      —Que lo arresten bajo sospecha de espionaje.
 
      La puerta se abrió y el doctor Wald entró con su metro noventa de estatura. Era extremadamente rubio y se veía torpe, amable y no muy in