La ciudad imaginada (ensayo)

Este texto, a medio camino entre el ensayo y la ficción, fue publicado por primera vez en la revista mexicana Cantera verde.

Piense en la ciudad.

Y ahora, de pronto, piense otra vez pero véala despojada de sus edificios, calles, coches, túneles, puentes, pasos a desnivel, estaciones de tren o de autobús o de avión; de sus intersecciones y terrenos baldíos y casas llenas; de todos sus comercios, cines, hospitales, burdeles, casas de cultura, gimnasios, misceláneas, funerarias, cerrajerías, pasos peatonales, banquetas estrechas, construcciones de aplicación incierta, basureros, templos, parques, patios, estacionamientos, teatros, comandancias, bares y conventos. Baños tampoco, ni casas de juego, ni escuelas secundarias, ni monumentos ni túmulos.

(No se demore en argumentos, explicar los hechos, construirse una trama plausible: fínjase un creador caprichoso, si quiere, o tal vez un destructor cruel o indiferente, o si no le gusta pensar en el poder sea un mero testigo, maravillado o lleno de duda o de temor ante lo que simplemente pasa frente a sus ojos. Así comienzan todas las historias.)

Hecho lo anterior, y desde muy arriba –ahora estamos arriba, deseosos de una vista aérea, subidos en nuestro avión o nuestra alfombra mágica, hecha ya la resta que le he propuesto–, podríamos pensar que no veremos sino devastación, vacío, nada. Pero no: aún permanece algo en el terreno nivelado y vacío donde antes estaba todo lo demás. Son numerosos puntos de colores, en movimiento nervioso, que podemos ver mucho más de cerca si queremos porque al final esto es imaginación. Descienda y mírelos usted, aquí, a ras del suelo, con los pies en la línea que antes marcaba el comienzo de una alta pared. Acaso lo mirarán de vuelta, aturdidos porque no tienen idea de qué es lo que acaba de pasar. Descendamos y los veremos de todas las edades, algunos delgados y otros muy obesos, algunos hermosos y otros no, algunos alegres de ver despejado todo alrededor y otros llenos de miedo.

Más de uno (más de un centenar, un millar, un millón, elija usted el tamaño de esta ciudad en donde estamos) se encontraban de paso entre un lugar y otro y están, relativamente, como si nada. Caminaban del punto A al punto B, nos dirían, cuando de pronto no había más A ni B ni línea entre los dos. Otro está desnudo porque se bañaba cuando todo desapareció, otros dos más están desnudos juntos, otros jugaban o trabajaban o peleaban o estaban en medio de cosas terribles…

(Supongamos que nuestra deidad responsable lo era en verdad y los que estaban en pisos altos siguen en el aire, dibujando con sus cuerpos las formas aproximadas de los interiores que ocupaba. [Otra opción es hacerlos descender con lentitud, que al fin no estamos cortos de milagros.]

Supongamos también que los anestesiados aún no eran abiertos, y los que iban en coche no rodaron por el asfalto con la velocidad que llevaban antes del cambio, y todo lo demás en esa vena.)

Ahora, presumiblemente, todos, los de adentro de los paréntesis y los de afuera, están ilesos. Ahora, miran de nuevo alrededor, y pasa la sorpresa pura de verse en medio de nada, y tienen mucho miedo. Ahora, parece que se acercan el caos y los gritos y el resto.

Pero, por favor, antes de dejarlos gritar, a todos los millones o millares o los que sean, observe cuál es el propósito de este experimento.

Lo que importa es esto: cuanto quitamos (las construcciones, los accesorios) no es la ciudad. Cuanto se fue no importa. La ciudad es otra cosa. La ciudad es carne. La ciudad es esta carne. La ciudad es esta gente preocupada o atónita –escoja– que solía estar en edificios y estructuras que ya no se ven, y que no sé cómo vamos a restituirles, porque al cabo les sirven, así que empiece a pensar.

Pero antes, por favor, mírelos, repartidos en más o menos espacio, apiñados aquí, sueltos allá, dolientes en un lado, gozosos en otro, solos o juntos aunque desde arriba todos se veían tan próximos.

La ciudad, dicen ahora, es un solo cuerpo enorme. Tiene (esto lo divulgan por radio, a todas horas) las venas repletas de automóviles, los pulmones hechos de árboles, el corazón poblado de viejos edificios y, casi siempre, de antros que abren y cierran tarde o tiendas silenciosas, o iglesias que miran severas la vida de la noche. El cerebro en la casa de gobierno. Miren un mapa (dicen) y verán ese conjunto de funciones y de órganos.

Pero ¿de verdad es el único cerebro el de la casa de gobierno? ¿De verdad sólo hay un corazón y es el que está en el centro? ¿De verdad todo gira alrededor de un solo punto y un solo sitio, o unos pocos, los señalados e imprescindibles?

La ciudad, digo yo, aquí junto a usted, ahora que volvemos a elevarnos y el sol llega al cenit y tal vez usted empieza a sacar conclusiones, la ciudad, le digo, es en verdad muchos cuerpos, todos juntos, unidos y a la vez separados, que no se van a entender nunca y que piensan (por lo común) las mismas cosas; que se persiguen y jamás se alcanzan; que siempre están muriendo y siempre se renuevan en los que toman sus lugares. Que se parecen a usted y a mí.

Guardo la tarjeta en la que estaba escrito lo anterior. Callo. Pero si ellos le parecen, otra vez desde la altura, una masa o una turba –conjunto sin sentido–, debería mirar también el valle más cercano, en donde pusimos los edificios y todo lo demás que removimos de aquí. El orden de las calles y las avenidas es hueco porque no es para nadie. No hay deseos en las capillas vacías ni obligaciones en los cabarets. Tal vez la gente tampoco pueda existir sin estas cosas, estos compartimientos y estos pasillos, pero al menos ellos pueden hacérnoslo saber. Volvamos con ellos y escuchemos. La carne de la ciudad es la que nunca está en silencio.

Copyright © Alberto Chimal, México, 2005