Archivo mensual para julio, 2009

Ganadores de julio

Buenos días a todos. Los ganadores del concurso de este mes son tres: “Entreacto” de Alejandra M. Vázquez, por su juego con La metamorfosis de Kafka (el mejor de los que se presentaron en esta ocasión); “Persecución” de Elisa de Armas, por la forma en la que se refiere a la locura y la alucinación, y, por las mismas razones, “Metempsicosis II” de Mangarju.

Reciben mención “Joyita del Handy-Cam” de Anacleto, “Puerto Vallarta” de Ruy Feben, el cuento sin título de Fernando y el cuento sin título de Ana Paula.

Por último, no puedo dejar de agradecer especialmente a Sheila su cuento; me reí mucho con él.

Felicidades a los ganadores y gracias a todos los participantes. Mañana aparecerá la convocatoria del concurso de agosto. Hasta entonces…

Aviso urgente sobre el taller de cuento

No es habitual que deje mensajes como el siguiente en esta bitácora pero ahora es necesario: por causas de fuerza mayor, durante el mes de agosto, el taller de cuento que imparto los sábados sólo tendrá sesiones los días 15 y 22. Por esta razón, no se abrirán nuevas inscripciones este mes; los interesados en ingresar podrán apuntarse en septiembre. Cualquier duda se puede enviar por esta página de contacto.

Gracias y disculpas a partes iguales.

El maestro del caos y la cosa de tres almas

Para que nadie acuse a esta bitácora de ser útil, lo que sigue es un juego:

En Yo estoy vivo y vosotros estáis muertos, la biografía de Philip K. Dick escrita por Emmanuel Carrère, éste recuerda un chiste del escritor y editor Anthony Boucher al comentar los primeros esfuerzos de Dick en los años cincuenta y su decisión de dedicarse a un subgénero tan despreciado (y estrecho) como la ciencia ficción:

Por supuesto, tenía que arriesgar: producir en grandes cantidades, aceptar los cortes, los títulos absurdos y las coloridas ilustraciones de hombrecitos verdes con ojos saltones. Boucher solía bromear diciendo que si hubieran publicado la Biblia en una colección de ciencia ficción, habría sido en dos tomos de veinte mil palabras cada uno, al Antiguo Testamento lo habrían titulado El Maestro del Caos y al Nuevo La Cosa de tres almas.

¿Qué títulos le habrían puesto los editores de esas revistas añejas a otros libros? ¿Qué títulos absurdos o extraños se podrían poner en otros subgéneros? La propuesta es jugar a inventar esos títulos: renombrar absurda o impropiamente a libros conocidos para fingir que se “ajustan” a tal o cual subgénero.
      Ejemplos. Retituladas como ciencia ficción de la que Dick tuvo que escribir al comienzo de su carrera, el Quijote de Cervantes podría haberse publicado como El guerrero demente, Orlando de Virginia Woolf habría podido ser El inmortal con dos sexos y 2666 de Roberto Bolaño podría haberse convertido en La ciudad del abismo infinito (o bien Bolaño hubiera sido obligado a ambientar su novela en el año 2666 y a quitarle unas 900 páginas)…
      ¿Más ejemplos? Como historia de horror a la Lovecraft, El viejo y el mar de Ernest Hemingway podría haber sido El que moraba en la profundidad sin nombre. Como historia a la Stephen King (para venderla en aeropuertos en tomos con grandes letras en la portada, para poder leerlos desde lejos), Casa desolada de Dickens se habría convertido en Combustión espontánea. Como novela rosa de vampiros a la Crepúsculo, Drácula de Bram Stoker habría tenido por título (tal vez) el subtítulo la versión fílmica de Francis Ford Coppola: El amor nunca muere
      (Otro más: Derecho de pernada o El padre de todos en vez de Pedro Páramo, para hacerla pasar por novela sensacionalista soft porno.)
      Los lectores están invitados a proponer sus propios ejemplos en la sección de comentarios de esta nota. Se recomienda incluir no sólo el título original del libro que elijan sino también el subgénero.
      Saludos…

Dios, según Terry Gilliam

Dios, según Terry Gilliam

Edgar Allan Poe y Roberto Bolaño

Agrego un texto que apareció publicado a principios de 2009 en Los noveles. Saludos y gracias a Salvador Luis.

Escribo esto aún en 2008; la estupidez de la temporada se resume en los recuentos de “lo mejor del año” y en la publicidad navideña pero está, en realidad, por todos lados; además, se ve venir que algunos aniversarios que se cumplirán en 2009 serán, como siempre, causa de la escritura de numerosas notas oportunistas; más vale terminar lo que sigue antes de que alguien lo crea parte de una celebración:

* * *

Poe (por autor desconocido) y Bolaño (tomado de Scielo.cl)

Poe (autor desconocido) y Bolaño (tomado de Scielo.cl)

Este año que para mí no ha terminado, la traducción al inglés de 2666 de Roberto Bolaño se publicó y tuvo gran éxito de crítica en los Estados Unidos. Ya ha aparecido en (desde luego) varias listas de “lo mejor del año” y la bolañomanía (en inglés se lee todavía mejor porque la coqueta tilde de la eñe es impronunciable, exótica) está reconocida como un fenómeno real, si no de público al menos de atención mediática: casi nada de lo que se publica fuera del mundo de habla inglesa llega a él por medio de traducciones, y es todavía más difícil que el libro en cuestión llegue a ser considerado importante; Bolaño viene a ocupar, en ese entorno, el puesto que una vez tuvo García Márquez como “el autor latinoamericano”, el único que hace falta para dar variedad a los estantes de las librerías. (Laura Esquivel, en el siglo XX, presumía de que la versión fílmica de su Como agua para chocolate era descrita como “la película subtitulada” por algunos de sus espectadores de habla inglesa.)
      Una discusión interesante alrededor del ascenso de Bolaño comenzó con una reseña de 2666 escrita por Jonathan Lethem y publicada en el New York Times el 9 de noviembre (una versión posterior, que supongo más extensa, apareció el día 12 en el sitio del periódico). La reseña es muy entusiasta y resume brevemente la biografía del escritor del siguiente modo:

El poeta exiliado chileno Roberto Bolaño, nacido en 1953, vivió en México, Francia y España antes de morir en 2003, a la edad de cincuenta, por una enfermedad del hígado atribuible a una adicción a la heroína en años anteriores. En un estallido de creatividad ya legendario en la literatura de lengua española, y que rápidamente se vuelve legendario internacionalmente, Bolaño, en la última década de su vida y escribiendo urgido por la pobreza y su salud en declive, construyó un notable conjunto de cuentos y novelas (…)

Casi de inmediato este esbozo comenzó a repetirse, palabras más o menos, en muchos otros lugares, y siempre incluyendo el detalle de la heroína. Poco después comenzaron las denuncias y desmentidos por parte de diversos escritores y comentaristas de habla española (destacó un artículo de Enrique Vila-Matas aparecido en El País)… Pero luego ha resultado que Lethem no fue el primero en escribir que Bolaño fue drogadicto. Gustavo Faverón, en la bitácora Puente Aéreo, anota referencias a textos de 2007 donde se repite el mismo infundio; el mejor de todos debe ser una nota de The Guardian escrita por Helen Zaltzman, en la que Bolaño es, además de heroinómano, “poeta exsurrealista, trotskista [y] espía de la resistencia chilena”.
      Quién sabe qué pensarán otras personas: a mí me hubiera importado poco (no, de hecho no me hubiera importado nada) descubrir que, como hubiera dicho mi abuela, Bolaño siempre sí era un atascado. El hecho no cambiaría una letra de lo que escribió. Tampoco me sorprendería, por lo demás, que la historia perdurara y se convirtiera, a fuerza de repetirse, en parte del “conocimiento general”. Cierta o no, es atractiva: Bolaño queda mucho mejor dispuesto para el anecdotario sensacionalista y la atracción morbosa si se le puede percibir como “autor maldito”, que “vive en los márgenes”, “desafía a la sociedad”, etcétera. No importa que en cierto modo, drogas o no, lo haya sido de todas maneras: no importa nada de lo que escribió ni de lo que realmente hizo. No cuenta la realidad sino la forma en la que podamos ajustarla a la estructura del melodrama o de otro subgénero reconocible y aceptado. Por ejemplo, la parte de la redención del adicto, mediante la escritura y –se dice en varios lugares– por el bien de la familia, se leerá como una afirmación confortable (Amor vincit omnia y todo lo demás) de las que la prosa de Bolaño no ofrece nunca.
      Hablar de todo esto, claro, es hablar de literatura sólo de modo tangencial. Es en realidad hablar de espectáculo y adoración: de cómo Bolaño se ha convertido en un “famoso”, un ungido por la fama como cualidad abstracta, como fulgor que ya no se alimenta sino de sí mismo. Pero esta fama es uno de los puntos focales del pensamiento de nuestra época. Véase la siguiente muestra, interesantísima, de pensamiento mágico: muchas personas que desean no la exaltación vital, ni la ilusión de ser libre, sino la simple celebridad de su “rebelde” de cabecera asumen las mismas poses que la opinión pública le haya endilgado a éste. Es pensamiento mágico porque no funciona: quien busca la fama necesita comprender que lo verdaderamente arduo no es obtenerla sino conservarla. Hay quien comete una idiotez en el momento apropiado, hay quien es producto de un buen inversionista, hay incluso quien realmente logra darse a conocer por algún mérito personal (Bolaño, por supuesto; sería verdad aunque no estuviese de moda y decir que se le admira no fuese símbolo de estatus), pero lo que cuenta no son los motivos por los que la fama surge, como saben las estrellas opacas de los concursos de baile. Casi todos los candidatos a “famoso” son como ellos: aun si tienen al mejor precursor (entre los escritores, en otras épocas estuvieron Rimbaud, Lautréamont, Cortázar…), tarde o temprano deben aprender que, sin nada más de lo que aprovecharse, sólo les queda dedicarse hacer un esfuerzo constante para mantenerse en la memoria y el favor de sus adoradores; son rarísimos los casos en que el fulgor llega solo y se mantiene sin ayuda, atraído por la imagen del “famoso”, es decir, la forma en la que ya es percibido.
      El de Bolaño es uno de estos casos y sospecho que lo será aún más, repito, en los años por venir: el difundir su presunta adicción equivale a “trabajar” su biografía, a modificarla para que se parezca más a un fascinante cliché.
      Otro caso, de los más notables en el último siglo y medio, es el de Edgar Allan Poe, cuya reputación como autor loco, dipsómano y alucinado es por completo obra de Rufus Wilmot Griswold (1815-1857), poeta, crítico, editor y mafioso literario estadounidense. Griswold estaría totalmente olvidado de no ser por la campaña de difamación que emprendió contra Poe, uno de sus muchos enemigos literarios, a partir de la muerte de éste en 1849; comenzó con el famoso obituario que escribió para el New York Tribune (“Edgar Allan Poe ha muerto. Murió en Baltimore anteayer. Este anuncio sorprenderá a muchos, pero muy pocos se entristecerán por él […]”) y luego consiguió que Maria Clemm, la suegra de Poe, lo autorizara para preparar y publicar la edición póstuma de su obra. En el tercer tomo de la edición, Griswold publicó una “biografía” de Poe repleta de mentiras, para la que alteró o destruyó numerosos documentos personales de su enemigo y falsificó otros, con el fin de destruir su reputación… Las mentiras perduraron y se integraron a la historia literaria de occidente, pero el efecto no fue, se piensa, el esperado por Griswold: todavía hoy estamos fascinados por la vida tremebunda, pero al fin trágica, que le inventó a Poe, y él es una nota al pie en ese relato extraordinario, que ya ni siquiera reconocemos como suyo.
      El riesgo, para aquellos a quienes todavía interesa la obra literaria de los escritores, es que ésta se olvide: que la celebridad del creador la oculte o la distorsione. Sería mejor que nos pasara esto con Bolaño, claro, que (digamos) con Bukowski, tan increíblemente sobrevaluado y, encima, mal leído. Pero será mejor citar una reseña de Los personajes de Shakespeare de William Hazlitt, que Poe publicó en 1845 y en la que se adelantó a estas ideas como a la mayoría de cuantas se han formulado alrededor de su destino y su trabajo:

En todos los comentarios sobre Shakespeare ha habido un error radical, nunca mencionado hasta ahora. Es el error de intentar explicar a sus personajes, justificar sus acciones, resolver sus inconsistencias, no como si fueran el producto de un cerebro humano, sino como si hubieran sido verdaderas existencias sobre la tierra. Hablamos de Hamlet el hombre en vez de Hamlet el dramatis persona: del Hamlet que Dios creó en vez del que creó Shakespeare. Si Hamlet realmente hubiera vivido, y si la tragedia fuera un registro fiel de sus acciones, es verdad que de tal registro podríamos (con alguna dificultad) resolver sus inconsistencias y establecer satisfactoriamente su verdadero carácter. Pero la tarea se convierte en el absurdo más puro cuando sólo tratamos con un fantasma. No son (entonces) las inconsistencias del hombre que actúa las que son nuestro tema de discusión (aunque procedemos como si lo fueran, y así, inevitablemente, nos equivocamos), sino los caprichos y las vacilaciones, las energías en conflicto y las indolencias del poeta. Nos parece poco menos que un milagro que esta idea tan obvia se haya pasado por alto.

El creador de Poe el Loco estaba muy por debajo de Shakespeare, y el o los creadores de Bolaño el Tremendo son (hasta ahora) un poco menos resueltos: están más librados al azar, a la publicidad rutinaria de los libros y a las lecturas apresuradas de, según parece, uno o dos textos subalternos de Bolaño el Escritor. Pero la advertencia de Poe sigue siendo pertinente y clarísima. Acaso algún pasaje de Bolaño, quizá en La literatura nazi en América o “La parte de los críticos” (no tengo ninguno de los libros a mano ahora, como decía Charles Kinbote) contenga una observación que pueda comparársele, pero entretanto me quedo con este fragmento de los “Consejos sobre el arte de escribir cuentos” que se reúnen en Entre paréntesis: “9) La verdad de la verdad es que con Edgar Allan Poe todos tendríamos de sobra. 10) Piensen en el punto número nueve. Piensen y reflexionen. Aún están a tiempo. Uno debe pensar en el nueve. De ser posible: de rodillas.”

Al contrario de muchos de sus admiradores, Roberto Bolaño sí leía, eso está claro.

* * *

(Probablemente la literatura inventó a los dioses, pero la idolatría bien puede ser anterior a la literatura.)

Abecedario

Un ejercicio con restricciones: escribir una historia de exactamente veintisiete palabras, en la que cada palabra comience con una letra distinta del alfabeto convencional (ABCDEFGHIJKLMNÑOPQRSTUVWXYZ) y todas se encuentren en orden alfabético.

En el caso de la Ñ y la X, se pueden usar palabras que usen dichas letras en la primera sílaba.

Hay al menos dos estrategias que pueden seguirse para hacer este ejercicio: es posible tratar de hacer una historia brevísima, o bien ofrecer una especie de sinopsis o resumen. El escritor y dibujante Edward Gorey hizo lo segundo en un libro ilustrado: El secante mortal (The Deadly Blotter, 1997) en el que reduce a su mínima expresión y casi sin fallar la trama típica de una novela policial a la manera de las de Agatha Christie. El texto se entiende mejor con los dibujos, que por ejemplo muestran el ambiente de sofisticación y riqueza que también es típico de estas historias, pero el texto se puede citar de todas formas:

Alarming behavior. (Comportamiento alarmante; es el de la sirvienta que descubre el crimen)
Corpse. (Cadáver)
Detective enters. (Entra detective)
Fearful glances. (Miradas temerosas)
Helpful irrelevancies. (Irrelevancias bienintencionadas; aquí los hombres y mujeres en la casa intentan ayudar al detective y señalan todos a un lugar distinto)
Jitters. (Temblores)
Knitting. (Tejer; aquí tal vez Gorey tuvo problemas con el alfabeto, pues el detective no mira a la mujer que teje sino al lector, con cara de desconcierto)
Likely motives. (Motivos probables)
Notable omissions. (Omisiones notables)
Pointed questions. (Preguntas agudas; aquí y en las anteriores el detective está, por supuesto, llevando a cabo los interrogatorios y discusiones que lo llevarán a desenmascarar al culpable)
Reluctance. (Reluctancia; de los sospechosos para responder, se entiende)
Subtle trap. (Trampa sutil)
Unmasked villain. (Villano desenmascarado)
Who? (¿Quién?; los personajes se preguntan quién entre ellos es el asesino)
Extenuation yields zero. (La extenuación da cero por resultado; la mujer que tejía es arrestada por la policía, con lo que tal vez la frase pueda leerse como una versión retorcida de “El crimen no paga”)

Como siempre, la sección de comentarios queda abierta para quien quiera intentar el ejercicio.

The Deadly Blotter

La Langosta se ha Posteado

Hace casi veinte años (es decir, varios antes de la popularización del uso de Internet) aparecieron las primeras revistas virtuales mexicanas. La más interesante fue una dedicada a la ciencia ficción en español: La Langosta se ha Posado, que comenzó a publicarse en 1992 y fue fundada por Gerardo Porcayo, introductor del cyberpunk en México y uno de los varios autores que se dieron a conocer durante el breve florecimiento de la ciencia ficción nacional en los ochenta y noventa. El nombre de la revista proviene, por supuesto, de la novela El hombre en el castillo de Philip K. Dick, donde es el título de otra novela, en la que el mundo que conocemos se describe como una ficción.
      La revista se creaba en Iris, uno de los primeros programas de creación de hipertexto y texto electrónico; como no existía otra forma posible de distribución, cada número de la revista –en la forma de un programa que se podía ejecutar en una PC– se copiaba en diskettes (esos antepasados de las pastillas USB en los que cabía poco más de un megabyte de información) y éstos se repartían a amigos y conocidos para que pasaran de mano en mano.

Diskette

Que el medio más avanzado y audaz del momento tuviera que abrirse paso como las hojas volantes del siglo XVII no dejaba de ser irónico. Nueve números de la revista se publicaron en este formato, que de hecho era todavía más atrevido, y más desconcertante, en un país como éste (según se cuenta, cuando sus editores intentaron buscar apoyos para la edición de La Langosta en uno de tantos programas gubernamentales de financiamiento, nadie en la dependencia correspondiente fue capaz de entender que una revista no se publicara en papel). Más tarde, cuando comenzaron a utilizarse los navegadores de Internet y aparecieron los primeros servicios gratuitos de alojamiento en Internet, La Langosta tuvo una segunda época en la red, pero su proveedor (Xoom.com, una de numerosas compañías que surgieron durante la fiebre de las empresas .com a fines de los noventa) dejó de operar y esa etapa de la revista se perdió.
      Actualmente, la revista ha vuelto una vez más: ahora es una serie de blogs enlazados con un nuevo nombre: La Langosta se ha Posteado, y contiene no sólo textos nuevos entre cuentos, ensayos, comentarios y reseñas, sino también un archivo en constante crecimiento con lo mejor de todas sus encarnaciones anteriores. Quienes la hayan leído antes reconocerán la continuidad y la dignidad de su propuesta editorial, que no se coloca en un gueto para volverse mediocre y autocomplaciente; quienes no la conozcan tal vez se sorprendan por sus textos y más aún por su diseño, que ahora juega de muchas maneras a la nostalgia; en todo caso, la continuidad de la revista y de su apuesta me parecen tan importantes como su intención de mantener la memoria de su trabajo. La mayor parte de las publicaciones contraculturales mexicanas (que por lo general duran pocos números, mal distribuidos, creados siempre en circunstancias apremiantes e inciertas) se olvida a los pocos meses de su desaparición. La Langosta propone en sus archivos la recuperación de un movimiento y una serie de ideas cuya vida, y evolución, se demuestra en las nuevas entregas de la revista.

(Nota: con ésta, Las historias llega a sus 500 notas publicadas. No es tanto, pero ha costado y ha valido la pena. Gracias como siempre a todos los que vienen a leer y comentar.)

Los esclavos en San Luis Potosí (y más)

Una nota con varias noticias y avisos. Pero primero, muchas gracias a todas las personas que hicieron posible cada uno de los que siguen:

Mañana, en el Centro de las Artes de San Luis Potosí, habrá una presentación de Los esclavos. La cita es a las 20:00 horas y, concretamente, en el mezzanine de la Galería del Centro, que se encuentra en Calzada de Guadalupe 705, colonia Julián Carrillo, en la ciudad de San Luis. La entrada será libre.

* * *

En el portal Dixo.com acaba de aparecer el nuevo podcast de Fernanda Tapia, que contiene una conversación que tuvimos hace algunas semanas. Vienen: un cuento de Grey, varias consideraciones sobre Los esclavos, un par de chistes (o más) y la explicación de algo llamado “la revolvedora”. Por si les interesa…

* * *

La revista Los noveles ha publicado una nueva entrega de mi columna “La materia no existe”. Es un cuento de horror con muertes, sufrimiento y robots. (?)

* * *

Por último, en abril de este año, la estación Uniradio, de la Universidad Autónoma del Estado de México, me invitó a una entrevista a propósito de Los esclavos. Además de la entrevista, sin embargo, la estación realizó otro proyecto: una audio-instalación, colocada en la sede de Uniradio, en la que se exhibía un ejemplar de la novela y se podían escuchar pasajes de la misma, que grabamos para la ocasión. Los materiales (un promocional y el audio propiamente dicho del proyecto) se pueden descargar aquí y aquí.

(El periódico Milenio Estado de México publicó un artículo sobre la audioinstalación; el enlace lleva a un archivo PDF).

La instalación (clic para ampliar)

La instalación (clic para ampliar)

* * *

Saludos a todos.

Mi crimen favorito

Esta vez, un cuento de Ambrose Bierce (1842-1914?), el escritor y periodista estadounidense que escribió el Diccionario del diablo y hasta hoy es recordado por su gran influencia en el cuento estadounidense y en la literatura fantástica del siglo XX, por su humor ácido e irónico y por sus descripciones duras y amargas, exactas, de los males de la naturaleza humana.

Por haber desaparecido en México –acaso fue muerto en Ojinaga, Chihuahua, durante una batalla entre los ejércitos de Pancho Villa y Victoriano Huerta– es parte de más de una leyenda local; una novela de Carlos Fuentes, Gringo viejo, trata de imaginar las circunstancias precisas de su muerte.

“My Favorite Murder” se publicó por primera vez en el diario San Francisco Examiner, el 16 de septiembre de 1888. Posteriormente se incluyó en el libro de cuentos Can Such Things Be? (1893).

Caricatura de Ambrose Bierce

Caricatura de Ambrose Bierce

MI CRIMEN FAVORITO
Ambrose Bierce

Después de haber asesinado a mi madre en circunstancias singularmente atroces, fui arrestado y tuve que hacer frente a un juicio que duraría siete años. El juez del tribunal de Absolución, el encomendar al jurado su tarea, señaló que mi crimen era uno de los más espantosos que le había tocado resolver en su vida.
      En ese momento, mi abogado se levantó y dijo:
      –Con la venia de su señoría, los crímenes son horribles o agradables sólo cuando se los compara. Si usted conociera los detalles del anterior asesinato que mi cliente cometió, el de su tío, apreciaría en su último delito (si es que así puede denominarse) una cierta compasión paciente y consideración filial hacia los sentimientos de la víctima. De la espantosa crueldad que acompaña al primer crimen no podía deducirse, si se quería ser consecuente, más que un veredicto de culpabilidad. De no haber sido porque el magistrado presidente del tribunal dirigía una compañía de seguros que aceptaba pólizas contra el ahorcamiento (una de las cuales había sido suscrita por mi cliente) no sé de qué otra manera decente podría haber sido absuelto. Si su señoría fuera tan amable de escuchar, a título de ilustración y asesoramiento, el relato de los hechos, mi desdichado cliente accedería a exponerlos bajo juramento a pesar del gran dolor que le causa.
      El fiscal intervino:
–Protesto, su señoría. Tal declaración sería considerada como prueba testimonial y éstas ya han sido cerradas. El relato del acusado debía haber sido expuesto hace tres años, en la primavera de 1881.
      –De acuerdo con el procedimiento –dijo el juez–, tiene usted toda la razón, y en un tribunal de Impugnaciones y Detalles Técnicos el fallo sería a su favor. Pero no en uno de Absolución. Por tanto no se acepta la protesta.
      –Entonces, disiento –replicó el fiscal.
      –No puede –continuó el juez–. Debe tener en cuenta que para disentir primero ha de conseguir que este caso sea transferido al tribunal de Disensiones presentando una moción formal debidamente acompañada de declaraciones juradas. Le recuerdo que a su predecesor en el cargo le denegué una moción similar durante el primer año de este juicio. Oficial, tome juramento al acusado.
      Una vez cumplida esta formalidad habitual, hice mi declaración, tras lo cual el juez se sintió tan impresionado al ver la trivialidad del delito que se me imputaba que no tuvo necesidad de buscar más circunstancias atenuantes y solicitó al jurado mi absolución. Después, abandoné la sala con mi reputación limpia de toda mancha:

«Nací en 1856 en Kalamakee, Michigan. Mis padres (a uno de los cuales aún conservo, gracias a Dios, para consuelo de mis últimos años) eran personas honradas y cumplidoras. En 1867 nos trasladamos a California y nos establecimos cerca de Nigger Head, donde mi padre abrió un albergue para caminantes con el que prosperó más de lo que codiciosamente esperaba. Aunque era un hombre reservado y taciturno, su austeridad se ha relajado un poco con el paso de los años; creo que es únicamente el recuerdo del triste acontecimiento por el que se me juzga el que le impide manifestar auténtica alegría.
      » Cuatro años después de abrir aquel negocio, apareció un predicador ambulante que, al no tener mejor forma de pagar su alojamiento nocturno, nos obsequió con un sermón de gran categoría. Inmediatamente mi padre envió a buscar a su hermano, el honorable William Ridley de Stockon, a quien cedió el albergue sin cobrarle nada por el traspaso ni por los útiles que en él había, esto es, un Winchester, una escopeta de cañones recortados y un conjunto de máscaras hechas con sacos de harina. Entonces nos mudamos a Ghost Rock y abrimos un salón de baile. Se llamaba El Reposo de los Santos. El espectáculo comenzaba cada noche con una oración y fue allí donde mi santa madre se ganó, por su gracia en el baile, el sobrenombre de “La morsa saltarina”.
      » En el otoño de 1875 tomé la diligencia en Ghost Rock para ir a Coyote, que está en el camino de Mahala. Iba con otros cuatro pasajeros. Tres millas más allá de Nigger Head, unos individuos, a los que identifiqué como el tío William y sus dos hijos, nos asaltaron y, al no encontrar nada en la saca del correo, decidieron registrarnos. Mi actuación fue de lo más honrosa: me puse en fila con los demás, levanté las manos y me dejé robar cuarenta dólares y un reloj de oro. Nadie pudo sospechar por mi comportamiento que conocía a los caballeros que organizaban el espectáculo. Al cabo de unos días fui a Nigger Head a reclamar la devolución de lo robado. Mi tío y sus hijos me juraron que no sabían nada del asunto y aparentaron creer que habíamos sido mi padre y yo los que, con el ánimo de violar la buena fe por la que el comercio ha de regirse, habíamos cometido el asalto. El tío William llegó a amenazarme con la apertura de otro salón de baile en Ghost Rock como venganza. Me di cuenta enseguida de que esta operación, que parecía ventajosa, iba a ser nuestra ruina, pues El Reposo de los Santos había perdido mucho prestigio. Entonces le dije a mi tío que si me aceptaba en su proyecto y no le hacía ningún comentario sobre ello a mi padre, estaba dispuesto a olvidar lo ocurrido. Pero rechazó mi razonable oferta y fue entonces cuando empecé a pensar que las cosas irían mejor y serían más agradables cuando mi tio estuviera muerto.
      » Al cabo de cierto tiempo dedicado a perfeccionar los planes para acabar con él, se los comuniqué a mis padres y tuve la gran alegría de contar con su aprobación. Papá dijo que estaba orgulloso de mí y mamá me prometió que, aunque su religión prohibía colaborar en la destrucción de una vida humana, rezaría para que todo saliera bien. Lo primero que hice, para evitar ser descubierto y como medida cautelar, fue solicitar mi ingreso en la poderosa orden de los Caballeros del Crimen. A su debido tiempo fui nombrado miembro de la comandancia de Ghost Rock. El día que mi periodo de prueba terminó, tuve acceso, por primera vez, a los archivos de la orden y pude conocer quiénes eran sus miembros (hasta entonces los ritos de iniciación habían sido dirigidos por individuos enmascarados). Cuál no sería mi sorpresa cuando, al examinar la lista, descubrí que el vicecanciller segundo de la orden era mi propio tío, cuyo nombre aparecía en tercer lugar. Era algo que superaba todas mis ansias de grandilocuencia: al asesinato podría añadir la insubordinación y la traición. Mi madre lo habría llamado «un capricho especial de la providencia».
      » Por esos días se produjo un acontecimiento que hizo que mi alegría desembocara en una vorágine de felicidad: arrestaron a tres forasteros por el asalto a la diligencia. Se les juzgó y, a pesar de mis esfuerzos por salvarles e inculpar a tres de los ciudadanos más dignos y respetables de Ghost Rock, fueron condenados con las mínimas pruebas. Desde aquel momento, mi cri-men podría ser todo lo infundado y disparatado que yo quisiera.
      » Una mañana me eché el Winchester al hombro y me dirigí a casa de mi tío. Pregunté a mi tía Mary, su esposa, si él estaba en casa y añadí que tenía la intención de matarle. Mi tía replicó, con su habitual sonrisa, que eran tantos los caballeros que llegaban con la misma idea y se marchaban sin obtener ningún resultado, que dudaba de mis intenciones. Agregó que no tenía aspecto de querer matar a nadie, así que, para demostrarle mi buena fe, cogí el rifle y le pegué un tiro a un chino que pasaba por allí. Entonces comentó que conocía a familias enteras que podían hacer cosas así, pero que Bill Ridley era harina de otro costal. Sin embargo, tras indicarme que podía encontrarle en el redil, al otro lado del río, se despidió de mí diciendo que esperaba que ganara el mejor.
      » Desde luego, la tía Mary era una de las personas más ecuánimes que he conocido.
      » Encontré al tío William arrodillado, enfrascado en la tarea de esquilar a una oveja. Estaba desarmado y no tuve el valor de dispararle. Me acerqué, le saludé amablemente y le sacudí un fuerte culatazo en la cabeza. Como suelo golpear bastante bien, le dejé tirado sobre un costado. Después, se dio la vuelta, desentumeció los dedos y se encrespó. Antes de que recuperara la posesión de sus miembros, agarré el cuchillo que había estado utilizando y le corté los tendones. Como usted sabrá, cuando se rompe el tendón de Aquiles, el paciente ya no puede usar la pierna, es como si no la tuviera. Bien, pues le corté los dos, y cuando quiso recobrarse, estaba totalmente bajo mi voluntad. En cuanto se percató de la situación dijo:
      » –Samuel, me tienes en tus manos y puedes permitirte ser generoso. Sólo quiero pedirte una cosa: llévame a casa y acaba conmigo en el seno familiar.
      » Le contesté que su petición me parecía razonable y que estaba dispuesto a hacer lo que me pedía si me dejaba meterle en un costal de trigo: sería más fácil transportarle y llamaríamos menos la atención si nos cruzábamos con algún vecino. Una vez que hubo aceptado, me fui al granero a por el saco. Pero no era fácil meterle dentro, pues mi tío era grueso y bastante alto. Decidí doblarle las piernas con las rodillas contra el pecho y embutirle dentro, tras lo cual hice un nudo sobre su cabeza. Aunque empleé todas mis fuerzas para llevarlo sobre la espalda, me resultaba bastante pesado. Fui dando trompicones hasta llegar a un columpio que unos niños habían colgado de la rama de un roble. Le puse encima y me senté sobre él a descansar. Al ver la cuerda se me ocurrió una feliz idea. Veinte minutos después, mi tío, aún en el saco, se balanceaba a merced del viento.
      » Había bajado la cuerda, y tras atar uno de sus extremos a la boca del saco y pasar el otro por encima de la rama, levanté el fardo a una altura de unos cinco pies. Amarré el último cabo de nuevo en el saco y tuve el placer de ver a mi pariente convertido en un pesado y hermoso péndulo. No parecía muy consciente del cambio que había sufrido, aunque, para ser justo con su recuerdo, debo decir que no creo que me hubiera hecho perder mucho tiempo con sus vanas protestas.
      » Mi tío tenía un carnero que era famoso en la región por sus dotes para la lucha. El animal estaba en un constante estado de indignación crónica: algún profundo desengaño durante sus primeros años de vida había amargado su carácter y le había llevado a declarar la guerra a todo ser viviente. Decir que siempre estaba dándose topetazos contra cualquier objeto no sería más que dar una ligera idea de la naturaleza y alcance de su actividad bélica. Todo el universo era su enemigo y sus métodos eran los de un proyectil. Peleaba como lo hacen los ángeles contra los demonios, a media altura; surcaba el aire como un pájaro, describiendo una parábola tras la que descendía sobre su víctima justo sobre el ángulo exacto de incidencia en el que mejor aprovechaba su fuerza y velocidad. Su impulso, calculado en kilográmetros, era algo increíble. Se le había visto destrozar a un toro de cuatro años con un simple impacto sobre su frente rugosa. No se conocía una sola pared de piedra que aguantara su embestida, ni había árboles suficientemente duros para soportarla: los hacía astillas y arrastraba sus frondosos galardones por el suelo. Esa bestia irascible y despiadada, esa personificación del rayo, estaba echada a la sombra de un árbol cercano, ansiosa de conquista y gloria. Y precisamente se me ocurrió colgar a su dueño tal y como he descrito con la idea de citarla más adelante en el campo del honor.
      » Una vez terminados los preparativos, transmití al péndulo avuncular un suave balanceo, y tras buscar protección en una roca cercana, solté un largo y agudo grito cuya débil nota final fue ahogada por un chillido que, procedente del saco, recordaba al de un gato furioso. Inmediatamente, aquel formidable morueco se puso en pie y comprendió la situación bélica de un solo vistazo. Tras un breve instante, se acercó piafando hasta unas cincuenta yardas del bamboleante adversario quien, con su avance y retroceso, parecía invitar al combate. Vi que el animal de repente doblaba la testuz como si le pesara la enorme cornamenta: desde aquel lugar, como una ondulante franja blanca apenas perceptible, se arrancó en dirección horizontal hasta llegar a poco menos de cuatro yardas del punto sobre el que se encontraba el enemigo. Entonces asestó una fuerte cornada hacia arriba y, antes de que pudiera percibir con claridad el lugar en el que había comenzado el movimiento, oí un golpe terrible seguido de un profundo alarido. Mi pobre tío salió disparado hacia adelante y la cuerda se elevó por encima de la rama a la que estaba sujeta. Al caer, se tensó de golpe y el vuelo se detuvo. Entonces comenzó a balancearse de nuevo lentamente hacia el otro extremo del arco descrito. El carnero había caído de bruces y apenas se distinguía más que una amalgama de lana, cuernos y patas; pero se recobró y, una vez esquivada la caída de su antagonista, se retiró sacudiendo la cabeza y dando patadas contra el suelo. Retrocedió más o menos hasta el mismo punto desde el que había lanzado el primer ataque y se detuvo; como si estuviera rezando para conseguir la victoria, agachó la cabeza y salió de nuevo disparado. Esta vez tampoco le pude ver con claridad: sólo capté la misma franja blanca que tras extenderse en monstruosas ondulaciones, terminaba en una brusca elevación. Su trayectoria formaba ángulo recto con la anterior y su impaciencia era tan grande que golpeó al enemigo antes de que éste hubiera alcanzado el punto más bajo del arco. Esto hizo que el fardo empezara a dar vueltas y más vueltas en sentido horizontal con un radio de unos diez pies, la mitad de la longitud total de la cuerda. Los alaridos de mi tío, crescendo cuando se acercaba y diminuendo al alejarse, hacían que la rapidez del giro fuera más perceptible con el oído que con la vista. Debido a la postura que tenía y a la distancia del suelo a la que estaba, recibía los golpes en las extremidades inferiores y en los riñones: se moría lentamente de abajo a arriba, como una planta que da con sus raíces en terreno ponzoñoso.
      » Tras este segundo golpe el animal no se retiró. La fiebre de la batalla hervía en su corazón y su cerebro estaba ebrio de sangre. Como un púgil que llevado por la rabia olvida lo mejor de su destreza y lucha cuerpo a cuerpo, intentaba alcanzar, con torpes saltos verticales, al fugaz enemigo que le pasaba por encima. Aunque a veces conseguía golpearle débilmente, casi siempre acababa en el suelo, pues su ardor iba mal encauzado. Cuando empezaba a agotarse, los círculos que el fardo describía se estrecharon y la velocidad de giro se redujo. Todo ello, unido al escaso trecho que había entre el saco y el suelo, hizo que su táctica produjera mejores resultados y se consiguiera una calidad de alarido superior. Yo disfrutaba con placer.
      » De repente, como si hubieran tocado retirada, el carnero suspendió las hostilidades y se alejó resoplando. Arrancó unas cuantas briznas de hierba y las masticó lentamente. Parecía cansado del fragor de la batalla y decidido a cambiar la espada por el arado y a cultivar las artes de la paz. Desde el campo de la fama avanzó con paso firme hasta una distancia de un cuarto de milla. Entonces, de espaldas al enemigo, se detuvo y continuó rumiando, medio dormido. Sin embargo, aprecié que de vez en cuando volvía ligeramente la cabeza, como si su apatía fuera más fingida que real.
      » Mientras tanto los gritos del tío William, y su movimiento, habían disminuido: no se oían más que unos largos y débiles lamentos junto a los que aparecía mi nombre pronunciado en un tono suplicante que resultaba de lo más agradable. Evidentemente mi tío no tenía la menor idea de lo que ocurría y estaba aterrorizado; ciertamente, cuando la muerte se acerca rodeada de misterio resulta terrible. Poco a poco el balanceo fue reduciéndose hasta que se detuvo. Cuando me iba acercando al fardo para darle el golpe de gracia, sentí una sucesión de rápidos temblores que sacudían la tierra, algo así como un pequeño terremoto. Me volví hacia donde estaba el carnero y vi una nube de polvo que se aproximaba a una velocidad tan inusitada que resultaba alarmante. Como a unas treinta yardas, se plantó bruscamente y me pareció ver que un enorme pájaro blanco se elevaba por los aires. Su ascenso fue tan suave, sencillo y regular que, admirado de su donaire, apenas pude captar su extraordinaria celeridad. Recuerdo que su movimiento era lento, intencionado. El morueco, pues no era otro que él, se elevaba con una fuerza distinta a la de su propio ímpetu y parecía ser sostenido en el aire con una ternura y cuidado infinitos. Su ascensión producía un gran placer, igual que antes había resultado aterrador verle aproximarse por tierra. El noble animal surcaba los cielos con la cabeza entre las rodillas y las pezuñas inclinadas hacia atrás como si fuera una garza en vertiginoso ascenso.
      » A los cuarenta o cincuenta pies, según recuerdo con ternura, alcanzó su cenit y se quedó inmóvil por un instante; entonces, sesgó el cuerpo hacia adelante y, sin variar la posición de sus miembros, salió disparado hacia abajo con una trayectoria cada vez más oblicua y una velocidad frenética. Pasó por encima de mí con el estruendo de una bala de cañón y golpeó a mi pobre tío exactamente en el centro de la cabeza. Tan espantoso fue el impacto que no sólo le partió el cuello sino que incluso la cuerda se rompió. El cuerpo del difunto se estrelló contra el suelo y fue deshecho por las cornadas del meteórico musmón. La sacudida detuvo todos los relojes entre Lone Hand y Dutch Dan y el profesor Davidson, que andaba por el lugar y era una autoridad en temas sísmicos explicó que las vibraciones iban de norte a sudoeste.
      » En resumen, creo que, en lo que a atrocidad artística se refiere, el asesinato del tío William ha sido superado en muy contadas ocasiones.»

Suspenso (1)

Un ejercicio (justamente) de suspenso: redactar un pasaje en tercera persona que cuente cómo un personaje camina por algún lugar cerrado (el interior de una casa, de un edificio) acercándose cada vez más a un asesino que se propone matarlo. El pasaje debe comenzar con una frase que nos indique dónde está el victimario (algo como “el sicario, escondido tras la puerta de servicio, desenfundó y amartilló la pistola”) pero a partir de ahí contar los hechos desde el punto de vista de la víctima, quien no sabe (por supuesto) que alguien lo espera con intenciones de atacarlo, ni mucho menos donde está.

El pasaje funcionará si tiene la longitud precisa: no debe ser tan largo que el lector se aburra con una espera demasiado prolongada, ni tan corto que se desaproveche la posibilidad del suspenso: de la preocupación inducida en el lector al darle información que lo haga saber más que los personajes de la historia.

Un fotograma de una película de cine negro

Actualización del 14/7/09

Nuevas actualizaciones de la página principal del proyecto Poe 2009. La convocatoria sigue abierta para todas las personas interesadas.

En esta ocasión: Christopher Rollason, estudioso de Poe y colaborador frecuente de este proyecto, pone en línea su tesis doctoral para ser consultada por cualquier internauta: “La construcción del sujeto en la narrativa breve de Edgar Allan Poe”. El texto no está en español pero es interesante y puede ser de mucha utilidad a los interesados. Además, se agregan informaciones proporcionadas por él de una serie de conferencias y congresos internacionales sobre la figura de Poe.

Además, un juego en línea: “La caza del escarabajo de oro”, y un cuento de Jesús Ademir Morales.


Fuente RSS Seguir en Twitter Página en Facebook

Secciones

Concurso:  Concurso #58
1/9/2010

Esta bitácora convoca a su concurso de minificción para septiembre de 2010. Todos están invitados a participar.

El cuento del mes:  Declaración de Randolph Carter
20/8/2010

Como un pequeño homenaje en el aniversario 120 de H. P. Lovecraft, uno de sus cuentos tempranos: las aventuras de su primer “investigador de lo extraño”.

Taller literario:  Operaciones y reducciones
2/9/2010

Dos ejercicios de taller en vez de uno, ambos a partir de una descripción breve y extraña.



Blog Widget by LinkWithin